En Cagliari Anania cursó el Liceo y dos años de Universidad. Estudiaba
leyes.
Aquellos años fueron como un intermedio de su vida; una música dulce y
ardiente.
En el tren, mientras atravesaba los paisajes solitarios que el otoño
hacía más tristes, sentía una nueva vida. Le parecía ser otro; haber
cambiado de ropa, poniéndose un traje nuevo, holgado y cómodo,
quitándose el roto y estrecho que llevaba. ¿Le hacía feliz el beso de
Margarita, el adiós á todas las cosas pequeñas y mezquinas del pasado,
la alegría algo temerosa de la libertad, ó el pensar en el mundo
desconocido hacia el cual corría?
Ni lo sabia ni trataba de averiguarlo.
Una embriaguez profunda, compuesta de orgullo y voluptuosidad, le
envolvía de un vaporoso perfume, á través del cual vislumbraba
horizontes jamás soñados. ¡Cuán bella y fácil era la vida! Sentíase
fuerte, guapo, victorioso. Todas las mujeres le amaban, todas las
puertas se abrían á su paso.
Durante el viaje de Nuoro á Macomer estuvo siempre sobre la plataforma
del vagón, sacudido fuertemente por los desagradables movimientos de
aquel tren en miniatura. Poca gente subía y bajaba en las solitarias
estaciones, donde las acacias, aburridas por la soledad, parecían
esperar el paso del tren para arrojarle nubes de hojas amarillas.
--¡Ea!--decían las acacias al tren,--toma, monstruo antipático;
nosotras estamos siempre quietas y tú caminas. ¿Qué más deseas?
--Sí,--pensaba el estudiante,--la vida está en el movimiento.
Y creía sentir la fuerza alegre del agua corriente, cuando hasta
entonces su alma había sido un pequeño pantano con sus orillas
ahogadas por fétidas plantas. Sí, las solitarias acacias de las
inmóviles soledades sardas tenían razón. Sí, moverse, andar, correr
vertiginosamente, esto era vivir.
--¿Pero no marcha aún este diablo de tren?--preguntó el estudiante á un
empleado, durante una de las interminables paradas.
El empleado, que conocía á Anania como á casi todos los demás viajeros,
encendió tranquilamente la pipa y dijo chupando:
--¡Ya llegarás! Si tienes prisa, echa á volar.
--¡Ojalá pudiera!
Anania contempló, sobre un picacho, un _nuraghe_ negro, parecido á un
nido de gigantescos pájaros, y deseó encontrarse allí, con Margarita,
solos entre las ruinas y los recuerdos, aspirando el silvestre olor del
lentisco; solos, sugestionados por las sombras y fantasmas de pasiones
épicas. ¡Ah, cuán grande se sentía!
De pronto, las azules montañas de la nativa Barbagia se pierden en el
horizonte; por detrás de otros montes violáceos, aún se ve una cresta
del Orthobene, destacando sobre un cielo pálido; aún se ve un pedazo,
una punta, una piedra... ya no se ve nada. También los montes se
ocultan como el sol y la luna, dejando un triste crepúsculo en el alma.
Adiós, adiós. Anania sintióse triste, y para animarse pensó
intensamente en el beso de Margarita, cuyo recuerdo no le abandonaba
un instante. ¡Ah! Le parecía tener siempre á su lado á la deliciosa
criatura. La impresión vivísima de su cara y el contacto eléctrico de
su fresca boca, le producían estremecimientos de placer. Viéndola no
hubiese sentido la embriaguez que sentía pensando en ella; no sufría al
marcharse, porque quedándose en Nuoro no habría sabido vivir lejos de
ella.
De cuando en cuando un estremecimiento recorría su cuerpo. ¿No
sería todo aquello un sueño? ¿Y si ella olvidaba ó se arrepentía?
Inmediatamente el orgullo le hacia recobrar las esperanzas. Aquella
embriaguez duró bastantes días, todo el tiempo que duró el aturdimiento
de la nueva vida.
Todo le salía á pedir de boca. Parecía que la fortuna, arrepentida de
las injusticias con él cometidas, se había empeñado en favorecerle
hasta en las cosas más insignificantes.
