Desde la muerte del marqués habían transcurrido doce años.
Doña Luz tenía veintisiete y estaba hermosísima: mucho mejor que de
quince.
Su buen natural, rectamente encaminado en su niñez y en su adolescencia
por las lecciones del aya, no la había abandonado nunca. Doña Luz, sin
sibaritismo, con la severidad de quien cumple un deber, había cuidado, y
seguía cuidando en el lugar, de su alma y de su cuerpo.
Con el mismo esmero con que procuraba no manchar su inteligencia ni su
voluntad con ideas o con afectos indignos, atendía a la material
limpieza y al honesto adorno de su persona. Doña Luz era en todo la
pulcritud personificada.
Tal vez por instinto, sin darse cuenta de ello, o al menos no dejándolo
sentir ni recelar, se miraba y se complacía más en este que podemos
llamar aseo moral y corpóreo, por lo mismo que se veía circundada de
gente algo ruda y no muy limpia ni de cuerpo ni de alma, y como si
tuviese el temor de contaminarse.
Era tan circunspecta, que jamás dejaba traslucir este temor; y tan hábil
sin arte, que nadie la acusaba de desdeñosa. Aunque no se bajaba al
nivel de nadie, por una dulce, franca y generosa simpatía, procuraba
elevar a las gentes a su nivel. Así había logrado infundir respeto y no
odio: y las señoras y señoritas del lugar, en vez de tomarla por blanco
de sus sátiras, solían tomarla por modelo, con lo cual los usos,
costumbres y trato social, se habían mejorado bastante.
Los mozos eran más reverentes con las mujeres, y algunas de éstas
imitaban ya a doña Luz, no sin maña, en modales y compostura y hasta en
el primor y atildamiento con que ella tenía los muebles y alhajas de su
tocador, salita y alcoba.
En el momento en que nos ponemos ahora con la imaginación, doña Luz era
un sol que estaba en el zenit. Gallarda y esbelta, tenía toda la
amplitud, robustez y majestad, que son compatibles con la elegancia de
formas de una doncella llena de distinción aristocrática. La salud
brillaba en sus frescas y sonrosadas mejillas; la calma, en su cándida y
tersa frente, coronada de rubios rizos; la serenidad del espíritu, en
sus ojos azules, donde cierto fulgor apacible de caridad y de
sentimientos piadosos suavizaba el ingénito orgullo.
Madrugadora, activa, acostumbrada a dar largos paseos, y a estar en casa
empleada en algo útil, la ligereza y el brío de su cuerpo corrían
parejas con su beldad y con su gracia. Cuando quería, bailaba como una
sílfide; en el andar airoso, semejaba a la divina cazadora de Delos, y
montaba a caballo como la reina de las amazonas.
No se negaba a asistir a los bailes, tertulias y otras fiestas que en el
lugar se daban. Había ido a las ferias de los lugares cercanos y a
algunas romerías, y no esquivaba la conversación de las gentes, aunque
con tan juicioso y bien templado decoro, que atinaba a desechar la
familiaridad excesiva, sin ofender al vidrioso y sin alentar al audaz y
confiado.
Esto, en vez de perjudicarle, aumentaba y extendía su buen crédito.
Cuando doña Luz iba por la calle, con Juana, su anciana criada, o cuando
iba a la iglesia, grave, silenciosa, vestida toda de negro, con basquiña
y mantilla, decían algunos mozos estudiantes, que había en el lugar, y
que entendían más hondamente que los demás de estética y de otras
doctrinas de amor y poesía, que doña Luz parecía una garza real, una
emperatriz, una heroína de leyendas y de cuentos fantásticos; algo de
peregrino y de fuera de lo que se usa; el hada Parabanú; la más egregia
de las huríes.
A pesar del respeto, algunos no acertaban a contenerse. Este decía:
«¡Viva el salero!» Aquél: «¡Alabado sea Dios que tan hermosa la ha
criado!» Otro: «¡Ahí va la gloria vivita!» y así por el estilo. En
ocasiones, por último, no faltó quien se propasase a tender la pañosa a
modo de alfombra o a tirar el sombrero calañés a sus plantas para que
ella le hollara y pisoteara.
