La puerta se cerró. Al través de sus rejas le vi alejarse y perderse
entre el follaje con la cabeza inclinada y descubierta como antes. Quedé
solo en medio del camino. Un abatimiento profundo se apoderó de mí como
si acabase de perder algo que interesase de cerca a mi existencia.
A paso lento comencé a apartarme de aquellos sitios tan gratos,
persuadido de que no volvería a pisarlos jamás. En realidad, los últimos
sucesos habían sido tan súbitos y atropellados que apenas podía darme
cuenta de ellos. Un momento hacía representaba en aquella casa el papel
de un amigo que va a transformarse en hermano. Ahora salía de ella como
un extraño del cual se olvidaría pronto hasta el nombre. Mas en medio
de aquella tristeza, en la noche triste que había caído sobre mi
corazón, lucía una estrella bien amable: era la mirada suplicante de
Cristina. En aquella casa quizá no se pronunciaría ya mi nombre, pero
ella no podría olvidarlo jamás. Esta idea me produjo extraordinario
consuelo. Seguí caminando con más firmeza, y cuando llegué a la esquina
del muro que cercaba la finca me detuve. Lo contemplé un instante con
melancolía y acercándome a él lo besé repetidas veces. Luego me alejé
apresuradamente, avergonzado de que alguien pudiese verme.
La luna, en lo alto, bañaba el campo de luz transformándolo en lago
dormido. La llanura se extendía delante de mí bordada por las crestas de
las montañas que flotaban a lo lejos en un vapor blanquecino. Aquí y
allá los bosquecillos de naranjos y laurel manchaban el blanco cendal,
mientras algunos cipreses se erguían solitarios, inmóviles, alargando su
sombra sobre el camino. Detrás, el mar rielaba tranquilo también,
reverberando la luz de la luna.
La dulzura de aquella noche invadía mi corazón y lo refrescaba. El
campo, cubierto aún de flores y perfumado por los olores penetrantes de
los frutos maduros, adormía mis sentidos y calmaba la fiebre de mi
pensamiento. Avancé con paso más ligero. Valencia en aquella hora
dormía ya sobre su alfombra de flores. Las luces de sus calles brillaban
lejanas como estrellas terrestres. Las del cielo formaban rico dosel
protegiendo aquella ciudad afortunada.
Cuando me alejé buen trecho de la alquería, quise reposarme un momento.
No tenía deseos de entrar en la población. Necesitaba coordinar mis
pensamientos y trazar algún plan de vida, ya que en un instante se
habían deshecho los que había formado. Sentéme en la piedra de un
tornaruedas, saqué un cigarro, lo encendí y me puse a fumar con calma.
Corto rato había estado allí, cuando sentí a lo lejos el rumor de un
carruaje que se acercaba. Al principio no supe si venía de Valencia o
del Cabañal. Cuando me convencí de que procedía de este último punto,
sentí extraño desasosiego y pensé en ocultarme; pero volviendo
inmediatamente sobre mi pensamiento, me determiné a quedarme. Pronto
divisé los caballos; se acercaron; era el coche de Castell, como había
temido.
Cuando estuvo próximo me planté en medio del camino y grité con acento
imperioso al cochero:
--¡Para!
Éste hizo un movimiento de sorpresa, pero todavía empujó los caballos
hasta tocar conmigo. Los cogí de la rienda y les obligué a detenerse a
tiempo que, reconociéndome el muchacho, dijo:
--Buenas noches, don Julián.
Castell había sacado medio cuerpo por la ventanilla. Cuando me acerqué
clavó en mí los ojos sorprendido; y llevando con fiero ademán la mano al
bolsillo, exclamó:
--¡Si es una agresión, cuidado!
--No; no es una agresión--repuse yo levantando la mano en señal de
paz--. Es que quiero hablar con usted.
--Envíeme usted sus padrinos y con ellos me entenderé--dijo
orgullosamente.
--Antes de hacerlo necesito hablar con usted un momento--repliqué.
Me contempló atentamente unos instantes como si tratase de escrutar mis
intenciones. Convencido sin duda de que no eran guerreras, abrió la
portezuela y dijo fríamente:
--Entre usted.
Me coloque frente a él. El carruaje partió.