Apenas llegó á Cagliari encontró una hermosísima habitación con dos
balcones; de uno de ellos se gozaba de un panorama limitado por las
montañas y el luminoso mar, á veces tan en calma, que los vapores y
veleros parecían grabados sobre una placa de acero; desde el otro
balcón descubríase casi toda la ciudad, rosada, avanzando sus baluartes
y el castillo entre palmeras y flores, como una ciudad moruna.
Durante mucho tiempo Anania prefirió este balcón, bajo el cual pasaba
una blanca calle, separando la casa nueva donde él habitaba, de una
hilera de casitas viejas, recién pintadas de rosa,--que daban la idea
de viejas recompuestas,--con balcones salientes llenos de claveles, y
de andrajos puestos á secar al sol.
Anania no se fijaba en las casitas. Sus fascinados ojos recorrían el
admirable escenario de la ciudad moruna, donde las casas pintadas de
color rosa, subían hasta la línea de palacios medioevales proyectados
sobre un cielo oriental.
En los últimos días de octubre aún hacía calor. El aire estaba
impregnado de extrañas fragancias, y las señoras que pasaban por bajo
el balcón de Anania hacia la iglesia de San Lucífero, llevaban trajes
de muselina ú otras telas delgadas. Al estudiante le parecía estar en
un país encantado, y el aire fragante y enervador, la comodidad de su
espléndida habitación, y la dulzura de su nueva vida, le producían la
vaga impresión de un sueño. Se apoderó de él una especie de somnolencia
voluptuosa, y á través de ella las impresiones de su nueva existencia
y los recuerdos del pasado tan reciente, le llegaban dulces y velados.
Todo le parecía hermoso y grande: las calles, las iglesias, las casas.
¡Cuánta gente había en Cagliari! ¡Cuánta elegancia y cuánto lujo!
La primera vez que pasó por delante del _Café Montenegro_ y vió un
grupo de jóvenes elegantes con los bigotes hacia arriba y las botas
de color, sintió una extraña impresión recordando la almazara y la
gente sucia que allí se reunía. ¿Qué debe pasar por allá? La vida
humilde de la pobre gente del barrio proseguiría indudablemente su
curso melancólico, mientras aquí, en los cafés resplandecientes, en las
calles luminosas, en las altas casas batidas por el sol, el viento y el
aire del mar, todo era luz, alegría y lujo.
La primera carta de Margarita aumentó su alegría de vivir. Era una
carta sencilla y tierna, escrita en una hoja grande de papel blanco,
con caracteres redondos, casi masculinos. Indudablemente Anania
esperaba una cartita azul, con una flor dentro; y en un principio le
pareció que tratándole de aquel modo, sin etiqueta, Margarita quería
dominarle, y hacerle sentir desde el primer momento su superioridad;
pero después, por las frases sencillas y afectuosas, que parecían
continuación de una larga é ininterrumpida correspondencia, comprendió
que ella le amaba sinceramente, con ingenuidad y fuerza, y sintió una
dulzura inexplicable.
Le decía en su carta que cada noche pasaba largas horas en la ventana,
creyendo que debía verle pasar de un momento al otro, como solía
hacerlo antes de partir. Le disgustaba mucho la separación, pero le
servía de consuelo pensar que él estaba estudiando y preparando de este
modo el porvenir.
Y por último le decía dónde debía dirigir la contestación, encargándole
el secreto más absoluto, porque si sus padres se enteraban de sus
amores, se opondrían rigurosamente como era natural.
Anania contestó en seguida, temblando de amor y felicidad, si bien algo
oprimido por el remordimiento de traicionar á su bienhechor.
Y raciocinando á lo sofista, decíase:
--Si amando á la hija la hago feliz, no hago daño alguno al padre...
Le describía las maravillas de la ciudad y de aquel hermoso otoño.
«Mientras te escribo, oigo croar las ranas en los lejanos huertos, y
veo asomar la luna, como un rostro de alabastro, por el verdoso cielo
del templado crepúsculo. ¡Es la misma luna que veía salir del solitario
horizonte nuorense, es el mismo rostro redondo y melancólico que
veía asomarse por los picachos del Orthobene, pero cuánto más dulce,
cambiado y sonriente me parece ahora!».
