[7] Coloque el lector en este espacio el nombre del pueblo de
la Montaña que más adecuado al asunto le parezca, pues yo no me
atrevo á hacerlo por mi propia cuenta, conociendo, como conozco la
susceptibilidad aprensiva de más de un _fidalgo_ paisano mío.--(N. de
la ed. de 1871).
[8] Pronúncielo el lector como está escrito, que así hacía don
Robustiano.
[9] La costumbre de _cantar_ de esa manera es aún bastante frecuente
en la Montaña; pero más que á los novios en sus bodas suele dedicarse
el obsequio á los hijos del pueblo cuando, tras de muchos años de
ausencia, vuelven ricos á él, y al Santo patrono, cuando le llevan
en procesión. Los dos versos que ponemos en boca del segundo coro,
son los que se cantan siempre en tales casos, como estribillo, con la
alteración conveniente en el primero, según el Santo de la localidad y
objeto del festejo.--(N. de la ed. de 1871).
[Ilustración]
LOS BAÑOS DEL SARDINERO
Á VISTA DE CASTELLANO RANCIO
--¿Y en qué coche vamos?
--En el primero que encontremos en la Plaza Nueva...
--Ahí tiene usted tres... cuatro...
--¿Y cuál será el mejor?
--Todos ellos son peores; pero vamos á tomar aquél que se está ocupando
ya, porque será el primero que salga. Iremos en la delantera, si á
usted le parece.
--Perfectamente: con eso veré mejor el paisaje. Á mí me gusta mucho
la campiña de aquí. Además, ya sabe usted que no he visto aún la mar,
porque me guardo esa sorpresa para hoy: quiero verla de sopetón, como
si dijéramos... ¡Oiga! ¿Sabe usted que son de rechupete estas dos
madamitas que van en el interior? ¡Caracoles, y qué bien les cae el
sombrerito ladeado!... Pues mire usted la señora que está en el rincón
de mi derecha: ocupa ella sola medio coche... y parece joven y muy
bonita; digo, si el velo del demonio del gorro que lleva puesto no me
engaña.
--Que todo podrá ser.
--¿Le parece á usted?
--Lo que á mí me parece es que está usted muy animado para ser tan
tempranito.
--¡Qué quiere usted, hombre! Viene uno de aquel demonches de Campos
donde todo se ve de un color, y ese malo, y parece que aquí se ensancha
el corazón entre tanto verde, y, sobre todo, entre tanta gracia como
Dios echó encima de estas criaturas... ¡Zape! qué mal movimiento tiene
este coche... ¡Buenas casas son éstas!... ¡digo, pues es nuevo todo el
barrio!... Una iglesia en construcción...
--Por construída pasa hoy.
--Hará poco que se empezó.
--Muy poco, unos trece años.
--¡Anda! ¿pues y eso? Escasearía el dinero.
--No, señor: con lo que han costado esas paredes se hubiera hecho una
catedral en cualquier otro pueblo.
--Pues no lo comprendo.
--Ni yo tampoco.
--¡Qué repecho tan penoso!... y se llama «_Calle de Motezuma_». ¡Y qué
fea es la condenada de la calle!... ¡Hola! ya estamos en el camino
real... Me parece que aquello es la plaza de toros, ¿eh?
--Precisamente.
--¡Bien, canario! le confieso á usted que se me hincha la vanidad de
castellano cuando veo entrar á los pueblos por esas reformas. Una plaza
de toros no debe faltar nunca en ninguna población nuestra que se
aprecie en algo. Ó somos españoles ó no lo somos. ¿No-verdá-usté?
--Claro... y ¡viva la Pepa!
--Ya se ve que sí. Con tal de que haya trigo en Castilla para los que
quieran pagarle bien...
--¡Cabales! aunque coman los pobres de allá y de acá centeno y borona.
