IV

Fonsa, temblando de emoción, se puso á las órdenes de su amiga y

salió con ella de la plaza; tomaron por la calle de la Lealtad, y,

torciendo por otras callejuelas, entraron en un portal obscuro,

angosto y lóbrego, del que arrancaba una escalera carcomida y tortuosa.

Subieron una docena de peldaños y se detuvieron delante de una puerta

tan miserable como la escalera. Llamó la amiga de Fonsa y salió á

abrir un ser que no me atrevo á calificar de mujer porque no se ofenda

el «_bello_ sexo». Era una mole de carne mugrienta y asquerosa, mal

cubierta con algunos trapos tan sucios como la carne; arrastraba en los

hinchados pies unos soletos, y tenía, en lo que llamaremos cara, dos á

manera de ojos ribeteados de sangre; una, como nariz, atascada de rapé,

y alrededor de una abertura, que pudiera ser la boca, sucia y profunda,

como el foso de una letrina, crecían rígidas y dispersas algunas cerdas

grises.

--¡Entray, buenas mozas!--dijo con voz de trueno á las recién llegadas.

Y éstas siguieron al extraño ser por una especie de caverna donde

se respiraba una atmósfera que debía de parecerse mucho á la de las

guaridas de las fieras.

Á Fonsa le temblaban las piernas y le palpitaba el corazón. Lo que

estaba viendo no se parecía en nada á cuanto ella se había imaginado

sobre los hechiceros de las coplas y las viejas de los cuentos que

sabía. Por eso, si hasta entonces había creído en el poder de las

adivinas, desde aquel momento las suponía capaces de competir con el

mismo demonio.

La vieja se detuvo en un sitio donde la habitación era un poco más

ancha y menos obscura. No había allí más muebles que un banquillo

cojo de madera de pino y una mesa de la misma clase, sobre la cual se

sostenía, adherido á sus propias lágrimas, un cabo de vela de sebo.

En un rincón de la misma pieza había un jergón sucio y desgarrado. El

suelo y las paredes estaban cubiertas de roña, lamparones y telarañas.

Fonsa no podía orientarse en aquel antro asqueroso, ni siquiera darse

cuenta de los objetos que la rodeaban. Por eso no se fijó en que su

amiga habló muy callandito algunas palabras con la vieja.

Ésta, cuando hubo oído á su discreta interlocutora y después de mirar á

Fonsa con un gesto que la hizo estremecer, llevó la diestra mano á su

enorme seno, y extrajo de él un papel sucio y arrugado, un mendrugo de

pan tan sucio como el papel, y una baraja mucho más asquerosa que el

pan y el envoltorio. Tomó de éste entre el índice y el pulgar una buena

porción de rapé que sorbieron con avidez sus narices, llevó á la boca

el mendrugo y puso la baraja sobre la mesa.

--¿Á quién echo las cartas?--preguntó.

--Á ésta,--contestó, señalando á Fonsa, su amiga.

--Corta,--dijo la adivina presentando la baraja.

Fonsa, temblando como un azogado, hizo de la baraja dos montones.

--Se me figura que voy á decirte algo bueno, guapa moza--murmuró la

mujerona reuniendo la baraja.--Y cuidado que lo que yo digo se cumple

como el Evangelio; y aquí está tu amiga que no me dejará mentirosa. ¿Eh?

--No, señora, no; ya la he dicho que todo se me cumplió al respetive de

lo prometido.

--Es que yo no soy como esas embaucadoras de tres al cuarto, que andan

por la plaza engañando á las inocentes con una mala baraja sin virtud.

Yo puedo decir con vanidad y con orgullo, que heredé estas cartas de

una adivina que las compró á costa de su alma, en una noche de truenos,

á un espíritu que se le metió por la chimenea.

Fonsa, al oir esto, pensó que la tragaba la tierra; cerró los ojos, y

admiró á aquel monstruo que tales armas usaba.

--Y ahora que sabes--añadió la adivina,--lo que puedo, guárdate muy

bien de no poner en planta mis consejos, pues no te perdonaría Dios si

los desecharas.

