CAPÍTULO I

La mujer casamentera.

Hay quien tiene al ridículo más miedo que á la muerte, así como hay

quien pone todo su empeño en caer en el ridículo más lastimoso.

Sabemos que es trabajo perdido hacer advertencias á los tontos y á los

nécios; pero de estos los hay de dos clases: los que lo son por

naturaleza, y los que pudiéramos llamar contagiados. Si los primeros son

incurables, porque no puede modificarse su organizacion, para los

segundos hay remedio, y hé aquí por qué escribimos este libro.

No temas, lector, que te fatiguemos con disertaciones morales ó

científicas, pues sabemos demasiado bien que una obra como la presente

es preciso que ante todo encierre el interés del drama, y que si se

escribe con el buen fin de enseñar, de corregir vicios sociales, es

preciso que enseñe recreando, que corrija deleitando.

Por más que los tipos que vamos á presentarte, amado lector, estén

copiados del natural, y aunque son verdaderos casi todos los episodios

que vamos á darte á conocer, este libro es al fin una novela, que unas

veces te hará reir y otras llorar; una novela cuyo artificio habrás de

seguir detalle por detalle, paso á paso, hasta el desenlace, que de

seguro desearás conocer. Léela como quien no piensa más que en solazarse

y en matar el tiempo, que es cosa que saben hacer muy bien los

españoles, y aunque no quieras habrás de pensar alguna vez en lo que

nunca has pensado; tal vez comprenderás lo que no has comprendido,

porque no te has tomado la molestia de examinarlo, y tambien sucederá

que al leer alguna página digas: «Esto ya lo sabia yo;» lo cual no ha de

desagradarme, pues es precisamente lo que busco, lo que deseo, lo que me

propongo.

Lo que no es de todos tiempos, lo que no es un vicio social engendrado

por las pasiones inherentes á nuestra naturaleza, sino consecuencia de

las costumbres de una época ó de los extravíos de una generacion, no

tiene nombre en ningun idioma, y como es preciso que lo tenga, se le

pone, y esto no lo hacen las academias literarias, ni los sábios

aisladamente, ni siquiera los hombres de mediana ilustracion, sino la

masa popular, el vulgo, y entre el vulgo el más ignorante quizá de sus

indivíduos. La nueva palabra, rechazada primero porque no reconoce una

etimología griega, ni siquiera latina, hace fortuna á despecho de las

eminencias científicas, se acepta, y todos la usan como absolutamente

indispensable para hacerse comprender.

Decimos esto, para justificar el título de la presente obra.

Hay en la sociedad un crecido número de indivíduos que han llegado á

formar verdadera _clase_, y que no tenian calificacion. Este tipo, que

no se parece á ninguno, es digno de ser estudiado. Como no tenia nombre,

se le puso. ¿Quién? No lo sabemos, aunque sí tenemos la seguridad de que

se fraguó en la cabeza de un hijo de la risueña Andalucía.

¿Qué significa este nombre?

Nada por su etimología, y sin embargo, dice mucho al oido y es preciso

reconocerle un gran mérito. La combinacion y sonido de las sílabas de

una palabra expresa por sí una idea triste ó alegre, una cosa sublime ó

grotesca, delicada ó ruda, y esto sucede con el calificativo de las

gentes que nos proponemos pintar. Los que no conozcan nuestro idioma, no

pueden comprender lo que significa la palabra _cursi_; pero al oirla

pronunciar no ha de quedarles duda de que se refiere á algo que es

ridículo, grotesco ó cosa por el estilo, y en esto precisamente consiste

el mérito de la calificacion.

No busqueis otra, porque no la tenemos en nuestra rica lengua, y en vano

le buscarán equivalente en otro idioma los que quieran honrar una vez

más nuestro ingenio y traducir este libro.

El tipo que nos ocupa lo encontrareis en todas las clases de la

sociedad; pero donde abunda es en esa clase desgraciada que está entre

el obrero y el aristócrata, entre el capitalista y el mendigo; esa clase

que es rica y se muere de hambre; que es pobre y gasta como los ricos;

que tiene todas las necesidades y ningun recurso, y que disponiendo de

grandes recursos, sabe hacer abstraccion de todas las necesidades.

El _cursi_ no puede equivocarse, no puede confundirse, no puede pasar

desapercibido. Se distingue por sus maneras, por su lenguaje, por sus

gustos, por sus inclinaciones y hasta por su aspecto, y si no hubiera de

acusársenos de exagerados, diríamos que se les conoce hasta en la sombra

que proyectan.

¿No es esto verdad?

Serian dignos de compasion si no fuesen dichosos, porque á pesar de lo

mucho que en ocasiones sufren, creen que representan un gran papel,

sienten halagado su amor propio, y son así felices.

