Eran las vacaciones de Pascua.
Un día Anania, mientras estudiaba la gramática griega, paseando por un
estrecho sendero, abierto entre el verde ceniciento de un plantío de
cardos, oyó llamar á la verja.
Estaban también en el huerto, el almazarero, que cavaba canturriando
una poesía amorosa del poeta Luca Cubeddu; Nanna, que arrancaba las
malas hierbas, ayudándole el tío Pera; y Efes Cau, tumbado sobre el
césped, y, como de costumbre, borracho.
Casi hacía calor. Rosadas nubecillas corrían por el blanquecino cielo,
perdiéndose tras los azulados picos de los montes de Oliena. Subían del
valle, cual de inmensa concha colmada de verdor, perfumes y sonidos
esfumados en la cálida atmósfera.
De cuando en cuando Nanna se incorporaba, apoyando una mano en la
cintura, y con la otra echaba besos al estudiante.
--¡Alma mía!--decíale tiernamente.--¡Que Dios te bendiga! ¡Miradle cómo
estudia, parece un santito! ¡Quién sabe á dónde llegará! Tal vez será
juez. Todas las muchachas de la ciudad lo querrán coger como si fuera
un confite. ¡Ay, mi pobre espalda!
--¡Trabaja!--decíale el tío Pera.--¡Así te _traspasen el hígado_,
trabaja y deja tranquilo al chico!...
--¡Así os saquen todo el jugo! Si fuera una chiquilla de trece años,
no me hablaríais de esta manera...--contestaba ella maliciosamente,
volviendo al trabajo. Después volvía á incorporarse y á echar besos á
Anania, que no se enteraba ni poco ni mucho.
--¿Quién es?--gritó el almazarero, oyendo llamar á la verja.
Anania y Efes alzaron la vista, el uno del libro, el otro del césped,
casi con la misma expresión de angustiosa espera. ¿Que no fuera el
señor Carboni? Anania y el borracho experimentaban casi la misma
sujeción vergonzosa cuando el señor Carboni les sorprendía en el
huerto; Efes Cau sentía todo el peso de su abyección, cuando aquel
hombre bondadoso, con una mirada dulce y triste, sin dirigirle--único
entre tantos--inútiles palabras de reproche, le saludaba y se
entretenía un rato con él. Anania se acordaba de su madre y sentía
vergüenza de sí mismo, que se atrevía á pensar en Margarita; y sin
embargo, los dos, estudiante y vicioso, después de haber visto la
bonachona figura de aquel hombre recto, sentían una grata y suave
alegría.
Volvieron á llamar.
--¿Quién es?--gritó el almazarero, cesando de cantar y de cavar.
--¡Ya voy!--dijo Anania, echando á correr y agitando el libro al aire,
mientras el tío Pera decía:
--Si es el amo, es preciso que Efes se levante y haga como que trabaja;
es una vergüenza que siempre le encuentre ahí, tumbado en el suelo como
un perro.
Nanna echó una especie de gruñido, recogiéndose, entre las negras
piernas casi al descubierto, la falda toda desgarrada. El tío Pera
gritó, dirigiéndose al borracho:
--¡Ea, tú, tumbón, levántate y finge ayudarnos!...
Efes hizo un movimiento para levantarse, pero en seguida se sublevó
Nanna.
--¿Y por qué? ¿Por qué debe fingir que nos ayuda? ¿Por qué le
insultáis, tío Pera, _Sa gattu_? ¡Así os dejen sin camisa! ¿No sabéis
que era rico, y que aun siendo como es, vale siempre más que vos?
--¡Le defiendes! ¡Sois lobos de una misma camada!--dijo burlonamente
el viejo, aludiendo al vicio de la bebida. Pero la disputa terminó con
la vuelta de Anania acompañado de un jovencito con el traje de los
campesinos de Fonni, delgado y paliducho, con una carita de ratón.
--¿Le conocéis?--preguntó el estudiante, dirigiéndose á su padre.--Yo
no le hubiera conocido.
