CAPÍTULO III

La paloma y el gabilan.

El buen mozo de quien habia hablado Paquita, era efectivamente dueño de

una gran fortuna, que habia heredado y que disfrutaba, ó más bien

disipaba para sostener toda clase de vicios, para satisfacer todas sus

pasiones.

Se habia educado, como por desgracia se educan en España muchos de los

que nacen en la opulencia, acostumbrándose á la ociosidad y sin

contrariarse una sola vez en su vida.

Pertenecia á una familia ilustre, estaba relacionado con lo que se llama

el gran mundo, y representaba, en fin, un papel deslumbrador.

Todo esto significa que era uno de esos calaveras de buen tono, que por

más que hayan llegado al último punto de la depravacion, como son

ricos, son respetados por todo el mundo, y fácilmente consiguen, no sólo

la indulgencia de la sociedad, sino el perdon absoluto de sus criminales

extravíos.

Si el capricho de muchas mujeres le habia obligado á derramar el oro á

manos llenas, los caprichos suyos habian hecho derramar muchas lágrimas

á otras infelices.

--Así se compensa todo,--decia indiferentemente el aristocrático

calavera,--pues lo que me cuestan las unas me lo pagan las otras, y si

me acusan las que han sufrido por mí, yo tengo el derecho de acusar á

las que me han explotado, y tal vez me arruinen algun dia.

No es menester decir más para dar á conocer con toda exactitud al

opulento jóven.

Por lo demás, sus ideas eran las del más perfecto caballero del siglo

XVI, y creia que el hombre no se deshonra sino uniéndose á una mujer de

plebeyo orígen.

Estaba dotado de muy clara inteligencia, era fecundo su ingenio, y en

cuanto á su valor lo habia probado muchas veces con la más fria

serenidad, y ante el peligro de perder la existencia.

Batirse era para él una cosa muy sencilla, y la disputa de ménos

importancia la hacia cuestion de honor.

¡Pobre Paquita!

¿Qué debia sucederle con un hombre así?

El calavera, hijo mimado de la fortuna, para que nada pudiese desear,

estaba dotado de una belleza varonil nada comun, y que en ciertas

situaciones debia ejercer grandísima influencia en las mujeres.

Jóven, hermoso, rico y valiente, ¿cómo habia de resistirle ninguna

infeliz?

Tenia la guerra declarada á las mujeres de cierta clase, á esas que se

empeñan en salir de su centro, en aparentar que son lo que ni siquiera

pueden ser, y que están mal avenidas con la modestia, que las sublimaria

si ellas tuviesen bastante entendimiento para hacer uso de la belleza de

las virtudes.

Ya hemos dicho que á esas infelices se las conoce al primer golpe de

vista. No hay más que verlas en la calle, examinar su atavío, fijar la

atencion en sus gestos y en sus ademanes, y si esto no es suficiente,

cualquier hombre hará la última prueba diciéndolas una galantería,

quedándose detrás y observando cómo vuelven la cabeza, suben y bajan los

hombros y se mueven como si estuviesen atacadas de una enfermedad

nerviosa.

¿Pues y las sonrisas?

¿Y el abrir y cerrar los ojos y volverlos y revolverlos en sus órbitas

como si estuviesen mal avenidos con encontrarse allí aprisionados?

Otra señal: nunca hablan en voz baja, apuran el diccionario de las

palabras más cultas y su acento no se parece á ninguno.

Lo que todo el mundo conoce, claro es que habia de conocerlo el ilustre

calavera.

Encontrábase este alguna vez en los corrillos que en sitios determinados

de la córte y á ciertas horas forman los desocupados; pasaba una de esas

mujeres tan dignas de compasion, y alguno de aquellos vagos decia:

--Una _cursi_.

Nuestro jóven la miraba con insolencia, la dirigia frases ingeniosas y

agradables, y si estaba de buen humor la designaba como una de sus

víctimas.

Paquita fué una mañana al Prado á ver una formacion de tropa, porque la

tropa le encantaba, y para ella la música más agradable era la de los

figles, los serpentones y las trompetas.

Iba y venia mirando á los soldados que por lo ménos tenian el empleo de

capitan, y el calavera, que paseaba á caballo, dijo para sí:

--Es graciosa.

Más le hubiera valido á la desgraciada Paquita quedar allí muerta bajo

la cureña de un cañon.

El calavera hizo que su cabalgadura se encabritase y caracolease, y

cuando hubo llamado la atencion de la jóven, le dirigió una mirada

ardiente, se alejó, entregó á su lacayo el hermoso cuadrúpedo, y volvió

al sitio donde Paquita se encontraba.

La madre de esta tosia, y el calavera aprovechó aquellos momentos para

decir á la morena blanqueada.

