Por fin ha habido una carta suya, dirigida esta vez al padre Tomás, a
propósito de un volumen que no se encuentra en las librerías... Pero
como el volumen me interesa poco, retengo sobre todo la frase en que el
señor Baltet asegura que su viaje a Aiglemont ha sido su camino de
Damasco, y que su sueño dorado sería llamar su mujer a aquella de quien
conserva tan profundo recuerdo...
¡Qué bien dicho está!
Cinco veces he leído el famoso pasaje, y, finalmente, para escapar a las
miradas maliciosas del padre Tomás, me he arrojado llorando en los
brazos de la abuela.
El cura se quedó un poco sorprendido por esta conclusión imprevista.
--¡Cómo!... ¿Lágrimas?...--murmuró levantando las gafas para ver mejor.
--Sí--respondió la abuela,--esta niña está muy sensible...
--¿Y es esa frase, que parece insignificante, la que ha provocado tal
diluvio?
--Ciertamente... Señor cura--añadió la abuela descontenta,--no tiene
usted corazón, sino comprende estas lágrimas.
--¡Bah!--respondió el cura, comprimiendo políticamente la risa,--creo
tenerlo un poco, aunque mis glándulas lacrimales no tengan la misma
capacidad que las de Magdalena...
No pude menos de reírme de la evidente sinceridad del cura, el cual dio
un salto al oír la carcajada burlona que dejé escapar.
--¿Ahora se ríe?...--exclamó abriendo los ojos con intensa
sorpresa.--Qué hermosa es la juventud... Se llora y se ríe sin saber por
qué...
En seguida, para evitar otra emoción, me preguntó a quemarropa:
--¿Y las solteronas?... veo que las abandona usted definitivamente... No
está bien interrumpir tan bonitos estudios...
--Así es la vida--respondí;--pero no crea usted que las abandono, puesto
que les deberé mi felicidad...
El cura me miró con expresión de asombro, y la abuela me dirigió una
sonrisa.
--Eso--dijo,--no es de la competencia de usted, señor cura... sea
indulgente... Magdalena es tan feliz...
--Feliz por una frasecilla sin estilo, sin citación...--dijo
despidiéndonos,--sí, no lo comprendo...
--Lo creo, señor cura, que no lo comprende usted... Eso no es de su
competencia, como dice la abuela...