El modesto escritorio quedó radicalmente transformado desde el
momento en que el nuevo jefe de la casa se posesionó de él. La caoba,
la gutapercha y el aterciopelado papel sustituyeron al castaño, á
la badana y á la deleznable cal de aquellos atriles, banquetas y
paredones. Cayeron con estrépito los de la mazmorra, y en vez de
la pesada caja que amparaban codiciosos, colocóse en el elegante
improvisado gabinete, cerca del _boureau_ señorial, un esbelto
_cofre-fort_. Seis dependientes ágiles, alegres y tan elegantes como
el principal, se distribuyeron en las respectivas funciones, incluso
la de tenedor de libros, que dejó vacante el viejo de marras, mal
avenido con los «títeres intrusos». Barómetros de todas formas,
tarifas de vapores y ferrocarriles en dorados marcamentos, y mapas de
todas las regiones del mundo, llenaban las paredes; prensas para todo
cuanto antes ejecutaba la mano del escribiente ocupaban los rincones,
y el voluptuoso sofá tapizado brindaba con su comodidad á cuantos
esperaban el pago de una letra ó la contestación de un simple recado.
Todas las demás minuciosidades del escritorio guardaban perfecta
armonía con este tono. En el gabinete del _jefe_, pero fuera de su
alfombrada tarima, se había colocado una butaca para don Apolinar, que,
por afición, por interés propio y por necesidad (pues ya muy viejo
y no sabiendo más que ser comerciante, se aburría en todas partes),
la ocupaba casi todo el día, durmiendo á ratos, oyendo á veces y
preguntando á menudo sobre lo que veía y escuchaba.
Giraba la casa bajo la razón de _Hijo de don Apolinar de la Regatera_,
no por respeto cariñoso á la memoria del padre, sino en consideración
al valor que su nombre de guerra tenía en el comercio de España y de
toda América.
La calma, la reflexión hasta la pesadez, habían sido la expresión
característica del espíritu mercantil del indiano; la vivacidad, la
inquietud, la prisa hasta la ligereza, lo eran del de su hijo, como
creía observar el primero hasta en los actos más triviales de las
tareas del segundo.
--¿Londres?--decía lacónicamente un corredor entrando.
--¿Mucho?--le respondía el joven comerciante sin levantar la vista de
su pupitre.
--Setecientas, ocho, once: aceptadas.
--¿Á...?
--Redondo.
--Por París.
--¿Corto?
--Cuarenta.
--¿Vista?
--Fecha.
--¿Cambio?
--Veinte.
--Se andará. ¿_Primeras Riosecana_ y _Flor de Arriba_?
--¿Para?
--Al quince: á diez y nueve y medio y diez y nueve y cinco octavos.
Treinta mil.
--Sobre buena, diez y nueve y diez y nueve y cuartillo; dos meses, dos
y medio: tres por ciento.
--Lo veré. ¿Nada más?
--Por aquí no.
Y se iba el agente y no le miraba siquiera el comerciante; y el que
había encanecido siéndolo, se quedaba _in albis_.
En la correspondencia brillaba el propio laconismo. He aquí un modelo
de los más explícitos que constaban, á media tinta, en el volumen no sé
cuántos del copiador mecánico, ó de prensa:
«Muy S.^r/m: En ^m/poder ^s/grata 1.° act.^l; y silenciando puntos de
conformidad, paso á decirle he desplegado de ella £^m/_{0} 8^d/_{v} ^c/
Butifarra y C.^a, de Barc.^{na}, por
«Rvon. 10.560,86 que, s. m. p., paso al crédito de ^s/_{c}.
«Impuestos de ^s/proposición estos Sres. Carpancho Herm.^s que
examinarán, contestándole directamente ^s/ particular.
«Para el mercado, me remito á la adjunta _Revista_, que desearé le
aproveche.
De V. af.^{mo} s. s. q. b. s. m.».
* * * * *
Y por firma había llevado esta carta un garabato que lo mismo podía
decir _Hijo de don Apolinar de la Regatera_, que _Padre del sacristán
de la Parroquia_.
No tardó el viejo indiano en advertir que ese sistema eléctrico no era
exclusivamente propio de su hijo, sino de toda «la clase», y de que
no se aplicaba sólo á los detalles mecánicos del escritorio, sino que
servía de base al flamante espíritu mercantil.
Se había hablado tiempo hacía de la necesidad de dotar á Castilla de
un puerto de mar, y se había demostrado que este puerto debía ser el
de Santander, uniendo la comunicación entre ambas regiones con una
línea férrea, en lugar de las tradicionales reatas de mulos y carros
del país. El plan era vasto y costosísimo; pero como debía de ser
reproductivo en extremo, se había aceptado con regocijo.