--¿Quién eres?--preguntó el almazarero, limpiándose las manos con un
manojo de hierba.
El muchacho rióse tímidamente y miró á Anania.
--¡Es Zuanne Atonzu!--gritó el estudiante.--¡Cuánto ha crecido!
--¡Bien venido!--exclamó el almazarero, abrazándole.--Me alegro de
verte. ¿Cómo está tu madre?
--Bien.
--¿Á qué has venido?
--Soy testigo en una causa.
--¿Dónde has dejado el caballo? ¿En la posada? ¿No te acordabas que
somos parientes? ¿Qué? ¿Porque somos pobres no quieres venir á casa?
--¡Como yo soy tan rico!...--observó riendo el muchacho.
--Pues entonces vámonos y traeremos el caballo á casa,--dijo Anania,
metiéndose el libro en el bolsillo.
Salieron juntos. Anania, muy contento de volver á ver al pobre
pastorcito con su tosco vestido, que le recordaba todo un mundo salvaje
ya lejano; Zuanne, dominado por una gran timidez, ante aquel señorito
de piel blanca y rosada, cuya corbata destacábase sobre su reluciente
cuello.
--Mamá, danos café,--gritó Anania desde la calle. Después llevó al
huésped á su cuartito y empezó á enseñarle muchas cosas.
Muebles extraños llenaban el cuarto largo y estrecho, con el lecho
de cañas cubiertas de cal, y el piso de tierra. Dos arcas de madera,
parecidas á los antiguos cofres venecianos, en las cuales un
artista primitivo había esculpido grifos, águilas, jabalíes, flores
fantásticas; una cómoda monumental; cestos colgados de la pared junto á
pequeños cuadros con el marco de corcho; en un rincón una tinaja para
el aceite, en otro la camita de Anania, cubierta por una manta de lana
gris hilada por tía Tatana; y entre la camita y la ventana, que daba
sobre el saúco del patio, una mesita con un tapete de percal verde y
una estantería de madera blanca en cuyas esquinas la fantasía artística
de maestro Pane había labrado, tal vez imitando las arcas, hojas y
flores antediluvianas. En la mesa y estantería había pocos libros y
muchos cuadernos, todos éstos escritos por Anania, unas cuantas cajitas
misteriosamente atadas, calendarios y paquetes de periódicos sardos.
Todo estaba limpio y ordenado. Por la ventana entraban oleadas de luz
y de perfumes, por el suelo obscuro y hendido á trechos, revoloteaban,
persiguiéndose y jugueteando, dos hojas de saúco. Sobre la mesita
estaba abierto un tomo de _Los Miserables_.
¡Cuántas, pero cuántas cosas hubiese querido enseñar Anania al joven
forastero, como á un hermano esperado por largo tiempo! Pero el aspecto
estúpido de Zuanne, mientras él abría y cerraba alguna de aquellas
cajitas atadas misteriosamente, echó un jarro de agua fría sobre su
alegría pueril.
¿Para qué? ¿Para qué había llevado á aquel pastor á su cuartito,
donde junto á la fragancia de la miel, de la fruta y de los manojos de
espliego que tía Tatana conservaba dentro las arcas, se esparcía el
perfume de sus solitarios sueños; desde cuya ventanita, que daba sobre
el saúco, sobre los techos llenos de hierba de las casetas de piedra,
el mundo se abría ante él, virgen y florido como los graníticos montes
del vecino horizonte?
Después de la alegría sintió un ímpetu de tristeza; sintió caer al
suelo algo desprendido de su propio ser, como roca que se desprende de
la montaña para no volver nunca jamás. La aldea nativa, el pasado, los
primeros años de su infancia, los nostálgicos recuerdos, el poético
afecto por su hermanito adoptivo, todo desapareció en un instante.
--Vámonos,--dijo casi indignado.
Y llevó al pastorcito por las calles de Nuoro, evitando los compañeros
de escuela, por miedo de que lo pararan y preguntasen quién era aquel
tosco campesino que paseaba con él.
