La experiencia, sí... pero, ¿cómo adquirirla? Era dificilísimo ver
despacio a tití, que salía poco del cuarto del enfermo. Resolví esperar
al domingo, irme a pasarlo enterito a la casa, y estudiar la situación.
Conviene saber que Luis Portal, ya dueño de su diploma, pero no
colocado todavía, no se había movido de Madrid, donde al llegar yo, le
encontré... ¡oh asombro!, reñido, enteramente reñido con la inglesa.
--Pero, ¿cómo ha sido eso? --pregunté atónito--. ¡Si estabas hecho un
arrope manchego! ¡Si no se te podía resistir!
--¡Ahí verás tú! --respondió el oportunista, colgándose de mi brazo y
paseando conmigo, arriba y abajo, por el reducido cuartuco--. Eso te
probará que soy todo un hombre, y no me dejo llevar de la fantasía,
ni del capricho, ni de la pasión. Si tomases ejemplo de mí, mejor
te fuera. A mí no me arrastra el corazón, o lo que sea, a cometer
insensateces y a comprometer mi porvenir.
--Bueno; déjate de filosofías, y vengan detalles. ¿Por qué has tronado
con tu _Mo_?
--¡Hijo!... Por trescientas mil cosas. Mejor dicho, no... solo por
una... pero menudita. ¡Bagatela! La señorita Baldwin quería... ¡no
se le ocurre ni al diablo!... quería casarse conmigo. Y no para más
adelante, cuando yo abra mi surco... Ahorita, inmediatamente... Para
irnos juntos a Ciudad Real, adonde estoy destinado.
--¡Hombre!... ¿Pues no decías que _Mo_ no pensaba en casaca, y que era
una mujer superior, y nueva y distinta de todo el género femenino?
Mi amigo me miró con sus ojos ardientes, hinchados y cercados de negras
ojeras.
--Eso parecía... Cualquiera lo hubiese pensado... Pero, hijo... así que
me vieron metido en harina, me echaron la red. Fue una conspiración
sumamente curiosa, en que toda la familia Baldwin tomó parte. Dieron
por hecho que nos casábamos: ya conoces el sistema. Los chiquitines me
llamaban _brother_, la pastora me decía a veces: «Luis, hijo mío...»
Abusaban de mí como si ya tuviese puesta la coyunda; me empleaban sin
escrúpulo y sin duelo en sus obras de propaganda y evangelización,
y quisiera que me vieses ocupado en corregir pruebas de un folleto
titulado _La gran crisis_, donde se profetiza que el jueves 5 de marzo
de 1896 serán arrebatados al cielo, sin morir, ¡ciento cuarenta y
cuatro mil cristianos!
--¡Bah! Exageras.
--¡Qué he de exagerar! No rebajo un cristiano de los ciento cuarenta y
cuatro mil. Aquí conservo ejemplares del folletito, parto de la musa de
mi reverendo ex suegro el señor Baldwin, o, mejor dicho, de la pastora.
Mira ese grabado: _la mujer encarnada sobre la bestia bermeja_. ¡Qué
mono! Representa a Roma. ¿No ves la tiara?
--Pero entonces, aquella señora Baldwin tan fina y tan lista... ¿está
loca, o qué?
--No sé qué responderte. Me da en qué pensar. Acaso _ellos_ son más
ilusos que nosotros, los latinos decadentes. Creo que la cultura y
la sensatez de esa gente no pasan del exterior: barniz simpático,
que encubre un fanatismo delirante y una intransigencia cruel. _Mo_,
educada de otra manera, sería un encanto de muchacha: no puede negarse.
Porque hay allí tesoros... Pero le han inoculado el virus...
--¡Anda! ¡Toma el ave fénix... la mujer del porvenir!
--¡Qué quieres! --profirió con amargura Luis--. Yo tengo el defecto de
ver claro...
--¿A última hora?
--¡Más vale tarde que nunca! --añadió con despecho--. He penetrado
más allá de la cáscara... y resulta que era de plaqué y saltaba al
apoyar el dedo. Hoy por hoy, no sé si te diga que prefiero el tipo
de nuestra mujer ignorante y cerril a una marisabidilla como _Mo_.
