SIGUEN LAS AVENTURAS DE OLIVERIO.

QUE quinientos millones de lobos os desgarren la gola! --murmuró Sikes

rechinando los dientes --Si tuviera alguno de vosotros entre mis manos

aullariais con mejor razon!

Y lanzando esta imprecacion con todo el furor de que era susceptible, se

detuvo un momento para colocar al pobre herido sobre su rodilla y al

propio tiempo volvió la cabeza para ver á que distancia estaba de los

que le perseguian.

Esto era muy difícil en medio de la noche y de una espesa niebla; pero

los gritos confusos de los hombres, el ladrido de los perros y el toque

de rebato que retumbaban de todos lados le sirvieron de

ausilio para ello.

--Detente vil mandria! --gritó el bandido á Tobias Crachit que haciendo

el mejor uso posible de sus piernas se le habia adelantado ya mucho

--Detente!

Tobias no se lo hizo repetir por la tercera vez. Poco cierto de estar

fuera de tiro de la pistola de Sikes y muy seguro de que este no se

hallaba de humor para bromear, se paró en seco.

--Ven á dar la mano al chico! --añadió Sikes con acento rabioso --De

prisa!

Tobias hizo ademan de retroceder, no sin manifestar al propio tiempo con

voz baja y ahogada por el miedo, la repugnancia estrema con que se

sometia á la exijencia de su compinche.

--Mas aprisa voto á los infiernos! --murmuró este dejando el niño á

la orilla de una acequia en la que no habia agua --Guárdate de

divertirte haciéndote el _bobo_ conmigo!

En este momento el ruido creció y Sikes mirando de nuevo, vió entre la

oscuridad que los hombres que le perseguian saltaban la cerca del campo

en que estaba y que una trailla de perros se les adelantaba.

--Guillermo nos van á _chamuscar_! --esclamó Tobias --Deja al _nene_ y

enseñémosles los talones!

Dicho esto Crachit prefiriendo correr el albur de ser muerto por su

camarada á la certeza de ser cojido por los enemigos, partió como el

relámpago y corrió á toda pierna.

Sikes pateó de coraje, arrojó una rápida ojeada en torno suyo,

estendió sobre Oliverio la esclavina que le habia embozado al azar y

corriendo á lo largo de la acequia, para desorientar á los que le

perseguian estraviando su atencion del sitio en que estaba Oliverio, se

paró á la esquina del zeto, descargó su pistola al aire y echó á

correr.

--Ohé! Ohé! --gritó una voz trémula á lo lejos --Turco! Neptuno!

Aquí! Aquí!

Los perros que iban acordes con sus amos pareciendo no tener maldito el

gusto por la clase de diversion á que se entregaban, obedecieron de

buena gana á la voz que los llamaba y tres hombres que durante este

tiempo se habian adelantado algunos pasos en el prado, se detuvieron para

tener consejo en comun.

--Mi dictámen, ó mejor dicho mi órden es, (dijo el mas gordo de los

tres) que nos volvamos al momento á casa.

--Me conformo voluntariamente á todo lo que pueda dar gusto á Mr.

Giles. --dijo otro mas pequeño y aun mas mofletudo que el primero, y que

á un tiempo era muy pálido y muy cortés (como lo son ordinariamente

las personas que tienen miedo.)

--No quisiera llevar la nota de impolítico señores dijo el tercero. (el

mismo que habia llamado á los perros.) Mr. Giles debe saber que . . .

--Ciertamente! --interrumpió el gordo mofletudo. --Y diga lo que diga

Mr. Giles, no nos toca á nosotros contradecirle! No á fé mia; conozco

mi _posicion_ á Dios gracias, conozco mi _posicion_.

A decir verdad el pequeño mofletudo, parecia comprender su _posicion_ y

sabia muy bien, que de ningun modo era digna de envidia, pues que los

dientes le castañeaban hablando.

--Teneis miedo Brittles? --dijo Mr. Giles.

--De seguro que no! --contestó el otro.

--Os digo que teneis miedo! replicó Giles.

--Esto no es verdad Señor Giles! --repuso Brittles.

--Mentís Brittles! --dijo á su vez Mr. Giles,

Los compañeros se detuvieron y se pusieron á deliberar. Sentian que el

miedo les dominaba y se acusaban mútuamente de poltroneria; pero ninguno

queria confesar lo que esperimentaba. Se miraron y de un comun acuerdo,

sin decir palabra, corrieron á escape hácia la casa, hasta que Mr.