--Ésa es la derecha, que así lo quiso Dios: por eso los dedos de la
mano no son iguales. Dejemos al extranjero, que no tiene riquezas
propias, arreglárselas con sus industrias, ó sus brujerías, como dice
el señor cura de mi pueblo, que ellas le darán el pago... ¡Canario, qué
vuelta tan en corto! Por lo que se ve, es recién hecho este camino.
--Sí, señor: es más recto y menos penoso que el antiguo, que es el que
hemos dejado.
--¡Bonitas praderas! Arbolado, huertos, casitas; la bahía detrás y más
allá las montañas... ¡bien, retebién! ¡esto me gusta! Pero calle: eso
que se ve ahí junto á los árboles del camino viejo, ¿es una fábrica?
--Sí, señor: de estearina y jabón.
--¿Y qué es eso de estearina?
--Para hacer bujías.
--¿Y qué son bujías?
--Velas.
--¡Acabaras! Pues me gusta el aquél de la fábrica. Y ¿con qué muele?
--¿Cómo que con qué muele?
--Quiero decir, con qué anda; porque no veo el río por ninguna parte.
--Con vapor.
--¡Ah, ya! Velay-usté por qué ahuma tanto la chimenea. Y á todo esto,
¿cuándo se ve la mar?
--Ahora vamos á verla, en cuanto lleguemos á aquellos árboles.
--¡Sopla, y qué airecillo tan fresco me ha dado en la cara de repente!
¿Será de la mar, eh?... Ya estamos arriba... ¡María Santísima, qué
vista tan hermosa se descubre ahora!... Pero no veo la mar por ninguna
parte.
--¿Cómo que no? Fíjese usted entre esas dos puntas de tierra que se ven
á derecha é izquierda.
--Ya me fijo, pero no veo más que cielo... Pero deja, que allí salta
una cosa contra aquel peñasco... ¡Anda, morena! ¡pues si es la mar!...
¡Virgen del Tremedal, y qué grande es! Ya se ve, como tiene el mismo
color que el cielo, ya podía yo estar mirando una semana entera hacia
acullá-lante... ¡Hombre, cuánto hace Dios con sus divinas manos! Y diga
usté, ¿por dónde se va á la América?
--Pues, hombre, por esos mares de Dios.
--Pero ¿á qué mano se echa la embarcación?
--Por de pronto hágase usted cuenta que á la izquierda.
--¡Bendito sea el Señor que tanto da! Y ¿qué torre es aquélla que está
sobre ese peñasco aislado?
--Ése es un faro que se ilumina todas las noches para que los barcos
que se dirigen al puerto...
--Ya comprendo: para que no se den de testerazos contra la isla. Pues
allá, á la izquierda, se ve otra torre más grande.
--Otro faro aún mejor que el de _Mouro_.
--¿Cuál es el de Mouro?
--El que está sobre el peñasco y del cual toma el nombre.
--¡Soberbio es todo esto! ¡Y decir á Dios que hay en el mundo tantísima
gente que se va á la eternidad sin verlo!... Pero ocúrreseme que estará
muy hondo.
--¿Cuál?
--¡Toma! el mar.
--Calcule usted.
--¿Y cómo mil diablos se baña uno allí sin ahogarse? Bien que se bañará
la gente á la orillita. Y digasté: aquello que revolotea allá lejos,
¿son gorriones?
--Hombre de Dios, si son lanchas pescadoras.
--Pues mire usted, así de pronto lo parecían... ¡Canastos, y cómo corre
el coche por esta cuesta abajo! Allí vienen otras dos diligencias
llenas de gente... ¡Anda, y qué cara traen de frío los pasajeros! Éstos
ya van bien remojados... ¿Es el parador alguna de estas casas?
--No, señor: son de campo, menos esa grande de la derecha, y esa que la
sigue, y la otra de más allá, que son fondas.
--¿Luego ya estamos en el Sardinero?
--Ahora mismo va á parar el coche.
--¿Le parece á usted que dé la mano á las señoras del interior para que
bajen?
--Es usted muy fino; pero está usted dispensado de esa atención.
