IV

«Roma, 1.º de junio.

«_Margarita mía_: Acabo de recibir tu carta y contesto en seguida.

Estoy algo atolondrado. Durante estos días he cogido por lo menos

veinte veces la pluma para escribirte, sin conseguirlo. Y sin embargo

tengo muchas cosas que decirte. He cambiado de casa. El otro día me

disgusté con Bautista Daga, porque le sorprendí en tierno coloquio

con la mayor de las hijas de la patrona, cuando me consta que tiene

relaciones íntimas con la menor. Me dió asco, y cambié en seguida de

casa. Además, estaba muy lejos de la Universidad. Debía hacer casi un

viaje para ir, cosa que me fastidiaba bastante, con el calor excesivo

que empieza á sentirse.

«Con Daga hice las paces al día siguiente. Tropecé con él cerca de la

casa donde vivo; probablemente venía á buscarme, aun cuando dijo que

no. Yo estoy ahora muy bien. La nueva patrona, una señora sarda que,

según dice, ha nacido en Nuoro, es muy buena, muy simpática y muy

devota. Tiene conmigo cuidados casi maternales, tanto, que me ha cedido

su alcoba mientras se marcha una hermosísima señorita inglesa, cuya

habitación debo ocupar.

«Esta miss se te parece de un modo extraordinario, pero te suplico

que no tengas celos: primero, porque estoy locamente enamorado de una

señorita nuorense; segundo, porque la miss debe marchar dentro de ocho

días; tercero, porque es loca de atar; cuarto, porque está prometida, y

quinto, porque estoy bajo la salvaguardia de todas las santas y santos

del cielo, colgados de la pared de mi alcoba, y hasta de las Benditas

Ánimas del Purgatorio, iluminadas día y noche por una _mariposa_[35],

que, no sé por qué, también me parece un alma en pena. (¡Ya empiezo á

escribir lo que tú llamas tonterías!).

«No, espera; antes te quiero decir que en casa de la nueva patrona

viven otros extranjeros que sólo están de paso: un empleado del

ministerio de la Guerra, un sastre piamontés, elegantísimo y muy

instruido, y un viajante francés capaz de soltar ochenta mentiras en

cinco minutos. Me recuerda al muy ilustre señor Francisco Carchide, de

Nuoro, tu desgraciado pretendiente.

«Ayer tarde, por ejemplo, mientras la miss y el sastre discutían en

inglés si los boers tienen derecho ó no á ser un pueblo libre, Mr.

Pilbert me contaba, medio en francés y medio en latín, como _fece_

salir los cabellos de uno de sus chiquillos por medio de la sugestión;

en una hora crecieron un centímetro, después cesaron de crecer durante

varios días, y, por último, empezaron á _se développer naturellement_.

«La señora Obinu,--así se llama la patrona,--tiene de cocinera una

vieja sarda, que hace treinta años vive en Roma y aún no ha conseguido

aprender el italiano. ¡Pobre vieja tía Bárbara! La sacó de Cerdeña,

casi á la fuerza, el amo á quien servía, un capitán _de los dragones_

(como ella dice) de un carácter muy violento y que le daba mucho

miedo. Me da mucha lástima esta viejecita, negrucha y pequeña como

una _jana_[36], que conserva cuidadosamente guardado su traje del

país, y lleva un ridículo vestido comprado en el _Campo di Fiori_ y

un sombrerito que debió pertenecer á la primera mujer de Napoleón. Á

menudo me meto en la cocina oscura y caliente, para hablar en dialecto

con la tía Bárbara, que llora y me pide noticias de la gente de su

país, y sueña continuamente en regresar á Cerdeña, aun cuando tiene

un miedo horrible al mar, que cree siempre en pleno temporal, como la

única vez que lo ha pasado. No se forma idea alguna del lugar donde

vive. Para ella Roma es _un lugar donde todas las cosas son caras_ y un

sitio peligroso donde se puede morir de un momento á otro, atropellado

por un coche. Me dice que los tranvías, de los cuales tiene mucho

miedo, le parecen ciervos (y no ha visto nunca un ciervo vivo); y que

no oye nunca misa en el Panteón, porque en aquella iglesia redonda, con

un agujero en la bóveda, como un horno sardo, le dan ganas de reirse.

