El invierno se coló de rondón, llevando consigo una cantidad horrorosa
de catarros y pulmonías.
Los árboles mostraban ya sus desnudas y esqueléticas ramas; las plantas
habían enmudecido y no daban flor. Llovía mucho, y los moradores del
hotel habíanse confinado en las habitaciones. La vida en él había
recobrado su marcha acostumbrada, salvo las modificaciones introducidas
por Felipe, que no eran pocas.
Felipe, que no pensaba más que en sus comisiones, salía por la mañana,
tempranito, en el segundo ó tercer tranvía, y, con mucha frecuencia, no
regresaba hasta la noche; cenaba, contando á todos las _notas_ que había
hecho durante el día, y se acostaba con el bocado en la boca. ¡Ah...! El
no podía acompañar al tío y á Clotilde en sus reanudadas sesiones
musicales; tenía que madrugar. Con mucha frecuencia tenían éstas que
suspenderse, porque el ruido del piano no le dejaba dormir. En su apoyo
venía Doña Andrea:
«Pobrecillo, con tanto como trabajaba, era un crimen no dejarle dormir.
¡Y con los madrugones que se daba el infeliz! Es verdad que D.
Sebastián también madrugaba; pero ¡vaya una diferencia! D. Sebastián
llegaba á la oficina, se sentaba, tomaba café, fumaba, charlaba con los
compañeros... y pare usted de contar; en cambio, el pobre Felipe tenía
que trotar por las calles más que penco de coche de alquiler, y recibir
más sofiones que novio en desgracia. ¿Cómo no había de molestarle el
piano, y más que el piano, las _latas_ que tocaba Clotilde? ¡Aquel
pron... porrorón... porrorón... pon pon... del Lohengrin... del
Tannhausser y del Parsifal, le quitaban el sueño á un lirón!»
Resignábanse Clotilde y su tío, y entregábanse, él, á los libros; ella,
á las labores, que alternaba con la lectura.
Pasaron los meses. Felipe, apoyado siempre por la tía, volvíase cada vez
más despótico, comercialmente hablando, y Clotilde sólo escuchaba de él
la diaria relación de las _notas_ ó pedidos de las casas de comercio.
Clotilde, sin dejar de estar alegre, parecía no ser la misma: su alegría
era reposada, grave; no era aquella bulliciosa alegría que tenía de
soltera. D. Sebastián, único en la casa que había observado aquel
cambio, como había observado el modo de conducirse Felipe con su
esposa, dióse á pensar en las causas de aquella transformación.
No tardó mucho en dar con la clave; la cosa era indudable: Felipe y
Clotilde habían escrito á París y pronto se recibiría el aviso de la
llegada del bebé. D. Sebastián sintió una alegría loca... ¡Tanto como á
él le gustaban los niños! Ellos habían tenido dos, pero los dos se los
había llevado Dios. Ya estaba viendo un chiquitín rubio como el oro,
porque seguramente sería rubio, correr y trotar por el jardín. ¡Oh! pero
ya se guardaría muy bien de estropear las plantas y de tirar piedras á
todos aquellos pajarillos que tan confiadamente se aposentaban en los
árboles, porque sabían muy bien que nadie les haría daño.
Esperó, pues, D. Sebastián con verdadera impaciencia la feliz noticia;
pero pasaban los días, la tristeza de Clotilde iba en aumento, y la
noticia no llegaba.
Un día, no pudiendo resistir más, llamó á su esposa, y haciéndola
observar lo que él había notado en Clotilde, le preguntó:
--¿No te ha dicho nada Clotilde de si...?
--¡Nada!--replicó Doña Andrea.
Y cuando D. Sebastián quedó solo, hubo de refunfuñar entre
dientes:--¡Claro, hombre, claro: si á un marido con tanta nota y tanto
pedido..., no le puede quedar tiempo para nada!
Volvió la primavera, y con ella la sublime explosión de vida y alegría
de la Naturaleza.
En todos los hotelitos colindantes se notó el arribo de la estación.
Este plantaba claveles; aquél, geráneos; el otro de más acá, que tenía
un trocito de huerta, hacía sus siembras de hortalizas; aparecieron los
pajarillos cantando alegremente; mostrábase más perezoso el sol para
acostarse y más diligente para madrugar; arrinconáronse estufas y
braseros, y diéronse á conocer los que ocultaban su rostro entre subidos
cuellos y liadas bufandas; volvió, en fin, el alegre vivir de la
primavera.