--Con franqueza, que en este punto quiero más pecar por rumboso que
por encogido... Le digo á usted que me gustan mucho las compañeras del
sombrerito... ¡Y qué torneadas están las indinas... miusté, miusté!...
¡El demonches del estribo ya sabe lo que se hace!
--¿Se pescó algo, eh?
--Un poquillo, de refilón... Pero por aquí no se ve arte de baño ni de
cosa que se le parezca... ¡Santa Bárbara, qué ruido!... ¿es que truena?
--No, señor: son las olas. Ahora las verá usted, bajando por esa
rampa...
--¡Digo! ¡lo que yo más quería, lo que me encargaron las hijas del
procurador!
--¿Y qué es?
--¿Qué ha de ser? Cascaritas, caracolillos. ¡Pues ahí es nada lo del
ojo! Sepa usted que en mi pueblo se pirran por esto desde que la
sobrina del cura llevó de aquí una peregrina de cáscaras, con su cayado
y todo: al demonio del muñeco no le faltaba más que hablar. Y digasté,
y perdone, ¿podré yo hallar otro?
--Sí, señor; pero antes vamos á tomar cuarto en la casa de baños.
--Es bastante cómoda esta bajada... ¡Hombre, qué hermoso está el
arenal! Vea usted, vea usted qué tal salta el agua en él... ¡Zambomba!
¡cómo se estrelló esa ola!... Ahora ya sé en qué consiste el ruido que
oí antes... Y digasté, ¿para qué son estas casetas con ruedas que hay
arrimadas á la casa de baños?
--Para los enfermos, ó para usted, si quiere desnudarse y vestirse á la
orilla del agua.
--Vea usted si discurre la gente para sacar el ochavo.
--Ya estamos en la casa de baños.
--Pues la tenía á mi vera, y mal pecado si la había visto... Pues
no fué por no ser vistosa, que está bien pintada, de verdá; ni por
ser chiquitica, que ¡digo si es grande!... Pues no te digo nada del
corredor éste: ¡cuidado si es largo!... Pues anda con los cuartos que
tiene á las dos manos... y cada uno con su avío bien decente... Y aquí
el mostrador para el amo... y detrás de estos cortinajes, más cuartos...
--Alto ahí, que ése es el departamento de las señoras.
--¿Y está acotado?
--Sí, señor.
--Pues no he dicho nada... Á ver esto otro... Vamos, es el _recreo_,
como quien dijo... ¡Anda, qué solana!... con sus pilaritos y su techo.
Le aseguro á usted que se puede pasar aquí la mañana recreando la vista.
--No lo niego. Pero usted ¿piensa bañarse?
--Hombre, le diré á usted: con ese ánimo salí de casa; pero según me
voy acercando á la mar la voy tomando un respetillo... Quisiera, si á
usted le parece, dejar el primer baño hasta mañana.
--Corriente.
--Pero usted puede bañarse si quiere.
--Muchas gracias; prefiero consagrarme hoy enteramente á usted, porque
se me antoja que aún le quedan muchas preguntas en el cuerpo.
--Es verdad; pero no lo deje usted por eso: mañana será otro día.
--Es que no respondo de estar mañana de tan buen humor como hoy.
--Pues adelante. Y dígame, por de pronto: ¿para qué son esas dos
cuerdas tan largas que van desde la orilla hasta mar adentro?
--Para agarrarse, si quieren, á la de la derecha los hombres, y á la de
la izquierda las mujeres.
--Calla, pues es verdad, que allí veo una porción de bultos que son
cabezas de mujer. ¡Anda, y cómo chillan!... ¡Cataplum!... ahí va esa
ola... ¡las tapó! Le digo á usted que son valientes las condenadas de
las hembras. Ya sale una. ¡María Santísima, qué visión!... ¡Y cómo
se le azota el saco! ¡Sí, híspele, híspele con las manos, que ya
adelantarás bastante!... Ya sale otra: ¡ésa sí que está de buen año!
parecen la _l_ y la _o_. Y vienen hacia aquí muy serias. ¿Sabe usted
que, á lo que veo, maldito el inconveniente habría en que se bañaran
juntos hombres y mujeres? Estos trajes son capaces de quitar la ilusión
al más _regioso_.
