OLIVERIO ES ENTREGADO Á GUILLERMO SIKES.

EL dia siguiente al dispertar, Oliverio quedó agradablemente sorprendido

viendo al pié de su lecho un par de zapatos nuevos de suelas reforzadas,

en lugar de los suyos del todo estropeados. De pronto se quedó

maravillado de este descubrimiento, pensando que podia ser muy bien el

preludio de su libertad; pero luego tuvo la certeza de lo contrario. En

el almuerzo, hallándose frente por frente del judío este le anunció de

un modo capaz de redoblar sus alarmas que aquella noche debia ser

conducido á la casa de Guillermo Sikes.

--Para . . . que . . . dar . . . me en ella? --preguntó el niño con

inquietud.

--No; no para quedarte en ella amigo mio. --contestó el judío --No

temas que queramos perderte. Oliverio! Volverás á nosotros . . . ah!

ah! ah! No somos tan crueles para despedirte amiguito . . . ó no

seguramente . . .

Esto diciendo el viejo chulo, que estaba acurrucado ante la lumbre y

ocupado en tostar una rebanada de pan, se puso á reir á carcajada llena

como para indicar que no ignoraba lo contento que estaria Oliverio de

poder escaparse si pudiera.

--No dudo tendrás curiosidad de saber lo que vas á hacer en casa

Guillermo . . . he amiguito? --dijo fijando en él su mirada.

Oliverio se ruborizó involuntariamente, á la idea de que el viejo

encubridor habia adivinado su pensamiento. Con todo respondió con

bastante seguridad que _si_.

--Qué piensas que vas á hacer? --preguntó el otro previniendo la

cuestion.

--Señor! En verdad no lo se. --respondió Oliverio.

--Ba! --hizo el otro volviéndose para ocultar su contrariedad --Espera

entonces que Guillermo te lo diga.

El judío pareció muy embarazado de que el niño no demostrase mayor

deseo de saber mas. El hecho es que este hubiera querido saber á que se

le destinaba; pero turbado como estaba por la mirada escuadriñadora del

judío y por sus propios pensamientos, le fué imposible hacer ninguna

pregunta tocante á este punto. Por lo demás ya no se ofreció otra

ocasion, porque el judío permaneció sombrio y silencioso hasta la noche

en que se dispuso para salir.

--Podrás encender esta vela. --dijo Fagin poniendo una sobre la mesa.

--Y aquí tienes un libro para divertirte leyendo, hasta que vengan á

buscarte. Vaya, buenas noches!

--Buenas noches señor! --contestó dulcemente Oliverio.

Mientras se dirijia á la puerta, el judío se volvió varias veces para

mirar al jóven Twist y parándose de improviso lo llamó por su nombre.

Oliverio alzó la cabeza y á una señal de aquel encendió la vela. Al

poner el candelera sobre la mesa reparó que desde el estremo obscuro del

aposento el viejo le miraba fijamente y frunciendo las cejas.

--Cuidado, Oliverio! Cuidado! --dijo agitando la mano con ademan

doctoral. --Es un mal _vicho_ que á nada atiende cuando se le ha pisado

la cola! Suceda lo que suceda nada digas y haz todo lo que te mande!

Piénsalo bien!

Habiendo acentuado estas últimas palabras con mucho énfasis, sonrió de

una manera horrible, hizo un movimiento de cabeza y salió.

Oliverio al quedar solo repasó, en su imaginacion lo que acababa de oir.

Despues de haber reflecsionado largo rato, pensó que el bandido le

mandaba á buscar para utilizarle en su casa hasta haber encontrado otro

muchacho mas conveniente á sus miras. A pesar de ello, estaba tan

acostumbrado á los sufrimientos que cualquiera cambio lo era

indiferente. Permaneció sumerjido en sus meditaciones; luego tomando el

libro se puso á leerlo. Este libro llevaba por título: _Vida, juicio,

condena y ejecucion de los grandes criminales_. Sus páginas estaban

manchadas á fuerza de leidas. Todo eran crímenes, asesinatos horribles,

cadáveres ocultos desde largo tiempo y que aparecian á sus asesinos y

estos poseidos de espanto corriendo ellos mismos á reclamar el cadalso

que debia acabar sus tormentos.

