La amistad de doña Manolita

La vida de doña Luz era, no obstante, tan regular, tan monótona, tan sin

accidentes que diferenciasen unos días de otros días, que habían pasado

los años, y en la memoria de ella eran como sueño fugaz, donde todo

estaba confundido.

Esto tiene para cualquiera el hechizo de la paz. Para doña Luz aún tenía

mayor hechizo.

Cuanto agitaba su mente con pensamientos, o su voluntad con deseos o

pasiones, era extraño al mundo que la rodeaba: procedía de un mundo

ideal, donde no hay espacio ni tiempo. Así es que, si bien doña Luz, no

distinguiéndose en esto de los demás mortales, no pensaba ni sentía todo

a la vez, como las causas de su pensar y de su sentir más hondo no

tenían punto señalado en nuestro planeta, ni momento marcado en la

cronología, los efectos se sustraían también a las leyes de la sucesión

y del lugar y parecía que se daban en una eternidad inmóvil.

Me pesará de no ser claro y trataré de explicarme con más llaneza,

aunque peque de difuso. Doña Luz no era una soñadora mística; distaba

infinito de vivir en continuo arrobo; veía, comprendía y apreciaba

cuanto ocurría en torno de ella en el mundo real; pero los lances y

sucesos de Villafría la interesaban menos, aunque los veía de cerca, que

los lances y sucesos que las historias y novelas relataban, que la

poesía acertaba a presentarle o que ella misma fantaseaba en ocasiones.

No tenía tampoco doña Luz un corazón de cal y canto, sino un corazón muy

compasivo y afectuoso; se dolía de los males y desgracias del prójimo,

procuraba remediarlos, los consolaba a veces, y en esto consumía parte

de su actividad. Pero como su actividad era grande, y se dilataba muy

más allá de los límites de Villafría y aun se prolongaba de un modo

infinito, venía a resultar que lo más íntimo y esencial de su vida, lo

que más la afectaba no estaba en Villafría, y, por consiguiente, no

estaba en ninguna parte. Por esto, sin ser ella soñadora, vivía como

soñando.

Por mucho que anhelemos ponderar la ternura de alguien, no iremos hasta

afirmar que se marcan las más importantes épocas de su existencia por el

día en que murió de viruelas el hijo del vecino de enfrente, o por la

noche en que se prendió fuego el cortijo del labrador con quien se ha

conversado alguna vez al ir de paseo o al salir de la iglesia. Para

marcar dichas épocas, son necesarios casos que toquen más íntimamente a

nuestro propio ser. Para doña Luz no había época de este orden desde la

muerte de su padre. Verdad es que, muy al contrario de la generalidad de

las mujeres, daba ella poco valer a multitud de cosas con que otras

llenan la memoria, sin descuidar ni borrar los pormenores al parecer más

insignificantes.

En nada, en mi sentir, se señala más que en esto el espíritu femenino.

Yo confieso que me quedo embobado oyendo referir a las mujeres sucesos,

lances o conversaciones. No hay menudencia que echen en olvido. Y dijo

éste... y relatan todo lo que dijo. Y contestó el otro... y no olvidan

palabra de lo que contestó. Y luego replicó el de más allá... y tampoco

se queda traspapelada una letra sola de la réplica. Imagina el oyente

que levantan acta circunstanciada y fiel de cuanto presencian y oyen. No

así doña Luz. Doña Luz hacía caso de muy pocos sucesos.

Lo que más la entusiasmaba, deleitaba o conmovía, lo mismo era de hoy

que de ayer, lo mismo de un año más tarde que de un año más temprano: la

vuelta de la primavera, un cielo lleno de estrellas, la luz de la luna,

el alba, el olor y la belleza de las flores, la música, los versos y

cosas así que son de siempre.

Hasta las relaciones amistosas de doña Luz con el médico, con el cura y

con D. Acisclo, eran invariables: estaban siempre en el mismo ser, sin

crecer ni menguar.

Sólo en las relaciones con doña Manolita hubo variación, aumentando la

intensidad en el afecto.

Partamos, pues, del instante en que crece y llega a su colmo esta

amistad entre doña Luz y doña Manolita.

Era una mañana de mayo. Ya hemos dicho que doña Luz madrugaba. También

madrugaba la hija del médico. A las siete de la mañana vino a ver a su

amiga, y penetró en su saloncito, donde tenía entrada libre.

Si cualquier hombre del mundo, conocedor de la vida de Madrid o de otra

capital de Europa, y conocedor del modo de vivir de nuestros lugares de

Andalucía, hubiera entrado allí, se hubiera sorprendido agradablemente y

hubiera dudado de lo que veían sus ojos.

