III

Sí; como decía Bautista Daga y como se lee en las antiguas historias

románticas, la suerte estaba echada. La policía, después de la petición

é informaciones de Anania, se ocupó de la busca de Rosalía Derios, y

hacia fines de marzo participó al estudiante que en el número tantos de

la calle del Seminario, en el último piso, vivía una mujer sarda que

alquilaba habitaciones, cuyo pasado y señas coincidían casi en todo con

las de Olí.

Esta señora se llamaba, ó se hacía llamar, María Obinu, natural de

Nuoro. Vivía en Roma hacía catorce años, y durante los primeros había

vivido algo... irregularmente. Desde hacía algún tiempo llevaba muy

buena vida,--al menos en apariencia,--alquilar habitaciones amuebladas.

Anania no se conmovió al recibir estas informaciones. No recordaba

fijamente la fisonomía de su madre, pero sabía que era alta, con el

pelo negro y los ojos claros; y la señora Obinu era alta, con el

pelo negro y los ojos claros. Además estaba seguro de que en Nuoro

no existía ninguna familia que se llamara Obinu, y que ninguna mujer

nuorense viviese en Roma teniendo casa de huéspedes. Evidentemente la

señora Obinu ocultaba su verdadero nombre y su país natal...

Sin embargo _presintió_ que la mujer cuyas señas le había dado la

policía, no _podía ser_ su madre, y sintió una sensación de libertad.

Ya había cumplido con su deber. María Obinu no era ni podía ser Rosalía

Derios; ésta no vivía en Roma, toda vez que la policía no conseguía dar

con ella. De modo que mientras viviese en Roma, no estaba obligado á

proseguir sus investigaciones. Después de días y meses de opresión, por

fin pudo respirar tranquilo.

La primavera penetraba hasta en el patio melancólico de la casona de

la plaza de la Consolación, en aquel inmenso pozo amarillo exhalando

olores de comida y animado por el canto de las criadas y los gorjeos de

los canarios prisioneros. El aire era templado y dulce; por el cielo

azul pasaban nubecillas y el viento llevaba fragancias de lilas y

violetas.

Asomado á la ventana, el estudiante se dejaba llevar de nuevo por una

nostalgia lánguida, pero no desesperada. El olor de las violetas, las

rosadas nubecillas, la templada primavera, le recordaban la tierra

nativa, los vastos horizontes, las nubes que, desde la ventana de su

cuartito, veía asomarse ó tramontar entre las encinas del Orthobene.

Recordaba después el pinar del monte Urpino, el silencio de la colina

cubierta de gamones y lirios color de violeta, el misterio de los

senderos vigilados por la mirada pura de las estrellas. Y en el fondo

cerúleo de los recuerdos, la querida figura de Margarita surgía y

dominaba, con los piececitos sobre el césped de los aplacibles paisajes

nativos, esfumándose sus cabellos color de cobre en el fulgor del cielo

metálico.

La primavera romana sólo le conmovía por los recuerdos que despertaba

en él. Parecíale una primavera artificial con exceso de flores y

perfumes, con las puestas de sol demasiado encendidas, casi exageradas.

La Plaza de España, adornada como un altar, con la escalinata cubierta

de hojas de rosa movidas por el viento; el Pincio, con los árboles

llenos de flores violáceas; las calles, perfumadas por las cestas de

violetas y peonias que las descaradas floristas paradas en el borde de

las aceras ofrecían á los transeúntes, toda aquella ostentación, todo

aquel mercado de la primavera, daba al joven la idea de una fiesta

insubstancial que á la larga acababa por entristecer y desagradar.

La primavera palpitaba más allá del horizonte; joven, salvaje y pura,

correteaba por las _tancas_ cubiertas de hierbas altas y ondeantes;

cantaba con las aves palustres á la orilla de solitarios torrentes;

jugueteaba con las ovejas salvajes y las liebres saltadoras entre los

pamporcinos, bajo las inmensas encinas, consagradas por los viejos

pastores de la Barbagia; se dormía á la sombra de las rocas tapizadas

de musgo, en las siestas voluptuosas; y alrededor de su cama de

helechos, los dorados insectos zumbaban amándose, y las abejas libaban

las rosas silvestres extrayendo su amargo jugo, amargo y dulce como el

alma sarda.

