Fonsa, temblando de emoción, se puso á las órdenes de su amiga y
salió con ella de la plaza; tomaron por la calle de la Lealtad, y,
torciendo por otras callejuelas, entraron en un portal obscuro,
angosto y lóbrego, del que arrancaba una escalera carcomida y tortuosa.
Subieron una docena de peldaños y se detuvieron delante de una puerta
tan miserable como la escalera. Llamó la amiga de Fonsa y salió á
abrir un ser que no me atrevo á calificar de mujer porque no se ofenda
el «_bello_ sexo». Era una mole de carne mugrienta y asquerosa, mal
cubierta con algunos trapos tan sucios como la carne; arrastraba en los
hinchados pies unos soletos, y tenía, en lo que llamaremos cara, dos á
manera de ojos ribeteados de sangre; una, como nariz, atascada de rapé,
y alrededor de una abertura, que pudiera ser la boca, sucia y profunda,
como el foso de una letrina, crecían rígidas y dispersas algunas cerdas
grises.
--¡Entray, buenas mozas!--dijo con voz de trueno á las recién llegadas.
Y éstas siguieron al extraño ser por una especie de caverna donde
se respiraba una atmósfera que debía de parecerse mucho á la de las
guaridas de las fieras.
Á Fonsa le temblaban las piernas y le palpitaba el corazón. Lo que
estaba viendo no se parecía en nada á cuanto ella se había imaginado
sobre los hechiceros de las coplas y las viejas de los cuentos que
sabía. Por eso, si hasta entonces había creído en el poder de las
adivinas, desde aquel momento las suponía capaces de competir con el
mismo demonio.
La vieja se detuvo en un sitio donde la habitación era un poco más
ancha y menos obscura. No había allí más muebles que un banquillo
cojo de madera de pino y una mesa de la misma clase, sobre la cual se
sostenía, adherido á sus propias lágrimas, un cabo de vela de sebo.
En un rincón de la misma pieza había un jergón sucio y desgarrado. El
suelo y las paredes estaban cubiertas de roña, lamparones y telarañas.
Fonsa no podía orientarse en aquel antro asqueroso, ni siquiera darse
cuenta de los objetos que la rodeaban. Por eso no se fijó en que su
amiga habló muy callandito algunas palabras con la vieja.
Ésta, cuando hubo oído á su discreta interlocutora y después de mirar á
Fonsa con un gesto que la hizo estremecer, llevó la diestra mano á su
enorme seno, y extrajo de él un papel sucio y arrugado, un mendrugo de
pan tan sucio como el papel, y una baraja mucho más asquerosa que el
pan y el envoltorio. Tomó de éste entre el índice y el pulgar una buena
porción de rapé que sorbieron con avidez sus narices, llevó á la boca
el mendrugo y puso la baraja sobre la mesa.
--¿Á quién echo las cartas?--preguntó.
--Á ésta,--contestó, señalando á Fonsa, su amiga.
--Corta,--dijo la adivina presentando la baraja.
Fonsa, temblando como un azogado, hizo de la baraja dos montones.
--Se me figura que voy á decirte algo bueno, guapa moza--murmuró la
mujerona reuniendo la baraja.--Y cuidado que lo que yo digo se cumple
como el Evangelio; y aquí está tu amiga que no me dejará mentirosa. ¿Eh?
--No, señora, no; ya la he dicho que todo se me cumplió al respetive de
lo prometido.
--Es que yo no soy como esas embaucadoras de tres al cuarto, que andan
por la plaza engañando á las inocentes con una mala baraja sin virtud.
Yo puedo decir con vanidad y con orgullo, que heredé estas cartas de
una adivina que las compró á costa de su alma, en una noche de truenos,
á un espíritu que se le metió por la chimenea.
Fonsa, al oir esto, pensó que la tragaba la tierra; cerró los ojos, y
admiró á aquel monstruo que tales armas usaba.
--Y ahora que sabes--añadió la adivina,--lo que puedo, guárdate muy
bien de no poner en planta mis consejos, pues no te perdonaría Dios si
los desecharas.
