SINGULAR ENTREVISTA Á CONSECUENCIA DE LO ACAECIDO EN EL CAPÍTULO
ANTERIOR.
POR fortuna de Nancy, Sikes una vez en posesion del dinero pasó todo el
dia siguiente en beber y comer. Esto le ablandó de tal modo el
carácter, que no tuvo tiempo ni el antojo de encontrar que decir en la
conducta de la jóven.
A medida que el dia avanzaba, la inquietud de ésta aumentó; y cuando al
caer la tarde se sentó á la cabecera del bandido esperando con
impaciencia que el sueño y la bebida hubiesen amodorrado sus párpados,
su rostro estaba tan lívido y sus ojos tan brillantes que el mismo Sikes
lo observó con estrañeza.
Este á quien la fiebre habia debilitado, estaba acostado en su cama
bebiendo mucho _grog_ para aplacarla y alargaba su vaso á Nancy para que
se lo llenára por la tercera ó cuarta vez, cuando esos síntomas le
chocaron.
--Mil truenos! qué significa esto? esclamó incorporándose para
observarla de mas cerca --Tienes la cara de un aparecido! ¿Qué ocurre
de nuevo?
--Qué ocurre? --contestó la jóven . . . Oh! nada . . . Por qué me
miras así, de reojo?
--A dónde se dirijen todas estas bestialidades! --preguntó Sikes
cojiéndole el brazo y sacudiéndola bruscamente. --Qué sucede? qué
quiere decir esto? En qué piensas? Ea! habla!
--En muchas cosas Guillermo! --contestó pasando la mano por sus ojos
para ocultar su turbacion y estremeciéndose involuntariamente . . .
--Pero Dios mio! Qué hay de estraordinario en ello?
El tono jovial que afectó pronunciando estas últimas palabras, pareció
producir en Sikes, una impresion mas fuerte que no lo habia hecho su
estremada palidez.
Tranquilizado por el pensamiento de que Nancy podia muy bien tener
fiebre, Sikes vació su vaso hasta la última gota; y luego continuando
en regañar y jurar, pidió su pocion. La jóven no se lo hizo decir dos
veces; se levantó al momento de su silla, derramó el brebaje en una
taza (habiendo para ello tenido cuidado de volverse, un poco de espalda)
y por si misma le llevó la tasa á los labios hasta que lo hubo bebido
todo.
--Ahora --dijo el bandido --ven á sentarte cerca de mi y recobra tu
fisonomía acostumbrada, si no quieres que yo mismo le la cambie, de modo
que no la reconozcas cuando se te antoje mirarte en el espejo.
Esta obedeció y Sikes cojiéndola la mano la tuvo estrechamente cerrada
en la suya no dejándo de contemplarla atentamente. Luego volvió á
recostarse en la almohada. Sus ojos se cerraron, y despues volvieron á
abrirse; tornaron á cerrarse y á abrirse de nuevo. Se removió en su
lecho y cambió muchas veces de posicion, como si hubiese estado
incómodo y en seguida se amodorró por intervalos repetidos en el
espacio de algunos minutos, estremeciéndose de tanto en tanto y mirando
con aire estraviado á su alrededor. De pronto quedó inmóvil en la
postura de una persona que vá á levantarse y luego se durmió con un
sueño soporífico. Su mano soltó la de Nancy y cayó con flojedad sobre
el lecho.
--El láudano ha producido al fin su efecto! --murmuró Nancy
separándose inmediatamente del lecho. --Tal vez será ya tarde!
Diciendo estas palabras se puso con presteza el sombrero y el chal y
mirando con espanto á su alrededor, como si á pesar del brebaje que
habia administrado al ladron esperase á cada momento sentir sobre su
espalda la presion de su mano ruda, despues inclinándose, cautelosamente
sobre el lecho, imprimió un beso en los labios de Sikes y desapareció
con la celeridad del rayo.
Al estremo de un pasaje que debia atravesar para llegar á una de las
calles principales de Londres, un _watchman_, cantó las diez y media.
--Hay mucho tiempo que ha sonado la media? --preguntó Nancy.
--Dentro un cuarto de hora darán las once! --respondió el sereno
levantando su farol para ver el rostro de la jóven.
--Las diez y tres cuartos ya! y necesito aun mas de una hora para llegar
allí! dijo á sí misma Nancy continuando su camino con una celeridad
sin igual.
--Esta mujer está loca! --decia la gente mirándola correr de tal modo
á lo largo del malecon.
