VIII

Durante aquella larga noche, pasada en vela, Anania decidió, ó creyó

decidir, su propio destino.

--_La_ obligaré á vivir con la tía Grathia mientras veo el camino que

he de seguir. Hablaré francamente con el señor Carboni y con Margarita.

«Miren ustedes:--les diré,--las cosas están de la manera siguiente;

tengo el propósito de que mi madre viva conmigo apenas me lo consienta

mi posición; éste es mi deber y lo cumpliré aunque se hunda el mundo».

No me forjo ilusiones; me echarán como se echa á un perro sarnoso.

Entonces buscaré un empleo, seguramente lo encontraré, y me llevaré

á la desdichada y viviremos juntos, miserablemente, pero pagando mis

deudas y llegando á ser un hombre. ¡Un hombre!--y exclamó amargamente:

--¡Ó un cadáver con vida!

Creía encontrarse en calma, frío, muerto ya para todas las alegrías

de la vida; pero en el fondo del corazón sentía una embriaguez cruel

de orgullo, un deseo insano de luchar contra la fatalidad, contra la

sociedad y contra sí mismo.

--¡Después de todo, yo lo he querido!--pensaba.--Bien sabía que era

preciso terminar de esta manera, y, sin embargo, me he dejado arrastrar

por la fatalidad. ¡Ay de mí! Debo expiar. ¡Expiaré!

Este valor ficticio le sostuvo durante toda la noche y todo el día

siguiente mientras subía al Gennargentu. El día era triste, lleno de

nubarrones y niebla, pero sin viento; á pesar de ello quiso partir,

según decía, porque esperaba que el tiempo aclarase, pero en realidad

para empezar á darse á sí mismo una prueba de firmeza, de valor y

despreocupación.

¿Qué le importaba la montaña, los panoramas espléndidos y el mundo

entero? Pero él _quería_ hacer lo que antes había decidido. Sin

embargo, antes de partir dudó un momento.

--¿Y si _ella_, advertida de mi presencia se escapase? ¿Acaso no doy

tiempo para que así suceda?--se preguntó crudamente.

La viuda, para que se tranquilizara y marchase, le prometió que haría

venir á Olí lo más pronto posible; y confiando en esta promesa partió.

Delante de él, por los pendientes senderos, montado sobre un caballo

fuerte y manso iba el guía, á veces perdiéndose entre las nieblas de

las silenciosas lejanías, á veces destacándose sobre el fondo del

camino como sobre una tela gris una pintura á la aguada. Anania iba

detrás; dentro de él y á su alrededor todo era niebla, pero distinguía

detrás de aquel velo fluctuante el ciclópeo perfil del monte Spada, y

en su interior, entre las nieblas que le envolvían el alma, descubría

su propia alma grande, inmensa, dura, monstruosa como el monte.

Un silencio trágico rodeaba á los viajeros, solamente interrumpido

de vez en cuando por los gritos de los buitres. Á ambos lados del

sendero, abierto en la misma roca, se vislumbraban, entre la niebla,

formas extrañas; y los gritos de las aves de rapiña parecían las voces

salvajes de aquellas misteriosas apariciones, llenas de espanto y

cólera por la presencia del hombre. Anania creía andar entre nubes, á

veces sentía la sensación del vacío, y para vencer el vértigo tenía

que mirar intensamente el sendero, bajo los pies del caballo, mirando

fijamente las hojas húmedas y relucientes del suelo pizarroso y las

pequeñas matas violetas del _tirtillo_, cuya aguda fragancia difundíase

entre la niebla. Cerca de las nueve--afortunadamente para los viajeros

que recorrían entonces un peligroso y estrechísimo sendero recortado en

la cúspide misma del monte Spada--se rasgó la niebla; Anania prorrumpió

en gritos de admiración arrancados casi violentamente por la belleza

extraña y magnífica del panorama. Todo el monte aparecía cubierto de un

manto violeta del florido _tirtillo_; más allá la visión de los valles

profundos y de las altas cimas hacia las cuales se acercaban, vistas

á través del desgarrón de la niebla luminosa, entre juegos de luz y

sombra, bajo el cielo azul lleno de nubes extrañas que se desvanecían

lentamente, parecía el sueño de un artista desequilibrado, un cuadro de

inverosímil belleza.

--¡Qué grande es la naturaleza, qué hermosa y qué fuerte!--pensaba

Anania enternecido.--En su seno inmenso todo es puro; si nos

encontrásemos aquí los tres solos, Margarita, _ella_ y yo, ¿quién sería

capaz de pensar en las cosas impuras que nos separan?

Una ráfaga de esperanza pasó por su alma; ¿y si Margarita le amase de

veras, tanto como había demostrado amarle durante aquellos últimos

días? ¿Si consintiese...?

Llevando esta loca esperanza en el corazón, soñó largo rato, hasta

llegar al fondo de la vertiente del monte Spada para empezar de nuevo

la subida hacia la más alta cumbre del Gennargentu. Por el fondo del

valle pasaba un torrente, entre enormes rocas y alisos sacudidos por

ráfagas de viento. En el silencio profundo de aquel misterioso paraje

el rumor de los árboles causó en el joven una sensación extraña;

parecióle que aquel viento era movido por la esperanza que le animaba,

esperanza que conmovía todas las cosas, y hacía temblar los alisos

solitarios cual si fueran hombres salvajes asaltados por misteriosa

alegría en su hosca soledad.

Por contradicción de ideas recordó la impresión sentida pocos días

antes en un bosque del Orthobene sacudido por el viento; también

entonces los árboles le habían parecido hombres, pero hombres

desventurados que el dolor retorcía; y hasta cuando el viento calmaba,

seguían temblando, como seres hechos á la desventura que hasta en los

momentos de dicha, piensan en el próximo, inevitable, dolor.

De pronto recayó en sus sombrías ideas; un proyecto extravagante

relampagueó en su mente. Matar al guía y hacerse bandido. Después

sonrióse y se preguntó:

--¿Seré yo romántico? Y hasta sin matarle, ¿no me podría ocultar entre

estas montañas y vivir solo, alimentándome de hierbas y pájaros? ¿Por

qué el hombre no puede vivir solo, por qué no puede romper los lazos

que le unen á los demás y le ahogan? ¿Zarathustra? Sí; pero también

Zarathustra una vez escribió:

«...¡Qué solo estoy! No tengo nadie con quien reir, nadie que me

consuele dulcemente...».