Tras esto, y cuando conoció que Fonsa estaba completamente fascinada y
aturdida y dispuesta á dudar, antes que de su poder, de la misericordia
de Dios, comenzó á tender las cartas en la mesa y á hacer sobre ellas,
á medida que iban saliendo de la baraja, comentarios de este jaez:
--Oros arriba, bastos abajo: ni bueno ni malo. Oros, más oros; copas
boca abajo: tú tienes deseos. Rey de copas: de lo que no está á tus
alcances. Oros otra vez, el as: dinero te hace falta. Otro rey con
túnica: vestido apeteces. Espadas ahora: por la guerra. No, que salen
bastos, por la aldea: trabajos en ella; no te convienen. Más oros
todavía: tendrás el vestido. Más oros, la sota... y muchas galas y
primores. El caballo detrás: un caballero se prendará de tí que te
llenará de riquezas. Sota de copas: una mujer barrunta, morena de
color. Bastos atravesados: sin fuerza ni poder. Más oros: la fortuna
te persigue. Cinco y cuatro nueve, y siete diez y seis, y trece de
los lados veintinueve... y ahora la sota de bastos: joven será y con
bastón. Más oros: rico otra vez.
Y así prosiguió hasta que se acabó la baraja. Volvió en seguida á
reunirla y tornó á desparramarla acompañándose con la propia jerga, y
así continuó hasta tres veces.
Fonsa estaba aplanada de sorpresa, de terror y de gozo, todo junto.
Pero aún se aplanó más cuando la adivina le hizo el resumen de sus
investigaciones cabalísticas en estos términos:
--Un caballero bien parecido y muy principal se prendará de tí, y esto
te lo hará saber á la hora menos pensada por medio de una mujer morena
con un lunar en el carrillo izquierdo, una verruga debajo de la nariz
y vestida de obscuro, con un pañuelo á la cabeza. El caballero hará tu
suerte si no te niegas á nada de lo que te ordene ni de lo que disponga
la mujer que ha de hablarte de su parte. Tendrás por de pronto el
vestido de merino y las botas de charol que deseas, y estarás muy poco
tiempo sirviendo, porque tú has nacido para mayores puestos. No dirás
nada de todo esto á tu familia, ni á tus amos, ni á nadie, mientras no
empiece á cumplírsete. _Apurre_ ocho cuartos y vete bendita de Dios,
que algún día me darás las gracias.
Con mano trémula sacó Fonsa de la faltriquera las monedas que le pedía
la adivina; y no digo ocho cuartos, ocho mil la hubiera dado si los
hubiera tenido á su disposición. ¡Por cuatro monedas viles de cobre una
fortuna!
Hecho el pago de los ocho cuartos, salieron de la zahurda las dos
amigas, acompañándolas hasta la puerta la especie de fiera que la
habitaba.
Fonsa, cuando á la calle salió, no vió la luz del sol, ni la gente que
encontraba, ni el camino que seguía: toda su poca razón estaba ocupada
en desmenuzar las risueñas promesas que acababa de hacerle la adivina.
Así volvieron á la Plaza de la Verdura, donde la amiga de Fonsa hizo
una seña muy expresiva á cierta mujer que se hallaba vagando, como sin
objeto determinado, entre las banastas de frutas y repollos.
La mujer se acercó en seguida á las dos muchachas, y Fonsa al verla dió
un respingo. Había encontrado en ella todas las señas que la adivina le
había dado de la persona que debía anunciarle su felicidad.
--¿Á dónde va lo bueno?--dijo la recién llegada á las dos amigas.
--Pus aquí voy con Eldifonsa,--respondió la mentora de ésta recalcando
mucho el nombre.
--¿Eldifonsa has dicho?
--Sí, señora: Eldifonsa, una muchacha que vino de la aldea pocos meses
hace...
--¿Y que sirve en casa de...?
--Doña Liboria, que vive en la calle de San Francisco...
--¡La misma, hija! Vea usted si la suerte lo dispone bien. Pues tengo
que hablar contigo una cosa de mucha importancia, Eldifonsa... ¡Y vaya
si tienes todas las señas que me han dado!
--Entonces las dejo á ustedes solas para que hablen más á
satisfacción--dijo la pícara fregona disponiéndose á marcharse.--Mira,
Eldifonsa--añadió,--la señora es de toda mi confianza, y lo que ella te
diga ha de ser para tu provecho. Conque quédate con Dios, y usted lo
pase bien, doña Rosaura.
Y se fué la muy pícara.
Fonsa se quedó con la llamada doña Rosaura, sin saber lo que le pasaba.
Tantas coincidencias juntas eran para dar al traste con otra razón
menos dormida que la suya.
--Tengo que hablarte de parte de un caballero que te estima,--dijo de
sopetón doña Rosaura.
Oir esto y caérsele á Fonsa la cesta que llevaba al brazo, fué todo uno.
