SEGUNDA PARTE

I

Era la hora en que la tristeza envuelve á los navegantes y á los que

van á zarpar hacia costas desconocidas.

Anania era uno de éstos. El tren le llevaba hacia el mar. Caía una

tarde plácida de otoño, grave y melancólica. Los dentellados montes de

la Gallura se borran en la violácea lejanía, el aire huele á brezos. Á

lo lejos se distingue un pueblecito: su campanario gris destaca sobre

el cielo color de violeta. Anania contempla los extraños perfiles de

los montes, el color del cielo, las matas temblando entre las rocas, y

sólo el temor de parecer ridículo á los otros dos viajeros,--un cura

y un estudiante campidonense, compañero suyo de escuela,--le impide

llorar.

Y sin embargo ahora ya es un hombre. Verdad es que creía ser _un

hombre_ desde que tenía quince años; pero entonces creía ser un hombre

joven, mientras que ahora se cree un _joven viejo_. Y la salud y la

juventud brillan en sus ojos. Es alto, esbelto, con seductores bigotes

castaños de puntas de oro.

Se acercaba la noche. Alguna que otra estrella aparecía «sobre los

montes de Gallura» y alguna que otra hoguera brillaba en el verde negro

de los brezales. Adiós tierra nativa, isla triste, madre querida,

pero no lo bastante para que una voz potente, de más allá del mar, no

arranque tus hijos mejores de tu blando regazo, como el viento llama á

los aguiluchos, incitándoles á abandonar el nido y la solitaria roca.

El estudiante contemplaba el horizonte y sus ojos se obscurecían á

medida que se obscurecía el cielo. ¡Cuántos y cuántos años hacía que

escuchaba una voz que desde lejos le llamaba!

Recordaba la aventura con Bustianeddu y su proyecto infantil de fuga;

después los sueños sin interrupción, el deseo nunca apagado de un viaje

atravesando el mar; y ahora, á punto de dejar la isla nativa, se sentía

triste y se arrepentía de no haber continuado sus estudios en Cagliari.

¡Había sido tan feliz allí! Durante el último mes de mayo, Margarita

se había presentado entre el esplendor fantástico de las fiestas de

Santa Efes, y á su lado, en compañía de alegres grupos de amigos, había

pasado horas inolvidables. Ella era elegante, muy alta y bien formada;

sus cabellos espléndidos y sus ojos azules sombreados por grandes cejas

negras, atraían la atención de la gente que se volvía para mirarla.

Anania, menos alto y más delgado, iba á su lado temblando de placer y

de celos. Le parecía imposible que aquella hermosa criatura, majestuosa

y taciturna, en cuyos ojos desdeñosos vibraba la mirada orgullosa de

una raza dominadora, descendiera hasta él, no tan sólo para mirarle,

sino para quererle.

Ella hablaba muy poco. No era coqueta, y no cambiaba de aspecto

ni voz, como hacen casi todas las muchachas, cuando los hombres le

dirigían la palabra ó la miraban; y Anania se preguntaba si aquello era

en ella superioridad ó soberbia, sencillez ó deseo de homenajes.

--¿Es posible que se contente conmigo?--se preguntaba.--Sí; claro que

sí, porque comprende que ningún otro amor puede superar al que yo le

consagro, y en el cual está concentrada la vehemencia de todas las

demás pasiones que ella pudiese despertar.

Verdaderamente la quería mucho. Sólo la veía á ella, sólo miraba á las

demás para compararlas con ella y encontrarlas inferiores; y cuanto más

pasaba el tiempo, más aumentaba su pasión. Tenía días y largos periodos

de delirio, durante los cuales le parecía imposible que tuviesen

que pasar años y años antes de que ella fuese suya, largos años en

que tenía que consumirle el deseo; pero por lo general su amor era

constante, tranquilo y puro.