Tras esto, y cuando conoció que Fonsa estaba completamente fascinada y

aturdida y dispuesta á dudar, antes que de su poder, de la misericordia

de Dios, comenzó á tender las cartas en la mesa y á hacer sobre ellas,

á medida que iban saliendo de la baraja, comentarios de este jaez:

--Oros arriba, bastos abajo: ni bueno ni malo. Oros, más oros; copas

boca abajo: tú tienes deseos. Rey de copas: de lo que no está á tus

alcances. Oros otra vez, el as: dinero te hace falta. Otro rey con

túnica: vestido apeteces. Espadas ahora: por la guerra. No, que salen

bastos, por la aldea: trabajos en ella; no te convienen. Más oros

todavía: tendrás el vestido. Más oros, la sota... y muchas galas y

primores. El caballo detrás: un caballero se prendará de tí que te

llenará de riquezas. Sota de copas: una mujer barrunta, morena de

color. Bastos atravesados: sin fuerza ni poder. Más oros: la fortuna

te persigue. Cinco y cuatro nueve, y siete diez y seis, y trece de

los lados veintinueve... y ahora la sota de bastos: joven será y con

bastón. Más oros: rico otra vez.

Y así prosiguió hasta que se acabó la baraja. Volvió en seguida á

reunirla y tornó á desparramarla acompañándose con la propia jerga, y

así continuó hasta tres veces.

Fonsa estaba aplanada de sorpresa, de terror y de gozo, todo junto.

Pero aún se aplanó más cuando la adivina le hizo el resumen de sus

investigaciones cabalísticas en estos términos:

--Un caballero bien parecido y muy principal se prendará de tí, y esto

te lo hará saber á la hora menos pensada por medio de una mujer morena

con un lunar en el carrillo izquierdo, una verruga debajo de la nariz

y vestida de obscuro, con un pañuelo á la cabeza. El caballero hará tu

suerte si no te niegas á nada de lo que te ordene ni de lo que disponga

la mujer que ha de hablarte de su parte. Tendrás por de pronto el

vestido de merino y las botas de charol que deseas, y estarás muy poco

tiempo sirviendo, porque tú has nacido para mayores puestos. No dirás

nada de todo esto á tu familia, ni á tus amos, ni á nadie, mientras no

empiece á cumplírsete. _Apurre_ ocho cuartos y vete bendita de Dios,

que algún día me darás las gracias.

Con mano trémula sacó Fonsa de la faltriquera las monedas que le pedía

la adivina; y no digo ocho cuartos, ocho mil la hubiera dado si los

hubiera tenido á su disposición. ¡Por cuatro monedas viles de cobre una

fortuna!

Hecho el pago de los ocho cuartos, salieron de la zahurda las dos

amigas, acompañándolas hasta la puerta la especie de fiera que la

habitaba.

Fonsa, cuando á la calle salió, no vió la luz del sol, ni la gente que

encontraba, ni el camino que seguía: toda su poca razón estaba ocupada

en desmenuzar las risueñas promesas que acababa de hacerle la adivina.

Así volvieron á la Plaza de la Verdura, donde la amiga de Fonsa hizo

una seña muy expresiva á cierta mujer que se hallaba vagando, como sin

objeto determinado, entre las banastas de frutas y repollos.

La mujer se acercó en seguida á las dos muchachas, y Fonsa al verla dió

un respingo. Había encontrado en ella todas las señas que la adivina le

había dado de la persona que debía anunciarle su felicidad.

--¿Á dónde va lo bueno?--dijo la recién llegada á las dos amigas.

--Pus aquí voy con Eldifonsa,--respondió la mentora de ésta recalcando

mucho el nombre.

--¿Eldifonsa has dicho?

--Sí, señora: Eldifonsa, una muchacha que vino de la aldea pocos meses

hace...

--¿Y que sirve en casa de...?

--Doña Liboria, que vive en la calle de San Francisco...

--¡La misma, hija! Vea usted si la suerte lo dispone bien. Pues tengo

que hablar contigo una cosa de mucha importancia, Eldifonsa... ¡Y vaya

si tienes todas las señas que me han dado!

--Entonces las dejo á ustedes solas para que hablen más á

satisfacción--dijo la pícara fregona disponiéndose á marcharse.--Mira,

Eldifonsa--añadió,--la señora es de toda mi confianza, y lo que ella te

diga ha de ser para tu provecho. Conque quédate con Dios, y usted lo

pase bien, doña Rosaura.

Y se fué la muy pícara.

Fonsa se quedó con la llamada doña Rosaura, sin saber lo que le pasaba.

Tantas coincidencias juntas eran para dar al traste con otra razón

menos dormida que la suya.

--Tengo que hablarte de parte de un caballero que te estima,--dijo de

sopetón doña Rosaura.

Oir esto y caérsele á Fonsa la cesta que llevaba al brazo, fué todo uno.

