BENEDICTINO

Don Abel tenía cincuenta años, D. Joaquín otros cincuenta, pero muy

otros: no se parecían nada a los de D. Abel, y eso que eran aquéllos

dos buenos mozos del año sesenta, inseparables amigos desde la

juventud, alegre o insípida, según se trate de D. Joaquín o de D. Abel.

Caín y Abel los llamaba el pueblo, que los veía siempre juntos, por las

carreteras adelante, los dos algo encorvados, los dos de _chistera_ y

levita, Caín siempre delante, Abel siempre detrás, nunca emparejados; y

era que Abel iba como arrastrado, porque a él le gustaba pasear hacia

Oriente, y Caín, por moler, le llevaba por Occidente, cuesta arriba,

por el gusto de oirle toser, según Abel, que tenía su malicia. Ello era

que el que iba delante solía ir sonriendo con picardía, satisfecho de

la victoria que siempre era suya, y el que caminaba detrás iba haciendo

gestos de débil protesta y de relativo disgusto. Ni un día solo, en

muchos años, dejaron de reñir al emprender su viaje vespertino; pero ni

un solo día tampoco se les ocurrió separarse y tomar cada cual por su

lado, como hicieron San Pablo y San Bernabé, y eso que eran tan amigos

y apóstoles. No se separaban porque Abel cedía siempre. Caín tampoco

hubiera consentido en la separación, en pasear sin el amigo; pero no

cedía porque estaba seguro de que cedería el compinche; y por eso iba

sonriendo: no porque le gustase oir la tos del otro. No, ni mucho

menos; justamente solía él decirse: "¡No me gusta nada la tos de Abel!"

Le quería entrañablemente, sólo que hay entrañas de muchas maneras, y

Caín quería a las personas para sí, y, si cabía, para reirse de las

debilidades ajenas, sobre todo si eran ridículas o a él se lo parecían.

La poca voluntad y el poco egoísmo de su amigo le hacían muchísima

gracia, le parecían muy ridículos, y tenía en ellos un estuche de cien

instrumentos de comodidad para su propia persona. Cuando algún chusco

veía pasar a los dos vejetes, oficiales primero y segundo del Gobierno

civil desde tiempo inmemorial (D. Joaquín el primero, por supuesto;

siempre delante), y los veían perderse a lo lejos, entre los negrillos

que orlaban la carretera de Galicia, solía exclamar riendo:

--Hoy le mata, hoy es el día del fratricidio. Le lleva a paseo y le da

con la quijada del burro. ¿No se la ven ustedes? Es aquel bulto que

esconde debajo de la levita.

El bulto, en efecto, existía. Solía ser realmente un hueso de un

animal, pero rodeado de mucha carne, y no de burro, y siempre bien

condimentada. Cosa rica. Merendaban casi todas las tardes como los

pastores de Don Quijote, a campo raso, y chupándose los dedos, en

cualquier soledad de las afueras. Caín llevaba generalmente los

bocados y Abel los tragos, porque Abel tenía un cuñado que comerciaba

en vinos y licores, y eso le regalaba, y Caín contaba con el arte de

su cocinera de solterón sibarita. Los dos disponían de algo más que el

sueldo, aunque lo de Abel era muy poco más; y eso que lo necesitaba

mucho, porque tenía mujer y tres hijas pollas, a quienes en la

actualidad, ahora que ya no eran tan frescas y guapetonas como años

atrás, llamaban los murmuradores "_Las Contenciosas-administrativas_",

por lo mucho que hablaba su padre de lo contencioso-administrativo,

que le tenía enamorado hasta el punto de considerar grandes hombres a

los diputados provinciales que eran magistrados de lo contencioso...,

etc. El mote, según malas lenguas, se lo había puesto a las chicas el

mismísimo Caín, que las quería mucho, sin embargo, y les había dado no

pocos pellizcos. Con quien él no transigía era con la madre. Era su

natural enemigo, su rival pudiera decirse. Le había quitado la mitad de

su Abel; se le había llevado de la posada donde antes le hacía mucho

más servicio que la cómoda y la mesilla de noche juntas. Ahora tenía él

mismo, Caín, que guardar su ropa, y llevar la cuenta de la lavandera, y

si quería pitillos y cerillas tenía que comprarlos muchas veces, pues

Abel no estaba a mano en las horas de mayor urgencia.

