El médico y la botica acabaron bien pronto con sus escasas e

Produced by Chuck Greif and the Online Distributed

Proofreading Team at http://www.pgdp.net from scans

available at the University of Miami Digital Collections.

Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones

ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación

presentes en el texto.

El PROLETARIO EN ESPAÑA

Y

EL NEGRO EN CUBA,

PÁGINAS

ESCRITAS PARA EL QUE LAS QUIERA LEER

POR UN OBSERVADOR

AMANTE DE LA VERDAD.

R. J. E.

HABANA.

IMPRENTA MILITAR DE M. SOLER, MURALLA 40.

1866.

ADVERTENCIA IMPORTANTE.

No somos publicistas, afiliados á este ni al otro partido político; ni

abogamos por las aspiraciones de tal ó cual escuela filosófica, ni

económica.

Libres, independientes en nuestras ideas; sin que _nadie_ ejerza presión

en nuestro _modo de ver las cosas_; escribimos las siguientes páginas,

solo por el placer de escribirlas y por inspiracion propia.

Habrá quien al leerlas, forme tal vez un juicio equivocado de nuestras

creencias, en cuestiones políticas, sociales y económicas.

A fin de evitarles el riesgo de equivocarse, y antes de que su errada

opinion llegue á tomar cuerpo ó á _crear atmósfera_, trataremos de

destruirla, y la destruiremos con solo dos palabras.

_Somos eclécticos._

Pensamos, en teoría, como el mas avanzado discípulo de las modernas

escuelas; pero no convenimos en los medios ni en la época de plantear

aquellos principios, que han de conmover toda la base del edificio

social, de la familia y de la tradicion: mas claro; no creemos llegada

aun la hora de establecer en nuestro pais, esas reformas radicales que

piden algunos ilusos, sin tener en cuenta, que la tierra cansada de

producir, necesita del tiempo y la preparacion necesarias, para que la

nueva semilla fructifique.

Comprendemos que la vida de los pueblos de moderna fundacion, pueda

adaptarse desde sus primeros pasos á la práctica y planteamiento de esas

brillantes teorías que deslumbran, y trasforman el mísero erial de la

vida en el mas florido Eden; pero opinamos que las sociedades de la

vieja Europa, trabajadas en esa gradacion natural y lógica que el

progreso ha venido operando en ellas, á través de los siglos, no podrian

resistir una transicion fuerte y repentina en sus leyes y sus

costumbres, tal como la sueñan algunos utopistas, sin sucumbir

estrepitosamente, arrastrando en sus ruinas á sus mismos reformadores.

Hecha, pues, nuestra _profesion de fé_, conste que no somos esto, ni lo

otro, ni lo de mas allá, sino que somos lo que decimos. No somos eco, ni

obedecemos á las inspiraciones de ningun partido ni escuela determinada,

sino á las de nuestra propia conciencia, y esto nos basta.

Saludamos y aplaudimos toda idea nueva, que tienda á mejorar las

condiciones de nuestra desorganizada sociedad; pero acojiéndola siempre

con la prudente reserva del que, víctima de su juvenil entusiasmo, ha

visto mas de una vez perdidas sus mas caras ilusiones.

En la primavera de nuestra vida, vivíamos en una provincia, alejados del

bullicio de la corte. Los ecos de las brillantes serenatas, que en la

prensa y en la tribuna, daban nuestros mas inspirados publicistas y

oradores modernos, llegaban hasta allí, impregnados con el delicado

perfume de la poesía, del amor á lo bello, á lo sublime, con el

prestigio en fin, de lo desconocido y el encanto de la distancia; y

arrastrados por nuestra fantasía, fiados en aquellos seductores

principios de luz y de armonía, de amor y de justicia, de paz y de

ventura; hacíamos de cada uno de aquellos privilegiados apóstoles de

nuestro siglo, un ídolo, un ser perfecto; adornado de todas las

virtudes; dotados de un corazon fuerte y de una conciencia pura, y con

ellos nos forjábamos un mundo ideal, un nuevo paraiso; tal como lo

perdieron nuestros primeros padres despues del pecado......

_«¡Ilusiones engañosas,_

_livianas como el placer!......»_

El desencanto debia llegar, y llegó.

Así como el adolescente, la primera vez que asiste al teatro, cree ver

en cada actriz una _diosa_ y una _hada_ en cada bailarina,

persiguiéndole hasta en sueños su seductora imájen; y luego, al penetrar

en las misteriosas sinuosidades del escenario, advierte que aquellas

encantadoras deidades que su mente acariciaba, son deidades de barro,--y

no siempre del mas puro,--cubiertas de falso oropel, y se arrepiente, y

se sonroja del culto que les rindiera, suspirando á pesar suyo por sus

muertas ilusiones: así nosotros, al llegar al _gran teatro_ de la

coronada villa _y al ver la funcion entre bastidores_, arrancamos de

nuestro pecho el culto que consagráramos á aquellos _ídolos_, tambien de

barro, y fuimos á ocultar nuestra vergüenza y nuestro despecho en el

seno del mas exajerado escepticismo político; no sin lanzar un profundo

suspiro, al ver marchitas y por tierra las flores de nuestras ilusiones

queridas.

Aquellos hombres, dotados de un talento superior, armados de bellísimas

teorías y poseyendo en el mas alto grado los recursos de la oratoria;

conmovían, arrastraban al público, pendiente de sus palabras, de sus

ademanes, de sus miradas!..........

Y aquellos mismos hombres...... con la mas impasible serenidad, con sin

igual _sans façon_, destruian hoy, lo que ayer habian edificado;

atacaban mañana, lo que hoy habian defendido; segun que el viento de sus

ambiciones ó de sus intereses, les arrastrara hácia uno ú otro lado.

Entonces nos convencimos de que el orador y el publiscito político en

general, ejercian un oficio como el zapatero ó el sastre, alterando sus

principios y reformándolos segun las circunstancias, como aquellos

varian la forma y hechura, segun las modas ó el capricho del

parroquiano!...

¡No mas ídolos! ¡no mas Dioses!.....--dijimos--y nos encerramos en la

mas prudente y fria reserva, y nos decidimos á no juzgar de los hechos y

de las cosas, mas que por lo que nuestro pobre criterio nos dictára, ó

nos fueran enseñando nuestras modestas observaciones.

