Cuando llegamos a casa cerraba ya la noche. La familia estaba reunida en
el comedor y la mesa puesta. Isabelita comía con sus primos y Retamoso y
doña Clara se preparaban para marcharse sin su hija. Sabas y Castell
también comían allí. Nos recibieron con alegría, y todos, exceptuando
por supuesto Cristina, me saetearon a preguntas acerca de la impresión
que me había causado la alquería. Mostréme entusiasmado, no tanto por
cortesía como porque en realidad lo estaba. Describí con calor su
encantadora situación, el gusto y esmero con que estaba cuidada, la
elegancia del pabellón _Cristina_ (creo que en este punto insistí
demasiado) y terminé diciendo que no tendría inconveniente en vivir allí
toda la vida.
--¿En el pabellón Cristina?--preguntó con sonrisa irónica Castell.
--¿Por qué no?--respondí con tono resuelto echando una rápida mirada, a
la esposa de Martí. Ésta parecía hallarse distraída en aquel momento. Yo
adiviné, sin embargo, que no perdía una palabra de mi discurso.
--Entonces es que le gusta a usted vivir enjaulado como los canarios. Yo
también viviría así de buen grado, pero a condición de que me cuidase la
mano elegida por mí.
Y al decir esto también miró con el rabillo del ojo hacia Cristina, que
tenía el rostro vuelto a otro lado y horriblemente serio.
--Pues yo, como no soy tan sibarita...--repliqué riendo--, no pongo
condición alguna.
Martí dió algunas palmaditas cariñosas en la espalda de su amigo.
--¡Como si no te conociéramos todos, viejo calavera! Vivirías a gusto
quince días y al cabo de ellos te sentirías harto de jaula, de alpiste y
de las manos lindas que te lo echaban.
Castell protestó de este juicio manifestando que la veleidad en el amor
no tanto depende del temperamento como de la vaga pero apremiante
necesidad que todos sentimos de buscar el ser que responda a las íntimas
aspiraciones del nuestro, a nuestros secretos anhelos o, en palabras más
prosaicas aunque más positivas también, que se adapte exactamente a
nuestro individuo físico y moral.
--Yo no he hallado como tú--concluyó diciendo atrevidamente--, entre
tantas mujeres, la que realizase todas las necesidades de mi ser, muchas
de las cuales son inconscientes quizá, pero no menos efectivas. Si
cuando _tú o antes que tú_ (recalcó de un modo particular estas
palabras) hubiera tropezado con ella, ten por seguro que mi carrera
galante se habría detenido hace ya tiempo y no tendrías razón para
llamarme, como ahora, viejo calavera.
La actitud, el acento y las furtivas miradas que el opulento naviero
dirigió varias veces a Cristina mientras hablaba me confirmaron en la
sospecha que concebí casi en el punto en que por primera vez tuve
ocasión de hablarle, es a saber, que aquel señor galanteaba a la esposa
de su íntimo amigo y socio.
El efecto que el esclarecimiento de esta sospecha me hizo fué
deplorable. Sentí odio hacia mi rival, le apellidé en mi interior falso
amigo, traidor, aleve. Pero al mismo tiempo una voz me gritaba en la
conciencia que yo, aunque amigo reciente, no era un ser mucho más
apreciable. Esta voz me turbaba de modo indecible.
Siguió la plática, y Castell tuvo ocasión de decir a Cristina, sin que
nadie más que ella lo entendiese, cuanto le pareció. Su palabra
flexible respondía admirablemente a todos los movimientos, revueltas y
saltos que le placía imprimirle. Cristina hablaba con su madre; pero en
su visible distracción y en la nube de inquietud que oscurecía su rostro
cualquiera adivinaba que escuchaba cuanto Castell decía y que no era de
su agrado. En aquel momento, a pesar de las arrugas de su frente y de la
fiera expresión de sus ojos, me pareció más adorable que nunca.
Retamoso, ya con el sombrero puesto, se acercó a Castell, y, haciendo
ademán de hablarle al oído, pero en realidad bastante alto para que lo
oyese su mujer, le dijo con su gracioso acento galaico:
--Señor de Castell, tiene usted razón como un santo. La cuestión es el
aciertu... ¡el aciertu! Si yo no hubiese tenido tan buen consejo para
elegir compañera, ¿qué hubiera sido de este pobre hombre? ¡Qué prenda!
¿eh? ¡qué tesoro! ¡Silenciu! Guárdeme el secreto: a estas horas no
tendría dos pesetas. ¡Silenciu! ¡Ps! ¡ps!
