II

La idea de Judas Adambis era el secreto deseo de la mayor parte de

los humanos. Tanto se había progresado en psicología, que no había

un mal zapatero de viejo que no fuera un Schopenhauer perfeccionado.

Ya todos los hombres, o casi todos, eran almas superiores aparte,

_d'elite_ dilletanti, como ahora pueden serlo Ernesto Renán o Ernesto

García Ladevese. En siglos remotos, algunos literatos parisienses

habían convenido en que ellos, unos diez o doce, eran los únicos que

tenían dos dedos de frente; los únicos que sabían que la vida era una

bancarrota, _un aborto_, etc., etc. Pues bueno; en tiempos de Adambis,

la inmensa mayoría de la humanidad estaba al cabo de la calle; casi

todos estaban convencidos de eso, de que esto debía dar un estallido.

Pero, ¿cómo estallar? Ésta era la cuestión.

El doctor Adambis, no sólo había encontrado la fórmula de la aspiración

universal, sino que prometía facilitar el medio de poner en práctica su

grandiosa idea. El suicidio individual no resolvía nada; los suicidios

menudeaban; pero los partos felices mucho más. Crecía la población que

era un gusto, y por ahí no se iba a ninguna parte.

El suicidio en grandes masas se había ensayado varias veces, pero

no bastaba. Además, las sociedades de suicidas o _voluntarios

de la muerte_, que se habían creado en diferentes épocas, daban

pésimos resultados; siempre salíamos con que los accionistas y los

comanditarios de buena fe pagaban el pato, y los gestores sobrevivían y

quedaban gastándose los fondos de la sociedad. El caso era encontrar un

medio para realizar el suicidio universal.

Los Gobiernos de todos los países se entendieron con Judas Adambis,

el cual dijo que lo primero que necesitaba era un gran empréstito, y

además, la seguridad de que todas las naciones aceptaban su proyecto,

pues sin esto no revelaría su secreto ni comenzarían los trabajos

preparatorios de tan gran empresa.

Aunque ya no había Inglaterra hacía mucho tiempo, pues se la había

tragado el mar siglos atrás, no faltaban políticos anglómanos, y hubo

quien sacó a relucir el _hábeas corpus_ como argumento en contra.

Otros, no menos atrasados, hablaron de la _representación de las

minorías_. Ello era que no todos, absolutamente todos los hombres

aceptaban la muerte voluntaria.

El Papa, que vivía en Roma, ni más ni menos que San Pedro, dijo que ni

él ni los Reyes podían estar conformes con lo del suicidio universal;

que así no se podían cumplir las profecías. Un poeta muy leído por el

bello sexo, aseguró que el mundo era excelente, y que por lo menos,

mientras él, el poeta, viviese y cantase, el querer morir era prueba de

muy mal gusto.

Triunfó, a pesar de estas protestas y de las corruptelas de algunos

políticos atrasados, la genuina interpretación de la _soberanía

nacional_. Se puso a votación en todas las asambleas legislativas del

mundo el suicidio universal, y en todas ellas fué aprobado por gran

mayoría.

Pero, ¿qué se hizo con las minorías? Un escritor de la época dijo que

era imposible que el suicidio universal se realizase desde el momento

que existía una minoría que se oponía a ello. "No será suicidio, será

asesinato, por lo que toca a esa minoría."

"¡Sofisma! ¡Sofisma! ¡Metafísica! ¡Retórica!"--gritaron las mayorías

furiosas--. "Las minorías", advirtió el doctor Adambis en otro folleto,

cuya propiedad vendió en cien millones de pesetas, "las minorías no

_se suicidarán_, es verdad; _¡pero las suicidaremos!_" Absurdo, se

dirá. No, no es absurdo. Las minorías no se suicidarán, en cuanto

individuos, o _per se_; pero como de lo que se trata es del suicidio

de la humanidad, que en cuanto colectividad es persona jurídica, y la

persona jurídica, ya desde el derecho romano, manifiesta su voluntad

por la votación en mayoría absoluta, resulta que la minoría, en cuanto

parte de la humanidad, también se suicidará, _per accidens_.

Así se acordó. En una Asamblea universal, para elegir cuyos miembros

hubo terribles disturbios, palos, pedradas, tiros (de modo y manera que

por poco se acaba la gente sin necesidad del suicidio); digo que en una

Asamblea universal se votó definitivamente el fin del mundo, por lo que

tocaba a los hombres, y se dieron plenos poderes al doctor Adambis para

que cortara y rajara a su antojo.

El empréstito se había cubierto una vez y cuartillo (menos que el de

Panamá), porque la humanidad de entonces, como la de ahora, se prestaba

a entusiasmarse, a suicidarse; se prestaba a todo menos a prestar

dinero.

Con auxilio de los Gobiernos, pudo Adambis llevar a cabo su obra magna,

que por medio de aplicaciones mecánicas de condiciones químicas hoy

desconocidas, puso a todos los hombres de la tierra en contacto con la

muerte.

Se trataba de no sé qué diablo de fuerza recientemente descubierta

que, mediante conductores de no se sabe ahora qué género, convertía el

globo en una gran red que encerraba en sus mallas mortíferas a todos

los hombres, _velis nolis_. Había la seguridad de que ni uno solo

podría escaparse del estallido universal. Adambis recordó al público

en otro folleto, al revelar su invención, que ya un sabio antiquísimo

que se llamaba, no estaba seguro si Renán o Fustigueras, había soñado

con un poder que pusiera en manos de los sabios el destino de la

humanidad, merced a una fuerza destructora descubierta por la ciencia.