--Deseo saber--pronuncié al cabo de un momento--si ha sido usted quien
avisó a Martí de que Cristina y yo nos hallábamos solos en el pabellón.
Abrió los ojos con no fingida sorpresa y respondió en tono malhumorado:
--No entiendo lo que usted me dice.
Comprendí que era cierto, y suavizando mi acento proseguí:
--Después que nos separamos, seguimos el camino de las acacias y
entramos en el pabellón con objeto de que Cristina se repusiera un poco
antes de ir a su casa. Se hallaba muy alterada y no quería presentarse a
su marido en tal disposición. Al poco rato de estar allí vino Martí
repentinamente; se ofendió, como es natural; tuvo conmigo una
explicación y como consecuencia de ella salgo de su casa para no volver
jamás.
--Nada sé de eso. Aunque no me encuentro obligado a darle a usted
satisfacción alguna, porque tenemos una cuestión pendiente que se ha de
ventilar en otro terreno, le afirmo que no he hablado con Martí una
palabra de este asunto. Es usted dueño de creerme o no. Lo que no deja
de sorprenderme es que, después de la explicación que acaba de tener con
él, salga usted de su casa y a mi me haya hablado con la cordialidad de
siempre.
--Es muy sencillo. No le he dicho una palabra de lo que acababa de oir.
--¿Ha dejado usted que le sospeche de traidor?--preguntó en el colmo de
la sorpresa.
--Sí, señor.
--¿Y por qué ha hecho usted eso?
--Por gusto.
Me echó una mirada hostil y recelosa, alzó los hombros y guardó
silencio. Yo lo rompí al cabo de un momento:
--Los gustos de los hombres, Castell, son rtan varios como sus
fisonomías. Por muy enamorado que usted se halle de Cristina, creo
estarlo yo más. La adoro con toda mi alma, con toda las fuerzas de mi
corazón. Pero obtenerla por medio de una traición, lejos de causarme
alegría, sería la mayor desgracia que podría ocurrirme sobre la tierra.
Nunca más dormiría tranquilo. Acabo de hacer un sacrificio cruel; pero
lo he hecho por el amor de ella, por el sosiego de mi conciencia. Estas
lágrimas que usted ve en mis ojos ahora mismo refrescan mi alma, no la
abrasan. Me voy; me voy para siempre. Usted se queda, y quizá con el
tiempo logre lo que tanto apetece; pero errante por el mar, solo encima
de la cubierta de mi barco, seré más feliz que usted. Las estrellas del
cielo brillando sobre mi cabeza me dirán: «Alégrate, porque has sido
bueno.» El viento silbando en la jarcia, las olas chocando en el casco,
me dirán: «¡Alégrate, alégrate!»
La luz de la luna bañaba su rostro. Vi cómo se dibujaba en él poco a
poco una sonrisa.
--Esas mismas olas que le dicen a usted cosas tan gratas el día menos
pensado le tragarán como una mosca; el viento les ayudará a consumar la
hazaña y las estrellas del cielo presenciarán el espectáculo tan
serenas... Vive usted en un profundo error, Ribot. No hay otra felicidad
sobre la tierra que poseer lo que se desea.
--¿Aunque para ello se hiera de muerte y por la espalda a un amigo?
Quedó un instante suspenso, pero en seguida dijo con firmeza:
--Aunque para conseguirlo sea necesario pasar por encima de los hombres.
--¿No hay bien ni mal entonces?
--En la existencia el bien de los unos es el mal de los otros, y así
será eternamente... Alguna vez habrá usted visto un nido de golondrinas.
Los pajaritos esperan ansiosos la llegada de la madre; al verla, pían,
abren su piquito, y ella, con amorosa diligencia, los va cebando uno por
uno. ¡Qué interesante! ¡Qué espectáculo tan tierno! ¿verdad? Pero a los
mosquitos que huyen aterrados y al fin caen en el pico de la golondrina
para servir de cebo a sus hijuelos, ¿les parecerá tan tierno y tan
interesante? Por el contrario, usted ve a un hombre acercarse a otro
cautelosamente, abatirlo de una puñalada, arrancarle del bolsillo el
dinero y llevarlo a casa para proporcionar a sus hijos el sustento. ¡Qué
horror! Se estremece usted y se aleja precipitadamente de aquellos
sitios. ¿Por qué? Si usted fuese mosquito pasaría por allí zumbando
alegremente.