* * * * *

--¡Ay, Abel! Ahora que la vejez se aproxima, envidias mi suerte, mi

sistema, mi filosofía--exclamaba D. Joaquín, sentado en la verde

pradera, con un _llacón_ entre las piernas. (Un _llacón_ creo que es un

pernil.)

--No envidio tal--contestaba Abel, que enfrente de su amigo, en igual

postura, hacía saltar el lacre de una botella y le limpiaba el polvo

con un puñado de heno.

--Sí, envidias tal; en estos momentos de expansión y de dulces

_piscolabis_ lo confiesas; y, ¿a quién mejor que a mí, tu amigo

verdadero desde la infancia hasta el infausto día de tu boda, que nos

separó para siempre por un abismo que se llama doña Tomasa Gómez, viuda

de Trujillo? Porque tú, ¡oh Trujillo! desde el momento que te casaste

eres hombre muerto; quisiste tener digna esposa y sólo has hecho una

viuda...

--Llevas cerca de treinta años con el mismo chiste... de mal género. Ya

sabes que a Tomasa no le hace gracia...

--Pues por eso me repito.

--¡Cerca de treinta años!--exclamó don Abel, y suspiró, olvidándose de

las tonterías epigramáticas de su amigo, sumiendo en el cuerpo un trago

de vino del Priorato y el pensamiento en los recuerdos melancólicos de

su vida de padre de familia con pocos recursos.

Y como si hablara consigo mismo continuó, mirando a la tierra:

--La mayor...

--Hola--murmuró Caín--; ¿ya cantamos en _la mayor_? _Jumera_ segura...

tristona como todas tus cosas.

--No te burles, libertino. La mayor nació... sí, justo; va para

veintiocho, y la pobre, con aquellos nervios y aquellos ataques, y

aquel afán de apretarse el talle... no sé, pero... en fin, aunque no

está delicada... se ha descompuesto; ya no es lo que era, ya no... ya

no me la llevan.

--Ánimo, hombre; sí te la llevarán... No faltan indianos... Y en último

caso... ¿para qué están los amigos? Cargo yo con ella... y asesino a

mi suegra. Nada, trato hecho; tú me das en dote esa botella, que no

hay quien te arranque de las manos, y yo me caso con _la_ (cantando)

_mayor_.

--Eres un hombre sin corazón... un Lovelace.

--¡Ay, Lovelace! ¿Sabes tú quién era ése?

--La segunda, Rita, todavía se defiende.

--¡Ya lo creo! Dímelo a mí, que ayer por darla un pellizco salí con una

oreja rota.

--Sí, ya sé. Por cierto que dice Tomasa que no le gustan esas bromas;

que las chicas pierden...

--Dile a la de Gómez, viuda de Trujillo, que más pierdo yo, que pierdo

las orejas, y dile también que si la pellizcase a ella puede que no se

quejara...

--Hombre, eres un chiquillo; le ves a uno serio contándote sus cuitas y

sus esperanzas... y tú con tus bromas de dudoso gusto...

--¿Tus esperanzas? Yo te las cantaré: _La_ (cantando) Nieves...

--Bah, la Nieves segura está. Los tiene así (juntando por las yemas los

dedos de ambas manos). No es milagro. ¿Hay chica más esbelta en todo el

pueblo? ¿Y bailar? ¿No es la perla del casino cuando la emprende con

el vals corrido, sobre todo si _la baila_ el secretario del Gobierno

militar _Pacorro_?

Caín se había quedado serio y un poco pálido. Sus ojos fijos veían a

la hija menor de su amigo, de blanco, escotada, con media negra, dando

vueltas por el salón colgada de Pacorro... A Nieves no la pellizcaba él

nunca; no se atrevía, la tenía un respeto raro, y además, temía que un

pellizco en aquellas carnes fuera una traición a la amistad de Abel;

porque Nieves le producía a él, a Caín, un efecto raro, peligroso,

diabólico... Y la chica era la única para volver locos a los viejos,

aunque fueran íntimos de su padre. "¡Padrino, baila conmigo!" ¡Qué miel

en la voz mimosa! Y ¡qué miradonas inocentes... pero que se metían en

casa! El diablo que pellizcara a la chica. Valiente tentación había

sacado él de pila...

--Nieves--prosiguió Abel--se casará cuando quiera; siempre es la reina

de los salones; a lo menos, por lo que toca a bailar.