--No tanto como usted cree.
--¡Oiga! estas dos que salen ahora del cuarto son nuestras compañeras
de viaje. ¡Bendito sea Dios, qué rollizas y graciosísimas están así!
Vea usted cómo saltan sobre la arena los diablejos. Pues dígote los
pies: yo juraría que eran panecillos de _nácara_. Vamos, me los
comería. ¿Y quién es ese hombre á quien se agarran?
--Un bañero.
--¡Ay! yo quisiera ser bañero... ¡Plafs!... se zambulleron en el
agua... Agua quisiera yo ser ahora... ¿Se ríe usted? Pues hace usted
mal, porque soy capaz de echarme á las olas sólo por ver cómo se bañan.
--¡Miren el tonto! Pero ¿no decía usted que perdía las ilusiones al ver
esos trajes y esas fachas?
--En primer lugar, esos trajes no son como los que antes vimos; y
después, ¡ay, amigo! no eran los trajes, sino las mujeres, lo que
me quitaba la ilusión... Pero esta otra que sale al baño, ¿no es la
que también vino con nosotros y que parecía llenar ella sola medio
carruaje? Sí, no hay duda, es la misma. Pero, señor, ¿dónde ha dejado
las carnes? ¡Mire usted qué engaño, hombre! ¿Y cómo se consiente
eso?... ¡Uf! ahí va ese rebaño de ovejuelas... más de doce... ¡Anda!
pues allá van los lobos por el otro lado, es decir, los hombres...
Amigo, es preciso ser justos: por regla general estamos nosotros, en
ropas menores, más graciosos que las mujeres... Cuando yo era niño,
recuerdo haber gastado los días de fiesta un traje del mismo corte
que el que aquí se ponen los hombres para bañarse; sólo que el mío
estaba abierto por detrás. Por cierto que, porque se me salía á menudo
por la abertura el faldón de la camisa, me sacudía mi madre cada lapo
que cantaba el credo... ¡¡Juich!! por un tris no se queda en cueros
aquella infeliz: una ola le ha levantado el saco hasta cerca del
cogote. Noto que los hombres no salen de su jurisdicción. Me gusta
esa honradez, que, al cabo, nadie está libre de... ¡Ay! ya salen las
mías... Mírelas usted qué azotadicas vienen... por aquí van á pasar...
ya llegan... ¡Uy, cómo les chorrea el agua á las infelices!... ¡Toma!
y el otro fantasmón las saluda muy fino... Valiérale más afeitarse
las pantorrillas y los brazos al muy descortés... Pues mire usted, en
medio de todo, no deja de gustarme esa franqueza salvaje que reina aquí
entre ambos sexos. Esas señoritas se guardarán muy bien de enseñar en
la calle media pantorrilla, y aquí no se les da una higa por correr en
pernetas por el arenal y recibir á sus amigos en camisa... Está visto
que en hombres y mujeres, todo, todo es hijo de la costumbre y de las
circunstancias... ¡Anda, el otro que corre al agua! Sospecho que es
un presbítero... ¡Cómo se le distingue la corona! ¡Pum! de cabeza se
ha tirado el muy reverendo. Ahora resopla y se friega la panza. Ese
hombre debe de gozar mucho en el baño... Ahí salen tres mujeres: que
Dios no me salve si no parecen tres disciplinantes de los que van en
la procesión de mi pueblo el Viernes Santo... ¡Un vapor!... ¡un vapor!
mírele usted qué hermosísimo va: parece que se le puede alcanzar con la
mano... y se dirige al puerto. ¿Vendrá de América, eh?
--No, señor, de Andalucía probablemente.
