III

Nadie denunció á la autoridad el abandono del pequeño Anania, y Olí

pudo desaparecer sin ser molestada. Nunca se supo con certeza dónde

se había marchado; alguien dijo que la había visto en el vapor que

hacía la travesía de Cerdeña á Civitavecchia. Mucho tiempo después,

un comerciante fonnense que había ido al continente á sus negocios,

aseguró haber encontrado á Olí, en Roma, vestida de señora, en compañía

de mujeres de vida alegre y que hasta habían pasado juntos algunas

horas.

Todo esto se repetía en la almazara, ante el chiquillo que escuchaba

todo oídos. Igual que un animal salvaje, en apariencia domesticado,

siempre pensaba en la fuga; del mismo modo que en Fonni, viviendo

con su madre, pensaba en escaparse para buscar á su padre, ahora que

había encontrado á éste, soñaba en emprender un viaje para reunirse

con Olí. Mejor si estaba lejos, más allá del mar; cuanto más lejos

estuviese, más capaz se sentía de encontrarla. Y, sin embargo, él no

la quería; no la quería, porque de ella había recibido más palizas que

caricias, y además por la afrenta del abandono, del cual se sentía,

instintivamente, avergonzado. Pero tampoco quería á su padre, aquel

hombre chorreando aceite, que en los primeros momentos del abandono le

había producido un terror y una repugnancia, de las cuales conservaba

en el alma como una especie de reflejo; aquel hombre que le besaba á

escondidas y ante la gente le maltrataba y humillaba continuamente.

Tía Tatana le protegía y le amaba, y él, poco á poco, le fué tomando

cariño. Ella le lavaba, le peinaba, le vestía, le enseñaba las

oraciones y las sentencias del rey Salomón, le llevaba á la iglesia,

le acostaba y le daba de comer cosas muy buenas. En poco tiempo se

transformó, engordó, convirtiéndose en un señorito, cambiando las

bastas ropas fonnenses por un trajecito de fustán obscuro. Además

empezó á hablar en nuorense y á copiar los modales desenvueltos de

Bustianeddu.

Pero su corazoncito no cambiaba, no podía cambiar. Extraños sueños de

fuga, de aventuras, de extraordinarios sucesos, se confundían en su

pequeña alma con la instintiva nostalgia del lugar en que había nacido,

de las personas y cosas que allí había dejado; con la añoranza de la

salvaje libertad hasta entonces gozada; y finalmente con un oculto

sentimiento, mezcla de piedad y vergüenza, al pensar constantemente,

con secreto anhelo, en su ingrata madre.

Aquella pequeña bestia salvaje sentía el cambio brusco de costumbres,

aun cuando estuviese ahora mucho mejor que antes; el pequeño ser

racional deseaba algo desconocido, quería tener á su madre, porque

todos la tenían, y porque el no tenerla le causaba, más que dolor,

humillación. Ya comprendía que ella no podía vivir con el almazarero

porque éste tenía otra mujer; pero entre ellos dos, prefería vivir con

su madre. Instintivamente se daba cuenta de que era la más débil, y se

ponía de su parte.

En el transcurso del tiempo estos sentimientos, ó mejor instintos,

iban palideciendo pero no borrándose de su corazoncito; del mismo modo

que en su pequeña memoria se transformaba, pero no desaparecía, la

figura moral y física de su madre.

Un día supo una cosa extraordinaria por conducto de Bustianeddu, que le

perseguía con su amistad, más que aceptada, sufrida.

--Mi madre no ha muerto,--le confió el muchachillo, casi

vanagloriándose.--Se encuentra en el continente, como la tuya; se

escapó una vez que mi padre estuvo en la cárcel. Cuando sea grande iré

á buscarla; ¡oh, sí, te lo juro! Tengo, además, un tío que estudia en

el continente; nos escribió que había visto á mi madre por la calle, y

quiso pegarla, pero la gente le sujetó. Mira, este gorro encarnado era

de mi tío.

Esta breve historia consoló muchísimo á Anania y le unió con una viva

amistad á Bustianeddu. Pasaron muchos años juntos; en la almazara,

en casa de tía Tatana y por las callejuelas de los alrededores.