Al pasar por delante la casa del señor Carboni, vieron asomarse, de
pronto, al portón, una cara regordeta, de muy buen color, que hacía aún
más intenso el reflejo de una flamante blusa roja.
Anania se quitó rápidamente el sombrero, mientras el reflejo de
la blusa parecía también iluminar su cara. Margarita le sonrió, y
nunca redondas mejillas de señorita fueron marcadas por hoyuelos más
encantadores.
--¿Quién es aquella mujer?--preguntó groseramente Zuanne, apenas
rebasaron la casa.
--¿Mujer? ¡Si es una muchacha de mi edad!--exclamó algo bruscamente
Anania.--Sólo tiene nueve meses más que yo.
Zuanne se quedó sin saber qué decir, y no se atrevió á replicar; pero
Anania sintió un fenómeno extraño desarrollarse rápidamente en él.
Habló, como si la voluntad no fuese capaz de detener su lengua, mintió
á sabiendas, pero gozando de una gran felicidad al pensar que lo que
decía podía llegar á ser cierto, y dijo:
--Es mi novia.
* * * * *
Aquella noche, mientras el almazarero, tumbado en la cocina, se hacía
contar por Zuanne el descubrimiento de las ruinas de Sorrabile, la
antigua ciudad desenterrada en las cercanías de Fonni, preguntándole si
aún podrían encontrarse tesoros, Anania contemplaba desde su ventanita
el lento surgir de la luna entre los negros dientes del Orthobene.
¡Por fin estaba solo! Reinaba la noche, vibrante y dulce, y el cuclillo
llenaba de palpitantes gritos la soledad del valle.
¡Invadido por una gran tristeza, Anania sentía gritar y palpitar su
corazón en una soledad infinita!
¿Por qué había mentido? ¿Y por qué aquel estúpido pastor había
callado al oir la gran revelación? ¿Acaso no comprendía qué cosa era
el amor,--amor hacia una criatura superior,--amor sin límites y sin
esperanza? ¿Por qué se había rebajado hasta la mentira? ¡Qué vergüenza,
qué vergüenza! Creía haber calumniado á Margarita, tan indigno y lejos
de ella se encontraba. Pensaba que el mismo espíritu de vanidad y el
deseo de lo inverosímil, que una vez le llevó á contar á Zuanne el
encuentro de los bandidos en la montaña--hacía ya tanto tiempo--le
había llevado ahora á revelar aquel amor imposible. ¡Dios mío! ¡Dios
mío!
Apoyó sus mejillas ardientes en sus manos heladas, con la vista fija
en el rostro melancólico de la luna, y se estremeció. Recordaba un
plenilunio de invierno, luminoso y frío, la vergüenza y la revelación
del hurto de las cien liras, la figura de Margarita apareciendo ante
él, como la sombra de una flor sobre el áureo disco de la luna. Tal vez
su amor nació aquella noche; pero solamente ahora, después de tantos
años, brotaba rompiendo la piedra bajo la cual, hasta entonces, había
estado encerrado, como una fuente que no quiere correr por más tiempo
bajo tierra.
Estas comparaciones--de la flor ante la luna, y de la fuente que
brotaba de pronto,--eran de Anania, que se complacía con sus
pensamientos poéticos, sin conseguir borrar con ellos la vergüenza y el
remordimiento que le atormentaban.
--¡Qué miserable soy!--pensaba.--¡Que embustero! Podré estudiar, llegar
á ser abogado, pero moralmente siempre seré el hijo de una mujer
perdida...
Estuvo largo rato asomado á la ventana. Un canto triste pasó y llenó
la calle, despertando en el alma del adolescente los recuerdos de la
salvaje comarca donde nació, de las sangrientas puestas de sol, de los
primeros años de su infancia; pero con una sensación completamente
distinta de la que, poco antes, había experimentado.