--Pero nosotros tenemos conciencia.
--La conciencia no nos priva de estar tan fatalmente encadenados. Usted
se encuentra enamorado de Cristina, como yo; ambos ansiamos poseerla;
pero usted se detiene por miedo al remordimiento, mientras yo prosigo mi
empresa sin ningún temor. Los dos obedecemos a un instinto. El mío es
más sano, porque tiende a aumentar mi vitalidad, mientras el de usted
tiende a disminuirla... No ría usted ni se muestre tan sorprendido... El
remordimiento, en un mundo donde impera la necesidad, es absurdo. Piense
usted que los héroes de Hornero y Esquilo no se detenían ante el
fratricidio ni ante el incesto y, sin embargo, han sido los ejemplares
más bellos y más nobles de la humanidad.
--Estoy lejos de oponerme a que usted aumente su vitalidad--repliqué con
acento irónico--. Pero ¿no sería mejor que lo hiciese por medio de su
propia mujer y no con la de otro?
--¡De otro!... ¡de otro!--pronunció sordamente--. Una convención como
todo lo demás.
Quedó algunos momentos pensativo mirando el paisaje por la ventanilla.
Yo le observaba con mezcla de curiosidad y repugnancia. Aquellos ojos
azules de reflejos acerados me inspiraron por primera vez sobresalto.
--La virtuosa Draudpadi--comenzó a decir lentamente sin apartar los ojos
del paisaje--, una de las heroínas más interesantes de la antigüedad
india, poseía cinco maridos, los hermanos Pândavas. Aquellos héroes
gozaban en común de su amor sin desdoro ni remordimientos. Si nosotros
viviésemos en aquella edad, el acto de pretender a Cristina sería moral
y plausible, puesto que ofreceríamos a una mujer dos nuevos protectores.
¿Por qué le causa a usted tanto horror compartir la mujer de un amigo?
El mundo, que ha comenzado de este modo, puede terminar lo mismo.
--¡Que termine como quiera!--exclamé con ímpetu--. Ahora y siempre el
causar voluntariamente un dolor será pecado.
--No sea usted niño, Ribot--repuso con suficiencia irritante--. No hay
más que una sola verdad indiscutible en el mundo, y es ese impulso de la
naturaleza que todos sentimos, la planta como el animal, el insecto como
el hombre. En la región serena donde se aposenta la vida, la vida
eterna, el dolor y la muerte no significan nada. El único y supremo fin
del Universo es aumentar la intensidad de esta vida.
No respondí. Quedé a mi vez largo rato pensativo y silencioso mirando
por la otra ventanilla hacia el camino. Al fin acerté a ver las primeras
casas de los arrabales.
--Tenga usted la bondad de hacer parar--dije--. Me quedo aquí y mañana
saldré de Valencia sin batirme con usted. Acháquelo a cobardía si
quiere. Será un nuevo sacrificio que hago en aras de mi amor y de la
amistad que debo a Martí. No aspiro a ser un héroe de Hornero como
usted, ni sueño con saltar triunfante sobre los cadáveres de mis
enemigos. Pare usted.
Me dirigió una larga mirada despreciativa y tiró del cordón, diciendo
fríamente:
--No sé si será usted un cobarde; pero desde luego puedo asegurar que es
uno de tantos ilusos como viven engañados acerca de sí mismos y del
mundo que les rodea.
El coche paró. Abrí la portezuela y salté a tierra.
--Adiós, Castell--le dije sin darle la mano--. Siga usted hacia esa
región feliz que no deseo conocer. Yo me quedo en esta otra más triste
pero más honrada.
Alzó los hombros sin responder y apartando de mí los ojos con desdén
tiró nuevamente del cordón. Luego se recostó cómodamente. El carruaje
partió y yo comencé a caminar lentamente hacia mi casa. Dejé la blanca
carretera, donde algunas casas diseminadas proyectaban su sombra, y me
interné en el laberinto de las calles. Al pasar por la del Mar me detuve
ante la casa de Cristina. En el balcón de su dormitorio había una mata
de malvarrosa. Cerciorándome de que nadie me veía, trepé hasta ella y
arranqué unas hojas. Fuí al hotel, subí a mi cuarto y me dormí
dulcemente apretando estas hojas en la mano.
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