Bustianeddu tenía casi la misma edad que Zuanne, el amigo perdido, y en

el fondo era bueno y cariñoso. Iba, ó decía que iba, á la escuela; pero

muy á menudo el maestro mandaba billetitos á su padre pidiendo noticias

del invisible alumno; entonces el autor de sus días,--que comerciaba

en lanas y pieles--ataba al chico con una cuerda y le encerraba en

un cuarto, para que estudiara á la fuerza. Y del mismo modo que los

hombres salen de la cárcel, él salía de aquella especie de prisión más

astuto y endurecido que antes. Solamente era formal cuando se quedaba

solo en casa durante las largas y frecuentes ausencias de su padre;

parecía comprender la responsabilidad de su posición; guardaba la

casa, barría, preparaba la comida y lavaba la ropa. Á menudo Anania

le ayudaba de buena gana; y en cambio Bustianeddu le aconsejaba y le

enseñaba muchas cosas buenas y muchísimas malas. Pasaban la mayor parte

de los días y de las tardes frías en la almazara, en donde Anania

_grande_,--como le llamaban para distinguirle de su hijo,--trabajaba

por cuenta del señor Daniel Carboni, rico propietario á quien

pertenecía la prensa.

El almazarero,--que según las estaciones se transformaba en labrador,

hortelano, ó viñador,--daba al señor Carboni el respetuoso dictado

de _amo_ porque hacía muchos años que estaba á su servicio, pero su

trabajo era muy independiente, bien remunerado y no exento de gangas.

La almazara tenía una de las dos fachadas mirando á un patio, del

cual se salía á la callejuela por donde había entrado Anania el día

del abandono, y la otra tenía salida á un huerto que bajaba hasta la

carretera que atraviesa el valle. Un hermoso huerto, algo silvestre,

lleno de rocas, setos de chumberas y espinos, albérchigos y almendros,

y una encina de carcomido tronco, nido de grandes arañas, saltamontes,

orugas y pájaros. Era propiedad del señor Carboni y el sueño dorado

de todos los granujillas de la vecindad, que el viejo hortelano, tío

Pera _Sa Gattu_ (el gato), armado de una gruesa tranca, no dejaba

nunca entrar. Desde él se veía á las hermosas y esbeltas muchachas

nuorenses bajar á la fuente, con el cántaro sobre la cabeza cual

mujeres bíblicas; y el tío Pera las miraba de soslayo con sus ojos de

sátiro, mientras sembraba habas y judías, poniendo tres semillas en

cada agujero y gritando para espantar los pájaros.

Desde la ventanuca del molino, Anania y Bustianeddu contemplaban

con intenso deseo el asoleado huerto, esperando que se ausentase el

hortelano; pero el tío Pera era un hombre chiquitito, seco, de cara

terrosa tirando á roja, sin pelo en la cara y muy mordaz, y quería

demasiado á sus habas y coles para dejarlas tan pronto; solamente ya

casi de noche subía á la almazara para calentarse y echar un párrafo.

Aquel año había muy buena cosecha; hasta los propietarios de los

pueblos próximos se apresuraban á comprometer la prensa, que trabajaba

día y noche; de cada _majadura_ de cerca dos hectolitros de olivas se

sacaban dos litros de aceite. Junto á la puerta había una lata para

el aceite de la lámpara de tal ó cual virgen, y las personas devotas

echaban en ella un poco del producto de las olivas prensadas durante

el día. Sacos de negras y relucientes aceitunas, borujo echando humo,

barriles y otros grasientos recipientes, llenaban la negra, sucia y

caldeada sala; y en este ambiente, alrededor de la rueda movida por

el caballo bayo, ante la caldera siempre hirviendo, la prensa siempre

en movimiento, siempre chorreando, entre el olor no desagradable,

pero demasiado penetrante, del borujo y heces del aceite, se movían

de continuo una porción de tipos notables. Por la noche se reunían

alrededor del fuego de la caldera las personas más friolentas de la

vecindad; por lo regular se componía la tertulia, además del almazarero

y sus ayudantes que movían las palancas de la prensa, de cinco ó

seis individuos medio borrachos. Uno de ellos, Efes Cau, antes rico

propietario y ahora reducido á la extrema miseria por el vicio de la

bebida, dormía casi todas las noches en la almazara, infestando de

miseria el rincón en donde se tumbaba.

Por causa suya, una tarde surgió una disputa entre el almazarero y un

rico labrador que había encontrado un bicho en un saco de aceitunas.

--¡Por Dios, no sé cómo no te da vergüenza!--gritaba el

labrador.--¿Por qué dejas entrar á todos estos vagabundos, que todo lo

ensucian?

--¡Éste era rico, mucho más que tú!--gritó Anania, defendiendo á Cau.

--Lo cual no impide que ahora viva de limosna y esté lleno de

piojos,--contestó el otro con desprecio.

Entonces el tío Pera, que estaba sentado junto al fuego con la tranca

entre las piernas, echó una canción:

Todo viviente

lleva piojos.

--¡Y tú que lo dices

llevas uno que anda

sobre tu cuello![21].

El labrador se llevó instintivamente la mano al cuello, y todos se

echaron á reir. Hasta él mismo se rió, y ya calmado, mandó á su casa á

por un jarro de vino.

