Después de haber rechazado con tan cruel desabrimiento las palabras de
doña Manolita y después de hechas las paces, doña Luz pensó a sus solas
en el valor y motivo de aquellas palabras; y, como si una claridad nueva
y extraña iluminase los más oscuros laberintos de su cerebro, creyó
percibir la verdad de todo y reconoció que su amiga tenía algunos visos
de razón al decir lo que dijo.
Doña Luz se había enojado quizá porque su propia conciencia,
aprovechándose de las palabras de doña Manolita, había formulado una
acusación mucho más severa. ¿Qué diferencia radical e importante se da
entre la amistad más tierna y exclusiva, entre la predilección más
marcada de un hombre por una mujer y de una mujer por un hombre, ninguno
de los dos viejo aún, y el amor más puro, más platónico y más sublime?
Doña Luz se ponía a sí misma esta cuestión; y, no acertando a resolverla
sino en el sentido de que no se da diferencia, o que, si se da, apenas
es perceptible y se quiebra de puro sutil, decidía que no era absurdo ni
insolencia suponer y afirmar que estuviese enamorado de ella el P.
Enrique. El Padre, encadenado por el respeto, teniendo en cuenta su
estado, sus votos y su posición, se había guardado bien de manifestar su
cariño de un modo que hiciese sospechar ni remotamente que no era
legítimo y sin tacha; pero, sin duda, que en el fondo de su alma le
sentía.
Luego que doña Luz dejaba esto como sentado y evidente, se preguntaba
también: «¿Y yo qué he hecho para inspirar esta pasión? ¿Qué culpa
adquiero de que él me ame? ¿Hasta qué punto he dado y sigo dando pábulo
a su afecto?». La contestación que doña Luz se daba era contradictoria y
confusa. Ora se condenaba; ora se absolvía. Se condenaba al reconocer
que ella había disimulado mucho menos que él la complacencia con que le
oía, el contento que su vista le causaba, el deleite que su conversación
le traía siempre, y que ella por instinto irreflexivo, pero depravado,
gustaba de parecer hermosa y elegante a todos, y particularmente a las
personas a quienes quería, entre las cuales no podía menos de incluir al
Padre.
Otra serie de consideraciones acudía luego a su mente para absolverla.
Pues qué, ¿no era lícito amar la ciencia, la virtud y el ingenio que en
el Padre resplandecían? ¿Qué mal había en mostrarlo? Y en cuanto al
esmero en el adorno de su persona, ¿qué ley divina ni humana podía
imponerle la obligación de ocultar las prendas que el cielo le había
dado y de no lucirlas hasta donde esto es compatible con el más rígido
decoro? De esta suerte se absolvía doña Luz; pero, prosiguiendo en sus
cavilaciones, añadía en su pensamiento: «Y si yo supongo que él me ama,
¿por qué no ha de suponer él que le amo yo? Si yo no tengo motivo para
suponerlo, si es mi vanidad quien lo supone, bien puede él ser tan
vanidoso como yo y suponerlo del mismo modo. Y si yo lo supongo con
motivo ¿el motivo que yo le he dado para que haga suposición idéntica es
menor acaso?». Doña Luz tenía entonces que confesarse que, atendidas la
natural reserva que deben tener las mujeres, y la modestia y timidez con
que deben velar y mitigar los movimientos e inclinaciones del corazón,
ella había dado mayor motivo al Padre para que él la creyese enamorada
que el que él le había dado a ella para que de su parte lo creyese.
El proverbio dice que _quien prueba mucho no prueba nada_, y esto
ocurría a doña Luz no bien demostraba que, no sólo el Padre estaba
enamorado de ella, sino que ella estaba enamorada del Padre. Se
examinaba el alma, se interrogaba el corazón, y como le respondían que
no amaban al Padre, volvía a creer que sólo su presunción podía hacerle
imaginar que el Padre la amase a ella. Lo único que, después de tantos
rodeos, sacaba en claro doña Luz era que en aquella convivencia e
intimidad afectuosa y en aquellos coloquios tan sabios de ella con él,
había algo de ocasionado a perversas interpretaciones, algo de mal
gusto, algo de pedantesco y lugareño a la vez, que la parecía cómico, y
cuya ridiculez se atenuaba sólo pensando que su vida en un lugar no
podía llevarla a menos necio extravío.
Doña Luz resolvió, pues, ser más cauta y menos expansiva en lo venidero,
y no menudear tanto las discusiones filosóficas y teológicas, y las
confianzas y el trato con el venerable sobrino del antiguo administrador
de su casa.
