VII

Avanzaba el otoño.

Eran los últimos días que Anania pasaba en su casa, y un cúmulo de

sentimientos le pesaba sobre el alma; sentía cada vez más intenso

el alegre impulso del pájaro que va á emprender el vuelo, pero una

secreta tristeza nublaba su alegría, le atormentaba un vago temor de lo

desconocido. Mientras se preguntaba cómo era el mundo hacia el cual se

lanzaba con el pensamiento, debía decir adiós lentamente, día por día,

al mundo humilde y triste en donde había pasado su incolora infancia,

sólo obscurecida por el lejano dolor del abandono de su madre, sólo

iluminada por el fantástico amor á Margarita. La estación, lánguida

y dulce, contribuía á ponerle más sentimental. El otoño velaba el

cielo de infinita dulzura, el horizonte desvanecíase tras las montañas

produciendo el efecto de un velo lácteo que medio ocultase, dejándolo

adivinar, un mundo de ensueños inefables.

En los verdi-rojizos crepúsculos, aclarados por rosadas nubes que

serpenteaban, desvanecíanse y volvían á aparecer sobre el cielo glauco,

Anania sentía los chasquidos y el olor de hierba seca quemada por los

labradores, y le parecía que algo de su alma se desvanecía con el humo

de aquellas melancólicas hogueras.

¡Adiós, adiós, huertos que miráis al valle; adiós ruido lejano del

torrente precursor del invierno; adiós canto del cuclillo anunciador

de la primavera; adiós, gris y salvaje Orthobene, con tus encinas

proyectadas sobre las nubes, como cabellos rebeldes de un gigante

dormido; adiós, montañas lejanas, rosadas y azules; adiós, hogar

tranquilo y hospitalario, cuartito perfumado de miel, de frutas y

de ensueños! ¡Adiós, humildes criaturas inconscientes de la propia

desdicha, viejo tío Pera vicioso, Efes y Nanna desventurados, Rebeca

infeliz, maestro Pane extravagante, locos, mendigos, delincuentes,

muchachas hermosas é ignorantes, chiquillos consagrados al dolor, gente

infeliz ó despreciable á las cuales Anania no tiene cariño alguno, pero

las siente unidas á su vida como el musgo á la roca, y que abandona con

alegría y pena!

¡Adiós, dulzura y luz sobre tantos dolores obscuros, arco iris rodeando

cual marco de perlas el agrietado cuadro de una miseria antigua y

eterna! ¡Adiós, Margarita!

Se acercaba el día de la marcha. Tía Tatana preparaba una infinidad de

cosas, y tenía presentes en la memoria muchas más; camisas, calcetines,

dulces, frutas, hogazas brillantes como el marfil, piezas de queso,

un pollo y doce huevos conservados en sal, vino, miel, y uvas pasas,

llenaban alforjas, cestas y cajones.

--¡Diablo!--observaba Anania,--¡parece que debe partir todo un ejército!

--¡Cállate, hijo mío! Cuando estés allá ya verás cómo nada te sobra.

Allá nadie se ocupará de ti, pobrecito mío; ¿cómo te arreglarás?

--No se preocupe, ya me arreglaré.

El almazarero y su mujer tenían largos coloquios secretos, y Anania

adivinaba el motivo; una tarde les vió salir juntos y estuvo ansioso

esperando su regreso.

Tía Tatana volvió sola.

--Anania,--dijo,--¿dónde has decidido marchar? ¿Á Cagliari ó á Sassari?

Hasta entonces había acariciado el sueño de pasar el mar; pero aquellas

palabras le hicieron comprender que alguien había acordado no dejarle

ir, por aquella vez, más allá de la costa sarda.

--¿Ha ido usted á casa del señor Carboni?--preguntó con cruel

amargura.--No lo niegue. ¿Va usted á tener secretos conmigo? Lo sé

todo. ¿Por qué no me deja marchar al continente? ¡Se lo restituiré todo!

--¡Bah! ¡bah! ¡bah!--exclamó tía Tatana, mortificada y adolorida por el

ímpetu de fiereza del estudiante.--¡Santa Catalina de mi vida! ¿Pero

qué cosas te figuras?

Anania suspiró, inclinó el rostro hacia un libro sin ver una sola

letra. La buena mujer se le acercó y apoyó una mano sobre su espalda.

--¿Qué contestas, hijo mío, Cagliari ó Sassari? ¿No has estado diciendo

siempre, hasta esta mañana misma, que querías ir á uno de estos dos

puntos? ¿Por qué quieres ahora marchar más allá? ¡Jesús mío! El mar es

una mala cosa. Dicen que se padece mucho y hasta pueden morirse. ¿Y si

hay tormenta? ¿No piensas en las tormentas?

--No sabe usted ni una palabra...--dijo Anania, enfadado, con la

vista fija en el libro y volviendo las páginas como si leyera

vertiginosamente.

--¡Lo dices tú!--prosiguió tía Tatana.--¡Son caprichos tuyos! ¿No se

estudia lo mismo en Cerdeña que en el continente? ¿Por qué quieres ir

allá...?

¡Ay! ¿Por qué quería ir allá? ¿Qué sabían ellos? ¿Era sólo para

estudiar que quería atravesar el mar? ¿Acaso, desde el primer

día--aquel día del dulce otoño--en que Bustianeddu le había acompañado

á la escuela, no había pensado en algo, que no era el estudio?

Las razones de tía Tatana calmaron algo su impaciencia.

