La mujer casamentera.
Hay quien tiene al ridículo más miedo que á la muerte, así como hay
quien pone todo su empeño en caer en el ridículo más lastimoso.
Sabemos que es trabajo perdido hacer advertencias á los tontos y á los
nécios; pero de estos los hay de dos clases: los que lo son por
naturaleza, y los que pudiéramos llamar contagiados. Si los primeros son
incurables, porque no puede modificarse su organizacion, para los
segundos hay remedio, y hé aquí por qué escribimos este libro.
No temas, lector, que te fatiguemos con disertaciones morales ó
científicas, pues sabemos demasiado bien que una obra como la presente
es preciso que ante todo encierre el interés del drama, y que si se
escribe con el buen fin de enseñar, de corregir vicios sociales, es
preciso que enseñe recreando, que corrija deleitando.
Por más que los tipos que vamos á presentarte, amado lector, estén
copiados del natural, y aunque son verdaderos casi todos los episodios
que vamos á darte á conocer, este libro es al fin una novela, que unas
veces te hará reir y otras llorar; una novela cuyo artificio habrás de
seguir detalle por detalle, paso á paso, hasta el desenlace, que de
seguro desearás conocer. Léela como quien no piensa más que en solazarse
y en matar el tiempo, que es cosa que saben hacer muy bien los
españoles, y aunque no quieras habrás de pensar alguna vez en lo que
nunca has pensado; tal vez comprenderás lo que no has comprendido,
porque no te has tomado la molestia de examinarlo, y tambien sucederá
que al leer alguna página digas: «Esto ya lo sabia yo;» lo cual no ha de
desagradarme, pues es precisamente lo que busco, lo que deseo, lo que me
propongo.
Lo que no es de todos tiempos, lo que no es un vicio social engendrado
por las pasiones inherentes á nuestra naturaleza, sino consecuencia de
las costumbres de una época ó de los extravíos de una generacion, no
tiene nombre en ningun idioma, y como es preciso que lo tenga, se le
pone, y esto no lo hacen las academias literarias, ni los sábios
aisladamente, ni siquiera los hombres de mediana ilustracion, sino la
masa popular, el vulgo, y entre el vulgo el más ignorante quizá de sus
indivíduos. La nueva palabra, rechazada primero porque no reconoce una
etimología griega, ni siquiera latina, hace fortuna á despecho de las
eminencias científicas, se acepta, y todos la usan como absolutamente
indispensable para hacerse comprender.
Decimos esto, para justificar el título de la presente obra.
Hay en la sociedad un crecido número de indivíduos que han llegado á
formar verdadera _clase_, y que no tenian calificacion. Este tipo, que
no se parece á ninguno, es digno de ser estudiado. Como no tenia nombre,
se le puso. ¿Quién? No lo sabemos, aunque sí tenemos la seguridad de que
se fraguó en la cabeza de un hijo de la risueña Andalucía.
¿Qué significa este nombre?
Nada por su etimología, y sin embargo, dice mucho al oido y es preciso
reconocerle un gran mérito. La combinacion y sonido de las sílabas de
una palabra expresa por sí una idea triste ó alegre, una cosa sublime ó
grotesca, delicada ó ruda, y esto sucede con el calificativo de las
gentes que nos proponemos pintar. Los que no conozcan nuestro idioma, no
pueden comprender lo que significa la palabra _cursi_; pero al oirla
pronunciar no ha de quedarles duda de que se refiere á algo que es
ridículo, grotesco ó cosa por el estilo, y en esto precisamente consiste
el mérito de la calificacion.
No busqueis otra, porque no la tenemos en nuestra rica lengua, y en vano
le buscarán equivalente en otro idioma los que quieran honrar una vez
más nuestro ingenio y traducir este libro.
El tipo que nos ocupa lo encontrareis en todas las clases de la
sociedad; pero donde abunda es en esa clase desgraciada que está entre
el obrero y el aristócrata, entre el capitalista y el mendigo; esa clase
que es rica y se muere de hambre; que es pobre y gasta como los ricos;
que tiene todas las necesidades y ningun recurso, y que disponiendo de
grandes recursos, sabe hacer abstraccion de todas las necesidades.
El _cursi_ no puede equivocarse, no puede confundirse, no puede pasar
desapercibido. Se distingue por sus maneras, por su lenguaje, por sus
gustos, por sus inclinaciones y hasta por su aspecto, y si no hubiera de
acusársenos de exagerados, diríamos que se les conoce hasta en la sombra
que proyectan.
¿No es esto verdad?
Serian dignos de compasion si no fuesen dichosos, porque á pesar de lo
mucho que en ocasiones sufren, creen que representan un gran papel,
sienten halagado su amor propio, y son así felices.