Me preguntó si hacíamos el pan en casa; le dije que sí, y se echó á

llorar, recordando las bromas y los juegos de los días en que cocían

el pan en su casita paterna. Quiso saber si aún existen pastores y si

éstos comen sentados en el suelo, á la sombra de los árboles. ¡Cómo

suspiraba recordando un _banquete_ de Pascua, celebrado en un redil,

en el cual, hace cuarenta años, había tomado parte. La tía Bárbara no

puede sufrir á la miss, y ésta, á su vez, considera á la vieja como

una salvaje primitiva. Á veces la pobre canta en dialecto logodorense,

y entre otras canciones, una nenia fúnebre también popular en Nuoro:

¿sabes? aquélla que dice:

Corazón, nana, nanita.

Estoy dispuesto á marchar

Y pronto á hacer testamento...[37]

«Á la noche, ama y criada rezan el rosario en dialecto, y yo me

entretengo en contestar desde mi cuarto, haciendo rabiar á la tía

Bárbara, que interrumpe sus rezos para insultarme.

«--_Su diaulu chi ti ha fattu_...[38].

«--¡Tía Bárbara!--dice entonces la patrona, enfadándose á su

vez.--¿Pero está usted loca?

«--¡Pues que se calle _cusso pizzinnu de s'inferru_![39].

«Basta ya, Margarita mía, querida Margarita de mi vida; ahora

hablemos de nosotros. Por aquí hace ya mucho calor; pero al anochecer,

generalmente, refresca. De día estudio sin descanso: estudio de

veras... porque es mi deber y también mi placer. Asisto á la

Universidad y frecuento las Bibliotecas como ninguno de mis compañeros,

y por esto mismo los profesores me aprecian. Al anochecer salgo á

pasear por la orilla del Tíber y me paso horas y más horas mirando el

agua corriente, haciéndome preguntas completamente inútiles; como, por

ejemplo: «¿Qué es el agua?». No es verdad que el Tíber sea rubio; no,

á veces tiene un color amarillo térreo, más á menudo verdoso, alguna

vez como amoratado, y también azul de cuando en cuando. Ciertas noches

tranquilas el río es lechoso, refleja las luces, los puentes y la luna,

como un mármol bien pulimentado. Comparo el curso continuo del agua

al amor que tú me inspiras; como él es mi amor, continuo, silencioso,

avasallador, inagotable. ¿Por qué, por qué no estás tú aquí, conmigo,

Margarita mía? Todas las cosas me parecen más bellas y más profundas

cuando las miro pensando en ti. ¡Cuán luminosas é intensas me

parecerían, si pudiera verlas reflejadas en tus adorados ojos! ¿Cuándo,

cuándo se podrá realizar el ansioso y encantador ensueño de nuestras

almas? En ciertos momentos me parece imposible que pueda vivir tanto

tiempo separado de ti, y una angustia inexplicable hace palpitar mi

corazón: después me estremezco de alegría pensando que dentro de dos

meses nos veremos.

«Margarita mía, adorada, yo no sé expresarte todo lo que siento, y me

parece que ninguna palabra humana podría conseguirlo. Siento un fuego

continuo que me consume y devora, y una sed inextinguible que sólo una

fuente puede apagar. Tú eres la fuente en donde apagaré mi sed, tú

el jardín entre cuyas flores se deleitará mi alma ardiente, ansiosa

de amores é ideales. Estoy solo, solo en el mundo, Margarita mía

adorada; tú eres, para mí, todo el mundo, y cuando me pierdo entre la

muchedumbre, en un mar inmenso de gente desconocida, basta que piense

en ti para que mi alma vibre de amor hacia todos los seres que me

rodean, y sienta palpitar el alma de la multitud, como un mar sonoro.

«Á veces, cuando recibo tus cartas, siento una felicidad tan grande

que llega hasta el delirio; me parece haber subido á la cúspide de una

montaña maravillosa, y que sólo deba alargar la mano para alcanzar las

estrellas... Es demasiada dicha... demasiada... casi me da miedo; miedo

de caer en el abismo, miedo de ser reducido á cenizas por el contacto

sobrehumano de los astros vecinos. ¿Qué sería de mí si tú llegases á

faltarme? ¡Ah! Tú no sabes, tú no puedes comprender la tontería que

escribes, cuando escribes que tienes celos de las mujeres hermosas é

instruidas que puedo encontrar en Roma. Ninguna mujer puede ser, puede

representar, para mí, lo que tú eres y representas. Eres tú la vida, el

pasado, la raza, el ensueño; eres la esencia misteriosa que llena hasta

los bordes la vacía copa de la vida. Sí; yo me figuro la vida como una

copa que debemos tener continuamente junto á los labios. Para muchos

está vacía, y ansiando beber lo que no existe, mueren lentamente por

falta de alimento, mejor dicho, de bebida espiritual. En cambio, para

otros,--y afortunadamente yo me cuento en su número,--la copa contiene

una ambrosía más ó menos divina...».