Don Sebastián resucitó también. ¡Con qué alegría veía revivir su muerto
jardín! La savia, trepando por los troncos y encaramándose por las
ramas, hacía brotar en éstas innumerables puntitos verdes, que habrían
de convertirse en nuevas ramas, en hojas, en flores, en frutos. Surgían
de las plantas los capullos que, avaros, guardaban su tesoro;
acariciábalos el sol amorosamente y las flores asomaban recibiendo
temblorosas el primer rayo de sol, cual púdicas vírgenes que reciben en
los labios el primer beso de amor; abríanse lentamente, como temerosas
de perder sus delicados colores y su dulce fragancia, hasta que,
rendidas á las caricias del ardoroso amante, ofrecíanse á él en toda su
lozanía, entregábanse sin rebozo á sus besos de fuego que habían de
matarlas.
Clotilde ayudaba, siempre que podía, á su tío en aquellas tan agradables
faenas.
Felipe seguía en su actividad comercial, no comprendiendo que un hombre
que tiene toda la tarde libre no sepa emplearla en otra cosa más
provechosa que en cuidar flores y en leer librotes, sentado, á la sombra
de un árbol, en un sillón de mimbres ó en un banco rústico.
«Valientes chifladuras, valientes tonterías las que decían _Heine_ y
todos aquellos otros tontos por el estilo. Él comenzó á leerlo y tuvo
que dejarlo más que de prisa. ¡Que se gastara el dinero en comprar
aquellas paparruchas! Si el tío quisiera, podría dedicarse con él al
comercio, y ganaría más--decía.»
Sonreía el tío, y con la intervención de Clotilde, se ponía fin á tan
enojoso tema:
--«El tío no tiene carácter para eso, Felipe; además, el tío tiene lo
bastante para vivir, y no ambiciona más: el dinero no es precisamente
la felicidad.»--«¿Que no ambicionaba más? ¡Valiente tontería!»
Felipe no comprendía que nadie pudiera decir: «ya tengo bastante»
¡Cristo!... ¡Con el dinero que había en el mundo!
Los días que el mercantil Felipe se quedaba en casa por la tarde, cosa
que sucedía contadas veces, no por eso estaba ocioso: metíase corral
adentro, en compañía de Doña Andrea, y haciendo uso de sus conocimientos
en esta materia, adquiridos de jovencillo en el pueblo, y teniendo en
cuenta los informes de la tía, rara era la vez que entraba en el corral
que no salieran dos ó tres de aquellos ovíparos sentenciados á muerte.
Inútil era que Clotilde y su tío pusieran el grito en el cielo,
intercediendo por aquellos animalitos: no había apelación posible contra
los _mortíferos_ decretos de Felipe.
--Señor, para llegar á formar un buen corral--decía éste--, la selección
es lo primero.
--¡Claro!--apoyaba Doña Andrea.
--Las gallinas ¿para qué son? Para que pongan huevos ó para comérselas;
¿no es eso?
--¡Naturalmente!--decía Doña Andrea.--No van á ser para adorno.
--¡Pobrecitas!--gemía Clotilde.
--¡Qué sensiblerías más tontas!--replicaba desdeñosamente Felipe.
--Pero, ¿para qué se quiere tanto huevo?--alegaba D. Sebastián.
--Para venderlos--contestaba Doña Andrea.
--Pero, señor, eso es convertir esta casa en una huevería, y dar lugar á
que á ti te llamen Doña Andrea _la huevera_, y á mí D. Sebastián _el
huevero_.
--Tú dame pan... y llámame tonto.
--Si nosotros no tenemos necesidad de ese comercio para vivir.
--Por mucho trigo nunca es mal año.
Ante este modo de razonar, D. Sebastián tenía que callar... por no
hablar.
Y sea por la selección que Felipe hacía ó porque las gallinas llegaron á
sentir verdadero terror ante aquel verdugo, es el caso que llegó día en
que éstas formaron cola para ir á depositar el huevo en los ponederos;
con lo cual Doña Andrea llegó á venderlos por cientos, con harta
satisfacción suya y desesperación de D. Sebastián.
V
Una tarde, era ya la hora del crepúsculo, hallábase D. Sebastián en el
jardín, sentado en su sitio de costumbre, contemplando una de las
infinitas soberbias puestas de Sol que en Madrid se admiran, cuando
Clotilde, avanzando lentamente por el jardín, llegó hasta donde su tío
estaba.
Tan absorto se hallaba éste en la contemplación del grandioso
espectáculo que se ofrecía á su vista, que no se dió cuenta de la
presencia de su sobrina.
--Tío--dijo ésta con dulce voz.
--¡Clotilde!
--¿Te molesto si me siento aquí, á tu lado?