Los que no tienen talento, ni corazon, ni vergüenza, son dichosos; esto
nadie lo ignora.
La criatura cursi tiene corazon, pero nada más, y el corazon, sin el
compensador unas veces de la inteligencia, y otras de la dignidad ó de
la voluntad, sin algunas virtudes; el corazon, repetimos, es como la
barquilla sin timon, velas ni remos, que flota á merced del revuelto
oleaje y concluye por sumergirse ó estrellarse en las rocas.
Vamos á concluir, porque ya hemos dicho bastante para advertencia ó
aclaracion.
Particularmente la mujer de la clase que intentamos retratar, tiene un
porvenir bien triste, pues por las condiciones de su carácter y por las
circunstancias de su manera de vivir, se acerca, aunque lentamente, á un
abismo, sin que de ello se aperciba hasta que está en el fondo de donde
no puede salir. El niño que corre tras la mariposa, cree que un paso más
no tiene importancia, y paso tras paso se aleja tanto, que cuando quiere
volver á su hogar no encuentra el camino.
Así van, lo mismo el hombre que la mujer, hasta el último extremo de
todos los extravíos, y hasta el crímen.
Y aquí principia nuestra historia.
Las nueve de la noche habian dado.
El mes de Julio principiaba.
En Madrid, en Julio y á las nueve de la noche, el calor sofoca bastante
para que se comprenda cómo los que habitan cerca del Ecuador pasan la
existencia en dulcísima ociosidad, y á trueque de no moverse se resignan
á no comer.
Dicen que la ociosidad es madre de todos los vicios; pero nos parece que
este refran no es aplicable con exactitud á todos los climas.
Permítasenos creer que en los países donde la temperatura es muy
elevada, la ociosidad, en vez de ser madre de todos los vicios, es
fuente de todas las delicias.
Salvo algunas calles, no más que algunas del centro de la Villa tres
veces coronada, se veian en las demás muchas criaturas que se habian
acomodado en las aceras para aspirar el ambiente, si no fresco, al ménos
puro de la noche, y decimos puro, en cuanto es posible en una poblacion
como Madrid, donde respiran y bullen sin cesar más de trescientas mil
personas.
Abiertos estaban todos los balcones, y abiertas de par en par las
puertas de los cafés y horchaterías.
Los afortunados que pueden ir en coche, recostábanse indolentemente
sobre los blandos almohadones de sus vehículos, y los que no tienen
otros medios de locomocion que sus piés, iban y venian flojamente, y de
vez en cuando sacaban el pañuelo para limpiar el sudor que corria por
sus rostros.
Ya estaba el Prado lleno de paseantes, jóvenes en su mayoría, exhibiendo
las mujeres sus encantos y mirando á los hombres como si con los ojos
dijesen:
--Cualquiera de esos me conviene para marido, pues lo que importa es
casarse.
Por desgracia, son muchas las mujeres que no piensan de otra manera en
el casamiento.
En cambio ellos, á la vez que se extasian contemplando tanta belleza,
parece como que andan recelosos y sobrecogidos por el temor de que
alguna de aquellas mujeres consiga lo que desea.
Tambien vagaban algunas personas por los jardines de Recoletos, y
algunas parejas, buscando la soledad y la sombra, entregábanse á las
delicias de un amor misterioso.
Todo esto y mucho más tendremos ocasion de examinarlo detenidamente;
pero ahora es preciso que abandonemos las calles y paseos, para
introducirnos en la vivienda de doña Robustiana del Peral, tipo que por
ser raro es digno de nuestra atencion.
¿No habeis visto nunca personas que se complacen en que se casen sus
amigos, y trabajan sin descanso para conseguirlo así?
De seguro habreis visto alguna, y si habeis sospechado que algun
mezquino interés las movia, os equivocásteis.
Hay personas, particularmente mujeres, que no teniendo otra cosa que
hacer, se ocupan en arreglar casamientos, y cada vez que arreglan uno,
gozan y se consideran felices.
Como no se ocupan de otro asunto, como á todas horas piensan en lo
mismo, acaban por ser maestros consumados, tienen habilidad prodigiosa
para vencer todos los inconvenientes, y rara vez sufren una derrota.
Doña Robustiana era el tipo perfecto de las casamenteras, y ocupaba la
posicion social que casi todas las casamenteras ocupan.
Tenia cincuenta y ocho años, era viuda, y no habia conseguido encontrar
segundo esposo.
Parece que despechada debió complacerse en que ninguna mujer se casase;
pero le sucedió todo lo contrario y se hizo casamentera, obteniendo
grandes triunfos, á pesar de que habia tenido que luchar con hombres
opuestos al matrimonio hasta por instinto.