Anania amaba y vivía aquella primavera lejana; y para gozarla mejor

se pasaba largas horas sentado junto á la ventana, estudiando ó

contemplando las rosadas nubecillas, ó simplemente el cielo azul,

imaginándose ser un prisionero enamorado. Un sueño agradable le velaba

el alma, quitándole la fuerza y la voluntad de pensar. Las ideas

llegaban y pasaban por su mente,--como la gente pasa por la calle,--y

no hacía el más pequeño esfuerzo para sujetarlos; pero le parecía que

sus ideas, semejantes á personas melancólicas, pasaban lánguidamente,

dejando un rastro de tristeza sobre sus huellas.

Amaba más que nunca la soledad; hasta la presencia del compañero le

irritaba, tanto más cuanto que no marchaban muy de acuerdo.

Daga le molestaba; le pedía dinero prestado y no se lo devolvía; se

burlaba de él continuamente, y disputaban siempre.

--Vemos la vida desde dos puntos de vista distintos,--decía el

campidonense;--mejor dicho, yo la veo, y tú no. Yo soy miope y veo,

con el auxilio de poderosos lentes, las cosas y los sucesos humanos

claramente, aunque muy pequeños; tú eres miope y no tienes lentes.

Y en efecto, á veces creía Anania tener un velo ante los ojos, y

sentía que la desconfianza, el dolor y el temor se infiltraban en su

sangre. Hasta su amor por Margarita estaba compuesto, en el fondo,

de tristeza y miedo; y la nostalgia, el placer de la soledad, la

modorra primaveral, la indiferencia con que veía la vida que palpitaba

y zumbaba á su alrededor con un rumor de mar,--de aquella vida

potente que había presentido y que no conseguía sujetarle,--todo, era

desconfianza, dolor y temor; y él se daba cuenta de ello.

* * * * *

Un día de los últimos de mayo, Anania sorprendió á su compañero en

íntimo y tierno coloquio con la mayor de las hijas de la patrona.

--¡Eres una bestia!--le dijo despreciativamente.--¿No haces el amor á

la otra hermana? ¿Por qué te burlas de las dos?

Y empezaron á disputar agriamente.

--Perdona, estúpido; son ellas las que vienen á buscarme, ¿las voy á

rechazar?--preguntó cínicamente Daga.--Ya que el mundo está perdido,

aprovechémonos. Ahora son las mujeres las que seducen á los hombres: y

yo sería más estúpido que tú, si no me dejase seducir... hasta cierto

punto...

--¡Para un joven de veinte años no está mal!--dijo Anania.--¿Pero por

qué será que ciertas cosas no pasan más que á ciertos tipos? Á mí nunca

me ha pasado nada parecido.

--Porque á los asnos no puede pasarles lo que les pasa á los hombres.

El asno sardo, ¿sabes? aquel asno proverbial, _sardu molente_, lleva

siempre vendados los ojos y no tiene más misión que dar vueltas á la

muela. Aunque el mundo se venga abajo, él no verá nada, y da vueltas

y más vueltas... La muela es su idea fija. Si, por casualidad, algún

día un desdichado historiador quisiese narrar la vida de aquel asno,

consideraría inútil explicar cómo comía ó dormía el héroe, qué materias

estudiaba, si quiso ser abogado, médico, ó farmacéutico, si vivía un

la tierra, en el mar, ó en las estrellas; porque todas estas cosas no

entraban para nada en la existencia de la bestia eximia, como forman

parte de la de los demás mortales.

--Pero podría decir que no fué una bestia inmoral.

--Te podría preguntar qué cosa es la moral, pero de seguro no sabrías

contestarme. Te diré, en cambio, que muchas veces la moral ó la

moralidad es efecto de la ocasión. Un asno es moralísimo cuando

no tiene ocasión de ser lo contrario. ¿Qué culpa tengo yo, si las

señoritas de la casa saben que tú estás prometido y creen oportuno

concederme á mí, que no lo estoy, sus suaves descargas eléctricas?

--¿Prometido yo?...--exclamó Anania,--¿quién lo ha dicho?

--¡Quien lo sabe! Enamorado de una Margarita, cuya miel, según parece,

esta vez se ha hecho para la boca de _un asno_.

