--¿Estás oyendo, Micaela?
--¿Qué... señora?
--¡Qué! ¿No estás oyendo que dan las ocho?
--¿Lo dice usted por los señoritos? Ya deben estar al llegar.
--Asómate, mujer, asómate, que me estoy consumiendo la sangre.
Asomóse Micaela, como la señora la mandaba, á la ventana de la cocina,
que daba á la carretera.
--¿Vienen?
--No veo á nadie, señora.
--No, si estarán tan tranquilos. Mi marido, como hoy no se ha podido
sentar bajo la acacia, según costumbre, para ver ponerse el Sol, estará
sentado en cualquier parte viendo salir las estrellas; y la pánfila de
su sobrina, mientras tanto, estará haciendo el programa de las _latas_
que van á tocar esta noche. Pero ¿qué haces ahí soplando y consumiendo
la lumbre?
--Señorita, estoy calentando el aceite para freir la carne.
--¿Cómo quieres freir la carne sin que estén aquí? ¡Buena andaría la
cocina como te dejaran á ti sola...! ¡Y buena andaría mi paciencia, si
Dios no me la aumentara á diario!
--Verá usted como no tardan ni cinco minutos. ¡Bueno es el señor para no
sentarse á la mesa á su hora!
--Sí: cuando está en casa, muchas prisas y mucha puntualidad...; pero
cuando no... ¡Y luego tiene una mal genio... y no deja vivir á nadie...!
Arrima ese puchero á la lumbre, mujer; no se te ocurre nada... ¡Ay, qué
cabezas más descansadas...! ¡Así ya se puede llegar á viejo, ya...!
Añádele agua: ¿no ves que se ha consumido ya la mitad á fuerza de estar
cuece que te cuece?
--Si por eso lo aparté, señorita.
El repiqueteo de la campanilla de la puerta del hotel cortó el diálogo
que sostenían ama y criada.
--Ya están ahí... ¿Lo ve usted, señorita?
--Sí..., sí... Pero echa la carne en la sartén y sopla, mujer, sopla;
parece que te estás muriendo.
Que sonó la campanilla de la puerta del hotel hemos dicho, y lo
mantenemos, porque hotel era la vivienda que albergaba á D. Sebastián y
familia. Situado en las afueras de Madrid, en una de esas barriadas que
llegan á formar verdaderos pueblos, con todos los inconvenientes de
estos y sin ninguna de las ventajas de la capital, á cuyas puertas se
hallan, no era ni mejor ni peor que otros que le rodeaban.
Se componía de dos pisos, con tres huecos por fachada; tres de éstas, ya
que la cuarta daba á la carretera, estaban rodeadas por una regular
extensión de terreno, en la que abundaban los árboles, de ya respetable
ancianidad, que demostraban haber sido aquel hotel de los primeros que
se construyeron en la barriada. Aquel terreno, que por la distribución
de los árboles daba bien claro á entender que en sus tiempos fué todo, ó
la mayor parte, jardín, se hallaba á la sazón dividido en dos partes, de
las cuales, la más pequeña, que formaba cuesta, era la destinada á
jardín; la otra era un inmenso corral.
Habitaban el citado hotel, D. Sebastián y su señora, Doña Andrea, á la
que hemos visto en la cocina, en calidad de propietarios; Clotilde, la
sobrina, en calidad de hija, que no era menor el cariño que sus tíos la
tenían, y Micaela, en calidad de criada. Como seres irracionales
moraban, en distintas partes del hotel: _Minín_, en calidad de gato,
que, listo tenía que ser el ratón que á él se la diera; la _Careta_ y la
_Niña_, en calidad de cabras, á cuyo cargo corría el proveer de leche á
los habitantes racionales de la casa; y un número de gallinas que
oscilaba entre 50 ó 60, en calidad de buenas ponedoras, que por algo
unas eran castellanas negras, y otras, cordobesas de pura raza.
Cuando la diosa fortuna en forma de herencia, puso aquel hotel, con más
unos ocho ó diez mil duros, en manos del matrimonio, éste, reunido en
sesión permanente, acordó por mayoría de votos el inmediato traslado de
residencia.