Las cosas a medias, los conatos siempre tienen algo de aborto, cierto
sello ridículo. La instrucción de _Mo_ es embolada, es ñoña; solo sirve
para confirmar preocupaciones, no para desterrarlas dejando libre el
campo intelectual. A _Mo_ la han enseñado a pintar, pero sin estudio
del modelo vivo, flores y pájaros únicamente; _Mo_ toca el piano...
como cualquiera: a Shakespeare lo lee, conformes... pero en edición
expurgada; _Mo_ conoce la historia de su país... según un compendio
para niños; en suma, chacho, yo que creía encontrar su espíritu igual
al de un varón... y me suena a hueco, lo mismo que el de las demás
hembras.
--¿Y cuándo has notado eso? --pregunté al oportunista.
--¡Bah! inmediatamente --afirmó alzando los hombros--. Pero no quería
convencerme, porque... --Riose nerviosamente--. ¡Esto del amor es una
cosa empecatada!
--¿Y reñísteis por eso solo?
--Reñimos --contestó Portal repentinamente exaltado, echando
chispas por los ojos y arrebatada su amplia faz-- el día en que me
planteó la crisis e hizo cuestión de gabinete la inmediata boda.
Yo me solivianté... y ella no, al contrario: estaba más serena,
y más cándida, y más guapa que nunca... ¡Erre en que hacía un
papel desairado, y en que a su edad ya su madre llevaba tres años
de matrimonio, y _habían nacido_ ella y William, el mayor de los
chicos...! ¡Estuve por decirla que la indemnizaría del retraso!
Desde que empezamos la polémica, me trató de usted... ¡Y si vieses
qué sonido tan particular, tan seco, le daba al _usted_ la muchacha!
Yo, haciéndola mil reflexiones... y nada, tiempo perdido... como si
hablase a esa cama de hierro...
Calló un instante el oportunista, y sus cejas se contrajeron con
sombría expresión. Al cabo de algunos segundos añadió con esfuerzo:
--Llegué a figurarme que esa mujer no me ha querido nunca. Sí, adquirí
el convencimiento...
--¿Porque deseaba casarse pronto?
--¡Bah! Por eso no precisamente... Hay que fijarse en la voz, los
gestos, la manera de mirar... Lo que uno cuenta no da jamás idea
de lo que ha sucedido. Quisiera que la vieses. Parecía un mercader
discutiendo un negocio... Aquel corazón es de berroqueña; es un
témpano, mejor dicho... ¡Un Témpano! No sé cómo pude llegar a
ilusionarme tanto al principio, y personificar en _Mo_ la _mujer
nueva_. ¡Corteza, cáscara, mentira! Pero yo, en mis trece. De casaca no
quise ni prometer, ni soltar prenda. ¡Si vieses con qué tranquilidad me
despachó! Yo en la puerta, y ella de espaldas, rígida, sin llamarme...
Pero se lleva chasco, que con Mathew tampoco se casa. ¡Buena gana tiene
el mozo!
--Mathew... ¿Quién es ese? ¿Un rival?
--Un cajero que se trajo de Inglaterra la compañía Stirling. ¡Un
inglesito más antipático! Y piensa en bodas lo mismo que yo. Ya verá la
señorita _Mo_ lo bueno... Mathew no se casa... ¡Como no se case con una
botella de _gin_!...
Al hablar así, el rostro de mi amigo se descomponía, revelando oculto
sufrimiento.
--Pues si resulta que _Mo_ no es lo que tú soñabas --le dije--, debes
alegrarte del trueno.
--Y me alegro... ¿Quién lo duda? ¿Crees que lloro? Así que me largue
a Ciudad Real... bailaré de gusto. ¡Ventaja mayor! Pero no todos se
mostrarían tan enteros. Esto requiere mi fuerza de voluntad.
No quise dar broma a mi amigo, porque me parecía crueldad manifiesta.
Conocí que estaba ferido de punta de amor, tanto o más que yo mismo,
que rebosaba despecho y amargura, y que hacía de tripas corazón. Ya
me encontraba yo versado en los misterios del antojo amoroso, de ese
duende que se nos aloja en las entrañas, y figureme que la traducción
más fiel y ajustada de ciertas biliosas melancolías, de ciertas
alegrías sin pretexto, y aun de ciertos desórdenes en que vi caer a mi
sensato amigo, no tenían otra explicación sino la de haberse quedado su
alma cautiva entre los dedos de la bella zagala evangélica.