Llegó la ocasión de acometer la empresa, y don Apolinar vió con susto
á su hijo trocar pilas de reverendas peluconas por algunas resmas
de papel pintado. Poco después ofrecían al accionista una _prima_
considerable por la cesión de sus títulos; pero esperando sacar de
ellos en _el día de mañana_ utilidades más pingües, desechó la oferta.
El mecanismo de cobros y pagos era engorroso, y el dinero, quieto en
la caja, ni estaba seguro ni ganaba; además, el porvenir del comercio
eran las sociedades de crédito. En consecuencia se formó una, y de ella
fué el principal accionista el hijo de don Apolinar. Con parte de las
onzas amontonadas por su padre pagó las acciones, y el resto le envió á
la caja de la sociedad, que le abrió en el acto una cuenta corriente. Á
los pocos días de cubierto el cupo de la emisión, hubo la indispensable
oferta de _prima_ á los tenedores y la consabida resistencia de éstos,
en espera siempre de mejor ocasión.
Los desairados en el reparto de las dos gangas anónimas, habiendo
tomado ya el gusto al papel, formaron capítulo aparte y echaron á la
plaza nuevas resmas de otra sociedad que se creaba para esto y para lo
de más allá.
Tragóse también este cebo como pan bendito, cubrióse el cupo en breve,
solicitáronse con prima las acciones y quedóse con las muchas que
tenía el joven Regatera esperando «el día de mañana».
Hubo también esta vez envidiosos de la _suerte_ de los accionistas
primitivos, y «allá va, dijeron, esa lluvia de papeles de una sociedad
de crédito que fundamos para explotar aquello, y lo otro y lo de más
acá». Y también se cubrió el cupo, y también se ofreció la acostumbrada
prima, y también la rehusó nuestro comerciante, metido como el que más
en esta cuarta asociación anónima.
Y como al último lo que se buscaba era lisa y llanamente la _primada_,
surgían proyectos de nuevas sociedades detrás de cada esquina, no
parándose nadie en el objeto á que decían destinarse, porque no habían
de llegar á constituirse siquiera.
Algo de esto quería hacer con las mercancías el hijo de don Apolinar.
Agotadas las de su casa y comprometidas las de la plaza, dióse á vender
harinas que aún no se habían molido, trigos que no se habían sembrado.
El negocio era bueno si en el día prefijado para la entrega el precio
de la mercancía era más bajo que el estipulado; pero si sucedía lo
contrario, calculen ustedes lo que podía costarle la arriesgada
operación.
Después no se contentó con esto: importándoles á él y al comprador muy
poco la formalidad material de la entrega de lo vendido, suponían
una á fecha y precio convenidos, y se comprometían á abonarse
respectivamente la diferencia de más ó de menos, según que jugaran al
alza ó la baja, partiendo del tipo prefijado.
--Pero, hombre--decía en estos casos el viejo Regatera:--para eso, más
te valdría jugarlo á una carta ó á cara ó cruz; á lo menos abreviarías
la agonía que necesariamente sufres viendo durante meses enteros pender
de una casualidad la mitad de tu fortuna.
Y el hijo se sonreía con desdén, y el padre se aterraba.
Porque no perdiendo ripio de cuanto pasaba en su derredor, veía que
de aquéllos sus positivos caudales no quedaba ni señal; que su hijo
los había trocado por cifras que cada día iban perdiendo una parte
considerable de su valor real; que tenía los cartapacios atestados de
este papel y de otros, representando grandes sumas sin más garantía que
las firmas de los respectivos deudores, tan empapelados con el acreedor
de quien ellos, á su vez, tenían no flojo montón de obligaciones;
presumía que toda la plaza se hallaba lo mismo, y era evidente para él
que una sola piedra que se desprendiese del inseguro edificio le haría
desmoronarse hasta los cimientos.
--¿No te asusta esta situación?--decía á su hijo.
--Al contrario: me deleita,--respondía el iluso.
--Pero ¿y tu dinero?
--Aquí está centuplicado.
--En papeles.
--Que valdrán mañana montes de oro; y en prueba de la fe que en ello
tengo, acabo de comprar más acciones de la sociedad Tal...
--Acciones que, como todas las que tienes, valen hoy un treinta por
ciento menos de lo que te costaron.
--Pero como han de subir necesariamente en su día, compro más para
ganar más.
--¿Y si no suben?
--¡Bah!
--Y si concediéndote que se cumplan tus esperanzas, te ocurriese en el
ínterin un apuro de los que te acarrean á cada paso tu juego favorito
de las diferencias y otros por el estilo, ¿qué sería de tí?
--¿Y los recursos del crédito?
--¡Si tienes echado á la plaza cien veces más del que puedes sufrir!
--Juzgando con el viejo criterio mercantil, yo lo creo.
