No era lerdo el tal cuando se trataba del vil ochavo. Aceptó de buena
gana la consideración que se le daba por aquella plutocracia de
tradicional severidad, y se propuso utilizar el arma para llegar más
pronto con su auxilio al fin á que se dirigía.
Merced á tan favorable coyuntura, no tardó en conocer perfectamente el
terreno que pisaba.
Santander era una aldea grande, con casas muy viejas y calles muy
irregulares, donde el _confort_ no se conocía ni se echaba de menos.
Los hombres de quienes tomaba su prestigio é importancia la plaza
famosa del mar cántabro, no levantaban media línea más que él, ni
procedían de otro origen más preclaro: indianos más ó menos antiguos;
sencillos en sus gustos, vulgares en sus formas, afanosos, pero nobles,
en su profesión, ricos casi todos, é ignorantes sin casi, como se
dejaba ver en la sencillez _primitiva_ de la población cuyo sostén y
principal objeto eran ellos mismos. Verdad es que eran muy orgullosos,
más que orgullosos, ásperos, desabridos; pero también es cierto que
este resabio sólo se dejaba sentir contra la gente de poco más ó menos,
y hasta se trocaba en impertinente amabilidad cuando se trataba de un
caudal bien cimentado, de lo que podía certificar él mismo.
Sin riesgo, pues, de deslucirse, antes con muchas probabilidades de
preponderancia, podía terciar como uno de tantos en aquel juego en que,
con un poco de serenidad y de prudencia, se ganaba siempre.
Formada su resolución, hizo una visita á su pueblo, distribuyó algunos
miles de reales entre sus paisanos, y se volvió á la ciudad donde
tan importante papel hacía y quedaba algo que, aparte de su proyecto
citado, le escarabajeaba en la mollera y tal vez en el corazón.
Este algo era la sexta hija de un rico colega suyo: una joven blanca
como una azucena, _fina_ como una seda y sosa como un espárrago.
Vióla don Apolinar cuando su padre le llevó á comer á su casa; halló
en ella el tipo de sus ilusiones... y no quiso saber más. Pidió su
mano, concediéronsela los papás desde luego, y todos los que querían
á la favorecida se alegraron: todos... menos uno. Éste era un joven
jurisconsulto, de ingenio nada escaso, que seguía desde mucho atrás
las huellas á la beldad en cuestión, habiendo recibido de ella más
de tres sonrisas y de trescientas miradas, lo cual no era poco en un
carácter semejante. Pero la firma del pobre abogado no se cotizaba
en el _bolsín_, y el padre de su ídolo, que sabía esto... y lo otro
también, no sosegaba un punto. Júzguese del placer con que oiría las
proposiciones del nuevo pretendiente. En cuanto á la pretendida, no
mostró hacia ellas la menor repugnancia; y se explica, aunque parezca
que no: era el candidato _indiano rico_, y los novios de esta madera
siempre fueron aquí de moda; y yendo á la moda una mujer, va muy á
gusto, aunque lleve á cuestas un borrego.
Casado don Apolinar, alquiló tres partes de una casa próxima al
Muelle: el piso principal, el entresuelo y el almacén; el primero para
habitación, el segundo para escritorio y el tercero para depósito de
mercancías.
El entresuelo es el que nos importa, y éste es el que vamos á examinar,
tal cual se hallaba algunos meses después de ingresar el indiano
Regatera en el gremio mercantil.