--¿Conque de parte de un caballero... que me estima?--tartamudeó al

cabo la inocente borrega, pellizcándose las uñas.

--Cabal,--insistió doña Rosaura, estudiando minuciosamente los efectos

del aturdimiento de su víctima.

--Y güeno, ¿y qué?--añadió ésta deseando saber algo más.

--Pos, hija de Dios, bien claro está: cuando pasan rábanos... y la

ocasión dicen que es calva. El caballero desea verte; principal, ya

es bien principal, y por lo que hace á campechano, no hay nada que

pedirle; y, según las trazas, está muy prendado de tí... Posupuesto,

hija mía, que yo en este asunto no soy más que una amiga de buen aquél

que se presta á servir á un amigo á quien se deben favores. «Que Fulana

me gusta y no puedo hablarla en la calle por el bien parecer»; que veo

yo á Fulana y la digo de parte de esa persona que esto, que lo otro y

lo de más allá, como ya has oído... Y velay lo que pasa... Conque tú

dirás.

--Y á usted, ¿qué le paece?--preguntó Fonsa con voz insegura, después

de meditar un rato, durante el cual recorrió muchas veces con los dedos

los tres lados sueltos de su delantal.

--¿Que qué me paece á mí?--respondió la supuesta embajadora, penetrando

con su mirada hasta el último rincón de la flaca mollera de la

sirvienta.--Pues á mí me paece, hablándote sin rodeos, que debes

aprovechar la ocasión que se te presenta de salir de miserias. ¡Vaya!

¡pues no faltaba más! ¡Una moza tan arrogante como tú, vestida todavía

con cuatro pispajos, cuando las más enfelices de las de tu clase gastan

lana y charol y paecen unas señoras prencipales!

¡Lana! ¡Charol! Pronunciar estas palabras junto á las orejas de Fonsa,

era soplar el fuego, empujar el cuerpo que rueda al abismo.

--Pero ¿sabe usted si ese caballero, vamos al decir, desea hacer mi

suerte sólo por el aquél del beneficio?--objetó la moza luchando con

sus últimos escrúpulos.

--Eso no se pregunta--replicó doña Rosaura, afectando

resentimiento...--Pero ¿de qué tierra vienes tú, mujer, que todavía te

paras en esos inconvenientes? ¡Ave María, qué poco conoces el mundo!

--¡Ay, doña Rosaura, que dicen que está perdío!

--Cuatro gazmoñas que desean echarse á perder, y ni así se acuerda

nadie de ellas.

--Con too y con eso, ¡si tuviera yo aquí á mi padre para pedirle

consejo!...

--¡Líbrete Dios de ello!--exclamó la consejera con una viveza como si

hubiera pisado lumbre.--Á los padres siempre les ciega el cariño que

tienen á los hijos, y por el afán de apartarlos del mal, los privan

del bien muy á menudo. Desengáñate, Eldifonsa: si quieres aprovechar

la ganga que se te ofrece, no solamente no has de decir una palabra

sobre el asunto á tu familia ni á tus amos, y has de guardar el secreto

hasta en sueños, sino que has de obedecer ciegamente, en todo lo que te

ordene, á la persona que te busca.

Esta última condición, por ser la misma que le impuso la adivina,

acabó de aturdir á Fonsa. Creyó á puño cerrado que se hallaba bajo

una influencia sobrenatural, y dando al traste con su último reparo,

entregóse á discreción á la voluntad de doña Rosaura.

Ésta, que no quería perder tiempo, se apresuró á preguntarla:

--¿Cuándo te toca salir?

--Yo salgo todos los días de fiesta por la tarde, hasta el anochecer.

--Mejor sería hasta un poco después de anochecido; pero, en fin... Hoy

es sábado; espérame mañana por la tarde á las cuatro en este mismo

sitio, vestida con la mejor ropa que tengas.

--¿Aónde vamos á dir?

--Aonde yo te lleve. Y te vuelvo á advertir que te dejes manejar de mí

y del caballero, si no quieres que se lo lleve todo la trampa; y ni en

sueños se te escape nada de lo que aquí hemos hablado; y mucho cuidao

también con no darte por conocida mía cuando vayas con alguno, sobre

todo con la señora.

--Curriente.

--Entonces, hasta mañana... y mira que si faltas, contra tí harás.

--No faltaré, doña Rosaura.

--Ya me darás las gracias algún día.

--¡Dios lo quiera!

Y las dos mujeres se separaron.