Un sueño melancólico y luminoso como la luna surgió de su alma. Creía
encontrarse aún en Fonni. No había estudiado, no había sentido nunca
la vergüenza de su posición social. Trabajaba, era pastor, un poco
rústico, como Zuanne. Y hete aquí que se encuentra en el borde de la
carretera, en un rojo crepúsculo de estío; y ve á Margarita que pasa,
también pobre y desterrada á lo alto de la montaña, con las caderas
ceñidas por la falda de _orbace_, el ánfora sobre la cabeza, semejante
á las mujeres bíblicas resucitadas en las mujeres de la Barbagia[25].
Él la llamaba y ella volvía la cabeza, iluminada por el resplandor del
crepúsculo, sonriéndole voluptuosamente.
--¿Dónde vas, hermosa?--le preguntaba.
--Voy á la fuente.
--¿Quieres que te acompañe?
--Ven si quieres, Anania.
Y él iba; y andaban juntos por el borde de la carretera,--en lo alto de
valles inmensos, en cuya profundidad la noche había extendido su manto,
esperando que el purpúreo cielo perdiera sus colores y echase velos de
sombra sobre todas las cosas,--y bajaban á la fuente. Margarita ponía
el ánfora bajo el argentino chorro del agua murmuradora, que cambiaba
de tono,--de monótono se convertía en alegre,--como si al caer dentro
del cántaro interrumpiese su eterno aburrimiento. Los dos jóvenes se
sentaban ante la fuente, sobre la ancha piedra, y hablaban de sus
amores. El ánfora se llenaba, el agua se vertía, y por unos instantes
callaba, como escuchando á los dos amantes. Y hete aquí que el cielo
perdía sus colores y extendía velos de sombra sobre las faldas más
altas y luminosas de la montaña, igual á la noche que cubría el fondo
del valle y que los deseos de Anania habían invocado. Entonces ceñía
con su brazo la cintura de la muchacha; ella apoyaba la cabeza sobre su
hombro; él la besaba...
* * * * *
Por aquel tiempo, cuando apenas había cumplido diez y siete años,
no tenia amigos, y no marchaba muy de acuerdo con sus compañeros de
escuela, porque era desconfiado y quisquilloso. Temía continuamente
que alguno le echara en cara su origen, y un día, habiendo sorprendido
frases sueltas de una conversación entre dos condiscípulos, uno de
los cuales decía: «en su caso no viviría con mi padre», creyó que
se referían á él. No volvió á saludar al rico compañero que había
pronunciado aquellas palabras, pero le dió la razón desde el fondo de
su alma.
--¡Sí!--pensaba,--¿por qué sigo viviendo con este hombre sucio que
ha engañado y precipitado por el camino del mal á mi madre? Yo ni le
quiero ni le odio, pero no le desprecio como debía. No es malo, ni tan
vulgar como todos nuestros vecinos. Sus sueños infantiles de tesoros
y cosas maravillosas, su respetuoso afecto hacia su vieja mujer, su
constante fidelidad para la familia del _amo_, le hacen simpático, y
esto me desagrada, porque yo debo y quiero despreciarle. ¿Qué es para
mí? ¿Le he pedido acaso que me diera la vida? Debía abandonarle, ahora
que soy consciente...
Pero un poco de afecto y mucha familiaridad le unían á tía Tatana,
que le adoraba. No había conseguido hacer de él lo que había soñado,
esto es, un muchacho religioso y obediente, pero aun así como
era, incrédulo, hablando mal de los curas y del rey, orgulloso y
despreocupado, le quería igualmente y vivía casi del todo dedicada
á él, convencida de que llegaría á ser un grande hombre. Él reía y
bromeaba con ella, la cogía y la hacía bailar, le contaba todo lo que
pasaba en el pueblo. Todas las mañanas ella le llevaba á la cama una
taza de café y le anunciaba el estado del tiempo. Todos los domingos le
prometía dinero si iba á misa.
--No, tengo sueño,--respondía;--ayer noche estudié mucho.
--¿Entonces irás más tarde?--insistía. Anania no contestaba, pero tía
Tatana le daba, de todas maneras, los cuartos prometidos.