Y arqueando las cejas y haciendo visajes de admiración y contento
reprimido, se alejó arrastrando los pies. Su cara mitad, que había oído
perfectamente, le dirigió una mirada oblicua donde no resplandecía la
gratitud y, arrugando su nariz aguileña, nos dió las buenas noches con
imponente severidad.
Nos hallábamos en pie todos y preparados para sentarnos a la mesa.
Martí, observando que su panecillo estaba un poco descortezado, exclamó,
bromeando:
--Ya anduvieron aquí las patitas de mi rata. ¿Verdad, Cristina?
Ésta sonrió en señal de asentimiento.
--¡Me extrañaría que dejases de pellizcarme el pan algún día!
Entonces yo, a una vuelta que dió Martí para hablar con Castell, me
acerqué disimuladamente a la mesa, tomé un pedazo de pan por el sitio en
que Cristina lo había pellizcado y lo comí con inexplicable placer. No
se le escapó a ella esto, y observé una ligera turbación en su rostro.
--¡Vaya, vaya a comer... y cada cual a su sitio!--exclamó con graciosa
mueca de enfado.
Obedecí, humildemente, y me senté en el sitio de costumbre. La comida
fué alegre. Martí estaba locuaz y risueño. Como si no se hubiese hecho
cargo hasta entonces de las bellezas que guardaba su finca del Cañabal,
las describió con el entusiasmo que yo le había comunicado en nuestro
paseo. Terminó proponiendo que fuésemos allá por las tardes a merendar,
ya que las circunstancias impedían trasladarse por completo. Es inútil
decir el gozo con que escuché esta proposición. Cristina también la
acogió con alegría y lo mismo el resto de los comensales. Sabas
manifestó, con su gravedad habitual, que, quizá, no podría ir todos los
días.
--No; contigo ya sabemos que no debemos contar. ¿Cómo has de dejar
abandonados los negocios de la plaza de la Reina y del café del
Siglo?--manifestó su hermana riendo.
--¡No es eso, hija mía!--exclamó picado el elegante--. Ya sabes que no
soy muy sensible a los recreos campestres.
--Sí, sí; ya sé que estás por los urbanos y que no respiras bien sino en
una atmósfera de humo de tabaco.
Doña Amparo acudió, como siempre, al socorro de su hijo.
--Me alegro mucho de que Sabas no venga, porque las merendetas siempre
le han hecho daño al estómago.
--¡Qué le importa a Cristina que yo me ponga enfermo!--exclamó con
afectada amargura el crítico.
--¡Pobrecito! Lo que te sienta admirablemente es cenar a última hora en
el Círculo, con manzanilla y _champagne_.
Martí intervino para cortar la disputa de los hermanos, observando que
doña Amparo se estaba preparando ya para desmayarse. Cada cual en
materia de goces tenía sus preferencias y era insensato tratar de
imponer los nuestros a los demás. "Todo el mundo tiene derecho a ser
feliz a su manera", dijo Federico de Prusia; y si Sabas se sentía más
feliz bajo techado que a cielo descubierto, no había motivo para
incomodarse.
--Lo que sí le ruego--concluyó diciendo--es que, ya que él no sea de la
partida, permita a Matilde y a los niños venir con nosotros.
Sabas accedió generosamente a este ruego y pareció todo conflicto
conjurado; pero Cristina, que todavía deseaba hacerle rabiar un poco,
dijo sonriendo malignamente:
--Por supuesto, eso debe entenderse en las tardes en que no haya botones
que coser...
--¡Cristina! ¡Cristina!--exclamó Martí, medio enfadado, medio riendo.
Todos hicieron lo posible por reprimir la risa. Sabas alzó los hombros
con aparente desprecio, pero quedó el resto de la noche amoscado.
Sin su compañía honrosa, pero con la de Matilde y el mayor de los niños,
hicimos al día siguiente y en los sucesivos nuestra excursión al
Cabañal. Nos trasportaban allá poco después de almorzar las galeritas de
Martí y de Castell y nos traían a la ciudad al ponerse el sol. Todo este
tiempo lo pasábamos charlando en la terraza del pabellón, mientras las
damas bordaban o cosían; o paseando por los senderos del parque, donde
también jugábamos como niños al volante y al aro. Algunas veces salíamos
de la finca y recorríamos el pueblecito y bajábamos a la playa,
entreteniéndonos buen rato viendo arribar las lanchas pescadoras; otras
nos dirigíamos a la huerta y visitábamos algunas barracas,
principalmente la de un cierto Tonet, antiguo criado de Martí, a quien
pertenecía la labranza de que vivía. Allí descansábamos a menudo, y su
mujer nos regalaba con altramuces y _cacahuets_ o nos servía algún
refresco.