Vamos á concluir esta ADVERTENCIA, para entrar en el asunto que la ha

motivado. Creemos haber llenado el objeto que nos propusimos al

empezarla, pero si no lo hemos conseguido, culpa será de nuestras

escasas dotes que no dieron á nuestras frases toda la fuerza necesaria

para llevar el convencimiento al ánimo de los que se dignen leer estas

líneas.

EL AUTOR.

Habana 26 de Octubre de 1866.

CUATRO PALABRAS QUE PUEDEN MUY BIEN SERVIR DE

PROLOGO.

No es un _libro_ el que tratamos de dar hoy al público; ni tan siquiera

es un _folleto_, por mas que de algunos años á esta parte, se hayan

puesto de moda esta clase de publicaciones, hasta para tratar de las

cuestiones mas sérias y trascendentales. Todo lo mas será un modesto

_opúsculo_, sin aspiraciones de _mas allá_, y condenado tal vez á no ser

leido mas que por compromiso, y á andar _á pié_,--desde sus primeros

pasos en el mundo,--por esas calles de Dios, hasta dar con su cuerpo en

casa de algun _bodeguero_ ó almacenista de comestibles, que, hoja por

hoja, lo vaya convirtiendo en cucuruchitos de pimienta, canela y clavo,

ó en medios de azúcar.

En fin, sea cual fuere el porvenir que esté reservado á este, que desde

luego llamaremos _opúsculo_, pasaremos á explicar los motivos que nos

han impulsado á publicarle.

Hace ya muchos años, que una de esas que en Europa han dado en llamarse

_grandes potencias_, de su propia autoridad, y que _por ende_, se están

permitiendo intervenir hasta en los asuntos mas íntimos y familiares, y

en regir los destinos de las que á su vez llaman _pequeñas potencias_;

una de esas, repetimos, impulsada, nó por un sentimiento humanitario y

noble, que es incapaz de sentirlos, sino celosa de la floreciente

prosperidad de esta venturosa Isla, por lo que á sus colonias perjudica,

y de acuerdo con sus demas compañeras de _grandeza_, empezó á perseguir,

con un ardor sin igual, á los buques que hacian el tráfico de negros en

la costa de Africa.[1]

[1] Véase el tratado de paz entre Inglaterra y España de 29 de Setiembre

de 1817 y prohibicion de la trata desde el 30 de Mayo de 1820.--El

tratado de 28 de Julio de 1835 y su promulgacion del 2 de Marzo de 1845

y Proyecto de ley de 19 de Febrero de 1866.

Las demas naciones tomaron tambien muy á pecho esta cuestion y

declamaron muy alto en contra de la _trata_.

La _trata_ es, en efecto, un comercio que la civilizacion rechaza, la

razon repele y el corazon humano condena; por lo que el hecho en sí,

tiene de injusto y de repugnante.

Hasta aquí, estamos de acuerdo con las _grandes potencias_, en que

levantaran cruzadas contra aquel comercio humano; y si bien el motivo

que á ello les impulsára, fuera en el fondo mezquino y egoista, por

parte de la potencia iniciadora, la prohibicion está en armonía con

nuestros sentimientos y la aprobamos.

Pero no podemos prescindir de decir algo, respecto al extraño contraste

que notamos en esa potencia iniciadora de la persecucion de la trata.

Ese nebuloso pais que á ninguno otro se parece; eterno consorcio de luz

y de tinieblas, de risa y de llanto, de oro y de cieno; que observa en

su interior una política diferente de la que practica en el exterior;

que, como vulgarmente se dice, juega siempre con dos barajas: una para

ganar y otra para no perder; que con sus excentricidades y su obligado

_spleen_, su egoismo y su avaricia há llegado á _captarse_ las

antipatías de casi todos los demas paises del globo: ese pais,

repetimos, hace cuantiosos gastos para perseguir la _trata_, y en cambio

deja que pululen por muchos de sus extensísimos barrios, millares de

criaturas, que fallecen víctimas de la miseria y del abandono. ¿Dónde

están esos sentimientos humanitarios de que se hace tanto alarde? ¿Cómo

no atienden á las necesidades de su casa antes de cuidarse de las de la

ajena? ¿No ofrece esto un notable contraste y hasta hace dudar de su tan

decantada filantropía? ¿A cuántas reflexiones no se presta esta gran

verdad que conoce todo el que ha visitado la capital del carbon de

piedra?......

Mas dejemos tranquila á la ahumada isla de allende el canal y prosigamos

el curso de nuestro disfrazado prólogo.

Tanto y tanto se ha escrito y hablado sobre esta cuestion de los negros

en Cuba, de su trabajo y de su vida, que despertóse nuestro deseo de

conocerla á fondo; estudiarla concienzuda y detenidamente y emitir

despues francamente nuestra humilde opinion.

Poco tiempo despues, por una causa por cierto bien extraña á este

asunto, nuestra buena ó mala estrella nos condujo á esta hermosa Isla,

donde hemos satisfecho aquella viva curiosidad y cumplido á la vez

nuestro propósito.

Este es, pues, el motivo de dar al público en las modestas páginas de

este _opúsculo_ el fruto de nuestras observaciones, con la esperanza de

que destruirán en parte algunos errores y rancias preocupaciones,

sembradas allende el Occéano, que perjudican notablemente los intereses

de nuestro pais, sin beneficio alguno real.

I.

BREVE OJEADA RETROSPECTIVA.

Desde que la misteriosa y tradicional _Caja de Pandora_, abierta en un

arranque de _travesura_ y de _infantil curiosidad_, por nuestros

primeros padres, esparció por toda la haz de la tierra el gérmen de las

pasiones humanas; desde que Cain mató á su hermano Abel y los demas

hombres, hermanos tambien, empezaron á distinguir lo _mio_ de lo _tuyo_

y á despertarse entre ellos la soberbia, la avaricia, la lujuria, la

ira, la gula, la envidia y la pereza, es decir, los siete _pecados

capitales_ y sus obligados _satélites_, el mundo comenzó á formarse, tal

cual el mundo debia ser.

Habrá quien nos interrumpa, para decirnos tal vez, que aquella malhadada

semilla, legado de nuestros descamisados padres, debió perecer bajo las

turbulentas ondas del diluvio universal; pero nosotros, que tenemos el

deber de saberlo todo, á fuer de cronistas, podemos asegurar de buena

tinta, que entre los animales de distintas especies que Noé introdujo en

el arca, construida por mandato de Dios, lograron penetrar furtivamente

las pasiones humanas; y cuando el martillo de Noé levantó la primera

tabla de la tapa del arca, que habia quedado en seco en el Monte

Ararat, se escabulleron precipitadamente, lanzándose por esos mundos de

Dios á hacer de las suyas.