--¡Te prohíbo que repitas este nombre!--dijo Anania, acercándose con

los puños amenazadores á Daga.--¿Entiendes? ¡te lo prohibo!

--¡Abajo los puños, que me vas á sacar los ojos! Yo me río de ti y de

todos los enamorados del mundo.

Temblando de cólera Anania se puso á empaquetar febrilmente sus libros

y sus cartas.

--¡Ah!--decía con rabia;--¡me voy en seguida, cuanto antes! ¿De modo

que aquí hay gente curiosa, del mismo modo que hay gente aficionada á

divertirse? ¡Pues bien, divertirse mucho, sinvergüenzas, asquerosos!

Pero yo me marcho en seguida.

--¡Adiós, hombre!--decía Bautista, tumbado sobre la cama.--Acuérdate,

por lo menos, que durante los primeros días de tu llegada, si no es por

mí, te aplastan como á un escarabajo los tranvías eléctricos, que tú

tomabas por bestias feroces...

--Y tú acuérdate...--gritó Anania, molestado sobre todo por la burla y

tranquilidad de su compañero.

Pero se avergonzó y no terminó la frase.

--Lo recuerdo muy bien; te debo veintisiete liras. Y me c... en tus

veintisiete liras. Mi padre tiene siete _tancas_ una al lado de otra,

¿sabes?...

--¡Y hasta con un río en medio!--dijo el otro, echando un montón de

libros sobre la mesa.--Y yo me río de tus _tancas_, de ti, de tu

padre...

--Y yo también...

Y así se separaron los dos pequeños superhombres que en el Coliseo se

habían creído vivir en la luna, y Anania abandonó la oscura alcoba y la

cortina amarilla con el propósito de no volver nunca más.

Apenas salió, con el corazón rebosando hiel, se dirigió

automáticamente hacia el Corso, y casi sin darse cuenta se encontró en

la calle del Seminario. Un caluroso levante hacía muy pesada la tarde;

las cortinas de las tiendas volaban molestando desagradablemente á los

escasos transeúntes; por el aire, junto al olor húmedo de la tierra

mojada, pasaban perfumes de flores y olores de barnices, drogas y de

comida.

Anania sentía vibrar sus nervios como cuerdas metálicas. En la calle

del Seminario pasó por entre un grupo de curas y seminaristas, cuyos

manteos volaban, y le pareció atravesar un campo lleno de bandadas de

cuervos. Recordaba la tarde en que se había peleado con Bustianeddu,

y sentía ímpetu de odio contra Daga que representaba la raza de los

sardos vanos y cínicos.

En esta situación de ánimo llamó á la puerta de María Obinu.

Una mujer alta y pálida, modestamente vestida de negro, salió á abrir,

y Anania sintió repentino estremecimiento, pareciéndole que había visto

otras veces aquellos ojos grandes y verdosos.

--¿La señora Obinu?--preguntó.

--Servidora de usted--contestó la mujer con voz gruesa.

--No,--pensó el joven;--no es _ella_; no es su voz.

Entró. La señora Obinu le hizo atravesar un pequeño vestíbulo oscuro

y le introdujo en un saloncito gris, triste, casi á oscuras, donde

le causaron repentina impresión varios objetos sardos, especialmente

una cabeza de ciervo y una piel de oveja colgadas de la pared.

Inmediatamente pensó en su salvaje país natal y sintió renacer sus

dudas.

--Quisiera una habitación; soy un estudiante sardo,--dijo examinando á

la mujer de pies á cabeza.

Podía tener treinta y siete ó treinta y ocho años; era pálida y flaca,

con la nariz afilada, casi transparente, pero los abundantes cabellos

negros, peinados á la sarda, ó sea en trenzas estrechas, sujetadas

fuertemente sobre la nuca, le daban un aire gracioso.

--¿Usted es sardo? ¡Cuánto me alegro...!--contestó desenvuelta y con

una simpática sonrisa.

--Ahora no tengo ninguna habitación disponible, pero si pudiese

esperar, dentro de quince días tendré una que actualmente ocupa una

señorita inglesa.