Á su alrededor desarrollábase siempre la misma escena con los mismos
personajes. Seguía el saúco perfumando el aire y echando sus hojas
dentro del cuartito silencioso, arrastradas por el viento, que traía
de los valles los olores de la salvaje primavera nuorense. Seguían
las abejas zumbando en la templada atmósfera, y seguían vibrando, á
intervalos, los lamentos de Rebeca.
Anania visitaba todas las casas de la vecindad, y especialmente los
domingos se entretenía en un sitio y otro, llevando á las míseras y
negras casuchas la elegancia de su traje azul, de su corbata encarnada,
y del cuello alto, bajo el cual ocultábase el cordoncito y el amuleto
de Olí.
* * * * *
Al día siguiente del sueño idílico, soñado á la luz de la luna sobre
el antepecho de la ventana, apenas regresó Zuanne del Tribunal, Anania
se lo llevó á la calle para convidarle á tomar una copa de anís en la
taberna del barrio.
--¡Quién sabe cuándo volveremos á vemos!--dijo el pastor.--¿Cuándo
vendrás por casa? Vente por la fiesta de los Mártires.
--No podré,--dijo Anania, dándose importancia.--Tengo que estudiar
mucho. Este año debo terminar mis estudios en el Gimnasio.
--¿Y después dónde irás? ¿Al continente?
--Sí,--dijo con viveza.--Iré á Roma.
--Hay muchos conventos en Roma y más de cien iglesias, ¿verdad?
--¡Oh, ya lo creo! ¿Quién te lo ha dicho?
--Ayer noche tu padre me contaba que cuando era soldado...
--¿Y tú, irás á servir al rey?--interrumpió Anania, que apenas se
fijaba en Zuanne.
--Irá mi hermano. Yo...
Y no dijo nada más. Entraron en la taberna, desierta, apestando á
tabaco y aguardiente. Las moscas de siempre zumbaban al rededor de una
chiquilla morena, guapa, pero desgreñada y sucia, que estaba sentada en
un banco.
--Buenos días, Ágata. ¿Cómo has pasado la noche?
--¿Qué quieres?--preguntó levantándose y dirigiéndose á Anania con
vulgar familiaridad.
--¿Qué quieres?--preguntó éste á Zuanne.
--Lo que tú quieras,--contestó cohibido el pastorcito.
La muchacha se puso á imitar la voz y los modales de Zuanne.
--Lo que tú quieras... ¿Y tú qué quieres, corderito mío?
Miró descaradamente á Anania, y éste también la miró. Después de todo,
no era un santo; pero advirtió que Zuanne se ruborizaba y bajaba la
vista, y cuando salieron oyó que le preguntaba tímidamente:
--¿Ésta es también novia tuya?
--¿Por qué lo dices?--contestó medio enfadado, medio alegre.--¿Porque
me miraba? ¿Y para qué sirven los ojos? ¿Es que tú vas á hacerte fraile?
--Sí,--dijo sencillamente.
--¿Tú vas á hacerte fraile?--exclamó Anania riendo.--Vamos á ver el
camposanto; así nos alegraremos.
--¡Allí debemos ir á parar todos!--dijo gravemente Zuanne.
Al regresar á casa, encontraron un condiscípulo de Anania, un muchacho
feo, que se había hecho crecer los bigotes y la barba á fuerza de
afeitarse.
--Atonzu,--le gritó al verle,--iba á buscarte. El director te llama. Es
preciso que hagas de mujer.
--¿Yo? ¿De mujer yo? ¡Estás fresco!--contestó Anania con mucha calma.
--¿Qué haremos entonces? ¡Tienes el tipo á propósito! ¿Verdad que
parece una mujer? ¿Verdad?--exclamó el estudiante feo, dirigiéndose
bruscamente á Zuanne.
--Sí, de veras es guapo...--dijo tímidamente éste, que no comprendía de
qué hablaban.
--¡Un millón de gracias!--contestó Anania inclinándose y quitándose el
sombrero.
--¡Ea, no te hagas el modesto! ¡Eres guapo!--repitió el estudiante
feo.--Vámonos á ver al director.
