ESPEDICION.

SALIERON en una mañana sombria y glacial. La lluvia caía á torrentes y

habia grandes charcos de agua en medio del camino. Nadie se habia

levantado aun, las ventanas estaban cerradas y las calles continuaban

tristes y silenciosas. De tanto en tanto se oia el ruido de algunas

carretas que se dirijian á la ciudad. A medida que se acercaron á los

arrabales el ruido aumentó y cuando llegaron á Smithfield, el era ya un

tumulto aturrullador. Hacia entonces dia claro y la mitad de Lóndres

estaba en pié. La plaza cubierta de barro por ser dia de mercado, estaba

llena de animales, de cuyes cuerpos se elevaba un humo espeso que

mezclándose con la niebla, permanecia suspendido pesadamente en la

atmósfera. Menestrales, carniceros, vaqueros, niños, ladrones y vagos,

confundidos en tropel presentaban una escena capaz de hacer perder la

razon.

Sikes arrastraba Oliverio á su lado y se abria paso al través de la

multitud sin parar casi la atencion á todo lo que asombraba tanto al

niño. Solo respondia con un movimiento de cabeza amistoso á los que le

dirijian la palabra, rehusó hacer trago cada vez que se le ofrecia y

ando con celeridad hasta que estuvieron fuera del barullo y hubieron

llegado á Holborn.

--Ea tu nene; son ya cerca las siete! --dijo con acento regañon, mirando

el cuadrante de la iglesia de San Andrés --Es preciso alargar mas ese

trote! No empieces por quedarte atrás mal _potrillo_!

Esto diciendo sacudia el brazo del niño que doblando el paso, arregló

su marcha todo lo que pudo con las largas zancadas del bandido.

Asi andaron hasta que hubieron pasado Hyde-Park en la carretera de

Kensington. Entonces Sikes aflojó el paso para dar tiempo que los

alcanzara una carreta vacía que venia detrás de ellos y habiendo visto

sobre la plancha Hownslow, pidió al carretero con toda la cortesia de

que era capaz, que les dejára subir hasta Isleworth.

--Subid! --dijo el hombre --Este mozuelo es hijo vuestro?

--Si . . . es mi hijo! --respondió Sikes lanzando una mirada amenazadora

al niño y metiendo la mano como por distraccion en la faltriquera que

contenia la pistola.

--Tu padre anda demasiado aprisa para ti; no es verdad chicuelo? --dijo

el carretero observando que Oliverio estaba sofocado.

--Os engañais! --replicó Sikes --Esta ya acostumbrado á ello! Vaya,

dame la mano Eduardo . . . sube pronto!

Mientras decia esto ayudó al niño á subir y el carretero enseñandole

un monton de sacos, le dijo se hechara encima de ellos para descansar.

Cada vez que pasaban por frente un _mojon_, Oliverio esperimentaba nuevo

asombro, calculando donde se proponia llevarle su compañero. Kensington,

Hammersmith, Chiswich Kewbridge, Brentfort, habian quedado ya muy lejos

trás de ellos y marchaban siempre como si acabaran de ponerse en camino.

Al fin llegaron á una posada en cuya muestra se leia: «La _diligencia y

los caballos_.» Mas allá de ella empezaba el empalme de otra carretera.

Aqui la carreta se detuvo, Sikes bajó de ella precipitadamente teniendo

á Oliverio cojido de la maño y habiéndole hecho bajar tambien á él,

le lanzó una mirada furiosa, llevando la mano á su faltriquera de un

modo muy espresivo.

--Hasta mas ver muchacho! --dijo el hombre.

--Está de mal humor! --contestó Sikes maltratando al niño. --Está de

muy mal humor ese pequeño topo! No hagais caso . . . partid!

--Y porque, pobrecito! --dijo el otro subiendo á su carreta --El tiempo

parece que se pone bueno. --añadió alejándose --Feliz viaje!

Sikes esperó que estuviera algo lejos y luego torcieron á la izquierda.

Andaron largo tiempo pasando por delante un gran número de jardines,

llegaron á Hampton y habiendo atravesado este pueblo, entraron en una

taberna de ruin apariencia, donde se hicieron servir la comida en el

hogar de la cocina.

