EPÍLOGO

La última vez que yo ví á Blas estaba tumbado en la cama, que no tenía

ya más que dos colchones.

Las manchas rojas de su cara se habían vuelto cárdenas, y tenía la

nariz lo mismo que un tomate podrido. Apenas abría los ojos y no podía

mover las piernas, que eran dos postes por lo abultadas.

Costóle mucho trabajo reconocerme, y á las palabras que le dirigí

lamentándome de su estado, me replicó, con voz ronca y pausada, estas

otras:

--Yo me tengo la culpa de too lo que me pasa. Quise echámela de señor,

sólo porque tenía rentas, y no hice caso de lo que tantas veces le oí

al señor cura hablando del alcalde, que fachendeaba mucho:--_Para ser

buen arriero, hay que ser hijo de rocín._--Yo tengo mucho dinero; pero

por no saber gastarlo he reventao con ello... y que no vale mentir.

Paula se murió atracá de azúcara, y yo me voy á morir hinchao de vino

blanco... ¡Permita Dios que á ningún probe le caiga encima de repente,

como á mí, una herencia tan grande como la de mi tío!

En su vida había estado Blas tan cuerdo como lo estuvo al proferir esta

jaculatoria.

Tengo para mí que si los herederos del indiano hubieran hecho lo que

pensaba hacer el labrador de Castilla en el caso de que le tocara la

lotería, es decir, aprovechar la herencia para ir á caballo á labrar la

tierra, hubieran sido muy felices.

¡Era más cuerdo de lo que parecía á primera vista el rancio castellano!

Recomiendo su consejo á los que, siendo felices en la pobreza, reciban

una visita de la caprichosa fortuna; en la inteligencia de que es más

difícil que adquirir grandes riquezas, el saber gastarlas.

[Ilustración]

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EL BUEN PAÑO

EN EL ARCA SE VENDE

Tengo el gusto de presentar á ustedes á la señora doña Calixta Vendaval

y Chumacera, de Guerrilla y Somatén, mujer de cincuenta eneros

cumpliditos, enjuta de carnes, pálida de cutis, sutil y hasta punzante

de mirada, y bajita de estatura.

Dice á cuantos se lo preguntan, y á muchos más, que su marido es

coronel retirado del ejército de la Isla de Cuba, en donde ganó el

grado rechazando la invasión del filibustero López; pero yo sé de buena

tinta que el señor Guerrilla y Somatén no pasó jamás de teniente con

grado de capitán, carrera, en mi concepto, brillante para un hombre

que, como el marido de doña Calixta, procede de la clase de tropa y es

además muy bruto y muy feo. Pero doña Calixta no es de esta opinión;

y lejos de ello, es capaz de arañarse con cualquiera que se atreva

á poner en duda que su marido es un hermoso y bizarro militar que

tiene tres galones como tres luceros. Sírvales á ustedes de gobierno

esta circunstancia, especialmente en este instante en que van á ser

presentados por mí á la familia de aquella señora.

Tres hijas y un hijo tiene doña Calixta. La mayor de las primeras pasó

ya de los treinta abriles, aunque ella, como es de rigor, lo niega á

pie juntillo: es rubia, bastante flaca y sobradamente marchita; se

llama Pilar y hace doce años está _en relaciones_ con un teniente de

infantería que desde que era alférez espera el empleo de capitán para

casarse con ella.--La segunda, Trinidad, _Trini_ llamada, por apócope,

entre sus amigas y su familia, es trigueña, también enjuta, y frisa

en los veintisiete. Ésta muda de adoradores con más frecuencia que su

hermana: en cinco años ha recorrido casi todas las clases de servidores

del Estado: últimamente ama desesperadamente á un auxiliar de aduanas

que, por no alcanzarle el mezquino sueldo para cubrir las exigencias de

su pasión, negocia más empréstitos que el Gobierno y tiene más ingleses

que Gibraltar.--La tercera se llama Leonor: es más bonita y más fresca

que sus hermanas, de quienes ha conseguido hacerse llamar _Leonora_.