--Mira, aún eres un chiquillo; ¿á los diez y siete años ya quieres

correr por el mundo? ¿Quieres morir en el mar, solo, lejos de todos

nosotros ó extraviarte en una ciudad que tú mismo dices que es más

grande que un bosque? Ahora te vas á Cagliari; el señor Carboni te

dará muchas cartas de recomendación; conoce á todo Cagliari; hasta

conoce un marqués. Ten paciencia. ¡Santa Catalina mía! Ya irás, ya irás

allá, cuando seas mayor. Tú eres como un lebrato apenas destetado, que

primero deja la madriguera para dar una pequeña vuelta hasta el muro de

la _tanca_; después vuelve, crece, se atreve á ir un poco más lejos, de

cada vez un poco más lejos, mira por donde puede ir y examina el camino

que debe recorrer. Ten paciencia. Piensa que estaremos muy cerca, que

podrás venir con más facilidad si hace falta. En las vacaciones de

Navidad podrás venir...

--¡Bueno, iré á Cagliari!--dijo Anania, ya calmado.

Al día siguiente empezó sus visitas de despedida. Al director del

Gimnasio, á un canónigo amigo de tía Tatana, al médico, al diputado,

y por último al sastre, al cafetero y al zapatero Francisco Carchide,

aquel joven guapo que tiempos atrás frecuentaba la almazara. Carchide

había hecho fortuna, no se sabía cómo ni cuándo; era dueño de una

hermosa tienda; tenía cinco ó seis oficiales, vestía casi de señor,

hablaba con afectación, ¡y se permitía bromear con las señoritas á

quienes calzaba!

--Adiós--dijo Anania, entrando en la tienda;--pasado mañana salgo para

Cagliari. ¿Quieres algo de por allá?

--¡Sí,--dijo uno de los oficiales, alzando su rostro risueño,--que

le mandes un anillo de diamantes porque debe casarse con la hija del

Alcalde!

--¿Y por qué no?--exclamó orgullosamente Carchide.--Siéntate, hombre.

Pero Anania, molestado por la broma, que le parecía un insulto á

Margarita, no quiso sentarse, y se despidió en seguida.

Al salir encontró en el portal al joven que la voz pública señalaba

como hijo del señor Carboni; un muchacho muy alto para su edad, algo

encorvado, pálido, de quijadas salientes y ojos azules, tristes,

ojerosos, muy parecidos á los de Margarita.

--Adiós, Antonino,--dijo el estudiante, mientras el otro le miraba

fijamente, con un relámpago de odio en su melancólica mirada.

Al volver á casa, Anania informó de todo á tía Tatana, quien, sentada

ante un hornillo, preparaba un dulce de corteza de naranja, almendras

y miel[28] que tenía que llevar de regalo á un personaje importante de

Cagliari.

--Oiga,--decía Anania,--el canónigo me ha regalado un escudo y el

médico dos liras. Yo no las quería...

--¡Ay muchacho, muchacho! Es costumbre regalar dinero á los estudiantes

cuando marchan por primera vez,--observó, removiendo y mezclando

cuidadosamente, con dos tenedores, las delgadas tiras de corteza de

naranja dentro del reluciente caldero de cobre.

Un fuerte olor de miel hirviente perfumaba la plácida cocina; por todas

partes asomaban los cestos amarillos preparados con provisiones para el

estudiante.

Anania sentóse junto á tía Tatana, puso el gato sobre sus rodillas y

empezó á acariciarle.

--¿Dónde estaré de hoy en ocho?--preguntaba pensativo.--¡Estáte quieto,

abajo la cola! El canónigo me ha echado un largo sermón.

--Te aconsejaría que confesaras y comulgaras antes de partir.

--Esto se hacía hace veinte años, cuando se iba á caballo á Cagliari,

empleando tres días en el viaje... Ahora ya no se hace,--contestó

maliciosamente.

--¡Ay hijito, qué malo eres! ¡Tú ya no crees en Dios! ¿Entonces, qué

será de ti en Cagliari, Santa Catalina mía? Espero que por lo menos

irás á visitar la Sea (catedral) donde, según dicen, hay tantos santos

que hacen milagros. En Cagliari la gente es muy religiosa; ¿tú no

hablarás mal de la religión, verdad que no?

--¡Me río yo de la gente de Cagliari!--protestó Anania.--Cada uno cree

lo que le parece y quiere; en el fondo del corazón adoro á Dios mucho

más que todos los hipócritas...

Estas palabras consolaron algo á la buena mujer, quien le contó el

episodio bíblico de Elías. Después le preguntó:

--¿Qué visitas has hecho?

Mientras él empezó á contar, el gatito se le subió sobre los hombros

y le lamía las orejas, produciéndole unas extrañas cosquillas que le

hacían, sin saber por qué, pensar en Margarita.

Cuando contaba la estúpida broma de Carchide, entró Nanna, á quien

tía Tatana había mandado á comprar confites chiquititos para adornar

el dulce. Apestaba á vino, llevaba la falda rota, enseñando por sus

agujeros las piernas leñosas y violáceas, y estaba más repugnante que

de costumbre.

--Toma,--dijo, sacando del pecho el paquetito de los confites,

quedándose para escuchar á Anania.

--¿Has oído?--exclamó ingenuamente tía Tatana.--Aquel asqueroso de

Francisco Carchide quiere casarse con Margarita Carboni.

--¡No es eso!--dijo Anania enfadado.--¡No entiende usted las cosas!

--Sí,--dijo Nanna,--ya lo sé; está loco. Ha pedido la mano de la hija

del médico: ¡quería una ú otra! Lo han echado á la calle á escobazos.

Y ahora quiere á Margarita, porque ha ido á tomarle medida para unos

zapatitos y le ha estrechado el pie...

--¡Debía haberle dado un puntapié!--gritó Anania levantándose de un

salto, con el gatito agarrado al cuello.--¡Un puntapié en las narices!

Nanna le miró; sus ojillos brillaban de un modo extraño.