--¿Conque de parte de un caballero... que me estima?--tartamudeó al
cabo la inocente borrega, pellizcándose las uñas.
--Cabal,--insistió doña Rosaura, estudiando minuciosamente los efectos
del aturdimiento de su víctima.
--Y güeno, ¿y qué?--añadió ésta deseando saber algo más.
--Pos, hija de Dios, bien claro está: cuando pasan rábanos... y la
ocasión dicen que es calva. El caballero desea verte; principal, ya
es bien principal, y por lo que hace á campechano, no hay nada que
pedirle; y, según las trazas, está muy prendado de tí... Posupuesto,
hija mía, que yo en este asunto no soy más que una amiga de buen aquél
que se presta á servir á un amigo á quien se deben favores. «Que Fulana
me gusta y no puedo hablarla en la calle por el bien parecer»; que veo
yo á Fulana y la digo de parte de esa persona que esto, que lo otro y
lo de más allá, como ya has oído... Y velay lo que pasa... Conque tú
dirás.
--Y á usted, ¿qué le paece?--preguntó Fonsa con voz insegura, después
de meditar un rato, durante el cual recorrió muchas veces con los dedos
los tres lados sueltos de su delantal.
--¿Que qué me paece á mí?--respondió la supuesta embajadora, penetrando
con su mirada hasta el último rincón de la flaca mollera de la
sirvienta.--Pues á mí me paece, hablándote sin rodeos, que debes
aprovechar la ocasión que se te presenta de salir de miserias. ¡Vaya!
¡pues no faltaba más! ¡Una moza tan arrogante como tú, vestida todavía
con cuatro pispajos, cuando las más enfelices de las de tu clase gastan
lana y charol y paecen unas señoras prencipales!
¡Lana! ¡Charol! Pronunciar estas palabras junto á las orejas de Fonsa,
era soplar el fuego, empujar el cuerpo que rueda al abismo.
--Pero ¿sabe usted si ese caballero, vamos al decir, desea hacer mi
suerte sólo por el aquél del beneficio?--objetó la moza luchando con
sus últimos escrúpulos.
--Eso no se pregunta--replicó doña Rosaura, afectando
resentimiento...--Pero ¿de qué tierra vienes tú, mujer, que todavía te
paras en esos inconvenientes? ¡Ave María, qué poco conoces el mundo!
--¡Ay, doña Rosaura, que dicen que está perdío!
--Cuatro gazmoñas que desean echarse á perder, y ni así se acuerda
nadie de ellas.
--Con too y con eso, ¡si tuviera yo aquí á mi padre para pedirle
consejo!...
--¡Líbrete Dios de ello!--exclamó la consejera con una viveza como si
hubiera pisado lumbre.--Á los padres siempre les ciega el cariño que
tienen á los hijos, y por el afán de apartarlos del mal, los privan
del bien muy á menudo. Desengáñate, Eldifonsa: si quieres aprovechar
la ganga que se te ofrece, no solamente no has de decir una palabra
sobre el asunto á tu familia ni á tus amos, y has de guardar el secreto
hasta en sueños, sino que has de obedecer ciegamente, en todo lo que te
ordene, á la persona que te busca.
Esta última condición, por ser la misma que le impuso la adivina,
acabó de aturdir á Fonsa. Creyó á puño cerrado que se hallaba bajo
una influencia sobrenatural, y dando al traste con su último reparo,
entregóse á discreción á la voluntad de doña Rosaura.
Ésta, que no quería perder tiempo, se apresuró á preguntarla:
--¿Cuándo te toca salir?
--Yo salgo todos los días de fiesta por la tarde, hasta el anochecer.
--Mejor sería hasta un poco después de anochecido; pero, en fin... Hoy
es sábado; espérame mañana por la tarde á las cuatro en este mismo
sitio, vestida con la mejor ropa que tengas.
--¿Aónde vamos á dir?
--Aonde yo te lleve. Y te vuelvo á advertir que te dejes manejar de mí
y del caballero, si no quieres que se lo lleve todo la trampa; y ni en
sueños se te escape nada de lo que aquí hemos hablado; y mucho cuidao
también con no darte por conocida mía cuando vayas con alguno, sobre
todo con la señora.
--Curriente.
--Entonces, hasta mañana... y mira que si faltas, contra tí harás.
--No faltaré, doña Rosaura.
--Ya me darás las gracias algún día.
--¡Dios lo quiera!
Y las dos mujeres se separaron.