--¡Como viene por la mano izquierda!... Pues ahora asoma por detrás de
la isla un barco de vela: ¡éste sí que va gracioso! Le digo á usted que
esta solana es un coche parado... ¿Y qué hay á la parte de allá en esa
punta de tierra?
--Otro arenal más grande aún que éste. Iremos á verle, si usted quiere.
--Pues vamos andando... ¿Y se baña gente en ese otro arenal?
--Sí, señor: más que en éste, y con mayor economía.
--¿Cuánto cuesta?
--Nada.
--Barato es.
--Venga usted detrás de mí, con mucho cuidado, porque vamos, para
abreviar el camino, á trepar por las rocas.
--¡Canario, qué puntiagudas son!... ¡Zape!
--¿Qué ocurre?
--¡Chist!... Mire usted con el rabillo del ojo y con mucho tiento, á
tres varas delante de nosotros, en el hueco de esas dos peñas manchadas
de verdín... ¿Eh? ¿qué tal? Rollizota es la muchacha. Pues, calla,
que dos pasos más á la derecha hay una familia entera acurrucada en
otro hueco, mudándose de traje... Ya veo el arenal: ¡qué grande es y
qué limpio!...--¡Jesucristo, qué rebundio!...[10]. Hombres, mujeres,
chiquillos, todos en el mismísimo traje de la inocencia. Pero, señor,
¡esto es el valle de Josafat!... ¿Cómo es que hay tanto rigor en el
otro arenal y en éste tanta tolerancia?
--Pues ahí verá usted.
--Ésa no es razón.
--No creo que tenga otras de más peso la autoridad que así lo consiente.
--Y noto que hay por estas alturas mucha gente que no viene á bañarse.
--Está en igual caso que nosotros: viene á recrear la vista en ese
agradabilísimo y pintoresco desorden.
--¡Y qué lástima de arenal!
--Le prevengo á usted que aquí se bañaba la reina cuando estuvo en
Santander.
--¡Hombre, qué me cuenta usted? ¿Y se bañaba también al aire libre y
entre esta clase de gente?
--¿Está usted loco? Tenía una rica y cómoda caseta que bajaba,
resbalando sobre carriles, hasta muy adentro de las olas.
--¡Ajá!... Una cosa así quisiera yo para bañarme completamente
tranquilo; pero, ya se ve, ¡como soy un pobre castellano!... ¡Uy, cómo
retozan los condenados muchachos en el agua!... Y los que se visten
encima de aquel montón de arena son soldados, si no me engaño... y
mujeres las que se desnudan á dos varas de ellos. ¡María Santísima! Le
digo á usted que el cuadro tiene que ver.
--¿Está usted bien enterado de él?
--Hombre, así al pormayor, bastante.
--Pues otro día le verá usted en detalle; ahora volvámonos por donde
hemos venido, porque debe de estar aguardándonos el coche.
--¿No nos dará tiempo para que yo compre unos caracolillos?
--Le van á llevar á usted un dineral por lo que puede coger de balde
en el arenal otro día: lo mejor será que compre usted en Santander esa
peregrina que tanto desea.
--Aprobado, y vamos al coche... y aprisica, porque ya veo á las dos
compañeritas que entran en él.
--Cuando le digo á usted que le han mareado esas dos criaturas...
--La verdad, me gustan mucho... Ya se ve, está uno hecho á aquel gentío
de Campos... que lo que es bueno, por decir bueno, ya es; pero...
vamos, le falta, como si dijéramos, la salazón que tiene esto de por
acá... Conque nosotros ¿otra vez á la delantera?
--Si usted no prefiere ir adentro para ofrecer sus respetos á las
consabidas...
--¡Quiá, hombre, quiá! ¡pues estoy yo ahora de buen pelaje para
echármela de fino con gente tan emperejilada!... Una cosa es que me
gusten y otra que yo me alborote... Vamos, vamos á la delantera...
Pues ahora entra la del rincón... y ha vuelto á ser gorda otra vez...