El saloncito de doña Luz tenía todo el _confort_, toda la elegancia de

un saloncito de una dama madrileña de las más _comm'il faut_, a par de

ciertas singularidades poéticas del campo y de la aldea.

Dos ventanas daban al huerto, donde se veían acacias, álamos negros,

flores, árboles frutales, también en flor entonces, y brillante verdura.

Dentro del saloncito había asimismo plantas y flores en vasos de

porcelana. Una jaula grande encerraba multitud de pájaros que alegraban

la estancia con sus trinos y gorjeos. Tenía doña Luz dos primorosos

escritorios antiguos, con cajoncitos y columnitas, llenos de

incrustaciones de marfil, ébano y nácar; cómodos sillones y sofás; una

chimenea _francesa_ mejor construida que las otras que había en la casa;

espejos, cuadros bonitos y un armario lleno de libros lujosamente

encuadernados.

Sobre su mesa de escribir se parecía el mejor cuadro, o al menos el que

doña Luz estimaba más. Figuraba varios atributos y emblemas de la

Pasión; clavos, corona de espinas, escalera, gallo y lanza de Longinos;

en el centro la cruz, y en torno de la cruz muchas flores lindamente

pintadas. No era, con todo, esta pintura lo que daba a los ojos de doña

Luz tanto precio a aquel objeto; era lo que la pintura encubría. Se

tocaba un resorte, se apartaba la pintura que hemos descrito, como si

fuese una puerta, y dejábase ver otro cuadro de muy superior mérito; un

cuadro horrible y bello a la vez. Era la figura de Cristo, de medio

cuerpo, de admirable beldad y de un trabajo delicadísimo y prolijo. Las

barbas y los cabellos se podían contar. La regularidad y noble simetría

de todas las facciones infundían amor y respeto; pero las angustias del

patíbulo, los horrores de la agonía, los tormentos todos estaban

marcados en aquella cara flaca y macilenta, y en aquel pecho y en aquel

costado herido por la lanza. Era un Cristo muerto: la hendidura lívida

del clavo atravesaba su diestra que reposaba sobre el descarnado pecho;

las llagas enconadas de las espinas, vertiendo sangre aún, se veían en

sus sienes; la boca entreabierta; amoratados los labios; los párpados

caídos, aunque no cerrados del todo, dejaban ver sus ojos vidriosos y

fijos. El pintor había acertado a unir, con inspiración monstruosa, la

imagen de una criatura próxima a disolverse, y la forma sobrehumana que

el mismo Dios había tomado.

Unos inteligentes atribuían aquel cuadro al divino Morales; otros habían

dicho que era de un discípulo de Morales y no del propio maestro. De

cualquier modo, el cuadro había estado vinculado en la casa y era una de

las pocas alhajas de algún valer que el marqués no había vendido.

El cuadro era tal que una mujer más delicada, menos briosa que doña Luz,

ni le tendría en su cuarto ni le miraría con tanta frecuencia. El amor a

la divina representación de Cristo se hubiera combinado con el miedo y

con una compasión tremenda que tal vez la hubieran hecho caer en

convulsiones, o producido en ella ataques de nervios y hasta delirio.

Pero doña Luz era muy singular y hallaba extraño deleite en la larga

contemplación de aquel cuadro, donde se cifraban el más alto misterio y

los dos más opuestos extremos de valer de la humana naturaleza: toda la

beatificación, toda la hermosura, todo el celeste resplandor de que es

capaz nuestra carne, unida a un alma pura, y siendo templo y morada del

Eterno, y los dolores, a la vez, y las miserias, y los padecimientos

lastimosos y la corrupción nauseabunda de esa carne misma.

Doña Luz halló este espantoso cuadro prudentemente cubierto por el otro,

y así le conservó, trayéndole de la casa solariega a su habitación en

casa de D. Acisclo. A casi nadie se le mostraba; pero ella, que tenía

muy rara condición y muy contrarias propensiones en el espíritu activo e

infatigable, tal vez después de trotar y galopar y dar saltos peligrosos

en su caballo negro, durante dos o tres horas; tal vez después de haber

limpiado, bañado y frotado con complacencia su hermoso cuerpo, que del

valiente ejercicio había vuelto cubierto de sudor; rebosando ella salud,

en todo el brío de la mocedad y en todo el florecimiento de la belleza

plástica, se sentía llena de ímpetus ascéticos, y abriendo su cuadro, le

contemplaba largo tiempo, y las lágrimas acudían a sus ojos, y acudían a

sus rojos labios plegarias inefables que ella murmuraba y apenas

articulaba.