--Eso es lo que yo decía,--dijo, abriendo el paquetito con sus manos

temblorosas.--También hay un militar, un oficial ó un general, que

quiere casarse con Margarita. Pero yo digo: no, ella es una rosa y

debe casarse con un clavel... Toma uno,--añadió acercándose á Anania y

alargándole los confites; pero él dió un paso hacia atrás, mientras el

gatito trataba de meter sus patitas en el paquete.

--¡Apesta usted como un tonel! ¡Fuera de ahí!

Nanna tropezó; algunos confites cayeron y rodaron por el suelo.

--¡Clavelito mío!--dijo cariñosamente, á pesar de las palabras duras de

Anania.--¡Tú eres el clavel de Margarita! ¿De modo que te marchas? Ve,

estudia y vuelve hecho un señor doctor.

Anania se inclinó hacia el suelo para recoger los confites; después se

echó á reir y dijo todo contento:

--Así me cogerán las muchachas, ¿verdad?

Y se puso á bailar con el gatito entre los brazos. Pero de pronto se

puso sombrío.

¿Quién sería el militar que quería casarse con Margarita? ¿Tal vez

aquel capitán que en el teatro le había dicho con desprecio: «¡Á ver si

se calla!»? De pronto pasó por su mente una visión horrible: Margarita

esposa de un hombre joven y rico. ¡Margarita perdida para siempre!

Colocó el gatito en el suelo, huyó á encerrarse en su cuarto y se asomó

á la ventana. Parecíale que se ahogaba. No había tenido celos jamás, ni

nunca había pensado que Margarita pudiese casarse tan pronto.

--No, no,--pensaba, estrechando y sacudiendo su cabeza entre las

manos;--no debe casarse. Es necesario que espere, hasta que... ¿Por qué

debe esperar? Yo no podré casarme nunca con ella. Soy un bastardo, soy

el hijo de una mujer perdida. Yo no tengo más misión que buscar á mi

madre y sacarla del abismo en que se encuentra... Margarita no puede

descender hasta mí; pero hasta que no haya terminado mi misión tengo

necesidad de ella, como de un faro. _Después_ podré morir contento.

Pero no pensaba que su _misión_ podía prolongarse indefinidamente y sin

éxito, y le parecía monstruosa la idea que renunciando á su _misión_

hubiese podido esperar en el amor de Margarita.

El pensamiento de encontrar á su madre crecía y se desarrollaba en él,

palpitaba con su corazón, vibraba con sus nervios, se infiltraba en su

sangre, sólo podía arrancarlo la muerte; y precisamente pensaba en la

muerte de su madre, al desear que aquel encuentro no tuviese lugar;

pero esta solución, mejor dicho, el deseo de esta solución, le parecía

una gran vileza.

Más tarde se preguntaba si había sido su naturaleza sentimental quien

había creado el pensamiento de su _misión_, ó si este pensamiento

había formado su naturaleza sentimental; pero la víspera de su marcha

aceptaba sus sensaciones y sentimientos sin analizarlos; y aceptándolos

de este modo, como si fuera un chiquillo, arraigaban con más fuerza

en su alma y en su cuerpo, de tal modo, que ninguna lógica y ningún

razonamiento hubiesen podido arrancárselos después.

Pasó una noche febril. ¡Cuán lejos aquel tiempo en que se contentaba

con ver á Margarita por los pequeños senderos del huerto, casi sin

fijarse en el color de sus cabellos y en las formas de su cuerpo!

Entonces soñaba cosas fantásticas, raptos, encuentros, fugas á lugares

misteriosos, hasta á las blancas llanuras de la luna; pero si le

hubiesen dado la noticia de su casamiento no habría sufrido. Una vez

proyectó convencerla de que debía seguirle á lo alto de una montaña;

allí tomarían un veneno que no deformase los cadáveres; se acostarían

sobre una roca, sobre una alfombra de hiedra y flores, y morirían

juntos; y durante aquel sueño no se había presentado ni siquiera el

deseo de un beso, de un apretón de manos.

Después vino el sueño idílico de la fuente de Fonni, el beso, el

abandono de Margarita; y más tarde la noche del teatro, durante la cual

la proximidad de sus cabellos, de sus ojos, de su cuerpo, le habían

producido embriagueces sutiles.

Y ahora sufría al pensar que podía ser de otro; y en su sueño febril,

se afanaba por escribirle una carta desesperada, que no lograba

terminar nunca, cuando recordó haber compuesto, en dialecto, un soneto

para ella y pensó en mandárselo.

Despertó, se levantó y abrió la ventana. El alba se acercaba. En el

cielo límpido, una estrella, grande, rojiza, tramontaba tras una punta

negra del Orthobene, cual lucecita que se apaga sobre un candelabro de

piedra. Cantaban los gallos, contestándose en una contienda de roncos

gritos, y parecían enfadados unos contra otros por lo que cantaban, y

todos juntos contra la luz que no acababa de llegar. Anania miraba el

cielo bostezando; de pronto un calofrío le sacudió de pies á cabeza.

¿Qué le pasaba? Algo quería escapársele del alma, y quedar bajo aquel

cielo, ante aquellas montañas salvajes cuyas crestas servían de

candelabros á las estrellas. Cual caminante, que agobiado por una carga

demasiado pesada, quiere dejar parte de ella para proseguir su camino,

él sentía necesidad de confiar parte de su secreto á Margarita. Cerró

la ventana y sentóse ante la mesita, temblando y bostezando.

--¡Qué frío!--dijo en voz alta.

El soneto estaba ya copiado, con su mejor letra, en una hoja de papel

color de rosa con fajas transversales violadas: llevaba un título

elocuente: «Margarita» y desarrollaba una especie de apólogo no menos

elocuente.