Delira por _Il Trovattore_... y por un escribiente sin sueldo, sólo

porque lleva por nombre Manrique.--El cuarto vástago de doña Calixta

es un gaznápiro de doce años, destrozón, sucio y díscolo: hace seis que

va á la escuela, y todavía no sabe leer; pero es capaz de beberse, sin

resollar, dos copas de ron, si se las pagan, y se fuma cuantas colillas

encuentra en la calle: se le educa para militar, y es mucho más bruto y

más feo que su padre; se llama Augusto, y jamás se ha visto un nombre

peor colocado.

Doña Calixta tiene algunas posesiones en la Montaña, heredadas de un

su tío, cura párroco que fué de un pueblecito de Trasmiera, y bajo

cuyo amparo estaba dicha señora cuando se casó con Guerrilla, que era

entonces sargento con grado de oficial. Con lo que estas haciendas

producen, que es bien poco, y el retiro de Guerrilla, vive en Santander

la familia de doña Calixta, feliz y satisfecha... si hemos de juzgar

por lo que se ve.

Ni la sediciente coronela ni sus hijos han salido jamás de la capital

de la Montaña, no sé si por apego de la primera á la _tierruca_,

ó por razones de economía: lo cierto es que Guerrilla, con quien

parece haberse complacido el Gobierno, haciéndole correr toda la

Península y provincias ultramarinas, no ha llevado consigo en sus

largas peregrinaciones más familia que el asistente y la Ordenanza,

ni ha gustado los placeres del hogar doméstico, en cuarenta años de

carrera, más que durante cinco meses, tiempo de otras tantas licencias

temporales que pudo obtener. De aquí que las hijas de este buen señor

sean conocidas siempre en los círculos santanderienses por _las de doña

Calixta_, y jamás por _las de Guerrilla_. Y me alegro de haber hablado

de este asunto, porque no faltan lenguas que aseguren que el no citarse

nunca con el nombre de Guerrilla á su familia, consiste en que ésta se

preocupa muy poco del pobre retirado, y hasta que es ella también la

causa de que el teniente con grado de capitán se pase los once meses

del año en las haciendas de su mujer entregado al cultivo del repollo y

de algunos frutales, y al cobro de las rentas que producen unos cuantos

prados de regadío y dos casitas de labranza.

Estas mismas lenguas, que pertenecen á ese grupo heterogéneo y

multiforme que se llama público, son las que más consumen la paciencia

de doña Calixta, que no es sorda, con ciertas voces que hacen correr,

interpretando maliciosamente hasta los actos más triviales de la

familia de la coronela. Hay que convenir en que con ciertas «gentes» no

hay tranquilidad posible. Estas «gentes» son las que en todo pueblo,

grande ó pequeño, pero especialmente en los que son _ilustradas

medianías_, entre corte y cortijo, llevan á cada vecino una cuenta

corriente, en la cual aparecen consignados los más insignificantes

gastos al frente de los más mezquinos ingresos; y, como si ellas lo

pagaran, alcanzan el cielo con las manos en cuanto exceden en un

céntimo los primeros á los segundos. Pues bien: estas gentes son las

que más muerden á todas horas á _las de doña Calixta_, porque á pesar

de sus cortísimos recursos habitan una gran casa, dan reuniones de vez

en cuando, visten siempre á la moda, frecuentan bailes y espectáculos,

y se pasan todo el santo día de Dios visitando tiendas y recorriendo

calles. ¡El diablo son estas «gentes!»

Un deber de amistad me obliga á tomar cartas en este juego, si no para

vindicar completamente ante el público á la familia del buen Guerrilla,

para dejar, al menos, las cosas en su verdadero terreno.--Vamos por

partes.

Cobra doña Calixta por rentas de sus haciendas y retiro de Guerrilla,

diez mil reales, pico más ó menos.

Esto lo saben «las gentes» tan bien como ella, y, en su consecuencia,

se escandalizan de que no viva en una casa _retiradita_ para que sea

barata. Y aquí me cumple á mí decir que la gente apunta bien, pero no

da.