Fonsa, hechas las compras que se le habían encargado, volvió á casa dos
horas después de lo que debía, y oyó por esta falta tempestades de su
ama y estuvo á pique de ser despedida por algunas respuestas descaradas
que devolvió. Pasó todo el día y la mayor parte de la noche preocupada
y luchando con el recuerdo de los consejos de su padre, con el de los
augurios de la adivina y con el de las proposiciones de doña Rosaura. Á
veces temía algo que no veía claro, y medio se decidía á no asistir á
la cita; pero las raras coincidencias de la víspera, aquellas promesas
de fortuna hechas por la monstruosa vieja y puestas por la otra mujer
á dos dedos de la realidad, no eran para desechadas sin levantar antes
por lo menos la punta del velo misterioso. Durmióse, pues, en estas
reflexiones, amaneció el día siguiente, llegó la una de la tarde,
comieron sus amos á las dos y media, fregó la vasija, vistióse lo mejor
que pudo á las tres, y á las cuatro en punto se hallaba en la Plaza de
la Verdura saludando á doña Rosaura, á cuyo lado marchó en seguida por
la calle de Atarazanas adelante, y llegaron á la Cuesta del Hospital...
y se eclipsaron en una de sus afluentes callejuelas.
V
Aquí hay un paréntesis de algunas horas. Fonsa no vuelve á presentarse
en escena, en la escena que nos es lícito contemplar, hasta muy entrada
la noche. Entonces se la vió, á la escasa luz de los faroles, caminar
calle abajo hecha una exhalación, tomar por el Arco de la Reina, entrar
por Puerta-la-Sierra en la calle de San Francisco y llegar al portal de
su casa. Gruñendo como una jabalina, recibió de su ama la advertencia
de que al día siguiente sería despedida, supuesto que sus faltas, lejos
de corregirse, iban haciéndose más graves cada vez; dirigióse rápida
á su alcoba; rompió un cristal de la puerta al cerrarla con furia;
cambió su traje de gala por el de diario; fué á la cocina y se empeñó
en avivar el fuego del hogar vertiendo agua sobre los tizones, y sazonó
las alubias con azúcar y echó media libra de pimentón en la compota. Al
conocer tanta torpeza, se tiró de los pelos, lloró de coraje y maldijo
en sus adentros á la adivina, á doña Rosaura y á la picara que se las
había dado á conocer. Porque es de advertir que Fonsa, á pesar de su
roma inteligencia, había empezado á sospechar que era la víctima de una
infame combinación preparada contra ella; siendo lo peor del lance que
ya no podía retroceder, porque en ciertas situaciones, como al borde
de un abismo, el primer paso decide la caída, y Fonsa acababa de darle
corriendo ciega tras la confirmación de las risueñas profecías.
En vano buscó más tarde un poco de tranquilidad entre las dulzuras del
sueño; este caballerito sólo dispensa sus favores á los muy felices
ó á los muy perdidos, y Fonsa, aunque no pertenecía al grupo de los
segundos, estaba aquella noche muy lejos de ser de los primeros. Así
es que se la pasó en claro, batallando sin cesar con sus recuerdos
y, sobre todo, con el de los dos pobres viejos que en tanto tenían
su acrisolada honradez. Y tal la carcomía y la impresionaba éste,
que llegó á ponerse febril. Entonces se le representó la cara del
tío Celedonio más avinagrada y más contraída que nunca; vió la mano
del viejo campesino levantarse, armada de un palo de acebo, y hasta
sintió sobre sus costillas la impresión de un furibundo garrotazo.
Aparecíansele también en su delirio la casa de la adivina, y su amiga,
y un millar de barajas dispersas, y un señor que la echaba onzas y más
onzas sobre el delantal, y el delantal se llenaba de ellas, y caían
después por el suelo y nunca acababan de caer, y veía culebras que se
convertían en vacas y subían por la cuesta del Hospital detrás de
doña Rosaura, que iba vestida de escajos y tenía cabeza de raposa y
cola de lagarto; después asomaba un señor por una bocacalle, daba un
silbido, se espantaban las vacas y la corneaban á ella, que salía de
un portal muy largo, muy largo, muy largo, con vestido de merino de
lana y botas de charol; después se quería levantar, y venía su padre
con un garrote lleno de nudos y la molía las costillas; luego pasaba la
adivina sorbiendo tabaco y royendo un mendrugo, y se comía á su padre
de un bocado, y le daba un beso á ella, y de aquel beso salían barajas,
barajas, barajas y muchísimas botas de charol que recogía en la falda
del vestido; después se ponía á probárselas encima del campanario de
su lugar, bajo el cual estaba su rendido novio echándola una copla al
son de la bandurria y llorando al mismo tiempo á moco tendido. En esto
arreció el viento, zarandeó el campanario y la despidió por los aires.
