El protector.
¡Cuán dulcemente pasaron los dias para las dos parejas de enamorados!
Sin sentir se resbalaban las horas entre delicias inagotables, y la
felicidad hubiera sido completa para aquellas cuatro criaturas, si á dos
de ellas no les robase el sosiego un temor, que hasta cierto punto era
bien fundado.
Tenia miedo Eduardo de que se descubriesen los misterios de su vida y
que no se realizase el casamiento que de la noche á la mañana debia
hacerlo rico, permitiéndole disfrutar de la vida como hasta entonces no
habia disfrutado.
Paquita tambien temia que Alfredo se arrepintiese ó se desencantase y
le volviese la espalda, pues aun le parecia mentira que se casase con
ella un hombre como aquel.
Así trascurrió una semana, y Alfredo se presentó, sacando un papel,
entregándolo á la madre de Paquita y diciendo:
--Ya se ha hecho justicia á su esposo de usted.
--¿Qué es esto?
--La credencial que esta mañana me ha enviado el ministro. No ha hecho
todo lo que le pedí; pero formalmente me ha prometido que lo hará en un
breve plazo.
--No somos ambiciosos, y con el ascenso á ocho mil reales estamos
satisfechos.
--¡Ocho mil reales!--replicó desdeñosamente Alfredo.--Yo no hubiera
aceptado jamás esa miseria para el padre de la mujer á quien amo.
Estas palabras produjeron un efecto indescriptible.
A la madre le hizo temblar la alegría.
La hija tomó el papel y leyó, dejando escapar un grito de sorpresa al
ver que á su padre, en lugar de un ascenso, se le daban tres, ó lo que
es igual, doce mil reales, duplicando así el sueldo que tenia.
Esto era demasiado.
La esposa de don Pascual se sintió trastornada hasta el punto de que
tuvo que beber agua y vinagre, y Paquita dirigió al calavera palabras
de gratitud y miradas de fuego.
Aquellas dos infelices acababan de esclavizarse.
La jóven se creia feliz, y nunca habia sido tan desdichada, puesto que
acababa de perder el último resto de fuerza moral que le quedaba para
poner á salvo su pureza.
¿Qué podia negar Paquita á su amante?
Si este se mostraba demasiado exigente, ella tendria que ceder á todo,
pues otra cosa podia parecer una ingratitud.
Ya no necesitaba más Alfredo para terminar en pocos dias su obra.
Cuando don Pascual volvió á su casa y vió la credencial, desplegó una
sonrisa y dijo cándidamente:
--Me alegro.
--Todo esto,--gritó su esposa,--me lo debes á mí.
--No lo dudo.
--Y á tu pobre hija.
--Lo reconozco así.
--Y me parece que ahora no tendrás inconveniente en pedir una licencia
para que pasemos el calor fuera de Madrid.
--¿Y qué adelantaremos con tener la licencia? Para viajar se necesita
dinero, y no ignoras...
--El dinero se busca, se pide.
--¿A quién?
--A un prestamista.
--Nos harian pagar de interés el ciento por ciento.
--¿Y qué importa si se han duplicado nuestros recursos?
--Si los gastamos así, nos quedaremos como estábamos.
Don Pascual hablaba juiciosamente; pero de nada le sirvió, porque entre
la madre y la hija lo aturdieron, obligándole á que al fin prometiese
acudir á un prestamista.
No terminó aquel dia sin que la esposa y la hija de don Pascual fuesen á
visitar á todos sus amigos, para participarles el feliz suceso.
¡Doce mil reales!
Ni siquiera habian podido soñar tanta fortuna.
Si don Pascual abrigaba alguna duda en cuanto á la elevada posicion y á
la gran influencia de Alfredo, disipóse completamente al ver que en
pocos dias y con poquísimo trabajo, habia conseguido lo que para
cualquier pobre empleado debia parecer un imposible.
El calavera era ya como el ángel bueno para la familia Bonacha.
Cuando hablaba era escuchado con respeto profundo, y si se tomaba la
libertad de dar algun consejo, se ponia inmediatamente en práctica,
pues de no hacerlo así hubiera parecido inferir una grave ofensa al
generoso protector.
Tampoco se adoptaba resolucion alguna sin conocer la opinion del
calavera.
Tanto respeto, tanta sumision, debilitó algunas veces el valor de
Alfredo para consumar el abuso con que intentaba coronar su obra.
¿No era una cobardía herir mortalmente á los que no podian luchar ni
oponer la más leve resistencia?
Así lo pensó el depravado jóven alguna vez; pero discurriendo
torpemente, creyó que retroceder era una cobardía.
Paquita habia sido ya objeto de las burlas y de las conversaciones de
Alfredo, con sus amigos.
Ella no sospechaba nada de esto, sino que creia que representaba un gran
papel.
¿A quién debia exigirse la responsabilidad de las desgracias que
amenazaban á la familia de don Pascual?
A este le parecia que su esposa y su hija iban por mal camino; pero le
faltó el valor para oponerse á las contínuas locuras que las dos mujeres
intentaban.
Paquita, sin conocimiento del mundo, ni mucho ménos del corazon humano,
se habia dejado deslumbrar, habia soñado imposibles, y con la
tranquilidad de su ignorancia habíase colocado en la resbaladiza
pendiente que debia conducirla al abismo.
No sabia la infeliz, con cuánta facilidad se desprestigia una mujer, y
tampoco se le alcanzaba cómo es objeto de desprecio y burla cuando ha
perdido el prestigio.