Habia ante este hogar algunos bancos de respaldo, en los que estaban

sentados hombres vestidos de blusa, pasando el tiempo en beber y fumar.

Hicieron poco caso de Sikes y aun menos de Oliverio que á su vez se

sentaron en un rincon á parte, sin cuidarse de la compañia.

Se les sirvió un plato de fiambre despues del cual Oliverio creyendo por

la calma con que Sikes iba apurando pipa sobre pipa, que la detencion

seria larga y que probablemente no irian mas lejos, abrumado de fatiga y

aturdido por el humo del tabaco se reclinó en el banco y se durmió

profundamente.

Era noche completa cuando fué dispertado por un codazo de Sikes.

Frotándose los ojos y mirando en torno suyo vió á ese digno personage,

en conferencia íntima con un menestral en compañia de quien bebia una

_pinta_ de cerveza.

--Con qué vais á Hallifort? --preguntó Sikes.

--Si. --contestó el hombre --Y que no estaré veinte años en el camino,

porque mi caballo no lleva la carga que llevaba esta mañana . . . y

pronto se habrá comido la distancia . . . y no se le indigestará no

voto á brios! Qué buena bestia!

--Podeis tomarnos á mi y al niño en vuestra carreta? --preguntó Sikes

pasando el jarro de cerveza á su nuevo convidado.

--Si; cuando partais al momento! --contestó el otro quitándose de los

labios la _pinta_ de cerveza, que puso sobre la mesa --Acaso vais á

Hallifort?

--Voy hasta Shepperton. --dijo Sikes.

--Soy vuestro hasta el mismo punto. --Todo está pagado Rebeca?

--Si --respondió la criada de la posada --El señor ha pagado!

--Vaya! eso no puede ir ¿entendeis? --prosiguió el menestral con una

gravedad ridícula.

--Por qué? --repuso Sikes --Vos nos haceis un obsequio y no veo lo que

pueda impedirme que os pague dos _pintas_ de cerveza.

Aquel pareció reflecsionar profundamente y luego tomándole de la mano

le declaró que era un _buen muchacho_, á lo que contestó Sikes, que

sin duda se burlaba. (lo que cualquiera hubiera estado tentado de creer,

por poco que el hombre hubiese conservado su sangre fria.)

Despues de algunas palabras corteses entre ambos, se despidieron de la

compañia y la criada habiendo quitado los jarros y los vasos que estaban

sobre la mesa, se vino con las manos llenas al lindar de la puerta para

verlos partir.

El caballo, á la salud del cual se habia bebido poco antes esperaba con

la mayor paciencia ante la dicha puerta. Oliverio y Sikes sin mas

ceremonias subieron á la carreta en que estaba enganchado, y el hombre

despues de haber arreglado los guiones y desafiado á los espectadores,

á que encontraran en el mundo otra bestia semejante subió á su vez.

Habiendo conducido el mozo de la posada el caballo al medio de la

carretera y soltando la brida, este empezó á hacer un pésimo uso de la

libertad que se le habia dado, corriendo al través de la calle y

danzando de lo lindo con los piés traseros . . . Al fin y al cabo

partió al galope.

La noche estaba obscura; una niebla húmeda se elevaba de los pantanos

que rodean el rio; hacia un frio glacial; todo estaba sombrio y

silencioso. Oliverio acurrucado en un rincon, era taladrado por el miedo.

Al fin dejaron la carreta y habiendo emprendido de nuevo la marcha al

través de los campos se encontraron en la ribera del rio.

--El rio! (pensó Oliverio enfermo de espanto.) Sin duda me ha llevado á

este lugar desierto para asesinarme!

Iba á echarse en tierra y hacer el último esfuerzo para defender su

vida, cuando notó que estaban delante de una casa arruinada. A cada lado

de la puerta habia una ventana y el edificio no tenia mas que un piso.

Segun toda apariencia estaba inhabitada, porque no se veia luz.

Sikes teniendo siempre á Oliverio por la mano se adelantó con cautela

hácia la casucha y puso la mano al pestillo que cedió con la presion.

La puerta se abrió y ambos entraron.

Los Ladrones de Londres · 第 38 / 79 题