Antes de avistarme con mi tío hablé confidencialmente al doctorcillo
Saúco, su médico de cabecera desde que Sánchez del Abrojo había
interrumpido sus visitas, nunca muy frecuentes, como de facultativo ya
famoso. Al pronto intentó mi paisano disimular conmigo y convencerme de
que la enfermedad de don Felipe Unceta no era sino una «degeneración
cutánea»; pero, persuadido de que yo estaba en autos, cantó de plano el
hombre.
--Entonces, hijo, ya que lo sabes... Pero guárdame el secreto; es
decir, guárdatelo a ti propio; si se enteran por ahí de que te viene
de casta... Por supuesto, tú no tienes nada que temer. Si acaso, tus
hijos; esta enfermedad casi siempre salta una generación. A veces
también se extinguen, a fuerza de tiempo y de cruzamientos de sangre.
Lo que va siendo raro es que se presente tan de mano armada y con
proceso tan rápido como en tu tío. Esta... esta es de órdago. Ya se le
van anestesiando las extremidades. Los músculos empiezan a atrofiarse.
--Pero yo creí que no había en el mundo semejante enfermedad.
--¡Vaya si la hay! Solo que a esa clase de padecimientos, en las
personas acomodadas, los llamamos _dermatosis, degeneraciones
cutáneas_... y adelante con los faroles. No son frecuentes, sin
embargo, en la esfera social de tu tío los casos de lepra.
--¿Y tiene cura? --pregunté con ansiedad.
--¡Cura...! El cura, hijo... si es buen católico ese señor. Solo caben
paliativos. Y la cosa va de prisa. A quien compadezco es a la pobre
señora. Tu tío será dentro de poco un montón de lacería, como Job en
su estercolero. La Edad Media en estos casos aislaba rigurosamente,
y dicen que a los gafos se les ponía al cuello una campanillita para
que huyese de ellos la gente sana. Hoy tendemos encima de ciertos
males repugnantes un velo de sublimado corrosivo... y se acabó. Mucha
desinfección, pero igual podredumbre. Y aquí tienes un caso en que yo
entiendo que procedía la disolución del matrimonio.
Cualquiera presume cómo iría yo cuando el domingo logré por fin ver al
enfermo y a la enfermera... Frío mortal me traspasaba los huesos al
subir las escaleras, al llamar, al entrar en el cuarto del leproso.
Encontrábase este arrellanado en un sillón, con un periódico sobre las
rodillas: sin duda acababa de leerlo. A su lado, tití hacía labor.
Cuando yo llegué, tenía la cabeza baja: así es que lo primero que
atrajo mis miradas fue el rostro del enfermo...
Había en él algo que impresionaba siniestramente, tal vez por su
misma inmovilidad, pues noté que le faltaba el juego expresivo de las
facciones, sin duda a causa de la atrofia muscular de que hablaba
el doctorcillo. No estaba, sin embargo, ni muy desfigurado, ni
enflaquecido en demasía. Cejas y pestañas habían desaparecido casi, y
en la parte inferior de las mejillas noté manchas lívidas y siniestras.
Mi angustia creció al comprobar la tremenda verdad del pronóstico de
mi madre. ¡Era el mal sagrado y pavoroso de la Biblia, que al cabo de
tantos siglos caía nuevamente sobre la raza de Israel...!
Mi tío, al verme, hizo lo que acaso por suspicacia hacen todos los
enfermos de males contagiosos: me tendió la mano, ya algo retorcida
por la gafedad, y mostró intención de apretar la mía. No vacilé: se
la entregué llevado de un instinto de delicadeza; pero, al tocar la
suya, me subió la náusea al galillo. El horror tradicional a aquel
formidable castigo del cielo surgía del fondo de mi alma, y mi diestra
se estremeció en la de don Felipe.
Tití se había levantado para saludarme. También me alargó su manecita,
cuyo contacto me sorprendió, porque no estaba calenturienta. Entonces
la miré de frente, y admiré el cambio de toda su persona. Ya no
mostraba decaimiento, ni aquel temor escrito en su rostro cuando
en la Ullosa comprendió que era de raza hebrea su marido. La vida
brillaba en sus serenos ojos; su tez, aunque no sonrosada, tenía la
tersura que presta el equilibrio de los humores; había cobrado carnes,
y en sus brazos y seno observé dulce plenitud de formas. Su actitud
misma se diferenciaba de la de antes. Ahora mostraba una tranquilidad
resuelta, una presencia de espíritu que casi podía confundirse con el
gozo. Si yo conociese menos los quilates del alma de la tití, creería
que la regocijaba la enfermedad de su marido. Lo cierto es que su
transformación la sentaba muy bien: era otra mujer, y mujer capaz de
inspirar otra clase de amor; mujer apetecible. Y, sin embargo, yo, que
había ardido por la triste y desmejorada criatura, hoy me reconocía
dueño de mis sentidos: con la idea de la enfermedad, no creía que
pudiese mi imaginación inflamarse nunca.