Habia tanta verdad en la descripcion de esos crímenes y el cuadro de

ellos era tan fascinador que Oliverio creyó ver las páginas grasicntas

del libro convertirse en sangre cuajada y á las palabras que leia,

desprenderse en sordos gemidos de la boca propia de las víctimas

inmoladas. En un esceso de terror cerró el libro, lo arrojó lejos de

sí y cayendo de rodillas pidió á Dios que le evitára tales

pensamientos, ó le llamará á él antes de permitir que se manchára

jamás con un crímen tan horrible.

Habia concluido su oracion; pero estaba aun arrodillado con la cabeza

apoyada entre sus manos cuando un ruido interrumpió su meditacion.

--Qué es esto! --esclamó levantándose y apercibiendo una forma humana

en pié cerca la puerta --Quién está ahí? --prosiguió.

--Soy yo! Soy yo! --respondió una voz trémula.

--Oliverio levantó la vela, sobre su cabeza para ver mejor: era Nancy.

--Aparta esa vela! --dijo la jóven volviendo la cabeza --Me hace mal en

los ojos.

Vió que estaba sumamente pálida y le preguntó cariñosamente si estaba

enferma. Por toda respuesta ella le volvió la espalda y se desplomó

sobre una silla retorciéndose las manos.

--Dios! Dios! --esclamó al fin --No pensé en todo esto!

--No os sentís bien? --preguntó Oliverio. --Puedo ser útil para

socorreros? Hablad . . . Todo lo que pueda, lo haré con la mayor

satisfaccion.

Nancy se agitó en su silla, llevó sus manos al cuello, exhaló un grito

medio ahogado por el exterior y abrió toda la boca para respirar.

--Nancy! --esclamó el niño horrorizado --Que teneis; decidlo!

Esta golpeó con las manos sus rodillas y con los piés el suelo, luego

deteniéndose de repente volvió á ajustar el chal sobre sus espaldas

titiritando.

Oliverio atizó el fuego. La jóven acercó su silla al hogar y quedó

inmóvil algun tiempo sin pronunciar una palabra. Luego levantando la

cabeza echó una mirada vaga á su alrededor.

--No se lo que me coje algunas veces. --dijo procurando reparar el

desórden, de su traje. --Creo es causa, este aposento súcio y húmedo.

¿Estás pronto Oliverio?

--Acaso voy con vos? --preguntó el niño.

--Si; vengo á buscarte de parte de Guillermo!

--Para qué? --dijo el retrocediendo dos ó tres pasos.

--Para qué? --repuso Nancy levantando sus ojos al techo y bajándolos al

suelo al encontrarse su mirada con la del niño --Oh! Para nada malo.

--No lo creo así. --replicó Oliverio, despues de haberla examinado con

atencion.

--Pues bien, creelo, como te acomode! --dijo ella con risa afectada --Sea

para nada bueno.

Oliverio pudo comprender muy bien que tenia algun poder sobre la

sensibilidad de la jóven, y la destreza le hizo concebir la idea de

apelar á su compasion; pero reflecsionando de pronto que aun no eran las

once y que de consiguiente debian transitar por las calles algunas

personas que darian fé á sus palabras, se apresuró á decir que estaba

pronto y se dispuso á salir con alguna viveza.

Ni la reflecsion, ni el deseo que la acompañaba escaparon á Nancy. Le

observó atentamente mientras hablaba y le lanzó una mirada que le

convenció de que habia adivinado su pensamiento.

--Chit! --dijo señalándole con el dedo la puerta, mientras que miraba

con precaucion á su alrededor --No hay medio! He hecho todo lo que he

podido por tí; pero inútilmente. Estás rodeado por todas partes y por

mas que lo intentes no lograrás escaparte.

Oliverio conmovido por el tono con que decia esto, la miró asombrado. No

cabia duda hablaba sériamente: estaba pálida hasta dar miedo, tenia

contraidos los músculos de su rostro y un temblor convulsivo agitaba

todo su cuerpo.