* * * * *

La subida siguió lenta y peligrosa durante tres horas. El cielo se

despejó por completo; soplaba el viento; las cimas, de contextura

pizarrosa, brillaban al sol, con su perfil argentino, sobre el azul

infinito; la isla desarrollaba sus cerúleos panoramas, con sus montañas

de un azul pálido, sus pueblecitos grises, sus relucientes lagunas:

panoramas que allá y acullá se esfumaban en la vaporosa línea del mar.

Á cada momento Anania se distraía, admiraba, seguía con interés las

indicaciones del guía y miraba con los gemelos; pero no podía escapar á

su angustia que le recobraba con un zarpazo de tigre, cuando trataba de

saborear la dulzura del espléndido panorama.

Hacia medio día llegaron al pico Bruncu Spina. Apenas desmontaron,

Anania se arrastró hasta el montón de losas pizarrosas del vértice

trigonométrico y se echó al suelo para huir de la furia del viento que

soplaba de todas partes. Bajo su nerviosa mirada extendíase, iluminada

por el sol en el zenit, casi toda la isla, con sus montañas azules y su

mar de plata; sobre su cabeza el cielo turquí, inmenso é infinito como

el pensamiento humano. El viento resonaba furiosamente en el vacío y

sus ráfagas sacudían á Anania con rabia loca, con la ira violenta de

una formidable fiera que quisiese echar á todos los demás seres del

antro aéreo donde quería dominar sola.

El joven resistió durante largo tiempo; el guía se le acercó

arrastrándose, y colocado á gatas sobre las losas de pizarra, empezó

á señalarle, nombrándolos, los principales montes, los pueblos y

lugarejos.

El viento se llevaba las palabras y les quitaba la respiración.

--¿Aquello es Nuoro?--gritó Anania.

--Sí; la colina de San Onofre le divide.

--Es verdad. Se ve divinamente.

--¡Lástima que este endiablado viento sea tan rabioso! ¡Vete al

diablo, viento maldito!--gritó desaforadamente el guía.--¡Si no fuera

por él, casi podríamos enviar un saludo á Nuoro, tan cerca parece hoy!

Anania recordó la promesa hecha á Margarita:

«...Desde la más alta montaña sarda le enviaré un saludo; echaré al

aire tu nombre y mi amor, como quisiera hacerlo desde la cumbre más

elevada de la tierra á fin de que el mundo entero quedase atónito...».

Y le pareció que el viento le arrancaba el corazón, estrellándolo

contra los graníticos colosos del Gennargentu.

* * * * *

Al regreso creía encontrar á su madre en casa de la viuda y, después

de dejar el caballo al guía, corrió ansioso, atravesando el desierto

pueblo, hasta llegar á la negra puertecilla de la tía Grathia. Caía

tristemente la tarde, un viento fresco soplaba por las callejuelas

pendientes, de suelo rocoso; el cielo tenía un color pálido, parecía

un día de otoño. Anania se paró frente á la puertecita, escuchando.

Silencio. Á través de las rendijas veíase la luz rojiza del fuego.

Silencio.

Anania entró y sólo vió á la vieja que hilaba sentada en su escabel

de siempre, tranquila como un espectro. Sobre las brasas hervía la

cafetera, y de un pedazo de carne de oveja ensartado en un asador de

madera chorreaba la grasa sobre las ardientes cenizas.

--¿Y qué?--preguntó el joven.

--¡Ten paciencia, _joya de la casa_! No he encontrado ninguna persona

de confianza que fuera por allá abajo. Mi hijo no está en el pueblo.

--¿Y el cochero?

--¡Ya te he dicho que tengas paciencia!--exclamó la viuda,

levantándose y colocando el huso sobre el escabel.--Precisamente he

suplicado al cochero le dijera que es preciso que mañana sin falta

venga aquí. Le dije: «Le suplicarás en nombre mío que venga, porque

tengo que contarle una cosa importantísima que le interesa. No le digas

que Anania Atonzu está aquí; y que Dios te recompense, hijo mío, porque

harás una obra de caridad».

--¿Y él? ¿Él ha prometido...?

--Él ha prometido hacerlo como yo se lo he dicho; es más, me ha

prometido traerla en el coche.

--¡No vendrá! Ya veréis como no vendrá--dijo Anania inquieto.--Y menos

mal si no se escapa. He hecho mal en no ir yo mismo... pero aún tengo

tiempo...

Y quería marchar en seguida hacia la caseta del peón caminero; pero

después se dejó convencer fácilmente y esperó.

Pasó otra triste noche; á pesar del cansancio que le molía los huesos,

apenas pudo dormir sobre aquel duro camastro donde había recibido su

triste vida y donde hubiese querido morir aquella misma noche.

El viento pasaba aullando sobre el techo con rumor de mar tempestuoso,

y su voz retumbante recordaba á Anania su infancia melancólica, sus

terrores lejanos, las noches de invierno, el contacto de su madre que

se acercaba á él más por miedo que por cariño. No, no le había amado

nunca, ¿á qué forjarse ilusiones? no le había amado: y tal vez esta

había sido su más horrible desventura y causa de la pérdida inexorable

de Olí. Él lo veía, lo sabía; y sentía una tristeza morbosa, sentía una

imprevista piedad de sí mismo, víctima del destino y de los hombres.

Si ella hubiese llegado aquella noche, en uno de aquellos momentos

de terror y piedad que la voz del viento despertaba en el joven, la

habría acogido tiernamente y perdonado; pero pasó la noche y amaneció

un día que el viento hacía melancólico, y pasaron las horas más tristes

y ansiosas de su vida. Durante aquellas horas dió vueltas por las

callejuelas como impulsado por el viento, entró en algunas casas,

bebió aguardiente, volvió á casa de la viuda y sentóse junto al fuego,

asaltado por calofríos y dominado por una aguda nerviosidad.

La tía Grathia tampoco podía estarse quieta; iba de un lado á otro de

la casa y, apenas terminaron la modesta comida, salió al encuentro de

Olí, después de haber rogado á Anania que se tranquilizara.

--Ten en cuenta que ella te tiene miedo...

--¡Pierda cuidado, santa mujer!--contestó con desprecio.--Ni siquiera

la miraré; sólo le diré unas cuantas palabras.

Transcurrió más de una hora. El estudiante recordaba con amargura

aquellos momentos en que esperaba la vuelta de tía Tatana; y al propio

tiempo que anhelaba la llegada de Olí, la triste llegada que debía de

una vez poner fin á sus tormentos, se sentía devorado por un profundo

deseo: ¡que no llegase nunca, que hubiese huido, desaparecido para

siempre!