¡Anda, y dile á tu padre que te dé para libros, y el que no te conozca
que te compre! Lo que yo veo es que delante de la cara de Dios no valen
trampas, y han de salir muchas á relucir el día del juicio, porque
allí todos hemos de estar peor vestidos que los bañistas del Sardinero
chico, por no decir tan desnudos como los del Sardinero grande... ¡Cómo
jadean estas pobres bestias! ¿Están en este trajín todo el día?
--Justamente.
--No le envidio las ganancias al empresario.
--Y por de pronto, ¿qué opina usted de estos baños, tal cual hoy los ha
visto? Vamos á ver; cuénteme usted sus impresiones.
--¿Mis impresiones, eh? Pues le diré á usted.--Me gusta muchísimo la
mar, y deben de ser muy provechosos los baños de ola, cuando tanto
se recetan; pero les tengo un poquillo de respeto, y, á la verdad,
tomándolos en coche los encuentro bastante carillos. Me entusiasma la
franqueza que reina en el arenal, donde se olvidan de sus escrúpulos y
etiquetas, sexos, condiciones y catigurías; y es de sentir que no se
tome en la ciudá alguna parte de este sistema, ya que está probado que
cabe de lo bien hasta en las señoras mujeres. Franqueza, sí, señor,
franqueza. Éste es el modo de que nos conozcamos á fondo los unos á
los otros. Vea usted: yo tenía hasta hoy á las damas por una cosa
así... vamos, que hasta el aire las hacía daño; y ahora que las he
visto correr descalzas y, como si dijéramos, en camisa por el arenal,
echar un párrafo con un amigo en ropas menores, y jugar con las olas
como quien juega á los litos, voy creyendo que tienen más correa que
nosotros. ¿Y qué me dice usted de lo físico? Es verdad que, por regla
general, todas las mujeres pierden en traje de baño; pero también es
cierto que la que así nos gusta le asegura á uno de desengaños para
toda la vida; como que, hoy por hoy, yo me atrevería á aconsejar á
todos los amantes á macha-martillo que, á no estar muy seguros, muy
seguros de que al respetive eran rollos de manteca, no se citasen en
las olas del Sardinero... ¡Cuidado si las tales olas son enemigas
de artificios y mentiras! Dígalo si no la consabida compañera del
rincón... ¿pues no se quedó la indina más seca que un espárrago en
cuanto se arrimó á la playa sin los ringo-rangos que ahora lleva encima?
--Eso le probará á usted que hay mentiras físicas y morales, dado que
el género humano no puede ser perfecto, que son indispensables y hasta
meritorias. He aquí por qué yo no perdería la ilusión si encontrase á
mi novia en el Sardinero con algunas libras de peso menos de las que yo
le había supuesto en el paseo... Y conste que mi opinión no vale para
aquéllos que eligen las mujeres por _libras_ y _trapío_, como si fueran
toros de lidia.
--Pues mire usted, confieso con toda franqueza que he sido siempre un
poco llevado de esa debilidad.
--¿Sí? Pues en ese caso procure usted no frecuentar el Sardinero en
época de baños; y sobre todo, báñese usted en él las menos veces que
pueda, que si las mujeres azotadas por las olas pierden casi todos sus
muchos físicos atractivos, los hombres en idéntica situación... también
tenemos que ver.
--Me ha convencido usted: ya no vuelvo al Sardinero.
--Hará usted muy mal. Lo que usted debe hacer es lo que hago yo: no
tomar las mujeres _al peso_; de este modo, y pensando siempre en mis
propias _flaquezas_, me baño en el Sardinero sin ver las de los demás.
--¡Canario! pues creo que tiene usted razón. Desde mañana me voy á
bañar á las olas, y he de tratar de contener este pícaro genio reparón,
aunque pase por delante de mí la misma estampa de la muerte.
--Usted me dará las gracias si es firme esa resolución.
--¿Que no?... Vayan á cuenta esos cinco, y abajo, que ya llegamos.
--Tome usted esos diez... y hasta la vista.
[Ilustración]