Los que no tienen talento, ni corazon, ni vergüenza, son dichosos; esto

nadie lo ignora.

La criatura cursi tiene corazon, pero nada más, y el corazon, sin el

compensador unas veces de la inteligencia, y otras de la dignidad ó de

la voluntad, sin algunas virtudes; el corazon, repetimos, es como la

barquilla sin timon, velas ni remos, que flota á merced del revuelto

oleaje y concluye por sumergirse ó estrellarse en las rocas.

Vamos á concluir, porque ya hemos dicho bastante para advertencia ó

aclaracion.

Particularmente la mujer de la clase que intentamos retratar, tiene un

porvenir bien triste, pues por las condiciones de su carácter y por las

circunstancias de su manera de vivir, se acerca, aunque lentamente, á un

abismo, sin que de ello se aperciba hasta que está en el fondo de donde

no puede salir. El niño que corre tras la mariposa, cree que un paso más

no tiene importancia, y paso tras paso se aleja tanto, que cuando quiere

volver á su hogar no encuentra el camino.

Así van, lo mismo el hombre que la mujer, hasta el último extremo de

todos los extravíos, y hasta el crímen.

Y aquí principia nuestra historia.

Las nueve de la noche habian dado.

El mes de Julio principiaba.

En Madrid, en Julio y á las nueve de la noche, el calor sofoca bastante

para que se comprenda cómo los que habitan cerca del Ecuador pasan la

existencia en dulcísima ociosidad, y á trueque de no moverse se resignan

á no comer.

Dicen que la ociosidad es madre de todos los vicios; pero nos parece que

este refran no es aplicable con exactitud á todos los climas.

Permítasenos creer que en los países donde la temperatura es muy

elevada, la ociosidad, en vez de ser madre de todos los vicios, es

fuente de todas las delicias.

Salvo algunas calles, no más que algunas del centro de la Villa tres

veces coronada, se veian en las demás muchas criaturas que se habian

acomodado en las aceras para aspirar el ambiente, si no fresco, al ménos

puro de la noche, y decimos puro, en cuanto es posible en una poblacion

como Madrid, donde respiran y bullen sin cesar más de trescientas mil

personas.

Abiertos estaban todos los balcones, y abiertas de par en par las

puertas de los cafés y horchaterías.

Los afortunados que pueden ir en coche, recostábanse indolentemente

sobre los blandos almohadones de sus vehículos, y los que no tienen

otros medios de locomocion que sus piés, iban y venian flojamente, y de

vez en cuando sacaban el pañuelo para limpiar el sudor que corria por

sus rostros.

Ya estaba el Prado lleno de paseantes, jóvenes en su mayoría, exhibiendo

las mujeres sus encantos y mirando á los hombres como si con los ojos

dijesen:

--Cualquiera de esos me conviene para marido, pues lo que importa es

casarse.

Por desgracia, son muchas las mujeres que no piensan de otra manera en

el casamiento.

En cambio ellos, á la vez que se extasian contemplando tanta belleza,

parece como que andan recelosos y sobrecogidos por el temor de que

alguna de aquellas mujeres consiga lo que desea.

Tambien vagaban algunas personas por los jardines de Recoletos, y

algunas parejas, buscando la soledad y la sombra, entregábanse á las

delicias de un amor misterioso.

Todo esto y mucho más tendremos ocasion de examinarlo detenidamente;

pero ahora es preciso que abandonemos las calles y paseos, para

introducirnos en la vivienda de doña Robustiana del Peral, tipo que por

ser raro es digno de nuestra atencion.

¿No habeis visto nunca personas que se complacen en que se casen sus

amigos, y trabajan sin descanso para conseguirlo así?

De seguro habreis visto alguna, y si habeis sospechado que algun

mezquino interés las movia, os equivocásteis.

Hay personas, particularmente mujeres, que no teniendo otra cosa que

hacer, se ocupan en arreglar casamientos, y cada vez que arreglan uno,

gozan y se consideran felices.

Como no se ocupan de otro asunto, como á todas horas piensan en lo

mismo, acaban por ser maestros consumados, tienen habilidad prodigiosa

para vencer todos los inconvenientes, y rara vez sufren una derrota.

Doña Robustiana era el tipo perfecto de las casamenteras, y ocupaba la

posicion social que casi todas las casamenteras ocupan.

Tenia cincuenta y ocho años, era viuda, y no habia conseguido encontrar

segundo esposo.

Parece que despechada debió complacerse en que ninguna mujer se casase;

pero le sucedió todo lo contrario y se hizo casamentera, obteniendo

grandes triunfos, á pesar de que habia tenido que luchar con hombres

opuestos al matrimonio hasta por instinto.

Disfrutaba la viuda una pension de seis mil reales, y era dueña además

de algunos bienes, con lo cual podia vivir cómoda y decorosamente, y así

vivia, y su fortuna era por muchos envidiada.