Decíamos, que el mundo comenzó á formarse tal cual el mundo debia ser, y

como lo que estaba escrito debia cumplirse, se cumplió.

Rechazado el hombre por su culpa, de aquel encantado paraiso, eden

florido de eternal primavera, donde por primera vez abriera sus ojos á

la vida material y admirara extasiado la explendente luz del astro del

dia, el riquísimo manto de la noche tachonado de estrellas y adornado

por el diamantino broche de la luna; donde contemplara estupefacto los

prados y los montes, las fuentes y los rios, las plantas y las flores;

todo ese conjunto en fin, de bellezas y armonías, que la omnipotente

voluntad del Divino Artista, reuniera allí para servir de expléndido

paisaje, de magnífico fondo al mejor cuadro de su creacion: _el hombre_;

lloró desconsolado su destierro, abrasó su frente el sello de la

esclavitud, impuesto en justo castigo de su enorme falta y, mohino y

arrepentido, aunque consolado á veces por los encantos de su dulce

compañera, _la mujer_, causa primordial de su pecado; empezó á recorrer

con ella el escabroso sendero de la vida, legando por fin á su

posteridad ese inmenso caudal de lágrimas y sufrimientos; de trabajos y

miserias; de vicios y corrupcion; que hacen mas penosa para los mortales

su transitoria marcha por el mundo.

Los hombres, _esclavos_ desde entonces de sus pasiones y sin que el lazo

fraternal que los unia bastara á contener sus ímpetus, dieron principio

á esa lucha tenaz y constante que aun hoy subsiste y que tanto

empequeñece á la humanidad: dividiéronse en diferentes bandos ó partidos

al esparcirse por todos los ámbitos del mundo, y adoptando diverso

lenguaje y religion, y leyes y costumbres tambien distintas, llegaron á

desconocerse por completo y á formarse entre ellos, esa division de

razas que determinó sin duda el clima de cada uno de los paises en que

fueron á habitar.

Las razas fundaron pueblos, ciudades y reinos, y empezaron á

establecerse entre ellos mismos distinciones, grados y gerarquías que

hicieron señores á los unos, y siervos, esclavos ó vasallos á los otros.

Hé aquí, pues, el principio de la esclavizacion del hombre por el

hombre; de esa ley que tantos siglos pesó sobre media humanidad, y que

con tan ruidoso estruendo lograron quebrantar algunos pueblos, por

aspirar el aura de libertad que mas tarde les habia de dar hambre,

miseria, desesperacion y muerte.

Hé aquí tambien la cuna de las diferentes clases en que las modernas

sociedades se hallan divididas en los pueblos de la vieja Europa; clases

que han sufrido ya distintas modificaciones y reformas, desde los

memorables tiempos del feudalismo hasta nuestros dias. Entre ellas se

cuenta, como la mas numerosa, la del proletariado, á la cual hemos de

consagrar algunas líneas en el siguiente capítulo.

II.

EL PROLETARIO.

Distínguese en Europa bajo este nombre, á aquel que, careciendo

absolutamente de bienes, vive solo con el producto de su trabajo.

El es el que únicamente viene sosteniendo de siglo en siglo, de

generacion en generacion y á través de las distintas fases por que ha

pasado el mundo; el carácter del hombre primitivo, porque en el empleo

de su fuerza material estriba su único elemento de produccion y

subsistencia.

Labra y siembra los campos que son de otro, ya bajo los ardientes rayos

del sol del medio-dia, ó ya azotado por el cierzo y las nieves del

norte.

Su brazo es el alimento vivo é indispensable de todas las industrias y

artefactos: tanto se encuentra en la elevada cúspide de una torre, como

penetra en las entrañas de la tierra, en busca de los productos del

reino mineral.

Sin él, el comercio y la navegacion, las artes y los oficios, la

agricultura y la industria, no existirian; y la vida de los pueblos se

arrastraria lánguida y miserable y sin adelantar un paso en las vias del

progreso material é intelectual.

Y sin embargo, el proletario es en todos los pueblos y en todos los

paises, el que menos garantida tiene su subsistencia y la de su familia;

por mas que los filósofos y sabios de todos los tiempos, se hayan

dedicado, con filantrópico afan, á mejorar las condiciones de esta clase

desheredada de la sociedad.

Su vida es precaria y triste, y limitado y nebuloso el horizonte de su

porvenir.

Hijo del trabajo, fáltale _el pan de cada dia_, cada vez que por razon

de las crísis ó convulsiones que con frecuencia experimentan los

pueblos, se suspende ó escasea aquel; así como cuando por causas

naturales ó accidentales, se ve postrado en el leche de dolor.

El proletario es una _parte_ importante de ese gran _todo_ que se llama

pueblo, y el pueblo es el que constituye la verdadera fuerza y riqueza

de cada pais.

Con el sudor de su frente, explota los diferentes veneros de una nacion,

y por mas que en los trabajos que ejecuta, se obtengan pingües

resultados, nunca le corresponde mas parte en los beneficios que el

importe de su modesto jornal.

En algunos pueblos de Europa, se han formado asociaciones de diferente

carácter, aunque llevando casi todas por tendencia, la del _socorro

mútuo_ entre las clases trabajadoras. En algunos paises y en ciertas y

determinadas épocas, fracasaron ó mas bien fueron disueltas por sus

respectivos gobiernos, muchas de estas asociaciones, por el carácter

político que iban tomando sus numerosas reuniones; y solo las que han

sabido librarse de aquel carácter, extraño al objeto de su institucion,

dan satisfactorios resultados para sus socios: pero...... ¡son tan pocas

las que se hallan en estas ventajosas condiciones!......

Con razon se llaman _clases desheredadas_ á las clases proletarias,

porque en verdad que llevan la peor parte en los trabajos impuestos al

hombre á su tránsito por el mundo; y en cambio carecen de los goces

materiales é intelectuales, que las demas clases de la sociedad se

proporcionan, gracias á los medios y elementos de que pueden disponer.