--Ahora comprendo que algunos hombres pierden el juicio por las mujeres.

Paquita bajó los ojos como si se avergonzase; pero bien pronto los

levantó para mirar frente á frente al que por ella sentia trastornado el

juicio.

¡Cómo palpitó el corazon de Paquita!

El calavera, que hemos olvidado decir que se llamaba Alfredo de

Saavedra, averiguó fácilmente quién era la niña de los hermosos ojos.

Varias veces la encontró como por casualidad, la siguió y le dijo con

las miradas mucho más de lo que hubiera podido decirle con los labios.

Entre tanto, Paquita tuvo ocasion de averiguar tambien quién era su

galanteador, y cuando supo que era rico, acabó de perder la cabeza,

discurriendo así:

--¿Por qué no ha de quererme de buena fe? ¿Acaso no se ven todos los

dias casamientos de hombres ricos con mujeres pobres? El verdadero amor

no repara en estas pequeñeces. Yo soy jóven, bella y elegante, y esto es

todo lo que necesito.

Desde que estas reflexiones se hizo Paquita, triplicó el número de sus

adornos, porque creyó que así su belleza seria más interesante, y

algunos dias disminuyó considerablemente su alimento para poder

comprarse una cinta ó cualquiera bagatela por el estilo.

--La ropa se ve,--decia,--y lo que uno ha comido nadie lo sabe. En este

pícaro mundo las apariencias lo hacen todo.

No pensó Paquita que por el hilo se saca el ovillo, y que hay ciertas

cosas que no pueden ocultarse á la mirada inteligente de los hombres que

conocen el mundo.

Alfredo creyó llegado el instante de hacer una prueba decisiva, y al dia

siguiente del en que hemos asistido á la agradable reunion de los amigos

de doña Robustiana, Paquita tuvo la satisfaccion de que el hombre rico

la siguiese desde el Prado por la calle de Alcalá.

--Mamá,--dijo la niña,--es preciso absolutamente hacer un sacrificio

más, porque tal vez de este sacrificio depende mi porvenir.

--Siempre me pedirás algo que cueste dinero.

--Pero que hemos de disfrutar las dos.

--¿Y qué deseas?

--Entrar en el café.

--¿Y no has pensado?...

--He pensado en todo.

--Ya veo que te sigue ese hombre.

--Quiero hacer una prueba, mamá.

--Y luego tu padre...

--No hables tan alto, que todo el mundo te oye.

--Iremos al café; pero habrás de contentarte con un chico de leche

merengada.

--Eso es muy ordinario, y cuando Alfredo lo vea...

--Pues, hija, el sorbete cuesta dos reales, y si además te empeñas en

tomar barquillos...

--Pues es claro.

--¿Sabes cuánto dinero llevo en el bolsillo?

--Ni me importa saberlo,--replicó la jóven con aspereza.

Y luego se volvió, desplegó una sonrisa, y lanzó al calavera una mirada

que hubiera podido calcinar una piedra.

Ya ves, lector, que somos justos, y reconocemos á Paquita el mérito de

sus tentadores ojos.

La madre seguia refunfuñando; pero entraron en el café del Iris.

Con aire casi majestuoso atravesó Paquita el primer departamento.

Todos los hombres la miraban, pero ella no miraba á ninguno, porque

suponia que Alfredo la seguia y la observaba.

Paquita llevó su severidad hasta el punto de hacer un gesto de

desagrado cuando algun atrevido le decia que era bella ó que con sus

ojos iba esclavizando corazones.

A la madre le desagradaba mucho que los hombres fuesen tan audaces.

Sentáronse.

Pocos momentos despues, y junto á la mesa inmediata, se sentó Alfredo.

Entonces fué cuando la madre de Paquita pudo examinar al pretendiente, y

sin que ella supiese por qué, la desagradó mucho.

¿No era un hombre rico, segun ella misma ambicionaba para su hija, y

además de buena educacion y distinguidas maneras?

Esta pregunta se la hizo la buena señora; pero no fué bastante para que

se tranquilizara.

El instinto de madre le decia la verdad.

En los ojos de Alfredo habia algo repulsivo para la madre de Paquita.

Las miradas del seductor eran para la jóven halagüeñas hasta el último

extremo: pero á la madre le producian el mismo efecto que la mirada

fascinadora de la culebra.

El mozo se acercó.

Las dos mujeres pidieron helados, y mientras los saboreaban dijo la

madre:

--Ese hombre no me gusta.

--¿Y por qué?--preguntó Paquita.

--No acierto á explicarlo.

--Basta que me guste á mí para que tú lo encuentres mal.

--Si estuviese aquí tu padre...

--Seria de tu opinion y de la mia, porque ya conoces su sistema.

--Sí, lo conozco demasiado bien.