Pero, ¡caso estupendo! en medio de todo este entusiasmo, doña Luz no
tenía ni había tenido novio: no hablaba ni había hablado con nadie por
la reja. Lo que sí había tenido era multitud de pretendientes, sin que
ella hubiese dado esperanzas a ninguno. Los jóvenes más ricos de algunas
leguas en contorno la consideraban ya como inexpugnable fortaleza. La
esperanza, con todo, no se pierde jamás. Los hombres, en esto de
conquistas amorosas, nos las prometemos, a menudo, felices. Así es que,
si los del lugar estaban ya sosegados y desengañados, no faltaban aún
forasteros, con tal de que fuesen sujetos de cierto fuste, que se
alborotasen al ver a doña Luz, y propusiesen, allá en sus adentros,
conseguir lo que otros no habían conseguido; pero pronto también se
desengañaban.
Con esta adoración resuelta, con este prurito de ser correspondidos, se
habían hallado muchos, o simultánea o sucesivamente. Ninguno había
llegado a explicaciones. Doña Luz se supo componer de suerte que no se
había visto nunca en la dura necesidad de dar formales calabazas, ni de
excitar el resentimiento que esto trae consigo. Era difícil hablar a
solas con ella. Era difícil hacer llegar a sus manos carta o billete
amoroso. Y si bien, merced a algunas viejas audaces, que donde quiera
las hay de sobra, doña Luz había recibido papelitos en prosa y hasta en
verso, constantemente los había devuelto sin abrir. En vista de estos y
de otros desdenes, todos los enamorados desistían al fin de sus
propósitos, sin motivo y hasta sin pretexto de queja.
Y no podía haberla, porque doña Luz callaba toda razón ofensiva. No se
sentía inclinada al matrimonio. No amaba. Nadie manda en su corazón.
Tales eran sus razones.
Alguien podría sospechar pero no probar su invencible repugnancia a todo
lo vulgar y plebeyo, y el horror que de ella se apoderaba a la sola idea
de poder un día tener un hijo que llevase su ilustre apellido en pos de
otro apellido oscuro y rústico de algún ricacho villano.
En suma: doña Luz, si no tenía esperanzas de casarse a su gusto, tampoco
tenía o dejaba traslucir el menor deseo. Todo era en ella frialdad
tranquila y contentamiento suave. En balde, el peor pensado de los
hombres se atrevería a buscar en sus actos, en sus palabras, en sus
ademanes y gesto, la más leve señal de que estuviese despechada.
Doña Luz no lo estaba en realidad. Había tomado enérgicamente su partido
y había trazado de antemano la senda de su vivir. Las frases burlonas de
_quedarse para tía_ o _para vestir imágenes_ no hacían mella en su firme
y acerado corazón, ni podían violentarla ni inclinarla a aceptar marido
con el solo fin de no llegar a solterona.
Varias parientas ricas, que tenía doña Luz en Sevilla y en Madrid, la
habían invitado a que se fuera a vivir con ellas: pero, o bien porque
así fuese en verdad, o porque doña Luz lo sospechaba, las invitaciones
habían sido más que de corazón por cumplimiento. Además, doña Luz se
consideraba muy pobre para su clase, y no quería ser gravosa, ni vivir a
expensas de otros y en una especie de dependencia próxima a la
servidumbre. Había, pues, rehusado todas las invitaciones. Su plan era
vivir y morir oscuramente en Villafría.
La misma impureza de su origen, el vicio de su nacimiento, la humilde
condición de su desconocida madre, obraban por reacción en su ánimo y
casi convertían su orgullo en fiereza. Para limpiar aquella mancha
original, quería ser doña Luz mucho más limpia y mucho más pura.
No quería pordiosear ni deber nada a nadie.
Conservaba sin vender su casa solariega del lugar con sus antiguos
muebles y dos criados. Si no vivía en ella, pensaba vivir más tarde, o
bien porque don Acisclo podría faltar, o bien porque ya, entrada ella en
años, nadie podría extrañar que viviese sola.
Entretanto, vivía doña Luz en el caserón de don Acisclo, donde tenía
holgada e independiente habitación, y donde había traído, para
adornarla, sus más bonitos y preciosos muebles y sus libros mejores.
En pago de esta hospitalidad, hacía aceptar a don Acisclo, por más que
éste se había resistido, más de la mitad de sus rentas, o sea 8.000
reales al año. Con lo restante, como era económica y arreglada, tenía lo
suficiente para vestirse, comprar algunos libros nuevos y hacer
limosnas.
El único lujo, el único regalo de doña Luz, era un magnífico caballo
negro, en el cual solía ella salir a paseo con D. Acisclo o con un
criado llamado Tomás, que había envejecido en el servicio de su padre.