En suma diremos: que el proletario, colocado desde que nace bajo la

imperiosa ley del trabajo,--del cual es verdaderamente esclavo,--consume

en él la vigorosa sávia de su juventud y de su vida, enriqueciendo con

frecuencia al que, poseyendo bienes ó capitales, los emplea en su

explotacion, sin que por eso _él_ vea jamás asegurado su porvenir; y

allá, cuando la nieve de los años enerva las fuerzas de su cuerpo y de

su espíritu, se ve generalmente sumido en la escasez y la indigencia;

entonces que es cuando debiera recojer el fruto de sus afanes y vivir

tranquilamente los últimos años de su existencia.

CUADROS TOMADOS AL ACASO.

III.

CUADRO PRIMERO.

EL ALBAÑIL EN MADRID.

El pueblo de Madrid, que aun á mediados del último siglo, poseia ese

carácter distintivo con que nos le han dado á conocer los mas ilustres

de nuestros autores, historiadores y poetas; ha ido poco á poco y

gradualmente, perdiendo su sello característico; y formándose, al

sucederse las generaciones, de elementos tan distintos y heterogéneos,

que el pueblo de los _manolos_, ese pueblo que tan brillantes pruebas ha

dado de su valor y de su abnegacion, el pueblo en fin del _dos de Mayo_,

ha desaparecido por completo, quedando en su lugar un compuesto

abigarrado é informe, en que los tipos, carácteres y costumbres de las

demas provincias de España, se encuentran amalgamados en desconcertado y

desigual conjunto.

Al presentar el primero de nuestros cuadros en Madrid, conste que solo

lo hacemos por el conocimiento que hemos adquirido de la vida íntima y

social de las clases trabajadoras, en los muchos años que vivimos en

aquella localidad.

Pero procedamos á la descripcion de nuestro cuadro.

Nos hallamos á mediados del mes de Diciembre.

Una menuda y constante lluvia cae sobre los infelices obligados á

transitar á pié por las calles de la capital de la monarquía.

Hace un frio muy intenso, como que es el helado soplo del Guadarrama, y

aunque no son mas que las cuatro de la tarde, es ya casi de noche.

En lo último de la calle de Embajadores, hay una casa de pobre

apariencia: una de esas que se llaman _corralones_ ó casas de vivienda.

Penetremos hasta el patio: en él corre á la izquierda una tapia elevada

y negruzca, que lo divide del de la casa contigua: á la derecha, se ven

en forma de miserables celdas, seis puertas pintorreadas unas,

carcomidas y remendadas otras y por encima del marco de cada una de

ellas, sobre la amarillenta pared, un número hecho con carbon.

Cada una de estas mal llamadas habitaciones está ocupada por alguna

pobre familia, que paga por ella seis reales á la semana, de modo que

solo para la casa han de deducir cada dia un real de su jornal ó

salario.

Acerquémonos al último de estos cuartos ó celdas: tiene el número seis:

penetremos.... ¿Qué es eso?......... ¿retrocedeis?...... ¿tan triste ó

repugnante es el cuadro que se os presenta á la vista?..... ¿tan fétido

es el aire que en aquella húmeda habitacion se respira?.... Veamos que

es lo que causa ese malestar que veo retratado en vuestro semblante....

¡Ah!... sí... ya comprendo: el cuadro de la miseria y del hambre en toda

su horripilante desnudez, es lo que ha herido vuestra vista y afectado

vuestra esquisita sensibilidad: el aspecto de esa pocilga húmeda y

sombría, como las mazmorras de los grandes criminales; falta de luz y

de aire; sin mas muebles que una mala silla de madera y dos sucios

gergones que apenas contienen paja, y sobre ellos, acurrucada una mujer

pálida y demacrada, medio cubierta de harapos, tiritando de frio y

procurando á la vez comunicar á sus dos hijos, pedazos de sus entrañas,

el calor que la infeliz no tiene!...... ¡Oh, sí, comprendo vuestra

penosa situacion!........ Es un espectáculo que desgarra el alma del ser

mas estóico!.... pero, contengamos nuestras lágrimas y observemos: los

niños tendrán de siete á ocho años, pero ¡están tan macilentos, tan

flacos, tan consumidos por el hambre y la miseria, que solo aparentan

tener de cuatro á cinco años! ¡Infelices!.... ¡cuán triste es la

primavera de su existencia!...... ¡Desgraciadas criaturas!....

Para ellos no hay flores en el jardin de la vida, ni purísimas auras

embalsamadas con su perfume; ni arroyos, ni praderas; ni fuentes ni

cascadas; ni blanco cesped ni pintadas mariposas; ni el sol tiene para

ellos esos rayos explendentes y vivificadores, que iluminan la frente de

otros niños!.........

Un hombre se acerca á la puerta: dejémosle entrar: tal vez sea el padre

de esas desventuradas criaturas: está pobremente vestido y calado hasta

los huesos: debajo de la remendada chaqueta, oculta con cuidado alguna

cosa: ¡ah, es un pan!...... Retirémonos; nuestras miradas no pueden

profanar todo lo que de augusto y sagrado encierre la escena que va á

tener lugar en esa oscura y hedionda habitacion. Retirémonos: despues de

lo que habeis visto, yo os referiré los tristes sucesos de esa

desgraciada familia y completaré el

cuadro................................

* * * * *

Ya estamos libres de la presion de aquella atmósfera tan cargada de

miasmas deletéreos: ¡Dios mio!...... ¿Cómo pueden vivir siquiera diez

años esas pobres gentes, respirando ese aire impuro que envenena la

existencia?....

Mas oidme con atencion.

El hombre que acabais de ver es efectivamente el padre de aquellos

pobrecitos niños. Llámase Pablo y es un buen oficial de albañil.

Hace diez años que casó con Antonia, aquella mujer tan pálida y

demacrada, que hoy no es ni sombra de sí misma: durante algun tiempo, en

que las obras no escasearon, vivieron tranquilos y felices en una

modesta buhardilla, estrecha, pero cómoda y ventilada.

Aunque alguno que otro año, por el invierno, faltó el trabajo á Pablo;

como economizaban el verano, podian ir tirando hasta alcanzar el buen

tiempo: pero el verano último, fué este atacado de unas calenturas

tifóideas, que le tuvieron durante muchos dias á las puertas de la

muerte y de las que logró al fin salvarse, gracias á los desvelos y

cuidados de su buena Antonia y á los eficaces remedios que se le

administraron.

Pero los infelices lograron vencer un mal y entraron en otro peor.