Era un salón angosto, largo y bajo de techo. Á la derecha de la puerta
de entrada había un doble atril de castaño; á la izquierda, otro más
alto, de pino pintado de color de chocolate; junto al primero, dos
banquetas, una forrada de badana verde, con tachuelas doradas alrededor
del asiento, y otra sin forrar; junto al segundo, otra banqueta,
también de madera limpia, y una especie de facistol de la altura de
un hombre: entre los dos atriles, es decir, enfrente de la puerta,
una mesa de castaño, rodeada de un listón de media pulgada de alto, y
con un agujero grande en un ángulo, el cual agujero servía de boca á
una manga de lona que por debajo del tablero de la mesa colgaba hasta
cerca del suelo; á un extremo del salón, inmediatamente detrás del
banquillo de las tachuelas, una puerta recién hecha, con gruesos clavos
de apuntada cabeza, cerrada, sobre dos pernos enormes, con un colosal
candado de hierro, amén de la llave que, á juzgar por el tamaño del ojo
de la cerradura que se veía debajo de aquél, debía de pesar dos libras
cumplidas: cuando esta puerta, siempre por la mano de don Apolinar, se
abría rechinando, á la luz de un cabo de vela de sebo que el indiano
llevaba á prevención, se distinguía en el centro de una pieza de seis
pies en cuadro una mole de hierro que, aplicando á una hoja de cierta
guirnalda mal grabada que le servía de adorno, la punta de un clavo
trabadero, y después de haber dado seis vueltas á una llave especial
y de soltar cuatro candados, se dejaba abrir por la parte superior,
mostrando entonces, por entrañas, montones de talegas repletas de oro
y cartuchos de todas clases de monedas, menos de cobre, pues éstas
yacían en saquillos de arpillera fuera de la caja, aunque dentro de
la mazmorra también. Por todo adorno en las paredes del escritorio,
había un _Plan de matrículas_, otro de _Señales de la Atalaya_, una
cuartilla de papel con los _Días de correo á la semana_, y una percha
de cabretón. Añádanse á estos detalles media docena de sillas de
perilla, arrimadas á los gruesos muros de la caja, y paren ustedes de
contar. La banqueta forrada la ocupaba don Apolinar, y la inmediata su
amanuense, á cuyo cargo se hallaban también el _copiador_ de cartas y
el de letras, más la presentación y cobro de éstas, sacar el correo,
abrir y cerrar el escritorio, _correr las hojas_, etc., etc. La mesa
del centro era para contar dinero, el cual se echaba por el agujero á
la manga adyacente, que iba á desembocar al saco, previamente colocado
debajo. El otro atril, la banqueta y el facistol correspondiente, eran
para el viejo tenedor de libros.
Dos palabras acerca de este tipo, cuyo molde se perdió muchos años
hace. Era su cargo el término anhelado de una carrera de treinta años
de _pinche_, durante la cual, como es fácil de comprender, todo se
concluía en el aspirante: el humor, el apetito, la salud... todo, menos
la paciencia y el pulso. Este hombre no reía, ni hablaba, ni pisaba
recio desde el momento en que entraba en el escritorio. Entonces se
quitaba á pulso el sombrero, y á pulso le sustituía en la cabeza con un
gorro de terciopelo negro; á pulso se ponía los manguitos de percalina;
á pulso y con respetuosa parsimonia abría los libros, y á pulso mojaba
la pluma, y sentaba las partidas, y ataba y desataba los legajos que le
entregaba en silencio el principal, á cuyo cargo estaba la obligación
de volverlos á recoger. Ordinariamente no fumaba; pero si tenía este
vicio, fumaba cuatro medios cigarrillos al día, dos por la mañana y
dos por la tarde, uno de ellos al medio y otro á la conclusión de la
tarea, la cual tenía para él términos inalterables. No la cercenaba ni
un segundo al empezar; pero si al ser las doce en su reloj de plata,
por la mañana, ó las seis por la tarde, le faltaba una palabra, una
sola letra para concluir el renglón ó período que escribía, alzaba
la pluma, la limpiaba sobre el manguito izquierdo, y así quedaba el
asunto hasta la próxima sesión. Ni un instante más ni menos de lo
justo; ni una plumada siquiera en asuntos de la jurisdicción de otra
mesa. En cuanto á los libros, eran suyos, exclusivamente suyos, y el
principal mismo tenía que pedirle por favor que se los abriera para
examinar el estado de alguna cuenta. ¿Tocarlos otra mano que la suya?