Fonsa, hechas las compras que se le habían encargado, volvió á casa dos

horas después de lo que debía, y oyó por esta falta tempestades de su

ama y estuvo á pique de ser despedida por algunas respuestas descaradas

que devolvió. Pasó todo el día y la mayor parte de la noche preocupada

y luchando con el recuerdo de los consejos de su padre, con el de los

augurios de la adivina y con el de las proposiciones de doña Rosaura. Á

veces temía algo que no veía claro, y medio se decidía á no asistir á

la cita; pero las raras coincidencias de la víspera, aquellas promesas

de fortuna hechas por la monstruosa vieja y puestas por la otra mujer

á dos dedos de la realidad, no eran para desechadas sin levantar antes

por lo menos la punta del velo misterioso. Durmióse, pues, en estas

reflexiones, amaneció el día siguiente, llegó la una de la tarde,

comieron sus amos á las dos y media, fregó la vasija, vistióse lo mejor

que pudo á las tres, y á las cuatro en punto se hallaba en la Plaza de

la Verdura saludando á doña Rosaura, á cuyo lado marchó en seguida por

la calle de Atarazanas adelante, y llegaron á la Cuesta del Hospital...

y se eclipsaron en una de sus afluentes callejuelas.

V

Aquí hay un paréntesis de algunas horas. Fonsa no vuelve á presentarse

en escena, en la escena que nos es lícito contemplar, hasta muy entrada

la noche. Entonces se la vió, á la escasa luz de los faroles, caminar

calle abajo hecha una exhalación, tomar por el Arco de la Reina, entrar

por Puerta-la-Sierra en la calle de San Francisco y llegar al portal de

su casa. Gruñendo como una jabalina, recibió de su ama la advertencia

de que al día siguiente sería despedida, supuesto que sus faltas, lejos

de corregirse, iban haciéndose más graves cada vez; dirigióse rápida

á su alcoba; rompió un cristal de la puerta al cerrarla con furia;

cambió su traje de gala por el de diario; fué á la cocina y se empeñó

en avivar el fuego del hogar vertiendo agua sobre los tizones, y sazonó

las alubias con azúcar y echó media libra de pimentón en la compota. Al

conocer tanta torpeza, se tiró de los pelos, lloró de coraje y maldijo

en sus adentros á la adivina, á doña Rosaura y á la picara que se las

había dado á conocer. Porque es de advertir que Fonsa, á pesar de su

roma inteligencia, había empezado á sospechar que era la víctima de una

infame combinación preparada contra ella; siendo lo peor del lance que

ya no podía retroceder, porque en ciertas situaciones, como al borde

de un abismo, el primer paso decide la caída, y Fonsa acababa de darle

corriendo ciega tras la confirmación de las risueñas profecías.

En vano buscó más tarde un poco de tranquilidad entre las dulzuras del

sueño; este caballerito sólo dispensa sus favores á los muy felices

ó á los muy perdidos, y Fonsa, aunque no pertenecía al grupo de los

segundos, estaba aquella noche muy lejos de ser de los primeros. Así

es que se la pasó en claro, batallando sin cesar con sus recuerdos

y, sobre todo, con el de los dos pobres viejos que en tanto tenían

su acrisolada honradez. Y tal la carcomía y la impresionaba éste,

que llegó á ponerse febril. Entonces se le representó la cara del

tío Celedonio más avinagrada y más contraída que nunca; vió la mano

del viejo campesino levantarse, armada de un palo de acebo, y hasta

sintió sobre sus costillas la impresión de un furibundo garrotazo.

Aparecíansele también en su delirio la casa de la adivina, y su amiga,

y un millar de barajas dispersas, y un señor que la echaba onzas y más

onzas sobre el delantal, y el delantal se llenaba de ellas, y caían

después por el suelo y nunca acababan de caer, y veía culebras que se

convertían en vacas y subían por la cuesta del Hospital detrás de

doña Rosaura, que iba vestida de escajos y tenía cabeza de raposa y

cola de lagarto; después asomaba un señor por una bocacalle, daba un

silbido, se espantaban las vacas y la corneaban á ella, que salía de

un portal muy largo, muy largo, muy largo, con vestido de merino de

lana y botas de charol; después se quería levantar, y venía su padre

con un garrote lleno de nudos y la molía las costillas; luego pasaba la

adivina sorbiendo tabaco y royendo un mendrugo, y se comía á su padre

de un bocado, y le daba un beso á ella, y de aquel beso salían barajas,

barajas, barajas y muchísimas botas de charol que recogía en la falda

del vestido; después se ponía á probárselas encima del campanario de

su lugar, bajo el cual estaba su rendido novio echándola una copla al

son de la bandurria y llorando al mismo tiempo á moco tendido. En esto

arreció el viento, zarandeó el campanario y la despidió por los aires.