En una calle elegante y tranquila de los alrededores de Hyde-Park estaba
situado un palacio magnífico. En el momento que Nancy descubrió la
brillante luz del reverbero colocado ante la puerta dieron las doce en el
reló de una iglesia vecina. Habia contenido su marcha incierta de si
debia avanzar ó retroceder, pero habiéndola decidido el sonido de la
campana, entró en el vestíbulo. Al ver vacante el asiento del portero,
miró con ademan inquieto en torno suyo y se dirijió hácia la escalera.
--Qué se os ofrece jóven? --preguntó una camarera vestida con
elegancia, entreabriendo una puerta trás de Nancy. A quién buscais
aquí?
--Una señorita que está en esta casa --respondió la jóven.
--Una señorita! --replicó la otra con desden. --Qué señorita, si os
place?
--La señorita Maylie. --dijo Nancy.
La jóven camarera que durante este corto diálogo habia notado el
talante de aquella, se contentó con mirarla de los piés á la cabeza é
hizo señal á un lacayo para que se encargára de continuarlo. Nancy
manifestó á este último el motivo de su visita.
--De parte de quién? --preguntó el criado --que nombre debo decir?
--El no es necesario. --replicó Nancy.
--Ni tampoco el motivo que os trae aquí? --preguntó el hombre.
--Tampoco; no vale la pena --respondió la jóven --es preciso que yo vea
á esa señorita.
--Largo de ahí! --replicó el hombre empujándola hácia la puerta
--conocemos estos colores! afuera!
--Si salgo de aquí, será porque me llevaréis vos. --dijo vivamente
Nancy y os juro que sois poco dos para ello. No hay pues aquí nadie
--prosiguió paseando sus miradas alrededor de la sala --nadie que quiera
encargarse de una comision para una pobre jóven como yo?
Nancy tuvo que vencer muchas dificultades para llegar hasta Rosa; porque
los criados del palacio creian deshonrarse accediendo á sus súplicas.
Las criadas la insultaban y los lacayos la miraban con aire de compasion
creyéndola una mendiga. Al fin una buena alma de cocinero vino á su
socorro y acabó por determinar al ayuda de cámara, á que se dignase ir
á avisar á la señorita Maylie; y aun que el orgullo de este se
considerase manullado quiso ser condescendiente á la recomendacion de un
cofrade.
Al cabo de pocos instantes Nancy oyó un ligero ruido.
Levantó los ojos lo suficiente para notar que la persona que se
presentaba, era jóven y hermosa.
Trabajo cuesta el llegar hasta vos señorita! --dijo sacudiendo la cabeza
con ademan de indiferencia. --Si ofendida, me hubiese marchado, (como lo
hiciera cualquiera otra en mi lugar), algun dia lo hubierais deplorado
mucho; pues no faltará motivo.
--Siento en el alma que se os haya recibido mal --contestó Rosa
--olvidadlo y decidme que causa os ha incitado el deseo de verme; yo soy
la persona que pedís.
El tono amable de esta respuesta, la voz dulce de Rosa y sus maneras
afables, exentas de orgullo, llenaron de asombro á la jóven, que
prorrumpió en llanto.
--Oh! Señorita --dijo juntando sus manos en ademan suplicante --si
hubiera mas personas cual vos, habria menos cual yo; esto es muy cierto!
--Sentaos. --dijo Rosa conmovida --me oprimís el corazon. Si estais en
la miseria ó en la afliccion, tendré un gran placer en aliviaros, si
está en mi mano. Sentaos . . .
--Permitid que permanezca en pié señorita --dijo la jóven --y no me
hableis con tanta bondad hasta que me conozcais mejor. Empieza á hacerse
tarde . . . Esa puerta está cerrada?
--Sí; --contestó Rosa retrocediendo algunos pasos á fin de
encontrarse, en mejor posicion para pedir socorro en caso de necesidad
--¿Por qué me haceis esta pregunta?
--Por qué? --dijo la jóven --porque estoy á punto de poner mi vida y
la de muchos otros entre vuestras manos. Yo soy la que llevó al pequeño
Oliverio á la casa de Fagin el judío, la misma noche que este
desapareció de Pontowille.
--Vos! esclamó Rosa.