«Una hermosísima margarita crecía en un verde prado. Todas las demás

flores la admiraban, y más que ninguna un ranúnculo pálido y humilde,

crecido á su lado y que moría de amores por su bella vecina. En un

espléndido día de primavera, una chiquilla hermosísima se paseaba por

el prado; de pronto arranca la margarita, la besa, la coloca sobre

su mórbido seno, y sin fijarse, sin darse cuenta, aplasta al pobre

ranúnculo que, viéndose sin su vecina adorada, recibe gustoso la

muerte».

Al releer los versos el poeta sintió un triste despecho, al ver en

lugar de la simbólica chiquilla un capitán de carabineros de largos

bigotazos; dobló el papel, lo metió en un sobre, pero estuvo largo rato

indeciso pensando si debía cerrarlo ó no. ¿Qué se figuraría Margarita?

¿Recibiría ella misma el soneto? Sí, porque siempre que el cartero

llamaba al portón con tres golpes terribles, que parecían dados por

la férrea mano del destino, Margarita corría á recibir el correo. El

cartero pasaba al medio día y á la noche; era preciso buscar una hora

en que ella estuviese en casa. Al medio día con toda seguridad estaba;

entonces era preciso echar la poética carta en seguida.

Una agitación febril se apoderó de Anania; fuera de la determinación

tomada, no veía ni entendía nada. Cerró la carta, salió y echó á

andar como un sonámbulo por las callejas oscuras y desiertas. ¿Qué

hora era? No lo sabía. Tras los muros de los patios, en los rústicos

sotechados de las campesinas casas los gallos continuaban sus cantos

despechosos; el aire húmedo olía á rastrojo; una pobre hornera de pan

de cebada que iba ó volvía de cumplir su fatigoso oficio, atravesó una

callejuela; las pisadas de dos carabineros, altos y negros, resonaron

siniestramente en el empedrado del Corso; después nadie.

Anania iba pegado á la pared, por miedo de ser conocido á pesar de

la oscuridad, y apenas hubo echado la carta apretó á correr. Volvió

á ver los carabineros en el fondo de una calle, dió la vuelta y se

encontró, casi sin advertirlo, en su prehistórico barrio. Pero no entró

en su casa; se ahogaba, tenía necesidad de aire, de espacio, y echó á

correr, con el sombrero en la mano, hacia la carretera; al llegar á

ella no sintió alivio alguno; el horizonte estaba cerrado, el valle

oscuro. Salió de la carretera monte arriba, y sólo cuando se encontró

al pie del Orthobene respiró á sus anchas, abriendo las narices como un

potrillo que ha escapado de un lazo. Tenía deseos de gritar de gusto

y alegría. Clareaba; tenues velos azulados cubrían los grandes valles

llenos de humedad, las últimas estrellas se apagaban. Sin saber por qué

Anania repetía unos versos:

Caras estrellas de la Osa, yo no creía...

y procuraba apartar de su pensamiento lo que acababa de hacer, al

propio tiempo que se sentía feliz por ello, feliz hasta el delirio.

Empezó la subida del Orthobene, arrancando hojas, lanzando piedras

y riendo; parecía loco. El césped perfumaba el aire; tras el enorme

acantilado cerúleo del monte Albo se teñía el cielo de un color rosa

violáceo. Anania se paró sobre una roca, contemplando la intensa mancha

azulada de las lejanas montañas heridas por el delicado reflejo de la

aurora, y de pronto se quedó pensativo.

¡Adiós! Mañana estaría más allá de aquellas montañas, y Margarita

pensaría en vano en quién podría ser el desconocido ranúnculo que tanto

la amaba.

Un paro-carbonero cantó en su nido hecho en el corazón de una encina,

poniendo en su nota temblorosa la impresión de soledad del lugar y de

la hora; el muchacho sintió repercutir aquella nota en su interior,

y recordó el canto de otro pajarito entre el húmedo follaje de un

castaño, en una lejana mañana de otoño, allá, allá arriba, en una de

aquellas montañas del horizonte, tal vez en aquella mancha de allá

enfrente rosada por la aurora; y junto á una mujer melancólica, vió

á un niño que bajaba el monte alegremente, ignorante de su triste

porvenir.

--¡También ahora,--pensó entristeciéndose,--también ahora marcho

alegremente, sin saber lo que me espera!

* * * * *

Volvió á su casa pálido y triste.

--¿Dónde has estado, _galanu meu_? ¿Por qué has salido antes del

alba?--preguntó tía Tatana.

--¿Está el café?--dijo ásperamente.

--Toma el café. ¿Pero qué tienes, corazoncito mío? Estás pálido;

tranquilízate, cálmate antes de ir á casa del padrino. ¿Cómo? ¿Dices

que no? ¿No irás esta mañana á ver al padrino? ¿Qué miras? ¿Hay alguna

hormiga en el café?

Miraba fijamente la tacita roja fileteada de oro que servía para él

exclusivamente. Adiós, tacita; mañana el último día, y después adiós.

Las lágrimas le subían á los ojos.

--Ya iré más tarde á ver al padrino; ahora terminaré de arreglar la

ropa,--dijo bajo, bajito, como si hablara con la taza.

--¿Y si no nos volviéramos á ver?--preguntó.--¿Si me muriera antes

del regreso? Tal vez fuera mejor. ¿Por qué vivir tanto tiempo? Ya que

debemos morir, es mejor morir cuanto antes.

Tía Tatana le miró; hizo la señal de la cruz en el aire y dijo:

--¿Has tenido un mal sueño esta noche? ¿Por qué dices estas cosas,

_corderito sin lana_? ¿Te duele la cabeza?

--¡No comprende usted las cosas!--exclamó, poniéndose de pie.

Subió á su cuarto y empezó á colocar en una pequeña maleta los libros

y los objetos más queridos; de vez en cuando volvía los ojos hacia

la ventana abierta en cuyo fondo veíase un trozo de cielo otoñal que

producía el efecto de un bonito cuadro; una llanura blanquecina con

unos lagos azules.