--Comerás con nosotros, Salustio --advirtió mi tío, dirigiéndose a su
mujer--. Que le pongan plato. Vente todos los domingos: no puedo salir,
me darás conversación. Se aburre uno de estar así tan encerrado, tan
privado del trato de gentes...
--¿Y cómo se encuentra usted? --dije, por decir algo.
--Hombre... ¡qué sé yo!... Saúco siempre me anima y se ríe de mí...
Dice que pasaré mal invierno tal vez, pero que en primavera estaré muy
aliviado. Ya ves que aún me queda buen rato de rabiar... Se me agarró
de veras el condenado reumatismo, y como creo complica la erisipela,
se originan estos malditos fenómenos... Lo peor de todo, que está uno
hecho un sucio: que ni se puede ir al Congreso ni a ninguna parte hasta
que empiece a quitarse _esto_ del pescuezo y de la cara... Vamos, que
está uno impresentable; y aquí en Madrid no se quiere a la gente sino
charolada y lustrosa... Lo siento, porque Dochán en el interregno se
despacha a su gusto y me hace barrabasadas...
No contesté. ¡Me parecía tan cómicamente fúnebre oír a aquel hombre
sentenciado a espantosa muerte interesarse por mezquindades de política
local!
--Si pudiese andar --añadió--, daría mil vueltas por ciertos centros, y
divertiría a toda aquella pandilla de los Dochanes, los Requenas y los
Rivas Moure. Precisamente ahora tienen descontento a don Vicente, y lo
pasarían bastante mal si yo no estuviese inutilizado.
La voz de tití se alzó entonces, timbrada con la misteriosa sonoridad
que indica que lo que se dice sale del alma.
--No pienses en niñerías, Felipe --murmuró amistosa y eficazmente--.
Piensa en tu curación, si Dios quiere permitir que te cures pronto.
Allá los de Pontevedra que se arreglen como gusten. Primero eres tú. No
entiendo de medicina, pero me parece que la condición necesaria para
sanar debe de ser tranquilizar el espíritu, ¿no es cierto, Salustio?
Y cuando por casualidad viene un mal de esos que no tienen remedio...
entonces... ¡cada vez se necesita más el sosiego del ánimo, la
resignación y el desprecio de las menudencias!
Al decir esto, recogió el periódico, que se le había caído a su marido
de las manos casi inertes; y comprendiendo, sin duda, la conveniencia
de distraer su imaginación y quitarle de la cabeza los pensamientos
relativos al mal, fue preguntándome mil cosillas de la Ullosa, de mi
madre, de la huerta...
--¡Si vieses el becerrito! --la dije--. ¿Te acuerdas qué chiquitín?
Podíamos llevarle en brazos como a una criatura... Pues ahora se ha
hecho un ternero hermosísimo. Está casi tan grandote como la madre...
La evocación de este recuerdo inofensivo y bucólico la hizo ruborizarse
algún tanto.
--Carmen --indicó el enfermo--: siento mucho frío aquí. ¿Por qué no
enciendes?
La verdad es que el aire era templado y suave, y que no hacía maldita
falta la lumbre; pero sin duda el frío del hebreo era aquel que radica
en la médula. Carmen accedió a su deseo: la leña estaba colocada ya
haciendo pirámide, y las astillas en su lugar: con aproximar un fósforo
bastó para conseguir en breve hermosa llama. Mi tío se acercó a ella,
tendiendo los pies frioleramente. Carmen y yo seguimos charlando de la
Ullosa. Otras veces, en presencia de su marido, no solía ser tan íntima
y afectuosa nuestra charla. Ahora se notaba en su manera de cruzar la
palabra conmigo, que no sentía encogimiento alguno, que me hablaba...
como se hablan los que no tienen ningún secreto, nada que el mundo deba
ignorar.
Cuando más engolfados estábamos en nuestra conversación, en que el
enfermo tomaba parte, aunque no mucha, como si el hablar le costase
esfuerzo, de pronto la tití saltó en la silla.