Durante las últimas vacaciones se habían encontrado solos bastantes

veces, en el patio de casa Margarita,--protegidos por la criada que

facilitaba su correspondencia.--solos bajo los discretos ojos de las

estrellas ó el rostro impasible de la luna. Por lo general, los dos

enamorados callaban, y mientras Margarita, por miedo ó pudor temblaba

ligeramente, vigilante y melancólica. Anania suspiraba, sonreía y

gemía, completamente olvidado del tiempo, del espacio, de las cosas y

de los sucesos humanos.

--¡Qué fría estás conmigo!--le decía.--¿Por qué no repites de palabra

lo que me escribes?

--Tengo miedo...

--¿De qué? Si tu padre nos sorprende, yo me echaré á sus plantas

y le diré: «No, no hacemos nada malo, somos el uno del otro para

siempre...». No tengas miedo, seré digno de ti. Ante mí tengo un

hermoso porvenir... ¡Llegaré á ser _algo_!

Ella no contestaba. No le decía que si el señor Carboni les

sorprendía, el _porvenir_ podía quedar destruido; pero seguía vigilando.

En el fondo, esta frialdad no desagradaba á Anania, y aumentaba su

pasión. Á menudo, contemplando á Margarita tan bella y fría, con los

ojos iluminados por la luna, como los ojos de perlas de un ídolo, no se

atrevía á besarla, y la miraba silencioso y estremeciéndose, no sabía

si de angustia ó de felicidad. Sólo una vez le dijo.

--Oye, Margarita, me parece ser un mendigo á quien un hada bienhechora

ha regalado un palacio maravilloso, y está de pie en el umbral, no

atreviéndose á entrar en él...

* * * * *

--El mar está en calma. ¡Bendito sea Dios!--dijo el cura.

Anania despertó de sus recuerdos y miró la línea verde dorada del

mar, que á la luz del crepúsculo parecía una llanura iluminada por la

luna. Las ruinas de una capillita, un sendero á través del matorral

que se pierde al llegar al borde mismo de la costa, trazado tal vez

por un soñador con la esperanza de proseguirlo por encima del jaspeado

terciopelo de las olas, atraían la atención de Anania. Sin saber por

qué pensó en Renato de Chateaubriand, creyendo vislumbrar su perfil

sobre una roca, contemplando el mar.

No, no es Renato... es otro... tal vez Eudoro, que sobre las rocas

marinas de la Galia salvaje, sueña con las flores de la Hélada

lejana... Pero no, tampoco es Eudoro... es un poeta que pregunta:

¿Por qué esta roca granítica

surge del fondo del mar?

...Y hete aquí que la roca, la capillita y el sendero han desaparecido,

y con ellos el perfil del incierto personaje...

La tristeza del estudiante aumentaba. Preguntas extrañas vibraban en su

mente, cayendo sin respuesta, como piedras lanzadas al agua.

¿Por qué no podía quedarse en aquella costa salvaje, dulcemente

melancólica, y por qué el perfil vislumbrado sobre la roca no tenía

que ser el suyo? ¿Por qué no podía construir una casa sobre las

ruinas de la capillita? ¿Por qué pensaba en aquellos sentimentalismos

estúpidos? ¿Por qué iba á Roma? ¿Por qué estudiaba, por qué estudiaba

leyes? ¿Quién era él? ¿Qué era la vida, la nostalgia, el amor, la

tristeza? ¿Qué hacia Margarita? ¿Por qué la amaba? ¿Por qué su padre

era un criado? ¿Por qué su padre le había advertido, repetidamente,

que visitara en cuanto llegase á Roma, _aquellos sitios_ donde se

conservan monedas de oro encontradas bajo tierra ó en las ruinas

antiguas? ¿Era su padre un delincuente, ó un loco poseído de la idea

fija de los tesoros? ¿Qué había heredado de su padre? La idea fija en

forma distinta. ¿Era solamente una idea fija, una enfermedad mental, el

pensamiento constantemente dirigido hacia _aquella mujer_? ¿Estaba de

veras en Roma y la encontraría?