Disfrutaba la viuda una pension de seis mil reales, y era dueña además
de algunos bienes, con lo cual podia vivir cómoda y decorosamente, y así
vivia, y su fortuna era por muchos envidiada.
Aseguraban todos los amigos de doña Robustiana, que el trato de esta
era el más agradable del mundo.
La verdad es que ella tenia para todos palabras muy benévolas, y ponia
todo su cuidado en prodigar alabanzas á cuantas personas conocia.
Estaba algo envanecida con lo que ella llamaba su talento, con su
posicion, y sobre todo con sus antecedentes, de que hablaba con
frecuencia.
Tenia doña Robustiana una hija, á quien no hay que decir que habia
conseguido casar; pero la hija se encontraba en el archipiélago
Filipino, adonde habia ido con un regular empleo su esposo.
De vez en cuando suspiraba tristemente la viuda, y se lamentaba de su
soledad; pero se consolaba con sus muchos amigos.
Como se habia propuesto pasar la vida todo lo más agradablemente
posible, en vez de frecuentar los teatros y los paseos, habia hecho todo
lo posible para que su casa fuese el punto de reunion de unas cuantas
familias.
Allí pasaban estas el tiempo sin sentir, segun decian, entregándose unas
veces á la inocente distraccion de los juegos de prendas, otras á la
lotería, y tambien á las delicias de la música, pues doña Robustiana,
entre otras cosas de sus buenos tiempos y de sus pasadas glorias,
conservaba un piano.
El armonioso instrumento contaba una respetable antigüedad; estaba
desafinado casi siempre, pero bueno era para las manos que habian de
mover sus teclas.
Con este sistema de vida, la viuda tenia muchas ocasiones para
entregarse á su goce favorito de hacer casamientos.
Esto, más que nada, era un atractivo para las jóvenes que aspiraban al
lazo del matrimonio, y atractivo tambien para las madres que á toda
costa querian casar á sus hijas, aunque fuese con el moro Muza y sólo
por el placer de poder decir que habian tenido bastante habilidad para
casarlas.
Despues tocaban los inconvenientes; pero ¿qué importaba esto? Las habian
casado, y si el matrimonio constituia la desgracia de los dos cónyuges,
arreglábase todo muy bien con lamentarse, sin que la madre quisiese
aceptar la responsabilidad de la desgracia de la hija, sino que, por el
contrario, decia:
--No es mia la culpa, pues nunca me agradó que se casase con semejante
hombre; pero ella se empeñó, y consentí para evitar escándalos y que la
justicia tuviese que intervenir para que el resultado fuese el mismo.
Tampoco esto menguaba el crédito de la casamentera, pues de todos modos
quedaba probado que en aquella casa se hacian casamientos, y esto era
lo más interesante para las que á toda costa querian marido.
Si cuando las mujeres cumplen veinticinco años no ejerciese gran
influencia en sus resoluciones el amor propio, se evitarian muchas
desgracias; pero á los veinticinco años, y particularmente á los
treinta, muchas mujeres se casan con cualquier hombre, sólo por casarse,
para probar que ha habido quien fije en ellas la atencion, para no
representar, en fin, el papel de solteras rancias, papel que les hace
sufrir más que todas las desgracias, más que todos los tormentos.
Si no para todas, para algunas mujeres el celibato á cierta edad es mil
veces peor y más horrible que la deshonra, ó de otro modo, es para ellas
una deshonra de cierto género, deshonra que pueden sufrir, pero que no
aceptan y con la que jamás se resignan.
A cierta edad, dice una mujer:
«Soy casada, soy viuda.»
Pero decir que es soltera, tener que pronunciar esta palabra terrible,
le cuesta más trabajo que hubiese podido costarle á Luis XIV decir que
se habia equivocado.
Por supuesto, que todas ellas aseguran que no se han casado porque no
han querido, y que les parece preferible su estado honesto, la pícara
doncellez que las agobia como una montaña de plomo.
Esto dicen, porque la boca ha de servir para algo, siquiera para mentir.
Consiste todo esto en que muchas mujeres no han comprendido que pueden
representar un gran papel sin casarse, porque en este mundo hay algo más
que hacer que entregarse á las dulzuras y amarguras del matrimonio.
No es la culpa de ellas solamente, sino tambien de la sociedad, que ha
querido echar sobre la mujer la carga de todos los deberes, sin
reconocerle ningun derecho.
Debemos ser justos y reconocer que es bien triste la suerte de la mujer.
Esta tiene inteligencia y sobrado corazon; pero ¿de qué le sirve?
Dadme dinero y prohibidme que lo gaste, y como si no me lo diéseis.
A la mujer todo le está prohibido, absolutamente todo. No se la permite
más que casarse, y aun esto cuando la solicitan, y por consiguiente no
puede pensar en otra cosa, á nada más aspira, y es capaz de cometer todo
género de locuras para ver realizada su única aspiracion.