Vuela, vuela, vuela y cae, cae, cae, parecióle haber estado bajando más
de tres días, al cabo de los cuales llegó al suelo... y volvió en sí.
Restregóse los ojos, vió la luz del crepúsculo de la mañana, orientóse
por completo, suspiró con la más negra pena y se levantó.
No bien hubo desempeñado las primeras faenas de su cargo y se
desayunó, le puso la señora la cuenta en la mano y la plantó en la
escalera. Lloró entonces Fonsa muchas lágrimas, y las lloró con el
corazón; pero se abstuvo de implorar misericordia, porque reconoció
todas sus culpas y se penetró de que su ama no había de creer en su
arrepentimiento.
Una vez en la calle, y puesto que, por entonces, no tenían remedio sus
pesares, se dedicó á recorrer tiendas, y compró el suspirado vestido,
las anheladas botas y aún algunas prendas más, y todavía le quedó
dinero sobrante. En la mañana del día anterior no le hubiera sido
posible adquirir ni siquiera el vestido con el saldo de su cuenta.
Convengamos en que los pronósticos de la adivina no fueron del todo
descabellados.
Con sus nuevas galas en la arquilla, que llevaba consigo, se encaminó
á la Plaza de la Verdura, centro obligado de esta clase de gente. Allí
encontró, al llegar, á doña Rosaura. Requemósele un poco la sangre á su
vista, y aun quiso decirle cuatro frescas; pero tales trazas se dió la
caritativa mediadora, que acabó Fonsa por mostrársele muy reconocida...
y por aceptar su casa para vivir mientras no hallase colocación.
Entre tanto supo doña Remedios que su recomendada había sido despedida,
y avisó inmediatamente á tío Celedonio para que le sirviera de
gobierno, añadiéndole que Fonsa no se le había presentado aún á
participarla el suceso, lo cual no le daba muy buena espina.
Mientras llegó la carta á la aldea, y lo supo tío Celedonio, y la sacó
de la estafeta, y halló quién se la leyera, y le lavó su mujer la
camisa fina, y secó ésta, se pasaron ocho días, al cabo de los cuales
entró el pobre aldeano en Santander, resuelto á llevarse á su hija
á machacar terrones si las disculpas que le diera no le satisfacían
completamente.
Dos días antes había sido colocada Fonsa en una casa que le proporcionó
su amiga, aquella buena pieza que la llevó á ver á la adivina. Allí la
encontró su padre; y aunque le repitió doña Remedios que no la había
visto desde que fué despedida y que no le gustaban las noticias que de
su comportamiento le había dado la familia á que acababa de servir,
como los nuevos amos no le dijeron nada malo de su hija, y como ésta,
entre protestas, lágrimas y disculpas, le entregó enterito el saldo
de su cuenta, tío Celedonio se dió por muy satisfecho y se volvió á
la aldea, creyendo de todo corazón que Fonsa estaba en grande y que
nada tenía que temer por ella. Quedóse, pues, otra vez en Santander
la temeraria muchachona, libre de la tutela de doña Remedios, y
descuidada, por entonces, en cuanto á sospechas y recelos de su
familia.
Durante los seis días que vivió con doña Rosaura consiguió ésta
hacerla transigir con muchos escrúpulos. Fonsa comprendió al fin qué
género de prosperidad era el que le habían dispuesto entre la adivina
y sus agentes, y no deliró, como la noche de marras, al conocer tan
triste verdad; en una palabra, Fonsa no aceptó su situación sin cierto
disgusto, pero se resignó á ella. Doña Rosaura quiso más aún y obró en
consecuencia.
No llevaba la inexperta muchacha quince días de servicio en casa de sus
nuevos amos, cuando su amiguita le dijo:
--Es preciso, Eldifonsa, que cambies de clase: ya tienes ropas como
la más peripuesta y estás afinada que pasmas; tienes que dejar de ser
cocinera y tratar de ser _doncella_.
--¡Á güen tiempo te alcuerdas!--respondió Fonsa con una sinceridad
admirable.
--Nunca es tarde para eso, chica.
--Vaya un arte de doncella que tengo yo, que ni sé planchar, ni recibir
como se debe á las señoras, ni amañarme con toas esas zarandajas del
oficio.