Don Acisclo estaba viudo hacía muchísimo tiempo. Tenía dos hijos y tres
hijas, todos casados y con casa aparte, de modo que, en la soledad
anchurosa de aquel inmenso caserón, doña Luz y D. Acisclo se daban mutua
compañía.
Rayaba ya D. Acisclo en los setenta años; pero estaba recio y bien de
salud. Iba derecho como un huso; era hombre ágil y enjuto de carnes; y,
si no sabía más que leer y escribir medianamente y las cuatro reglas, y
si jamás había leído un libro, tenía gran despejo natural, aunque burdo.
Jamás había turbado su conciencia con sutilezas morales. Así es que no
le remordía, como hemos dicho, de haber contribuido a la ruina del
marqués. Si se había aprovechado de ella mejor le parecía que hubiese
sido él que no otro. Mucho le hubiera dolido ver en manos extrañas el
caudal de su amo. Poseíale, por lo tanto, de buena fe, con justo título,
y hasta con y por cierto sentimiento de veneración a la memoria del
difunto ilustre poseedor.
Esta veneración se extendía, o mejor dicho, se extremaba y llegaba a su
colmo, sin afectación ni servilismo, cuando se trataba de la señorita
doña Luz, en quien, fascinado el viejo, creía descubrir a un ser cuyos
arcanos pensamientos, móviles y resortes de acción, apenas entreveía; a
una criatura rara e inusitada, de otra casta muy diferente de la suya, y
con la cual, sin embargo, comía de diario y tenía la honra de compartir
la vivienda.
-III-
De otras menudencias que la escrupulosidad del narrador no permite que
pasen en silencio
Constaba esta vivienda, como la de muchos otros ricos hacendados de
Andalucía, de dos casas contiguas, en comunicación: la de los amos y la
que se llama siempre casa de campo, aunque esté en el centro de la
población.
La casa de los amos no tenía más habitantes que D. Acisclo en un
extremo, y doña Luz en otro, con su vieja criada Juana, que dormía en un
cuarto al lado del de su señora.
Había un gran comedor, otro comedor pequeño para diario y varios salones
de respeto, que no se abrían sino en las ocasiones solemnes, y donde,
entre otras preciosidades, D. Acisclo, sus hijos, hijas, yernos y
nueras, todos resplandecían retratados al óleo, de tamaño más que
natural, y casi de cuerpo entero, por un pintor ambulante que acertó a
pasar por Villafría, y que llevó una onza de oro por cada retrato.
Verdad es que D. Acisclo le agasajó y trató a cuerpo de rey, sentándole
a su mesa todo el tiempo que tardó en pintarlos, lo cual fue obra de
cinco meses, y luego, al partir, le hizo presente de mil chucherías,
como, por ejemplo, de un pipotillo con aguardiente de doble anís, de
orejones secos y de alfajores y piñonate. Los retratos lo merecían por
lo parecidos. No les faltaba más que hablar. Las blondas que figuraban
en los de las damas, estaban algo confusas al principio; pero, cediendo
a las quejas de las damas susodichas, el pintor lo arregló con ingenioso
artificio. Untó en albayalde un pedazo de tul, le aplicó al sitio del
cuadro, ya seco, donde la blonda estaba representada, y resultó un
efecto maravilloso, porque hasta los agujeritos de la blonda se veían y
aun podían contarse.
Todo esto era en el piso principal, donde había dos chimeneas, que allí
llaman francesas, y que no se encendieron sino cuando vino el obispo, en
pleno invierno, y por poco se ahoga S. S. I. con el humo que se armó.
Pero en cambio había una magnífica cocina de señores, con chimenea de
campana, de muchísimo tiro, donde ardía siempre, durante la estación
fría, abundante leña de olivo y de encina y rica pasta de orujo; donde
rara vez se guisaba; y donde los señores se calentaban muy a su sabor.
En esta cocina adornaban las paredes varias jaulas de perdices, puestas
sobre repisas, escopetas y otras armas, y algunas cabezas de ciervos,
lobos, zorros, tejones y garduñas, muertos por D. Acisclo.
En el piso bajo había casi tanta habitación como en el principal; y, si
se contaba con el patio con toldo, había más. Allí se vivía durante el
verano. En toda estación estaba allí el despacho de D. Acisclo, donde
este activo labrador y ganadero trataba con chalanes, corredores,
rabadanes, aperadores, capataces y caseros: entendiéndose por caseros,
no el terror de los inquilinos morosos, como en Madrid, sino los que
cuidan y guardan las caserías o viviendas de cada finca rústica.