Vuela, vuela, vuela y cae, cae, cae, parecióle haber estado bajando más

de tres días, al cabo de los cuales llegó al suelo... y volvió en sí.

Restregóse los ojos, vió la luz del crepúsculo de la mañana, orientóse

por completo, suspiró con la más negra pena y se levantó.

No bien hubo desempeñado las primeras faenas de su cargo y se

desayunó, le puso la señora la cuenta en la mano y la plantó en la

escalera. Lloró entonces Fonsa muchas lágrimas, y las lloró con el

corazón; pero se abstuvo de implorar misericordia, porque reconoció

todas sus culpas y se penetró de que su ama no había de creer en su

arrepentimiento.

Una vez en la calle, y puesto que, por entonces, no tenían remedio sus

pesares, se dedicó á recorrer tiendas, y compró el suspirado vestido,

las anheladas botas y aún algunas prendas más, y todavía le quedó

dinero sobrante. En la mañana del día anterior no le hubiera sido

posible adquirir ni siquiera el vestido con el saldo de su cuenta.

Convengamos en que los pronósticos de la adivina no fueron del todo

descabellados.

Con sus nuevas galas en la arquilla, que llevaba consigo, se encaminó

á la Plaza de la Verdura, centro obligado de esta clase de gente. Allí

encontró, al llegar, á doña Rosaura. Requemósele un poco la sangre á su

vista, y aun quiso decirle cuatro frescas; pero tales trazas se dió la

caritativa mediadora, que acabó Fonsa por mostrársele muy reconocida...

y por aceptar su casa para vivir mientras no hallase colocación.

Entre tanto supo doña Remedios que su recomendada había sido despedida,

y avisó inmediatamente á tío Celedonio para que le sirviera de

gobierno, añadiéndole que Fonsa no se le había presentado aún á

participarla el suceso, lo cual no le daba muy buena espina.

Mientras llegó la carta á la aldea, y lo supo tío Celedonio, y la sacó

de la estafeta, y halló quién se la leyera, y le lavó su mujer la

camisa fina, y secó ésta, se pasaron ocho días, al cabo de los cuales

entró el pobre aldeano en Santander, resuelto á llevarse á su hija

á machacar terrones si las disculpas que le diera no le satisfacían

completamente.

Dos días antes había sido colocada Fonsa en una casa que le proporcionó

su amiga, aquella buena pieza que la llevó á ver á la adivina. Allí la

encontró su padre; y aunque le repitió doña Remedios que no la había

visto desde que fué despedida y que no le gustaban las noticias que de

su comportamiento le había dado la familia á que acababa de servir,

como los nuevos amos no le dijeron nada malo de su hija, y como ésta,

entre protestas, lágrimas y disculpas, le entregó enterito el saldo

de su cuenta, tío Celedonio se dió por muy satisfecho y se volvió á

la aldea, creyendo de todo corazón que Fonsa estaba en grande y que

nada tenía que temer por ella. Quedóse, pues, otra vez en Santander

la temeraria muchachona, libre de la tutela de doña Remedios, y

descuidada, por entonces, en cuanto á sospechas y recelos de su

familia.

Durante los seis días que vivió con doña Rosaura consiguió ésta

hacerla transigir con muchos escrúpulos. Fonsa comprendió al fin qué

género de prosperidad era el que le habían dispuesto entre la adivina

y sus agentes, y no deliró, como la noche de marras, al conocer tan

triste verdad; en una palabra, Fonsa no aceptó su situación sin cierto

disgusto, pero se resignó á ella. Doña Rosaura quiso más aún y obró en

consecuencia.

No llevaba la inexperta muchacha quince días de servicio en casa de sus

nuevos amos, cuando su amiguita le dijo:

--Es preciso, Eldifonsa, que cambies de clase: ya tienes ropas como

la más peripuesta y estás afinada que pasmas; tienes que dejar de ser

cocinera y tratar de ser _doncella_.

--¡Á güen tiempo te alcuerdas!--respondió Fonsa con una sinceridad

admirable.

--Nunca es tarde para eso, chica.

--Vaya un arte de doncella que tengo yo, que ni sé planchar, ni recibir

como se debe á las señoras, ni amañarme con toas esas zarandajas del

oficio.