--Huele a chamusquina --dijo mirando alrededor y sacudiendo el borde de
su falda--. ¿Qué es lo que arde, Salustio?
Me acerqué a la chimenea... y vi que lo que ardía, despidiendo humo y
tufo insufrible, era la zapatilla del enfermo, cuyo pie izquierdo se
apoyaba casi en uno de los inflamados troncos.
--¡Tío, que se abrasa usted! --grité; y uniendo la acción al aviso,
desvié la butaca y le puse fuera del alcance del fuego.
Su mujer, al hacerse cargo de lo que sucedía, se precipitó, se echó
de rodillas y arrancó del pie la zapatilla, por un lado medio
carbonizada. Salieron adheridos a ella fragmentos del calcetín,
y por el tejido de algodón vi extenderse formando geométricas
ondulaciones, la llama. En el sitio descubierto del pie había una llaga
estremecedora... Carmen exhaló un grito.
--¡Pero si te has achicharrado el pie! --exclamó alarmada, palpando la
quemadura, que era profunda y extensa--. ¡Te lo has abrasado!... ¡hasta
huele a carne tostada!
--No puede ser... ¡Si no me duele! --contestó el enfermo.
--¡Te digo que te has quemado!... --respondió ella con acento doloroso
y compasivo--. No muevas el pie, que voy a buscar bálsamo, un trapo y
una venda.
--Yo iré, Carmen; explícame dónde está todo eso --pronuncié,
ofreciéndome con solicitud.
--Gracias; tendrías que tardar... yo vuelvo en un instante.
Salió rápidamente, y, en efecto, al minuto volvió trayendo lo
necesario. Arrodillose otra vez ante el enfermo, y con precauciones
infinitas y mucho mimo, curó la llaga, aplicando el bálsamo empapado en
un trapo limpio, doblado en dos. De tiempo en tiempo alzaba la cabeza
con inquietud.
--¿Pero no sientes dolor ninguno? ¿Ninguno, ni miaja?
--No mujer --afirmó el esposo--. Sin duda me ha insensibilizado los
tejidos la erisipela. Ese pie me parece que no es mío. No te tomes
tanta molestia: haz con él lo que quieras, porque no siente.
Vendado ya el pie, Carmen trajo un calcetín y pasó todos los trabajos
del mundo para meterlo por encima de la venda. Lo consiguió; fue por
otras zapatillas, y al cabo depositó el pie tostado sobre un cojín,
rodando la butaca al punto donde le pareció que el enfermo disfrutaría
del calor sin miedo a contingencia semejante. Al hacer todo esto, se
acusaba de lo ocurrido.
--Culpa mía... Por no mirar... A los enfermos no debe perdérseles nunca
de vista. No volverá a sucederme, Felipe. Ahora quiera Dios que venga
pronto el doctor Saúco... No, no creo que deje de dar una vuelta por
aquí esta noche. Ya nos dirá lo que conviene poner a la quemadura. No
me atrevo a más remedios sin que Saúco los disponga.
Habiéndome repetido el enfermo con insistencia el convite de
acompañarles a comer, hube de aceptar, temeroso de que mi negativa se
interpretase como asco o miedo. Entre Carmiña y yo le ayudamos a pasar
al comedor --decía que quedándose en su cuarto le entraba murria--.
No fue fácil la traslación. Aquel hombre que, al abrasarse un pie, no
había sentido asomo de molestia en sus tejidos achicharrados, sufría,
al incorporarse, tan agudos dolores en los huesos, que exhaló gritos
y maldiciones ahogadas. Pasado el primer instante, quiso ir solo y
nos mandó que le soltásemos: así lo hicimos, y empezó a andar mirando
fijamente al suelo y tambaleándose...
--Felipe... --dijo la esposa en suplicante tono--, Felipe... por
Dios... apóyate en mí. Tengo miedo de que te caigas. Con el pie así
lastimado... Cógete.