Pidió permiso para ver la habitación, en donde reinaba un desorden

indescriptible. La cama estaba en medio del cuarto entre dos montones

de libros viejos y objetos antiguos. Dentro una bañera de goma

plegable, que servía para el baño de la miss, exhalaban sus perfumes

un haz de mimosas. Desde la ventana se descubría un melancólico

jardincito, donde no penetraba jamás el sol. Sobre el antepecho

estaba abierto un libro de versos: «Madre» de Juan Cena, y Anania se

impresionó vivamente al verlo. Decidió tomar la habitación, y al pasar

por el vestíbulo y ver una ancha otomana, dijo:

--Tengo necesidad de marchar en seguida de la casa donde vivo. Podría

dormir aquí hasta que se marche la miss; me acuesto tarde y me levanto

temprano...

--Mire que la antesala es de paso...--dijo la mujer.

--Ya lo veo; por esto es antesala. Pero si usted quiere, yo me doy por

satisfecho...--insistió Anania.

--La miss se retira pronto, pero los otros dos huéspedes se retiran

tarde.

--No me importa. ¡Por unas cuantas noches!

Volvieron á la salita, y Anania se puso á mirar la cabeza del ciervo.

--¿Y si fuese _ella_?--pensaba. Y se extrañaba de su tranquilidad y

creía que no se habría conmovido si María Obinu le hubiese revelado,

en aquel mismo momento, que era _ella_. Y en realidad una misteriosa

turbación le agitaba impulsándole á examinar aquella mujer y el

ambiente donde ella vivía.

--Esto es sardo,--dijo tocando la piel amarilla de la oveja

salvaje.--¿Por qué no la emplea como alfombra?

--Es un recuerdo de mi padre que era cazador,--respondió la mujer,

sonriendo bondadosamente.

--Miente,--pensó Anania.

Después preguntó, mirando atentamente, de una parte y otra, la cabeza

del ciervo:

--¿Usted es de Nuoro?

--Sí, pero nací allí por casualidad, estando mis padres de paso.

--También yo nací, por casualidad, en un pueblecito, en Fonni,--dijo

fingiendo aire distraído, tocando los cuernos del ciervo.--Sí, nací en

Fonni; me llamo Anania Atonzu Derios.

Apenas hubo pronunciado su nombre se volvió y miró á la mujer. Ésta no

pestañeó siquiera.

--¡No, no es _ella_!--pensó, y se sintió feliz, segurísimo de que no

era su madre. Pero la misma tarde, después que hubo hecho trasladar á

la nueva habitación sus libros y su equipaje, María le dijo:

--Durante estos quince días le cederé mi cuarto.

Fueron vanas las protestas. Ella colocó los libros y el equipaje en

su alcoba y obligó á Anania á ocuparla, y éste sintió una impresión de

sorpresa y dulzura entrando en aquella habitación larga y estrecha,

que parecía la celda de una monja, y cuya camita blanca, oliendo

á espliego, recordaba los sencillos camastros de las patriarcales

familias sardas. Lo mismo que en las alcobas de su país, María Obinu

había colgado de las paredes grises una serie de cuadritos é imágenes

sagradas: tres cirios, tres crucifijos, un ramo de olivo y un enorme

rosario de confites[34]; además, dos racimos de medallas benditas,

colgaban á la cabecera de la cama. En una esquina ardía una lamparita

ante una estampa donde las benditas almas del Purgatorio, pintadas de

azul, rogaban entre llamas ensangrentadas.

¡Qué diferencia entre el cuarto de la miss y el de María Obinu! Cuatro

ó cinco siglos los separaban.

Anania fué asaltado otra vez por las dudas.

¿Por qué le cedía el cuarto? ¡Se mostraba demasiado cuidadosa y

cariñosa con él!

Mientras arreglaba el equipaje, María llamó á la puerta y, sin entrar,

preguntó si deseaba que apagase la lamparita de las Ánimas Benditas.

--No,--contestó en voz alta,--pase, pase, que quiero enseñarle una cosa.

Ella entró, pálida, simpática, risueña; parecía conocer desde siempre

al nuevo huésped, y tenerle mucho cariño.

