«Roma, 1.º de junio.
«_Margarita mía_: Acabo de recibir tu carta y contesto en seguida.
Estoy algo atolondrado. Durante estos días he cogido por lo menos
veinte veces la pluma para escribirte, sin conseguirlo. Y sin embargo
tengo muchas cosas que decirte. He cambiado de casa. El otro día me
disgusté con Bautista Daga, porque le sorprendí en tierno coloquio
con la mayor de las hijas de la patrona, cuando me consta que tiene
relaciones íntimas con la menor. Me dió asco, y cambié en seguida de
casa. Además, estaba muy lejos de la Universidad. Debía hacer casi un
viaje para ir, cosa que me fastidiaba bastante, con el calor excesivo
que empieza á sentirse.
«Con Daga hice las paces al día siguiente. Tropecé con él cerca de la
casa donde vivo; probablemente venía á buscarme, aun cuando dijo que
no. Yo estoy ahora muy bien. La nueva patrona, una señora sarda que,
según dice, ha nacido en Nuoro, es muy buena, muy simpática y muy
devota. Tiene conmigo cuidados casi maternales, tanto, que me ha cedido
su alcoba mientras se marcha una hermosísima señorita inglesa, cuya
habitación debo ocupar.
«Esta miss se te parece de un modo extraordinario, pero te suplico
que no tengas celos: primero, porque estoy locamente enamorado de una
señorita nuorense; segundo, porque la miss debe marchar dentro de ocho
días; tercero, porque es loca de atar; cuarto, porque está prometida, y
quinto, porque estoy bajo la salvaguardia de todas las santas y santos
del cielo, colgados de la pared de mi alcoba, y hasta de las Benditas
Ánimas del Purgatorio, iluminadas día y noche por una _mariposa_[35],
que, no sé por qué, también me parece un alma en pena. (¡Ya empiezo á
escribir lo que tú llamas tonterías!).
«No, espera; antes te quiero decir que en casa de la nueva patrona
viven otros extranjeros que sólo están de paso: un empleado del
ministerio de la Guerra, un sastre piamontés, elegantísimo y muy
instruido, y un viajante francés capaz de soltar ochenta mentiras en
cinco minutos. Me recuerda al muy ilustre señor Francisco Carchide, de
Nuoro, tu desgraciado pretendiente.
«Ayer tarde, por ejemplo, mientras la miss y el sastre discutían en
inglés si los boers tienen derecho ó no á ser un pueblo libre, Mr.
Pilbert me contaba, medio en francés y medio en latín, como _fece_
salir los cabellos de uno de sus chiquillos por medio de la sugestión;
en una hora crecieron un centímetro, después cesaron de crecer durante
varios días, y, por último, empezaron á _se développer naturellement_.
«La señora Obinu,--así se llama la patrona,--tiene de cocinera una
vieja sarda, que hace treinta años vive en Roma y aún no ha conseguido
aprender el italiano. ¡Pobre vieja tía Bárbara! La sacó de Cerdeña,
casi á la fuerza, el amo á quien servía, un capitán _de los dragones_
(como ella dice) de un carácter muy violento y que le daba mucho
miedo. Me da mucha lástima esta viejecita, negrucha y pequeña como
una _jana_[36], que conserva cuidadosamente guardado su traje del
país, y lleva un ridículo vestido comprado en el _Campo di Fiori_ y
un sombrerito que debió pertenecer á la primera mujer de Napoleón. Á
menudo me meto en la cocina oscura y caliente, para hablar en dialecto
con la tía Bárbara, que llora y me pide noticias de la gente de su
país, y sueña continuamente en regresar á Cerdeña, aun cuando tiene
un miedo horrible al mar, que cree siempre en pleno temporal, como la
única vez que lo ha pasado. No se forma idea alguna del lugar donde
vive. Para ella Roma es _un lugar donde todas las cosas son caras_ y un
sitio peligroso donde se puede morir de un momento á otro, atropellado
por un coche. Me dice que los tranvías, de los cuales tiene mucho
miedo, le parecen ciervos (y no ha visto nunca un ciervo vivo); y que
no oye nunca misa en el Panteón, porque en aquella iglesia redonda, con
un agujero en la bóveda, como un horno sardo, le dan ganas de reirse.