«Si no hay--concluía ella--mutua y peligrosa inclinación en nuestras
almas, pudiera suponerse, y esto me ofendería, y si la hay, como la
inclinación sería por todos estilos abominable, conviene cortarla de
raíz».
En cualquiera de ambos supuestos, reconoció doña Luz la necesidad de
cambiar de conducta; la conveniencia, valiéndonos de una frase española,
algo anticuada, pero gráfica, de _poner su descuido en reparo_.
La llegada a Villafría del triunfante y flamante diputado D. Jaime
Pimentel y Moncada coincidió casi con esta prudentísima, aunque algo
tardía resolución.
Doña Luz, acompañada de su benigna amiga, estaba en una ventana baja,
aguardando la aparición de la pompa y del triunfo, que se anunciaba ya
por el resonar de los tiros y de los vivas.
Don Jaime, cabalgando en medio de D. Acisclo y Pepe Güeto, precedido de
una turba de muchachos y de hombres a pie, y seguido de buen golpe de
gente a caballo y aun de más gente pedestre, se mostró al cabo a los
ojos de nuestra heroína.
La fama no había mentido. Era D. Jaime todo un galán caballero. Montaba
con gracia y firmeza. Aunque tenía cerca de cuarenta años, parecía que
apenas tenía treinta. Su traje sencillo dejaba ver, en los pormenores
todos, la elegancia y el buen gusto.
La cabalgata se paró a la puerta de D. Acisclo, y éste, seguido de su
ahijado y huésped, se halló pronto en la sala, donde aguardaban doña Luz
y doña Manolita.
--Aquí tiene V. a nuestro diputado el Sr. D. Jaime--dijo D. Acisclo,
presentándole a doña Luz--; y luego añadió, dirigiéndose a D. Jaime:
--La señorita doña Luz, hija del difunto marqués de Villafría.
El recuerdo lejano y confuso de la alta sociedad madrileña, que doña Luz
no había hecho sino entrever hacía más de doce años, la idea vaga de un
medio más culto y más aristocrático, las formas y el ser soñados de
damas y galanes, sus usos, discreteos, aventuras y amoríos, tales cuales
ella los había fantaseado o columbrado, sin llegarlos a ver ni a gozar,
obligada, en la aurora de su vida, a retirarse a un pueblo pequeño, todo
acudió de súbito a la mente de doña Luz, al mirar a D. Jaime Pimentel,
al notar la soltura y naturalidad de sus distinguidos modales, y al oír
su acento y las pocas y atinadas palabras que le dirigió, las cuales ni
pecaron de frías y secas, ni se extremaron por lo galantes, sino que se
encerraron dentro de los límites de la más respetuosa discreción. Porque
no era el inferior quien sintió doña Luz que le hablaba, ni el cortesano
insolente tampoco, cuya superioridad se revela al través de su fingida
cortesía, sino el hombre de la misma clase que ella, que habla como
igual, pero con las atenciones delicadas que a una señora principal se
deben siempre. Doña Luz lo comprendió así, se complació en ello, y lo
agradeció todo. Harto advirtió el tono diverso que empleó don Jaime, al
hablar con doña Manolita, no bien a ella también le presentaron.
Dos días estuvo D. Jaime en Villafría, al cabo de los cuales fue
menester proseguir la comenzada tarea de visitar todos los lugares del
distrito.
Durante estos dos días, D. Acisclo desplegó la más prodigiosa
magnificencia. Tuvo, por decirlo así, mesa de Estado. Toda su parentela,
el médico, su hija y su yerno, y el cura D. Miguel, almorzaron, comieron
y hasta cenaron con él y con el agasajado D. Jaime. Éste se sentó
siempre a la derecha de doña Luz, y tuvo siempre a doña Manolita del
otro lado.
Petra, el ama de llaves, hizo milagros en aquellos dos días. ¿Qué pavos
rellenos, qué cocido con morcilla, chorizo, embuchados y morcones, qué
tortillas con espárragos trigueros, qué platazos de pepitoria, qué
menestras de cardos, morrillas y guisantes, qué jamón con huevos
hilados, qué tortas maimones, y qué deliciosas alboronías, picantes
salmorejos, frescos gazpachos y ensaladas, y variados arropes y
almíbares, no condimentó o presentó en la mesa de su amo?
Los cinco mejores músicos del lugar vinieron por la noche con sus
acordes y sonoros instrumentos, y se bailó en la cuadra alta, porque la
baja estaba como santificada por la Santa Cena.