Y pensaba con triste resignación:--¡Está muy enferma, se morirá pronto!

La viuda entró, sola, apresurada.

--¡Cuidado, no te encolerices!--le dijo en voz baja,

rápidamente.--¡Viene, viene! Ya está ahí; se lo he dicho todo. ¡Mucho

cuidado! Tiene un miedo atroz. ¡No la maltrates, hijo mío!

Salió de nuevo, dejando abierta la puertecita que el viento empezó

á sacudir, empujándola, atrayéndola, cual si jugara con ella. Anania

esperaba pálido, inconsciente.

Cada vez que la puerta se abría, el sol y el viento penetraban en la

cocina, lo iluminaban y sacudían todo, y desaparecían para volver

á presentarse de nuevo. Durante uno ó dos minutos Anania siguió

inconscientemente el juego del sol y del viento, pero de pronto se

cansó y levantóse para cerrar la puerta, nervioso, colérico y con el

rostro ceñudo.

De este modo apareció ante la pobre mujer que avanzaba temblorosa,

tímida y cubierta de andrajos como una mendiga. Él la miró; ella le

miró: el espanto y la desconfianza se reflejaban en los ojos de ambos.

Ni él ni ella pensaron en tenderse los brazos, ni en saludarse: todo

un mundo de dolor y culpa se interponía entre ellos y les dividía

inexorablemente, mucho más que si fuesen dos enemigos mortales.

Anania sujetaba la puerta, apoyándose en ella, todo inundado de sol

y de viento, y seguía con los ojos á la desdichada Olí, que, casi

empujada por la tía Grathia, avanzaba hacia el hogar. Sí; era ella,

la pálida y descarnada aparición entrevista en la negra ventana de la

caseta del peón; en aquel rostro amarillo-grisáceo, los ojazos claros,

sin brillo por la debilidad y el miedo, parecían los ojos de un gato

salvaje enfermo. Apenas se sentó, la viuda tuvo una magnífica idea;

¡dejó solos á los dos huéspedes! Pero Anania, dando un portazo y muy

irritado, corrió detrás de la tía Grathia.

--¿Dónde va? ¡Venga, vuelva en seguida, si no, yo también me

marcho!--dijo ásperamente, alcanzando á la vieja mientras subía la

escalerilla.

Olí debió oir la amenaza, porque cuando Anania y la viuda volvieron

á la cocina, estaba llorando junto á la puerta pronta á marcharse.

Ciego de vergüenza y dolor, el joven corrió hacia ella, la cogió por un

brazo, la echó hacia dentro y cerró con llave la puerta.

--¡Nooo...!--gritóle, mientras la pobre se acurrucaba, formando casi

una bola y llorando convulsivamente.--¡No, no partirá V.! No volverá

á dar un solo paso sin mi consentimiento. Puede llorar todo lo que

quiera, pero de aquí no saldrá jamás. Los alegres días se han acabado.

Olí lloró más fuerte, sacudida toda ella por un temblor de espasmo; y

sus sollozos fueron como una frenética irrisión á las últimas palabras

de Anania; y él lo advirtió, y la vergüenza sentida por las monstruosas

palabras pronunciadas, aumentó su furor.

¡Ay! el llanto de aquella mujer le irritaba en vez de conmoverle;

vibraban en sus nervios temblorosos todos los instintos del hombre

primitivo, bárbaro y cruel; y él lo veía, pero no sabía dominarse.

La tía Grathia le miraba aterrada, comprendiendo que Olí tenía razón en

temerle; y sacudía la cabeza, amenazaba con sus manos levantadas, se

agitaba pronta á todo con tal de impedir una escena violenta; pero no

sabía qué decir, no podía hablar... ¡Ah! ¡Era endiablado aquel hermoso

muchacho, tan bien vestido; era peor y más terrible que un pastor

_orgolense_ con la _mastrucca_[51], más terrible que los bandidos que

había conocido en la montaña! ¡Ella se había imaginado una escena bien

distinta de aquella!

--Sí--continuó diciendo Anania, bajando la voz y parándose frente

á Olí:--sus viajes han acabado. Hablemos con calma y razonemos; es

inútil que llore; por lo contrario, debe alegrarse de haber encontrado

un buen hijo que le restituya bien por mal, porque debe esperar de

él mucho bien. De aquí no se moverá mientras no ordene lo contrario.

¿Entendido? ¿entendido?--repitió, alzando de nuevo la voz y golpeándose

el pecho.--Ahora yo soy el amo; ya no soy el chiquillo de siete años á

quien se engaña y abandona vilmente; ya no soy la inmundicia que echó

V. á la calle; ahora soy un hombre ¿entiende? y sabré defenderme, sí,

sabré defenderme, sabré defenderme, porque hasta ahora no ha hecho V.

más que ofenderme, matarme un día y otro siempre á traición ¡siempre!

¡siempre! y echarme por el suelo, ¿entiende? echarme por el suelo de

cada día más y más, como se derriba una casa, un muro; así, piedra á

piedra, piedra á piedra...

Y hacía el ademán de derribar un muro imaginario, encorvándose,

sudando, casi oprimido por un verdadero esfuerzo físico; pero de

pronto, improvisamente, mirando á Olí que lloraba sin cesar, sintió su

ira calmarse, desvanecerse. Se quedó frío, helado. ¿Quién era aquella

mujer á quien insultaba? ¿Quién era aquel montón de andrajos, aquel

bicho asqueroso, aquella mendiga, aquel ser sin alma? ¿Era capaz de

comprender lo que le estaba diciendo? ¿Lo que había hecho? Además

¿qué podía haber de común entre él y aquella criatura inmunda? ¿Era

verdaderamente su madre aquella mujer? ¡Y aunque lo fuera! No es madre

una mujer que realiza el acto material de dar á luz una criatura, fruto

de un momento de placer, y después lo abandona en medio de la calle, en

brazos del pérfido Acaso que lo hizo nacer. No, aquella mujer no era

su madre, no era _una madre_, ni aun inconsciente; nada le debía. Tal

vez no tenía el derecho de reprocharla, pero tampoco tenía el deber de

sacrificarse por ella. Su madre podía ser tía Tatana ó tía Grathia,

tal vez María Obinu, tal vez tía Bárbara ó Nanna la borrachona: todas,

excepto la miserable criatura que tenía delante.