Es verdad que D. Sebastián tendría que tomarse la molestia de ir desde
tan lejos á la oficina, y que esto traería consigo el gasto del tranvía;
pero bien echadas las cuentas, y mujer era Doña Andrea capaz de
echárselas al mismísimo lucero del alba, resultaba que, descontada la
molestia de los diarios viajes, ni el gasto del tranvía, ni algunos
otros que también le seguían, alcanzaba á los 15 duros que pagaban de
casa; luego el traslado era conveniente.
No era muy grande la cantidad que se ahorraban; pero unida ésta al nuevo
ingreso que habría con la renta del capital en efectivo, heredado, venía
á formar un total que llevaba el bienestar á la casa de D. Sebastián.
Comprendiéndolo así, éste, espíritu poco apegado á la corteza terrestre
y muy dado á vagar por las regiones imaginarias, pensó en realizar
alguno de sus ensueños.
Propuso D. Sebastián que del dinero heredado, y puesto que no tenían
hijos--Clotilde aun vivía con su padre--, se separara una cantidad
prudencial, cuatro ó cinco mil pesetas, y que se emplearan en hacer un
viajecito para ver alguna de las muchas cosas que hay que ver en el
mundo. Un viajecito á París, bajar luego á Italia, ver algo de Suiza.
Haciéndolo con economía, 5.000 pesetas podían dar mucho de sí. Era muy
triste morirse sin haber visto más que Madrid, Soria, Cadalso de los
Vidrios y Carabanchel Bajo.
Ante semejante proposición, Doña Andrea puso el grito en el cielo y
afirmó rotundamente que ella no se movía de Madrid por nada del mundo.
¿Qué era lo que había que ver en todos aquellos sitios? Nada. En
Francia, en Italia y Suiza, no podía haber ni más ni menos que en todas
partes: casas, gentes, tierra, árboles, montañas... ¿Y qué? ¿Eso valía
la pena de gastarse 1.000 duros, de ir á países donde ni le entienden á
uno, ni se les entiende á ellos? ¿Valía la pena de ir á padecer
molestias y contratiempos, pudiendo estar tan ricamente en su casa por
muchísimo menos dinero? Ni ella haría _el primo_, ni consentiría que su
marido lo hiciera.
Inútiles fueron todas las reflexiones que D. Sebastián pudo hacerla;
inútiles cuantos argumentos le sugirió su imaginación para convencerla.
En vano se esforzó D. Sebastián en hacerla ver que si la Naturaleza es
una, no en todas partes se muestra igual; que si en todos los países hay
hombres y mujeres, no todos tienen los mismos usos y costumbres; que sus
caracteres varían mucho de unos países á otros y que, efecto de esta
diversidad de idiosincrasias, son las diferentes obras que ellos han
realizado y realizan: todo fué predicar en desierto. Doña Andrea no hizo
más concesión que la de ir á Gijón en el próximo verano, á pasar quince
días. A esta concesión respondió D. Sebastián que para ir á Gijón, más
valía no ir á ninguna parte.
Resolvióse, pues, que en vista de que no se iba á ningún lado, lo
conveniente era que se hicieran cuanto antes algunas obrillas de menor
cuantía que el hotel necesitaba, para trasladarse en seguida y pasar ya
el verano en la nueva morada.
Don Sebastián, que sólo aparentemente había renunciado á sus proyectados
viajes, iba todas las tardes, después de almorzar, á inspeccionar las
obras y á meter prisa á los operarios, que, si á sus ojos trabajaban con
mucha lentitud, á los de Doña Andrea no hacían nada; tal era el deseo
que ambos cónyuges tenían de hacer su traslado; y era la tal prisa,
porque cada uno tenía sus proyectos, como pronto veremos.
Terminaron las obras, ¡que bien sabía Dios que no estaban en consonancia
con el tiempo invertido!, según Doña Andrea, y llegó el momento solemne
de despedir la antigua casa. Aquel día, Doña Andrea no cabía en sí de
gozo. ¡No ver más al casero!
Cuando D. Sebastián se puso el gabán y el sombrero para ir á cumplir tan
importante misión, había que oir á Doña Andrea:--«Le dices que nos vamos
á nuestro hotel; que ahora puede subir el piso todo lo que le dé la
gana, y no blanquearle la cocina ni al mismísimo Jesucristo que lo
alquile; y que me alegraré que no le paguen los que vengan, y que
traigan 20 chicos y perro.»