--Como bailar... baila bien--dijo Caín muy grave.

--Sí, hombre; no tiene más que escoger. Ella es la esperanza de la

casa.--Ya ves, Dios premia a los hombres sosos, honrados, fieles al

decálogo, dándoles hijas que pueden hacer bodas disparatadas, un

fortunón... ¿Eh? viejo verde, calaverón eterno. ¿Cuándo tendrás tú una

hija como Nieves, amparo seguro de tu vejez?

Caín, sin contestar a aquel majadero, que tan feliz se las prometía

en teniendo un poco de Priorato en el cuerpo, se puso a pensar, que

siempre se le estaba ocurriendo echar la cuenta de los años que él

llevaba a _la menor_ de las _Contenciosas_. "¡Eran muchos años!"

* * * * *

Pasaron algunos; Abel estuvo cesante una temporada, y Joaquín de

secretario en otra provincia. Volvieron a juntarse en su pueblo, Caín

jubilado y Abel en el destino antiguo de Caín. Las meriendas menudeaban

menos, pero no faltaban las de días solemnes. Los paseos como antaño,

aunque ahora el primero que tomaba por Oriente era Joaquín, porque

ya le fatigaba la cuesta. Las _Contenciosas brillaban_ cada día como

astros de menor magnitud; es decir, no brillaban; en rigor eran ya de

octava o novena clase, invisibles a simple vista; ya nadie hablaba

de ellas, ni para bien ni para mal; ni siquiera se las llamaba las

_Contenciosas_; "las de Trujillo", decían los pocos pollos nuevos que

se dignaban acordarse de ellas.

_La mayor_, que había engordado mucho y ya no tenía novios, por no

apretarse el talle había renunciado a la lucha desigual con el tiempo y

al martirio de un tocado que pedía restauraciones imposibles. Prefería

el disgusto amargo y escondido de quedarse en casa, de no ir a bailes

ni teatros, fingiendo gran filosofía, reconociéndose _gallina_, aunque

otra le quedaba. Se permitía, como corta recompensa a su renuncia, el

placer material, y para ella voluptuoso, de aflojarse mucho la ropa,

de dejar a la carne invasora y blanquísima (eso sí) a sus anchas,

como en desquite de lo mucho que inútilmente se había apretado cuando

era delgada. "¡La carne! Como el mundo no había de verla, hermosura

perdida; gran hermosura, sin duda, persistente... pero inútil. Y

demasiada." Cuando el cura hablaba, desde el púlpito, de _la carne_, a

_la mayor_ se le figuraba que aludía exclusivamente a la suya... Salían

sus hermanas, iban al baile a probar fortuna, y la primogénita se

soltaba las cintas y se hundía en un sofá a leer periódicos, crímenes y

viajes de hombres públicos. Ya no leía folletines.

La segunda luchaba con la edad de Cristo y se dejaba sacrificar por el

vestido que la estallaba sobre el corpachón y sobre el vientre. ¿No

había tenido fama de hermosa? ¿No le habían dicho todos los pollos

atrevidos e instruidos de su tiempo que ella era la mujer que dice

mucho a los sentidos?

Pues no había renunciado a la palabra. Siempre en la brecha. Se había

batido en retirada, pero siempre en su puesto.

Nieves... era una tragedia del tiempo. Había envejecido más que sus

hermanas; envejecer no es la palabra: se había marchitado sin cambiar,

no había engordado, era esbelta como antes, ligera, felina, ondulante;

bailaba, si había con quien, frenética, cada día más apasionada del

vals, más correcta en sus pasos, más pavorosa, pero arrugada, seca,

pálida; los años para ella habían sido como tempestades que dejaran

huella en su rostro, en todo su cuerpo; se parecía a sí misma... en

ruinas. Los jóvenes nuevos ya no la conocían, no sabían lo que había

sido aquella mujer en el vals corrido; en el mismo salón de sus

antiguos triunfos, parecía una extranjera insignificante. No se hablaba

de ella ni para bien ni para mal; cuando algún solterón trasnochado se

decidía a echar una cana al aire, solía escoger por pareja a Nieves.