--Hubiese hecho divinamente no ocupándome de ella, como me aconsejaba

la tía Grathia--pensó.--Tal vez sería mejor que emprendiese de nuevo su

camino. ¿Qué puede importarme su persona? No, no me importa nada.

Olí seguía llorando.

--Á ver si terminamos--dijo fríamente, sin cólera alguna; y viendo que

seguía llorando con más fuerza, se volvió hacia la viuda y le hizo una

señal para que tratara de consolarla y acallarla.

--¿No ves que tiene miedo?--murmuró la viuda al pasar por su lado.

--¡Vamos! ¡vamos!--dijo golpeando suavemente la espalda de Olí.--No

llores más, hija mía. Ten valor, ten paciencia. Es inútil que llores;

no te comerá; después de todo, es el hijo de tus entrañas. ¡Vamos!

¡vamos! Toma un poco de café y después hablaréis con más calma. Hazme

el favor, hijo mío, Anania, sal un poco á la calle; después hablaréis

con más calma. Sal, sal fuera, alhaja de la casa.

Él no se movió, pero Olí se calmó bastante y, cuando la tía Grathia

le trajo el café, cogió la taza con sus manos temblorosas y lo sorbió

ávidamente, mirando por todas partes con los ojos aún espantados,

temerosos, y que sin embargo reflejaban de cuando en cuando relámpagos

de placer. Le gustaba con delirio el café, como á casi todas las

mujeres sardas de la clase baja, y Anania, que había heredado algo esta

pasión, la miraba y contemplaba, habiendo recobrado por completo el

equilibrio; y le parecía ver una bestia salvaje y tímida, una liebre

mordisqueando uvas en la viña, estremeciéndose por el placer del pasto

y por el miedo de ser sorprendida.

--¿Quieres un poco más?--preguntó la tía Grathia, inclinándose hacia

ella y hablándole como á una chiquilla.--¿Sí? ¿No? Si quieres un poco

más lo dices. Dame la taza y levántate, lávate los ojos, tranquilízate.

¿Has oído? ¡Ea, arriba!

Olí se levantó, ayudada por la vieja, y fué derecho á la tinaja del

agua donde acostumbraba lavarse veinte años antes; primero quiso

lavar la taza, después se lavó la cara y se enjugó con el delantal

agujereado. Sus labios temblaban, algún sollozo sacudía aún su pecho,

y sus ojos, enrojecidos y profundos, enormes en su pequeño rostro más

pálido después de haberse lavado, huían la mirada fría de Anania.

Éste miraba el delantal agujereado y pensaba:

--Será preciso hacerle en seguida un vestido; verdaderamente va

asquerosa. Aún me quedan sesenta liras de las clases que he dado en

Nuoro; ¡qué bien hice en darlas!... Aun podré encontrar otras. Venderé

los libros... Es preciso vestirla y calzarla en seguida... De seguro

tendrá hambre...

Como si adivinara su pensamiento, la tía Grathia preguntó á Olí:

--¿Tienes hambre? Si tienes hambre dilo en seguida; no te dé vergüenza;

_quien tiene vergüenza no come_. ¿Tienes hambre? ¿No?

--No--contestó Olí con los labios temblorosos.

Anania se turbó al oir aquella voz; era la voz de un tiempo, sí, la voz

lejana, la voz de _ella_. ¡Sí, aquella mujer era _ella_, era _ella_,

era la madre, la sola, la verdadera, la única madre! Era la carne de

su carne, el órgano enfermo y podrido que le mataba, pero del cual

no podía separarse sin perder la vida; el órgano que debía curar,

sobreponiéndose á todos los espasmos de la terrible cura.

--Entonces siéntate aquí--dijo la tía Grathia, acercando dos escabeles

al hogar;--siéntate aquí, hija mía, y tú siéntate también, alhaja de la

casa. Sentaos juntos y hablad...

Hizo sentar á Olí y pretendía hacer otro tanto con Anania: pero éste se

desprendió bruscamente.

--Dejadme en paz; ¡ya he dicho que no soy ningún chiquillo!

--Además--siguió diciendo, andando de un lado á otro de la

cocina,--tenemos poco que hablar. Ya he dicho cuanto quería decir.

No se moverá de aquí mientras yo no lo disponga; le comprará V. unos

zapatos y un vestido... yo daré el dinero para ello... de todo esto

ya hablaremos más tarde... Y ahora--y alzó la voz para indicar que se

dirigía á Olí--conteste: ¿qué tiene V. que decir?

Olí no contestó creyendo que seguía hablando con la viuda.

--¿No has oído?--le dijo la tía Grathia con voz dulce.--¿Qué tienes que

decir?

--¿Yo?--dijo ella en voz baja.

--Sí, tú.

--Yo... nada.

--¿Tiene deudas?--preguntó Anania.

--No.

--¿No debe nada al peón caminero?

--No. Me han cogido todo lo que tenía.

--¿Qué le han cogido?

--Los botones de plata de la camisa, los zapatos nuevos, doce liras.

--¿No le queda á V. nada?

--Nada, _Come mi vedi, mi scrivi_[52]--dijo ella pasando las manos por

el delantal.

--¿Conserva algunos papeles?

--¿Qué papeles?

--¿Si tienes la fe de nacimiento ó algún otro papel importante?--dijo

la tía Grathia.

--Sí, tengo la fe de nacimiento--contestó palpándose el pecho.--La

llevo aquí.

--Á ver.

Sacóse un papel amarillento, manchado de grasa y sudor, mientras Anania

recordaba amargamente las pesquisas hechas para ver si María Obinu

poseía documentos reveladores.

La tía Grathia cogió el papel y lo entregó al joven, que lo desdobló,

le pasó la vista por encima y lo devolvió.

Era de fecha reciente.

--¿Para qué la ha sacado?--preguntó.

--Para casarme con Celestino...

--El ciego--dijo la viuda, y añadió murmurando:--¡aquel mal bicho!

Anania se calló, siempre andando de un extremo á otro de la cocina; el

viento aullaba sin descanso al rededor de la casita; de las rendijas

del techo caían oblicuamente rayos de sol que echaban fantásticas

monedas de oro sobre el negro pavimento. Anania se entretenía

automáticamente poniendo los pies sobre aquellas monedas como cuando

era chiquillo; se preguntaba qué le quedaba que hacer y le parecía

haber cumplido una parte de su grave misión, pero que aún le quedaba

mucho que realizar.

--Llamaré aparte á la tía Grathia--pensaba--y le entregaré el dinero

necesario para que le compre zapatos y un vestido y le dé de comer, y

después partiré y veré... Aquí ya no tengo nada que hacer; todo está

hecho...