Giles que era el mas pesado y que se habia armado con una horquilla, hubo

insistido en la necesidad de pararse.

--Es asombroso --dijo cuando se hubo justificado á sus ojos --todo lo

que un hombre es capaz de hacer cuando tiene la cabeza caliente! Estoy

seguro que hubiera cometido un asesinato si hubiese cojido á uno de esos

ladrones!

Como los otros dos pensaban lo mismo y á su instancia se habian calmado

de improviso, hicieron reflecsiones filosóficas sobre la causa de este

cambio súbito en su carácter.

--Se bien la causa de esto! --dijo Mr. Giles --La cerca!

--No andais fuera de razon! --esclamó Brittles cojiendo la idea.

--Podeis estar seguros de que la cerca ha producido ese cambio en

nosotros. --repuso Giles --He sentido marcharse todo mi valor mientras

que trepaba en ella.

Por una de esas coincidencias estraordinarias, se encontró que los otros

habian esperimentado la misma sensacion en el propio momento; de modo que

no cupo duda de que era la cerca, sobre todo cuando hubieron recordado

que fué en el acto de treparla cuando distinguieron á los ladrones.

El coloquio tenia lugar entre los dos hombres que habian sorprendido á

los bandidos y un calderero ambulante que se habia acostado bajo un

cobertizo y que dispertado por el ruido se habia juntado de concierto con

sus dos perros al número de los perseguidores. Mr. Giles desempeñaba en

la casa el doble empleo de despensero y mayordomo, y Brittles era un

hombre de fatiga que entrado de muy jóven al servicio de la vieja

señora se le trataba como un muchacho que promete mucho, á pesar de

haber atravesado los treinta.

Animándose de este modo recíprocamente por sus palabras, si bien

apretándose lo posible uno á otro, temblando de piés á cabeza y

arrojando una mirada de espanto á su alrededor cada vez que un soplo de

aire agitaba el follaje; nuestros tres hombres corrieron á buscar el

farol que habian dejado al pié de un árbol temerosos de que su luz

señalase á los ladrones la direccion que debian seguir y regresaron á

la casa al galope. Estaban ya muy lejos, cuando todavía podian

distinguirse sus sombras vacilantes proyectándose en la distancia y

balancearse ligeramente como un vapor que se exhala de un terreno húmedo.

Un largo silencio reinó en el sitio en que los bandidos se separaron;

pero al fin lo rompió un débil quejido de dolor. Este quejido era de

Oliverio que en el propio instante volvió en sí. Su brazo izquierdo

pendia con lasitud á su lado y el pañuelo que le envolvia estaba

teñido de sangre. Era tanta su debilidad que solo con gran pena pudo

incorporarse y despues que lo hubo logrado lanzó en torno suyo una

mirada lánguida como para implorar socorro y sollozó amargamente.

Transido de frio y agobiado de fatiga procuró levantarse; pero volvió

á caer sobre el césped.

Vuelto del estado de amodorramiento en el que por tan largo tiempo habia

estado sumido, Oliverio sintió que un desfallecimiento mortal le llegaba

hasta el corazon y comprendió que moriria irremisiblemente sino

procuraba dominarlo; en consecuencia hizo un nuevo esfuerzo para ponerse

en pié y procuró andar. De pronto vaciló como un hombre beodo, luego

reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, avanzó maquinalmente, la

cabeza caida sobre el pecho y las piernas doblándose bajo el peso de su

cuerpo.

Entonces una multitud de ideas confusas y estravagantes vinieron á

sitiar su espíritu. Le parecia estar aun entre Sikes y Crachit que se le

disputaban; sus propias palabras resonaban en sus oidos y los esfuerzos

que hizo para no caer habiendo aguzado su atencion, les dirijia la

palabra como si estuvieran presentes.

En tal estado marchó cayendo y levantando, agarrándose como pudo y por

instinto á los barrotes de las cercas y á través de los agujeros de

los vallados, hasta que hubo alcanzado la carretera y entonces la lluvia

empezó á caer con tanta violencia que le hizo salir de su delirio.

Miró á su alrededor y vió que á poca distancia habia una casa á la

que podria llegar. El estado lastimoso en que se encontraba escitaria sin

duda la compasion. Y aun cuando así no fuera (pensaba en su interior)

mas vale morir cerca de séres humanos que en medio de los campos! Se

revistió de todo su valor y dirijió sus pasos vacilantes hácia la casa.

A medida que se acercaba á ella tuvo un presentimiento de que ya la

habia visto antes; con todo no recordaba de ningun modo los detalles;

pero la forma y el conjunto no le eran desconocidos.