--Yo misma. Yo soy la criatura infame de que habeis oido hablar; que vivo
entre los ladrones y que hasta donde alcanza mi memoria (es decir desde
mi mas tierna infancia); no he conocido otra existencia preferible á la
que ellos me han procurado ni palabras mas dulces que las que ellos me
han dirijido: así pues, que Dios tenga piedad de mí! No teneis que
disimular el horror que os inspiro . . . Soy mas jóven de lo que se cree
al verme; pero sé bien el efecto que produce mi presencia: las mujeres
mas miserables se alejan de mi cuando paso cerca de ellas en la calle.
--De que cosas horribles venís á ocuparme! --esclamó Rosa
retrocediendo involuntariamente.
--Dad gracias al cielo, mi buena señorita. --continuó Nancy
--de que os haya proporcionado amigos que han tenido cuidado de vos en
vuestra infancia y que no ha permitido fuerais espuesta al frio, al
hambre, á la crápula, á la borrachera y algo peor que todo esto, como
lo he sido yo, como quien dice, desde mi cuna: porque los callejones y
los arroyos han sido mi patrimonio, moriré en ellos como en ellos he
vivido.
--Os compadezco! --dijo Rosa con voz conmovida. --Vuestras palabras, me
desgarran el corazon.
--Que Dios os bendiga por vuestra bondad! --repuso la jóven --Si
supierais lo que he esperimentado alguna vez, me compadeceríais con
mayor razon. Pero, he escapado á la vigilancia de los que me asesinarian
indudablemente, si supieran que he venido aquí para deciros lo que he
oido. ¿Conoceis á un individuo llamado Monks?
--No; --dijo Rosa.
--El os conoce mucho á vos --replicó la jóven --y sabe que viviais
aquí pues por él he descubierto yo vuestra direccion.
--No conozco á nadie de ese nombre --dijo Rosa.
--Entonces probablemente es un nombre fingido --como lo he sospechado
alguna vez --prosiguió la jóven. --Hace algun tiempo (pocos dias
despues que Oliverio fué introducido por aquella ventanilla en la casa
que habitabais en Chertsey, la noche en que debian robaros), como tenia
sospechas sobre ese hombre, escuché una conversacion que tuvo con Fagin
en la obscuridad. Por lo que oí, supe pues que Monks el hombre que creia
que vos conociais, ya sabeis? . . .
--Sí, sí; --dijo Rosa, comprendo.
--Supe pues que Monks, habia visto por casualidad á Oliverio, con dos de
nuestros muchachos el dia mismo que lo perdimos por primera vez, y que al
momento lo habia reconocido por ser el niño que buscaba, (aunque no
pueda darme cuenta del porque). Fué concluido entre ellos un tratado por
el que, si Fagin volvia á apoderarse de Oliverio, recibiria cierta
cantidad de dinero y que recibiria otra mayor si lograba hacer de ese
niño un ladron lo que (por razones que ignoro) Monks pareció desear
vivamente.
--Con qué fin? --preguntó Rosa.
--Esto es lo que yo no sé. --contestó la jóven --Cuando me inclinaba
para oir mejor apercibió mi sombra en la pared, (otras muchas en mi
lugar no hubieran podido escaparse tan diestramente sin ser vistas), pero
afortunadamente, me retiré inapercibida, y desde entonces no volví á
verle hasta ayer noche.
--Y qué pasó entonces?
--Voy á decíroslo, señorita. La noche pasada volvió y Fagin lo llevó
al piso superior como la vez primera. Como la vez primera escuché
tambien á la puerta y oí á Monks que decia: --Ya veis, las únicas
cosas que hubieran podido servir para probar la identidad de este niño,
están en el fondo del rio; y la vieja sibila que las recibió de la
madre, hace largo tiempo que ha muerto y sus huesos están podridos
dentro de su ataud. --Entonces, se pusieron á reir ocupándose, del buen
écsito del asunto; y cada vez que Monks hablaba de Oliverio montaba en
cólera y decia que á pesar de haberse asegurado el dinero de ese
diablillo, hubiera preferido apoderarse de él de otro modo. Porque
decia, que buena farza hubiera sido la de anular el testamento del padre
arrastrando por todas las prisiones de Londres, á aquel de quien es
objeto y que hacia su gloria y luego conduciéndole al patíbulo por un
crímen capital! Esto podeis hacerlo aun, Fagin, despues de haber sacado
de él toda ventaja en vuestro provecho.
--Dios mio! que es lo que quiere decir todo esto --esclamó Rosa.