Don Jaime bailó rigodón con doña Manolita y con una de las hijas de D.
Acisclo; y con doña Luz, no sólo bailó rigodón, sino también valsó.
Con doña Luz estuvo muy fino y amable, y doña Luz asimismo lo estuvo con
él.
Los chistes urbanos, las anecdotillas picantes, sin rayar en libres, las
pinturas de las intrigas y lances de Madrid, referidos con ligereza y
primor por don Jaime, divirtieron mucho a doña Luz y la hicieron reír;
cosa que le agradó y pasmó, porque no era fácil para la risa. Siempre
que la conversación era general, cuanto decía D. Jaime encantaba al
auditorio, y todos le aplaudían. Y doña Luz notaba que D. Jaime, sin ser
vulgar, tenía el arte de hacerse comprender de los que lo eran, y que
con sus discursos nadie se quedaba en ayunas, como con las reconditeces
y los encumbramientos del Padre, el cual no dejó de asistir a todo esto,
pero muy eclipsado y confundido entre la turba multa.
En los apartes, D. Jaime hizo mil cumplimientos a doña Luz. Como
vulgarmente se dice, le echó muchísimas flores; pero, con tal arte, que
la más presumida no hubiera creído al oírlas que eran nacidas de amor,
ni negado tampoco resueltamente que de amor naciesen, porque iban
enlazadas con miramientos tales que acaso se hubiera podido interpretar
por temor de ofender lo que las contenía dentro de ciertos límites. La
franqueza graciosa con que don Jaime decía piropos a doña Manolita,
hacía resaltar todo el mérito y todo el lisonjero significado de aquella
circunspección con que celebraba la hermosura y demás excelencias de la
aristocrática hija del marqués de Villafría. En suma, los dos días
pasaron como un soplo; D. Jaime se fue a recorrer el distrito con D.
Acisclo y Pepe Güeto; y las dos amigas se quedaron como antes,
acompañadas sólo, en las horas de la comida y de la tertulia, del P.
Enrique y a veces del cura y de D. Anselmo.
Cuando doña Manolita se vio a solas con su amiga, recordando que la
broma de unos supuestos amores con D. Jaime no la había ofendido, no
pudo resistir a embromarla de nuevo sobre el mismo tema. Y así,
hallándose las dos, con todo sosiego, en la salita de doña Luz, la
mañana misma de la partida de D. Jaime, dijo la hija del médico a la
hija del marqués:
--Vamos, confiesa que nuestro diputado no te parece saco de paja.
--No me parece sino muy bien--respondió doña Luz--. Decir otra cosa
sería hipócrita falsedad. Es elegante, discreto, buen mozo y muy amable.
--Si tan buena es la impresión que en ti ha hecho--repuso doña
Manolita--, creo que debes lisonjearte y estar muy contenta, porque él
no apartaba un punto los ojos de ti y se conocía que te miraba y
admiraba con entusiasmo.
--No te burles, Manuela.
--No me burlo. Tengo por cierto lo que te digo.
--Tu deseo de que yo haga conquistas y la buena opinión que de mí tienes
te llevan a soñar con todo eso.
--Y las dulzuras y los requiebros que te ha dicho en voz baja, pues por
el gesto y el ademán y el brillo de los ojos se mostraba que te los
decía, ¿son sueños míos también?
--No; no son sueños. ¿Cómo negarte que D. Jaime me ha requebrado? Pero,
si bien lo ha hecho con un respeto y un tino que le honran (y no de otra
suerte lo hubiera sufrido yo), no ha dejado ver verdadero interés por
mí, ni un solo momento. Sus palabras expresaban estimación, denotaban
ingenio cortesano, estaban llenas de lisonja, pero no había en ellas un
átomo de sentimiento. Ni podía haberle. Pues qué, ¿el amor brota de
repente, en la vida real? Eso se queda para los dramas, donde es
menester que la acción corra a todo correr y que los hechos se condensen
y acumulen en pocas horas y palabras.
--Hija mía, en la vida real, lo mismo que en los dramas, no es tan
inverosímil _dar flechazo_. En mujer de tus rarísimas prendas es menos
inverosímil todavía. Yo estoy segura de ello: tú has dado flechazo a D.
Jaime.