Ningun hombre que estimase en algo su dignidad, podia decidirse á ser
esposo de la jóven.
Y sin embargo, ella no habia cometido ninguna grave falta, y podia
envanecerse con la pureza de su honra.
Empero sobre ella habia caido el ridículo, y esto era lo peor que podia
sucederla.
Todos los hombres se creen con derecho para hablar en cierto lenguaje y
para atreverse á todo, cuando se trata de una de esas infelices que se
encuentran en la misma situacion que Paquita.
¿Quién respeta á la que no sabe hacerse respetar?
No basta que una mujer sea virtuosa, es preciso que sea digna, porque la
dignidad es lo que infunde respeto.
Y la dignidad no está reñida con la pobreza.
A los ricos se les perdona todo fácilmente, mientras que á los pobres no
se les perdona nada.
Por eso los pobres tienen que mirar más cuidadosamente lo que hacen.
Una mujer rica puede siempre abrigar la esperanza de hacerse estimar por
su dinero y por su elevada posicion; pero las pobres que carecen de
estos recursos, ¿qué les queda si olvidan el decoro?
Hablaron las dos mujeres al calavera del sacrificio que habian exigido
de don Pascual.
Alfredo dió otra prueba más de entendimiento y astucia, diciendo que el
padre de Paquita pensaba cuerdamente, pues no siempre conviene hacer lo
que se desea, sino lo que debe hacerse, y siguiendo sobre este punto la
conversacion, acabó por decir:
--Yo tampoco, señora, podré salir de Madrid este año.
--En ese caso nos quedamos,--se apresuró á responder Paquita.
--No se quedarán ustedes, porque me complacerán aceptando lo que ya he
querido ofrecerles más de una vez.
--Caballero...
--No imaginen ustedes que voy á poner mi bolsillo á su disposicion; pero
sí mi casa de recreo en las cercanías de Hortaleza. El sitio es
delicioso, y me parece que se encontrarán ustedes allí muy bien. Al
mismo tiempo me prestarán ustedes un gran servicio, porque la casa está
en un lastimoso abandono y los criados que hay allí hacen lo que se les
antoja. Yo podré ir á visitarlas á ustedes casi todos los dias, y así
no me privaré de la dicha de verlas.
La proposicion era deslumbradora.
Alfredo probó, como dos y dos son cuatro, que la madre y la hija
tendrian allí cuanto necesitasen, sin que esto representase para él
ningun sacrificio.
Las señoras de Bonacha no necesitaban dinero para hacer este viaje, y
don Pascual podria muy bien pasarse solo una temporada, aprovechando los
domingos para ir á dar un abrazo á su esposa y á su hija.
Sintió esta que el alma le retozaba alegremente en el cuerpo, y le costó
mucho trabajo disimular la turbacion de su inmenso júbilo.
A la madre le parecia tambien delicioso habitar en una casa magnífica, y
estar servida por un ejército de criados y tener todas las comodidades
que tienen los ricos.
¿Por qué habia de morirse sin disfrutar todo esto?
Su marido jamás habia de proporcionárselo, y era una tontería
desaprovechar la ocasion.
Respondieron que no mil veces; pero se dejaron convencer, y al fin
aceptaron como si quisieran dar una prueba de gratitud.
Apenas se fué Alfredo, entregóse Paquita á los trasportes de su júbilo,
y se ocupó en revisar y arreglar su pobre equipaje.
Cuando don Pascual supo lo que sucedia, hizo un gesto de desagrado.
--¿No te parece bien?--le preguntó su esposa.
--Tanto me disgusta lo mucho como lo poco.
--Está visto, has nacido para ser pobre, y todo lo grande te asusta.
--Me parece que nuestra modesta posicion...
--Calla, Pascual, y no digas tonterías... Pues qué, ¿no somos tan
señoras como la primera? Siempre estás haciéndote el humilde, y por eso
no has medrado, ni medrarás.
--La humildad nada tiene que ver con que mi hija vaya á vivir
precisamente á la casa de su novio, porque el mundo siempre piensa mal,
y puede suceder...
--El novio se queda en Madrid.
--No importa.
--Y sobre todo, no podemos hacer un desaire al hombre á quien le debemos
toda nuestra fortuna. ¿Qué sucederia si se enfadase? Nuestra hija
perderia el más brillante porvenir, y tendria que resignarse á ser
esposa de un hambriento como Juanito, si es que alguno queria casarse
con ella.
Lo mismo que siempre, á don Pascual le faltó el valor para oponerse á
los deseos de su mujer y de su hija.
Tres dias despues se despidieron de doña Robustiana y sus amigos, y á
las diez de la mañana siguiente se detuvo un lujoso faeton á la puerta
de la casa de don Pascual.
El faeton era de Alfredo.
Un criado con librea subió para decir á las señoras que el carruaje
esperaba.
Se bajó el equipaje, que se encerraba todo en un cofre de respetable
antigüedad.
Paquita estaba ataviada vistosamente, y su madre se habia puesto el
mejor de sus vestidos.
Don Pascual iba y venia por la habitacion sin pronunciar una palabra.
Llegó el momento feliz.
Bajaron los tres.
Las dos mujeres se acomodaron en el carruaje, con asombro de los
vecinos, que las contemplaban y hacian toda clase de comentarios.
Don Pascual tenia que ir á su oficina.
El faeton se puso en movimiento, y desapareció en pocos instantes.
Exhaló un triste suspiro el infeliz Bonacha.
Sentia oprimido el corazon.
Su instinto no le engañaba.
¡Pobre Paquita!
Caras habian de costarle sus necedades.