--La verdad señorita aunque salga de mis labios --replicó Nancy. Luego
añadió con juramentos horribles (familiares á mis oidos, pero
enteramente estraños á los vuestros), que si pudiese satisfacer su
ódio, acabando con la vida de ese niño sin comprometer la suya, lo
haria sin escrúpulo; pero que puesto que tal cosa era imposible, haria
los medios para poner trabas á todas sus acciones y dañarle en mas de
un caso, y que si Oliverio, intentaba algun dia sacar partido de su
nacimiento y de su historia, sabria bien impedírselo: --En fin, Fagin
añadió, por muy judío que seais jamás habeis empleado medios
semejantes á los que yo voy á poner en práctica para atraer en el lazo
á mi hermano Oliverio.
--Su hermano! --esclamó Rosa.
--Estas fueron sus propias palabras --dijo, Nancy mirando con inquietud
á su alrededor. (lo que no habia dejado de hacer desde el momento que
empezó á hablar; porque la imágen de Sikes la atormentaba
contínuamente.) Mas ha dicho: cuando se le ha ofrecido hablar de vos y
de la otra señora ha manifestado que era necesario que el cielo ó el
infierno se hubiesen mezclado en el asunto, para haber hecho caer
Oliverio entre vuestras manos; despues soltó una carcajada y observó
que la casualidad, le habia servido aun bien en tal circunstancia
--porque, añadió, nombrándoos), que millares de libras esterlinas no
daria ella misma, si las tuviera; por saber quien es _este perrito
faldero que la sigue por todas partes de dos patas_!
--Es posible! dijo Rosa palideciendo --Esto no ha podido decirlo
sériamente ¿No es cierto?
--Si jamás hombre alguno ha hablado sériamente, fué él en aquel
momento --replicó Nancy . . . No es hombre para chancearse cuando está
excitado por la rábia. Conozco algunos que lo hacen peor que él, pero
quisiera mas oirles doce veces que él una . . . Se hace tarde y quiero
llegar á casa, sin que se sospeche de que he venido aquí; es preciso
pues que me vuelva al momento.
--Pero qué haré yo? --dijo Rosa --Cómo sin vos podré utilizar la
revelacion que acabais de hacerme? Volveros! Cómo podeis desear reuniros
otra vez con compañeros que pintais con colores tan horribles? Si
quereis repetir lo que acabais de decirme á un caballero que está
allí, en el aposento vecino, en menos de media hora os conducirá á un
sitio donde estareis en seguridad.
--Deseo marcharme --dijo la jóven. Es preciso que me vaya; porque . . .
(como podria confesar tales cosas á una señorita virtuosa cual vos!)
porque entre esos hombres de quienes os he hablado hay uno, (tal vez el
mas malo y el mas determinado de todos ellos), que yo no puedo dejar . . .
no; aun que fuera para arrancarme de la vida que ahora llevo!
--La sensibilidad que habeis demostrado ya en otra ocasion, tomando el
partido de ese querido niño --dijo Rosa --la generosidad de que habeis
dado prueba ahora viniendo, con peligro de vuestra vida á decirme lo que
habeis oido --vuestras maneras, que me son un garante seguro de la verdad
de vuestras palabras, el arrepentimiento evidente y el sentimiento
interior de vuestra vergüenza, todo me inclina á creer que podriais aun
reformaros . . . Oh! continuó Rosa juntando las manos mientras que las
lágrimas corrian de sus ojos --no rechazeis las solicitudes de una
persona de vuestro sexo, la primera, sin duda que jamás os haya hablado
con dulzura y compasion! No rehuseis escucharme y dejaos volver al
sendero del honor y de la virtud.
--Oh! buena señorita! esclamó Nancy precipitándose á los piés de
Rosa --ángel de ternura y de bondad! vos sois en efecto la primera que
me ha hecho escuchar estas palabras de consuelo que me penetran el
corazon, y si yo las hubiera oido mucho tiempo antes, ellas hubieran
podido sacarme del vicio en que estoy sumergida; pero ahora es demasiado
tarde! demasiado tarde!
--Nunca es tarde para el arrepentimiento --dijo Rosa.
--Es demasiado tarde! esclamó Nancy torciéndose los brazos en la
agonía de la desesperacion . . . Al presente no puedo abandonarle! No;
no quiero ser la causa de su muerte!
--Por qué seriais la causa de su muerte? preguntó Rosa.
--Nada podria salvarle --prorrumpió la jóven --si declaraba á otros lo
que acabo de deciros y si los ponian presos á todos; él no podria
librarse. Es el mas atrevido y el mas intrépido de la cuadrilla . . . y
ha cometido acciones tan atroces! . . .