--_Anninia_,--dijo el estudiante campidonense con voz lenta é

indolente, dando á Anania el mote que le habían sacado sus compañeros,

imitando el canto monótono con que las madres duermen á sus

pequeñuelos.--¿Te duermes? ¡Ea! no llores, así es la vida; un billete

circular con derecho de paradas más ó menos largas. Consuélate al menos

pensando que el mareo no vendrá á interrumpir los sueños de amor...

El cura, joven y despreocupado, dijo, burlándose también de Anania:

--Consuélate, corazón duro,

Porque en el infierno hay truchas...[32]

Y añadió:--Dejamos la patria querida, pero no nos marearemos.

En efecto, el mar estaba en calma completa y la travesía empezaba con

los mejores auspicios. La luna se ocultaba iluminando fantásticamente

la costa y la enorme roca del Cabo Figari, parecida á un centinela

ciclópeo, vigilando el melancólico sueño de la isla abandonada.

¡Adiós, adiós, tierra de destierro y de ensueños! Anania permaneció

inmóvil, apoyado en la borda del vapor, hasta que la última visión

del Cabo Figari y de las islitas, surgiendo azules de entre las olas,

como nubes petrificadas, se desvanecieron en el vaporoso horizonte.

Después se sentó en un banco, golpeándose despechadamente la frente

con un puño, para no dejar salir las lágrimas que le velaban los ojos.

Su compañero, que no se encontraba bien aun estando el mar en calma,

se retiró en seguida, y Anania quedóse solo sobre cubierta, pálido y

ojeroso, molestado por la brisa húmeda, triste y desesperado, hasta que

la luna, roja como un hierro sacado del fuego, desapareció á lo lejos,

en el horizonte turbio y sangriento. Por fin se marchó al camarote,

pero tardó en dormirse. Le parecía que su cuerpo se alargaba y acortaba

incesantemente, y que una hilera interminable de carros pasaban por

encima de su cuerpo entumecido. Los recuerdos más tristes de su vida

pasaban por su imaginación. Le parecía oir, en el ruido del agua

hendida por el vapor, el rumor del viento en la casita de la viuda, en

Fonni... ¡Oh! ¡Cuán triste era la vida, cuán inútil y vana! ¿Qué era la

vida? ¿Por qué vivir?

Se durmió tristemente; pero al despertar se sintió otro, ágil, fuerte,

feliz. Se había dormido en un paisaje tétrico, entre ondas lívidas,

vigiladas por una luna sangrienta, y despertaba en un mar de oro, en un

paisaje de luz, cerca de Roma.

--¡Roma!--pensó temblando de alegría.--¡Roma! ¡¡Roma!! ¡Patria eterna,

madre y amante, hechicera y amiga, curadora de todos los dolores, río

de olvido, canto de promesas, abismo de todo mal y fuente de todo bien!

Creía poderla abrazar toda, sentíase capaz de conquistar el mundo

entero. Ya en Civitavecchia, húmeda y negra bajo el cielo matutino,

todo le parecía hermoso, si bien de una hermosura un poco decaída, y

decía á su compañero Daga:

--Mira, me parece estar en el vestíbulo sencillo, pero ya misterioso,

de una maravillosa gruta marina.

Daga, que había vivido un año en Roma, sonreía burlonamente, aun cuando

envidiaba el entusiasmo de su amigo.

La llegada ruidosa y terrorífica del exprés, produjo en el joven

provinciano una sacudida eléctrica, una especie de terror, la primera

impresión vertiginosa de una civilización casi violenta y destructora.

Le pareció que aquel gran monstruo de ojos rojos lo arrastrase, como

el viento á la hoja, lanzándole en un crisol de nueva vida, hirviente,

lleno de placeres y dolores terribles. Aquello era la vida verdad, la

civilización profunda, la humana marea, la omnipotente palpitación

que desde su primer viaje á través de su isla natal había soñado, sin

poderlo percibir nunca en su grandiosa realidad.