Él tenía entre las manos un objeto extraño, un saquito de tela sudado,

unido á una cadenita ennegrecida por el tiempo. Y colgándose el amuleto

al cuello, dijo:

--Mire, también yo soy devoto. Ésta es la _rizetta_ de San Juan, que

aleja las tentaciones.

La mujer miraba. De pronto dejó de sonreir, y Anania sintió el corazón

palpitarle fuerte.

--¿Usted no cree en estas cosas?--le dijo severamente.--Pues por lo

menos no se burle de ellas. Son cosas sagradas.

* * * * *

Aquella noche, acostado en la camita que olía á espliego, Anania

pensó, largamente, en el secreto que llevaba en el alma.

...¿Y si María Obinu fuera Olí? ¿Si fuera Olí? ¡Tan próxima y tan

lejana! ¿Qué hilo misterioso le había conducido hasta ella, hasta la

almohada, donde debía llorar continuamente, ó por lo menos recordar al

hijo abandonado? ¡Qué extraña es la vida! Un alambre, sí, un alambre

del cual colgaban los hombres, bailando como títeres, como trocitos de

bramante agitados por el viento.

¿Era ella de veras? ¿de veras? De modo que había llegado á su destino,

impulsado por una fuerza de voluntad latente que había sugestionado...

¿Á quién? ¿Qué? ¿Pero estaba loco? ¡Cuánta tontería, cuánta tontería!

No, no era _ella_, ¡no podía ser _ella_! ¿Y si lo fuera? ¡Tan lejana!

¿Sabría ella que estaba junto á su hijo, mientras él se agitaba entre

dudas? ¿Por qué no se daba á conocer? ¿Qué temía? ¿Qué esperaba?

¿Habría reconocido el amuleto?

No, no podía ser ella. Una madre no puede fingir, no puede callar

al volver á encontrar á su hijo. Era absurdo. ¡Tonterías, ideas

convencionales! Una mujer sabe dominar hasta las más terribles

emociones. _Ella_ debía tener miedo; ¡había abandonado á su hijo!

Tanto peor; debía, por lo mismo, venderse, gritar, llorar. Una madre

es siempre madre; no es lo mismo que una mujer cualquiera. Y además,

¿podía Olí, mujer tosca, simple hija de la naturaleza, haberse

asimilado la perfidia de las grandes ciudades, hasta el extremo

de fingir, como una comedianta, de saberse dominar de aquel modo?

Imposible. Era absurdo. María Obinu, era María Obinu. Mujer simpática,

sencilla é inconsciente, que había tenido la suerte, más que la fuerza,

de arrepentirse, y que suplía el arrepentimiento, tal vez no sentido,

con la ingenua ostentación de un sentimiento religioso muy discutible.

No, no podía ser _ella_.

--Me informaré mejor; haré que me cuente su vida...--pensaba.--Pero no

es ella. Soy un estúpido sólo al pensarlo. No, no es ella,--insistía

consigo mismo.--Te digo que no es ella, imbécil, estúpido, torpe.

Y entretanto recordaba la primera noche pasada en Nuoro y el beso

furtivo que su padre había depositado sobre su frente. Y de un momento

á otro esperaba puerilmente que se abriera la puerta, y que una sombra

deslizándose á la luz oscilante de la lamparilla repitiese aquel beso

misterioso...

--Y entonces... ¿qué haría yo?--se preguntaba temblando.--Fingiría

dormir... ¡Pero qué estúpido soy, Dios mío!

Los rumores de la calle y de la vecina plaza del Panteón disminuían,

debilitándose, alejándose, como si se retiraran, cansados, á un lugar

de descanso. Anania oyó entrar los trasnochadores huéspedes; después

todo calló, en la casa, en la calle, en la ciudad. ¡Y él seguía

despierto! ¡Ah! ¿Tal vez aquella lamparilla?... ¡Qué fastidio!... Voy á

apagarla...

Pensó largamente en ello, y por fin se decidió. Levantóse. Un rumor,

un roce de faldas... ¿Se abre la puerta? ¡Oh, Dios mío! Se echó

rápidamente en la cama, cerró los ojos y esperó. El corazón y las

sienes le palpitaban febrilmente.

Pero la puerta siguió cerrada, y él se calmó, riéndose de sí mismo.

Pero no apagó la lamparilla.

Cenizas · 第 34 / 54 题