Es verdad que la casa que habitan las de doña Calixta está en una de

las calles principales, y ostenta gran balconaje y ancho y lustroso

portal; mas lo que no saben «las gentes» es que la tal habitación sólo

consta de una salita con dos alcobas, de otra obscura en el _carrejo_

y de un reducidísimo comedor junto á una exigua cocina con sus aún más

exiguas dependencias: total, que el cuarto que habitan las de doña

Calixta no tiene más que fachada, razón por la que sólo les cuesta

cinco realitos diarios. También es cierto que por este mismo precio se

podía hallar en las calles excéntricas de la población una casa mucho

más desahogada y cómoda y saludable; pero las de doña Calixta prefieren

la que habitan por cuestión de lustre, que al cabo es un gusto tan

respetable como el que más.

Y continúan «las gentes:»--«El lujo y los moños que gasta esa familia,

planchado, fregado y servidumbre que esto exige, requieren gastos que

no pueden cubrirse con lo que resta de los diez mil reales después de

satisfechas las atenciones indispensables de una casa...».

Otra exageración que vamos á demostrar.--Consideren ustedes que en

casa de doña Calixta no hay siquiera una mala criada, pues allí se

arreglan todos con la aguadora, para lo más esencial, merced á un

cortísimo sobresueldo que se le da. Ella hace la compra diaria de

plaza, enciende el hogar, pone al fuego el sencillísimo puchero, friega

por la tarde la vasija y hace los recados. El resto queda á cargo de

doña Calixta y sus hijas; y el resto se reduce simplemente á que se dé

la primera una vuelta por la cocina, al sonar la una, para sazonar el

puchero y hacer la sopa, poner en seguida la mesa y servir de un solo

viaje toda la comida, compuesta de sota, caballo y rey, como decían los

estudiantes de tricornio y cuchara de palo; y al avío de la casa, que

es de cuenta de las chicas. Esta operación se despacha en un cuarto de

hora. Ya he dicho que en la tal casa no hay más que tres alcobas; debo

añadir ahora que en éstas sólo hay dos camas: en la una duermen las

tres chicas, y en la otra doña Calixta y Augusto. Por lo que hace á

Guerrilla, las pocas noches del año que pasa con su familia se arregla

como puede en un catre de tijera que se habilita en el cuarto obscuro.

De manera que se reduce el avío á mullir dos camas, barrer los suelos

y quitar los polvos. La ropa blanca da poquísimo que hacer, pues no

hay más que la que está en uso y otro tanto que se llevó la lavandera.

En cuanto al planchado de las enaguas, ocurre una vez cada semana y

le hacen las chicas, que no quieren privarse ni de sus paseos ni de

sus otros placeres cuotidianos, á las altas horas de la noche del

sábado.--¿Qué despilfarro... de dinero encontrará en todo esto el más

roñoso fiscal?--Pues pasemos ahora al ramo de vestidos y moños.

El menos avezado á examinar los caracteres del lujo, podrá notar, si se

fija un poco en los trajes que usan generalmente las de doña Calixta,

que éstos son de género marchito y de color enfermizo; que les falta

esa tersura fresca y rechispeante que distingue los de las verdaderas

elegantes, cualidad que es la voz, digámoslo así, que va pregonando por

calles y paseos:--«Estos trapos nuevecitos acaban de salir del taller

de la modista, y están cortados y sazonados con arreglo á los preceptos

más severos de la última moda».