Me preguntó si hacíamos el pan en casa; le dije que sí, y se echó á
llorar, recordando las bromas y los juegos de los días en que cocían
el pan en su casita paterna. Quiso saber si aún existen pastores y si
éstos comen sentados en el suelo, á la sombra de los árboles. ¡Cómo
suspiraba recordando un _banquete_ de Pascua, celebrado en un redil,
en el cual, hace cuarenta años, había tomado parte. La tía Bárbara no
puede sufrir á la miss, y ésta, á su vez, considera á la vieja como
una salvaje primitiva. Á veces la pobre canta en dialecto logodorense,
y entre otras canciones, una nenia fúnebre también popular en Nuoro:
¿sabes? aquélla que dice:
Corazón, nana, nanita.
Estoy dispuesto á marchar
Y pronto á hacer testamento...[37]
«Á la noche, ama y criada rezan el rosario en dialecto, y yo me
entretengo en contestar desde mi cuarto, haciendo rabiar á la tía
Bárbara, que interrumpe sus rezos para insultarme.
«--_Su diaulu chi ti ha fattu_...[38].
«--¡Tía Bárbara!--dice entonces la patrona, enfadándose á su
vez.--¿Pero está usted loca?
«--¡Pues que se calle _cusso pizzinnu de s'inferru_![39].
«Basta ya, Margarita mía, querida Margarita de mi vida; ahora
hablemos de nosotros. Por aquí hace ya mucho calor; pero al anochecer,
generalmente, refresca. De día estudio sin descanso: estudio de
veras... porque es mi deber y también mi placer. Asisto á la
Universidad y frecuento las Bibliotecas como ninguno de mis compañeros,
y por esto mismo los profesores me aprecian. Al anochecer salgo á
pasear por la orilla del Tíber y me paso horas y más horas mirando el
agua corriente, haciéndome preguntas completamente inútiles; como, por
ejemplo: «¿Qué es el agua?». No es verdad que el Tíber sea rubio; no,
á veces tiene un color amarillo térreo, más á menudo verdoso, alguna
vez como amoratado, y también azul de cuando en cuando. Ciertas noches
tranquilas el río es lechoso, refleja las luces, los puentes y la luna,
como un mármol bien pulimentado. Comparo el curso continuo del agua
al amor que tú me inspiras; como él es mi amor, continuo, silencioso,
avasallador, inagotable. ¿Por qué, por qué no estás tú aquí, conmigo,
Margarita mía? Todas las cosas me parecen más bellas y más profundas
cuando las miro pensando en ti. ¡Cuán luminosas é intensas me
parecerían, si pudiera verlas reflejadas en tus adorados ojos! ¿Cuándo,
cuándo se podrá realizar el ansioso y encantador ensueño de nuestras
almas? En ciertos momentos me parece imposible que pueda vivir tanto
tiempo separado de ti, y una angustia inexplicable hace palpitar mi
corazón: después me estremezco de alegría pensando que dentro de dos
meses nos veremos.
«Margarita mía, adorada, yo no sé expresarte todo lo que siento, y me
parece que ninguna palabra humana podría conseguirlo. Siento un fuego
continuo que me consume y devora, y una sed inextinguible que sólo una
fuente puede apagar. Tú eres la fuente en donde apagaré mi sed, tú
el jardín entre cuyas flores se deleitará mi alma ardiente, ansiosa
de amores é ideales. Estoy solo, solo en el mundo, Margarita mía
adorada; tú eres, para mí, todo el mundo, y cuando me pierdo entre la
muchedumbre, en un mar inmenso de gente desconocida, basta que piense
en ti para que mi alma vibre de amor hacia todos los seres que me
rodean, y sienta palpitar el alma de la multitud, como un mar sonoro.
«Á veces, cuando recibo tus cartas, siento una felicidad tan grande
que llega hasta el delirio; me parece haber subido á la cúspide de una
montaña maravillosa, y que sólo deba alargar la mano para alcanzar las
estrellas... Es demasiada dicha... demasiada... casi me da miedo; miedo
de caer en el abismo, miedo de ser reducido á cenizas por el contacto
sobrehumano de los astros vecinos. ¿Qué sería de mí si tú llegases á
faltarme? ¡Ah! Tú no sabes, tú no puedes comprender la tontería que
escribes, cuando escribes que tienes celos de las mujeres hermosas é
instruidas que puedo encontrar en Roma. Ninguna mujer puede ser, puede
representar, para mí, lo que tú eres y representas. Eres tú la vida, el
pasado, la raza, el ensueño; eres la esencia misteriosa que llena hasta
los bordes la vacía copa de la vida. Sí; yo me figuro la vida como una
copa que debemos tener continuamente junto á los labios. Para muchos
está vacía, y ansiando beber lo que no existe, mueren lentamente por
falta de alimento, mejor dicho, de bebida espiritual. En cambio, para
otros,--y afortunadamente yo me cuento en su número,--la copa contiene
una ambrosía más ó menos divina...».
