Cumpli la promesa. Mis días corren desde entonces felices y serenos.
Fijé mi residencia en Alicante; pero paso larguísimas temporadas, casi
la mitad del año, en Valencia. Y cuando aquí estoy, en casa de Cristina
me consideran no como un amigo, sino como miembro de la familia. Ninguno
deja de alegrarse cuando me ve llegar; pero sobre todo mi ahijada, una
niña encantadora de cinco años, con tanta luz en los ojos como su madre.
En cuanto siente mis pasos corre a mi encuentro gritando y saltando, se
cuelga de mi cuello, me cubre de besos y me tira de la barba de un modo
que a cualquiera haría saltar las lágrimas... de placer.
En este momento escucho su voz en la escalera:
--¡Tío Ribot! ¡Tío Ribot!
Mientras permanezco en Valencia, todas las mañanas viene a buscarme al
hotel con su niñera. Salimos juntos; nos paseamos por la Glorieta y por
las calles; entramos en las confiterías (Julianita las conoce todas
mejor que el investigador de Hacienda) y compramos dulces; vamos al
mercado de las flores y compramos flores. Y cuando suena la hora del
almuerzo llegamos a casa cargados de cartuchos y ramos. La mamá sale a
abrirnos. Sus ojos hermosos brillan de alegría y alguna vez se humedecen
también de gratitud.
Nada más apetezco. Seguro del afecto de los seres que amo y de mi propia
estimación, contemplo con calma el curso de las Horas divinas. La nieve
cae lentamente sobre mi cabeza, pero no llega al corazón: Ni la pálida
envidia ni el negro tedio penetran tampoco en él. Y si, como he oído
repetidas veces a Castell, la vida no tiene sentido, yo estoy persuadido
de que he sabido dárselo. Para mí tiene un sabor delicado, exquisito.
Soy el artista de mi dicha: este pensamiento aumenta mi gozo.
Y cuando la muerte inexorable llame a mi puerta no tendrá que llamar dos
veces. Con pie firme y corazón tranquilo saldré a su encuentro y le
diré entregándole mi mano: «He cumplido con mi deber y he vivido feliz.
A nadie he hecho daño. Ora me invites a un sueño dulce y eterno, ora a
una nueva encarnación de la fuerza impalpable que me anima, nada temo.
Aquí me tienes.»
¡Pero no, no es la muerte quien llama en este momento a mi puerta! Es la
vida esplendorosa, inmortal, divina. Desde mi balcón abierto la siento y
la veo. El sol nada en el firmamento y desparrama sus rayos por la
huerta. Las flores brillan y exhalan su perfume. Esta luz y estos aromas
me embriagan. Todo ríe, todo se agita, todo canta en el mundo que diviso
desde mi balcón. Todo ríe, todo se agita, todo canta en el mundo mágico
que he creado en mi pecho. Hermosa es la vida. Su soplo fecundo acaricia
mis sienes. ¡Qué alegría en esta fresca mañana de primavera! Los pájaros
entre el follaje cantan con voz melodiosa un gozoso concierto a los
rayos del sol.
Pero yo no cambiaría por todas sus voces melodiosas la que ahora me
llama impaciente desde la escalera.
--¡Tío Ribot, que te espero!
--Allá voy, hija mía, allá voy.