Después de echar al correo su primera carta, Anania sintió el mismo
impetuoso deseo de correr al aire libre, monte arriba, que cuando mandó
el soneto: y no pudiendo correr, empezó á andar deprisa hacia la colina
de Bonaria.
La espléndida noche daba una placidez oriental al paisaje. El sendero
que conducía al Santuario estaba desierto, y la luna empezaba á brillar
entre los árboles inmóviles. El cielo azul verdoso tomaba, junto á la
línea nacarada del mar, un color verde inverosímil, surcado por nubes
rosadas y violáceas.
Parecía un sueño.
Anania sentóse en la explanada del Santuario, iluminada por la luna,
entregándose á la magnífica visión del mar. Las olas reflejaban la
verde luminosidad del cielo y la fosforescencia de las nubes de colores
y de la luna, y cual enormes conchas de líquido nácar, rompían al pie
de la colina, deshaciéndose en plateada espuma. Cuatro barcas de vela,
alineadas en el fondo luminoso, parecían inmensas mariposas, bebiendo ó
descansando sobre el agua.
Nunca volvió á sentirse tan feliz como en aquel momento. Le parecía que
su alma fuese ondulante, esplendorosa, tan grande como el mar; y que un
hada benéfica le había transportado á un misterioso país de Oriente,
dejándole en el umbral de un palacio encantado, pronto á abrirle sus
puertas.
Á la luz de la luna y del crepúsculo, descifró algunas frases de la
carta de Margarita. Después la besó, la guardó, y de mala gana se
levantó para regresar á la ciudad. Ahora la luna sembraba el sendero de
monedas y encajes de plata. Aún se oían las ranas y el canto de unos
pescadores. Todo era plácido, pero el estudiante sintió una extraña
melancolía y casi un presentimiento.
Al llegar al jardincito de San Lucífero, oyó gritos, chillidos de
mujeres y voces de hombres que pronunciaban frases insultantes. Echó
á correr y al llegar vió, delante de las casitas color de rosa que
se descubrían desde su balcón, un montón de gente peleándose. En las
ventanas de la casa donde vivía no había nadie asomado. Parecía que
los vecinos estaban acostumbrados á presenciar aquellas escenas, á ver
aquella gente que reñía en medio de una gritería infernal, soltando
las injurias más asquerosas que el hombre puede vomitar contra sus
semejantes.
Ante el jardincito, un hombre gordo, con un traje de terciopelo negro,
inmóvil, iluminado por la luna, gozaba contemplando la escena.
--¿Pero y los guardias? ¿Por qué no vienen?--le preguntó Anania,
conmovido.
--¿Qué harían los guardias?--contestó el hombre sin mirar al
estudiante.--¡No pasa semana que no vengan! Empujón de aquí, empujón de
allá, queda todo en paz y vuelve á empezar al día siguiente. ¡Mientras
no se lleven á todas estas mujeres!--Y añadió, amenazando desde lejos
á los que alborotaban:--¡Esperad un poco! ¡Esperad un poco que todos
hayamos firmado el recurso al jefe de policía!
--¿Pero qué pasa?--preguntó Anania, de cada momento más asombrado.
El hombre le miró despreciativamente.
--¡Son mujeres perdidas! ¡No hay por qué asustarse!
Anania subió á su casa pálido y jadeante, y la patrona advirtió su
turbación.
--¿Qué tiene?--le preguntó.--¿Se ha asustado usted? Son mujeres
alegres, con sus... fulanos, que pelean por celos. Pero ahora las vamos
á echar. Hemos recurrido á la policía.
--¿De dónde son?--preguntó.
--Una es de Cagliari; la otra creo que del _Capo di Sopra_. ¿Quién
sabe?
La gritería aumentaba. Sobresalía la voz de una mujer quejándose cual
si la matasen, y el llanto de un chiquillo... ¡Dios santo, qué horror!