* * * * *
«He interrumpido la carta porque Bautista ha venido á verme. Tiene
miedo de comprometerse con las hijas de la patrona que quieren
seducirle á toda costa, y desea venir á vivir conmigo. Veremos.
Hablaré con la patrona apenas vuelva. No le guardo rencor, porque,
después de todo, como dice mi amigo Mr. Pilbert, la ofensa es una
cosa insubsistente. Si uno, por ejemplo, me llama ladrón, ¿qué daño
puede causarme el sonido producido por las palabras que mi ofensor ha
pronunciado?
--»¿Y los palos, Mr. Pilbert?--le pregunté».
* * * * *
«Vuelvo á coger la pluma, aturdido por una confidencia íntima que acaba
de hacerme la tía Bárbara. La viejecita entró en el cuarto con el
pretexto de cambiar el agua y me dijo que conocía á Bautista Daga por
haber venido algunas veces á visitar á la patrona.
«Una duda me asaltó, porque no sé si te he dicho que el pasado de la
patrona no es del todo inmaculado. Miré á la tía Bárbara, pero ella
apretó los labios y dijo que no con la cabeza, con aire de misterio.
Me marcó con preguntas acerca de Bautista, á las cuales contesté
pacientemente. Después le interrogué á mi vez, y prometiéndole ir
estas vacaciones á su país para informarla minuciosamente de todo lo
que ha pasado desde treinta años á esta parte, conseguí que me contara
que María Obinu dejó en Cerdeña varios hijos, uno de los cuales fué
adoptado por un rico propietario campidonense.
«Y la tía Bárbara sospecha que Bautista Daga es hijo de María Obinu...».
* * * * *
Anania interrumpió de nuevo la carta, cuya última hoja había escrito
casi automáticamente, bajo el impulso de una turbación repentina. Leyó
y releyó las últimas líneas. Una pequeña hormiga negra pasó por encima
de la hoja y la miró con ojos llenos de profundo asombro. ¿Qué cosa
era aquel pequeño ser llamado «hormiga»? ¿Y por qué existía? ¿Debía
aplastarla con un dedo? ¿Ó no debía aplastarla? ¿Existía el libre
albedrío?
En aquella época, si bien asistía á la clase de Ferri, aún creía en el
libre albedrío, y á menudo cometía pequeñas faltas, para probarse á sí
mismo que _quería_ cometerlas. Pero esta vez dejó pasar la hormiga,
que desapareció tranquilamente por debajo de un libro, ignorando el
terrible peligro que acababa de correr. Como otras veces, rasgó la
última parte de su carta. Apoyó la frente entre las manos y se puso
á leer las primeras hojas, y á medida que leía, sentía una oleada de
amargura inundarle el corazón.
--Sí,--pensó,--vivo demasiado cerca de las estrellas... y no veo el
abismo en donde inevitablemente caeré... ¡No, no, no!--dijo después
entre dientes, desesperadamente, sacudiendo la cabeza, con los puños
apretados contra las sienes.--¿Por qué me obstino? Tal vez es mi
madre... y Bautista Daga viene á buscarla... ¿Por qué no me habló nunca
de ella? ¿Y por qué debía hacerlo? Nunca me contaba nada referente á
sus aventuras. Y él... él viene aquí... ¿para qué?... ¡Oh, Dios mío!
¡Dios mío!... ¡Yo... yo soy el hijo de María Obinu! Ella debe saber
toda mi vida. Ha contado á su manera á la vieja _jana_, que he sido
adoptado por un rico propietario... ¿Ha dejado en Cerdeña otros hijos?
No, no es verdad; porque ella partió en seguida que me hubo abandonado.
Lo contará así para despistar... para... ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!
Sollozaba sin derramar lágrimas, balbuceando palabras sin sentido y
sacudiendo locamente la cabeza; pero de pronto se levantó de un salto,
pálido, rígido, con los ojos vítreos.