¿Qué vería desde la ventana del cuarto que en Cagliari le esperaba?

¿El mar? ¿El mar de veras, la inmensidad infinita del agua azul bajo la

infinita inmensidad del cielo azul? Todo aquel azul, el que veía y el

que le esperaba, le tranquilizó; se arrepintió de haber entristecido á

tía Tatana. ¿Pero qué culpa tenía él? Sí, veía que era ingrato, pero

los nervios son los nervios y no es posible mandar en ellos. ¡Pero él

no quería ser ingrato del todo, no! Y... planta la maleta, libras y

cajitas, se precipita en la cocina, donde la buena mujer está barriendo

con aire entre melancólico y filosófico, tal vez pensando en las

fúnebres palabras del «corderito sin lana», y se le echa encima, la

estrecha entre sus brazos á ella y á la escoba, y la arrastra consigo

en una vuelta de baile vertiginoso.

--¡Ah, mala cabeza! ¿qué te pasa?--grita la vieja, llena de alegría.

Pero Anania no le contesta y se marcha corriendo é imitando los

resoplidos de un tren.

Terminado el equipaje fué á despedirse de los vecinos, empezando por

maestro Pane. La tienda del viejo carpintero, casi siempre llena de

gente, estaba desierta, y el estudiante tuvo que esperar un rato,

sentado sobre el escalón del portal, con los pies metidos entre las

abundantes virutas que cubrían el piso. Un ligero soplo de viento

entraba por la puerta, agitando las grandes telarañas del techo

cubiertas de serrín.

Al fin llegó maestro Pane. Llevaba una vieja chaqueta de soldado, de la

cual cuidaba en extremo los botones, siempre brillantes, y sonrió con

alegría infantil cuando Anania le dijo que parecía un general.

--¡Aún conservo el quepis!--dijo gravemente.--Me lo pondría si no fuera

porque los chiquillos se ríen. ¿De modo que te marchas, hijito? ¡Que

Dios te acompañe y te ayude! Yo no puedo regalarte nada!

--¡Pues no faltaba más!

--¡El corazón lo desea, pero no es bastante! Cuando seas doctor te haré

una escribanía; ya tengo el modelo. ¡Ahora verás!

Y buscó un catálogo, cuidadosamente oculto bajo un banco, y enseñó al

estudiante una espléndida escribanía con columnitas y calados.

--¿Qué? ¿no me crees capaz?--dijo, ofendido, advirtiendo que Anania se

sonreía.--¡Tú no conoces á maestro Pane! Yo no he construido muebles

de lujo porque no he tenido dinero, pero no faltaba más que yo no

supiera...

--¡Lo creo, lo creo!--dijo Anania.--Pues cuando sea doctor y rico, le

encargaré todos los muebles de mi palacio...

--¿De veras?--exclamó el pobre giboso alegrándose. Después preguntó,

hojeando el catálogo:--¿Y cuántos años te faltan aún?

--¿Quién sabe? Diez, quince...

--¡Son demasiados! Estaré en el cielo, en la tienda del glorioso San

José (á pesar de la broma, se persignó devotamente). ¿Dime,--prosiguió,

señalando una lámina del catálogo:--dime qué significa muebles es-ti-lo

Lu-is quin-ce?

--Era un rey...--empezó á decir Anania.

--¡Toma! Esto lo sé,--respondió prontamente maestro Pane, con maliciosa

sonrisa en su boca sin dientes.--Era un rey á quien gustaban mucho las

muchachas...

--¡Maestro Pane!--exclamó Anania maravillado,--¿cómo lo sabe usted?

El vejete empezó á reir, quitándose la chaqueta y plegándola

cuidadosamente.

--¿Y qué?--dijo, fingiendo ingenuo asombro, para no turbar la inocencia

de Anania,--¿porque uno es ignorante no debe saber nada de nada? Aquel

rey era aficionado á jugar con las chiquillas, como la reina Ester

cogía espigas y paseaba por los campos, y Víctor Manuel se entretenía

cavando en el huerto...

Pero Anania era más listo que maestro Pane, y preguntó con fingida

ingenuidad:

--¿Pero usted ha estudiado?

--¿Yo? Ya quería, pero no pude; hijo mío, no todos nacen bajo una buena

estrella como tú.

--¿Entonces cómo sabe todas estas historias?

--¡Demonio! ¡Las he oído contar! La historia de la reina Ester se la he

oído á tu madre, y la del rey á Pera _Sa Gattu_...

Anania marchóse asustado, recordando una historieta que muchos años

atrás contó Nanna, una noche en invierno, en la almazara.

Llamó á la puerta de Nanna, pero el viejo loco, sentado en una piedra

de por allí cerca, le dijo que no estaba en casa.

--Yo también la espero,--añadió,--porque Jesucristo me dijo ayer tarde

que tenía necesidad de una criada.

--¿Dónde le encontró?

--En la callejuela... allá abajo,--señaló el loco;--llevaba un capotón

y los zapatos rotos. ¿Oye Nania Atonzu, por qué no me das un par de

zapatos viejos?

--Serían demasiado estrechos,--dijo el estudiante mirándose los pies.

--¿Y por qué no vas descalzo? ¡_Que una bala te atraviese el

bazo_!--gritó el loco, amenazador, frunciendo sus erizadas cejas grises.

--Adiós,--dijo Anania, sin contestar á su amenaza,--me marcho mañana á

continuar mis estudios.

Los ojillos azules del viejo tomaron una expresión maliciosa.

--¿Vas á Iglesias?

--No, á Cagliari.

--En Iglesias hay muchos vampiros y comadrejas. Adiós, dame la mano.

Así, valiente; no tengas miedo, no te como. ¿Y tu madre por dónde anda?

--Adiós. Conservarse,--dijo Anania, apartando su manecita de la manaza

dura del loco.