¡Jamás! La contemplación de aquellas letras perfiladas, de aquellas
columnas inmensas de números casi de _molde_, de aquel rayado azul y
rojo, era su orgullo, el único deleite de su alma al abrir las extensas
páginas de sus dos infolios de marquilla. Un borrón sobre ellas, y su
naturaleza, probada al rigor de un método inalterado de treinta años,
se hubiera quebrado como débil caña.
Con un hombre así y los demás elementos materiales inventariados de su
escritorio, contaba don Apolinar _de la_ Regatera como auxiliares de su
instinto mercantil en la nueva campaña que había abierto.
Los corredores le importunaban poco, pues sabían que de un hombre
semejante se sacaba escasa utilidad. Efectivamente: don Apolinar,
que no se fiaba ni de su sombra, gustaba de hacer los negocios por
su mano; y así, no solamente los discutía á su antojo, sino que, no
parándose en la fe de una muestra aislada, iba «á la pila», y allí se
hartaba de palpar, oler y paladear el género, hasta que le hallaba á
su entera satisfacción. Entonces, si el negocio era de «clavo pasado»,
le abarcaba solo; pero si presentaba la más pequeña duda, le dividía
en lotes, y aplicándose uno á sí mismo, se consagraba una semana á
conquistar amigos que cargasen con los restantes, mancomunidad en
que él entraba con frecuencia á solicitud de alguno de los mismos
reclutados. De este modo, si se perdía, la pérdida no podía ser grande;
y si se ganaba, eso más habría en la caja. Ganar poco y á menudo, y
abarcar algo menos de lo que se pudiera; pisar sobre terreno conocido,
dejando siempre «cubierta la retirada»; llevar á la Habana frutos de
Castilla, y á Castilla frutos coloniales, ó vender los unos y los otros
en la plaza misma, si se presenta ocasión ventajosa; cobrar en moneda
sonante y de buena ley; hundirla en los abismos de la mazmorra... y
dejar el mundo y las cosas como se hallasen; y «Antón Perulero, cada
cual á su juego, y á Cristo por redentor le crucificaron».
Tales eran sus máximas; tal era su ciencia.
He aquí ahora su estilo:
«Muy señor mío y mi dueño: Por la presente, acúsole recibo de la
muy atenta y favorecida del tantos de los corrientes, atento á cuyo
contenido diré:
«Fué en mi poder la letra que adjunta acompañaba de su mismo puño,
á los ocho días vista y cargo de estos señores Cascarilla Hermanos y
Compañía, por valor de
«Rs. 12.576 con 31 mrs. de vellón. Mencionados señores han dicho ser
corriente referida letra, por lo que hago á usted abono en su cuenta de
expresada cantidad, que en su día, y Dios mediante, será efectiva, sin
cuyo requisito valgan en mi favor todas las salvedades de costumbre.
«Subsiguientemente me impongo de que me dice usted: ‘Tal y tal (_y
copiaba aquí cerca de una carilla de la carta de su corresponsal_)’.
Á lo que respondo refiriéndome á la mía del tantos, en que decía
que: ‘Esto y lo otro (_y reproducía íntegro un párrafo de su carta
citada_)’».
El mercado de _caldos_ sigue encalmado, si bien _las_ aceites arribaron
ayer á una poca de estima, motivado á que, como era día de correo, se
supo que la cosecha de aceituna en el _literal_ de Sevilla amagaba _de_
malogro.
_Azúcares._ Este _dulce_ en favor, máximen los mascabados
y el blanco _Bombita_ y el _Guanaja_.
_Harinas._ Este _polvo_ un tanto desconcertado, según
el viso que va presentando la sementera en Castilla, al
respective de los últimos temporales.
Por el correo de la próxima semana venidera daré á usted nuevas
noticias, si el caso lo requiriese. Por hoy sólo tengo que repetirme
de usted, como siempre, y para cuanto guste, suyo afectísimo seguro
servidor Q. B. S. M.».
Esto, dictado por don Apolinar, lo escribía su amanuense con la más
desastrosa ortografía, sobre un ancho papel verdoso sin membretes ni
garambainas.