Pero el negocio importante de la tarde era la merienda o, por mejor
decir, su preparación. Para que nos interesase era menester que se
aderezase y comiese al aire libre. Trasportábamos la cocinilla de
alcohol y el resto de los bártulos a algún lejano y sombrío paraje del
parque. Las damas se ponían un delantal, los caballeros nos quedábamos
en mangas de camisa, y unas veces haciendo chocolate o café, otras
friendo el pescado que acabábamos de comprar en la playa, pasábamos una
hora feliz. Tan feliz, que cuando la reunión me encomendaba la tarea de
guisar una caldereta a la marinera y, con la cacerola entre las manos,
me veía rodeado de mis marmitones y _marmitonas_, a quien despóticamente
comunicaba órdenes precisas, ¡quién lo creería!, alguna vez llegaba a
olvidarme de que estaba enamorado.
Y, sin embargo, lo estaba cada vez más, no hay que dudarlo. Ni cuando
decía a Cristina en tono imperioso: «Tráigame usted la sal», ni cuando
la reprendía ásperamente por cortar el pescado tan menudo se me pasaba
por la imaginación que pudiera existir bajo el sol criatura más
perfecta. En el campo desaparecía la gravedad ceñuda que a menudo
observaba en ella. Su humor se tornaba alegre, inquieto, ruidoso,
inventaba mil travesuras para hacernos reir y de sus labios fluían
continuamente frases agudas. Era el alma de nuestras excursiones, la sal
que las sazonaba.
Yo no podía apartar los ojos de ella. La oía y la contemplaba como un
idiota. A veces no lo era tanto, sin embargo, y me esforzaba en llevar
agua para mi molino. Por ejemplo, una tarde, estando en el pabellón, nos
mostró un dedal que se había comprado. Todos lo examinaron, y yo después
que todos también lo hice, reteniéndolo con disimulo. Pasó un largo
rato: nadie se acordaba ya del dedal. Pero cuando salimos para ir a
merendar, al cruzar por delante de mí me dijo sin mirarme:
--Ponga usted el dedal en aquel cestito.
No valía con ella ser astuto y solapado: todo lo veía, todo lo advertía.
Otra tarde en que su cuñada Matilde tocaba el piano y ella estaba en
pie volviéndole las hojas del libro, me acerqué silenciosamente por
detrás. Y fingiendo hallarme arrobado por la música y atentísimo a las
corcheas del libro, devoraba con los ojos su cuello de alabastro y el
finísimo vello en que su cabellera negra venía a morir y perderse como
una melodía que se extingue _pianissimo_. Pues bien, como si tuviera la
facultad de ver detrás de sí, llevó la mano al cuello del vestido y lo
alzó con ademán de impaciencia. Era una advertencia y una reprensión.
Mas a pesar de sus mudos desaires y reprensiones y del ceño con que
solía mirarme, yo me sentía feliz a su lado. Y era porque en estos
desaires y en la severidad de su rostro no traslucía desprecio alguno a
mi persona ni deseo de mortificarme. Procedía todo de un noble aunque
exagerado sentimiento de dignidad, sin contar con el intenso cariño que
profesaba a su marido, del cual a cada momento tenía pruebas bien
claras. Ni aun en esto se desmentía la exquisita delicadeza de sus
sentimientos. En vez de mostrarse con él rendida y mimosa, como en su
caso hubieran hecho tantas otras, huía en mi presencia de hacerle
caricia alguna y evitaba cuanto le era posible que él se las hiciese. A
veces se quejaba él, riendo, de tanta severidad, pero ella permanecía
inflexible.
De su espíritu de justicia y de la estimación que le inspiraba me dió
más de un testimonio, aunque siempre tácitos. Había ido una mañana a su
casa. No estaban en el comedor más que ella y su madre. Se le ocurrió
llamar para que le sirviesen un vaso de agua. Yo me anticipé al criado:
fuí al aparador, tomé una copa y una bandeja y me disponía a escanciar
el agua y servirla cuando me interrumpió secamente:
--No; deje usted; ya no tengo sed: fué sólo un capricho.
Quedé acortado y aún más triste que acortado. Abrevié la visita y me
retiré. Por la tarde me quedé en la fonda y no fuí al Cabañal como de
costumbre. Por la noche, al entrar en su casa cuando acababan de cenar,
lo hice con semblante grave y procuré no mirarla. Pero bien observé que
ella me miraba y aun quise advertir que lo hacía con expresión humilde.