El médico y la botica acabaron bien pronto con sus escasas economías de

aquel año, y aun no habia entrado el enfermo en el período de la

convalecencia, tan largo en estas enfermedades, cuando ya Antonia habia

tenido que ir á empeñar lo poco que poseian; de modo que cuando Pablo

estuvo ya en disposicion de trabajar, habian tenido que dejar su alegre

buhardilla y empeñado ó vendido lo último que les quedaba. Entonces

empezaron las lluvias, se suspendieron las obras y los infelices se

vieron sumidos en la mayor indigencia.

¿De qué le servia al pobre Pablo ser honrado y trabajador si no

encontraba donde ganar un jornal?

Aquellas lluvias, que á los labradores prometian _oro_, á él le

producian _hambre_.

Y veia que los empleados, los comerciantes, los agentes y en fin, todos

los que no estaban como él pendientes de un jornal, se agitaban,

bullian, ganaban su vida, lo mismo un dia que otro, sin cuidarse de si

el cielo estaba sereno ó nublado. Que si estaban enfermos, sus sueldos ó

emolumentos corrian sin interrupcion y rara vez les faltaba pan para dar

á sus hijos y abrigo para preservarse del frio.

El infeliz recorria casi diariamente todo Madrid, en busca de trabajo y

cada dia volvía á su casa mas triste y desalentado; y á la vista de sus

hijos y de su mujer medio muertos de frio y de hambre, se apoderaba de

su alma la mas profunda desesperacion y la criminal idea de obtener por

la fuerza ó por el crímen, el pan que sus hijos le pedian y no podia

ganar con su trabajo, cruzaba tentadora por su mente; pero su buena

Antonia, que leia en sus ojos lo que pasaba en su alma, confortaba su

abatido espíritu y haciéndole volver los ojos á Dios y confiar en su

sabia providencia, borraba pronto de su imaginacion aquella pasajera

nube que la oscureciera.

Y aquel hombre vigoroso y fuerte, enérgico y valiente, resignado al fin

con su mísero destino, vencido por las virtuosas palabras de su santa

mujer, se encierra en un mutismo sombrío y desconsolador, brotando de

vez en cuando de sus apagados ojos, cuya hundida órbita revelaba sus

terribles sufrimientos, una ardiente lágrima que es una protesta viva y

elocuente del abandono en que la sociedad tiene á aquellos de sus hijos

que mas necesitan de sus maternales desvelos; los hijos del trabajo;

los que verdaderamente hacen reproductivo el pan que llevan á sus

labios; la poderosa palanca en que aquella se apoya y sin la cual no

existiria, porque ellos son los que sostienen el equilibrio y las

fuerzas de una nacion.

Con dolor lo decimos, pero es preciso: aquella desventurada familia,

pereció víctima del frio y del hambre en su oscuro rincon, sin que la

sociedad se conmoviera al ver que abrian una fosa mas profunda que las

demas en el cementerio general.

No así en la otra vida, donde sin duda el Dios de la justicia les

destinó un puesto preferente entre los bienaventurados.

Nos reservamos toda clase de reflexiones y comentarios sobre este

sencillo y oscuro drama, para cuando llegue su turno.

IV.

CUADRO SEGUNDO.

EL OBRERO EN BARCELONA.

El pueblo catalan es, sin disputa, uno de los pueblos mas activos y

emprendedores; mas cultos é ilustrados; mas laboriosos y económicos de

cuantos pueblos forman parte de la monarquía española.

Orgullosos y dignos, á la vez que rectos en sus principios, son sobrios

en sus necesidades, modestos en su trato y fieles guardadores de la

honra de su pais y de sus gloriosas tradiciones.

La gran mayoría de este pueblo, la forman los obreros ú operarios de las

innumerables fábricas, que constituyen una de las principales riquezas

del antiguo principado.

El obrero catalan, vive dedicado esclusivamente á su trabajo, que

desempeña con inteligencia y aficion durante los dias laborables de la

semana; pero el dia de fiesta lo dedica por entero á su familia, si es

casado, ó á sus amigos si no lo es, con los cuales forma partidas de

caza ó pesca, á que suele ser muy aficionado.

Conoce perfectamente sus deberes para con la sociedad, pero á la vez

tiene conciencia de sus derechos como ciudadano.

Un triste episodio que conocemos, acaecido en una de esas épocas

calamitosas que, casi sin interrupcion, se suceden en aquel pais de

algunos años á esta parte, dará á conocer la verdad de cuanto dejamos

anteriormente consignado.

Corria el mes de Febrero del año 184... y era el segundo dia de Carnaval

ó _Carnestoltas_, que la condal Barcelona celebrára siempre con

extraordinaria pompa y regocijo.

Las calles principales y la Rambla, que en años anteriores se vieran tan

animadas por la algazara de numerosas comparsas y cabalgatas, se veian

ahora desiertas y silenciosas.

Los rostros de aquellos hijos del pueblo, que tanto aman esta fiesta,

macilentos y tristes aquel dia, no expresaban otra cosa que abatimiento

y desesperacion.

Las autoridades trataron de organizar cabalgatas y fiestas con que

animar el aspecto de la poblacion: ofrecieron los fondos necesarios á

los que anualmente se encargaban de la direccion de estas bromas, pero

ellos los rehusaron, alegando que no hallarian quien les secundara

aunque intentaran hacer algo, porque _cuando el pueblo tiene hambre, no

está para fiestas_.

Y en efecto: hacia ya algunos meses que la mayor parte de las fábricas

estaban cerradas y la que trabajaba algo, era á lo sumo un par de dias á

la semana.

El que conozca algo aquella poblacion, esencialmente fabril, comprenderá

que los operarios y las infinitas familias y pequeñas industrias, que

viven solo del alimento que las fábricas les proporcionan, quedarian, al

cerrarse estas, en la mas precaria situacion. Y así era, en efecto.

Esta tranquila manifestacion, digna y severa á la vez, fué interpretada

por algunos hombres, como una muda y sombria amenaza, en que el órden

corria peligro de alterarse; comunicaron á otros sus temores, estos los

propalaron como cosa infalible; tomó cuerpo, y la noticia llegó á

extenderse de tal modo, que las tiendas se cerraron mas temprano que de

costumbre, y las autoridades hubieron de tomar sus medidas de

precaucion, colocándose á la espectativa y dictando, entre otras

disposiciones, la de que en cada una de las principales calles de la

capital, se colocara una pareja de mozos de escuadra, que las

recorrieran incesantemente.