Esa pared de cercado! Sobre el césped, al otro lado en el jardin se

habia postrado de rodillas para implorar la piedad de los dos bandidos!

Ciertamente era la misma casa que habian intentado robar!

Oliverio tuvo tal espanto al reconocer el sitio, que olvidando un momento

el dolor que le causaba su herida no pensó mas que en huir. Huir! A

penas podia sostenerse sobre sus piernas y á demás aunque hubiera

podido gozar de todo el vigor y la ligereza que se tiene ordinariamente

á su edad. ¿á dónde huir? Empujó la puerta del jardin que volvió

sobre sus goznes, se arrastró sobre el césped, subió las gradas del

peristilo . . . llamó débilmente á la puerta y abandonándole de

pronto sus fuerzas, cayó contra una de las columnas del pórtico.

Fué el caso que en el propio momento Mr. Giles, Brittles y el calderero,

despues de todas las fatigas y sustos de la noche, se restauraban en la

cocina con una taza de thé y algunas golosinas. No porque entrára en

las costumbres de Mr. Giles el sufrir una demasiado grande familiaridad

de sus _inferiores_ respecto á los cuales al contrario se portaba

regularmente con una _fiereza benévola_ que no podia menos de

recordarles su _superioridad_ sobre ellos en el mundo; pero los ladrones,

los pistoletazos y el temor á la muerte, acortan las distancias y hacen

á todos los hombres iguales. Asi pues Mr. Giles sentado ante el hogar

los piés colocados sobre el guarda cenizas y el brazo izquierdo apoyado

sobre la mesa, relataba minuciosamente todas las circunstancias del

atentado, mientras que sus oyentes (y principalmente la camarera y la

cocinera) escuchaban con el mas vivo interés.

--Decia pues que creí oir ruido. --prosiguió Giles --De pronto me dije

á mi mismo: _es una ilusion_ y me disponia á dormirme otra vez cuando

oí de nuevo el mismo ruido; pero mas distintamente.

--Qué especie de ruido? --preguntó la cocinera.

--Como si dijéramos un ruido sordo --dijo Mr. Giles mirando á su

alredor con aire espantado --como algo que cruje.

--O mas bien como una barra de hierro que se limara con una escofina de

nuez moscada. --dijo Brittles.

--No digo que no. Así pudo ser cuando _vos_ lo habeis oido; pero en el

momento que _yo_ quiero decir era un ruido como de algo que cruje

--replicó Mr. Giles --Levanto mi cobertor (continuó repeliendo los

manteles) me incorporo y aguzo el oido.

--Dios! --esclamaron simultáneamente la cocinera y la camarera

arrimándose la una á la otra.

--Oigo el mismo ruido con mas claredad que nunca --prosigue Mr. Giles --y

me digo en mis adentros: de seguro fuerzan una puerta ó una ventana.

Qué hacer? Voy á llamar á Brittles é impedir que ese pobre muchacho

sea asesinado en su cama; pues de seguro se deja cortar el gaznate de una

á otra oreja sin apercibirse siquiera de ello.

Todas las miradas se volvieron hácia Brittles que, con la boca abierta

fijó la suya sobre Giles con una espresion de terror.

--Vuelvo á bajar mi cobertor. --dijo este último fijando su vista en la

cocinera y camarera --Salgo cautelosamente de mi lecho y ensarto . . .

--Señor Giles que hay aquí señoras! --dijo á media voz el calderero.

--Mis _chinelas_. --continuó Giles volviéndose hácia este apoyándose

en esta palabra con enfasis (contento como estaba de haberla suplido á

la palabra _calzones_ que un hombre bien nacido, no pronuncia jamás ante

personas del bello sexo.) Me apodero de la pistola cargada que todas las

noches coloco bajo la almohada y me dirijo de puntillas al aposento de

ese pobre Brittles. Brittles! --le digo dispertándole --No tengais miedo!

Mr. Giles juntando la accion á la palabra se habia levantado de su silla

y habia ya dado dos ó tres pasos con los ojos cerrados, cuando

estremeciéndose de repente, como tambien toda la compañia, volvió

pronto á su sitio. La cocinera y la camarera arrojaron un grito

penetrante.

--Han llamado! --dijo Giles tomando un aspecto del todo tranquilo. --Qué

vaya á abrir alguno de vosotros!

Nadie se meneó.