Aquella mañana no había en doña Luz ascetismo ninguno, o por lo menos,

no había acudido aún el ascetismo. Estaba doña Luz vestida con una linda

bata, y los cabellos rubios, no peinados aún, recogidos en red sutil.

Recostada lánguidamente en una butaca, leía, ya en este, ya en otro, de

dos libros que tenía al lado. Eran Calderón y Alfredo de Musset. Doña

Luz andaba estudiando y comparando cómo aquellos dos autores habían

puesto en acción dramática la misma sentencia: _No hay burlas con el

amor_ y _On ne badine pas avec l'amour_.

No la impulsaba a este estudio la mera afición especulativa a la crítica

literaria, sino un caso práctico, que hacía poco más de dos meses que se

había presentado y que le interesaba bastante.

Pepe Güeto, hijo de un rico labrador de Villafría, de edad de treinta

años, era el hombre más grave, mesurado y formal que se conocía en toda

la provincia. Las locuras y regocijos algo descompuestos de doña

Manolita le chocaban de un modo atroz y siempre los estaba censurando.

Había llegado a decir que si doña Manolita fuese algo de él, mujer, por

ejemplo, le había de sacar del cuerpo los rabillos de lagartijas, aunque

fuese menester emplear una buena vara de mimbre. Doña Manolita, en

cambio, que lo había sabido todo, decía que Pepe Güeto tenía mucho

jarabe de pico; que era hombre culto hasta cierto punto y que jamás

emplearía la vara con las mujeres; y que, si llegase a ser marido de

ella, en vez de pegarle, se dejaría pegar y sería el modelo de los

gurruminos. Añadía la hija del médico que la exagerada gravedad, sobre

todo en los mozos, se confunde con la tontería, y que, o ella había de

poder poco, o había de sacarle a Pepe Güeto la gravedad, como quien saca

los diablos de un endemoniado, y que, si no era tonto, había de volverle

loco, obligándole a hacer mil locuras.

También estas amenazas llegaron a noticia de Pepe Güeto, de donde

resultó, que donde quiera que se veían él y ella, se amenazaban de

nuevo, y él la reprendía de desenvuelta y alborotada, y ella se reía de

la seriedad de él y le calificaba de tonto. El furor y el encono de

ambos crecieron de tal suerte, que ya no les bastaban para desahogarse

los encuentros casuales, y solían buscarse para mover disputa y reñir y

tratarse muy mal. Estas riñas terminaban, por lo común, con que dijese

Pepe Güeto:--Si yo tuviera la desgracia de ser marido de usted, ya la

metería en costura--, y con que doña Manolita respondiese:--Pues si yo

incurriese en el desatino de ser mujer de hombre tan fastidioso, o le

había de poner más alegre que unas sonajas, o me había de borrar el

nombre que tengo.

Tomaron Pepe Güeto y doña Manolita tal afición a los denuestos,

improperios y pendencias, que cada día las armaban tres o cuatro veces.

Esto había hecho pensar a doña Luz, porque quería bien a doña Manolita,

y con esta ocasión leía las citadas comedias, después de haber releído

otra de Shakespeare, donde se trataba el mismo asunto de manera más

magistral.

Absorta en dicha lectura se hallaba doña Luz, cuando, como ya hemos

dicho, entró a verla doña Manolita.

Se besaron, se abrazaron, se dieron los más cordiales buenos días, y

luego habló la hija del médico:

--Hija mía, tú eres la primera que ha de saberlo. Lo sabrás antes que mi

padre. ¡Gran novedad! Mis peleas con Pepe Güeto han dejado de ser

escaramuzas. La ira de ambos ha llegado a su colmo. Nos hemos

comprometido en un duelo a muerte.

--¿Qué me quieres significar?--dijo doña Luz.

--Quiero significar--replicó su amiga--, que para ver si yo le vuelvo

loco o si él me vuelve juiciosa, hemos resuelto casarnos. Verdad es que

él se da por vencido por el momento, y dice que, pues se casa conmigo,

no debe de estar en su juicio cabal, y que ya, sin casarnos, le he

ganado la partida y la apuesta; pero, por lo mismo, añade que desea

casarse para vengarse y desquitarse. Yo le contesto aquello de _no

siento que mi hijo pierda, sino que se quiera desquitar_, y le aseguro

que saldrá con las manos en la cabeza si sigue jugando, y le amenazo con

que su derrota será mayor cuando esté casado; pero el insolente,

atrevido, no me cobra miedo, y cierra los ojos, y arremete, y se casa.

Hoy mismo, con más denuedo que el Cid Campeador, irá a pedir a mi señor

padre esta blanca mano, que tomará la rienda y le obligará a salir de su

paso de mula de canónigo y a brincar y a estar más avispado que tu

hermoso caballo negro.