Se la veía pasar con respeto indiferente; se reconocía que bailaba

bien, pero ¿y qué? Nieves padecía infinito, pero, como su hermana,

_la segunda_, no faltaba a un baile. ¡Novio!... ¡Quién soñaba ya con

eso! Todos aquellos hombres que habían estrechado su cintura, bebido

su aliento, contemplado su _escote virginal_... etc., etc., ¿dónde

estaban? Unos de jueces de término a cien leguas; otros en Ultramar

haciendo dinero; otros en el ejército sabe Dios dónde; los pocos que

quedaban en el pueblo, retraídos, metidos en casa o en la sala de

tresillo. Nieves, en aquel salón de sus triunfos, paseaba sin corte

entre una multitud que la codeaba sin verla...

* * * * *

Tan excelente le pareció a D. Abel el pernil que Caín le enseñó en

casa de éste, y que habían de devorar juntos de tarde en la Fuente de

Mari-Cuchilla, que Trujillo, entusiasmado, tomó una resolución, y al

despedirse hasta la hora de la cita, exclamó:

--Bueno, pues yo también te preparo algo bueno, una sorpresa. Llevo la

manga de café, lleva tú puros; no te digo más.

Y aquella tarde, en la fuente de Mari-Cuchilla, cerca del obscurecer

de una tarde gris y tibia de otoño, oyendo cantar un ruiseñor en un

negrillo, cuyas hojas inmóviles parecían de un árbol-estatua, Caín y

Abel merendaron el pernil mejor que dió de sí cerdo alguno nacido en

Teverga. Después, en la manga que a Trujillo había regalado un pariente

voluntario en la guerra de Cuba, hicieron café..., y al sacar Caín dos

habanos peseteros..., apareció la sorpresa de Abel. Momento solemne.

Caín no oía siquiera el canto del ruiseñor, que era su delicia, única

afición poética que se le conocía.

Todo era ojos. Debajo de un periódico, que era la primera cubierta,

apareció un frasco, como podía la momia de Sesostris, entre bandas de

paja, alambre, tela lacrada, sabio artificio de la ciencia misteriosa

de conservar los cuerpos santos incólumes; de guardar lo precioso de

las injurias del ambiente.

--¡El _benedictino_!--exclamó Caín en un tono religioso impropio de su

volterianismo. Y al incorporarse para admirar, quedó en cuclillas como

un idólatra ante un fetiche.

--El benedictino--repitió Abel, procurando aparecer modesto y sencillo

en aquel momento solemne en que bien sabía él que su amigo le veneraba

y admiraba.

Aquel frasco, más otro que quedaba en casa, eran joyas riquísimas y

raras, selección de lo selecto, fragmento de un tesoro único fabricado

por los ilustres Padres para un regalo de rey, con tales miramientos,

refinamientos y modos exquisitos, que bien se podía decir que aquel

líquido singular, tan escaso en el mundo, era néctar digno de los

dioses. Cómo había ido a parar aquel par de frascos casi divinos a

manos de Trujillo, era asunto de una historia que parecía novela y que

Caín conocía muy bien desde el día en que, después de oirla, exclamó:

¡Ver y creer! Catemos eso, y se verá si es paparrucha lo del mérito

extraordinario de esos botellines. Y aquel día también había sido el

primero de la única discordia duradera que separó por más de una semana

a los dos constantes amigos. Porque Abel, jamás enérgico, siempre de

cera, en aquella ocasión supo resistir y negó a Caín el placer de

saborear el néctar de aquellos frascos.

--Estos, amigo--había dicho--los guardo yo para en su día.--Y no había

querido jamás explicar qué día era aquél.

Caín, sin perdonar, que no sabía, llegó a olvidarse del benedictino.

Y habían pasado todos aquellos años, muchos, y el benedictino estaba

allí, en la copa reluciente, de modo misterioso que Caín, triunfante,

llevaba a los labios, relamiéndose _a priori_.

Pasó el solterón la lengua por los labios, volvió a oir el canto del

ruiseñor, y contento de la creación, de la amistad, por un momento,

exclamó:

--¡Excelente! ¡Eres un barbián! Excelentísimo señor benedictino,

¡bendita sea la Orden! Son unos sabios estos reverendos. ¡Excelente!

Abel bebió también. Mediaron el frasco.

Se alegraron; es decir, Abel, como Andrómaca, se alegró

entristeciéndose.

A Caín, la alegría le dió esta vez por adular como vil cortesano.

Abel, ciego de vanidad y agradecido, exclamó:

--Lo que falta... lo beberemos mañana. El otro frasco... es tuyo; te lo

llevas a tu casa esta noche.