A los pocos momentos se acercó a mí y me dirigió la palabra con
inusitada amabilidad y procuró desagraviarme. Yo me mantuve rígido.
Entonces ella, con sonrisa graciosa que jamás podré olvidar, dijo en voz
alta:
--Ribot, hágame usted el favor de alcanzarme una de aquellas copas y
echarme un poco de agua.
Se la serví riendo. Ella también rió un poco antes de beberla y mi
rensentimiento se deshizo como el hielo al calor de aquella sonrisa.
Castell era casi siempre de la partida en nuestras excursiones al
Cabañal. Alguna rara vez mandaba solamente su _galerita_ o su
_familiar_. Ya no podía dudar de que festejaba a Cristina y también de
que había advertido el amor que yo sentía por ella. Pero dada su
inconmensurable altura, debía parecerle yo un rival poco temible, porque
no pude notar en él ningún cambio. Seguía tratándome con la misma
refinada cortesía, no exenta de protección y también ¿por qué no
decirlo? de cierta benevolencia compasiva. Verdad que esta compasión la
extendía Castell a casi todos los seres creados y aun pienso que no
habría error en afirmar que trascendía de nuestro planeta para
difundirse por otros astros lejanos. Por regla general a nadie escuchaba
más que a sí mismo; pero una que otra vez, si estaba de humor, nos
invitaba a emitir nuestra opinión, nos hacía hablar con la complacencia
que se tiene en oir a los niños y sonreía dulcemente escuchando un rato
nuestra charla insustancial y nuestros pequeños disparates. Era un
verdadero examen de segunda enseñanza. Cuando se dignaba escudriñar mis
escasos conocimientos, no podía menos de imaginar que yo era un
microscópico insecto que por casualidad había caído en su mano y a
quien daba vueltas en todos los sentidos entre dedos ensortijados.
Todos le escuchaban con gran deferencia. Martí se manifestaba siempre
orgulloso de poseer tal amigo y creía de buena fe que ni en España ni en
los países extranjeros existía un hombre (en terreno teórico, por
supuesto, porque en el práctico ya se sabe, allí estaba Martí) que
pudiera comparársele; pero aún con más recogimiento que él le escuchaba
Isabelita, la prima de Cristina. Es imposible imaginar una atención más
completa, una actitud más sumisa y devota que la de esta niña de perfil
angelical cuando Castell tomaba la palabra. Su rostro, puro, nacarado,
se entornaba hacia él y permanecía inmóvil como en éxtasis; sus ojos
inocentes no pestañeaban.
La que menos placer sentía escuchando las disertaciones del opulento
negociante era, a mi ver, Cristina. Aunque se esforzaba por ocultarlo,
no tardé en adivinar que la ciencia del amigo y socio de su esposo no le
interesaba. Se distraía a menudo, y en cuanto encontraba pretexto
plausible para levantarse de la silla lo hacía. ¿Necesitaré decir que
esta falta de veneración hacia un representante de la ciencia nada la
hizo desmerecer a mis ojos? Creo que no.
Además notaba que Cristina, ajena en apariencia a los proyectos de su
esposo y que nunca los contrariaba cuando éste los exponía con su
franqueza habitual delante de nosotros, experimentaba fuerte molestia
cuando Castell los alentaba. Le era de todo punto imposible ocultarlo.
Así que el millonario, con frase acicalada, comenzaba a hacer
pomposamente el elogio de Martí, de su vista clara, de su decisión y
actividad, el semblante de Cristina se descomponía; perdían sus mejillas
el poco color rosado que tenían, arrugábase su frente y los hermosos
ojos adquirían extraña fijeza. Generalmente no podía resistir hasta el
fin. Levantábase y salía de la habitación de un modo brusco. El bueno de
Emilio, embriagado por el goce y la gratitud, no podía advertirlo.
¡Qué alma la de este hombre tan noble, tan sencilla, tan generosa! La
casualidad me hizo enterarme de un rasgo suyo que aún más le elevó a mis
ojos. Con la confianza que desde el primer día me había otorgado penetré
en su despacho sin anunciarme en momento poco oportuno. Su suegra
sollozaba (por variar) en un sillón, mientras él, de espaldas a la
entrada, estaba abriendo la caja de caudales. Al sentirme se volvió
rápidamente y empujó la puerta de la caja para cerrarla. Estaba un poco
más grave y pensativo que de ordinario; pero la expresión bondadosa de
su rostro no había desaparecido. Me saludó haciendo un esfuerzo para
aparecer jovial, y, volviéndose luego a su suegra y poniéndole una mano
sobre el hombro, le dijo cariñosamente:
--Vamos, mamá; no hay que apurarse. Todo quedará arreglado esta tarde.