Don Sebastián tuvo que dar su palabra de honor de que todas esas cosas y
otras muchas le diría al tío aquél, que porque tenía una casucha de mala
muerte, se creía el duque de Medinaceli.
Verificado el traslado, surgieron algunos disgustillos, motivo de los
ocultos pensamientos en el matrimonio.
Juraba y perjuraba Doña Andrea que el jardín era una _lata_, palabra
ésta muy usual en ella.
Hacía falta mucha agua, y no la había; hacía falta mucho trabajo, si
quería tenerlo regularmente, y no era cosa de pagar un jardinero.
Aseguraba D. Sebastián que su mujer tenía más razón que un santo; pero
que era una cosa fuera de duda, que las flores son tan necesarias á la
vida como el comer, y que, en lo que respecta al trabajo, él haría de
jardinero.
Replicaba Doña Andrea que las flores eran muy bonitas para que se las
cuidaran á uno y no tener que hacer más que olerlas, y que, por lo
tanto, era muchísimo mejor dejar aquel terreno para las gallinas y las
cabras que se habían de comprar. Contestaba Don Sebastián que él no se
oponía á lo de las gallinas y las cabras; muy al contrario; que á nadie
más que á él le gustaban los huevos frescos y la leche pura, aunque la
prefería de vacas; pero que por nada del mundo, ya que había conseguido
su sueño dorado de tener jardín, consentiría que éste se destruyera. Al
fin, y tras de una lucha encarnizada, vínose á un acuerdo: hacer una
división con tela metálica. Hízose así, pero pronto empezó D. Sebastián
á sufrir y á renegar de su mala estrella: las gallinas, incitadas por
el verdor de las plantas, saltaban la división y se daban opíparos
banquetes con las flores, tan amorosamente cuidadas.
Ante sus enérgicas protestas, Doña Andrea decía que ella no lo podía
remediar. Se procedió á una corta general de alas, y así pudo remediarse
en gran parte el mal. No obstante, D. Sebastián, que también profesaba
gran cariño á los bichos, los cuidaba y procuraba obsequiarlos de cuando
en cuando, dándoles un banquete de verde.
Otro disgusto surgió con la instalación del despacho de D. Sebastián; la
elección de habitación dió lugar á otra batalla; pero al fin triunfó el
esposo, escogiendo una que daba al Mediodía y que Doña Andrea quería
destinar á cuarto de plancha. El despacho que tenía el hotel daba al
norte, y D. Sebastián no quería fríos ni tristezas. Instalóse, pues, en
la pieza citada y compró grandes estantes para sus libros, que
produjeron una serie de palabras admirativas de Doña Andrea,
interminable.
--¿Pero si tú no tienes libros para un estante y compras tres? Pero ¿qué
vas á hacer con esos armatostes? Pero ¿para qué quieres esos estorbos?
--Para libros--replicaba calmosamente D. Sebastián.
--¡Si no los tienes!
--No tengo todos los que quisiera, porque no los he podido comprar; pero
ahora los compraré.
--¡En librotes te vas á gastar el dinero!
--¡En mi dinero nadie tiene que meterse!
Don Sebastián tenía una cantidad mensual para sus gastos; cantidad que
ahora, á mayores ingresos, sería también mayor.
Parecían ya deslindados los campos, y normalizada la vida en el hotel,
cuando hete aquí, que una mañana que Doña Andrea se ocupaba en mudar el
agua á las gallinas, llaman á la puerta del jardín y se presenta una
mujer preguntando si vendían huevos.
Doña Andrea quedóse algo sorprendida con la pregunta.
--¿Quién le ha dicho á usted que viniera aquí á ver si vendíamos huevos?
--Nadie, señora, no se moleste usted por eso; es que yo me dedico á
comprar por todos estos sitios huevos frescos para venderlos en Madrid.
Mire usted; estas cuatro docenas que llevo en esta cesta, las he
comprado en aquel hotel _encarnao_ que ve usted allí. Y la mujer
señalaba con la mano uno no muy distante.