Anania temblaba, y atraído por una fuerza irresistible corrió á abrir
el balcón. Arriba, en el cielo purísimo, la luna y las estrellas;
abajo, en el primer término del vaporoso cuadro de la ciudad, la
bestial escena, de donde salían, como de un grupo de condenados, gritos
de rabia y blasfemias. Anania estuvo mirando angustiosamente, con el
alma oprimida por un pensamiento tremendo...
Llegaron corriendo los guardias. Dos hombres se separaron del grupo,
huyendo hacia el jardín; los demás se calmaron, las mujeres corrieron
á encerrarse en sus casas. En un momento callaron todas las voces,
la calle quedó desierta, y en el silencio resonó solamente el lejano
rodar de un coche y el croar de las ranas á la luna. Pero en el alma de
Anania continuó el doloroso tumulto, ¡como si en el luminoso mar que
había sentido en su interior, mientras releía la carta de Margarita
sobre la colina de Bonaria, se hubiese levantado formidable tormenta!
* * * * *
--¡Dios mío! ¡Que haya muerto! ¡Que haya muerto! ¡Dios mío! ¡Tened
piedad de mí!--decía sollozando, durante aquella noche, atormentado por
el insomnio y los tristes pensamientos.
La idea de que una de las mujeres que vivían en las casitas color
de rosa pudiera ser su madre, se había desvanecido después de las
informaciones que durante la cena le dió la patrona. ¿Pero qué
importaba? Si no allí, en otro sitio desconocido, pero real, en
Cagliari, en Roma ó en otra parte, _ella_ vivía y llevaba, ó había
llevado, una vida semejante á la de las mujeres que los vecinos de la
calle de San Lucífero querían echar de su barrio.
--¿Por qué me habrá escrito Margarita?--pensaba con angustia.--¿Y por
qué le habré contestado? _Aquella mujer_ nos separará siempre. ¿Por qué
he soñado? Mañana escribiré á Margarita y se lo contaré todo.
--¿Pero qué puedo decirle?--pensó después, dando vueltas y más vueltas
en la cama.--¿Y si aquella _mujer_ ha muerto? ¿Por qué renunciar á la
felicidad? ¿Acaso no debe saber Margarita que soy hijo del pecado? Si
se avergonzara de mí, no me habría escrito. Sí; pero seguramente cree
que mi madre ha muerto, ó que para mí es como si no existiera; mientras
que yo _siento_ que vive, y no renuncio á mi deber, que consiste en
buscarla, encontrarla y sacarla del vicio... ¿Y si se ha enmendado? No,
no, no se ha enmendado. ¡Ah, es horrible! ¡Yo la odio, la odio!... La
mataré...
Crueles visiones pasaban por su mente. Veía á su madre peleando con
otras mujeres, con hombres sucios y groseros, oía gritos terribles y
temblaba de odio y repugnancia.
Hacia media noche tuvo una crisis de lágrimas; sofocó los sollozos
mordiendo las almohadas, encogiendo los brazos y clavándose las uñas
en el pecho. Durante aquella crisis, arrancó el amuleto que Olí le
había colgado del cuello el día de la fuga de Fonni, y lo lanzó contra
la pared. ¡Del mismo modo hubiera querido arrancar y echar lejos de
sí el recuerdo de su madre! De pronto se asombró de haber llorado.
Se levantó y buscó el amuleto, pero no se lo volvió á colgar del
cuello. Después se preguntó si habría sufrido igualmente pensando en
su madre, en el caso de no amar á Margarita. Se contestó que sí. De
vez en cuando se hacía una especie de vacío en su mente. Cansado de
atormentarse, su pensamiento vagaba persiguiendo visiones extrañas al
cruel problema que le preocupaba. Oía el rugido del viento y la voz
del mar, que parecía el mugido de innumerables toros embistiendo en
vano contra la escollera; y por contraste pensaba en un bosque agitado
por el viento y plateado por la luna; y recordaba los bosques del
Orthobene donde tantas veces, mientras cogía violetas, el rumor del
viento en las encinas le había producido la ilusión del mar. Pero de
pronto el problema cruel le asaltaba con renovada angustia... ¿Y si se
hubiese enmendado? ¡Es igual; es igual! Yo debo buscarla, encontrarla
y socorrerla. Ella me abandonó por mi bien, porque de otro modo, nunca
habría tenido un nombre ni un puesto en la sociedad. Siguiendo á su
lado hubiera llegado á mendigar; tal vez hubiese vivido deshonrado;
tal vez habría llegado á ser un ladrón, un criminal... ¿Y ser como soy
no es lo mismo? ¿No estoy igualmente deshonrado?... ¡No, no! ¡No es
lo mismo! ¡Ahora soy hijo de mis obras! Pero Margarita no querrá ser
mía, porque... ¿Pero por qué no? ¿Por qué? ¿Por qué no querrá ser mía?