--¡Todo está hecho!--repetía entre dientes con infinita

tristeza.--¡Todo ha terminado!

Pasó por su mente la idea de sentarse un rato cerca de su madre,

de que le contara su vida, de dirigirle una sola palabra de piedad

y de perdón; pero no podía, no podía; sólo mirarla le causaba

profundo disgusto; le parecía que apestaba (y verdaderamente emanaba

de su cuerpo el olor desagradable especial de los mendigos), y no

veía llegar la hora de marcharse, de huir, de quitarse de la vista

aquel espectáculo doloroso. Y sin embargo, algo le sujetaba allí;

veía que aquello no podía terminar de aquel modo, con unas cuantas

frases; pensaba que tal vez Olí sentía, mezclado con el miedo y la

vergüenza, la alegría de tener un hijo hermoso, fuerte, ilustrado y

que esperaba con ansia unas dulces palabras, la mirada compasiva que

no podía dirigirle; y en medio de su repugnancia, en medio de su dolor

encontraba algo de consuelo pensando:

--Por lo menos no es descarada; tal vez aún pueda redimirse. Es

inconsciente, pero no descarada. No se rebelará.

Y sin embargo, se rebeló.

--Bueno--empezó diciendo Anania, después de un largo silencio,--no

se moverá de aquí hasta que arregle mis asuntos. La tía Grathia le

comprará zapatos y vestidos...

La voz de Olí, aún fresca, pero llorosa, resonó claramente:

--Yo no quiero nada. Yo no...

--¿Cómo no?--preguntó él, parándose de repente ante el hogar.

--No me quedaré aquí.

--¿Qué?--gritó, avanzando hacia ella, con los puños cerrados y los ojos

desencajados.--¿Qué quiere V. decir?

¡Ah! ¿De modo que aún no había terminado todo? ¿Se atrevía á oponerse?

¿Por qué se atrevía? ¿De modo que no comprendía que su hijo había

sufrido y luchado durante toda su vida para conseguir un fin: el de

retirarla de la vía del pecado y del vagabundeo, sacrificándole si

fuera preciso todo su porvenir? ¿Por qué se atrevía á rebelarse?

¿por qué quería escaparle de nuevo? ¿No comprendía que era capaz de

impedírselo aun á costa de un delito?

--¿Qué quiere V. decir?--repitió, dominando con mucho trabajo su cólera.

Y se puso á escuchar, tembloroso, exaltado, clavándose las uñas

puntiagudas en la palma de la mano, mientras su cara iba poco á poco

transformándose á causa de un dolor indefinible.

La tía Grathia no le quitaba la vista de encima, pronta á interponerse,

si se atrevía á tocar á Olí. En medio de aquellos tres seres salvajes,

reunidos al rededor del hogar, la llama de un tizón surgía azulada y

crepitante; parecía llorar.

--Escucha--dijo Olí animándose;--no te encolerices, pues ahora ya es

inútil. El mal está hecho y nadie puede remediarlo; puedes matarme,

pero no conseguirás con ello ningún beneficio. Lo mejor que puedes

hacer es no ocuparte más de mi persona. Yo no puedo quedarme; me

marcharé lejos y nunca más volverás á saber noticias mías. Figúrate que

no me has encontrado nunca...

--¿Dónde vas á ir?--preguntó la viuda.--También yo _le_ dije lo mismo,

pero _él_ no lo comprende; habría un medio aún mejor... Te quedas

aquí, en vez de seguir rodando; no diremos quién eres y _él_ vivirá

tranquilo, como si tú estuvieses muy lejos. Porque si te vas de aquí,

pobrecita, ¿dónde irás?

--Donde Dios quiera...

--¿Dios?--exclamó Anania, golpeándose fuertemente el pecho.--Dios

ahora le manda que me obedezca. No se atreva á repetirlo que no quiere

quedarse. No se atreva á repetirlo--dijo casi delirando.--¡No crea V.

que bromee! No se atreva á dar un solo paso sin mi permiso, ó de lo

contrario seré capaz de cualquier cosa...

--Escúchame, escúchame por tu bien--insistió, afrontando la cólera

del joven.--No seas cruel conmigo, que he sido víctima de toda maldad

humana, cuando me han dicho que eres indulgente con tu padre, con aquel

miserable que fué la causa de mi desgracia...

--¡Tiene razón!--dijo la viuda.

--¡Á callar!--exclamó Anania.

Olí siguió tomando más ánimo.

--Yo no sé hablar--dijo,--yo no sé expresarme porque las desgracias me

han entontecido; pero voy á decirte una sola cosa: ¿no saldría ganando

quedándome aquí? ¿si quiero marcharme no es por tu bien? Responde. ¡Ah!

¡ni siquiera me escucha!--dijo, volviéndose hacia la viuda.

Anania había empezado de nuevo á dar paseos por la cocina y

verdaderamente parecía no escuchar las palabras de Olí; pero de pronto

estremecióse y gritó:

--¡Escucho!

Ella siguió hablando humildemente, contenta en el fondo de que ya no la

amenazase:

--¿Por qué quieres que me quede? Déjame seguir mi camino; y así como un

día te causé un mal, deja ahora que te haga un bien. Déjame marchar; yo

no quiero servirte de estorbo; déjame marchar... por tu bien...

--¡Nooo...!--exclamó.

--Déjame marchar, te lo suplico; aún puedo trabajar. Tú no volverás á

saber nada de mí; desapareceré como hoja arrastrada por el viento...

Se puso pensativo; una terrible tentación le asaltó. ¡Dejarla marchar!

Durante un fugaz momento una alegría loca resplandeció en su alma, al

solo pensamiento que todo podía convertirse en una triste pesadilla;

una palabra sola y el sueño se desvanecía y volvía la dulce realidad...

Pero de pronto tuvo vergüenza de sí mismo; y su cólera aumentó y sus

gritos resonaron de nuevo en la tétrica cocina.

--¡No!

--Eres una fiera--murmuró Olí;--no eres una persona; eres una fiera que

muerde sus propias carnes. Déjame marchar, por Dios, déjame...

--¡No!

--¡Verdaderamente eres una fiera!--confirmó la tía Grathia, mientras

Olí callaba y parecía vencida.--¿Qué necesidad tienes de berrear de

este modo? ¡Nooo...! ¡Noo...! ¡Noo...! Desde la calle te oyen y creerán

que aquí dentro hay un toro encerrado. ¿Esto es lo que te han enseñado

en la escuela?