--¡El viejo criterio!... el viejo... ¡ingratos! ¡El viejo os amontonó
esos caudales que apenas veo por ninguna parte; el viejo criterio
os legó con ellos un crédito bien fundado, que estáis destruyendo
miserablemente!
--Para edificar.
--¿En dónde?
--En todas partes: hemos creado un pueblo, hemos dado la vida al
cadáver del país entero.
--Habéis echado la casa por la ventana, y nada más.
--Aun así, por generosa fuera justificable nuestra conducta.
--No hay generosidad en arrojar la hogaza cuando no se está seguro de
no tener que salir después á mendigar un mendrugo de ella.
--En todo caso, ¿quién se opone á la corriente?...
--La prudencia, el viejo criterio.
--No pudo resistirla y abandonó el campo.
--Á una generación más joven, para que con sus bríos y nuestra
experiencia utilizase lo bueno del actual sistema; no sus errores, no
sus delirios. Eso queríamos y eso han hecho los únicos que en este
desconcierto que á tí te arrolla, marchan con pie firme al término que
se han propuesto.
--Ya veremos qué camino es el mejor, si el de ellos ó el mío.
--Yo lo tengo bien visto ya. El tuyo es el de la perdición; el otro
todo lo contrario.
Y en esto, yo no sé qué aires soplaron en Castilla, que, trasponiendo
las cumbres de Reinosa, bajaron al valle, y á su contacto se bamboleó
la piedra en que espantado pensaba don Apolinar, y todas las del
edificio se removieron: todas, menos unas pocas adheridas aún á la
argamasa rancia que sabían batir los viejos comerciantes. El temor de
una catástrofe produjo un pánico indescriptible. Hasta entonces las
de este género se contaban en Santander como hechos fenomenales, y el
temor de que pudiera realizarse una quitaba el sueño todavía á los
menos aprensivos y más asegurados.
Al mismo tiempo, las cajas de aquellas sociedades que habían de
realizar tantos prodigios, lejos de dar, pedían hasta por Dios, para no
fenecer de hambre, consumido ya cuanto en ellas se había depositado;
suceso que, como es lógico, se dejó sentir en todas las carteras de la
plaza, que mermaron en más de tres cuartas partes del valor del papel
que atesoraban. Del vacío resultante vino el desequilibrio natural,
y, por consiguiente, el desencadenamiento de la tempestad, que á los
primeros embates dió en tierra con la vacilante piedra, la cual se
llevó consigo cuantas se hallaban en su inmediato contacto. ¡Allí fué
el crujir de los dientes y el temblar de la voz y el maldecir de aquel
engrudo que ningún apoyo prestaba á los removidos sillares que trataba
de sostener; allí fué el buscar el barro que representaba y por el
cual se había trocado en mejores días, y allí fué el negarse los que
le tenían á dar una mala paletada de él por todo el inútil fascinador
amasijo!
Y siempre creciendo el vacío y cada vez más furiosa la tormenta y más
desamparado el edificio, crujió todo él y al cabo se desplomó con
horrible estrépito, pereciendo entre sus ruinas hasta el último ochavo,
y algo más, del hijo de don Apolinar de la Regatera.
Éste, que creyó poder presenciar el desastre con sereno valor, al ver
entre sus escombros destacarse incólume la parte que había encomendado
su seguridad al viejo cemento, sintió en su pecho tan vivamente la
elocuencia del contraste, aquella palpable confirmación de su sistema,
que reventó en el acto, de despecho, de pena, de desesperación... y de
viejo.
V
Hijo del egoísmo el tal sistema, había reinado muchísimos años sobre
la plaza sin extenderla un palmo, sin fijar un adoquín en sus angostas
calles y sin salir del paso de sus recuas de mulos; pero atesorando
enormes positivos caudales que llevaban la abundancia desde el hogar
del propietario al sotabanco del bracero. Hijo el otro del entusiasmo,
lanzóse á la calle, destruyó lo viejo, removió la tierra, reparó, creó
y combinó; y hubo un instante en que pareció anegarse el país en la
abundancia; en que el _confort_ llegó hasta el fregadero, y creyó el
más pobre que había caído de pie en mitad de la famosa Jauja; pero
no se echó de ver que los recursos que desatentadamente iba creando
el delirio de la ambición, no podían con el peso de las necesidades
que de los mismos se desprendían; que, como muchas substancias de la
naturaleza, el crédito, en dosis prudentes, es elemento de la vida, y
en exageradas proporciones tósigo violento; y sucedió el marasmo á la
efervescencia, la penuria á la abundancia, el duelo á la alegría y el
remordimiento á tanta ilusión deslumbradora.