--¡Qué disparate, hija mía!--dijo D. Sebastián corriéndose un poco en el
banco que le servía de asiento para dejar más espacio á Clotilde.--Pero,
¿qué tienes? ¡Tú has llorado!
--No, no... ¡no he llorado!
--¿Cómo que no, si aun se notan las huellas en tus ojos?
--Es que... Bueno, sí, he llorado; pero por nada, por una tontería.
Verás: estaba yo en mi habitación concluyendo de coser unas cosillas,
cuando sin saber por qué, empecé á ponerme triste, muy triste... ¡una
cosa sin fundamento!
Como ya apenas se veía, dejé la labor y me asomé á la ventana para que
me diera un poco el aire. Yo no sé lo que sentí: el poético crepúsculo
que se ofrecía á mis ojos, el religioso recogimiento que á estas horas
parece reinar en toda la Naturaleza, el misterio con que el día se aleja
de nosotros, sin que sepamos si hemos de volverle á ver, me
impresionaron vivamente; sentí una angustia grande aquí, en el pecho, y
ganas, muchas ganas de llorar... ¡Ya ves qué cosa tan tonta!
--Tus tristezas se resolvieron en llanto.
--Pero si yo no he estado triste nunca.
--¡Pobrecilla!--replicó D. Sebastián sonriendo bondadosamente.--Hace
tiempo que lo estás sin darte cuenta... ¡Dónde está tu alegría de otros
tiempos!... ¡Dónde las risas con que á todos nos alegrabas!
--Es verdad que hace algún tiempo...
--Algunos meses.
--Bueno, sí; hace meses que siento así como un malestar... una
ansiedad... un _no sé qué_...
--Un _no sé qué_: eso, eso es lo que se siente.
--Al principio pensé que la causa sería el que yo...
--Sí; yo también creí que la causa sería el que tú... Pero no era eso.
--No, no era eso--dijo Clotilde con un leve suspiro.
--La causa era otra.
--¡Otra!...
--La causa de todo eso era, y sigue siendo, el empacho que tienes de
_notas_, de pedidos de camisetas, de calcetines... y demás géneros de
punto.
--Tío...
--No, no te sorprendas... ¡¡Si lo tengo yo, y no soy la mujer de tu
marido!!
--Felipe es bueno--dijo Clotilde sonriendo al oir el tono de convicción
de su tío.
--¡Quién lo duda! Pero es el caso que tu marido no habla ni deja hablar
más que de pedidos, de remesas y de tantos por ciento; que al casarse no
pensó, á lo que se ve, en hallar la dulce compañera que sabe dar
consuelo en los trances apurados y prestar aliento en los
desfallecimientos que se sufren en la diaria lucha por la vida, sino al
representante de una fábrica ó al encargado de un almacén á quien
comunicar _notas_ y más _notas_, pedidos y más pedidos.
Es verdad que tu marido no necesita consuelos, porque no tiene
aflicciones; ni alientos para colocarle una partida de camisetas de
abrigo al mismísimo _Preste Juan_, porque le sobran; pero tampoco es
para que llegue al extremo de suponer que tu única aspiración en este
mundo es que te encargue de escribir sus cartas comerciales.
Calló breves momentos D. Sebastián, y Clotilde dió un nuevo suspiro.
--¡Pobre niña!--continuó diciendo aquél.--Tú, tan buena, tan cariñosa;
tú, cuyo corazón rebosa de amor, de ternura, de dulces anhelos de
comunicación espiritual con el ser amado, te ves privada de dar
expansión á esos bellos sentimientos que, acumulándose en tu pecho, te
ahogan, te oprimen y te hacen sentir un _no sé qué_... ¡Ah!... Eres un
bello libro de poesías que tu marido no se ha ocupado en hojear
siquiera... ¡Psch!... ¡Así es la vida!... En cambio, otros buscan con
afán, aunque no sea más que una sola poesía, una sola... y ¡nada!,
prosa, hija mía, prosa á todas horas.
Un silencio prolongado reinó entre ambos.
--Qué dulce bienestar se siente aquí, tío--dijo al fin Clotilde.
--La Naturaleza es manantial inagotable de poesía; á él acudimos todos
los que no tenemos _fuente_ en casa. Hoy acudes por primera vez á ese
manantial para mitigar tu sed, y á él seguirás acudiendo. ¡Hoy vienes
junto á mí; mañana, cuando yo falte, seguirás viniendo tú sola!
La luz del día habíase extinguido por completo; á lo lejos se veía el
resplandor del alumbrado de Madrid.