--¿De modo--dijo Doña Andrea, como quien echa sus cuentas--, que en
estos hoteles venden huevos?
--Sí, señorita; en casi todos.
--¿Y á cómo los paga usted?
--A seis reales...
--A... seis... reales--dijo Doña Andrea, como hablando consigo
misma.--Vuelva usted mañana y le podré dar dos docenas.
Y volvió la mujer al día siguiente; y aquella noche Doña Andrea echó sus
cuentas..., y á los dos días, D. Sebastián se llevó el disgusto número
uno: Doña Andrea reclamó para sí la mitad del jardín, haciendo de su
petición cuestión de gabinete: era una locura tener todo aquel terreno
para recreo de los ojos, cuando se podía sacar una utilidad de él: Doña
Andrea quería triplicar el número de gallinas, y, además, necesitaba
terreno para sembrar trigo, y que saliera mucho más barato el pienso de
aquellos animales.
Don Sebastián puso el grito en el cielo; pero, al fin, como buen esposo,
que vaya si lo era, tuvo que ceder, porque no dejaba de comprender que
la petición de su esposa era lo más razonable del mundo: pedía la mitad
nada más; era justo cederla.
Pobres plantas las que cayeron... D. Sebastián pasó casi una enfermedad.
Un año llevaba el matrimonio en aquella nueva vida, cuando la orfandad
de Clotilde, sobrina carnal de D. Sebastián, la trajo á vivir con ellos
como una hija.
Clotilde, muchacha de claro talento y despierta imaginación, vino á ser
la bendición de Dios en aquella casa. Ella sabía ser la prosaica mujer
de su casa para con su tía; ella sabía acompañar á su tío en los viajes
_aéreos_ que éste hacía con el pensamiento. Con maestría admirable, ella
sabía dirimir las cuestiones que, por asuntos sin importancia, surgían
entre el matrimonio, y con tal maña lo hacía, que ella se las arreglaba
de modo que, sin dar la razón á ninguno, la daba á los dos; con lo que á
los tíos se les caía la baba.
Por el día acompañaba á la tía en las tareas de la casa, ayudaba á
cuidar las gallinas, cosía, planchaba y, en fin, hacía por tres; por las
noches, gustaba de que su tío la hablara de lo que decían los libros, de
otros países y de otras gentes; gustábala bucear por sus páginas y
pronto les fué tomando afición. Una noche se decidió á coger una novela,
y halló ser _Gloria_, del insigne Galdós. Sus padres nunca la habían
dejado leer novelas, y sólo había podido leer algunos folletines del
periódico. Aquella primera novela de la biblioteca de su tío, que leyó,
produjo en ella hondísima impresión.
Pianista notable, muchas noches hacían música, tocando obras escogidas y
trozos de ópera... D. Sebastián se creyó transportado al séptimo cielo
con esta nueva expansión á sus sentimientos. ¡Tener libros para leer;
tener una pianista en casa que pudiera hacerle oir los trozos de música
deseados; tener un jardín!... ¿No era aquello una aproximación á la
felicidad? ¡Una aproximación era; pero nada más!
La entrada del tío y de la sobrina en casa fué amenizada por Doña Andrea
con un chaparrón de dicterios. Como quiera que el crepitar de la carne
en la sartén ahogara un tanto su voz, Doña Andrea hablaba á voz en
grito; cosa, por otra parte, no muy de extrañar en ella, porque defecto
suyo señaladísimo, era el creer que siempre hablaba con sordos.
Don Sebastián y Clotilde dejaron que Doña Andrea se despachara á su
gusto, sin rechistar, medio único para que se callara pronto, y
sentáronse á la mesa, tras de un concienzudo cepillado de sus vestidos,
y un minucioso lavatorio de manos.
El comedor, sito en la planta baja, abría sus dos ventanas sobre el
jardín, y por ellas penetraba el aroma de las flores que tantos
sinsabores costaran á D. Sebastián. Certísimo era que, al mismo tiempo
que el perfume de las flores, colábanse sin pedir permiso los mosquitos,
que, repartiéndose por la casa, iban á parar á las alcobas en espera de
los inocentes durmientes, á los que se comían vivos; pero todo no se
podía compaginar, y sabido es que todo tiene su pro y su contra.