--Déjame ahora, que necesito observar.

La madre se resignó y calló.

Entre Paquita y Alfredo cruzáronse miradas elocuentes, tan elocuentes

que se entendieron sin necesidad de hablarse.

Así pasaron más de una hora.

Eran cerca de las diez, y determinaron volver á su casa, porque la jóven

no queria mortificarse contemplando los vestidos y adornos de gran valor

de doña Cecilia y Adela.

Además, la visita no tenia ningun objeto de verdadero interés, pues

desde que el nuevo pretendiente se habia presentado, para nada

necesitaba Paquita los buenos oficios de doña Robustiana.

Sin necesidad de esta, aquella tendria marido.

Tambien se evitaria el disgusto de que la casamentera le hablase de las

grandes ventajas que le ofrecia su union con Juanito.

Aunque este contase con recursos para vivir desahogadamente, segun él

decia, no era tan rico como Alfredo, ni pertenecia al gran mundo.

¡Brillar en el gran mundo!

Esto era la suprema dicha.

Mientras Paquita lanzaba miradas ardientes al seductor, hacia lo mismo

que la lechera de la fábula, y ya le parecia verse en los salones de la

alta sociedad, cubierta de seda y de joyas, siendo la envidia de las

mujeres y la admiracion de los hombres, y mirando con desden á todos los

tertulianos de doña Robustiana.

Llamaron al mozo para pagar; pero este dijo que ya habia cobrado.

Figúrese el lector la sorpresa de las dos mujeres.

Mostráronse muy disgustadas, y la madre insistió para que el mozo

cobrase.

El mozo volvió la espalda y se alejó.

No habia que preguntar quién se habia tomado la libertad de

obsequiarlas.

El deber de ellas era dejar sobre la mesa el dinero y salir sin dirigir

siquiera una mirada al galanteador, y revelando en sus semblantes que se

consideraban ofendidas; pero les faltaba el valor para hacerlo así.

No les parecia conveniente disgustar al rico caballero, porque entonces

el casamiento se hubiera desbaratado.

Así aprecian las situaciones y juzgan esta clase de mujeres. Tienen la

pretension de ser grandes, verdaderas señoras en el sentido moral de

esta palabra, y les falta energía para hacer lo que hacen las que tienen

el verdadero sentimiento de la dignidad y del decoro.

Sentíanse turbadas bajo una influencia que no podian contrarestar.

Alfredo, como quien está seguro de lo que vale y de lo que puede,

acercóse á ellas, las saludó con una finura encantadora y le dijo á la

madre:

--Señora, reconozco que he cometido una gravísima falta, y le debo á

usted una satisfaccion, esperando que sea indulgente y me perdone, en

gracia siquiera de mi buena fe.

--Caballero,--balbuceó la madre de Paquita,--yo no sé... por qué...

--Hay momentos en que los hombres se vuelven locos ó estúpidos, y es

natural que entonces, no hagan más que torpezas. Esto lo comprenderá

usted fácilmente, porque tiene usted talento sobrado para comprenderlo.

Yo necesitaba un pretexto para tener la honra de hablar con usted, y no

me ha ocurrido otro medio que el de cometer una falta, porque así se

conseguia mi deseo, siquiera fuese para pedirle perdon.

¿No era este un lenguaje completamente desconocido para las dos mujeres?

¡Y qué lenguaje tan bello!

Por primera vez en su vida se veia la madre adulada con tanta delicadeza

y tan ingeniosamente.

No hay nadie invulnerable á la adulacion.

¿Cómo despedia con dureza al hombre que se mostraba tan atento y tan

cortés?

Esto hubiera sido una grosería, esto era indigno de una señora.

Movióse de un lado para otro la madre de Paquita como si el asiento

estuviera lleno de alfileres.

No sabia qué decir.

Quiso hablar, y la lengua no la obedeció.

Para disimular apeló al recurso de toser, sacar el pañuelo y limpiarse

la boca.

Alfredo, á quien las respuestas le interesaban muy poco, siguió

hablando.

No hay para qué repetir sus palabras, pues basta decir que manifestó el

vivo deseo de sostener con ellas cariñosas relaciones.

Con mucha habilidad y gran disimulo hizo comprender que la desigualdad

de fortunas no podia ser un inconveniente, pues él no miraba más que las

virtudes, y todo lo más los antecedentes en cuanto á la clase de

educacion de cada persona.

La cándida madre acabó por escuchar encantada al hábil seductor.

Paquita sintió lo que siente la paloma cuando se ve perseguida por el

gavilan: estaba fascinada; pero su fascinacion era dulce y agradable

hasta lo inconcebible.

Así pasaron otra hora, que fué para ellas un minuto.

Salieron los tres del café, y paso entre paso fueron hasta la calle de

San Lorenzo, que era donde habitaban las dos mujeres.