--En la escuela me han enseñado esto y otras cosas--contestó bajando la

voz que se le había puesto ronca.--Me han enseñado que el hombre antes

que dejarse deshonrar debe morir... ¡Pero no me podéis comprender!

Terminemos de una vez y á ver si os calláis las dos...

--¿Que yo no te entiendo? ¡Pues te entiendo perfectamente!--protestó la

vieja.

--_Nonna_, ¿de veras me entiende? Pues acuérdese... Pero ¡basta!

¡basta!--exclamó él, agitando las manos, fatigado, asqueado de sí mismo

y de todos.

Las palabras de la vieja le habían impresionado; volvía á ser

consciente, recordaba que siempre se había considerado como un ser

superior y quería poner fin á la escena dolorosa y vulgar.

--Basta--se repetía á sí mismo, dejándose caer sentado en un rincón de

la cocina y cogiéndose la cabeza entre las manos.--He dicho que no, y

basta. Acabemos de una vez--añadió con voz ronca.

Pero Olí vió que por lo contrario había llegado el momento de luchar;

ya no tenía miedo y se atrevió á todo.

--Óyeme--dijo con voz humilde, siempre más humilde,--¿por qué quieres

labrar tu desgracia «hijo mío»? (Sí, ella tuvo el valor de llamarle

así, y él no protestó). Lo sé todo... Sé que debes casarte con una

muchacha rica y guapa; si se entera de que tú no reniegas de mí, te

rechazará. Y tendrá razón; porque una rosa no puede vivir en medio de

podredumbre... Hazlo por ella; déjame marchar, y creerá siempre que ya

no existo. Ella es inocente ¿por qué debe sufrir? Yo marcharé lejos,

cambiaré de nombre, desapareceré arrastrada por el viento. Ya basta el

mal que te hice involuntariamente... sí... involuntariamente; no, hijo

mío, no quiero causarte más daño. ¡Ah! ¿cómo es posible que una madre

pueda causar daño á su hijo? Déjame, déjame marchar.

Él tuvo ganas de gritar: «Y sin embargo, sólo me ha causado daño en

su vida», pero se dominó. ¿Á qué gritar? Era inútil é indecoroso; no,

no quería gritar; con la cabeza cogida entre las manos, y con voz al

propio tiempo quejumbrosa é iracunda, seguía diciendo:--No, no, no.

Comprendía que Olí tenía razón en el fondo, y que quería marcharse sólo

para no hacerle desgraciado; pero precisamente la idea de que en aquel

momento se mostraba más generosa y consciente que él, le irritaba y la

hacía aún más odiosa. Ella se había transformado; sus ojos relucientes

le miraban suplicantes y amorosos; y cuando repetía «Déjame marchar»,

su voz aún juvenil vibraba con dulzura infinita y todo su rostro

expresaba indefinible tristeza.

Tal vez un sueño suave, que hasta entonces nunca había iluminado el

horror de su existencia, acariciaba su alma: quedarse, vivir para _él_,

encontrar por fin la paz. Pero desde lo más hondo del alma primitiva

el instinto del bien--la chispa que se oculta hasta en la sílice--la

impulsaba á no hacer caso de aquel sueño. Una sed de sacrificio la

devoraba, y Anania lo comprendía y veía por fin que ella también

quería, á su modo, cumplir con su deber, del mismo modo que él quería

cumplir con el suyo. Pero él era el más fuerte y quería y debía vencer

por todos los medios, haciendo uso de la violencia, con la necesaria

crueldad del médico que para curar al enfermo raja y corta.

De pronto ella se echó á sus pies, empezó á llorar, á suplicar y

gritar. Anania siguió siempre contestando que no.

--¿Qué debo hacer entonces?--decía sollozando.--Virgen María ¿qué debo

hacer? ¿Será preciso que te abandone otra vez engañándote? ¿que te haga

el bien á la fuerza? Sí, yo te abandonaré, me marcharé. Tú no puedes

mandar en mí. No sé quién eres... Soy libre... y me marcharé.

Él alzó la cabeza y la miró.

Ya no se mostraba colérico; pero sus ojos fríos y su rostro pálido,

envejecido repentinamente, infundían espanto.

--Oiga--dijo con voz firme;--acabemos de una vez. Está todo decidido

y no hay más que hablar. No dará un solo paso sin que yo lo sepa. Y

tenga bien presentes mis palabras cual si fueran pronunciadas por un

moribundo: si hasta ahora he podido soportar la deshonra y el dolor de

su vida vergonzosa, era porque no podía impedirlo y porque esperaba

poner fin á tal estado de cosas. Pero de hoy en adelante ya será otra

cosa. ¡Si se atreve á marcharse de aquí, la perseguiré, la mataré y me

mataré después! ¡Por lo que me importa la vida!...

Olí le contemplaba con una especie de terror; en aquel momento era

parecidísimo al tío Miguel, á su padre, cuando la había echado de la

caseta: los mismos ojos fríos, el mismo rostro tranquilo y terrible, la

misma voz cavernosa, el mismo acento inexorable. Creyó ver el fantasma

del viejo que resucitaba para castigarla y sintió á su alrededor todo

lo horrible de la muerte. No dijo una palabra más, y se acurrucó en el

suelo, temblando de espanto y desesperación.

* * * * *

Una noche triste cubrió el pueblecito barrido por el viento.

Anania, que no había podido encontrar un caballo para marchar en

seguida, tuvo que pasar la noche en Fonni, una noche extraña, una noche

parecida á la primera de un condenado á muerte después de la sentencia.

Olí y la viuda quedaron largo tiempo en vela junto al fuego; Olí sentía

el frío precursor de la fiebre, tiritaba, bostezaba y gemía. Como en

una noche lejana el viento retumbaba sobre la cocina guardada por el

negro capotón del bandido, y la viuda hilaba, á la luz amarillenta

de las llamas, impasible y pálida como un espectro; pero ahora no se

entretenía en contar á la huéspeda la historia de su marido, y ni

siquiera trataba de consolarla. Sólo, de vez en cuando, le suplicaba

inútilmente que se fuera á la cama.

--Me acostaré si me hacéis un favor--dijo por fin Olí.

--Habla.

--Preguntadle si aún conserva la _rezetta_ que le entregué el día que

nos escapamos de aquí, y rogadle que me la enseñe.