--Más tarde iré, pero no haré de mujer; ¡palabra de honor!
Cuando Zuanne se hubo marchado, fué á ver al director, pero no
quiso aceptar el papel de primera actriz en una comedia que iban á
representar en una función á beneficio de los estudiantes pobres.
--¡Yo también soy pobre! ¡Haced la comedia á beneficio mío!--dijo á sus
compañeros.
--¿Pobre tú? ¡No oís lo que dice! Vete al cuerno, tú eres más rico que
todos nosotros,--exclamó un estudiante, dándole un golpe en la espalda.
--¿Qué quieres decir?--preguntó Anania, amenazador, poniéndose sombrío
al solo pensamiento de que pudieran hacer referencia á la protección
del señor Carboni.
--Eres guapo, eres el primero de la clase,--dijo el otro
prudentemente.--Llegarás á ser juez, y todas las muchachas te querrán
comer como si fueras un _confite_...
Esta expresión, que Nanna repetía siempre, hizo reir á los demás
y calmó á Anania; pero mantuvo su palabra y no tomó parte en la
comedia. Y no se arrepintió de ello, porque la noche de la función
pudo presenciarla sentado en segunda fila, precisamente detrás de su
padrino (entonces Alcalde de Nuoro) á cuyo lado Margarita, con un traje
encarnado y un sombrero blanco, resplandecía como una llama.
El capitán de Carabineros, el secretario de la Subprefectura, el asesor
y el director del Gimnasio, estaban sentados en primera fila al lado
del Alcalde y su espléndida hija; pero ésta no parecía muy satisfecha
de la compañía, porque de vez en cuando volvía la cabeza mirando con
dignidad á los estudiantes y oficiales.
En el fondo de la sala, adornada con guirnaldas de hiedra y viburno,
antes iglesia del convento y hoy convertida en teatro en donde se
celebraban todas las grandes ceremonias nuorenses, ondulaba el telón
de percal, remendado á trechos, dejando ver parejas de estudiantes
que bailaban alegremente. Por fin se alzó el telón con gran trabajo y
empezó la comedia.
La escena se remontaba nada menos que á las Cruzadas y desarrollábase
en un vetusto castillo rodeado de torres por el invisible exterior; en
cuanto al interior, estaba amueblado con una sola mesa redonda y media
docena de sillas de Viena.
La fiel Hermenegilda, un estudiante que se había pintado la cara con
papel encarnado[26], metido en un vestido inmenso de la señora Carboni,
las piernas cruzadas indecentemente, bordaba una banda para el no menos
fiel Godofredo que luchaba en tierras lejanas.
--Se va á pinchar los dedos,--murmuró Anania, inclinándose hacia
Margarita.
Ésta se inclinó á su vez, poniéndose el pañuelo en la boca para sofocar
la risa.
El capitán de carabineros, que estaba sentado á su lado, volvió
lentamente la cabeza, y dirigió una mirada terrible al estudiante.
Pero Anania sentíase muy dichoso, y tenía locos deseos de reir y de
comunicar á Margarita toda la felicidad que su presencia le producía.
En el segundo acto, el conde Manfredo, padre de Hermenegilda, quería
que la muchacha olvidara á Godofredo y se casase con el rico barón de
Castelfiorito.
--«¡Padre mío!--decía la doncella, abriendo las piernas de un modo
lamentable.--¿Á qué me quieres obligar? Mientras el valiente Godofredo
languidece, tal vez, en una horrenda prisión, atormentado por el
hambre, la sed y...».
--...Los insectos _garibaldinos_...[27]--dijo Anania inclinándose
nuevamente hacia Margarita.
El señor capitán, que ya no podía más, porque aquella era la sexta
observación insolente del estudiante, se volvió del todo y le dijo con
desprecio:
--¡Á ver si se calla!