Asomado á la ventanilla, miraba las líneas melancólicas de la campiña

romana, verde rosada á la luz del sol de otoño, que le recordaba las

llanuras de su patria. Pero las impresiones del paisaje y los recuerdos

desaparecían, vencidos por la sensación de la vida nueva hacia la cual

marchaba. Todo, los muros, los árboles, el césped, el aire mismo,

parecían huir locamente, locos de terror, perseguidos por invisible

monstruo; y sólo el exprés, monstruo benigno y protector, enorme

guerrero de la civilización, iba violentamente al encuentro del dragón

monstruoso, para saltarle encima y destruirlo.

* * * * *

En Roma, los dos estudiantes fueron á vivir en un tercer piso de una

casona inmensa de la plaza de la Consolación, en casa de una viuda,

madre de dos graciosas muchachas, telegrafistas en las oficinas de un

periódico. La compañía de Daga, tipo camaleóntico, á veces alegre,

á veces hipocondríaco, á menudo colérico, con frecuencia apático y

siempre egoísta, sirvió de gran alivio á Anania durante los primeros

días de estancia en la capital.

Los dos estudiantes dormían en la misma habitación, dividida por una

especie de cortina formada por un cobertor amarillo. El cuarto era

grande, pero algo obscuro, con el suelo muy gastado, y una ventanita

que daba á un patio interior.

La primera vez que Anania se asomó á la ventana, experimentó una

desesperada sensación de angustia. Del sucio fondo del patio, se

alzaban altísimos muros de un amarillo negruzco, agujereados por largas

ventanas irregulares, de donde salían pesados olores de cocina y en

especial el penetrante y dulce olor de la cebolla frita. Á lo largo de

las paredes, y atravesando el patio, había unos alambres, y colgados de

ellos trapos de una blancura equívoca. Uno de los alambres, con anillas

corredizas, de las que colgaban trozos de bramante, pasaba por delante

la ventana de los estudiantes. Mientras Anania miraba con desesperada

tristeza los muros amarillos perderse en el cielo pálido de la tarde,

Bautista Daga sacudió el alambre y empezó á reirse.

--Mira,--decía,--mira cómo bailan las anillas y los bramantes. Parecen

personas. Es divertido.

Anania miró y en efecto le pareció que las anillas y los hilos tomaban

movimientos de títeres. Bautista prosiguió:

--Así es la vida; un alambre á través de un patio sucio. Los hombres se

agitan, casi siempre, sobre un abismo de porquería.

--¡No me fastidies, hombre!--dijo Anania.--¡Bastante melancólico estoy

para aguantar tus consideraciones filosóficas! Salgamos: me ahogo.

Salían y andaban, y andaban, cansándose horriblemente, aturdidos por el

ruido de los coches y los tranvías, por el resplandor de las luces, el

cruce violento y el ronco aullido de los automóviles y sobre todo por

el vaivén de la muchedumbre indiferente.

Anania sentíase más triste que nunca. Entre el gentío, cogido del

brazo de su compañero, le parecía encontrarse solo en un desierto,

en un mar tempestuoso. Le parecía que si se encontrase en peligro y

pidiese socorro, nadie acudiría á sus gritos, y que la muchedumbre

pasaría por encima de su cuerpo sin verle siquiera. Recordaba á

Cagliari con nostalgia desesperante. ¡Oh balcón encantado, horizonte

marino, dulce Venus brillando en el fondo inefable del pinar! Aquí no

había estrellas, ni luna, ni horizonte; tan sólo un horroroso conjunto

de piedras, y entre ellas un hormigueo de hombres que al estudiante

barbaginense[33] le parecían de una raza distinta é inferior á la suya.