--Todo eso se aprende en tres días. Y por de pronto, vas á dejar de ir
al _Reganche_ los domingos y te vas á venir conmigo al _Relajo_, para
que empieces á tratar gentes de mundo.
--¡Al _Relajo_! ¡Pero si en mi vida he bailao por lo _fino_!
--Ya te enseñarán allí mismo.
_El Relajo_, _El Crimen_, _La Chaqueta al hombro_, _El Infierno_, etc.,
son otros tantos salones de baile que han gozado, y aún gozan algunos
de ellos, gran boga en Santander entre las fregonas más desastradas
y los aficionados á este género _desastroso_. Cómo en esos salones
se baila y cómo se conduce en ellos la concurrencia, lo dicen bien
gráficamente los títulos de las mismas sociedades.
Fonsa entró un domingo con su amiga en el _Relajo_; y se aturdió por
de pronto al ver aquella multitud de personas que giraban, aullando
como bestias, en brazos unas de otras, al son de una murga estridente
y bajo una atmósfera de tabaco y aceite de candil. Poco á poco se fué
orientando; y como era frescachona y rolliza, cosas bastante raras en
aquel _agosto_ nauseabundo, pronto se halló solicitada por un sinnúmero
de _caballeros_ que aspiraban á la honra de _bailarla_. Quiso excusarse
diciendo que no sabía bailar; pero lo puso peor así: todos se brindaron
á enseñarla. Una chica que no sabe bailar es una ganga en semejantes
salones: primero, porque revela cierta inocencia de costumbres muy
envidiable; y segundo, porque enseñarla á bailar es lo mismo que estar
autorizado para estrujarla, resobarla y exprimirla. Fonsa cayó en
manos, mejor dicho, en brazos de un _maestro_ que había sido en Madrid
estudiante de medicina catorce años seguidos sin haber ganado tres
cursos. Después bailó con un corneta de la guarnición, y, por último,
con un corista del teatro, á quien le faltaban la campanilla y media
nariz.
--¿Qué tal?--le preguntó la amiga al salir del baile.
--¡Manífico, chica!--respondió Fonsa.--Al escomenzar me dió algo de
vergüenza; pero en seguida la perdí toa... Mucho empujón y muchísimo
pellizco me han dao, eso sí; pero también te aseguro que me he divertío
de lo güeno... Y que al mesmo tiempo he aprendío el valseo y las
habaneras, ¡vaya!... ¡Y bien que me gustan! ¡Güeña deferiencia va de
esto al Reganche!... Vendremos todos los domingos, ¿eh?
La amiga, como era de esperar, aplaudió tan buenos propósitos.
Para abreviar: Fonsa perseveró tanto en ellos, que antes de tres
semanas fué despedida de la casa en que servía, y en vano trató de
entrar en otras en calidad de _doncella_. Su vida agitada la impedía
cumplir con sus deberes domésticos, y encontraba insoportable la
sujeción y mezquino el sueldo que ésta le proporcionaba. Declaróse,
pues, libre y se instaló en casa de doña Rosaura.--No aspiraba ésta á
otra cosa.
Así vivió dos meses, entregada de lleno á las emociones del baile
y á otras aún de peor calidad; hízose popular en los _salones_ del
_Relajo_, del _Crimen_ y del _Infierno_, y continuó progresando en esta
senda, hasta que no tuvo el diablo por donde desecharla.
Supo tío Celedonio algo de lo que pasaba: vino á Santander, obligóla á
irse con él al pueblo, la arrimó allí un par de palizas de padre y muy
señor mío, y la hizo trabajar en las más rudas faenas de la labranza.
Pero Fonsa no era ya capaz de soportarlas; y un día, muy tempranito,
hizo un lío con su mejor ropa y desapareció de la aldea. Buscáronla sus
padres con el ahinco que ustedes pueden imaginarse, pero todo fué en
vano: Fonsa no volvió á parecer para los pobres viejos, que se murieron
algún tiempo después rogando á Dios por ella.
¿Adónde había ido? ¿Cuál fué su paradero?
No contándose segura en Santander, adonde volvió cuando se escapó de
casa, largóse á Madrid con el doble objeto de continuar su carrera en
mayor escala y vivir más á cubierto de la persecución de su familia.
Entregóse en la corte á todo género de licencias; perdió muy pronto
las pocas gracias que debía á la naturaleza; y hambrienta, casi desnuda
y enferma, cayó una noche de enero sobre un montón de basura en un
rincón de una plazuela, y allí se recogió al amanecer su rígido cadáver.
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