Sin embargo, pródigo el hijo de don Apolinar, aún le sirve de alivio,
en medio de su desgracia, la contemplación de la obra que contribuyó á
su ruina, y mira, con cierto orgullo justificable, la parte que de sus
actuales bellezas y comodidades le debe su pueblo. Avaro el padre, en
idéntica situación, en su tiempo, nada encontraría que poner delante de
su imaginación sino el recuerdo desesperante de su perdido tesoro.
Lo cierto es que con los generosos instintos del uno y la reflexiva
parsimonia del otro, podía haberse hecho una mezcla de peregrinos
resultados; pero también es verdad que si el hombre se colocara una vez
siquiera en el justo medio de la razón, esa vez haría traición á una de
las más esenciales condiciones de su naturaleza: el equivocarse en la
mitad, por lo menos, de todo lo que cavila y ejecuta.
[Ilustración]
[Ilustración]
PARA SER BUEN ARRIERO...
(CUADRO QUE PICA EN HISTÓRICO)
I
Blas del Tejo y Paula Turuleque eran de un mismo pueblo de la Montaña,
y entrambos huérfanos de padre y madre y hasta de toda clase de
parientes. Blas poseía, por herencia, un cierro de ocho carros de
tierra y un par de bueyes. Paula era dueña, en igual concepto que Blas,
de una casuca con huerto, de dos novillas y de una carreta.
Paula y Blas convinieron un día en que si sus respectivas herencias se
convirtieran en una sola propiedad y se añadiesen á ésta algunas reses
en aparcería y algunas tierras á renta, se podría pasar con todo ello
una vida que ni la del archipámpano de Sevilla.
Y Blas y Paula se casaron para realizar el cálculo; y pronto, como eran
honrados, hallaron quien les diera en renta veinte carros de prado y
otros tantos de labrantío, más un par de vacas en aparcería.
Blas era gordinflón, bajito, risueño y tan inofensivo como una calabaza.
Paula no era más alta que Blas, y allá se le iba en carnes y en
malicias.
Cogían maíz para ocho meses, partían con el _amo_ una novilla cada año,
y mataban un cerdo de siete arrobas por Navidad. Paula tenía siempre
colgados en _la vara_, sobre la cama, un jubón de _cúbica_ negra, una
saya de estameña del Carmen con randa de panilla, y un pañuelo de
espumilla para los días de fiesta. Blas, por su parte, nunca estaba sin
unos calzones y una chaqueta de paño fino, y un sombrero _serrano_ para
las grandes solemnidades.
Blas no probaba el vino más que para celebrar los días de fiesta, y en
estos casos nunca pasaba de medio cuartillo, y Paula se escandalizaba
cuando oía decir que algunas de sus vecinas empeñaban sus ropas ó
vendían el maíz para beber aguardiente.
Paula y Blas no tenían hijos, ni siquiera trazas de tenerlos, como
decía la primera; pero, en cambio, se querían como dos palomos. Juntos
iban á trabajar al campo; juntos al mercado cuando le había en la villa
inmediata; juntos á misa, y hasta bailaban juntos en el corro más de
cuatro veces; pues aunque eran casados eran jóvenes, no debían nada á
nadie, tenían buen humor y los hijos no habían de echarles en cara esa
pequeña debilidad.
Blas solía decir:--«Yo no sé qué demonches tien esta Paula: ella no es
del todo bien encará ni se pasa de lista; pero la verdá es que yo no la
cambiaría por la mejor moza del lugar».
Paula decía, á su vez:--«Blas es mal empernao, desconcertao de espalda,
pica más en bobo que en otra cosa, y con todo y con eso, la baba se me
cae de sastifación cuando le miro».
Blas y Paula se jactaban á cada instante de que jamás había habido
entre ellos «un sí ni un no», y era cosa corriente en el lugar que en
aquella casa nunca se había oído una disputa, ni había sonado un mal
garrotazo, ni se había derramado una lágrima.
Paula no comprendía que en el mundo pudiera nadie ser mucho más feliz
que ella; y de fijo hubiera juzgado su felicidad superior á todas
las de la tierra, si sus medios le hubieran permitido beber agua con
azucarillo y comer bizcochos siempre que se le antojara. Paula, pues,
era golosa, pero sin vicio ni cosa que se le pareciera.
Blas no había ocultado nunca á su mujer que envidiaba á todos los
hombres que podían, sin arruinarse, beber un cuartillo de vino blanco
en cada comida, y echar una siesta de tres ó cuatro horas sobre media
docena de colchones, precisamente colchones. Blas, pues, amaba la
poltronería y el buen vino, pero sin que la carencia de estos regalos
bastara á quitarle su buen humor habitual.
Blas y Paula, en una palabra, eran un matrimonio dichoso, tan dichoso
como se puede ser en este pícaro mundo de ambiciones y miserias y donde
tan rara es y tan extraña la paz del espíritu.