--Es posible --dijo Rosa --que por tal hombre renuncieis á una libertad
verdadera y á la esperanza de un porvenir mejor? Esto es una locura
inconcebible!
--Yo propia ignoro lo que esto es --replicó la jóven --Todo lo que sé
es que esto no pasa á mí sola y que hay otras muchas tan viciosas y tan
miserables como yo que piensan del mismo modo. --Es preciso que me
marche! Que ello sea voluntad del cielo ó castigo del mal que he hecho,
es de lo que no puedo darme cuenta á mi misma; pero soy atraida hácia
ese hombre á pesar de su brutalidad para conmigo y creo que lo seria
tambien aunque supiera que tengo que morir de su mano.
--Qué hacer? --dijo Rosa. --Yo no deberia dejaros marchar así.
--Vos no me detendréis, estoy de ello segura! --repuso la jóven, --no
lo haréis, porque me he fiado en vuestra bondad y no he exijido de vos
promesa alguna, como hubiera podido hacerlo.
--Entónces de que me servirá la revelacion que me habeis hecho?
--preguntó Rosa --Por el interés de Oliverio á quien deseais servir,
este misterio debe ser aclarado.
--Paréceme que podriais contar esto, bajo el sello del secreto á algun
caballero, amigo vuestro quien os dirá lo que teneis que hacer, repuso
Nancy.
--Pero dónde os encontraré cuando sea necesario? preguntó Rosa --No
pretendo saber donde habitan esas personas horribles; pero aun tengo
necesidad de volveros á ver otra vez.
--Me prometeis guardar fielmente el secreto y venir sola ó al menos
acompañada únicamente de la persona que estará en la intimidad?
preguntó la jóven --Puedo confiar en que no seré espiada ó seguida?
--Os lo juro! --respondió Rosa.
--Todos los domingos desde las once hasta las doce de la noche --dijo
Nancy sin vacilar --me pasearé por el puente de Londres . . . si existo!
--Todavía una palabra! --dijo Rosa, al ver á la jóven que se preparaba
para marcharse --Reflecsionad aun una vez en el horror de vuestra
posicion y en la ocasion que se os presenta de libertaros de ella. Teneis
derecho al interés que os demuestro, no solo por haber venido aquí
voluntariamente para hacerme esta revelacion, sino tambien porque, estais
perdida mas allá de toda esperanza. Volveréis á esa cuadrilla de
ladrones y á ese hombre que os maltrata tan cruelmente, cuando una sola
palabra basta para salvaros? Cuál es pues ese encanto que os impele á
pesar vuestro á la desgracia y al crímen? No hay en vuestro corazon una
cuerda que pueda yo tocar? No queda en él pues ningun sentimiento al
cual pueda yo llamar contra ese fatal prestigio?
--Cuando las jóvenes señoritas tan hermosas y tan buenas como vos,
entregan su corazon --replicó Nancy con firmeza --el amor las impele
algunas veces muy lejos, aun aquellas que como vos tienen padres, amigos
y admiradores para distraerlas. Pero cuando las jóvenes desgraciadas que
como yo no tienen otro hogar que la tumba, ni otro amigo para visitarlas
en sus enfermedades, ó en la hora de la muerte que el enfermero del
hospital, dan su corazon á un hombre que les hace las veces de los
padres y de los amigos, que han perdido ó les han faltado durante todo
el curso de su miserable existencia, quién puede esperar curarlas?
Tenednos lástima, señorita, de alimentar en nuestro corazon un
sentimiento que la justicia divina condena y los hombres reprueban.
--Aceptaréis de mí al menos algun dinero, que os proporcione vivir sin
deshonor, hasta que volvamos á vernos? --dijo Rosa despues de un momento
de silencio.
--Ni un sueldo --contestó la jóven.
--No rechazeis el ofrecimiento que os hago de ayudaros! dijo Rosa con
bondad --Deseo seros útil; os lo aseguro.
--Me hariais un beneficio mas grande --repuso Nancy con el acento de la
mayor desesperacion --si pudierais arrancarme la vida de un solo golpe;
porque jamás como esta noche he sentido todo el horror de mi situacion y
me seria muy grato no morir en el mismo infierno en que he vivido! Que
Dios os bendiga, buena señorita y que él derrame sobre vuestra cabeza
tanta felicidad, como deshonra y oprobio ha derramado sobre la mia!
Habiendo pronunciado estas palabras entrecortadas la desdichada criatura,
se marchó.