Descarrilo, positivamente.
Esta mañana, después de misa, me he encontrado delante de la imagen de
San Antonio con la de Aimont. San Antonio es menos comprometedor que San
José y las muchachas casaderas pueden rezarle sin que todo el pueblo sea
informado inmediatamente de que están en instancia con el Cielo para
obtener un marido.
La de Aimont estaba confusa y yo también. Ella rezaba por el señor de
Martimprey a fin de que el santo favoreciese el matrimonio de su hija.
Yo suplicaba a San Antonio en favor del señor Baltet. Pero sin precisar.
--He perdido unas llaves que me hacen mucha falta y vengo a encomendar
mi causa a San Antonio--me dijo la de Aimont al oído.
--Yo he extraviado un pañuelo de valor--respondí con la misma
sinceridad,--y espero que San Antonio...
Cambiamos un apretón de manos y no hubo más.
La de Ribert, a quien encontré al salir de la Catedral, me dio broma
amablemente sobre mi repentino desencanto respecto de nuestros
estudios...
Protesté, pero débilmente y sin convicción. Para explicar mi cambio de
actitud alegué unos trabajos urgentes de pintura. La abuela, que se
reunió con nosotros en este momento, cambió con la de Ribert una mirada
de inteligencia que me ruborizó... Por fortuna, la conversación tomó
otro sesgo.
¡Dios mío, te lo ruego, haz que ni la abuela ni la de Ribert adivinen mi
niñería!