--Te he evitado ya muchos malos tratamientos y continuaré

evitándotelos! --continuó elevando la voz --Los que hubieran venido á

buscarte no siendo yo, se hubieran portado con mucha mas dureza. He

prometido que estarias tranquilo y si no lo estuvieras, te harias mal tu

mismo y á mi, siendo tal vez la causa de mi muerte. Mira! Tan cierto

como Dios nos vé, ya he sufrido todo esto por tí!

Al mismo tiempo enseñó á Oliverio los cardenales de que estaban llenos

sus brazos y su cuello.

--Acuérdate bien de esto --continuó con gran volubilidad --y haz de

modo ahora que no sufra otros por tu causa! Si pudiera servirte lo haria

de todo corazon; pero no tengo poder para ello! Ellos además no tienen

intencion de hacerle daño alguno . . . Y qué importa lo que te manden

hacer? Tú no eres responsable ante Dios! Cállate! Cada una de tus

palabras es un golpe para mi! Dame tu mano! Vamos despacha; . . . tu mano!

Cojió la mano que Oliverio le tendió maquinalmente y habiendo apagado

la vela, subió con el niño la escalera. La puerta fué abierta al

momento por alguien oculto en la obscuridad y fué cerrada del mismo modo

luego que pasaron el lindar.

Nancy subió ligeramente con su jóven protejido á un coche de alquiler

que les aguardaba. Tiró cuidadosamente las cortinas y el cochero sin

esperar que se le diera direccion alguna, acestó un latigazo al caballo,

que le hizo correr al trote largo.

La jóven tenia las manos de Oliverio estrechadas entre las suyas y le

repetia al oido las mismas seguridades y los mismos avisos que le diera

antes. Todo eso fué cosa de tan poco tiempo, que apenas tuvo la

satisfaccion de pensar donde estaba y como habia venido cuando el coche

se paró ante la misma casa hácia la que el judío habia dirijido sus

pasos la noche anterior.

Durante un segundo lo mas, Oliverio lanzó una mirada rápida á lo largo

de la calle desierta, é iba á gritar socorro; pero la trémula voz de

la jóven vibraba en su oido suplicándole con tanto ahinco tuviera

piedad de ella que retuvo el grito que iba á escapársele. Mientras

luchaba pasó la ocasion y se encontró dentro la casa despues de haberse

cerrado la puerta trás él.

--Por aquí! --dijo al fin la jóven soltando la mano de Oliverio

--Guillermo!

--Adelante! --contestó Sikes apareciendo en lo alto de la escalera

--Bien venidos! Ea subid!

En un hombre del carácter de Sikes este recibimiento era muy lisonjero

para los dos jóvenes. Nancy se lo agradeció sin duda, pues le saludó

cordialmente.

--El perro ha salido con Tomás. --dijo Sikes adelantando la luz para

alumbrarles --Nada importaba su presencia aquí para lo que tenemos que

hablar.

--Está bien! --contestó Nancy.

--Con qué traes decididamente al lindo _cabrito_?

--Ya lo ves!

--Ha sido obediente?

--Como un cordero.

--Ha hecho bien! --dijo Sikes arrojando á Oliverio una mirada maligna

--De lo contrario su esqueleto no lo hubiera pasado muy bien. Adelántate

vicho para que te dé la leccion . . . Mejor ahora que mas tarde.

Esto diciendo quitó la gorra á su jóven protegido la arrojó á un

rincon del aposento y sentándose á una mesa lo cojió por la espalda y

lo colocó cara á cara.

--En primer lugar, ¿conoces esto? --dijo tomando una pistola de

faltriquera que estaba sobre la mesa.

El niño contestó afirmativamente.

--Bien! Atiende ahora! Esto es pólvora . . . esto una bala y esto un

pedazo de sombrero viejo para taco.

Oliverio hizo señal de que conocia el uso de cada una de esas cosas y

Sikes se puso á cargar la pistola con una destreza admirable.

--Ya está cargada. --dijo cuando hubo concluido.