Faltaba algo; faltaba una explicación. Caín la pedía con los ojillos

burlones llenos de chispas.

A la luz de las primeras estrellas, al primer aliento de la brisa,

cuando cogidos del brazo y no muy seguros de piernas, emprendieron la

vuelta de casa, Abel, triste, humilde, resignado, reveló su secreto,

diciendo:

--Estos frascos... este benedictino... regalo de rey...

--De rey...

--Este benedictino... lo guardaba yo...

--Para _su día_...

--Justo; su día... era el día de la boda de _la mayor_. Porque lo

natural era empezar por la primera. Era lo justo. Después... cuando ya

no me hacía ilusiones, porque las chicas pierden con el tiempo y los

noviazgos..., guardaba los frascos..., para la boda de _la segunda_.

Suspiró Abel.

Se puso muy serio Caín.

--Mi última esperanza era Nieves..., y a ésa por lo visto no la tira

el matrimonio. Sin embargo, he aguardado, aguardado..., pero ya es

ridículo..., ya...--Abel sacudió la cabeza y no pudo decir lo que

quería, que era: _lasciate ogni speranza_. En fin, ¿cómo ha de ser?--Ya

sabes; ahora mismo te llevas el otro frasco.

Y no hablaron más en todo el camino. La brisa les despejaba la cabeza

y los viejos meditaban. Abel tembló. Fué un escalofrío de la miseria

futura de sus hijas, cuando él muriera, cuando quedaran solas en el

mundo, sin saber más que bailar y apergaminarse. ¡Lo que le había

costado a él de sudores y trabajo el vestir a aquellas muchachas y

alimentarlas bien para presentarlas en el _mercado_ del matrimonio! Y

todo en balde. Ahora..., él mismo veía el triste papel que sus hijas

hacían ya en los bailes, en los paseos... Las veía en aquel momento

ridículas, feas por anticuadas y risibles..., y las amaba más, y las

tenía una lástima infinita desde la tumba en que él ya se contemplaba.

Caín pensaba en las pobres _Contenciosas_ también; y se decía que

Nieves, a pesar de todo, seguía gustándole, seguía haciéndole efecto...

Y pensaba además en llevarse el otro frasco; y se lo llevó

efectivamente.

* * * * *

Murió D. Abel Trujillo; al año siguiente falleció la viuda de Trujillo.

Las huérfanas se fueron a vivir con una tía, tan pobre como ellas, a

un barrio de los más humildes. Por algún tiempo desaparecieron del

_gran mundo_, tan chiquitín, de su pueblo. Lo notaron Caín y otros

pocos. Para la mayoría, como si las hubieran enterrado con su padre y

su madre. Don Joaquín al principio las visitaba a menudo. Poco a poco

fué dejándolo, sin saber por qué. Nieves se había dado _a la mística_,

y las demás no tenían gracia. Caín, que había lamentado mucho todas

aquellas catástrofes, y que había socorrido con la cortedad propia

de su peculio y de su egoísmo a las apuradas huérfanas, había ido

olvidándolas, no sin dejarlas antes en poder del sanísimo consejo de

que "se dejaran de bambollas... y cosieran para fuera". Caín se olvidó

de las chicas como de todo lo que le molestaba. Se había dedicado a

no envejecer, a conservar la virilidad y demostrar que la conservaba.

Parecía cada día menos viejo, y eso que había en él un renacimiento de

aventurero galante. Estaba encantado. ¿Quién piensa en la desgracia

ajena si quiere ser feliz y conservarse?

Las de Trujillo, de negro, muy pálidas, apiñadas alrededor de la tía

caduca, volvían a presentarse en las calles céntricas, en los paseos

no muy concurridos. Devoraban a los transeúntes con los ojos. Daban

codazos a la multitud hombruna. Nieves aprovechaba la moda de las

faldas ceñidas para lucir las líneas esculturales de su hermosa pierna.

Enseñaba el pie, las enaguas blanquísimas que resaltaban bajo la falda

negra. Sus ojos grandes, lascivos, bajo el manto recobraban fuerza,

expresión. Podía aparecer apetitosa a uno de esos gustos extraviados

que se enamoran de las ruinas de la mujer apasionada, de los estragos

del deseo contenido o mal satisfecho.