Aquel sueño de Fustigueras iba a realizarse; él, Adambis, dictador

del exterminio, gracias al gran plebiscito que le había hecho verdugo

del mundo, tirano de la agonía, iba a destruir a todos los hombres, a

hacerlos reventar en un solo segundo, sin más que colocar un dedo sobre

un botón.

Sin hacer caso de los gritos y protestas de la minoría, se dispuso en

todos los países civilizados, que eran todos los del mundo, cuanto era

necesario para la última hora de la humanidad doliente. El ceremonial

del tremendo trance costó muchas discusiones y disgustos, y por poco

fracasa el gran proyecto por culpa de la etiqueta. ¿En qué traje, en

qué postura, qué día y a qué hora debía estallar la humanidad?

Se aprobó que el traje fuese el de etiqueta rigurosa entre las clases

altas, y en las demás el traje nacional. Se desechó una proposición

de suicidarse en el traje de Adán, antes de las hojas de higuera. El

que esto propuso, se fundaba en que la humanidad debía terminar como

había empezado; pero como lo de Adán no era cosa segura, no se aprobó

la idea. Además, era indecorosa. En cuanto a la postura, cada cual

podía adoptar la que creyese más digna y elegante. ¿Día? Se designó

el primero de año, por aquello de que año nuevo, vida nueva. ¿Hora?

Las doce del día, para que el sol aborrecido presidiese, y pudiera dar

testimonio de la suprema resolución de los humanos.

El doctor Adambis pasó un atento B. L. M. a todos los habitantes del

globo, avisándoles la hora y demás circunstancias del lance. Decía así

el documento:

"El doctor Judas Adambis

_B. L. M._

al Sr. D...

y tiene el gusto de anunciarle que el día de Año Nuevo, a las doce de

la mañana, por el meridiano de tal, sentirá una gran conmoción en la

espina dorsal, seguida de un tremendo estallido en el cerebro. No se

asuste el Sr. D..., porque la muerte será instantánea, y puede tener

el consuelo de que no quedará nadie para contarlo. Este estallido será

el símbolo del supremo momento de la humanidad. Conviene tener hecha

la digestión del almuerzo para esa hora.

El doctor Judas Adambis aprovecha esta ocasión para ofrecer... etc.,

etc., etc."

* * * * *

Llegó el día de Año Nuevo, y a las once y media de la mañana, el doctor

Judas, acompañado de su digna y bella esposa Evelina Apple, se presentó

en el palacio en que residía la Comisión internacional organizadora del

suicidio universal.

Vestía el doctor riguroso traje de luto, frac y corbata negra y gasa en

el sombrero. Evelina Apple, rubia, alta, de anchas caderas y vientre

arrogante, de negro también, escotada y con manga corta, daba el

brazo a su digno esposo. La Comisión en masa, de frac y corbata negra

también, salió a recibirlos al vestíbulo. Entraron en el salón del

_Gran Aparato_, sentáronse los esposos en un trono, en sendos sillones;

alrededor los comisionados, y, en silencio todos, esperaron a que

sonaran las doce en un gran reloj de cuco, colocado detrás del trono.

Delante de éste había una mesa pequeña, cuadrada, con tabla de marfil.

En medio de ésta, un botón negro, sencillísimo, atraía las miradas de

todos los presentes.

El reloj era una primorosa obra de arte.

Estaba fabricado con material de un extraño pedrusco que la ciencia

actual permitía asegurar que era procedente del planeta Marte. No

cabía duda; era el proyectil de un cañonazo que nos habían disparado

desde allá, no se sabía si en son de guerra o por ponerse al habla. De

todas suertes, la tierra no había hecho caso, votado como estaba ya el

suicidio de todos.

La bala o lo que fuera se aprovechó para hacer el reloj en que había

de sonar la hora suprema. El cuco era un esqueleto de este pajarraco.

Entonces se le dió cuerda. No daba las medias horas ni los cuartos. De

modo que sonaría por primera y última vez a las doce.

Judas miró a Evelina con aire de triunfo a las doce menos un minuto.

Entre los comisionados ya había cinco o seis muertos de miedo. Al

comisionado español se le ocurrió que iba a perder la corrida del

próximo domingo (los toros de invierno eran ya tan buenos como los

de verano y viceversa) y se levantó diciendo... que él adoptaba el

retraimiento y se retiraba. Adambis, sonriendo, le advirtió que

era inútil, pues lo mismo estallaría su cerebro en la calle que en

el puesto de honor. El español se sentó, dispuesto a morir como un

valiente.

¡Plin! Con un estallido estridente se abrió la portezuela del reloj y

apareció el esqueleto del cuco.

--¡Cucú, cucú!

Gritó hasta seis veces, con largos intervalos de silencio.

--¡Una, dos!

Iba contando el doctor.

Evelina Apple fué la que miró entonces a su marido con gesto de

angustia y algo desconfiada.

El doctor sonrió, y por debajo de la mesa que tenía delante dió a su

mujer la mano. Evelina se asió a su marido como a un clavo ardiendo.

--¡Cucú...! ¡Cucú!

--¡Tres!... ¡Cuatro!

--¡Cucú, cucú!

--¡Cinco! ¡Seis!... Adambis puso el dedo índice de la mano derecha

sobre el botón negro.

Los comisionados internacionales que aún vivían, cerraron los ojos por

no ver lo que iba a pasar, y se dieron por muertos.

Sin embargo, el doctor no había oprimido el botón.

La yema del dedo, de color de pipa culotada, permanecía sin temblar

rozando ligeramente la superficie del botón frío de hierro.

--¡Cucú! ¡Cucú!

--¡Siete! ¡ocho!

--¡Cucú! ¡Cucú!

--¡Nueve! ¡diez!

El Señor y los demás son Cuentos · 第 40 / 49 题