--Es preciso acabar,--pensó,--es preciso que salga de dudas. ¿Á qué
vienen esta lamparilla, estos cuadritos, tanto rezar? Pues á _esto_
precisamente. Pero yo te sabré desenmascarar, alma extraviada. Sí,
yo te mataré, te aplastaré; sí, yo, porque eres mi desgracia, y la
desgracia de mi querida, de mi adorada Margarita... ¡Pobre Margarita
mía!
Dejó caer su puño cerrado sobre la carta, mientras sus ojos
relampagueaban de odio; y, tembloroso, se desplomó sobre la silla,
dando con la frente sobre la mesa. ¡Ojalá se hubiese abierto la
cabeza!... No pensar en nada, olvidar, desaparecer...
Sintióse vil, parecióle ser viscoso y negro como un cuerpo amasado
con fango; carne de la carne prostituida de su madre, y como ella,
delincuente, miserable, abyecto. Tumultuosos recuerdos pasaron por su
mente; recordó los generosos propósitos tantas veces acariciados de
_buscarla_ y _redimirla_, la piedad infinita por la inconsciencia y la
irresponsabilidad de _ella_, el orgullo que experimentaba al sentir
tanta piedad, tan inmensa sed de sacrificio...
¡Todo mentira! Bastaba un vago indicio, dado por una vieja chocha, para
despertar en su alma una tempestad de fango, la idea de un delito.
--¡La mataré! Y al pronunciar aquellas palabras comprendía que acababa
de cometer el delito, aunque sólo pensaba vagamente en él.
Pensó en la paz que gozaba desde que vivía cerca de María Obinu, y alzó
la frente, herido por una nueva impresión. Durante aquella semana,
pasada en la casa, en la alcoba monacal de María, había creído siempre,
en el fondo de su conciencia, que era su madre; y la comprobación
de su vida honrada y su redención le habían hecho feliz. Y así como
al principio había rechazado la idea de que María fuese _su madre_,
después había esta idea arraigado fuertemente en él. Su horizonte se
aclaraba; su pensamiento, libre de un peso que antes le aplastaba y le
clavaba en el suelo, podía, por fin, volar hasta las estrellas.
Y toda vez que _ella_, por castigarse, por miedo, ó por amor de
independencia, renunciaba á su hijo, él era feliz pudiendo renunciar á
ella, cuya existencia estaba asegurada, cuya vida estaba purificada.
Ya que no podía hacerle ningún bien, no quería hacerle ningún mal,
mezclándose en su vida. Ya no debía buscar más. Su _misión_ no podía
cumplirse, el terrible problema se había resuelto: después de tanto y
tan largo sufrimiento, podía seguir tranquilamente su camino hacia la
felicidad. Había cumplido su deber con sólo el deseo de cumplirlo; y
este deber ideal le había costado tanto, le parecía tan heroico y tan
grande, que le llenaba el alma de orgullo. Las estrellas ya estaban
cercanas. Pero de pronto, de repente, el abismo se abría otra vez.
Todo era mentira, dentro y fuera de él, todo ilusión, todo sueños en
«aquella cosa extraña» que llamaban vida. ¡Hasta las estrellas eran
mentira é ilusión!
--¿Y si la ilusión fuese lo que ahora pienso?--se preguntó.--¿Si yo
me engañase? ¿Si María Obinu no fuese _ella_? ¿Y qué? Si no es _ella_,
será otra,--terminó diciendo desesperado.--_Ella_, próxima ó lejana,
existe y me llama, y yo debo volver sobre mis pasos, volver á empezar,
y encontrarla viva ó muerta. ¡Oh, si hubiese muerto!
Siguió esperando el regreso de la patrona, y para calmarse algo, trató
de analizar la extraña pasión que le dominaba. Y, como tantas otras
veces, sintió que su pena mayor provenía, más que de la pasión, del
cruel contraste que formaba su _yo_ al desdoblarse. Uno de los dos era
un chiquillo fantaseador, apasionado y triste, con el alma enferma.
Seguía siendo el mismo que bajaba de los montes nativos soñando en un
mundo misterioso; el mismo que en la casa del almazarero había meditado
durante largos años la fuga, sin realizarla jamás; el mismo que en
Cagliari había llorado creyendo que Marta Rosa pudiera ser su madre. El
otro ser, normal é inteligente, criado junto al chiquillo incurable,
veía claramente la vanidad de los fantasmas y de los monstruos que
atormentaban á su compañero, pero por mucho que luchase y gritase, no
conseguía librarle de la obsesión.