Anania se estremeció, se echó atrás, con una sensación parecida á la
que debe experimentar el caracol cuando al sentirse tocado se retira
dentro su concha; y durante unos momentos no vió ni oyó nada. «¡Á ver
si se calla!». Sí, él no podía bromear, no podía hablar; sí, lo había
comprendido perfectamente; ni siquiera podía alzar los ojos: era pobre,
hijo del pecado... «¡Á ver si se calla!». ¿Qué hacía allí, entre todos
aquellos señores, entre todos aquellos muchachos ricos y honrados?
¿Cómo le habían permitido la entrada? ¿Cómo se había atrevido á
inclinarse al oído de Margarita Carboni y cuchichearle frases vulgares?
Porque ahora comprendía toda la vulgaridad de las observaciones hechas.
Pero no podía hablar de otro modo el hijo de un almazarero y de una
mujer... «¡Á ver si se calla!».
Poco á poco fué tomando ánimo. Contempló con odio la roja nuca y la
cabeza calva del capitán, las puntas engomadas de sus bigotazos que
le sobresalían por detrás de las deformes orejas, y sintió un deseo
horrible de darle tantos puñetazos como pelos le quedaban en su odiosa
cabeza.
No oyéndole reir ni hablar, Margarita volvió un poquitín la cabeza y le
miró. Él seguía con la vista los movimientos de ella. Sus miradas se
encontraron, y ella se disgustó al verle triste, y él, advirtiéndolo,
le sonrió. Inmediatamente se pusieron alegres los dos. Ella volvió la
vista al escenario, pero _sentía_ que los ojos grandes y medio cerrados
de Anania, no cesaban de mirarla y sonreirle. Una ligera embriaguez les
envolvía.
Después de la comedia que, como es natural, terminó con las bodas de
Godofredo y Hermenegilda, se representó un sainetón que hizo reir de
buena fe al señor Carboni. También á Margarita y Anania les divirtió,
pero no se rieron. Margarita casi se llegó á enfadar viendo á su
padre reirse como un chiquillo, porque había leído que los grandes
personajes, cuando van al teatro, no miran al escenario y mucho menos
se ríen; y hubiese querido que su padre volviera las espaldas al
escenario, como hacía muy á menudo el secretario de la Subprefectura.
Era cerca de media noche cuando Anania acompañó á los Carboni hasta su
casa. El asesor, un médico viejo y charlatán, iba al lado del Alcalde,
contándole que un doctor norteamericano había descubierto que los
microbios son necesarios al organismo humano. Anania y Margarita iban
delante, riendo y tropezando con las piedras de la calle, oscura y en
malísimo estado. Grupos de personas pasaban, riendo y charlando.
La noche era oscura, pero templada y suave. Á intervalos, cual nota
lejana, llegaba, desaparecía y retornaba, un soplo de levante, una onda
de perfume silvestre del bosque lleno de humedad. Estrellas y planetas,
infinitos como las lágrimas humanas, brillaban en el cielo sin límites;
sobre el Orthobene, Júpiter resplandecía.
¿Quién no conserva entre los recuerdos de su primera juventud, alguna
de estas noches? Estrellas centelleando en la oscuridad de una noche
más luminosa que un crepúsculo, estrellas que no se miran pero que se
_sienten_, prontas á caer sobre nuestra frente. La Osa brillante, cual
carro de oro que nos espera para llevarnos á un lejano país de ensueño;
una calle oscura, la Felicidad muy cerca, tan cerca que podemos
estrecharla en nuestros brazos y no abandonarla nunca jamás.
Dos ó tres veces Anania sintió la mano de Margarita rozar la suya;
pero el solo pensamiento de cogerla y estrecharla, le pareció un
delito. Sentía como una especie de desdoblamiento moral. Hablaba, y le
parecía callar y pensar en cosas bien lejanas de las que decía. Andaba
y tropezaba, y le parecía que sus pies apenas tocasen el suelo. Reía,
y se sentía triste y pronto á llorar. Veía á Margarita á su lado, tan
cerca que le podía estrechar la mano, y la creía lejana, inaccesible
como el soplo del viento que llegaba y pasaba.