Murió la tía también. Nueva desaparición. A los pocos meses las de

Trujillo vuelven a las calles céntricas, de medio luto, acompañadas, a

distancia, de una criada más joven que ellas. Se las empieza a ver en

todas partes. No faltan jamás en las apreturas de las novenas famosas

y muy concurridas. Primero salen todas juntas, como antes. Después

empiezan a desperdigarse. A Nieves se la ve muchas veces sola con la

criada. Se la ve al obscurecer atravesar a menudo el paseo de los

hombres y de las artesanas.

Caín tropieza con ella varias tardes en una y otra calle solitaria. La

saluda de lejos. Un día le para ella. Se lo come con los ojos. Caín

se turba. Nota que Nieves _se ha parado_ también, ya no envejece y

se le ha desvanecido el gesto avinagrado de solterona rebelde. Está

alegre, coquetea como en los mejores tiempos. No se acuerda de sus

desgracias. Parece contenta de su suerte. No habla más que de las

novedades del día, de los escándalos amorosos. Caín le suelta un piropo

como un pimiento, y ella le recibe como si fuera gloria. Una tarde,

a la oración, la ve de lejos, hablando en el postigo de una iglesia

de monjas con un capellán muy elegante, de quien Caín sospechaba

horrores. Desde entonces sigue la pista a la solterona, esbelta e

insinuante. "Aquel jamón debe de gustarles a más de cuatro que no están

para escoger mucho." Caín cada vez que encuentra a Nieves la detiene

ya sin escrúpulo. Ella luce todo su antiguo arsenal de coqueterías

escultóricas. Le mira con ojos de fuego y le asegura muy seria que está

como nuevo; más sano y fresco que cuando ella era chica y él le daba

pellizcos.

--¿A ti yo? ¡Nunca! A tus hermanas, sí. No sé si tienes dura o blanda

la carne.--Nieves le pega con el pañuelo en los ojos y echa a correr

como una "locuela"..., enseñando los bajos blanquísimos, y el pie

primoroso.

Al día siguiente, también a la oración, se la encuentra en el portal de

su casa, de la casa del propio Caín.

--Le espero a usted hace una hora. Súbame usted a su cuarto. Le

necesito. Suben y le pide dinero; poco, pero ha de ser en el acto. Es

cuestión de honra. Es para arrojárselo a la cara a un miserable... que

no sabe ella lo que se ha figurado. Se echa a llorar. Caín la consuela.

Le da el dinero que pide y Nieves se le arroja en los brazos,

sollozando y con un ataque de nervios no del todo fingido.

Una hora después, para explicarse lo sucedido, para matar los

remordimientos que le punzan, Caín reflexiona que él mismo debió de

trastornarse como ella, que, creyéndose más frío, menos joven de lo que

en rigor era todavía por dentro, no vió el peligro de aquel contacto.

"No hubo malicia por parte de ella ni por la mía. De la mía respondo.

Fué cosa de la naturaleza. Tal vez sería antigua inclinación mutua,

disparatada...; pero poderosa... latente."

* * * * *

Y al acostarse, sonriendo entre satisfecho y disgustado, se decía el

solterón empedernido:

--De todas maneras la chica... estaba ya perdida. ¡Oh, es claro! En

este particular no puedo hacerme ilusiones. Lo peor fué lo otro.

Aquello de hacerse la loca después del lance, y querer aturdirse,

y pedirme algo _que la arrancara el pensamiento_..., y... ¡diablo

de casualidad! ¡Ocurrírsele cogerme la llave de la _biblioteca_...,

y dar precisamente con el recuerdo de su padre, con el frasco de

benedictino!...

¡Oh! sí; estas cosas del pecado, pasan a veces como en las comedias,

para que tengan más pimienta, más picardía... Bebió ella. ¡Cómo se

puso! Bebí yo... ¿qué remedio? obligado.

"¡Quién le hubiera dicho a la pobre Nieves que aquel frasco de

benedictino le había guardado su padre años y años para el día que

casara su hija!... ¡No fué mala boda!" Y el último pensamiento de

Caín al dormirse ya no fué para la _menor_ de las _Contenciosas_ ni

para el benedictino de Abel, ni para el propio remordimiento. Fué

para los socios viejos del Casino que le llamaban _platónico_; "¡él,

_platónico_!"

El Señor y los demás son Cuentos · 第 44 / 49 题