--También yo me marcho,--dijo el viejo.--Voy á un sitio donde se comen

cosas muy buenas; habas, tocino, lentejas y mondongo de oveja.

--¡Buen provecho!--dijo Anania.--¡Adiós!

Anania se despidió de los demás vecinos, hasta de la mendiga, que le

recibió en una habitación muy limpia y le obsequió con una taza de buen

café.

--¿Irás á ver á Rebeca?--le preguntó con envidia.--¡Aquella estúpida se

ha puesto á mendigar! ¿No le da vergüenza, una muchacha joven? ¡Díselo

tú!

--¡Está llena de llagas!... apenas puede andar...--observó Anania.

--No. Está curada. ¿Qué miras? Es una hoz de segador.

--¿Por qué está colgada detrás de la puerta?

--Porque el vampiro, cuando entra en la casa, se pone á contar los

dientes de la hoz, y como sólo puede llegar al número siete, tiene que

volver á empezar, y así llega el día, y apenas ve la luz, escapa. ¿Te

ríes? Sin embargo es verdad. ¡Que Dios te bendiga!--dijo la pobre,

acompañándole hasta la calle.--Buen viaje; ¡á ver si honras al barrio!

Anania entró en casa de Rebeca; parecía una chiquilla, á pesar de sus

veinte años, lívida, calva, acurrucada en un rincón oscuro, como una

fiera enferma en su cubil. Al ver al estudiante se ruborizó, y toda

temblorosa le ofreció, en una tosca fuente, un racimo de uva negra.

--Tómelo... balbuceó.--No puedo ofrecerle otra cosa.

--¿Y por qué no me tuteas?--exclamó Anania, arrancando un grano del

racimo.

--¡No soy digna! ¡No soy como Margarita Carboni! ¡soy una infeliz

desgraciada!--dijo animándose.--¡Tome, tome todo el racimo! Está

limpio; ¡yo no lo he tocado! Me lo trajo tío Pera _Sa Gattu_.

--¿Tío Pera?--preguntó Anania, recordando con desagrado la historieta

de maestro Pane.

--¡Sí, pobrecito! Siempre se acuerda de mí, y todos los días me trae

algo. El mes pasado estuve muy mal porque se me volvieron á abrir las

llagas, y tío Pera trajo al médico y las medicinas. ¡Ah!, hace por mí

lo que hubiese hecho mi padre si... ¡Pero me abandonó! ¡No hablemos de

ello!--dijo Rebeca, advirtiendo que había tocado una tecla dolorosa

para Anania.--¿No toma el racimo? Mire que está limpio.

--¡Ea, dámelo!--exclamó el estudiante.--¿Pero dónde lo meto? Espera, lo

envolveré en este periódico. Ya sabes que marcho mañana á Cagliari para

continuar mis estudios. Hasta la vuelta; que te pongas buena.

--¡Adiós!--dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas.--¡También yo

quisiera partir!

Anania salió, y viendo en la puerta de la taberna á la hermosa Ágata se

acercó para despedirse.

Apenas le vió, la muchacha empezó á sonreirle con sus ojos brillantes,

y á decirle adiós con la mano.

--¡Sí, sí, adiós!--dijo él acercándose y alargándole la suya.

--Estabas haciendo el amor á aquel montón de podredumbre?--preguntó la

muchacha, señalando á Rebeca, que estaba asomada á la puerta.--Aléjate,

que apestas horriblemente.

Anania se estremeció, pensando instintivamente en Margarita.

--¿Sabes,--prosiguió Ágata, riendo y mirándole voluptuosamente,--sabes

que tiene celos de mí? ¡Mira, cómo mira! ¡Estúpida! Siempre piensa en

ti, porque el año pasado, en los estrechos saliste con ella.

--¡Ya lo sé!--dijo aburrido.--Marcho mañana: adiós. ¿Tienes algo que

mandarme?

--¡Que me lleves contigo!--dijo con vehemencia.

Un pastor, que acababa de tragarse un vaso de aguardiente, salió de la

taberna y pellizcó á la muchacha.

--¡_Las manos siccas_[29], pelagatos!--gritó Ágata.

Después llevó á Anania dentro de la taberna y le preguntó qué quería

tomar.

--Nada, adiós, nada.

Pero Ágata le llenó un vaso de vino blanco, y mientras él bebía, ella

apoyábase lánguidamente en el banco, miraba hacia fuera y decía:

--Yo también pienso ir pronto á Cagliari; apenas tenga un vestido nuevo

y unos botones de oro para la camisa iré á Cagliari á buscar casa. Así

nos podremos ver... ¡Demonio! por allí viene Antonino; se quiere casar

conmigo y está muy celoso de ti. ¡Ay, rico mío! Adiós, márchate...

Y así diciendo se echó sobre él con un salto felino y le besó

ardientemente en la boca; después le empujó hacia la puerta, y él salió

aturdido y turbado; y encontrando nuevamente á Antonino comprendió el

por qué de su mirada de odio.

Durante unos minutos anduvo sin darse cuenta de nada: le parecía haber

besado á Margarita y el deseo de verla le daba calofrío.

--¡Ay!--gritó de pronto, encontrándose entre los brazos de una mujer.

--¡Hijito de mi corazón!--dijo Nanna, llorando cómicamente, y

entregándole un paquetito.--¿De modo que te marchas? El Señor te

acompañe y te bendiga como bendice la espiga del trigo. Aún nos

volveremos á ver, pero entretanto toma esto... y no lo rehúses, porque

me moriría de pena...

Para que no se muriera tomó el paquetito de Nanna; después se

estremeció sintiendo sobre su mejilla una cosa viscosa y un aliento

apestante de aguardiente.