¿No soy un hombre honrado? ¿Qué culpa tengo yo de lo que me pasa? Ella
me quiere; sí, ella me quiere, precisamente porque soy hijo de mis
obras. ¡Además, tal vez _aquella mujer_ ha muerto! ¡Ah! ¿Á qué hacerme
ilusiones? No ha muerto, lo presiento; vive y aún es joven. ¿Cuántos
años tendrá ahora? Unos treinta y tres... ¡Ay, es joven, es joven!
La idea de que era joven le enternecía algo.
--Si tuviera cincuenta años no podría perdonarla. ¿Pero por qué me
abandonó? Si me hubiese conservado á su lado no habría vuelto á caer en
el mal. Yo habría trabajado, y ahora sería labrador, pastor, obrero...
No conocería á Margarita, no sería desgraciado...
Aquel pensamiento le disgustaba. No amaba el trabajo ni la gente pobre.
Había soportado el miserable ambiente en donde transcurrió hasta
entonces su vida, porque confiaba firmemente en librarse de ella.
--¡Dios mío! ¡Que haya muerto! ¡Dios mío!...
--¿Por qué hago esta estúpida plegaria?--se preguntó furioso.--No, no
ha muerto. ¿Y por qué debo buscarla? ¿Acaso ella no me abandonó? Soy
un loco, y Margarita se reiría si supiera que yo sostengo tan estúpida
lucha. ¿Soy el primer hijo del pecado que se eleva y consigue el
aprecio de los demás? Pero _ella_ es mi mala sombra. Yo debo buscarla y
llevarla á vivir conmigo, y en este caso una mujer honrada nunca querrá
vivir con _nosotros_; _ella_ y yo seremos una misma persona. Mañana
debo escribir á Margarita. Sí, mañana. ¿Y si ella, á pesar de todo,
siguiese queriéndome?
Creyó desmayarse de gusto á este solo pensamiento; pero comprendió en
seguida todo lo absurdo que era y recayó en la desesperación.
Ni al día siguiente, ni nunca, pudo escribir á Margarita el secreto
propósito que le perseguía, elevándole, arrastrándole por el suelo,
como hoja juguete del viento.
--Se lo diré de palabra,--pensaba; pero comprendía que no tendría
valor para ello, y se enfadaba contra su cobardía, y al propio tiempo
se alegraba secretamente, sin atreverse á confesarlo, de que aquella
cobardía le impidiese siempre realizar lo que llamaba su _misión_.
Sin embargo, á veces le parecía tan heroica aquella misión, que la
idea de renunciar conscientemente á ella le apenaba.--¡Mi vida sería
inútil como lo es para la mayoría de los hombres, si renunciara
á mi _misión_!--pensaba. Y en aquellos momentos de romanticismo
experimentaba cierto placer, al sentir la lucha entre su deber terrible
y su amor aumentado morbosamente por la misma lucha.
Desde la noche del escándalo no volvió á asomarse al balcón. La vista
de las casitas,--de las cuales ni hasta recurriendo á la policía se
conseguía echar á las infelices inquilinas,--le molestaba en extremo.
Sin embargo, saliendo y entrando de su casa veía con frecuencia á las
dos mujeres en el balcón, entre claveles y trapos colgados, ó sentadas
en el portal.
