I
Sí; era en la calle de Coloreros, en esa oscura vía que abre paso desde
la calle Mayor hasta la plazuela y arco de San Ginés. Allí era sin duda
alguna, y hasta se puede asegurar que en la misma casa donde hoy admira
el atónito público fabulosa cantidad de pececillos de colores dentro
de estanques de madera, y muestras preciosas de una importantísima
industria: las jaulas de grillo. Allí era, sí, y no es fácil que ningún
contemporáneo lo niegue, como han negado que Francisco I estuviese
en la torre de los Lujanes, y que Sertorio fundara la Universidad
de Huesca (que es achaque de los modernos meterse a desmentir la
tradición). Allí era, sí, en la calle de Coloreros y en la casa de
los rojos peces y de las jaulas de grillos, donde vivía el gran don
Patricio Sarmiento.
En lugar de los estanques de madera, vierais, corriendo el año 1821,
una ventana baja con rejas verdes a la derecha del portal. Aplicad el
oído, ya que la cortineja de indiana rameada no permite dirigir hacia
dentro la vista, y oiréis una voz sonora y grandilocuente, ante cuya
majestad las de Demóstenes y Mirabeau serían un pregón desacorde. Oíd
sin cuidado. Es de día. Detiénense los curiosos y atienden todos sin
que nadie les estorbe.
—Cayo Graco, hijo de Tiberio Sempronio Graco y de Cornelia, era
liberal, señores; tan liberal, que se rebeló contra el Senado. Decid,
niño, ¿qué era el Senado en aquella época?
Una voz infantil contesta:
—El Senado era una camarilla de serviles y absolutistas que no iban más
que a su negocio.
Y la voz grave prosigue así:
—Muy bien... Porque habéis de saber que Cayo Graco fijó el precio del
trigo para que los pobres tuvieran el pan barato. Como que era un
hombre que no vivía sino para el pueblo y por el pueblo. Luego les
probó a los senadores que estaban robando el tesoro del reino... digo,
de la república. Así es que aquellos tunantes no querían que Cayo Graco
fuese elegido diputado... Decid, niño, ¿cómo llamaban entonces a los
diputados de la nación?
—Les llamaban Aglaé, Pasitea y Eufrósina.
—Zopenco, esos son los nombres de las tres Gracias... De rodillas,
pronto de rodillas... ¡Valiente borriquito tenemos aquí!... Tú,
Gallipans, responde.
—Les llamaban _tribunos de la plebe_, y había cuatro órdenes de ellos,
a saber: el toscano, el jónico, el dórico y el corintio.
—Has empezado como un sabio y concluyes como una mula. ¿Qué berenjenal
es ese que haces mezclando a los diputados de Roma con los órdenes de
arquitectura?... Pues bien, les llamaban _tribunos de la plebe_. El
Senado, aquella pandillita de hombres ambiciosos, que acaparaban los
destinos gordos, las superintendencias, las secretarías y, ¿por qué
no decirlo?, los ministerios, no querían que Cayo Graco fuese tribuno
y estorbaban su elección por medio de intriguillas. ¿Qué habían de
querer, si en todas las sesiones de Cortes les ponía de hoja de
perejil? No se mordía la lengua el gran patriota, y en plazas y cafés,
en el foro y en los pórticos de las iglesias, por doquiera, señores,
convocaba al pueblo para enseñarle las doctrinas constitucionales, y
condenar la tiranía y los tiranos... Decidme ahora, niño, ¿quién era el
cónsul Opimio?
—El cónsul Opimio.
—Muy bien dicho. Un fatuo, un pedante, un cobarde, un servilón,
una especie de _persa_ que salía siempre a la calle escoltado por
una cohorte de candiotas, o idiotas que es lo mismo, para que los
partidarios de Graco no pudieran zurrarle la badana. Decid, niño, ¿cómo
se llamaba el amigo de Cayo?
Todas las voces infantiles responden a un tiempo.
—Flaco.
—Ese nombre no se os olvida, picarones, porque os hace reír. Muy
bien. Pues sabed que un día los partidarios de Opimio, después del
sacrificio, que es, como si dijéramos, al salir de misa de doce,
insultaron a los de Graco, los cuales asesinaron a un alguacil,
macero, lictor o como quiera llamársele. Viérais allí, cual encrespadas
olas de un mar borrascoso, chocar unos y otros, pueblo y tropa,
democracia y tiranía, patriotismo y servilismo. La sangre corría por
las calles de Roma como corre en la de Coloreros el agua cuando llueve.