Anania y Bustianeddu, sentados en un rincón sobre el caliente borujo,

se divertían escuchando la conversación de los mayores; y cuando llegó

Efes, borracho como siempre, tambaleándose, vestido con un traje viejo

de caza del señor Carboni, Bustianeddu le salió al encuentro cantándole

la canción del tío Pera:

Todo viviente...

Efes le miró con sus ojos vidriosos, redondos, saltones, que se

destacaban sobre sus mejillas amarillentas y colgantes, y también llevó

la mano al grasiento cuello del chaleco que llevaba abrochado.

Todos volvieron á reir; el borracho miró á su alrededor dando

traspiés, y se echó á llorar al ver que se burlaban.

--¡Efes!--gritó tío Pera, enseñándole un vaso lleno de vino que al

reflejo del fuego parecía color de rubí.

El borracho dejó de llorar y avanzó riendo, con risa idiota.

--No,--dijo Francisco Carchide, el zapatero y bordador de cinturones,

joven guapo, galán y de sonrosado rostro,--si no bailas, no bebes.

Y, cogiendo el vaso de las manos del viejo, lo levantó muy alto; el

borracho lo seguía con la vista y alzaba los brazos, animado por el

brutal deseo del vino.

--Dame, dame...

--No; si no bailas, no.

Dió una rápida vuelta sobre sí mismo, sin perder el equilibrio.

--¡También tienes que cantar, Efes!

Abrió su fétida boca y con voz ronca, cantó:

Cuando Amelia tan pura y tan sencilla...

Cantaba siempre lo mismo; y al llegar á la última palabra, hacía muecas

y aspavientos buscando en vano el verso siguiente que no recordaba.

Anania y Bustianeddu que, acurrucados sobre el borujo, parecían dos

polluelos, reían hasta reventar.

--Oye,--propuso Bustianeddu,--vamos á ponerle alfileres en el sitio

donde se tumba.

--¿Por qué quieres ponerle alfileres?

--¡Toma, para que se pinche; entonces sí que bailará de veras! Yo

traigo alfileres.

--Bueno,--contestó el otro, aunque de mala gana.

El borracho seguía bailando, tambaleando y medio cayéndose, con las

manos extendidas hacia el vaso; y toda la gente y los chiquillos reían.

Pero la alegría llegó al colmo cuando entró en el molino, Nanna, la

borracha. Aquella noche estaba en sus _cabales_; llevaba un vestido

limpio y la cara menos asquerosa que de costumbre; en sus ojillos

brillaba cierta inteligencia. Había estado todo el día cogiendo

hierbas silvestres comestibles y venía á pedir un poco de aceite para

aliñarlas. Viendo á Efes en aquel estado, ludibrio de aquella gente,

un relámpago de cólera brilló en sus ojos; avanzó, cogió al borracho

por un brazo y sin mucho trabajo le sentó sobre un saco de aceitunas á

pesar de las cómicas protestas del rico labrador.

--¿No te da vergüenza?--decía al borracho.--¿No ves que todos estos

pordioseros, toda esta _canalla_ se está riendo de ti? ¿Y por qué han

redoblado las risas al verme? ¡Y sin embargo hoy he trabajado, he

trabajado, como hay Dios! ¡Ah, Efes, Efes! ¡Acuérdate de lo rica que

era tu casa! Yo iba á llevaros agua de la fuente y me acuerdo que tu

madre llevaba los botones de la camisa, de oro, más gordos que mis

puños; tu casa parecía una iglesia, tan rica y limpia estaba. Si no te

hubieras dejado dominar por el vicio, ahora todos te querrían recoger

como se recoge un confite. Y en cambio, ahora hacen mofa de ti hasta

los más miserables mendigos; y todos se ríen de ti como del oso que

baila por las calles... Mira, aún se están riendo, y como hay Dios, son

ellos más borrachos que nosotros. Ea, pronto, almazarero, dame un poco

de aceite; tu mujer es una santa, pero tú eres un demonio. ¿Qué, aún no

has encontrado el tesoro?

--Verdaderamente trabaja algo más que tú; ¿por qué te metes con

él?--preguntó tío Pera, señalando á Anania.

--¡Viejo pecador,--contestó la mujer,--donde yo esté te callas!...

--¡Bah! ¡Bah! ¡Bah!--dijo despreciativamente el viejo.--Hoy te dedicas

á predicar, porque no llevas vino en el cuerpo.

--Yo sé llevar en el cuerpo vino y otras muchas cosas... Dame el

aceite, Anania Atonzu; esta tarde en el valle he visto una cosa;

parecía una moneda de oro.

--¿Y no la has cogido?--le preguntó, apoyándose sobre la pala todo

negra de pasta de aceitunas.

--Mírala,--contestó Nanna, buscando en el bolsillo y acercándose al

almazarero, que se limpió las manos sobre sus rodillas y después

examinó una moneda de cobre, ya verdinegra.