--Mira,--balbuceó Nanna, después de haberle besado,--no he podido

resistir la tentación. Límpiate la cara; no, no te mancharán los besos

perfumados como el clavel, de las muchachas rubias como el oro, que te

cogerán como si fueras un confite.

Anania no protestó, pero aquel terrible choque con la realidad le

devolvió el equilibrio, borrando la sensación ardiente del beso de

Ágata. Al regresar á su casa abrió el paquetito que contenía trece

sueldos, y empezó á hacerlos sonar entre las manos.

--¿Has ido á ver al padrino?--preguntó tía Tatana.

--Iré dentro de un rato, después de comer.

Pero después de comer salió al corral y se tumbó sobre una estera,

bajo el saúco, al rededor del cual zumbaban abejas y moscas. El aire

era templado. Por entre las ramas Anania veía grandes nubes blancas

atravesar el cielo azul; miraba, y sentía caer de aquellas nubes una

dulzura infinita; parecía una lluvia de leche tibia. Lejanos recuerdos,

errantes y cambiantes como las nubes, apenas rozaban su mente, confusos

con las impresiones recientes. Recuerda el paisaje melancólico,

vigilado por los sonoros pinos, donde su padre ara la tierra para

sembrar el trigo del amo. Los pinos recuerdan, con su ruido, la voz

del mar. El cielo es profundo, tristemente azul. Anania recuerda unos

versos... ¿de quién?... ¿De Baudelaire?[30]: «Sus ojos son azules,

vacíos y profundos como el cielo». ¿Los ojos de Margarita? No: ofende

á Margarita pensando de este modo; pero entretanto es feliz por saber

versos tan originales... «Sus ojos son azules, profundos y vacíos como

el cielo».

¿Quién pasa por detrás del pino? El cartero de rojos bigotes. Sobre la

cabeza lleva una corneja con las alas abiertas, que golpea fuertemente

con el pico la frente del pobre hombre. ¡Pum, pum, pum! Margarita corre

á abrir la puerta, toma la carta rosa con manchas verdes, y emprende

el vuelo. Anania quiere seguirla, pero no puede. No puede moverse, no

puede hablar; y de pronto se acerca el cartero y le sacude...

--¡Ya son las tres, hijo mío! ¿Cuándo piensas ir á casa del

padrino?--preguntó tía Tatana sacudiéndolo.

Se puso en pie de un salto, con un ojo todavía cerrado, con una mejilla

pálida y la otra encarnada.

--¡Qué sueño tengo!--dijo desperezándose.--Esta noche pasada apenas he

dormido. Ahora iré.

Se fué á lavar; se peinó, perdiendo media hora en sacarse la raya á un

lado, después en medio, después en hacerla desaparecer. El corazón le

palpitaba de angustia.

--¿Qué me pasa? ¿Qué demonios es esto?--pensaba, queriendo dominarse y

no consiguiéndolo.

--¿Aún estás aquí? ¿Cuándo vas á marchar?--le gritó la anciana desde el

corral. Él se asomó á la ventana y preguntó:

--¿Qué debo decirle?

--Que mañana te vas; que te portarás bien; que siempre serás obediente

y respetuoso...

--¡Amén! ¿Y él qué me dirá?

--Te dará buenos consejos.

--No me hablará de aquello...

--¿Qué es aquello?

--¡De la cuestión de los cuartos!--dijo, bajando la voz, con la mano á

guisa de bocina.

--¡Pobrecito!--contestó la buena mujer, alzando los brazos.--¿Y tú qué

tienes que ver con ello? ¡Tú no sabes nada!

--Bueno; entonces voy...

Pero antes fué á ver á Bustianeddu, después al huerto para despedirse

de tío Pera y hasta de los higos chumbos, de los cardos, del panorama,

del horizonte... Encontró al vejete tumbado sobre la hierba con la

tranca á su lado como si ésta también descansara.

--Al fin me marcho, tío Pera; adiós, conservarse y divertirse,--dijo el

estudiante, burlándose del hortelano.

--¿Eh?--preguntó éste, que se volvía sordo y ciego.

--¡Que me voy!--gritó Anania.--Voy á Cagliari á estudiar...

--¡Ah! ¡El mar!... Sí, en Cagliari hay el mar. ¡Que Dios te acompañe y

te bendiga, hijo mío! El pobre tío Pera no tiene nada que regalarte,

pero rezará por ti...

Anania se arrepintió de haberse burlado del pobre viejo, que, á pesar

de todo, hacía limosna á Rebeca.

--¿No me encarga usted nada?--preguntó, encorvándose apoyando las manos

sobre las rodillas.

El viejo se incorporó, le miró fijamente y sonrió:

--¿Qué quieres que te encargue? ¡También yo voy á partir!

--¿Usted también?--exclamó el estudiante, riéndose de que todos, hasta

los viejos decrépitos, tenían la manía de marchar.

--¡Yo también!

--¿Y á dónde, tío Pera?

--¡Ah! ¡Á un país muy lejano!--contestó el viejo extendiendo la mano

hacia el horizonte.--¡Á la eternidad!

* * * * *

Ya muy tarde, después de haber pasado y repasado por delante las

ventanas de Margarita sin poderla ver, Anania entró y preguntó por su

padrino.

--No hay nadie en casa. Espérate, que no pueden tardar en volver,--dijo

la criada con aire arrogante.--¿Por qué no has venido antes?

--Porque hago lo que me da la gana,--contestó entrando.

--¡Claro, es preferible perder el tiempo con aquella asquerosa de Ágata

que venir á dar las gracias á sus bienhechores!

--¡¡Eh!!--exclamó despreciativamente, apoyándose en el marco de la

ventana del despacho.

¡Ah! La criada le humillaba como en aquella noche lejana, cuando

acompañado de Bustianeddu había ido á pedir una taza de caldo. Nada

había cambiado; seguía siendo lo mismo, un siervo, un protegido.