Especialmente durante los primeros días, vista á través del

aturdimiento, del cansancio, de la melancólica sugestión del oscuro

cuarto de la Plaza de la Consolación, Roma le produjo una tristeza casi

febril. La ciudad vieja, con sus calles estrechas, sus tiendas mal

olientes, de interiores miserables, con puertas que parecían bocas de

cavernas y escalerillas que se perdían en lugares tenebrosos, llenos

de dolor, le recordaba los más miserables pueblecitos sardos, los

cuales, por lo menos, tienen aire y luz. En la Roma nueva se encontraba

perdido, todo le parecía enorme; las calles trazadas por un gigante,

para uso de los gigantes; las casas, montañas; las plazas, _tancas_

sardas; hasta el cielo era demasiado alto y demasiado profundo. ¡Ah,

no, no era ésta la Roma embriagadora, inmensa, pero no opresora, que

había creído vislumbrar desde Civitavecchia!

Hasta en la Universidad, donde empezó á asistir asiduamente á los

cursos de Derecho civil y penal y á las lecciones de Ferri, le esperaba

un desencanto. Los estudiantes no hacían más que alborotar, reirse y

burlarse de todo. Parecían tomar á broma la vida misma. Especialmente

en el aula núm. 4, mientras esperaban á Ferri, el estruendo y alboroto

pasaba el límite. Á lo mejor un estudiante subía á la cátedra y

empezaba una parodia de lección acogida por aullidos, silbidos,

aplausos y gritos de «Viva el Papa», «Viva San Alfonso de Ligorio»,

«Viva Pío IX». Á veces el estudiante, desde la cátedra, con un descaro

indescriptible, imitaba el mayar de un gato ó el canto del gallo.

Entonces los gritos y los silbidos redoblaban; se lanzaban pelotas de

papel, plumas, fósforos encendidos contra el estudiante que resistía

hasta que podía, ó hasta que la llegada del profesor, acogida por

aplausos ensordecedores, ponía fin á la escena y entraba todo en orden.

Más tarde Anania también tomó parte en los alborotos y tumultos

estudiantiles; pero durante los primeros días, la alegría

despreocupada, el escepticismo, la vanidad y el egoísmo de sus

compañeros, le hería tristemente. Sintióse más que nunca solo,

diferente de todos los demás, y se arrepintió de haber ido á Roma.

Una vez él y Daga atravesaron la calle Nacional al anochecer. Las

aceras estaban casi desiertas. El resplandor lunar de las lámparas

eléctricas fundíase en el crepúsculo azulado. Las ventanas del palacio

ocupado por el Banco, estaban vivamente iluminadas.

Los dos jóvenes se pararon un momento.

--Mira,--dijo Daga.

--Parece que todo el oro encerrado dentro, brilla á través de las

ventanas. ¡Me explico, eh!--dijo Anania.

--¡Bravoooo, hombre!--gritó el otro.--Cómo se ve que mi compañía te

desbasta.

Más adelante se volvieron á parar, esta vez entusiasmados los dos.

Á la izquierda, sobre el indescriptible fondo de la calle de las Cuatro

Fuentes, el cielo presentaba un oscuro color de violeta. Á la derecha

la luna llena, grande y amarilla, asomaba por detrás del negro perfil

de Santa María la Mayor, que parecía dibujada sobre una lámina de plata.

--¿Vamos al Coliseo?--propuso Anania.

Y fueron allá, dando largas vueltas en el divino misterio de aquel

lugar, contemplando la luna á través de cada arco. Después se sentaron

sobre una columna reluciente y entrambos suspiraron.

--Siento una alegría parecida al dolor,--dijo Anania.

Daga no respondió, pero después de un largo silencio, dijo:

--Me parece estar en la luna. ¿No te parece que en la luna se debe

sentir lo mismo que se siente aquí, en este gran mundo muerto?

--Sí,--dijo Anania, con voz apagada, respondiendo á una pregunta

íntima.--¡Esto es Roma!

Cenizas · 第 31 / 54 题