Sostenido por ella, anduvo el corto camino, y al sentarse suspiró
profundamente. Antes de que empezásemos a comer, Carmen fue más de
media docena de veces a la cocina, a que el caldo del enfermo viniese
bien colado y desalado, a que no sazonasen la carne, a filtrar el agua,
con otras menudencias. Yo entretanto aguardaba, y mis ojos, sin querer,
se fijaban en la loza blanca del plato sopero vacío colocado delante
de mí, y en el cristal de los vasos donde aún el vino tinto no lanzaba
sangrientos reflejos. ¿He de ser franco? ¡Sí! ¡Vaya toda la verdad en
su desnudez, más bella para quien sabe considerarla, que las galas de
la mentira! En aquel momento me parecía el colmo del sacrificio comer
en semejante vajilla y beber en vasos semejantes. ¡Compartir los
manjares del leproso! Una horripilación interna me cerraba el estómago
con recto tapón. Verdad que ya me había desayunado con mi tío en la
Ullosa, sospechando que tenía lepra; pero entonces no estaba seguro de
lo que fuese; no la había visto en toda su fealdad; no había respirado
sus miasmas... «Lo que es hoy, no entra bocado en mi cuerpo... En ese
borde del vaso puso los labios... y esta cuchara la habrá introducido
cien veces en la boca.»
Cuando la tití regresó al comedor y ocupó su silla, atravesaba yo uno
de esos instantes críticos, en que un sudor va y otro viene, y la
voluntad flaquea; más rendida por insignificante obstáculo que ante
alguna empresa dificilísima. Sentía que no me era posible tocar a la
comida; que iba a causarme los efectos del mareo. ¿Quién me había
mandado aceptar? No, no podía...; estaba viendo siempre el pie del
malato, los tejidos lacerados por la enfermedad y por el fuego; notaba
el espantoso olor inquisitorial de la achicharrada carne...
Carmen cogió la sopera, la destapó, me sirvió sopa... Ya su marido
y ella esgrimían la cuchara y empezaban a comer. Hice un esfuerzo,
llevé una cucharada a la altura de la boca... para devolverla al
plato sin probarla, pues había en mi garganta un obstáculo, algo que
materialmente impedía el paso de los alimentos. Entonces _ella_ alzó
los ojos, y los puso en mí con serenidad majestuosa. Aquella ojeada
era lo que yo me temía. Quise rehuirla; pero me seguían las grandes
pupilas negras y con energía magnética me obligaban a que me volviese
y respondiese a la mirada. No era un mirar airado ni desdeñoso: estaba
impregnada de piedad..., pero de piedad algún tanto compasiva... lo
peor, lo más mortificante. Parecía decir: «¿Lo ves, sobrino? Ahí tienes
tú hasta dónde llegan la compasión racionalista y el valor romántico
que no se apoya en creencia ninguna. ¡Fantasmón! Tantas plantas como
has echado... ¡y no puedes ni tomar una cucharada de alimento aquí!
¡Miren qué valentía se le pide al caballero andante este! Engullirse un
plato de sopa de tapioca... Ni más ni menos. ¿Pues a que no lo engulle?
¡Pobretín, y qué lástima me estás dando! ¡Para que te pusiesen a ti a
desempeñar mis funciones y a curar llaguitas!»
Y yo sin tragar la cucharada... Al cabo mi tití sonrió como debe de
sonreírse un serafín que se burla de algún diablillo de escalera
abajo... y dijo con desesperante bondad:
--Salustio, si no tienes gana, no comas... Me parece que hoy has
almorzado tarde.
--Muy tarde, por cierto --respondí cobardemente, vencido,
desmoralizado, seguro de que no podía dominarme y tragar la maldita
sopa--. A las tres... figúrate... y fuerte... con Portal y otros
amigos... Ahora me sería imposible...; pero por no desairaros...
--Pues por Dios, nada de violentarse --indicó ella, subrayando las
palabras.
Respiré, y aparté el plato. Repentinamente, aliviado del pánico de
comer allí, se me desató la lengua, y hablé con animación, tratando
de meter gran bulla para ocultar mi ayuno. Ni café quise tomar, a
despecho de las instancias de mi tío. A cosa de las nueve se alzó el
mantel, y nos quedamos en el comedor un ratito de tertulia: hablose
de Aurora Barrientos, próxima a contraer nupcias con su notario, de
lo poco que ahora subían las niñas y la mamá... Esto lo indicó mi
tío, con cierta irritación en la voz. «De los enfermos todo el mundo
escapa», murmuró sordamente. Poco después de las nueve vino Saúco; se
le enteró del incidente del fuego, hizo las preguntas que son de rigor
en casos tales, recetó, añadió varias advertencias... y al indicar que
se retiraba, yo, que no me resistía a mí mismo, que creía ahogarme en
aquella atmósfera, me escapé con él... sin tender la mano a nadie.