Doña Luz, que no podía disimular sus sentimientos, los cuales se

mostraban en su rostro como las blancas piedrecillas a través del agua

transparente y mansa de un lago, más bien dejó ver pesar que alegría, al

saber la nueva, ya prevista por ella, del casamiento de su amiga.

--¿Cómo es eso?--prosiguió esta última--. ¿Te aflige que yo me case?

¿Sientes el modo informal? ¿No lo comprendes bien, inocentona? ¿No caes

en que ese bárbaro, egoistón, de Pepe Güeto, presume, y no sin razón, de

ser un real mozo, y todo el furor que ha tenido y tiene aún contra mí,

estriba en que anhelaba que yo me hubiese enamorado de él por lo triste

y por lo serio, y me hubiese puesto a suspirar y a llorar, sin pensar

más que en él y no en divertirme? ¿No ves que él se ha enamorado y que

su rabia es que no me cree tan enamorada ni tan capaz de enamorarme,

porque no hago pucheros y no aburro con lágrimas y sublimidades? ¿Y no

calculas, por último, que yo le quiero también? Si no, ¿me casaría? Ya

casada, vencido el natural encogimiento que debo guardar, le demostraré

mi ternura, y le haré ver que hay un tesoro de ella en mi alma, aunque

escondido entre burlas y alegrías; y cuando vea el tesoro, y le goce, y

conozca que es suyo, y mejor que cuanto podía él soñar, ha de conocer

que no es mi corazón de corcho sino de almíbar y jalea, y se ha de poner

como jalea y como almíbar, y ha de bailar y reír de gusto, declarando y

confesando que se compaginan bien los regocijos con el verdadero amor, y

las risas con la ventura más seria y más grave en el fondo.

Doña Luz, sonriendo y suspirando a la vez, contestó entonces:

--No era la preocupación por tu suerte la causa de mi tristeza: era mi

egoísmo que al cabo lograré vencer. Presiento que vas a ser dichosa y

esto me alegra; pero tengo celos por tu amistad. ¿Por qué no confesarlo?

La única persona a quien poco a poco he ido confiando mi corazón y dando

todo mi cariño, eres tú. Tú, lo reconozco, me pagabas con usura; pero

ahora vas a tener marido; pronto, quizá, tendrás hijos, y toda tu alma

será para ellos. Esta pobre huérfana, sola en el mundo, quedará

abandonada y sin un alma que la comprenda y que la ame.

Doña Manolita, abrazando tiernamente a doña Luz, contestó con estas

palabras:

--Aunque no tuviese yo mil razones para alegrarme de mi boda, me

alegraría, porque te ha excitado a declararme hoy tu amistad del modo

más explícito y como nunca lo habías hecho. Estoy contenta y llena de

orgullo de que tanto me estimes para amiga. No temas tú que ni Pepe

Güeto, ni los Güetillos que puedan salir a relucir en lo venidero, te

roben aquella gran parte del alma con que te amo. Pues qué, ¿imaginas tú

que el compartimiento, rincón o sitio de mi alma donde está el amor de

esposa y madre, se ha llenado o se va llenando ahora y que antes estaba

vacío? ¿Crees tú que este amor no existía en mí antes de amar a Pepe

Güeto? Vaya si existía. Lo que tiene es que entonces el novio o el

marido, a quien yo le consagraba, era soñado, hecho a pedir de boca,

relleno de perfecciones. Los chiquillos, que me fingía y me finjo aún,

son unos querubines. Por mucho que valga Pepe Güeto, pierde cuidado que

no valdrá, ni con cien leguas de distancia, el marido que yo soñé. Y en

cuanto a los chiquillos, será más notable la diferencia, porque los que

tenga, si los tengo, como espero y deseo, no han de ser impecables y

celestiales como los imaginados, sino llorones, traviesos, sucios y

tercos, y me han de armar al día mil perreras, y han de tener entre

ellos mil cachetinas; todo lo cual me hará no quererlos tanto. Infiero

yo de lo dicho que, casada ya y con hijos, te he de querer más que de

soltera, si sigues queriéndome tú. Aunque tú te cases, ¿dejarás de

quererme?

--Nunca dejaré de quererte--respondió doña Luz--. Yo no me casaré nunca.

Esta última afirmación excitó mucho la curiosidad y el interés de doña

Manolita, y como la intimidad y la confianza habían llegado a su apogeo,

produjeron varias confidencias y revelaciones por parte de doña Luz, en

un coloquio que por su importancia merece capítulo aparte.

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Doña Luz · 第 12 / 30 题