Las hijas de Guerrilla, sépanlo ustedes, dan treinta vueltas á sus

trajes y prendidos: ora les ponen lo de abajo arriba, ora lo de arriba

abajo, ora atrás lo de delante, ora lo de dentro afuera; para las

cuales operaciones tienen una costurera baratita, que posee además

la gracia de darlas exacta noticia de lo poquísimo que ellas ignoran

en cuanto á crónica local: verbigracia, matrimonios en ciernes, idem

en crisis; «jóvenes» recién llegados á la población, con qué figura,

empleo y sueldo; si dejan novia en el punto de su procedencia, etc.,

etc.; si se proyecta algún baile; si se fueron ó no los forasteros

que pasaron por su calle más de tres veces el día anterior; dónde

se han hecho y cuánto valen los vestidos que llevaron al paseo el

domingo último las de X ó las de Z; si se pagaron ó si se deben, etc.,

etc... Tal es el misterio que envuelve el lujo de las de doña Calixta;

misterio que deben tener en cuenta las gentes que se escandalizan de

verlas, lo menos una vez cada día, revolviendo géneros en las tiendas

de modas. Harto se deja comprender, después de lo dicho, que si bien

son la desesperación de los horteras, por lo que les hacen plegar y

desplegar, en cambio, de higos á brevas compran algo; de lo cual, sin

que yo se lo demostrara, debían estar convencidas «las gentes», si se

tomaran la molestia de observar cómo estas chicas se despiden en los

establecimientos que frecuentan:--«Conque dice usted que el último

precio de este corte es tal, y el de este otro cuál, y que nos dará

en tanto las mangas y en cuánto los pañuelos... Corriente. Pues en

consultándolo con mamá nos decidiremos y le pasaremos á usted el recado

por la muchacha». Así se despiden generalmente las de doña Calixta en

las tiendas de modas; y sabido es en toda tierra de cristianos lo que

semejante despedida quiere decir.

Que doña Calixta da reuniones: convenido; pero vamos á ver cómo las

da. Invita una vez cada semana, durante el invierno, á todos sus

_conocimientos íntimos_, que están reducidos á tres ó cuatro familias

de la índole de la suya, y á una porción de empleados de cortísimo

sueldo, jóvenes imberbes los más de ellos, que hacen alguno que otro

soneto por Semana Santa ó alguna décima por Pascua de Navidad. Como

la sala es pequeñísima, fuera ocioso convidar á más personas. Las que

en ella se reúnen la llenan de bote en bote. Empieza la «soaré» á las

ocho de la noche, y son los primeros que á ella asisten los dos futuros

yernos de doña Calixta; y digo los dos, porque el teniente muy rara vez

se halla en la ciudad. Excuso decir que en la «soaré» se baila mucho;

pero como en la casa no hay piano ni siquiera una mala guitarra, se ha

convenido en que los mismos que bailan tarareen el aire, en el cual

ejercicio se ha captado el joven Manrique la honrosa calificación de

«ruiseñor». Por eso es muy frecuente oir entre la confusión de estos

bailes éstas ó parecidas exclamaciones: «No apriete usted mucho, no me

haga usted reir, no me distraiga usted, porque voy á desafinar».

La sala está alumbrada por un quinqué que consume un cuarterón de

aceite, y en el comedor arde una bujía de estearina; junto á la bujía

hay una bandeja, y en la bandeja un paquete de azucarillos y media

docena de vasos llenos de agua. Á esto se reduce todo el gasto que

hace doña Calixta en cada reunión que da á sus conocimientos.

Y ya que de estas reuniones se trata, creo que estoy en el deber

de citar el rasgo que más las distingue. Éste consiste en alguna

barbaridad de Augusto. Augusto, cuando ha pasado el día _corriéndola_

fuera de la ciudad, vuelve á casa rendido y jadeante, y se acuesta al

anochecer. Cuando esto sucede en noche de reunión, es segurísimo que al

darse la primera vuelta en la cama, á eso de las nueve y media ó las

diez, es decir, cuando la tertulia está más en punto de caramelo, arma

el gran escándalo, comenzando á gritar de improviso desde el fondo de

la alcoba, junto á la cual se entretienen tal vez algunas parejas en

dulces y sentidos conceptos amorosos.

--¡Ayyyrrr...re san Bruno!!... ¡Mamá!!

Doña Calixta palidece y entra corriendo en la alcoba, cerrando

apresuradamente la puerta.

--¡Calla, condenado!--dice muy bajito, pero con mucha rabia, al

energúmeno.--¿Qué mil diablos te pasa?

--¡Que me comen vivo!--responde Augusto, gritando mucho más alto.