En el piso bajo, en la sala de más aparato y autoridad, que se llamaba
la cuadra, porque era cuadrada, había también algo que daba lustre a
aquella casa. Es de saber que en no pocos pueblos de Andalucía hay
multitud de imágenes benditas, que se sacan en procesión en las grandes
festividades, y singularmente en Semana Santa. El número de estas
imágenes suele hacer que no quepan bien en los templos, por lo cual
muchas están depositadas en casas particulares hasta el único día del
año en que han de salir en procesión. D. Acisclo tenía en la cuadra baja
una de estas imágenes, de cuya cofradía era hermano mayor; pero no era
una imagen de tres al cuarto, sino la más complicada que se conocía y la
de mayor empeño y coste, ya que en realidad no rezaba con ella aquel
decir proverbial de:
Santirulitos bonitos, baratos, Ni comen, ni beben, ni gastan zapatos.
Aquella imagen o representación comía y bebía, o mejor dicho, cenaba:
era nada menos que la _Cena_.
Cristo y los doce apóstoles de bulto estaban sentados a la mesa; Cristo
echaba la bendición, San Juan se dormía sobre el hombro de su Divino
Maestro, y el feísimo y traicionero Judas, con enmarañado pelo rojo,
metía la mano en el plato del centro, porque es sabido que no tenía
pizca de educación.
El Jueves Santo salía en procesión la Cena, y el Miércoles Santo por la
noche estaba expuesta en la cuadra a la veneración de los fieles,
quienes con tal motivo tenían entrada franca en la casa, lo cual se
llamaba y se llama aún _visitar las insignias_, y apenas quedaba en el
lugar quien no las visitase en la víspera de la respectiva procesión. Y
esto si contar con los forasteros.
La mesa en que Cristo y los apóstoles estaban sentados, era bastante
capaz, y, en tan solemnes días, se cubría con preciosos manteles
alemaniscos y se adornaba con mil lindezas, flores, viandas, dulces y
frutas. Aunque no había en la mesa _de cuanto Dios crió_, como afirmaba
la gente del pueblo con encarecimiento desmedido, era innegable que
había objetos raros y costosos: uvas de corazón de cabrito como acabadas
de coger y que por milagro se habían conservado, claveles y tempranas
rosas de olor en grandes piñas, ramos de violetas y camelias, etc., etc.
Las paredes de la sala donde estaba la Cena se tapizaban de damasco
carmesí; sobre el damasco se colgaban lindas y antiguas cornucopias con
muchas velas de cera ardiendo, y también en la sala había verdes
plantas, y canarios en jaulas, y una enorme cruz negra de madera, con
adornos y remates de plata fina, asida a la pared por fuertes alcayatas.
Era la cruz que D. Acisclo, cuando mozo, había llevado al hombro en las
procesiones durante muchos años, porque había sido y era aún _hermano de
cruz_, aunque jubilado, y aún se vestía de _nazareno_, para ir en la
procesión como hermano mayor delante de la Cena, con una túnica de rica
seda morada que había costado un dineral; pero entonces no llevaba la
cruz, sino una pértiga reluciente, signo de autoridad y mando. Su hijo
primogénito iba delante con el estandarte de la cofradía.
El gasto de la fiesta era grande, porque D. Acisclo costeaba toda la
cera que llevaban ardiendo los que con sendas velas seguían su insignia,
y en la noche del Jueves Santo, terminada ya la procesión, daba de cenar
a todos los cofrades, que eran muchos, agasajándolos y hartándolos con
potaje de habas, cornetillas picantes, cazón en ajo de pollo, bacalao
con tomates o en albóndigas, a veces hasta _serafines_ fritos, pues,
aunque parezca extraño, _serafines_ se llaman en aquel país los
boquerones, y de postres deliciosos pestiños y vino añejo. Pagaba además
con rumbo generoso a los cuarenta o cincuenta ganapanes que habían
llevado en hombros las andas, y en las andas la mesa, con Cristo,
Apóstoles y _cuanto Dios crió_; empresa titánica, de la cual no pocos
quedaban derrengados y con feroces ampollas, a pesar de las
almohadillas.
Aquella noche echaba D. Acisclo el bodegón por la ventana.
La gente menuda fumaba a su costa los mejores _coraceros_ que había en
el estanco, y el señorío tomaba chocolate con hojaldres, empanadas,
hornazos, tortas de varias clases, como por ejemplo, de polvorón y de
aceite, y roscos de vino y de huevo.