--_Dar flechazo_ tiene tan indeterminada significación que no sé qué
responderte. Si por _dar flechazo_ quieres significar que he parecido
bien a D. Jaime, y que hasta se ha sorprendido un poco (y perdona que
haga patente contigo mi vanidad) de hallar en esta villa a una mujer
que, trasladada de súbito a un salón de la corte, estaría en él como en
su centro, no disto mucho de creer que le he dado flechazo. Pero desde
esto a infundir un verdadero cariño, hay mil leguas de distancia, y ni
me alucino, ni deseo siquiera que D. Jaime haya andado ni ande esas mil
leguas en cuarenta y ocho horas, que hace sólo desde que me conoce y
trata.
--¿Y por qué no ha de andar o por qué no ha de haber andado ya esas mil
leguas?
--Porque es harto difícil y porque a nada conduciría. Mira, Manuela,
¿qué no te declararé yo? Confieso que he pensado en la posibilidad de
ese amor; pero le he desechado como locura. D. Jaime es ambicioso, y
apenas tiene para él sólo con su sueldo y sus rentas. En mí no podría
poner la voluntad sino para casarse conmigo. ¿Y qué puedo yo llevarle?
Mis bienes, cuidados por mí, estando yo aquí sobre ellos, producen
20.000 rs. el año que más: si me fuese de aquí, no me producirían 10.000
rs., o administrados o en arrendamiento. Mi boda con D. Jaime sería como
grillos con que él ataría sus pies; sería para él una carga muy pesada.
Claro es, pues, que D. Jaime, aunque por acaso se sintiese inclinado a
amarme, que lo dudo, desecharía de sí el amor como una tentación insana;
como un disparate funesto.
--Luego tú--interrumpió doña Manolita--, no concibes que te quieran sino
por cálculo. No te entiendo. Lo que lisonjea y enamora es que la quieran
a una, aunque sea pobre, y no por ser rica.
--De acuerdo--contestó doña Luz--. Yo no sé si amaría a D. Jaime, si él
me amase; pero de seguro que no le amaría, si yo fuese rica y llegase yo
a sospechar que por hacer un negocio él me amaba. Ve ahí por qué no me
casaré nunca. Rica yo, recelaría siempre que no me amaban por mí, y
pobre, recelo que no me amen hasta el extremo de que se sacrifiquen
amándome. Como no me case con algún señorito de estos lugares, para
quien sólo puedo ser un partido proporcionado, en que ni él se
sacrifique, ni yo sea para él un dote y no una amada compañera de toda
la vida, no veo novio adecuado para mí en el mundo. Mi único amor será
este....
Y alzándose de su asiento, en uno de aquellos arrebatos ascéticos que de
vez en cuando tenía, abrió doña Luz su famoso cuadro del admirable
Cristo muerto y puso sus rojos y frescos labios sobre los labios lívidos
de la tremenda imagen.
Doña Manolita había ya visto el cuadro otras varias veces, pero nunca le
hizo más honda impresión que en aquel momento; cuando se unieron la
lozanía de la mocedad, la exuberancia de la vida y la hermosura briosa
de doña Luz con tal fiel trasunto del dolor y de la muerte.
Esta y otras conversaciones que tuvo doña Luz con su amiga, y los
propios monólogos y los constantes pensamientos que la asaltaban, fueron
acrecentando en el alma de la soberbia dama un recelo que sublevaba su
orgullo, y contra el cual trató de armarse de todos los bríos de su
pecho.
Don Jaime iba a volver. Don Jaime, después de la visita a todos los
lugares, iba a pasar otros tres días en aquel pueblo. ¿Incurriría doña
Luz en la debilidad de prendarse algo, de inclinarse un poco, y en
balde, al diputado? Sólo de imaginarlo, de presentar en su mente la
remota hipótesis, doña Luz se ponía encendida como la grana y se llenaba
de vergüenza como si la ultrajasen con el desprecio.
Propuso, pues, en su corazón estar serena y fría a los halagos de D.
Jaime cuando volviese; y olvidando, con este nuevo peligro, el que podía
haber en los diálogos íntimos, en las disertaciones sabias y en la
atención y en la emoción con que oía al P. Enrique, volvió con más
ternura amistosa que nunca a buscar la conversación del Padre, a
deleitarse en ella, y a dar señales inequívocas de la predilección con
que le miraba.
Pronto se pasó de este modo una semana entera, al cabo de la cual, con
no menor pompa y estruendo, volvió a Villafría el ilustre diputado D.
Jaime, acompañado de D. Acisclo y de Pepe Güeto.
En la casa de D. Acisclo se renovaron las comilonas, las fiestas
espléndidas y todo el lujo de que ya se había hecho gala la primera vez.
-XIV-