--Pero ¿quién te come, alma de Lucifer?

--¡Las pulgas!... ¡¡las chinches!!...

--¡Hijo de los demonios!--exclama doña Calixta, tapando la boca á

Augusto, que cada vez grita más;--¿no ves que está la sala llena de

gente?

--Que se vaya al infierno esa gente; yo no tengo nada que ver

con ellas... ¡Hambrones, que vienen aquí á llenar la tripa de

azucarillos!...

Doña Calixta, en el colmo de la ansiedad, pone una almohada sobre la

boca de su hijo y le sacude un par de puñetazos. Pero el gaznápiro se

desprende con rabia de la blanda mordaza, y grita más recio:

--¡Esto no es cama!... ¡Esto es un bardal! ¡y la culpa de ello la

tienen esas pingolondangas de mis hermanas, que son capaces de vender

las sábanas por un moño!

La coronela, no sabiendo ya cómo tapar el resuello á aquel ganso, le

echa encima toda la ropa del colgador y hasta las sillas, y se vuelve

á la sala; pero su hijo, derribando al suelo de un respingo todos los

trastos que le sofocaban, coge una bota, tira con ella á su madre y la

pega en el occipucio, en el instante en que esta atribulada mujer abría

la puerta de la alcoba. Doña Calixta aparece en la sala haciendo que

se ríe con las _bromas_ de su hijo; pero la tertulia se ha comido la

partida, á pesar de los esfuerzos que han hecho para desorientarla las

chicas de la casa durante la refriega, y no acepta de todo corazón la

sonrisa de la mamá.

Si Augusto no está en la cama cuando hay reunión, todavía son más

temibles sus inconveniencias. Á lo mejor se presenta descalzo, ó en

camisa, en medio de la sala, pidiendo, por ejemplo, el cordel de su

trompa, empeñándose en que alguna de sus hermanas se le ha cogido para

amarrarse las enaguas; trata á sus tertulianos á la baqueta; les dice

que se larguen á la calle porque quiere cenar; les cuenta que la cena

no tiene arte ni substancia, y que sus hermanas no piensan más que en

emperejilarse, y que no tienen más camisa que la puesta y otra, y que

á veces andan á la greña porque se disputan el único refajo decente

que hay en casa, y que rabian por casarse, y que por algo su papá no

quiere parar en casa... ¡qué sé yo! porque aquel bárbaro, en cuanto se

enfada, no tiene atadero y cuenta lo que sabe y hasta lo que presume.

Los tertulianos de doña Calixta, con estas escenas que tienen lugar

infaliblemente en todas las reuniones que da la coronela, sudan la gota

gorda de pura vergüenza... pero siguen asistiendo á ellas á pesar de

todo.

Y demostrado ya que estas reuniones, si bien originales, no son caras,

pasemos al asunto de los espectáculos.

Al decir «las gentes» que las chicas de Guerrilla asisten á _todos_ los

de pago, las calumnian. Yo sé que los frecuentan poquísimo, y esto

con su cuenta y razón. Por ejemplo: sabe doña Calixta que una familia

muy conocida suya se dispone á ir al teatro; pues pasa un recado á la

señora, concebido en estas palabras, que la aguadora que le lleva va

repitiendo por el camino:

«De parte de doña Calixta, que tome usted otra luneta para la señorita

Pilar, que ella le abonará á usted el importe mañana, y que cuando

ustedes vayan al teatro, que se pasen por su casa para acompañarla».

La luneta se compra, y la hija de doña Calixta va á ocuparla. Pero ¿con

qué cara le pide á la coronela al día siguiente la familia _pagana_ un

par de pesetas, á pesar de las _instancias_ de aquélla?

--Me quita usted la libertad, con este _desaire_, para incomodarlas

otra vez,--dice, como si realmente estuviera ofendida doña Calixta.

Y con esta moneda paga de ordinario el teatro á sus hijas: razón por

la que siempre las verán ustedes en los espectáculos de pago dispersas

y agregadas á otras familias; jamás reunidas y en un solo grupo con su

mamá.