La madre habló largamente de su esposo, que era un empleado antiguo, que

no habia podido pasar de seis mil reales de sueldo á pesar de su

aplicacion y su honradez.

--Todo eso se arregla fácilmente,--dijo Alfredo con indiferencia.

Lo cual equivalia á declararse protector del padre de Paquita.

Además del matrimonio, habia, pues, un ascenso en el horizonte.

Lo que esto es para un empleado de poca categoría, no lo comprenden sino

los que lo son.

Siguió hablando la madre y culpó á su marido de encontrarse tan atrasado

en su carrera.

--Con su carácter,--decia,--no puede suceder otra cosa. Le prometen, no

le cumplen, y él se queda impasible. Trabaja mucho, no pide nada y nunca

le ocurre hablar mal de sus jefes, de lo cual resulta que ni le tienen

miedo, ni lo respetan, y hasta lo miran con desden. Si yo estuviera en

su pellejo, otro gallo nos cantaria. Mil veces le he dado consejos para

que se meta en política, porque así es únicamente como se medra; pero ni

siquiera ha querido ser miliciano, y cuando llegan las elecciones va

como un borrego á votar por quien sus jefes le mandan. No sirve mi

marido más que para una cosa, para una no más, para quemarme la sangre

con su cachaza. Mire usted qué suerte le esperaria á mi pobre Paca si yo

no estuviera en el mundo.

--Señora, no todas las criaturas tienen el talento de usted, su energía,

su grandeza de alma. Si esta señorita se parece á usted...

--Es mi retrato, usted lo verá.

--No del todo, mamá,--se apresuró á decir Paquita,--porque tu carácter

violento...

--Señorita,--interrumpió Alfredo,--usted confunde la rara energía de su

mamá con lo que puede llamarse genio irascible, y debe usted tener en

cuenta la diferencia de situaciones, de circunstancias...

--Eso es, las circunstancias,--dijo la madre.

Llegaron á la casa.

Alfredo les prometió una visita, rogando lo pusiesen á las órdenes del

señor don Pascual Bonacha, que este era el nombre del padre de Paquita,

y añadiendo que desde luego podian entregarle una nota en que se

expresaran las vicisitudes del antiguo empleado.

Despidiéronse.

Dió Alfredo algunos pasos, detúvose, y vió cómo las dos mujeres abrian

la puerta, encendian un fósforo y desaparecian.

El trastorno de Paquita habia llegado al último punto.

--¿Y qué dirás ahora?--le preguntó á su madre.

--Confieso que me habia equivocado. Es todo un caballero. ¡Y qué

lenguaje tan fino! ¡Y cómo comprende las cosas á media palabra que se le

diga!... Ya lo has visto, me reconoce talento, me hace justicia... Pues

¿y el ascenso?... Es un hombre como hay pocos. Te felicito, hija mia, y

bien puedes hacer de manera que no te se escape, porque si pierdes esta

ocasion, no encontrarás otra. Cuida mucho de ocultar los pícaros

defectos que tienes, porque si se apercibe de ellos, todo se perderá.

--¿Y en qué consisten mis defectos?

--Lo sabes demasiado bien.

Don Pascual dormia profundamente como la noche anterior.

Paquita arregló su cama despues que hubieron cenado con la jícara de

chocolate, segun costumbre.

¡Qué dulce debia ser su sueño!

No temia que se le escapase el novio, porque ella se creia con sobrados

encantos y con habilidad sobrada para retenerlo.

A la mañana siguiente limpió y arregló la jóven el aposento como mejor

pudo, y se vistió con más esmero que nunca.

Don Pascual, que era un hombre de escasa estatura, bastante grueso, de

abultado abdómen y de temperamento linfático, escuchó, mientras sonreia

cándidamente, el relato de lo sucedido la noche anterior.

No dió muestras de pesar ni de alegría, de agrado ni de disgusto, ni

dijo más que...

--Bueno.

Semejante frialdad, segun siempre sucedia, hizo montar en cólera á su

mujer; pero el buen marido, sin enfadarse, sin alterarse en lo más leve,

se puso á escribir la nota, rompiendo con mucha calma la primera, porque

no le pareció bien, haciendo lo mismo con la segunda y utilizando al fin

la tercera.

Luego se puso su levita y su sombrero, tomó su baston, y salió para ir á

su oficina á cumplir sus deberes.

¿Iria aquel mismo dia Alfredo?

Paquita suponia que sí; pero su madre lo dudaba.

La jóven acertó, pues á las dos de la tarde resonó la campanilla, abrió

la madre y se encontró frente á frente con el aristocrático calavera.

El gavilan estaba ya en el nido de la paloma.

La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas · 第 11 / 37 题