La vieja lo prometió y Olí se levantó del escabel; todo su cuerpo

temblaba, y bostezaba tanto que sus quijadas crujían. Deliró toda

la noche, presa de la fiebre; á cada momento pedía la _rezetta_,

lamentándose infantilmente porque la tía Grathia, que estaba acostada

al lado, no iba á pedírsela á Anania.

Durante el delirio pasó por su mente una duda: que Anania no fuese

su hijo. No, era demasiado cruel y despiadado; ella, que había sido

atormentada por todas las personas con quienes tropezó en la vida, no

podía convencerse de que su hijo debiera torturarla aún más que los

otros.

Delirando contó á tía Grathia que había colgado aquella _rezetta_ al

cuello de Anania para poderle reconocer cuando fuera rico.

--Yo quería ir á encontrarle, un día, cuando fuese vieja, muy

viejecita, apoyada en un bastón. ¡Pom! ¡pom! llamaba á la puerta.

«¡Soy María Santísima convertida en mendiga!». Los criados se reían

y llamaban al amo. «Viejecita ¿qué quieres?». Yo sé que llevas una

bolsita colgada al cuello así y asá; y sé quién te la dió; si ahora

tienes muchas _tancas_ y criados y bueyes lo debes á aquella pobre

alma de la cual sólo quedan ahora siete onzas de polvo. Adiós, dame un

poco de pan con miel. «Y perdona á aquella pobre alma». «Muchachos,

persignaos, esta viejecita que todo lo adivina es María Santísima...».

Ja, ja, ja... la _rezetta_, la quiero... no es... él... La _rezetta_...

la _rezetta_...

Apenas fué de día la tía Grathia entró en el cuarto de Anania y se lo

contó todo.

--¡Ah!--exclamó con amarga sonrisa--¡sólo esto faltaba! ¡que dudase!

¡Ya le haré ver si soy ó no soy su hijo!

--Hijo mío, no seas mal hijo; conténtala por lo menos en una cosa tan

insignificante...--suplicó la tía Grathia.

--Pero si no sé dónde para aquella bolsita; la eché no sé dónde; si la

encuentro se la mandaré.

Tía Grathia insistió para poder saber el resultado del coloquio que

Anania debía tener con su prometida.

--Si verdaderamente te quiere se alegrará de tu buena acción--le dijo

para confortarle.--No, no te rechazará, aun cuando le digas que tú

no reniegas de tu madre. ¡Ah! ¡el verdadero amor no mira las _cosas_

del mundo! yo amaba locamente á mi marido cuando todos los demás le

despreciaban...

--¡Veremos!--exclamó Anania melancólicamente,--ya escribiré...

--¡No, por caridad, alhaja de la casa, no me escribas! Yo no sé leer y

no quiero que nadie se entere de tus cosas.

--¿Entonces...?

--Mira, mándame una _señal_. Mira, si ella no te rechaza me mandas la

_rezetta_ envuelta en un pañuelo blanco; y si te rechaza, la mandas

envuelta en un pañuelo de color...

Prometió contentar á la vieja, aprobando su idea ingeniosa.

--¿Cuándo volverás?

--No lo sé; seguramente no tardaré mucho, apenas haya arreglado mis

asuntos.

Partió sin volver á ver á Olí, que por fin se había dormido; una

inmensa angustia le dominaba; el viaje le parecía eterno y, sin

embargo, tenía deseos de no llegar nunca á su destino... Aún le

sostenía una muy débil esperanza.

--Ella me ama--pensaba,--tal vez me ama como tía Grathia amaba á

su marido. Su familia me despreciará, no querrán saber nada de mí;

pero ella me dirá: te esperaré, te amaré siempre... Pero ¿qué podré

prometerle? Ahora mi porvenir ha sido destruido.

Otra esperanza, esperanza inconfesable, fermentaba en el fondo de su

alma: que Olí se escapase; no se atrevía á revelársela á sí mismo,

pero la sentía, la sentía, á su pesar corría por su sangre como una

gota de veneno, y se avergonzaba de ello, comprendía toda su vileza,

pero no podía desprenderse de ella... Cuando había exclamado: «la

mataré y me mataré después» había sido sincero, pero ahora todo le

parecía una horrible pesadilla; y al volver á ver la carretera y los

paisajes que tres días antes había recorrido con tanta alegría en el

alma, y al acercarse á Nuoro, el sentido de la realidad le atormentaba

dolorosamente.

Apenas llegó buscó la bolsita y, por una idea supersticiosa--pues creía

que las cosas previstas no se realizan,--la envolvió en un pañuelo de

color. Pero después pensó que los tristes sucesos de aquellos días

siempre los había esperado y previsto, y se irritó contra su puerilidad.

--Además ¿por qué debo mandarle la bolsita? ¿Por qué debo

complacerla?--decía entre sí, arrojando el pañuelo con la _rezetta_

contra la pared.--Pero en seguida lo recogió del suelo y se calmó.

--Lo haré por tía Grathia--pensó.

--Á las cuatro iré á casa del señor Carboni y se lo contaré todo. Es

preciso resolverlo hoy mismo, y portarme como un hombre. Y ahora, á

dormir.

Se echó sobre la cama y cerró los ojos. Eran cerca de las dos de una

tarde calurosísima y silenciosa. Anania tenía aún en los oídos el

ruido del viento, recordaba el frío de la noche anterior en Fonni,

y sentía una extraña impresión. Le parecía haber bajado al fondo de

un abismo lleno de peñas, rodeado de montañas de mucha pendiente,

áridas, que reducían aún más el breve horizonte; del fondo de su alma

brotaban mil ideas extravagantes, innumerables sensaciones lejanas;

recordaba las febriles noches pasadas en Roma, el fragor del viento

en Bruncu Spina, una poesía de Lenau: _Los bandidos en la taberna de

la landa_, la canción del pastor que pasó por la callejuela la tarde

que la tía Tatana fué á pedir la mano de Margarita. Y en el fondo de

su pensamiento aparecía siempre sombríamente la cocina de la viuda, el

capote negro y vacío como un símbolo, y la figura de Olí con sus ojazos

de gato salvaje. ¡Qué dolor y qué tristeza le producían ahora aquellos

ojos!

Estuvo mucho tiempo sin moverse, sin poder dormir, pero con los ojos

obstinadamente cerrados, sumergido en profundo entorpecimiento.

--¿Y si me hiciera fraile?--pensó de pronto.

Después pensó en la muerte, extrañándose de que esta idea no se le

hubiese ocurrido antes.

