EN EL QUE SE DEMUESTRA HASTA QUE PONTO EL VIEJO JUDÍO Y LA SEÑORITA
NANCY AMABAN Á OLIVERIO.
ENTRETANTO Fagin, Sikes y Nancy disfrazada de cocinera, se habian reunido
en una taberna del barrio mas sucio de Londres y deliberaban allí en
compañía del perro de largo pelo blanco y puerco. Sikes siempre
huraño, el judío mas obsequioso y Nancy decidida mas que nunca á
ponerse de _parada_ para cazar á Oliverio.
--Vaya! ¿No es cierto Nancy que vas á emprender la caza? --dijo Sikes
presentándole un vaso.
--Si Guillermo. --respondió la jóven despues de haber tragado el licor
de una sola vez. --Ya le tengo la pista á Dios gracias! El pobre
Diablillo ha estado enfermo, obligado á guardar cama, y . . . alguna
importancia es que ella se calló y sonriendo graciosamente á Sikes
llevó la conversacion á otro objeto. Poco despues el viejo judío fué
acometido de una tos tan violenta que Nancy echando su chal sobre las
espaldas, declaró que era tiempo de partir. Sikes que iba por el mismo
lado una parte del camino, espuso la intencion de acompañarla y salieron
juntos seguidos á poca distancia del perro feo que salió de un pequeño
establo luego que su amo estuvo fuera de su vista. Despues que Sikes hubo
partido, el judío asomó la cabeza por la puerta de la sala y mirándole
andar por el callejon obscuro y estrecho le enseñó el puño profiriendo
horribles imprecaciones y rechinando los dientes; hecho lo cual volvió
á sentarse á la mesa y pronto se engolfó profundamente en las páginas
interesantes de la _Gaceta de los Tribunales_.
--Ah! querida Nancy! --dijo Fagin levantando la cabeza:
Si una ojeada significativa y un fruncimiento de las cejas rojas del
judío, advirtió á Nancy de que era demasiado comunicativa, es lo que
no nos importa saber; el solo hecho á que damos
Entretanto Oliverio no sospechando siquiera que estaba tan cerca de la
habitacion del viejo chulo, se dirijia á la tienda del librero. Cuando
estuvo en Clerkerwell, tomó por distraccion una calle que si bien
paralela, con todo le estraviaba un poco de su camino; pero no reparando
en su error hasta que la hubo andado ya mas de dos tercios y sabiendo
además que ella le conducia al mismo punto, no juzgó oportuno
retroceder y avanzó buen trecho con sus libros bajo el brazo.
Caminando pensaba en sus adentros cuan feliz debia ser y lo que daria
para ver únicamente al pequeño Ricardo, quien azotado y falto de pan,
tal vez en este momento se hallaba con ansias de llorar, cuando le sacó
de su meditacion la voz de una muger que gritaba desaforadamente: --Oh!
Querido hermano mio! --y apenas hubo vuelto la cabeza para ver lo que era
cuando se halló estrechamente oprimido por dos brazos vigorosos pasados
bruscamente al rededor de su cuello.
--Dejadme estar! --gritó él resistiéndose --Soltadme! Quien sois?
Porque me deteneis?
La respuesta á esto fué una multitud de quejas y lamentaciones por
parte de una jóven, llevaba una cesta pequeña y una llave gruesa en
cada mano y que lo abrazaba con transporte.
--Ay! gracias á Dios! Al fin le he encontrado! --dijo ella --Oliverio!
Oliverio! Has sido un mal muchacho en haberme hecho tan desgraciada! Ven,
ven conmigo á casa! Cielos! Si; es el mismo! O felicidad! Con que lo hé
encontrado!
En medio de estas esclamaciones incoherentes, la jóven se sintió
acometida por un exceso de histérico que hizo temer por sus dias hasta
tal punto que algunas mugeres atraidas por sus gritos pidieron á un
mancebo carnicero de cabellera lustrosa de grasa hallado alli por
casualidad, fuera en busca de médico; pero éste que era de un natural
lento (por no decir indolente) contestó que no lo creia necesario.
--Oh! no; no hagais caso! --dijo Nancy cojiendo la mano de Oliverio --Me
siento ya mejor! . . Ea tu desgraciado! ven pronto á casa!
--Que . . . que es esto _señorita_? --preguntó una de las mugeres.
--Ah señora! --respondió la jóven. --Hace un mes que se escapó de la
casa de sus padres (personas muy respetables y buenos jornaleros) y se ha
juntado con una banda de ladrones y de mala gente; de modo que su pobre
madre es cuasi-muerta de tristeza.
--Pilluelo! --dijo una muger.
--Pequeño salvage! ¿quiéres volverte á tu casa? --añadió otra.
--Esto no es verdad! --esclamó Oliverio sumamente alarmado --Yo no la
conozco! . . Yo no tengo ni hermana, ni padre, ni madre! Soy huérfano!
Vivo en Pentonville!
--Se ha visto descaro igual! --dijo Nancy.
--Cielos! Nancy! --gritó Oliverio reconociéndola al fin y retrocediendo
de espanto.
--Ya lo veis como me conoce! --repuso Nancy recurriendo al testimonio de
los presentes. --No puede menos! . . Como honradas gentes que sois
ayudadme á llevarlo á nuestra casa, ó sino matará á su padre á su
madre y yo me moriré tambien de tristeza!
--Que Diablos sucede aqui? --dijo un hombre saliendo precipitadamente de
una taberna seguido de un perro blanco lleno de cicatrices --Oh! . . mil
truenos! Es el pequeño Oliverio! Tunantuelo te volverás pronto á tu
casa con tu pobre madre?
--Yo no les pertenezco! No les conozco! Socorro! Socorro! --gritó el
niño procurando desprenderse de las manos del hombre.
--Ah! gritas socorro! --repuso éste. Pillastron! Yo voy á dártelo el
socorro! . . Que significan esos librotes que traes aqui? Sin duda los
habrás robado! Dame esto pronto!
Esto diciendo, le arrancó los tomos de las manos y le dió un gran
puñetazo en la cabeza.
--Bien hecho! --dijo un hombre que miraba desde la ventana de una
guardilla --Este es el único medio de hacerle entrar en razon.
--Sin duda alguna. --esclamó un carpintero medio dormido, dirijiendo una
mirada de aprobacion al que acababa de hablar.
--Esto le sentará bien! --dijeron las dos mugeres.
--Por esto cabalmente no quiero que le pase la presente! --repuso el
bandido cogiendo á Oliverio por el cuello de la chaqueta y asestándole
otro puñetazo --Andarás pillastron? --A mi Cesar! A mi! --prosiguió
dirijiéndose á su perro.
Debilitado por la enfermedad que acababa de pasar, aturdido por los
golpes y por un ataque tan repentino, espantado por el horrible gruñido
del perro y la brutalidad del hombre y anonadado por la conviccion de los
presentes que le tomaban por lo que no era ¿que podia hacer el pobre
niño en tal circunstancia? La obscuridad de la noche, en semejante
barrio hacia todo socorro improbable y toda resistencia inútil. En menos
que nada fué conducido con tal rapidez por un laberinto de callejuelas
sombrias y estrechas que los pocos gritos que osó proferir no fueron
oidos, y aun que lo hubieran sido nadie habia á quien pudieran llamarle
la atencion . . .
Los faroles estaban encendidos por todas partes; la Señora Bedwin
esperaba con ansiedad á la puerta de la casa; la criada habia corrido
veinte veces hasta al cabo de la calle para ver si encontraria á
Oliverio y los dos amigos estaban en el salon sin luz, teniendo siempre
el reló ante su vista.