--Tú aun puedes esperar--continuó Don Sebastián.--Sois jóvenes, y tal
vez tu marido cambie; aunque es de suponer que tarde, pues ya sabes que
su opinión es, que mientras quede una peseta en poder de alguien, se
debe trabajar para ganarla. Es posible, muy posible, que él llegue á ser
dueño de todas, y entonces quizá piense que se olvidó de leerte...
¡Puede que deje las lecturas para cuando ya no tenga nada que hacer!
--Pobre tío: ahora comprendo lo que te falta para ser feliz
completamente.
--¡No sólo de pan vive el hombre, Clotilde...!
--¡Ni la mujer, tío...!
--Caro te ha costado el saberlo, pobrecita mía. Recuerdas lo que te
decía la tarde de nuestro paseo: todos tenemos que hacer concesiones á
_nuestro tipo_; pero hay que ver cuáles sean éstas: las concesiones son
muy peligrosas, porque una vez hechas, no tienen remedio. Yo también las
hice á _mi tipo_, creyendo que sería capaz de despertar sentimientos que
suponía dormidos... pero... ¡sí... sí...! ¿Quién es capaz de despertar
lo que no duerme, ni cómo ha de dormir lo que no existe? Y no es esto lo
malo; lo malo es que no hay derecho á quejarse: ellos son buenos, tal
vez mejor que nosotros, puesto que son más humanos; toman la vida como
es, sin preocuparse de reformarla, y así nos la dan.
--Es verdad; pero es tan agradable un ratito de poesía en la vida...
La campanilla de la puerta del jardín anunció que alguien abría ésta
violentamente; pero ni el tío ni la sobrina repararon en ello: tan
abstraídos se hallaban.
De aquel arrobamiento vino á sacarles la voz mal entonada de Doña
Andrea, que llegó hasta ellos sin ser sentida, y que, rompiendo á hablar
de pronto, les propinó un susto morrocotudo.
--¿Qué...? ¿Ya estáis viendo salir las estrellas? ¿Hay alguna nueva, ó
son las mismas?
Al volver en sí los dos soñadores, hubieron de sentir, primero, dolor
producido al chocar en su caída con la dura corteza terrestre, después,
risa al oir á Doña Andrea.
--Tu marido dice que vayas, que dónde diablos has metido la carta que
recibió ayer de _Masnou y Compañía_, que no la encuentra.
Clotilde, al oir que Felipe había venido, cayó en la cuenta de que, por
primera vez, no había salido á esperarle á la puerta del jardín. ¿Qué le
diría? ¿Le reprocharía en su falta? Clotilde sintió una gran alegría al
pensar que así sucediera.
La Luna iluminaba por completo el jardín. Clotilde se dirigió hacia el
hotel, mientras D. Sebastián y su esposa quedaban discutiendo; por el
camino, Clotilde fué cortando rosas hasta formar un hermoso ramo, que
pensaba colocar en la mesa del comedor. Ligera como una corza subió las
escaleras que conducían al piso principal, y compitiendo el color rojo
de sus mejillas con el de las rosas que llevaba en la mano, entró en la
habitación en que se hallaba Felipe.
Éste, muy sofocado, revolvía en un mueble papeles y cartas. Al ver á
Clotilde, prorrumpió en exclamaciones que denotaban claramente su
enfado.
--¡Dónde está la carta de Masnou, vamos á ver: dónde está, que no la
encuentro!
Clotilde, al ver aquel recibimiento tan distinto del que ella se forjara
en la imaginación, acercóse al mueble en que Felipe revolvía, y abriendo
un cajoncito, sacó la carta y se la entregó.
--Ya podía yo volverme loco buscando--gruñó Felipe cogiendo bruscamente
la carta que le alargaba Clotilde, y sentándose ante su mesa.--¡Quién
iba á suponer que la habías puesto en un sitio donde no se ponen nunca!
Felipe, sacando la carta del sobre, y un librito de notas del bolsillo
interior de la americana, empezó á leer y á tomar apuntes.
Clotilde le miraba sin moverse del sitio y sin despegar los labios. Así
permaneció algunos instantes.
Felipe, dejando un momento la tarea comenzada, dijo á su esposa:
--¿Qué haces ahí? Díle á la tía que á ver si cenamos pronto, que tengo
que madrugar mañana y quiero acostarme en seguida.
Y dicho esto, volvió á reanudar su interrumpida tarea.
Clotilde nada respondió; llevó el ramo de rosas á su rostro, aspiró con
deleite su aroma y, lentamente, salió de la habitación dejando caer de
sus ojos amargas lágrimas, que fueron á perderse en los cálices de
aquellas flores...