Aseguraban todos los amigos de doña Robustiana, que el trato de esta

era el más agradable del mundo.

La verdad es que ella tenia para todos palabras muy benévolas, y ponia

todo su cuidado en prodigar alabanzas á cuantas personas conocia.

Estaba algo envanecida con lo que ella llamaba su talento, con su

posicion, y sobre todo con sus antecedentes, de que hablaba con

frecuencia.

Tenia doña Robustiana una hija, á quien no hay que decir que habia

conseguido casar; pero la hija se encontraba en el archipiélago

Filipino, adonde habia ido con un regular empleo su esposo.

De vez en cuando suspiraba tristemente la viuda, y se lamentaba de su

soledad; pero se consolaba con sus muchos amigos.

Como se habia propuesto pasar la vida todo lo más agradablemente

posible, en vez de frecuentar los teatros y los paseos, habia hecho todo

lo posible para que su casa fuese el punto de reunion de unas cuantas

familias.

Allí pasaban estas el tiempo sin sentir, segun decian, entregándose unas

veces á la inocente distraccion de los juegos de prendas, otras á la

lotería, y tambien á las delicias de la música, pues doña Robustiana,

entre otras cosas de sus buenos tiempos y de sus pasadas glorias,

conservaba un piano.

El armonioso instrumento contaba una respetable antigüedad; estaba

desafinado casi siempre, pero bueno era para las manos que habian de

mover sus teclas.

Con este sistema de vida, la viuda tenia muchas ocasiones para

entregarse á su goce favorito de hacer casamientos.

Esto, más que nada, era un atractivo para las jóvenes que aspiraban al

lazo del matrimonio, y atractivo tambien para las madres que á toda

costa querian casar á sus hijas, aunque fuese con el moro Muza y sólo

por el placer de poder decir que habian tenido bastante habilidad para

casarlas.

Despues tocaban los inconvenientes; pero ¿qué importaba esto? Las habian

casado, y si el matrimonio constituia la desgracia de los dos cónyuges,

arreglábase todo muy bien con lamentarse, sin que la madre quisiese

aceptar la responsabilidad de la desgracia de la hija, sino que, por el

contrario, decia:

--No es mia la culpa, pues nunca me agradó que se casase con semejante

hombre; pero ella se empeñó, y consentí para evitar escándalos y que la

justicia tuviese que intervenir para que el resultado fuese el mismo.

Tampoco esto menguaba el crédito de la casamentera, pues de todos modos

quedaba probado que en aquella casa se hacian casamientos, y esto era

lo más interesante para las que á toda costa querian marido.

Si cuando las mujeres cumplen veinticinco años no ejerciese gran

influencia en sus resoluciones el amor propio, se evitarian muchas

desgracias; pero á los veinticinco años, y particularmente á los

treinta, muchas mujeres se casan con cualquier hombre, sólo por casarse,

para probar que ha habido quien fije en ellas la atencion, para no

representar, en fin, el papel de solteras rancias, papel que les hace

sufrir más que todas las desgracias, más que todos los tormentos.

Si no para todas, para algunas mujeres el celibato á cierta edad es mil

veces peor y más horrible que la deshonra, ó de otro modo, es para ellas

una deshonra de cierto género, deshonra que pueden sufrir, pero que no

aceptan y con la que jamás se resignan.

A cierta edad, dice una mujer:

«Soy casada, soy viuda.»

Pero decir que es soltera, tener que pronunciar esta palabra terrible,

le cuesta más trabajo que hubiese podido costarle á Luis XIV decir que

se habia equivocado.

Por supuesto, que todas ellas aseguran que no se han casado porque no

han querido, y que les parece preferible su estado honesto, la pícara

doncellez que las agobia como una montaña de plomo.

Esto dicen, porque la boca ha de servir para algo, siquiera para mentir.

Consiste todo esto en que muchas mujeres no han comprendido que pueden

representar un gran papel sin casarse, porque en este mundo hay algo más

que hacer que entregarse á las dulzuras y amarguras del matrimonio.

No es la culpa de ellas solamente, sino tambien de la sociedad, que ha

querido echar sobre la mujer la carga de todos los deberes, sin

reconocerle ningun derecho.

Debemos ser justos y reconocer que es bien triste la suerte de la mujer.

Esta tiene inteligencia y sobrado corazon; pero ¿de qué le sirve?

Dadme dinero y prohibidme que lo gaste, y como si no me lo diéseis.

A la mujer todo le está prohibido, absolutamente todo. No se la permite

más que casarse, y aun esto cuando la solicitan, y por consiguiente no

puede pensar en otra cosa, á nada más aspira, y es capaz de cometer todo

género de locuras para ver realizada su única aspiracion.