Una lucha continua, un contraste cruel agitaba día y noche á los
dos seres; y el chiquillo fantaseador é ilógico, víctima y tirano,
resultaba siempre vencedor. Quería saber, quería descubrir, quería
alcanzar su intento; y sufría, de lo vano de sus investigaciones,
igualmente que de la esperanza de llegar á conseguir su propósito.
Muchas veces se había preguntado si, libre del amor de Margarita,
hubiese sufrido de igual manera. Y siempre había contestado
afirmativamente.
María Obinu regresó al anochecer.
--Señora María,--gritó el estudiante abriendo la puerta,--venga en
seguida, que tengo que decirle una cosa.
--¿Qué quiere?--preguntó entrando.
Iba vestida de negro, llevaba un sombrero de terciopelo morado, ya
descolorido, y respiraba fatigosamente por haber subido la escalera de
prisa, de buen color contra la costumbre, la frente reluciente por el
sudor.
--¿Qué le pasa?--preguntó malhumorado Anania.
--¿Á mí? ¡Nada!--contestó con extrañeza. Después volvió á su simpática
sonrisa de siempre.--¿Pero por qué está á obscuras? ¿Qué tiene que
decirme?
--Vaya, vaya á cambiarse de vestido; se lo diré después.
Pareció impresionarse por el acento de malhumor y el entrecejo fruncido
del estudiante, tanto más cuanto que aquella mañana le había dicho que
se encontraba un poco mal.
--¿No se encuentra bien?--preguntó afectuosamente.--¡Qué calor hace,
Dios mío! Se ahogan. Diga, diga qué quiere.
--¡Vaya á desnudarse antes!--repitió Anania, acercándose á la pared
para restregar un fósforo.
--¿Pero qué es lo que quiere? Hable...
--Mejor es,--pensó rápidamente Anania, encendiendo el fósforo,--mejor
es que la coja de improviso, antes que pueda hablar con aquella tía
vieja.
--¿Dónde, dónde estará la vela? Pues oiga, ha venido... ¡al fin!... ha
venido... _su diaulu chi t'a fattu_, ¿no te vas á encender? ¡Vaya unas
velitas!
Alzó la vista y miró fijamente á la mujer que seguía con ojos
tranquilos sus movimientos.
--Ha venido el estudiante sardo Bautista Daga; quisiera una habitación;
supongo que podrá tenerla.
--Veremos,--contestó tranquilamente.--¿Para cuándo la quisiera?
Anania empezó á enfadarse.
--Usted le conoce, ¿verdad?
--Yo no.
--La tía Bárbara me ha dicho que le ha visto aquí otras veces...
María Obinu frunció las cejas y entornó los ojos esforzándose en
recordar. De pronto echando chispas y con voz irritada dijo:
--Oiga, si es un joven pálido, con la nariz algo torcida, con una cara
de malas pasiones... dígale que en mi casa no hay sitio alguno para
él...
--¿Por qué? Dígame, cuente; yo no sé nada... de veras... Hemos dormido
en una misma alcoba durante seis meses, pero no sé nada de él... de
veras... Dígame...
Anania estaba sentado junto á la mesita, é inadvertidamente iba
empujando la vela hacia la pared, de la que colgaba un calendario.
--No tengo nada que contarle,--siguió diciendo la mujer:--no tengo que
dar cuenta á nadie de mis actos. ¡Déjenme en paz! Vivo de mi trabajo
y no pido nada á nadie; y soy mucho más honrada que muchas señoras
ante las cuales sus _señorías_ (sonrióse irónicamente) se quitan el
sombrero. ¡Ay!--siguió diciendo, suspirando profundamente.--¡La vida es
muy larga! ¡También á ustedes, también á ustedes les llegarán días de
amarga prueba! ¡Ojalá Dios les libre de ellos! Entonces conocerán el
mundo, conocerán la espesa hilera de serpientes que se levanta á los
dos lados del camino de la vida; y encontrarán la piedra que les hará
tropezar. ¡Y cuántos, señor Anania, cuántos no saben levantarse otra
vez, y dan con la frente en la piedra y mueren del golpe! ¡Y son tal
vez los más dichosos! ¡Ay! ¡Pero el Señor es misericordioso! ¡Por mi fe
de cristiana aseguro que el Señor es misericordioso!...