* * * * *

«He interrumpido la carta porque Bautista ha venido á verme. Tiene

miedo de comprometerse con las hijas de la patrona que quieren

seducirle á toda costa, y desea venir á vivir conmigo. Veremos.

Hablaré con la patrona apenas vuelva. No le guardo rencor, porque,

después de todo, como dice mi amigo Mr. Pilbert, la ofensa es una

cosa insubsistente. Si uno, por ejemplo, me llama ladrón, ¿qué daño

puede causarme el sonido producido por las palabras que mi ofensor ha

pronunciado?

--»¿Y los palos, Mr. Pilbert?--le pregunté».

* * * * *

«Vuelvo á coger la pluma, aturdido por una confidencia íntima que acaba

de hacerme la tía Bárbara. La viejecita entró en el cuarto con el

pretexto de cambiar el agua y me dijo que conocía á Bautista Daga por

haber venido algunas veces á visitar á la patrona.

«Una duda me asaltó, porque no sé si te he dicho que el pasado de la

patrona no es del todo inmaculado. Miré á la tía Bárbara, pero ella

apretó los labios y dijo que no con la cabeza, con aire de misterio.

Me marcó con preguntas acerca de Bautista, á las cuales contesté

pacientemente. Después le interrogué á mi vez, y prometiéndole ir

estas vacaciones á su país para informarla minuciosamente de todo lo

que ha pasado desde treinta años á esta parte, conseguí que me contara

que María Obinu dejó en Cerdeña varios hijos, uno de los cuales fué

adoptado por un rico propietario campidonense.

«Y la tía Bárbara sospecha que Bautista Daga es hijo de María Obinu...».

* * * * *

Anania interrumpió de nuevo la carta, cuya última hoja había escrito

casi automáticamente, bajo el impulso de una turbación repentina. Leyó

y releyó las últimas líneas. Una pequeña hormiga negra pasó por encima

de la hoja y la miró con ojos llenos de profundo asombro. ¿Qué cosa

era aquel pequeño ser llamado «hormiga»? ¿Y por qué existía? ¿Debía

aplastarla con un dedo? ¿Ó no debía aplastarla? ¿Existía el libre

albedrío?

En aquella época, si bien asistía á la clase de Ferri, aún creía en el

libre albedrío, y á menudo cometía pequeñas faltas, para probarse á sí

mismo que _quería_ cometerlas. Pero esta vez dejó pasar la hormiga,

que desapareció tranquilamente por debajo de un libro, ignorando el

terrible peligro que acababa de correr. Como otras veces, rasgó la

última parte de su carta. Apoyó la frente entre las manos y se puso

á leer las primeras hojas, y á medida que leía, sentía una oleada de

amargura inundarle el corazón.

--Sí,--pensó,--vivo demasiado cerca de las estrellas... y no veo el

abismo en donde inevitablemente caeré... ¡No, no, no!--dijo después

entre dientes, desesperadamente, sacudiendo la cabeza, con los puños

apretados contra las sienes.--¿Por qué me obstino? Tal vez es mi

madre... y Bautista Daga viene á buscarla... ¿Por qué no me habló nunca

de ella? ¿Y por qué debía hacerlo? Nunca me contaba nada referente á

sus aventuras. Y él... él viene aquí... ¿para qué?... ¡Oh, Dios mío!

¡Dios mío!... ¡Yo... yo soy el hijo de María Obinu! Ella debe saber

toda mi vida. Ha contado á su manera á la vieja _jana_, que he sido

adoptado por un rico propietario... ¿Ha dejado en Cerdeña otros hijos?

No, no es verdad; porque ella partió en seguida que me hubo abandonado.

Lo contará así para despistar... para... ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!

Sollozaba sin derramar lágrimas, balbuceando palabras sin sentido y

sacudiendo locamente la cabeza; pero de pronto se levantó de un salto,

pálido, rígido, con los ojos vítreos.