Una especialmente,--la del _Cabo de Sopra_,--alta y esbelta, con los
cabellos muy negros y los ojos de un azul obscuro, atraía su atención.
Se llamaba Marta Rosa: estaba casi siempre borracha. Unos días vestía
miserablemente, y rodaba por las calles desgreñada, descalza ó con
unos zapatos viejos, y otros se ponía sombrero, un vestido elegante y
un abrigo de terciopelo color de violeta, adornado con plumas blancas.
Á veces estaba sentada en el balcón, fingiendo coser, y cantando, con
voz aguda y afinada, bonitas canciones de su país, interrumpiéndose
para decir insolencias á la gente que la molestaba con sus bromas, ó á
las vecinas con las que disputaba continuamente porque seducía á sus
maridos ó á sus hijos. Cuando cantaba, su voz llegaba hasta el cuarto
de Anania, quien sufría oyéndola.
Cantaba á menudo esta canción:
El soldado en la guerra,
Dicen que se ha olvidado,
Que no se acuerda de Dios.
Se reduce el cuerpo mío.
Después de estar sepultado.
Á siete onzas de tierra[31]
--¿Por qué no piensa en lo que canta?--se preguntaba Anania.--¿Por qué
no piensa en la muerte, en Dios, y se enmienda? Pero, por otra parle,
¿qué podría hacer ella sola? Nadie le daría trabajo; la sociedad no
cree en el arrepentimiento de esas mujeres. Pero podría matarse; es la
única solución.
Marta Rosa le daba rabia y lástima al mismo tiempo, y aunque sabía
de qué país era, y hasta de qué familia, á veces volvía con sus
locas hipótesis de que pudiera ser su madre. Sí, por lo menos deben
parecerse... ¡Ah, qué triste y terrible obsesión!
Una noche, Marta Rosa y su compañera--una rubiecita picada de
viruelas--pararon al estudiante en medio de la calle, invitándole á
seguirlas. Él dió un empujón á la rubia y escapó, estremecido de asco y
horror. ¡Dios mío! ¡Dios mío! Le parecía que era _ella_ quien le había
parado...
Desde aquella noche, cuando le veían las dos mujeres, se reían de él, y
le insultaban. Despechado, firmó un segundo y un tercer recurso de los
vecinos, pero después se arrepintió.
Entretanto pasaba el tiempo. Al caluroso otoño siguió un invierno
templadísimo; excepto los días de viento furioso que envolvía á la
ciudad en nubes de polvo, parecía estar en primavera.
Anania estudiaba con afán y escribía largas cartas á Margarita.
Su amor era completamente igual á infinitos amores entre estudiantes
pobres y señoritas ricas; pero Anania creía que en el mundo nadie amaba
como se amaban ellos, y que nadie había amado con la vehemencia de
su amor. Á pesar de la duda de que Margarita pudiese abandonarle si
llegaba á encontrar á su madre, era feliz; la sola idea de ver á su
novia le ponía frenético de alegría.
Contaba los días y las horas. En todo el porvenir, misterioso y oculto,
sólo descubría un punto luminoso: volver á ver á Margarita en las
vacaciones de Pascua.
Á medida que pasaba el tiempo, aumentaba su afán. Sólo recordaba la
cara colorada y los ojos de Margarita; todos los demás desaparecían
ante la imagen querida.
En Cagliari, durante el primer año de Liceo, no tuvo amigos ni
conocidos. Cuando no estudiaba ni paseaba á solas por la orilla del
mar, soñaba desde su balcón, desde donde descubría el rutilante cuadro
de las olas y del cielo, sobre cuyo fondo metálico parecían grabados
los vapores y los barcos de vela.
Un día, á la puesta del sol, marchó hacia el Monte Urpino, más allá de
unos campos en donde los almendros florecían en enero, y su exploración
dió resultados maravillosos. Descubrió, en efecto, un pinar lleno de
senderos desiertos, abandonados, cubiertos de alfombras de musgo, sobre
las cuales el sol poniente, á través de los rosados pinos, dejaba
caer reflejos delicados. Á la izquierda se entreveían verdes prados,
almendros en flor, arboledas enrojecidas por el ocaso. Á la derecha
bosquecillos de pinos y valles, en sombra, cubiertos de lirios.