En cualquier día y a cualquier hora se mostraba en todo que D. Acisclo
era espléndido y acaudalado.
El patio de la casa era anchuroso y enlosado de mármol. En su centro
lucía una taza de mármol también, donde caía el agua clara de un copioso
y alto surtidor. En torno de la fuente se veían muchas macetas con
flores y hierbas olorosas, y alrededor arriates con bojes, que formaban
bolas y pirámides, y rosales de enredadera, jazmines y naranjos, que
revestían el muro y trepaban por cima de los balcones del piso
principal, tejiendo una capa o manto de flores, frutos y verdura, y
embalsamando el ambiente, ya con el olor del azahar, ya con el más leve
aroma de jazmines y de mosquetas.
De este patio, así como de un jardín más extenso, con honores de huerta,
que había a espaldas de la casa, cuidaba doña Luz con esmero. Hasta
hacía venir flores y plantas, que jamás se habían conocido en Villafría,
y solía aclimatarlas.
De nada más cuidaba doña Luz, no por desidia, sino porque, según decía
D. Acisclo, se obstinaba en sostener que estaba como de huésped, y no
quería meterse en camisón de once varas.
Quien lo gobernaba todo, la verdadera directora y ama de llaves, era la
Sra. Petra, de edad de cincuenta años muy cumplidos. Ella entendía en el
gasto diario, vigilaba la cocina y tenía las llaves de la despensa, de
la repostería, de la candiotera, de las cuatro bodegas de vino, aceite,
aguardiente y vinagre, y de los desvanes o graneros, donde siempre había
trigo, cebada, arvejones, yeros, matalahúga y otras semillas.
A las inmediatas órdenes de la Sra. Petra había cuatro criadas: dos,
zagalonas aún, duras en el trabajo, de apretadas carnes y músculos de
acero, las cuales eran de las que llaman por allá _de cuerpo de casa_,
esto es, que servían para fregar, aljofifar, enjalbegar y tenerlo todo
_saltandito_ de limpio; otra, ya más granada, aunque moza también, que
cosía, zurcía y planchaba la ropa, y otra que guisaba los más castizos y
sabrosos guisotes de la tierra, y que sabía hacer almíbares, cuajados,
pastelillos, arrope y gachas de mosto.
Toda esta tropa femenina habitaba y dormía en el piso principal de la
casa de campo, donde también tenían habitación el aperador, su mujer y
sus cuatro chiquillos; pero éstos, tan apartados, que no se veían ni se
entendían sino cuando el amo llamaba.
Había, por último un mozo, que dormía junto a la caballeriza y cuidaba
de ella, de los patios y corrales.
Tal era la servidumbre doméstica, por decirlo así. Pero ya se entiende
que los jornaleros, el mulero, los caseros, los viñadores, los
pisadores, los del molino y la demás gente que se empleaba en las faenas
agrícolas, iban y venían y hacía estancia en la casa de campo, donde
había anchura sobrada, y alambique, lagar, alfarje y prensas para la
aceituna y la uva.
Resultaba, pues, como ya queda apuntado, que en la casa de los amos sólo
vivían D. Acisclo, doña Luz y su criada Juana.
Tomás, el antiguo criado del marqués, vivía en la casa solariega con un
mozuelo que le ayudaba a cuidarla y a cuidar también el hermoso caballo
negro de la señorita.
En la casa había dos mesas: una a la que se sentaban D. Acisclo y doña
Luz y algún convidado si le había; otra para la _familia_ (en los
pueblos andaluces se sigue llamando _familia_ a los criados), y en dicha
mesa se sentaban la señora Petra presidiendo, las dos mozas de _cuerpo
de casa_, la costurera y planchadora, la cocinera, el mozo de la
caballeriza, Tomás y su ayudante, y la Juana, doncella de la señorita
doña Luz.
El aperador y los suyos hacían rancho aparte y tenían una cocinilla
moruna donde guisaba la aperadora.
Esto no impedía que ella, o alguno de sus hijos, o todos, incluso el
aperador, aunque no hijo, sino padre, estuviesen convidados con
frecuencia a la mesa de la familia, a la cual se sentaban asimismo el
mulero y otros cuando estaban en el lugar, y a la cual la señora Petra y
la Juana se atribuían el derecho, y no se descuidaban en ejercerle, de
hacer las invitaciones que se les antojaban.
Tal era la casa en que durante doce años había vivido doña Luz, y tal la
gente de que estaba rodeada en mayo de 1860.
-IV-