--Es preciso acabar,--pensó,--es preciso que salga de dudas. ¿Á qué

vienen esta lamparilla, estos cuadritos, tanto rezar? Pues á _esto_

precisamente. Pero yo te sabré desenmascarar, alma extraviada. Sí,

yo te mataré, te aplastaré; sí, yo, porque eres mi desgracia, y la

desgracia de mi querida, de mi adorada Margarita... ¡Pobre Margarita

mía!

Dejó caer su puño cerrado sobre la carta, mientras sus ojos

relampagueaban de odio; y, tembloroso, se desplomó sobre la silla,

dando con la frente sobre la mesa. ¡Ojalá se hubiese abierto la

cabeza!... No pensar en nada, olvidar, desaparecer...

Sintióse vil, parecióle ser viscoso y negro como un cuerpo amasado

con fango; carne de la carne prostituida de su madre, y como ella,

delincuente, miserable, abyecto. Tumultuosos recuerdos pasaron por su

mente; recordó los generosos propósitos tantas veces acariciados de

_buscarla_ y _redimirla_, la piedad infinita por la inconsciencia y la

irresponsabilidad de _ella_, el orgullo que experimentaba al sentir

tanta piedad, tan inmensa sed de sacrificio...

¡Todo mentira! Bastaba un vago indicio, dado por una vieja chocha, para

despertar en su alma una tempestad de fango, la idea de un delito.

--¡La mataré! Y al pronunciar aquellas palabras comprendía que acababa

de cometer el delito, aunque sólo pensaba vagamente en él.

Pensó en la paz que gozaba desde que vivía cerca de María Obinu, y alzó

la frente, herido por una nueva impresión. Durante aquella semana,

pasada en la casa, en la alcoba monacal de María, había creído siempre,

en el fondo de su conciencia, que era su madre; y la comprobación

de su vida honrada y su redención le habían hecho feliz. Y así como

al principio había rechazado la idea de que María fuese _su madre_,

después había esta idea arraigado fuertemente en él. Su horizonte se

aclaraba; su pensamiento, libre de un peso que antes le aplastaba y le

clavaba en el suelo, podía, por fin, volar hasta las estrellas.

Y toda vez que _ella_, por castigarse, por miedo, ó por amor de

independencia, renunciaba á su hijo, él era feliz pudiendo renunciar á

ella, cuya existencia estaba asegurada, cuya vida estaba purificada.

Ya que no podía hacerle ningún bien, no quería hacerle ningún mal,

mezclándose en su vida. Ya no debía buscar más. Su _misión_ no podía

cumplirse, el terrible problema se había resuelto: después de tanto y

tan largo sufrimiento, podía seguir tranquilamente su camino hacia la

felicidad. Había cumplido su deber con sólo el deseo de cumplirlo; y

este deber ideal le había costado tanto, le parecía tan heroico y tan

grande, que le llenaba el alma de orgullo. Las estrellas ya estaban

cercanas. Pero de pronto, de repente, el abismo se abría otra vez.

Todo era mentira, dentro y fuera de él, todo ilusión, todo sueños en

«aquella cosa extraña» que llamaban vida. ¡Hasta las estrellas eran

mentira é ilusión!

--¿Y si la ilusión fuese lo que ahora pienso?--se preguntó.--¿Si yo

me engañase? ¿Si María Obinu no fuese _ella_? ¿Y qué? Si no es _ella_,

será otra,--terminó diciendo desesperado.--_Ella_, próxima ó lejana,

existe y me llama, y yo debo volver sobre mis pasos, volver á empezar,

y encontrarla viva ó muerta. ¡Oh, si hubiese muerto!

Siguió esperando el regreso de la patrona, y para calmarse algo, trató

de analizar la extraña pasión que le dominaba. Y, como tantas otras

veces, sintió que su pena mayor provenía, más que de la pasión, del

cruel contraste que formaba su _yo_ al desdoblarse. Uno de los dos era

un chiquillo fantaseador, apasionado y triste, con el alma enferma.

Seguía siendo el mismo que bajaba de los montes nativos soñando en un

mundo misterioso; el mismo que en la casa del almazarero había meditado

durante largos años la fuga, sin realizarla jamás; el mismo que en

Cagliari había llorado creyendo que Marta Rosa pudiera ser su madre. El

otro ser, normal é inteligente, criado junto al chiquillo incurable,

veía claramente la vanidad de los fantasmas y de los monstruos que

atormentaban á su compañero, pero por mucho que luchase y gritase, no

conseguía librarle de la obsesión.