Lágrimas de rabia le humedecieron los ojos.

--¡Pero yo soy un hombre!--pensó.--Puedo renunciar á todo, labrar la

tierra, sentar plaza, y no ser un miserable. Me voy.

Y se separó de la ventana; pero pasando por junto la escribanía

iluminada por la luna, descubrió, entre las cartas echadas encima, de

cualquier manera, un sobre color de rosa con manchas verdes.

La sangre le subió á la cabeza; las orejas le ardieron, sacudidas

por una vibración metálica; inconscientemente se inclinó y cogió el

sobre. Sí, era su sobre, roto y vacío. Le pareció tocar unos despojos,

sagrados para él, que habían sido violados y dispersos. ¡Ay! Todo, todo

había acabado; su alma había sido vaciada y desgarrada como aquel sobre.

De pronto una luz viva inundó el cuarto; vió entrar á Margarita, y

apenas tuvo tiempo de dejar caer el sobre, pero advirtió que ella había

adivinado su acción y una gran vergüenza se unió á su pena.

--¡Buenas noches!--dijo Margarita colocando la luz sobre la

escribanía.--Te han dejado á oscuras.

--¡Buenas noches!--murmuró, decidido á tener una explicación y después

marchar para no volver nunca más.

--Siéntate.

Él la miraba fijamente con ojos espantados. Sí, sí, era Margarita, pero

en aquel momento la odiaba.

--Dispénsame,--empezó á decir balbuciente.--Ha sido sin querer, no soy

un miserable, pero he visto el... el sobre (y lo tocó con el dedo) y no

he podido resistir... Lo iba á guardar...

--¿Es tuyo?

--Es mío.

Margarita se ruborizó, mientras Anania, libre de un gran peso,

empezaba á ver claro y razonar. Su orgullo, ofendido por la vergüenza

sufrida, le aconsejaba que dijera que todo había sido una broma; ¡pero

Margarita, con su vestido de paseo, con un cinturón verde brillante,

estaba tan guapa, que el ímpetu de odio desapareció por completo!

Anania sentía deseos de apagar la luz, y al quedar solos y alumbrados

por la luna, caer á sus pies llamándola con los nombres más dulces;

pero no podía, no podía, aun cuando advertía que también ella alzaba y

bajaba los ojos con delicioso espanto, en espera de un grito de amor.

--¿Lo ha leído tu padre?--preguntó en voz baja.

--Sí; y se reía,--contestó, conmovida.

--¿Se reía?...

--Sí, se reía. Por fin me dió el papel y dijo: «¿Quién diablo será?»

--¿Y tú? ¿Y tú?

--Yo...

Hablaban bajo, ansiosos, rodeados del misterio de una deliciosa

complicidad; pero de pronto Margarita cambió de voz y aspecto.

--¡Papá; está aquí Anania!--exclamó, corriendo hacia la puerta, y

saliendo rápidamente, mientras Anania volvía á caer en una turbación

grandísima.

Sintió la mano caliente y blanda del padrino estrecharle la suya, y vió

los ojos azules y el brillo de la cadena de oro, pero no pudo recordar

nunca los buenos consejos y las bromas que le prodigó aquella noche el

padre de Margarita.

Una amarga duda le atormentaba. ¿Margarita había ó no, comprendido el

verdadero sentido del soneto? ¿Cuál era su opinión? No había dicho

nada acerca de ello, en los preciosos momentos que tan estúpidamente

había dejado escapar. Su aspecto de turbación no le satisfacía; no era

bastante claro. No, él quería saber algo más, saberlo todo...

--¿Y qué?--se preguntó con tristeza.--Nada. Todo es inútil. Aun cuando

hubiese comprendido, aun cuando ella le quisiera... ¡Todo aquello eran

tonterías! ¡Todo era inútil! Un vacío inmenso le rodeaba, y en él la

voz del señor Carboni se perdía sin ser escuchada, como en un desierto

infinito.

--¡Alégrate y no pienses más que en estudiar!--terminó diciendo el

padrino, viendo que Anania suspiraba.--¡Alégrate, pues! ¡Sé hombre, y á

ver cómo te portas!

Margarita entró acompañada de su madre, quien prodigó al estudiante

su parte de consejos dándole ánimos. Margarita iba y venía; se había

arreglado coquetonamente el pelo, dejándose un rizo en la sien

izquierda, y, lo que es más importante, ¡se había empolvado! Los ojos y

los labios deslumbraban; estaba hermosísima, y Anania la seguía con la

mirada delirante, pensando en el beso de Ágata. Tal vez ella comprendió

y fué atraída por la fascinación de aquella mirada, porque al marcharse

le acompañó hasta el portón. La luna iluminaba el patio, como en

aquella lejana noche, en que su aspecto altivo, pero al propio tiempo

suave, había despertado en el niño la conciencia del deber; también

entonces aparecía altiva y suave, y caminaba ligera, con un rumor de

alas, pronta á emprender el vuelo. ¡Ah! era de veras un ángel, y Anania

creía seguir soñando, y la veía volar y desaparecer sin que él pudiese

alcanzarla; y el deseo de estrecharle la cintura sutil, adornada con la

cinta brillante, le producía vértigos.

--¡No la veré nunca más! Caeré muerto apenas cierre el portón,--pensó,

cuando llegaron al límite fatal.

Margarita tiró de la cadena, y se volvió alargando la mano al

estudiante. Estaba muy pálida.

--Adiós... Te escribiré...--murmuró.

--Adiós,--dijo él, temblando de alegría.

Y el contacto de sus manos hizo, seguramente, explotar algo terrible y

grandioso en el aire, porque sintieron el estruendo, el fuego y la luz

del rayo mientras se besaban frenéticamente.

Cenizas · 第 27 / 54 题