--¡Qué bien huele!--dijo Clotilde aspirando con fuerza el ambiente.
Sonrió triunfalmente D. Sebastián; Doña Andrea tosió dos ó tres veces, y
miró á su sobrina como diciendo: «Es lo único que le hace falta á tu
tío: que le ponderen su obra».
--Y, á propósito, tía: mañana es domingo.
--Y qué...
--Que mañana es el primer concierto, é iremos.
--En seguida me cogéis á mí para el primer concierto... ó para la
primera _lata_, como quieras... ¡Si quieres ir, te vas con tu tío, que
también le gusta mucho la música sabia!
--Pero, mujer--dijo D. Sebastián--; ¿es posible que nunca le tomes el
gusto á la buena música?
--No se lo tomo, no; lo sabes ya desde hace tiempo.
--No, pues sin ti no vamos, tía.
--Iremos á la Comedia--dijo D. Sebastián.
--O al Español, tío.
--Al cuerno, sí que os podéis ir--dijo Doña Andrea, tragándose entero un
pedazo de carne, para poder hablar antes--. Vais buscando unos sitios
para distraerse... que, ¡ya... ya!
--En el Español ponen _Doña Perfecta_, mujer.
--Y en la Comedia, _Rosas de otoño_, tía.
--Bueno, pues me alegro mucho. Yo me aburro con esas cosas, ea. ¿Cuánto
más vale una zarzuelita de esas que tienen tanta gracia y una música tan
bonita?
--¡Preciosa!--dijo D. Sebastián con tono enfático.
--No, si á ti, no siendo obras de esas en que la dama, cuando se despide
del galán, se lleva las manos al corazón, se estremece, como si tuviera
frío, y se queda un cuarto de hora mirando al techo, sin hablar, ya
sabemos que no te gustan.
Don Sebastián reía bonachonamente al oir á su mujer.
--Sí, sí, ríete; á ti, como también te gusta pasarte las horas muertas
mirando al cielo, pues... ¡encantado!
--¡Claro! ¿Tú crees que se puede mirar al cielo sin sentir admiración
por ese sublime espectáculo que por las noches se ofrece á nuestra
vista?
--¿Qué hay en ese infinito? ¿Qué hay más allá?
--¡Lo que á ti no te importa! ¿Qué quieres que haya sino el Cielo?
¡Herejote! ¡Eso es lo que te queda de tus tiempos de periodista: ideas
raras y endemoniadas! ¡Qué hubiera sido de ti, si yo no te hubiera
obligado á volver al buen camino!
Don Sebastián dió un profundo suspiro.
--Sí, suspira, suspira...
--Pero ¿el tío ha sido periodista?--preguntó Clotilde con
curiosidad.--No había oído hablar nunca de eso.
--Sí, hija, sí: ha sido periodista... y perdía el tiempo lastimosamente
haciendo versos á la Luna, al Sol y á todas las estrellas, y por eso sin
duda ahora le gusta tanto mirar á los astros.
--¿Y por qué no has seguido, tío?
--¿Tú también? No siguió, porque yo le puse por condición que lo dejara
y se ocupara en algo práctico. Gracias á mí consiguió un destino, por
medio del director del periódico, y ahí le tienes hoy, hecho un hombre
con catorce mil realitos de sueldo.
Prolongóse la conversación, mientras duraba la cena, asegurando Clotilde
que el tío tenía que hacerle á ella unos versos, y prometiendo Doña
Andrea que, como volviera á ver unos versos, se divorciaba.
Don Sebastián, sintiendo tal vez la nostalgia de un pasado que hacían
revivir en él con aquella conversación, sonreía dulcemente y comía sin
terciar en ella más que con algún monosílabo.
Agotado ya el asunto, y llegados á los postres, Clotilde miraba á su tío
con cierta impaciencia, como diciéndole: «¿Qué haces, tío? ¿A qué
aguardas?»
Don Sebastián, mojando unos coscurros de pan en vino, contestaba por el
mismo procedimiento á su sobrina, diciéndola: «Espera, mujer, espera que
me coma este pan; ahora voy, no tengas prisa».