Una lucha continua, un contraste cruel agitaba día y noche á los

dos seres; y el chiquillo fantaseador é ilógico, víctima y tirano,

resultaba siempre vencedor. Quería saber, quería descubrir, quería

alcanzar su intento; y sufría, de lo vano de sus investigaciones,

igualmente que de la esperanza de llegar á conseguir su propósito.

Muchas veces se había preguntado si, libre del amor de Margarita,

hubiese sufrido de igual manera. Y siempre había contestado

afirmativamente.

María Obinu regresó al anochecer.

--Señora María,--gritó el estudiante abriendo la puerta,--venga en

seguida, que tengo que decirle una cosa.

--¿Qué quiere?--preguntó entrando.

Iba vestida de negro, llevaba un sombrero de terciopelo morado, ya

descolorido, y respiraba fatigosamente por haber subido la escalera de

prisa, de buen color contra la costumbre, la frente reluciente por el

sudor.

--¿Qué le pasa?--preguntó malhumorado Anania.

--¿Á mí? ¡Nada!--contestó con extrañeza. Después volvió á su simpática

sonrisa de siempre.--¿Pero por qué está á obscuras? ¿Qué tiene que

decirme?

--Vaya, vaya á cambiarse de vestido; se lo diré después.

Pareció impresionarse por el acento de malhumor y el entrecejo fruncido

del estudiante, tanto más cuanto que aquella mañana le había dicho que

se encontraba un poco mal.

--¿No se encuentra bien?--preguntó afectuosamente.--¡Qué calor hace,

Dios mío! Se ahogan. Diga, diga qué quiere.

--¡Vaya á desnudarse antes!--repitió Anania, acercándose á la pared

para restregar un fósforo.

--¿Pero qué es lo que quiere? Hable...

--Mejor es,--pensó rápidamente Anania, encendiendo el fósforo,--mejor

es que la coja de improviso, antes que pueda hablar con aquella tía

vieja.

--¿Dónde, dónde estará la vela? Pues oiga, ha venido... ¡al fin!... ha

venido... _su diaulu chi t'a fattu_, ¿no te vas á encender? ¡Vaya unas

velitas!

Alzó la vista y miró fijamente á la mujer que seguía con ojos

tranquilos sus movimientos.

--Ha venido el estudiante sardo Bautista Daga; quisiera una habitación;

supongo que podrá tenerla.

--Veremos,--contestó tranquilamente.--¿Para cuándo la quisiera?

Anania empezó á enfadarse.

--Usted le conoce, ¿verdad?

--Yo no.

--La tía Bárbara me ha dicho que le ha visto aquí otras veces...

María Obinu frunció las cejas y entornó los ojos esforzándose en

recordar. De pronto echando chispas y con voz irritada dijo:

--Oiga, si es un joven pálido, con la nariz algo torcida, con una cara

de malas pasiones... dígale que en mi casa no hay sitio alguno para

él...

--¿Por qué? Dígame, cuente; yo no sé nada... de veras... Hemos dormido

en una misma alcoba durante seis meses, pero no sé nada de él... de

veras... Dígame...

Anania estaba sentado junto á la mesita, é inadvertidamente iba

empujando la vela hacia la pared, de la que colgaba un calendario.

--No tengo nada que contarle,--siguió diciendo la mujer:--no tengo que

dar cuenta á nadie de mis actos. ¡Déjenme en paz! Vivo de mi trabajo

y no pido nada á nadie; y soy mucho más honrada que muchas señoras

ante las cuales sus _señorías_ (sonrióse irónicamente) se quitan el

sombrero. ¡Ay!--siguió diciendo, suspirando profundamente.--¡La vida es

muy larga! ¡También á ustedes, también á ustedes les llegarán días de

amarga prueba! ¡Ojalá Dios les libre de ellos! Entonces conocerán el

mundo, conocerán la espesa hilera de serpientes que se levanta á los

dos lados del camino de la vida; y encontrarán la piedra que les hará

tropezar. ¡Y cuántos, señor Anania, cuántos no saben levantarse otra

vez, y dan con la frente en la piedra y mueren del golpe! ¡Y son tal

vez los más dichosos! ¡Ay! ¡Pero el Señor es misericordioso! ¡Por mi fe

de cristiana aseguro que el Señor es misericordioso!...