El estudiante empezó á correr por todas partes lleno de alegría;
no sabia dónde pararse, tan deliciosos eran todos los sitios y tan
fascinantes las lejanías. Cogió un manojo de lirios murmurando el
nombre de Margarita. Subió á una alturita llena de verdes gamones,
desde donde se gozaba la triple visión de la ciudad, roja por el ocaso,
de los azulados pantanos y del mar que parecía un inmenso crisol de
oro fundido. El cielo ardía; la tierra exhalaba delicadas fragancias.
Un grupo de nubes azules, perdidas en el horizonte, con perfiles de
camellos y guerreros, daban la idea de una caravana desapareciendo
hacia los esplendores del África vecina.
Anania sintióse tan feliz, que agitó su pañuelo y se puso á gritar
saludando á un ser invisible,--al alma del mar, al resplandor del
cielo, al espíritu de lejanías inefables: ¡á Margarita!
Desde entonces los pinares de Monte Urpino fueron el reino de sus
sueños. Poco á poco llegó á considerarse casi dueño de aquel lugar, de
tal manera, que le molestaba encontrarse con algún paseante por los
solitarios senderos. Á menudo permanecía en el pinar hasta la caída de
la tarde, presenciando desde allí los rojos ocasos reflejados por el
mar, ó sentado entre los lirios contemplaba el salir de la luna, grande
y amarilla, por entre los inmóviles pinos. Un día, sentado sobre el
césped de una ladera, más allá de un pequeño barranco, oyó el tintineo
de un rebaño, y le asaltó un ímpetu de nostalgia como nunca había
sentido.
Ante él, más allá del barranco, el sendero perdíase misteriosamente á
lo lejos. Los rosados pinos esfumábanse sobre un cielo puro, el musgo
tenía reflejos de terciopelo. Venus brillaba en el rojo horizonte, sola
y risueña, asomándose antes que las demás estrellas para gozar, sin
estorbos, de la dulzura del crepúsculo.
¿En qué pensaba la solitaria estrella? ¿Tenia el amante ausente?
Anania se atrevió á compararse con el astro radiante, tan solo en el
cielo como él en la tierra. Tal vez en aquellos momentos Margarita
contemplaba la estrella de la tarde. ¿Qué debía hacer la tía Tatana? El
fuego ardía en el hogar y la buena viejecita preparaba melancólicamente
la cena, pensando en su querido hijito ausente. Y en cambio él, casi
nunca pensaba en ella; era un ingrato y un egoísta. ¿Pero qué culpa
tenía? Si en el puesto de la tía Tatana hubiese habido otra mujer, su
pensamiento hubiera volado constantemente de aquel hogar á una ventana
de las cercanías... Y en cambio _aquella mujer_... ¿Dónde estaría? ¿Qué
debía hacer en aquel momento? ¿Descubrirían sus ojos la estrella de la
tarde? ¿Había muerto? ¿Vivía? ¿Era rica ó pobre? ¿Y si estuviera ciega?
¿Ó en la cárcel? Tal vez esta última hipótesis era originada por el
tintineo del lejano rebaño que vigilaba,--según sabía Anania,--un preso
de la penitenciaría de San Bartolomé, un antiguo pastor que aún debía
purgar un año de prisión. ¡Basta ya! Para apartar los pensamientos
melancólicos, el estudiante se levantó, bajó y subió corriendo el
barranco, y se internó por el sendero, pensando que se acercaba la
Pascua.
* * * * *
Por fin llegó el día del regreso. Anania partió, lleno de una felicidad
casi angustiosa; tenía miedo de morir durante el viaje, de no llegar á
ver las queridas montañas, la calle tan conocida, el dulce horizonte,
la cara de Margarita...
--Pero si me muriera ahora,--pensaba con la frente apoyada en la
mano,--si me muriera ahora, ella no podría olvidarme jamás...
Afortunadamente llegó sano y salvo. Volvió á ver sus queridas montañas,
los salvajes valles, el dulce horizonte, la cara amoratada de Nanna que
fué á esperarle á la estación.
