CAPÍTULO PRIMERO

=Sentenciado a muerte=

El sol caía de plano calcinando el blanco polvo de la carretera, y las

hojas de los temblorosos álamos, que bordeaban el camino, habían

suspendido su eterno movimiento, adormecidas bajo el peso de una

temperatura agostadora.

Un perro de raza dudosa, lomo rojizo, orejas de lobo y prolongado

hocico, caminaba con el rabo caído, la mirada triste, la boca abierta y

la lengua colgante.

De vez en cuando se detenía a la sombra de un álamo y levantaba la

cabeza como si venteara ese aire húmedo e imperceptible para los

hombres, pero que al delicado olfato de la raza canina le indica la

fuente o el codiciado charco donde apagar su sed.

Entonces, de la encendida y húmeda lengua del perro caía gota a gota ese

sudor interno que, no encontrando paso por los cerrados poros de la

piel, se exhala por la boca.

El pobre animal parecía muy cansado y sus lijares se agitaban con

precipitada respiración. Luego emprendía de nuevo su marcha por aquel

largo camino solitario y abrasado.

De pronto se detuvo. Se hallaba en lo más alto de una cuesta, y a cien

metros de distancia, en el fondo de un valle, se veía un pueblo.[1] El

fatigado animal pareció vacilar, presintiendo sin duda lo que le

esperaba en aquel pueblo que la blanca línea de la carretera dividía en

dos mitades.[A]

Por fin se resolvió a continuar su camino porque la sed le devoraba, y

en aquel pueblo debía haber agua.

Llegó al pueblo cuyas desiertas calles recibían de plano ese sol

abrasador de un día del mes de julio.

Las paredes de las casas, las tapias de los corrales, no proyectaban la

menor sombra; el reloj de la torre acababa de dar doce campanadas.

En la primera casa, a la sombra de un cobertizo, se hallaba una mujer

lavando; cerca de ella y sobre una zalea se veía un niño que tendría dos

años de edad.[2] El niño jugaba con sus rotos zapatos que había logrado

quitarse de los pies.

La puerta del corral estaba entornada. El perro, que sin duda había

olfateado el agua, la empujó con el hocico.

--¡Tuso!...--le gritó la mujer.

Pero como si este grito no bastara para ahuyentar al importuno huésped,

cogió una piedra y se la arrojó con fuerza.

El pobre animal esquivó el cuerpo lanzando un gruñido y enseñándole los

colmillos a la mujer; luego continuó su camino.

Un poco más abajo volvió a detenerse. La puerta de un corral estaba de

par en par. En medio había un pozo y una pila de piedra rebosando agua.

El perro no vio a nadie y se decidió a entrar, pero al mismo tiempo

salió un hombre de la cuadra con un garrote en la mano. El pobre

animal, adivinando que aquel segundo encuentro podía serle más funesto

que el primero, se quedó mirando al hombre con tristes y suplicantes

ojos y moviendo el rabo en señal de alianza.[B]

El hombre, que sin duda tenía poco desarrollado el órgano de la caridad,

se fué hacia el perro con el garrote levantado.

El perro indignado ante aquel recibimiento tan poco hospitalario, gruñó

sordamente, enseñándole al mismo tiempo su robusta dentadura y su

encendida boca.

--¿Estará rabioso?--se preguntó el hombre.

Y dándose él mismo una respuesta afirmativa, le arrojó el palo con

fuerza y entró en la casa gritando:

--¡Un perro rabioso!... ¡Mi escopeta, mi escopeta!

Éste fué el toque de rebato que puso en conmoción a todos los vecinos,

porque desgraciado del perro forastero que durante la canícula entra en

un pueblo en las horas del calor y se le ocurre a alguno decir que

rabia, porque desde este momento queda decretada su muerte; el arma con

que debe ejecutarse la sentencia es igual; pues se emplean todas: la

escopeta, la hoz, la horquilla, el palo, la piedra; lo primero que se

halla a mano para herir.[C]

Basta un movimiento agresivo del perro para que todos huyan pronunciando

allá en su interior la famosa frase de las derrotas: sálvese el que

pueda.

Cuando el hombre que había lanzado el primer grito de alarma salió a la

calle con la escopeta, el perro se hallaba cuatro o cinco casas más

abajo, pero el hombre, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se puso la

escopeta a la cara e hizo fuego. Afortunadamente para el pobre perro,

los perdigones fueron a aplastarse en un poyo de piedra; pero algunos de

rechazo dieron en el lomo y en las ancas del animal, que lanzó un

aullido doloroso.

Los vecinos salían a sus puertas, y enterándose al instante de lo que

ocurría, comenzaron a dar voces y a arrojar sobre el animal, que ningún

daño les había hecho, todo lo que encontraban a mano.

El perro, azorado y medroso, huía siempre confiando su salvación a la

ligereza de sus piernas y ansioso de hallarse lejos de aquel pueblo

inhospitalario en donde hasta las piedras se volvían contra él.

Ya casi iba a conseguir su objeto, cuando vio cerrado el paso por un

hombre que montaba un caballejo de pobre y miserable estampa.

Era el cuadrillero del pueblo, que desenvainando un inmenso sable de

caballería, se dispuso a cerrarle el paso, mientras que la gente que

seguía al perro con palos, hoces y horquillas, le gritaba:

--¡Mátale, Cachucha, mátale; está rabioso!

El pobre animal miró a derecha e izquierda, buscando una salida

salvadora.

La gente, lanzando gritos de guerra y exterminio, le iba estrechando por

ambas partes de la calle.[3]

La situación del perro forastero era verdaderamente angustiosa, las

piedras llovían sobre él dando muchas veces en el blanco, y el enorme

sable del cuadrillero Cachucha centelleaba herido por los rayos del sol,

amenazándole de muerte.

Sin embargo, nadie era tan valiente que se atreviera a ponerse al

alcance de los colmillos del perro.

Entre los perseguidores del perro había tres o cuatro armados con

escopeta, podían dar la muerte a su enemigo desde lejos, pero nadie

disparaba, temerosos de herirse los unos a los otros.

De vez en cuando se oía la voz del cuadrillero Cachucha que gritaba:

--¡Cuidado con las escopetas!... ¡Ojo, que estoy aquí!...

En este momento aflictivo se abrió una pequeña puerta de la tapia de un

jardín y el perro se metió por ella precipitadamente.

Cachucha bajó con ligereza del caballejo y corrió hacia la casa por

donde había desaparecido el perro, agitando el sable en el aire con

nerviosa mano y exclamando con toda la fuerza de sus pulmones:

--¡Compañeros, salvemos a nuestro padre, salvemos a nuestra providencia!

[Illustration]

Fortuna · 第 11 / 17 题