Don Sebastián buscaba en su magín el exordio con que había de empezar su
discurso, porque la cuestión era empezar; después había que dejar pasar
el nublado, y, por fin, Doña Andrea vendría á razones.
Trazas llevaba D. Sebastián de no cumplir lo que con la vista le había
dicho á Clotilde; pero, al fin, viendo que su mujer se disponía á dejar
la mesa, rompió á hablar.
No fué nublado, sino tormenta la que tío y sobrina tuvieron que aguantar
cuando Doña Andrea se hubo enterado del asunto.
«Ella era en la casa el último mono, la última que se enteraba de
todo... ¡Es claro: como ella no era más que _tía consorte_, mal podía
Clotilde contarle á ella primero las cosas! Pues, ya sabía ella que su
opinión no serviría de nada, y que el consultarla no era más que
cuestión de pura fórmula; pero, valiera por lo que... valiera, ella no
daba su consentimiento y declaraba que era un proyecto digno de cabezas
tan destornilladas como la del uno y la del otro, el pensar en casorios
teniendo Clotilde tan pocos años.»
Doña Andrea, exaltándose cada vez más, concluyó por decir que ella no se
haría cómplice de la desgracia de Clotilde, y al decir esto se le
cayeron un par de lagrimones sobre la mesa.
Forzoso es aclarar que aquella actitud desabrida y destemplada de Doña
Andrea, tenía su verdadera causa en el entrañable afecto que sentía por
Clotilde. Jamás se le había ocurrido pensar que la muchacha era lógico
que pudiera casarse, como ella lo había hecho, y la noticia de que un
novio formal estaba á la puerta con los papeles en la mano, fué para
ella una descarga eléctrica que puso en la mayor rebelión todos sus
nervios.
Preciso fué que Clotilde, con mil besos y abrazos y otras tantas
caricias y monerías, la hiciera ver que no menos cariño que á su tío la
profesaba á ella; y no mentía al decirlo; preciso fué que D. Sebastián
agotara toda su elocuencia para hacerla comprender que aquello era lo
más natural del mundo y que debían esperarlo; aunque él, ciertamente que
no hubiera esperado nunca que hubiera un valiente capaz de ir tan lejos
para ver á la novia. Después de un mérito como éste, sería cruel negar
la entrada en casa al muchacho.
Doña Andrea, ya más tranquila, se enteró de las bellas cualidades que
adornaban á Felipe, y su condición de hombre trabajador hasta la
ponderación, acabó por granjearle su buena voluntad.
Quedó, pues, convenido que Clotilde haría al día siguiente la
presentación de su novio, y que, todos juntos, irían al teatro por la
tarde; D. Sebastián tomaría las localidades en Apolo; no hubo más
remedio que acceder, en cuanto al teatro, que fué designado por Doña
Andrea.
Aquella noche no se hizo música; D. Sebastián se agarró á un libro,
poniéndose á leer sobre la mesa del comedor; Clotilde se puso á trabajar
en una labor, y Doña Andrea se fué á la cocina á tomar la cuenta á la
Micaela.
A buen seguro que si alguien le preguntara á D. Sebastián lo que leía,
no se lo pudiera decir, porque él mismo no lo sabía; la idea de que
Clotilde se casaría, habíale causado tanta ó más impresión que á su
mujer, aunque no lo manifestara. Aquella chiquilla adorable era la única
con quien podía expansionar su espíritu... y aquella chiquilla iba á
pasar á poder de un hombre, que la querría para él solo, que se la
llevaría...
En el comedor no se oía ni el más leve ruido; en la cocina, Doña Andrea
protestaba con voz destemplada de la cuenta que ponía Micaela, que,
aquel día, se había propuesto dejar pequeñito al Gran Capitán.
Clotilde, de cuando en cuando, miraba á su tío, y en sus divinos ojos,
de color verde, brillaba un chispazo de cariño infinito que dulcemente
le enviaba envuelto en una sonrisa; después volvía á inclinarse sobre la
labor; y, cosa rara, Clotilde, tan alegre momentos antes, sintióse poco
á poco envuelta por una sombra de tristeza que la oprimía el corazón.
«Separarse de los tíos.»