No, no escribimos contra vosotras, pobres mujeres, sino contra la

sociedad, que es la verdadera responsable de casi todas vuestras faltas,

vuestras debilidades ó extravíos; pero si en ciertas cuestiones llegais

á la exageracion, si en momentos de ceguedad sacrificais vuestra

dignidad á vuestro amor propio, si descendeis desde la sublimidad de

vuestros delicados sentimientos á la triste realidad de todas las

vulgaridades, de todas las pequeñeces, de todas las necedades, entonces

cumplimos nuestro deber y os advertimos que os extraviais, por más que

la advertencia os desagrade.

Habeis nacido para representar un gran papel, para ejercer en los

destinos del hombre una gran influencia, y nos duele mucho que no

aprovecheis vuestra ventajosa situacion, pues no parece sino que en

muchas ocasiones se empeña en ser esclava la que ha nacido para señora

absoluta.

Hemos dicho que doña Robustiana del Peral tenia cincuenta y ocho años, y

si más tenia, ella no confesaba más.

Ahora completaremos su retrato, pues no lo hemos hecho más que de la

parte moral, y es preciso que lo hagamos tambien de la física.

De escasa estatura era doña Robustiana; pero en compensacion era

excesivamente gruesa, y el exceso de robustez, ayudando al tiempo en sus

naturales estragos, habia hecho que desapareciesen las primitivas formas

de la viuda.

Entre sus abultadas megillas desaparecia casi completamente su nariz,

corta, ancha y aplastada, y escondíanse sus ojos, muy pequeños,

redondos y, que ya habian perdido el brillo del fuego de la juventud.

Escasísima era la cabellera, en otro tiempo de color castaña, de la

viuda; pero todo se arregla en este mundo, y con un añadido en la parte

posterior de la cabeza y algunos otros mechones convenientemente

colocados, quedaba la viuda peinada admirablemente por mano de su

peinadora.

En la forma del peinado veíanse lo que pudiéramos llamar reminiscencias

de pasadas y olvidadas modas; pues doña Robustiana no transigia

fácilmente con todo lo moderno.

Aún conservaba algunos vestidos de los últimos años de su matrimonio, y

aunque reformados, tenian el sello inequívoco de la antigüedad,

resultando, que cuando la viuda queria vestirse bien en los dias de

fiesta, ó ciertas noches para recibir á sus amigos, presentaba una

figura bien extraña por cierto, extravagante, casi grotesca, y pudiera

decirse que sin más trabajo que retratarla con toda exactitud, se

hubiera tenido una caricatura.

Era muy aficionada á cargarse de adornos, y se los ponia de todas

clases. La cofia ó toquilla, ó como quiera llamarse, que cubria su

cabeza, estaba cubierta de encajes y lazos de vivos colores.

Adornaban su cuello y su pecho, cintas y relumbrantes cadenas, grandes

medallones y el reloj de repeticion que le habia regalado su difunto

esposo durante la luna de miel.

Así ataviada, sentábase la viuda en un ancho sillon, y mientras que con

la mano derecha agitaba un abanico, con la izquierda acariciaba el ancho

lomo de un gatazo rubio, que se le colocaba en el regazo, durmiendo allí

y contagiando con su sueño á su señora.

El gato no servia para cazar ratones; pero doña Robustiana lo tenia en

gran estimacion, siquiera porque el invierno al acostarse lo colocaba en

su cama para que le calentase los piés.

Los muebles eran tan antiguos como la ropa y como las costumbres de doña

Robustiana, pues esta, sin querer transigir con lo moderno, almorzaba,

lo mismo que habian hecho sus padres, antes de las ocho de la mañana,

comia á las dos de la tarde y cenaba apenas anochecia.

Lo único moderno que habia en aquella casa era la sirviente, que no

tenia más de veinte años, y era bonita, alegre, demasiado alegre quizá,

viva, habladora, aficionada á toda clase de enredos y embustera hasta lo

inconcebible.

Si estas cualidades hubieran podido ser apreciadas por la viuda, la

sirviente habria tenido que buscar nuevo acomodo; pero esta era muy

hábil para fingir, y aquella no pudo comprender la verdad.

Juana, que así se llamaba la sirviente, tenia un novio, del que nos

ocuparemos oportunamente, y aspiraba á casarse, aunque para conseguirlo

así no llevaba el mejor camino.

Cuando el ama y la criada estaban solas, no se oia en la casa más ruido

que el de la voz fresca y aguda de la sirviente, que cantaba con

envidiable alegría y como quien es completamente feliz.

No falta decir sino que la casa en que habitaba la viuda estaba en la

calle del Ave-María.

Recordaremos que habian dado las nueve y que el calor era sofocante.

La Gente Cursi: Novela de Costumbres Ridículas · 第 9 / 37 题