En una estrecha y tortuosa callejuela del barrio de San Pedro y en un

reducido _zaquizami_, levantado en la azotea de una casucha vieja, que á

duras penas se sostenia de pié, vivia, ó mas bien, prolongaba con

trabajo su existencia, un pobre obrero, con su mujer y su anciana madre

paralítica.

Los esposos caminaban ya entre los cincuenta años, y en esa edad en que

las fuerzas físicas empiezan á decaer sensiblemente, la paralizacion de

las fábricas, de que dependian, vino á hacerles probar todos los

sinsabores de la indigencia.

Llevaban ya tres meses el uno y el otro sin ganar un solo jornal, no

quedándoles ya nada que vender ni que empeñar, para atender á sus mas

precisas necesidades y pagar al casero las cuatro pesetas mensuales que

les costaba el vivir en aquella especie de palomar.

Mientras lo pudo soportar, el obrero, hijo cariñoso y amante de su

madre, la hacia visitar una ó dos veces á la semana por el médico, que

si bien no la curaba completamente, la aliviaba mucho en sus dolencias;

pero desde que ya no podia pagar á este, ni gastarse los cuatro ó seis

reales que le importaba en la botica cada receta, el pobre Jayme, que

así se llamaba, sufria el tormento de oir los lamentos de su madre sin

poderla consolar. Su mujer la cuidaba con cariñoso esmero y procuraba,

con remedios que le facilitaban los vecinos, aliviarla en sus

padecimientos; pero nada conseguia y el mal tomaba cada dia mayor

incremento.

Serian las once de la noche: negros nubarrones cruzaban por la

atmósfera, como fantasmas jigantescos, arrastrados por un fuerte viento

del Sudoeste, cuyo desagradable silvido penetraba por las rendijas de la

carcomida puerta de aquel albergue.

Jayme y Quima, su mujer, estaban acurrucados en un rincon, envueltos en

un pedazo de manta, que apenas les resguardaba del frio y en el lado

opuesto yacia la anciana paralítica, tendida sobre un colchon relleno de

borras de algodon y cubierta con una vieja frazada y un refajo de Quima

extendido á sus piés. Una mariposa improvisada en una taza rota,

consumia sus últimas gotas de aceite y alumbraba con su débil y

vacilante luz aquel cuadro de dolor y de miseria.

Jayme, con la desesperacion y el desaliento pintado en su rostro,

demacrado por las privaciones; meditaba profundamente sobre la triste

situacion y el mísero abandono en que se encontraba. Gracias á sus

economías, habian podido vivir tres meses sin trabajo, pero ya no podian

mas: habianse agotado todos sus recursos y al dia siguiente, para dar á

su madre y á su mujer algun alimento, tendria que ir á mendigar por las

calles.... ¡mendigar!.... ¡qué vergüenza!.... La poca sangre que habia

en sus venas afluia á su corazon y subia á enrojecer su altiva frente, á

la sola idea de la mendicidad!.... Y era preciso hacer este inmenso

sacrificio: su deber de hijo y de esposo se lo mandaban y forzoso era

obedecer......

¡Por qué amargo trance estaba pasando el infeliz Jayme!.........

Pero Quima, que leia en las prolongadas arrugas de su frente, las

tristes ideas que le preocupaban; que comprendia sus repentinos

sonrojos, sus temblores convulsivos, formaba á su vez la resolucion de

aprovecharse del sueño de este y salir muy de mañana á mendigar, á fin

de evitarle el rudo golpe, que seguramente no podria soportar.

Pero aun quedaba algo mas que sufrir á aquellos desventurados.

Llamaron á la puerta: levantóse Jayme á abrir y se halló frente á frente

con las atléticas figuras de un sub-cabo y dos mozos de escuadra[2] que

traian la órden de prenderle.

[2] Institucion creada en Cataluña para la persecucion de malhechores

dentro y fuera de la poblacion, que tanto hacen el servicio de la

guardia civil, como el de los agentes de policía de las demas provincias

de España.

La anciana lanzó un grito de espanto al despertarse: Quima se levantó

sobresaltada y aunque lloró y suplicó, y Jayme se deshizo en protestas

de inocencia, nada consiguieron; porque aquellos hombres debian cumplir

con su deber y no les tocaba á ellos hacer cargos ni admitir disculpas,

sino llenar su cometido dentro de los límites que les habian marcado.

Así, pues, Jayme, convencido por las poderosas razones de estos, razones

que no admitian réplica, se vió obligado á abandonar su casa y su

familia, y salió acompañado de los mozos y el sub-cabo; sin atreverse á

volver la cara por que le espantaba el cuadro de miseria que dejaba tras

de sí, en las personas mas queridas para él en el mundo. De esta manera

fué conducido hasta la cárcel, donde aquellos le entregaron al alcaide.

La puerta de la habitacion quedó abierta de par en par al salir el

obrero y los mozos: una ráfaga de aire apagó la ya moribunda lámpara ó

mariposa, y el silencio y la oscuridad de la muerte reinaron en aquella

estancia; porque Quima cayó al suelo presa de mortal congoja, al ver

marchar á su esposo hácia la cárcel.

Precisamente ocurria esto en momentos tan críticos para ellos y sin que

la pobre pudiera hacer nada para variar el curso de las cosas.

Oh!...... la fatalidad con su fatídica mano pesaba sobre aquellos

desvalidos ó la Providencia les sujetaba á duras y amargas pruebas que

tal vez no tendrian fuerzas suficientes para soportar con resignación.

Rendida Quima por las fatigas y las privaciones de tantos dias,

permaneció muchas horas aletargada, aturdida y como juguete de una

horrible pesadilla; pero al penetrar por la puerta con las primeras

luces del alba la fresca brisa matutina, despejáronse poco á poco sus

sentidos; empezó á tener conciencia de sí misma, reconoció el cuarto con

azorados ojos; recordó la escena de la noche anterior, y como movida por

una poderosa fuerza magnética, se incorporó de un salto y su primer

ímpetu fué salir á la calle á averiguar el paradero y la suerte de su

marido.

Ya estaba en la puerta, cuando una idea repentina cruzó por su mente y

volvió á entrar pálida y temblorosa.