--Todo eso se aprende en tres días. Y por de pronto, vas á dejar de ir

al _Reganche_ los domingos y te vas á venir conmigo al _Relajo_, para

que empieces á tratar gentes de mundo.

--¡Al _Relajo_! ¡Pero si en mi vida he bailao por lo _fino_!

--Ya te enseñarán allí mismo.

_El Relajo_, _El Crimen_, _La Chaqueta al hombro_, _El Infierno_, etc.,

son otros tantos salones de baile que han gozado, y aún gozan algunos

de ellos, gran boga en Santander entre las fregonas más desastradas

y los aficionados á este género _desastroso_. Cómo en esos salones

se baila y cómo se conduce en ellos la concurrencia, lo dicen bien

gráficamente los títulos de las mismas sociedades.

Fonsa entró un domingo con su amiga en el _Relajo_; y se aturdió por

de pronto al ver aquella multitud de personas que giraban, aullando

como bestias, en brazos unas de otras, al son de una murga estridente

y bajo una atmósfera de tabaco y aceite de candil. Poco á poco se fué

orientando; y como era frescachona y rolliza, cosas bastante raras en

aquel _agosto_ nauseabundo, pronto se halló solicitada por un sinnúmero

de _caballeros_ que aspiraban á la honra de _bailarla_. Quiso excusarse

diciendo que no sabía bailar; pero lo puso peor así: todos se brindaron

á enseñarla. Una chica que no sabe bailar es una ganga en semejantes

salones: primero, porque revela cierta inocencia de costumbres muy

envidiable; y segundo, porque enseñarla á bailar es lo mismo que estar

autorizado para estrujarla, resobarla y exprimirla. Fonsa cayó en

manos, mejor dicho, en brazos de un _maestro_ que había sido en Madrid

estudiante de medicina catorce años seguidos sin haber ganado tres

cursos. Después bailó con un corneta de la guarnición, y, por último,

con un corista del teatro, á quien le faltaban la campanilla y media

nariz.

--¿Qué tal?--le preguntó la amiga al salir del baile.

--¡Manífico, chica!--respondió Fonsa.--Al escomenzar me dió algo de

vergüenza; pero en seguida la perdí toa... Mucho empujón y muchísimo

pellizco me han dao, eso sí; pero también te aseguro que me he divertío

de lo güeno... Y que al mesmo tiempo he aprendío el valseo y las

habaneras, ¡vaya!... ¡Y bien que me gustan! ¡Güeña deferiencia va de

esto al Reganche!... Vendremos todos los domingos, ¿eh?

La amiga, como era de esperar, aplaudió tan buenos propósitos.

Para abreviar: Fonsa perseveró tanto en ellos, que antes de tres

semanas fué despedida de la casa en que servía, y en vano trató de

entrar en otras en calidad de _doncella_. Su vida agitada la impedía

cumplir con sus deberes domésticos, y encontraba insoportable la

sujeción y mezquino el sueldo que ésta le proporcionaba. Declaróse,

pues, libre y se instaló en casa de doña Rosaura.--No aspiraba ésta á

otra cosa.

Así vivió dos meses, entregada de lleno á las emociones del baile

y á otras aún de peor calidad; hízose popular en los _salones_ del

_Relajo_, del _Crimen_ y del _Infierno_, y continuó progresando en esta

senda, hasta que no tuvo el diablo por donde desecharla.

Supo tío Celedonio algo de lo que pasaba: vino á Santander, obligóla á

irse con él al pueblo, la arrimó allí un par de palizas de padre y muy

señor mío, y la hizo trabajar en las más rudas faenas de la labranza.

Pero Fonsa no era ya capaz de soportarlas; y un día, muy tempranito,

hizo un lío con su mejor ropa y desapareció de la aldea. Buscáronla sus

padres con el ahinco que ustedes pueden imaginarse, pero todo fué en

vano: Fonsa no volvió á parecer para los pobres viejos, que se murieron

algún tiempo después rogando á Dios por ella.

¿Adónde había ido? ¿Cuál fué su paradero?

No contándose segura en Santander, adonde volvió cuando se escapó de

casa, largóse á Madrid con el doble objeto de continuar su carrera en

mayor escala y vivir más á cubierto de la persecución de su familia.

Entregóse en la corte á todo género de licencias; perdió muy pronto

las pocas gracias que debía á la naturaleza; y hambrienta, casi desnuda

y enferma, cayó una noche de enero sobre un montón de basura en un

rincón de una plazuela, y allí se recogió al amanecer su rígido cadáver.

[Ilustración]

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Tipos y paisajes · 第 57 / 63 题