Su fuerte son los espectáculos gratis y al aire libre. Ellas son las

que inauguran los paseos nocturnos de verano en la Alameda Primera, y

las que los cierran en octubre. Si hay música en la Plaza Vieja, allí

están ellas, con un pañuelo de seda echado sobre la cabeza, rompiendo

las masas para examinar hasta la última cara de los circunstantes y el

último escondrijo de la plaza. Que por casualidad llegó un batallón

que se embarca en este puerto para otro cualquiera del reino: allá van

ellas junto á la plana mayor, á misa y á la revista. ¿Hay procesión?

Áones de la carrera. ¿Suena el tamboril? Á la calle, que por algo

sonará. ¿Entra en el puerto un buque de guerra? Á visitarle tres veces

al día. Para probar á ustedes hasta qué extremo adoran estas chicas el

aire de la libertad y lo que suene á broma y espectáculos, básteles

saber (y esto me consta por una indiscreción de Augusto) que llevan

un libro en el cual tienen anotadas todas las serenatas _de rúbrica_

del año; todas las procesiones, con la demarcación de las calles que

recorren y balcones con que pueden contar para verlas; épocas probables

de cambio de guarnición; bailes campestres; chicos aceptables, con

expresión de sus edades, carácter, posición y figura; funciones

religiosas solemnes, etc., etc.

Merced á esta pasión de publicidad que las embriaga, las chicas de doña

Calixta son conocidas hasta de la última fregona de Santander, y no hay

un ser que respire en este pueblo de quien ellas no puedan dar más

pormenores que un agente de policía. Si ellas faltaran una sola vez de

un paseo, de una serenata ó de un espectáculo cualquiera, el público lo

notaría, sin darse cuenta de ello, como nota el derribo de una casa en

una calle, ó de un árbol robusto en la Alameda.--«Yo no sé lo que es»,

diría, «pero aquí falta algo».

Y ahora que conocen ustedes la vida y milagros de la familia de doña

Calixta díganme, desprovistos de toda pasión, si no son unas embusteras

«las gentes» que aseguran que las hijas de Guerrilla gastan mucho más

de lo que importan las rentas de su madre y el retiro de su padre.

¡Bonito es el genio de doña Calixta para tolerar despilfarros en su

casa!

Desengáñense «las gentes:» el gusanillo que roe la tranquilidad de

la coronela no es la pasión del lujo por el lujo mismo: es única y

exclusivamente el deseo vivísimo, ardiente, voraz, de casar pronto

á sus hijas. Doña Calixta es de las madres que creen, como artículo

de fe, que los hombres, cuando tratan de casarse, no se fijan en las

mujeres si éstas no se les meten á todas horas por los ojos; que

prefieren una chica pizpireta y vana, muy emperejilada y compuesta en

la calle, aunque en casa no tenga pan que comer ni camisa que ponerse,

á una joven modesta, que sepa coser y no salga á la calle más que

lo puramente preciso. La señora de Guerrilla cree á puño cerrado que

el paño más exquisito no se vende jamás si el pregonero no lo saca

á la plaza más orlado y laureado que una colineta; y no hay quien

convenza á la infeliz de que, si algo perjudica hasta á los géneros

que son buenos, es el pregón incesante de su misma bondad. Por eso no

comprende, aunque la maten, que si algo repugna al hombre que desea

casarse, es la mujer que le echa memoriales de galas y cintajos por

toda recomendación, para que la elija, y prodiga en calles y paseos

una belleza que le fascinaría brillando entre las santas paredes del

hogar doméstico junto al costurero, detrás de unas cortinillas blancas

como los ampos de la nieve. Doña Calixta, en fin, y sus hijas no se

persuadirán jamás de que hoy, como nunca, atestiguan los hechos, en

la historia de los _buenos_ matrimonios, la infalibilidad del antiguo

proverbio que dice: «_el buen paño en el arca se vende_».

[Illustration]

[Ilustración]

Tipos y paisajes · 第 27 / 63 题