Se habia acordado de la pobre anciana y del sobresalto que le causara la

brusca aparicion de aquellos hombres. Su pertinaz silencio la espantaba

porque todos los dias á aquellas horas ya se la oia quejarse. Presa de

un fatal presentimiento, se acercó á su lecho, la llamó repetidas veces

y viendo que no contestaba la cogió una mano.......

Un escalofrio y estremecimiento general recorrió todo su cuerpo al

contacto de aquella mano rígida y helada con el frio de la muerte: un

grito de espanto se escapó de su boca y asustada, despavorida, se lanzó

á la azotea, bajó de cuatro en cuatro los escalones y como perseguida

por un fantasma aterrador, salió á la calle y huyó sin direccion fija y

sin parar, hasta encontrarse en el paseo de S. Juan.

Serenóse algun tanto allí su atribulado espíritu y la razon, recobrando

su imperio, vino en su ayuda: reflexionó, y al hacerlo, comprendió sus

deberes en aquella apurada situacion; así, pues, volvió sobre sus pasos,

entró de nuevo en su casa; llamó á la puerta de dos vecinas, que

enteradas por ella del suceso, se apresuraron á auxiliarla, yendo á dar

parte al médico, al celador del barrio y á la parroquia y ayudándola por

fin en los tristes preparativos que suceden siempre á la muerte........

porque la anciana madre de Jayme habia muerto efectivamente á

consecuencia del sobresalto que le causó la violenta escena de aquella

noche fatal.

Jayme entre tanto, se hallaba encerrado é incomunicado en oscuro

calabozo, presa su alma de mortales angustias y devorando en sus

ardientes lágrimas que vertia una á una como otras tantas gotas de

fuego, toda la indignacion, toda la rabia que habia encendido en su

pecho el injusto atropello cometido en su persona y en su casa.

Un negro presentimiento le anunciaba, que algo mas terrible que su

prision, tendria que lamentar, como fatal consecuencia de aquellos

sucesos: crispábanse sus dedos; levantábase su pecho á impulsos de la

ruda tempestad que en él empezaba á agitarse y de sus trémulos labios,

contraidos por el dolor y el despecho, se escapaban inarticuladas

frases, cuyo terrible significado era fácil comprender.

En sus momentos de tregua, recorria el infeliz toda su vida pasada y no

hallaba en ella nada de que tuviera que reprocharse. Su amor al trabajo,

á la familia y á las tradiciones de su pais; su vida pacífica, sus

escasas reuniones y amistades; todo, todo lo examinaba..... Una idea

acudió á su mente, pero la rechazó en seguida, porque ¿qué delito habia

en ello?....

Jayme recordó que entre los tranquilos goces que se proporcionaba en las

horas destinadas al descanso en su modesto hogar, se contaba la lectura

de libros y periódicos. Estos libros y estos periódicos, escritos por

hombres que _se decian_ colocados á la vanguardia del progreso y de la

civilizacion, abogaban por las clases proletarias; y aunque en su sano

criterio siempre consideraba irrealizables aquellas bellísimas teorías y

sueños aquellas imágenes poéticas con que engalanaban sus discursos

aquellos canoros ruiseñores; con todo, halagaban su imaginacion y

recreaban su fantasía. ¿Qué le importaba al mundo que hubiera _uno mas

que soñara_? ¿qué mal hacia en ello á la sociedad, si al salir cada dia

á la calle con la aurora, sus sueños de color de rosa se habian borrado

de su mente y en el resto del dia no pensaba mas que en su trabajo?

En estas alternativas pasó hasta las doce del dia, hora en que fueron á

sacarle para tomarle la primera declaracion, sobre un delito que el

infeliz no conocia.

Su arresto de aquella noche, así como el de otros muchos, fué motivado

por las falsas noticias que circularon de que los obreros sin trabajo

iban á alterar el órden, y el pobre Jayme fué comprendido en este

número, no solo por que se hallaba en esta situacion, sino porque se

sabia de público que era suscritor constante á periódicos y obras de

política avanzada, en la cual se le consideraba afiliado.

Fácil le fué probar su inocencia y al dia siguiente expidieron su órden

de libertad y abandonó las puertas de la cárcel, cuyos umbrales era la

primera vez que habia pisado; pero cuando Jayme llegó á las

inmediaciones de su casa, lo primero que hirió su vista fué...... ¡Un

entierro! Nadie le dijo nada: el atahud iba cerrado, pero su corazon de

hijo, adivinó que el cuerpo de su madre iba encerrado en aquella caja,

que acompañaban algunos de sus amigos y vecinos!....

Un vértigo se apoderó de todo su ser: una nube de sangre cruzó por su

vista y loco, desatinado, sin concierto, se lanzó rápido hácia el centro

de la poblacion.

¿Adonde iba á parar aquel hombre?... ¿Cuál era su designio? Ni él mismo

tenia conciencia de ello.

En aquel estado llegó á la Rambla: la fatalidad hizo que casualmente

acertaran á pasar por delante de él dos mozos de escuadra: este hecho

tan insignificante en otra ocasion, determinó sus intenciones.

Estaban arreglando el paseo y habia diseminadas por el suelo algunas

herramientas: veloz como un relámpago, se lanzó sobre una de ellas y

arremetió furioso á los mozos, recibiendo uno de ellos una herida

tremenda en la cabeza, que le hizo bambolearse; pero cuando sus brazos

iban á descargar el segundo golpe, dos detonaciones seguidas le

arrojaron cadáver al suelo, atravesado su cráneo por dos balas, que le

disparó el otro mozo de escuadra.

De esta manera trájica y sangrienta, concluyó el pobre Jayme una vida

apacible, honrada y laboriosa.

En cuanto á la desgraciada Quima, estuvo dos meses en el Hospital,

luchando entre la vida y la muerte; pero por fin curó y al verse en la

calle sin casa, sin familia, sin recursos, se puso á servir de cocinera

en casa de unos señores de su pueblo que se habian establecido en

Barcelona.

Por ella supimos los tristes detalles de este trágico suceso, que dejó

profunda huella en nuestra alma.

V.

CUADRO TERCERO.

EL JORNALERO DEL CAMPO EN MÁLAGA.

Uno de los pueblos en que mas fotografiados quedaron el carácter, los

usos y costumbres y hasta el tipo distinguido y poético de los árabes,

despues de su dominacion de siete siglos en la mayor parte del

territorio de la Península Española, fué sin duda el pueblo de Málaga;

último escalon que, vencidos y espulsados, pisaron aquellos al regresar

á las ardientes playas del Africa, donde debian ser víctimas de la

ferocidad de sus mismos hermanos, que ya los desconocian.