No, no escribimos contra vosotras, pobres mujeres, sino contra la
sociedad, que es la verdadera responsable de casi todas vuestras faltas,
vuestras debilidades ó extravíos; pero si en ciertas cuestiones llegais
á la exageracion, si en momentos de ceguedad sacrificais vuestra
dignidad á vuestro amor propio, si descendeis desde la sublimidad de
vuestros delicados sentimientos á la triste realidad de todas las
vulgaridades, de todas las pequeñeces, de todas las necedades, entonces
cumplimos nuestro deber y os advertimos que os extraviais, por más que
la advertencia os desagrade.
Habeis nacido para representar un gran papel, para ejercer en los
destinos del hombre una gran influencia, y nos duele mucho que no
aprovecheis vuestra ventajosa situacion, pues no parece sino que en
muchas ocasiones se empeña en ser esclava la que ha nacido para señora
absoluta.
Hemos dicho que doña Robustiana del Peral tenia cincuenta y ocho años, y
si más tenia, ella no confesaba más.
Ahora completaremos su retrato, pues no lo hemos hecho más que de la
parte moral, y es preciso que lo hagamos tambien de la física.
De escasa estatura era doña Robustiana; pero en compensacion era
excesivamente gruesa, y el exceso de robustez, ayudando al tiempo en sus
naturales estragos, habia hecho que desapareciesen las primitivas formas
de la viuda.
Entre sus abultadas megillas desaparecia casi completamente su nariz,
corta, ancha y aplastada, y escondíanse sus ojos, muy pequeños,
redondos y, que ya habian perdido el brillo del fuego de la juventud.
Escasísima era la cabellera, en otro tiempo de color castaña, de la
viuda; pero todo se arregla en este mundo, y con un añadido en la parte
posterior de la cabeza y algunos otros mechones convenientemente
colocados, quedaba la viuda peinada admirablemente por mano de su
peinadora.
En la forma del peinado veíanse lo que pudiéramos llamar reminiscencias
de pasadas y olvidadas modas; pues doña Robustiana no transigia
fácilmente con todo lo moderno.
Aún conservaba algunos vestidos de los últimos años de su matrimonio, y
aunque reformados, tenian el sello inequívoco de la antigüedad,
resultando, que cuando la viuda queria vestirse bien en los dias de
fiesta, ó ciertas noches para recibir á sus amigos, presentaba una
figura bien extraña por cierto, extravagante, casi grotesca, y pudiera
decirse que sin más trabajo que retratarla con toda exactitud, se
hubiera tenido una caricatura.
Era muy aficionada á cargarse de adornos, y se los ponia de todas
clases. La cofia ó toquilla, ó como quiera llamarse, que cubria su
cabeza, estaba cubierta de encajes y lazos de vivos colores.
Adornaban su cuello y su pecho, cintas y relumbrantes cadenas, grandes
medallones y el reloj de repeticion que le habia regalado su difunto
esposo durante la luna de miel.
Así ataviada, sentábase la viuda en un ancho sillon, y mientras que con
la mano derecha agitaba un abanico, con la izquierda acariciaba el ancho
lomo de un gatazo rubio, que se le colocaba en el regazo, durmiendo allí
y contagiando con su sueño á su señora.
El gato no servia para cazar ratones; pero doña Robustiana lo tenia en
gran estimacion, siquiera porque el invierno al acostarse lo colocaba en
su cama para que le calentase los piés.
Los muebles eran tan antiguos como la ropa y como las costumbres de doña
Robustiana, pues esta, sin querer transigir con lo moderno, almorzaba,
lo mismo que habian hecho sus padres, antes de las ocho de la mañana,
comia á las dos de la tarde y cenaba apenas anochecia.
Lo único moderno que habia en aquella casa era la sirviente, que no
tenia más de veinte años, y era bonita, alegre, demasiado alegre quizá,
viva, habladora, aficionada á toda clase de enredos y embustera hasta lo
inconcebible.
Si estas cualidades hubieran podido ser apreciadas por la viuda, la
sirviente habria tenido que buscar nuevo acomodo; pero esta era muy
hábil para fingir, y aquella no pudo comprender la verdad.
Juana, que así se llamaba la sirviente, tenia un novio, del que nos
ocuparemos oportunamente, y aspiraba á casarse, aunque para conseguirlo
así no llevaba el mejor camino.
Cuando el ama y la criada estaban solas, no se oia en la casa más ruido
que el de la voz fresca y aguda de la sirviente, que cantaba con
envidiable alegría y como quien es completamente feliz.
No falta decir sino que la casa en que habitaba la viuda estaba en la
calle del Ave-María.
Recordaremos que habian dado las nueve y que el calor era sofocante.