--Lo veo señor. --dijo el niño temblando de la cabeza á los piés

--Lo ves? --continuó el bandido apretando fuertemente el brazo de

Oliverio y poniéndole la boca del cañon de la pistola tan cerca de la

cien, que éste no pudo contener un grito agudo. --Si tienes la desgracia

de pronunciar una sola espresion cuando estemos fuera á menos que yo no

te dirija la palabra, te levanto la tapa de lo sesos sin prevenirte. Con

que, dado caso que tengas la tentacion de hablar sin mi permiso, puedes

antes rezar tu última plegaria.

Habiendo acompañado esta amenaza con un juramento horrible (sin duda

para aumentar el efecto) añadió:

--Como segun tengo entendido nadie se inquietará por tí despues de tu

muerte, no creo necesario romperme la cabeza esplicándote un monton de

cosas, . . . que por otra parte nada importan para tu bien. Entiendes?

--Poco mas ó menos lo que tu quieres indicar (dijo Nancy con énfasis

para llamar la atencion de Oliverio.) es, que si en el asunto que te

ocupa actualmente, tuvieras un retardo ó contrariedad por causa de ese

niño, le sabrás impedir que _bachillerée_ en el porvenir, rompiéndole

la cabeza y exponiendo de este modo la tuya como lo haces en cada dia de

tu vida.

--Esto es. --dijo Sikes en señal de aprobacion --Las mugeres tienen un

tacto magnífico para esplicar las cosas escepto cuando tienen la cabeza

caliente . . . Entonces no acaban nunca . . . Ahora que ya sabe lo que

quiere decir hablar; no seria malo que nos dieras algo con que cenar,

para que tengamos tiempo de echar un sueño antes de partir.

En consecuencia de esta observacion, Nancy puso los manteles y

habiéndose ausentado algunos momentos volvió á entrar con una botella

de cerveza y un plato de cabeza de carnero, el cual dió pié á una

serie de reflecsiones lisonjeras por parte de Sikes que estimulado sin

duda por la seductora perspectiva de una _nueva espedicion_, se coló

toda la cerveza de un solo trago y no juró mas que un centenar de veces

mientras estuvieron en la mesa.

Concluida la cena (se comprenderá fácilmente que Oliverio no tenia gran

apetito) Sikes despues de haberse bebido dos vasos de _grog_ se tendió

en su cama recomendando á Nancy que le dispertára á las cinco en

punto, dado caso de que todavia durmiera. Oliverio en cumplimiento de una

órden emanada del mismo jefe, se echó vestido sobre un jergon tendido

en el suelo y la jóven, habiendo atizado el fuego se sentó ante la

chimenea hasta que llegára la hora de dispertarles.

El niño permaneció largo tiempo con los ojos abiertos pensando no seria

imposible que esta buscase ocasion para hablarle al oido; pero

permaneció inmóvil en su silla y solo se volvió alguna vez para

despavilar la vela. Al fin rendido de fatiga se durmió profundamente.

Al dispertar, la tetera y las tazas estaban sobre la mesa y Sikes se

hallaba ocupado en meter diversos objetos en los bolsillos de su

redingote colgado en el respaldo de una silla, mientras que Nancy

preparaba el desayuno. No era dia, porque la vela aun estaba ardiendo.

Una lluvia penetrante chocaba contra los vidrios y el cielo estaba

cubierto de nubes negras y espesas.

--Vaya! --refunfuñó Sikes mientras Oliverio se levantaba --Ya son las

cinco y media! Despacha pronto si quieres desayunarte! Aunque no lo

parezca, nos hemos retardado!

Oliverio no estuvo mucho tiempo para arreglar su tocado y habiéndose

desayunado un poco, dijo que estaba listo. Nancy sin mirarle apenas, le

puso un pañuelo al rededor de su cuello y Sikes le dió una esclavina

vieja para que tuviera las espaldas calientes.

El niño, al llegar al lindar de la puerta se volvió con la esperanza de

encontrar la mirada de la jóven; pero esta habia vuelto á tomar su

silla ante el fuego y estaba sentada en ella en un estado de inmovilidad

completa.

Los Ladrones de Londres · 第 36 / 79 题