--Paréceme muy estraño que llamen á esta hora. --dijo Monsieur Giles

notando la palidez estrema que reinaba en todos los semblantes y

viéndose él mismo presa de un terror poco comun. --Pero es necesario

que _alguno_ de vosotros vaya á abrir! Me ois?

Así hablando Mr. Giles miraba á Brittles; pero este jóven naturalmente

modesto, no considerándose como _alguno_ pensó con razon que la íntima

de su _superior_ no se dirijia en él y guardó silencio. Mr. Giles quiso

hacer una llamada al calderero; pero éste se habia dormido

instantáneamente. En cuanto á las mugeres era inútil pensarlo siquiera.

--Si Brittles quisiera solo entreabrir la puerta ante testigos. --dijo

Mr. Giles despues de un momento de silencio --Por mi parte yo seria uno.

--Y yo tambien. --dijo el calderero dispertándose con la misma rápidez

que se habia dormido.

Brittles se rindió á estas condiciones, y nuestros tres amigos despues

de abiertos los postigos, algo tranquilizados al ver que era dia claro se

dirijieron á la puerta de entrada precedidos de los perros y seguidos de

las dos mugeres que no atreviéndose á quedarse solas en la cocina

formaban la reta-guardia.

Una vez tomadas estas precauciones, Mr. Giles se apoderó del brazo del

calderero _á fin de impedirle que se escapara_ (segun dijo

chanceándose) y dió la órden de abrir la puerta. Brittles obedeció, y

nuestros individuos apretándose unos contra otros y mirando con ávida

curiosidad cada uno por encima la espalda de su vecino no vieron otro

objeto mas formidable que el pobre Oliverio que agobiado de fatiga y

sobrecojido á la vista de tantas personas levantó los ojos con

languidez é imploró con la vista su compasion.

--Un chicuelo! --esclamó Mr. Giles arrojando con brio al calderero hasta

el fondo del vestíbulo --Qué es lo que tu quieres he? --Mira, mira

Brittles! No ves?

Brittles que al abrir habia procurado quedarse detrás de la puerta, no

bien hubo visto á Oliverio cuando dió un gran grito. Mr. Giles cojiendo

al niño por una pierna y por un brazo (afortunadamente aquel que no

estaba roto) lo arrastró en el vestibulo y le tendió todo lo largo en

el suelo.

--El es! --gritó Giles con toda sus fuerzas é inclinándose en el tramo

de la escalera --Aquí tenemos á uno de los ladrones señora!

Las dos sirvientas subieron los escalones de cuatro en cuatro para llevar

esta feliz noticia á sus amas y el calderero hizo todos los esfuerzos

para volver Oliverio á la vida de miedo que no se muriera antes de ser

ahorcado. En medio de todo este barullo se oyó la voz dulce de una muger

que apaciguó el ruido en un instante.

--Giles! --murmuró la voz de lo alto de la escalera.

--Aquí estoy señorita! --contestó éste --Nada temais señorita! Estoy

ileso.

--Silencio! --repuso la jóven --Espantais á mi tia mucho mas que los

mismos ladrones. El pobre hombre está gravemente herido?

--Furiosamente señorita! --contestó Giles con un aire de complacencia y

satisfaccion interior.

--Parece que se está muriendo señorita! --gritó Brittles de la misma

manera que antes --No quereis verle señorita antes que . . . ?

--Silencio amigo mio! No movais ruido! --dijo la señorita --Esperad un

momento que yo hable á mi tia.

Con paso tan dulce como su voz, la jóven se alejó ligeramente y pronto

volvió á dar la órden de trasportar el herido en el aposento de Mr.

Giles con todo el cuidado posible. Al propio tiempo dijo á Brittles que

ensillára el jaco y se dirijiera á Chertsey para llevar de allí á

toda prisa un _constable_ y un médico.

--No queréis verle antes señorita? --preguntó Giles con tanto orgullo

como si Oliverio hubiese sido un pájaro de raro plumaje que hubiera

cojido con la mayor destreza --No deseais únicamente entreverle?

--No, ahora por todo lo del mundo! --respondió la jóven --Pobre

desgraciado! Oh Giles! Tratadle con bondad aunque no sea mas que por amor

á mi!

La jóven se retiró despues de dichas estas palabras y el viejo criado

levantó los ojos hácia ella con tanto orgullo y admiracion como si

hubiera sido su propia hija: luego inclinándose sobre Oliverio le ayudó

á levantarse y lo llevó á su aposento con todo el cuidado y solicitud

de una muger.

Los Ladrones de Londres · 第 42 / 79 题