Bustianeddu y Anania corrieron á verla.

Entretanto Efes, sentado sobre el saco, lloraba recordando á su madre y

la rica casa paterna, evocada por la mujer borracha, y en vano Carchide

trataba de consolarle, ofreciéndole vino. No, ni la bebida podía

amortiguar el dolor de aquel recuerdo. Sin embargo, Efes cogió el vaso

y bebió sin dejar de llorar.

El rico labrador y el padre de Bustianeddu, joven de color aceitunado,

ojos azules y barba roja, tramaban algo para emborrachar á Nanna, y

hacerle contar todo lo que sabía del tío Pera; mientras el hortelano

chillaba á los dos hombres que movían la palanca, porque, según decía,

no desplegaban toda la fuerza.

--¡_Que un mal tiro os parta el hígado_! ¡No os fatiguéis,

muchachos!--decía irónicamente.--¡Qué haraganes son los jóvenes de hoy!

--¡Os parece!--contestó uno de ellos.--¡Pues póngase aquí, en el sitio

de las aceitunas, y probará nuestra fuerza!

--¡_Que un mal tiro os parta las entrañas, que un mal tiro os destroce

el talón_!...--seguía diciendo el tío Pera.

--¡Bueno, bueno!--exclamó maestro Pane, el viejo carpintero giboso,

que sólo tenía unos cuantos pelos grises sobre una gran bocaza sin

dientes;--¡bueno! Y después fué y puso un clavo debajo.

Hablaba en voz alta, dándose golpes sobre las rodillas, sentado en el

suelo, apoyando la espalda en la pared, bajo la ventana; nadie le hacía

caso, pues tenía la costumbre de hablar consigo mismo en alta voz.

--Nanna,--dijo el labrador,--ahora van á traer la cena de mi casa.

Quédate.

--¿Quieres divertirte?--dijo la mujer mirándole con picardía.--¿No te

basta con Efes?

Pero se quedó, y acercándose al infeliz que aún lloraba empezó á

reñirle, aconsejándole que no bebiera más, que no fuera la deshonra

de sus parientes; y entretanto sucedía una cosa singular. Carchide le

enseñaba el vaso lleno de vino, haciéndole señas invitándola á beber y

ella contemplaba el vino fascinada.

--¡Dámelo!--prorrumpió por fin.

Bustianeddu y Anania de pie, detrás de aquellos dos infelices

borrachos, reían hasta no poder más.

--¡Dios mío, qué feo eres!--decía maestro Pane, siempre hablando

consigo mismo.

Nanna tomo el vaso, bebió hasta emborracharse, y empezó á contar sucias

historias del tío Pera. Sí, el viejo hortelano, por la mañana muy

temprano, esperaba que alguna chiquilla pasase por la carretera camino

de la fuente; la llamaba prometiéndole ensaladas, y cuando la tenía en

el huerto, trataba...

--¡Asquerosa!--gritó tío Pera, amenazándola con la tranca.--Espera,

espera un poco...

--¿Qué? ¿Qué he dicho?... trataba de enseñarle... el Avemaría...

Y todos se reían y hasta Anania se reía, aun cuando no comprendiese por

qué tío Pera quería enseñar á la fuerza el Avemaría á las chiquillas

que iban á la fuente.

Entretanto Bustianeddu había llenado de alfileres el sitio en donde

Efes solía tumbarse. Anania lo vió y no se opuso, pero apenas estuvo

en casa, acostado en la gran cama de tía Tatana, sintió un ímpetu

de remordimiento. No podía dormir; daba vueltas y más vueltas,

pareciéndole que también él estaba atormentado por millares de

alfileres.

--¿Qué tienes, chiquillo?--preguntó tía Tatana, con su acostumbrada

dulzura.--¿Te duele el vientre?

--No, no...

--¿Pues entonces qué tienes?

Al pronto no contestó, pero después de algunos momentos reveló su

secreto.

--Hemos puesto alfileres en el sitio donde duerme Efes Cau...

--¡Ay, qué malos! ¿Y por qué lo habéis hecho?

--Porque se emborracha...

--¡Ay, santa Catalina de mi alma!--suspiró la buena mujer.--¡Qué malos

son los muchachos de hoy en día! ¿Y si alguien pusiera alfileres

donde vosotros dormís? ¿Os gustaría? No, ¿verdad? Pues vosotros sois

peores que Efes. En el mundo todos somos muy malos, corderito mío,

y es preciso que tengamos compasión del prójimo; de otro modo, nos

devoraríamos unos á otros como los peces en el mar. El rey Salomón

decía que solamente Dios debe juzgar... ¿Has comprendido?

Anania pensó en su madre, en su madre que había sido tan mala

abandonándole, y se puso triste, muy triste.

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