Nacidos en un suelo feraz y bajo los ardientes rayos de un sol

abrasador, los hijos de la _perla del mediterráneo_, como la llamara uno

de nuestros inspirados poetas contemporáneos, son en general de carácter

vivo y risueño; francos, amables y hospitalarios con los extranjeros;

pero á la vez burlones y ponderativos; haciendo alarde de prendas y

cualidades que á veces no poseen; indolentes y perezosos para el trabajo

material, se entregan con pasion al _dolce farniente_ del que solo se

cuida del _hoy_, y jamás piensa en el _mañana_.

Dotados por un lado de bellísimas dotes, que hacen ameno y agradable su

trato; adolecen por otro, de todos los vicios y defectos inherentes á

los hijos de los puertos meridionales.

Son á la vez músicos y poetas, _boleros_ y farsantes; materia siempre

dispuesta para todo lo que no sea grave y formal; airosos y gallardos,

tienen siempre en sus labios una flor y un chiste para la mujer y en sus

ojos una provocacion y una amenaza para el hombre; pero en lo general

son tan prontos para lanzar lo uno y lo otro, como para retirarlo cuando

conviene.

Calcúlese pues, en hombres _hechos así_ por la naturaleza: ¡cuál no será

el sacrificio del pobre jornalero del campo, que para vivir se ha de

colgar del hombro el pesado azadon, cuando aun brillan las estrellas; y

se ha de encaminar á la viña de Juan ó de Pedro y empezar la ruda tarea

de cavar profundamente aquella tierra, desde que amanece Dios, hasta que

anochece; y esto, con pequeños intérvalos de descanso y durante todo un

dia, que al pobre le parece una eternidad: y para mayor consuelo,

repetir esta funcion al dia siguiente, y al otro, y al otro, y por

último, todos los dias del año, escepto los domingos y fiestas de

guardar!

Y sin embargo, es tal la costumbre y el hábito del trabajo, creado por

la necesidad; que este mismo hombre, que de tan mal talante empieza su

trabajo por la mañana, concluye generalmente alegre y festivo y

dispuesto para una broma y un jaleo, aunque sus huesos esten

quebrantados. Es verdad, que mientras sus brazos lanzan una y otra vez

el azadon sobre la dura tierra, su voz no cesa de cantar esas melodiosas

y poéticas _playeras_, cuyas ricas armonias y suaves modulaciones jamás

ha podido escribir ninguno de los príncipes del arte; y que recrean su

mente, trasladando su espíritu á otras regiones y haciéndole olvidar que

su cuerpo trabaja.

Pero el dia de fiesta, el jornalero del campo, falto de instruccion y de

esos gustos que recrean la inteligencia, sin menoscabar la dignidad del

hombre y sin perjudicar su cuerpo; lo pasa entregado á los corruptores

vicios del juego y la bebida, entre las pintorreadas paredes de una

taberna, donde pierde ó gasta con frecuencia, el mísero jornal que con

tantos sudores ganara y de donde salen siempre riñas y pendencias, que

le conducen con frecuencia al patíbulo ó al presidio, dejando á su

familia deshonrada y sumida en la indigencia.

Dada ya una ligera idea del carácter, costumbres é índole especial de

los hijos del pueblo del castillo y la Alcazaba, pasemos á dar á

conocer, tambien ligeramente, el asunto que motiva este cuadro.

Un jóven de unos veinte y cinco años, fuerte, robusto y vigoroso,

jornalero del campo, vivia con su padre y una hermanita, menor que él,

en una modesta, pero aseada casita del barrio de la Trinidad.

La circunstancia de ser hijo único varon de padre sexagenario, le habia

servido de escepcion legal, para librarse de la suerte de las quintas y

el mozo trabajaba para mantener á aquel y á su hermana, que tambien

ayudaba algo, vendiendo frutas y flores por las calles de la ciudad.

Ganaba seis, siete y hasta ocho reales de jornal, segun las

circunstancias, y con esto y con lo poco que su hermana se agenciaba,

vivian, sino con desahogo, por lo menos sin pasar necesidades, que bien

pocas son las de los pobres.

Juan,--que así se llamaba el mismo,--era alegre y de chispa; enamorado

y amigo de bailoteos y francachelas, en que figuraba como _cantaor_ que

era, y de _primo cartello_ en aquellos barrios, de _rondeñas_ y

_fandango_, _playeras_ y _soleá_; pero el trabajo no le dejaba tiempo

para aquellas bromas y hacia de la necesidad virtud. Con todos, los dias

de la semana destinados al descanso, Juan se entregaba en cuerpo y alma

á estas bromas con sus amigotes, y mas de una vez, arrastrado por la

tentacion del vicio y calientes los cascos por el vinillo seco de

Málaga, que embriaga solo de olerlo, hubiera dejado á su familia en

ayunas, si su padre, conocedor del mundo en que vivian, no le hubiera

con tiempo registrado la faja y sacado de ella todo el dinero, escepto

dos pesetas, que cada semana le dejaba para fumar y demas gastos.

Mal que bien, la olla se ponia todos los dias en aquella casa, y esto

indicaba un pasar regular entre aquellas gentes en cuyas chimeneas no

siempre se veia humo, y tanto era así, que muchos envidiaban su

bienestar, citando á Juan y á Cármen como modelo de buenos hijos.

Mas como quiera que nada hay duradero en este mundo, pues que todo en él

tiene término; sucedió que empezó á desarrollarse entre las viñas una

enfermedad que los sencillos labradores llamaban _ceniza_ y que no era

otra cosa que el _oidium tukeri_ y á perderse sus frutos un año y otro

año bajo la influencia abrasadora de esta epidemia.

Aquellos, que vieron en el primer año perdido el valor de los jornales

invertidos en el cultivo de las viñas, los escasearon en el segundo, y

al ver en el segundo el mismo lamentable resultado, los suprimieron por

completo en el tercero. Juan fué de los últimos trabajadores que

despidieron, porque era un mozo que trabajaba con conciencia, pero al

fin le despidieron, porque no podia ser otra cosa.

Este fué un golpe fatal para aquella pobre familia, ante quien se

presentaba una larga série de privaciones.

El proletario en España y el Negro en Cuba · 第 1 / 4 段