Se degollaban unos a otros e iban arrojando cabezas al río. Quién
gritaba _viva la Constitución_, quién aclamaba a los cónsules diciendo
_vivan los verdugos_, y hasta los niños pequeñitos tomaban parte en la
encarnizada refriega, no de otra manera que los tiernos cachorros del
león, cuando se disputan un huesecillo para jugar. Retíranse Graco y
Flaco... (_Risas en el menudo auditorio._)
—¡Silencio!... ¿Qué importuno y discorde reír es ese? Retíranse Graco y
Flaco; van en busca de Rufo... (_Nuevas risas._)
—Silencio, digo... o ninguno sale hoy de aquí. ¿Qué risas son esas?
Periquito, Chatillo, Roque... ¿no os da vergüenza de profanar este
augusto recinto con vuestras ridículas bufonadas?... Orden, compostura,
atención, silencio... Pues decía que se retiraron todos al monte
Aventino, que era un monte, pues... un monte que se llamaba Aventino.
Pero, ¡ay!, los cónsules los cercan; envían numerosa y aguerrida tropa
para que a cañonazos los destruyan allí, y tienen que marcharse,
señores, al otro lado del Manzanares, o sea el Tíber, que todo viene
a ser lo mismo; a un sitio que bien podría nominarse la Fuente de la
Teja, y que estaba consagrado a las Furias, o si se quiere con más
propiedad, a los demonios. Los partidarios de Graco empiezan a desertar
porque el gobierno les ofrece destinos y dinero. ¡Perfidia inaudita,
escandalosa traición que no volverá a pasar, yo os lo juro!... Al
mismo tiempo, Opimio y sus infames cómplices ofrecen pagar a peso de
oro la cabeza del gran tribuno. Este se ve perdido. Dice a su esclavo
Filócrates que lo mate. Filócrates vacila... ¡momento de angustia y
dolor supremo! Los sicarios llegan; los serviles se acercan rugiendo,
cual manada de famélicos lobos. Consérvase sereno y tranquilo Cayo. La
fuga le es imposible. Suplica a su esclavo por segunda vez que le dé
muerte. Este obedece. Hiérese él mismo con el estilete, que era una
pluma de las que empleaba aquella gente para escribir sobre papel de
cera, y cae, bañando el suelo con su sangre preciosa. Los del cónsul
llegan, córtanle la cabeza y van con ella a pedir el vil premio de su
hazaña. Decidme, niño, ¿de qué materia llenaron la cavidad cerebral de
la patriótica cabeza para que pesara más y aumentase el valor de tan
cruento trofeo?
Todas las voces a un tiempo:
—De plomo.
—Perfectamente. Y pesó diecisiete libras. Ahora... basta de historia
romana, y pasemos a la retórica. Ea, niños: divídanse los dos bandos.
Roma a la izquierda, Cartago a la derecha. Veremos quién ciñe el lauro
de la victoria, y quién muerde el polvo en esta honrosa lid de la
retórica.
Gran tumulto. Corren unos a este lado, otros al contrario, y
agrúpanse en dos bandos al pie de los estandartes españoles con sendos
cartelillos, en uno de los cuales se lee _Roma_ y en otro _Cartago_.
Susurro murmurante, parecido al de las colmenas, precede a las primeras
preguntas. Los combatientes esperan con ansia el encuentro inicial, y
los juveniles corazones palpitan, vacilando entre el miedo y un honroso
tesón.
—Veamos... Comience este pindárico certamen por una proposición máxima.
Decid, niño, ¿de cuántas clases son los pensamientos?
—De dos: claros y oscuros.
—Bien por Cartago. A ver, responda ahora la gran Roma. ¿Qué son
pensamientos claros?
No se había pronunciado aún la respuesta, cuando oyose gran tumulto en
la calle, y una voz gritó en la reja:
—¡Hoy no hay escuela!
Y esta voz se confundió con alaridos de la bulliciosa turba, que
corriendo decía:
—¡A Palacio, a Palacio!