Ella reía y bromeaba con él. Anania había visto su desdeñosa tristeza
reflejada en los ojos de Margarita, pues le parecía que sólo podía
considerarle como á un perro fiel. «Si ella,--pensaba,--pudiese
imaginarse que me mata el deseo de cogerle una mano, gritaría
horrorizada como si sintiera la mordedura de un perro rabioso».
¿Qué se dijeron aquella noche estrellada, andando por la calle oscura,
hacia el viento perfumado? No lo recordó nunca; pero durante largo
tiempo tuvo presente la conversación entre el señor Carboni y el asesor
que hablaban de cosas indiferentes.
De pronto la voz nasal y aguda del médico calló. Margarita y Anania
se pararon, saludaron y volvieron á emprender la marcha, pero el
estudiante pareció despertar de un sueño. Volvió á sentirse solo,
triste, tímido, vacilante en la soledad de la calle oscura.
--¡Muy bien, muy bien!--dijo el Alcalde, que se había colocado entre
los dos jóvenes.--¿Te ha gustado la comedia?
--Es una estupidez,--sentenció Anania sin titubear.
--¡Braaavo!--exclamó maravillado el padrino.--¡Eres un crítico terrible!
--¡Son comedias que ya no deben ponerse! Pero como el director es un
fósil, no podía escoger otra cosa. ¡La vida, la vida no es aquello,
ni lo ha sido nunca! Y el teatro debe ser la vida; si no, resulta
ridículo. Si quería poner una cosa de la Edad Media, podía encontrar
algo menos estúpido, algo verdadero, humano, conmovedor. Leonor
D'Arborea que muere asistiendo á los apestados después de haber...
--Me parece, sin embargo,--observó bonachonamente el señor
Carboni, maravillado con la elocuencia de Anania,--y dispensa si te
interrumpo... me parece que nuestro teatro no se prestaría mucho á una
escena tan grandiosa.
--Podían haber puesto una comedia moderna, interesante. ¡Aquellas
estúpidas condesas ya han pasado de moda!--dijo Margarita tomando el
tono y acento de Anania.
--¡Bravo! ¡También tú! Sí, tenéis razón; debían haber puesto algo
más interesante y conmovedor; por ejemplo: la comedia de aquellos
americanos que cuando la mujer está de parto se meten en la cama, como
si también ellos fueran parturientes... ¿No habéis oído al asesor
cuando lo contaba?
Margarita se echó á reir. Anania también se rió, pero su risa se apagó
de pronto, como truncada por un pensamiento triste. Siguieron andando
en silencio.
--¡La verdad es que será preciso ocuparnos de los faroles! ¡Así no se
puede andar!--dijo el señor Carboni hablando bajo, como consigo mismo.
Después añadió en alta voz:--¿Qué has dicho que era el director?
--Un fósil.
--¡Bravo! ¡Y si voy y se lo digo!
--¡No me importa! De todos modos, el año que viene pienso marcharme.
--¿Ah, conque piensas marcharte? ¿Y á dónde?
Anania se puso colorado, recordando que no podía marchar sin la ayuda
del señor Carboni. ¿Qué significaba su pregunta? ¿No recordaba su
promesa? ¿Ó es que se burlaba? ¿Ó que quería hacer valer su protección,
teniéndole en ansia, dándole á entender que sin su ayuda no podía hacer
nada?
--No lo sé,--dijo en voz baja.
--¡Ah!--siguió diciendo el señor Carboni.--¿Quieres salir de aquí? ¿No
ves la hora de marchar? Marcharás, marcharás; quieres volar, agitas
las alas, ¡pobre pajarito! Pues bien, ¡sssst! ¡vuela!--Hizo el ademán
de soltar un pájaro y golpeó cariñosamente la espalda de su ahijado. Y
Anania dió un suspiro y se sintió ligero, alegre y conmovido como si
verdaderamente hubiese alzado el vuelo.
Margarita reía; y en el silencio de la noche su risa vibrante parecía á
Anania, convertido en pajarito, el misterioso temblor de una arboleda
florida que convidaba á posarse en ella para cantar.