--Nada hay tan seguro como la muerte; y sin embargo, nos parece

imposible que pueda llegar, y nos atormentamos por cosas que pasarán

inexorablemente. Todo pasará; todos moriremos; ¿á qué sufrir?... ¿Y si

á las cuatro me suicidara? Sí.

Durante unos momentos esta resolución heló la sangre en sus venas.

Después pasó, pero dejándole una opresión tan espantosa que sintió la

necesidad de moverse para librarse de ella. Sólo entonces advirtió

que, en el fondo, aun cuando creía ser presa de la más profunda

desesperación, seguía siempre esperando.

--¡Margarita! ¡Margarita! Hablaré con ella esta noche; me dirá que no

diga nada á su padre, que espere, que finja. No, no quiero ser cobarde.

Quiero ser hombre. Á las cuatro estaré en casa del señor Carboni.

Y, en efecto, á las cuatro pasó por delante de la puerta de casa

Margarita y no se atrevió á entrar ni á llamar. Y pasó completamente

avergonzado, pensando volver más tarde, pero convencido en el fondo de

no atreverse jamás á una entrevista con su padrino.

Transcurrieron de este modo dos días y dos noches, en una verdadera

lucha de pensamientos cambiantes como olas agitadas. Nada parecía

cambiado ni en su vida ni en sus costumbres; había reanudado las

lecciones á los estudiantes en vacaciones, leía, comía, pasaba por

delante de la ventana de casa Margarita y al verla la miraba con

vehemencia; pero durante la noche tía Tatana le oía pasear por la

alcoba, bajar al patio, salir, entrar, dar vueltas; parecía un alma en

pena, y la buena mujer le creía enfermo.

¿Qué esperaba?

El día siguiente después de su regreso, viendo á un hombre de Fonni

atravesar la calle, se puso pálido como un muerto.

Sí, esperaba algo... algo horrible; la noticia de que _ella_ había

desaparecido de nuevo; y comprendía perfectamente su vileza, pero al

propio tiempo estaba pronto á realizar su amenaza: «la seguiré, la

mataré, me mataré después». Había momentos en que le parecía que nada

de aquello era verdad; en casa de la viuda sólo había la vieja, con su

capotón y sus leyendas; nadie más... nadie más...

La segunda noche después de su regreso oyó á tía Tatana contar un

cuento á un chiquillo de la vecindad: «...La mujer huía, huía, echando

clavos que se multiplicaban, se multiplicaban y cubrían todo el

campo. El señor Dragón la perseguía, la perseguía, pero no conseguía

alcanzarla porque los clavos le agujereaban los pies...».

¡Qué placer más lleno de angustia había despertado aquel cuento en

Anania, cuando niño, especialmente durante los primeros días después de

su abandono! Aquella noche soñó que el hombre de Fonni, que había visto

dos días antes, le había traído la noticia: se había escapado... él la

perseguía... la perseguía... por un campo lleno de clavos... Allí está,

allí, en el horizonte; dentro de un momento la alcanzará y la matará,

pero tiene miedo, tiene miedo... porque no es Olí; es un pastor que

canta, el mismo pastor que pasó por la callejuela mientras tía Tatana

estaba en casa del señor Carboni... Anania corre, corre; los clavos

no le pinchan y, sin embargo, él quisiera que le pinchasen... Olí

convertida en pastor canta; canta los versos de Lenau: _Los bandidos

en la taberna de la landa_, que desde hace dos días no se aparta del

pensamiento de Anania; ¡ya! ya casi la alcanza, ya va á matarla, y un

frío de muerte le hiela...

Despertó cubierto de un sudor frío, mortal; el corazón apenas latía, y

prorrumpió en sollozos de violenta angustia.

El tercer día, extrañada Margarita de que no le escribiese, le invitó á

la cita de costumbre. Acudió á ella, contó la expedición, se abandonó á

sus caricias, como un cansado viajero se abandona sobre el césped, á la

sombra de un árbol, á la orilla del camino; pero no pudo decir una sola

palabra del terrible secreto que le consumía.

* * * * *

«18 de septiembre, á las dos de la noche.

«Margarita: Acabo de llegar á casa después de haber paseado á la

ventura por las calles del pueblo. Temo enloquecer y este temor me

obliga á confiarte--después de una larga é indecible indecisión--la

pena que me mata. Quiero ser breve. Margarita, tú sabes quién soy

yo; tú sabes que soy hijo del pecado, abandonado por mi madre, más

desgraciada que culpable; he nacido bajo una mala estrella y debo

expiar delitos que no he cometido. Inconsciente de mi triste destino,

impulsado por la fatalidad, he arrastrado conmigo, al abismo de donde

nunca más podré salir, á la criatura á quien quiero sobre todas las

criaturas de la tierra: Á ti, Margarita... ¡Perdóname, perdóname,

Margarita mía! Esto es lo que más siento, en medio de mi inmenso dolor,

éste es el remordimiento que no me abandonará en todo lo que me resta

de vida, si es que vivo... Óyeme: Mi madre no ha muerto; después de una

vida de culpas y desdichas, se ha presentado ante mí como un fantasma.

La pobre, está enferma, envejecida por el dolor y las privaciones. Mi

deber (tú misma lo piensas en este momento) es redimirla. Y he decidido

vivir con ella, trabajar para sostenerla y sacrificarle mi vida si hace

falta para cumplir mi deber.

«Margarita; ¿qué más debo decirte? Nunca como ahora he sentido la

necesidad de descubrirle mi alma semejante á un mar tempestuoso, y

nunca he sentido faltarme las palabras como me faltan ahora, en este

momento decisivo de mi vida.

«Hasta la razón me falta; aún conservo en mis labios el perfume de tus

besos y tiemblo de pasión y de angustia... ¡Margarita, Margarita mía,

mi vida está en tus manos! Ten piedad de mí y de ti. ¡Sé buena como yo

he soñado! Piensa que la vida es breve y que la única realidad de la

vida es el amor, y que ningún hombre de la tierra te amará como te amo,

y como te amaré. No pisotees nuestra felicidad á causa de los humanos

prejuicios, de los prejuicios que fueron inventados por los hombres

envidiosos, para hacerse unos á otros desdichados. Tú eres buena, estás

por encima del nivel ordinario; dame por lo menos una esperanza.

«Pero ¿qué estoy diciendo? Me vuelvo loco; perdóname y acuérdate de que

suceda lo que suceda, siempre seré tuyo, eternamente tuyo. Contéstame

en seguida...

Cenizas · 第 43 / 54 题