Se puso una mano sobre su corazón y volvió á suspirar profundamente.
--¡Finge!--pensó Anania.
Y añadió algo irónico:
--_Boste est sapia che i s'abba_[40]. Pero no entiendo nada de sus
discursos, palabra de honor. ¿Qué tiene que ver Bautista Daga con todo
esto? ¿Qué le ha hecho? ¡Dígamelo!...
--¡Apague, apague pronto la vela!... ¡Mire, que está ardiendo el
calendario!... ¿Dónde tiene la cabeza?--gritó María, corriendo hacia la
mesa.--¡Virgen María! ¡Usted me va á arruinar!
Rápidamente Anania separó la vela y apagó el fuego.
--¡Qué cabeza! ¿Y si ahora le diera cuatro tirones, no serían bien
merecidos?--gritó María, tirando del mechón de pelo que el estudiante
llevaba sobre la frente.
--¡Señora María! ¿Qué hace? Déjeme. ¡Caramba, usted no
bromea!--exclamó, bajando y sacudiendo la cabeza, mientras un recuerdo
repentino relampagueaba en su mente. Sí, hace mucho tiempo, en un lugar
muy lejano, en una cocina llena de hollín y guardada por el fúnebre
capotón del bandido, Olí, malhumorada por la miseria y las penas,
tiraba á veces de las greñas salvajes de un melancólico chiquillo... Y,
cosa extraña, en vez de disgustarle, aquel recuerdo le conmovió.
Cogió la mano de María y la miró con mirada loca. ¿Era la misma que le
pegaba de chico, la misma que le guió hasta la puerta de la almazara,
aquella noche fatal?
--¡Qué cabeza! ¡Qué loco!--continuaba diciendo la mujer.--Si no llego á
estar, de seguro que sucede una desgracia. Ahora, déjeme marchar.
El alzó la cabeza y dijo:
--Me parece haber visto su mano otras veces. Otras veces esta mano me
tiró de los cabellos, me pegó, me acarició...
--«¿Se vuelve usted loco?--exclamó la mujer, retirando bruscamente la
mano y acercándola á la cara.
--Señora María,--prosiguió diciendo, mientras ella se miraba la mano,
algo estúpidamente.--¿Cree usted en los espíritus? ¿No? Pues existen, y
usted debería creer en ellos. Yo creo. Pues bien, cada noche me aparece
un espíritu amigo que me revela muchas cosas. Entre otras, me dice que
usted es mi madre.
María se echó á reir con risa forzada, como si ocultara un secreto
terror; y el joven comprendió en seguida que había escogido un método
muy ingenuo para conseguir conmoverla. ¡Qué estúpido era! ¿Y por qué
estúpido? Si de veras hubiese sido su madre, se habría turbado del
mismo modo, comprendiendo que él sabía ó sospechaba algo. Y, por el
contrario, se reía, si bien algo asustada por la idea de los espíritus,
en los cuales creía.
--¡No y no!--pensó él.--Estoy loco, loco de veras.
Ella dijo, como si fuera un eco:
--Está usted loco, loco de veras. ¡Ojalá fuese de veras su madre!
Se oyó la voz de la tía Bárbara que llamaba á la patrona.
--¡Cuánto tiempo me hace perder!--dijo ésta, pronta á salir, mientras
Anania se arreglaba el mechón y reía.
--¿Qué debo contestar á Daga?--preguntó mirándose atentamente en el
espejo.
--Que si vuelve y estoy en casa, le echaré escaleras abajo. ¿Entiende?
--¿Pues sabes, chiquillo, que me quedo sin entender una palabra de
nada?--dijo Anania como si hablara con su imagen reflejada por el
espejo.
--¡Señora María, espere un poco!--gritó corriendo hacia la
puerta.--¡No se marche sin explicarme!... ¡Qué manera de dejarle á uno!
Venga.
Pero ella desaparecía en lo obscuro de la antesala, desabrochándose el
cinturón y soplando por el calor y la rabia.
--Venga usted, oiga...--repetía el estudiante agitando el peine que aún
tenia en la mano.--Oiga...
Ella no contestó.
--¡Ya entiendo! Le habrá hecho alguna proposición...--pensó Anania,
cerrando la puerta.--¡Qué muchacho más endiablado! ¿Y á mí qué me
importa? Cada cual tiene sus cosas.
Y volvió frente al espejo.