Se puso una mano sobre su corazón y volvió á suspirar profundamente.

--¡Finge!--pensó Anania.

Y añadió algo irónico:

--_Boste est sapia che i s'abba_[40]. Pero no entiendo nada de sus

discursos, palabra de honor. ¿Qué tiene que ver Bautista Daga con todo

esto? ¿Qué le ha hecho? ¡Dígamelo!...

--¡Apague, apague pronto la vela!... ¡Mire, que está ardiendo el

calendario!... ¿Dónde tiene la cabeza?--gritó María, corriendo hacia la

mesa.--¡Virgen María! ¡Usted me va á arruinar!

Rápidamente Anania separó la vela y apagó el fuego.

--¡Qué cabeza! ¿Y si ahora le diera cuatro tirones, no serían bien

merecidos?--gritó María, tirando del mechón de pelo que el estudiante

llevaba sobre la frente.

--¡Señora María! ¿Qué hace? Déjeme. ¡Caramba, usted no

bromea!--exclamó, bajando y sacudiendo la cabeza, mientras un recuerdo

repentino relampagueaba en su mente. Sí, hace mucho tiempo, en un lugar

muy lejano, en una cocina llena de hollín y guardada por el fúnebre

capotón del bandido, Olí, malhumorada por la miseria y las penas,

tiraba á veces de las greñas salvajes de un melancólico chiquillo... Y,

cosa extraña, en vez de disgustarle, aquel recuerdo le conmovió.

Cogió la mano de María y la miró con mirada loca. ¿Era la misma que le

pegaba de chico, la misma que le guió hasta la puerta de la almazara,

aquella noche fatal?

--¡Qué cabeza! ¡Qué loco!--continuaba diciendo la mujer.--Si no llego á

estar, de seguro que sucede una desgracia. Ahora, déjeme marchar.

El alzó la cabeza y dijo:

--Me parece haber visto su mano otras veces. Otras veces esta mano me

tiró de los cabellos, me pegó, me acarició...

--«¿Se vuelve usted loco?--exclamó la mujer, retirando bruscamente la

mano y acercándola á la cara.

--Señora María,--prosiguió diciendo, mientras ella se miraba la mano,

algo estúpidamente.--¿Cree usted en los espíritus? ¿No? Pues existen, y

usted debería creer en ellos. Yo creo. Pues bien, cada noche me aparece

un espíritu amigo que me revela muchas cosas. Entre otras, me dice que

usted es mi madre.

María se echó á reir con risa forzada, como si ocultara un secreto

terror; y el joven comprendió en seguida que había escogido un método

muy ingenuo para conseguir conmoverla. ¡Qué estúpido era! ¿Y por qué

estúpido? Si de veras hubiese sido su madre, se habría turbado del

mismo modo, comprendiendo que él sabía ó sospechaba algo. Y, por el

contrario, se reía, si bien algo asustada por la idea de los espíritus,

en los cuales creía.

--¡No y no!--pensó él.--Estoy loco, loco de veras.

Ella dijo, como si fuera un eco:

--Está usted loco, loco de veras. ¡Ojalá fuese de veras su madre!

Se oyó la voz de la tía Bárbara que llamaba á la patrona.

--¡Cuánto tiempo me hace perder!--dijo ésta, pronta á salir, mientras

Anania se arreglaba el mechón y reía.

--¿Qué debo contestar á Daga?--preguntó mirándose atentamente en el

espejo.

--Que si vuelve y estoy en casa, le echaré escaleras abajo. ¿Entiende?

--¿Pues sabes, chiquillo, que me quedo sin entender una palabra de

nada?--dijo Anania como si hablara con su imagen reflejada por el

espejo.

--¡Señora María, espere un poco!--gritó corriendo hacia la

puerta.--¡No se marche sin explicarme!... ¡Qué manera de dejarle á uno!

Venga.

Pero ella desaparecía en lo obscuro de la antesala, desabrochándose el

cinturón y soplando por el calor y la rabia.

--Venga usted, oiga...--repetía el estudiante agitando el peine que aún

tenia en la mano.--Oiga...

Ella no contestó.

--¡Ya entiendo! Le habrá hecho alguna proposición...--pensó Anania,

cerrando la puerta.--¡Qué muchacho más endiablado! ¿Y á mí qué me

importa? Cada cual tiene sus cosas.

Y volvió frente al espejo.

Cenizas · 第 36 / 54 题