Hacía más de una hora que le esperaba. Apenas vió la cara de Anania,
abrió los brazos y empezó á llorar.
--¡Hijito mío! ¡Hijito mío!
--¿Qué tal? ¿Cómo está? ¡Tome!--gritó Anania, echándole entre los
brazos la maleta, un paquete y un cesto, para librarse del no deseado
abrazo.
--¡Vaya, vaya!--dijo después.--Vaya delante, por allá, yo me marcho por
aquí. ¡Vaya!
Y echando casi á correr desapareció dejando estupefacta á Nanna.
¡Ya! ¡Por fin solo! Debía pasar por la calle tan conocida; _ella_ le
esperará en la ventana y no tienen necesidad de testigos para verse.
¡Qué pequeñas son las casas de Nuoro, y las calles cuán estrechas
y desiertas! ¡Mejor! ¡Casi hace frío en Nuoro! Ya ha llegado la
primavera, pero pálida y delicada como una niña convaleciente. ¡Ea, ya
viene gente!; y entre ella Francisco Carchide, que, reconociendo al
estudiante, empieza á hacer demostraciones de alegría. ¡Mecachis!
--¡Hola! ¿Cómo estás? ¡Bien llegado, hombre, bien llegado! ¡Chico,
cuánto has crecido! ¡Pues no vienes poco elegante!
Carchide no acaba de contemplar los zapatos de color que lleva Anania,
quien se muere de impaciencia.
Por fin se ve libre. ¡De prisa, de prisa! El corazón le palpita
de cada vez más fuerte. Una mujer se asoma á la puerta, mirando
curiosamente, pero Anania pasa corriendo y desde lejos oye que dicen:
«¡Es él! ¡Vaya, vaya si es él!». Sí, es él. ¿Y qué os importa? ¡Ah!
¡Ya! ¡Por fin! Ésta es la calle que conduce á la otra, á la conocida,
á la querida calle. ¡Por fin! ¿Pero no está soñando? Oye pasos y se
exaspera; por fortuna son unos chiquillos que juegan, tropiezan con él
y huyen corriendo. ¿Y en su calle habrá alguien? Bien quisiera correr
como aquellos chiquillos, pero no puede, no debe. Por el contrario,
toma un aspecto formal, grave, se arregla la corbata, sacude con las
puntas de los dedos las solapas del abrigo. Sí; lleva un abrigo largo,
claro, elegante, que _ella_ aún no ha visto. ¿Le conocerá en seguida
con aquel abrigo? Tal vez no. ¡Por fin! ¡Por fin ahí está la calle!
Allí el portón rojo. Allí está la casa blanca con las persianas verdes.
Pero ella no está asomada! ¿Por qué? ¿Por qué no está asomada, Dios mío?
Anania se para, palpitante. Afortunadamente la calle está desierta.
Solamente una gallina negra pasea tranquilamente, alzando mucho la pata
antes de apoyarla en tierra y entreteniéndose en picotear la pared.
Qué gusto saca con ello no se sabe. Tal vez quiere cazar hormigas, tal
vez quiere probar la resistencia del muro... ¡Ea, es preciso seguir
andando, á menos de exponerse á que le vean algunos ojos curiosos!
Y empieza á andar, lentamente, como la gallina; y aun cuando no hay
nadie en la ventana, no cesa de mirarla fijamente un solo instante y se
conmueve y siente que el corazón le da saltos en el pecho.
De pronto cree desmayarse. Margarita se ha asomado, pálida por la
emoción, y le mira con ojos apasionados. Él también se pone pálido y
no piensa en saludarla, ni en sonreírse; no piensa en nada, y durante
largo rato no ve más que aquellos ojos apasionados de los cuales se
desprende una inefable voluptuosidad.
Anduvo automáticamente, volviéndose á cada paso, perseguido por
aquellos ojos embriagadores. Y sólo cuando Nanna, con la maleta sobre
la cabeza, el paquete bajo el brazo y el cesto en una mano, apareció
jadeante en el fondo de la calle, salió de su asombro y apretó el paso.