Váyase ahora con Cristina y descanse un poco. No vaya a ponerse enferma.
--Gracias! ¡Gracias!--murmuraba la sensible señora sin dejar de llorar y
moquear.
Al cabo recobró, en parte al menos, la energía vital y salió de la
estancia, no sin darme a mí un fuerte y convulsivo apretón de manos y
tirar tres o cuatro besos desde la puerta a su yerno. Éste sacudió la
cabeza y dijo sonriendo:
--¡Pobre mujer!
Yo le dirigí una mirada interrogadora, pero sin atreverme a formular con
palabras la pregunta. Martí se encogió de hombros y murmuró:
--¡Ps! ¡Lo de siempre! El hijo abusa de la bondad de esta pobre señora y
le proporciona muchos disgustos.
Como advertí que no deseaba entrar en más explicaciones, me guardé de
pedírselas y hablamos de otra cosa. Pero un instante después entró
Cristina en el despacho, no de buen talante, y le preguntó:
--Mamá te ha pedido dinero, ¿verdad?
--No, hija mía--respondió Martí ruborizándose un poco.
--No me lo niegues, Emilio. Lo sé todo desde esta mañana.
--Bien; y aunque así fuese, ¿qué? La cosa no es para que esa frentecita
se arrugue tanto--replicó él tocándola cariñosamente con el dedo.
Cristina permaneció silenciosa y pensativa unos instantes.
--Ya sabes--dijo al cabo con firmeza--que yo jamás me he opuesto a tus
esplendideces con Sabas. Si me ha gustado verte generoso con todos, aún
más debía agradarme tratándose de un hermano. Pero me he preguntado
muchas veces: Esta generosidad de Emilio ¿traerá en realidad buenas
consecuencias? ¿No alentará a mi hermano a continuar la misma vida
perezosa y disipada? Si estuviese solo en el mundo podría mimársele sin
tanto peligro: cuando llegara a faltarle tu apoyo ya vería él la manera
de reducirse a lo estrictamente necesario. Pero tiene mujer, tiene
hijos, y temo que éstos paguen las consecuencias de tu generosidad y de
las costumbres que, gracias a ella, no abandona su padre...
Además--añadió bajando más la voz y temblando un poco--, hoy no tenemos
grandes obligaciones... pero podemos tenerlas...
--¡Ya lo creo que podemos!--exclamó Martí soltando la carcajada--. Me
parece que la primera no tardará muchos días en llegar.
Las mejillas de Cristina se enrojecieron súbitamente. Emilio, cambiando
de tono, se acercó a ella y, pasándole el brazo cariñosamente por encima
de los hombros, le dijo:
--Tienes razón en esto, como la tienes en todo cuanto dices. Eres cien
veces más sensata que yo. Tal vez si hubiera venido Sabas a pedírmelo me
hubiese negado, porque ya estoy un poquillo harto de sus barrabasadas...
Pero ha venido tu madre... la he visto llorar... y francamente, no sabes
la impresión que esto me produce.
Cristina levantó hacia él sus ojos, donde brillaba inmensa gratitud;
temblaron sus mejillas, y temiendo, sin duda, no poder reprimir su
emoción, salió precipitadamente de la estancia.
--¡Probrecilla!--exclamó Martí, riendo otra vez--. Tiene mucha razón.
Sabas es un majadero.
--Ha jugado, ¿verdad?--pregunté yo animado por la confianza que me
otorgaban.
--Mejor sería decir que se ha dejado pelar por unos advenedizos. ¡Es así
el hombre! Ayer ha perdido bajo su palabra cinco mil pesetas.
--Bajo su palabra... y bajo tu garantía--apunté yo.
--Es posible..., pero ¡qué se va a hacer! No es suya toda la culpa.
Tiene una madre demasiado blanda.
--Y un cuñado demasiado bueno--pensé.
Martí me pasó el brazo por detrás de la espalda, y en esta forma nos
encaminamos al gabinete de costura en busca de Cristina y doña Amparo.
Allí estaban ambas; aquélla, seria, cejijunta; ésta, completamente
repuesta de sus emociones. No tardó en llegar Matilde, que almorzaba con
ellos. La observé triste y como avergonzada. Poco después entraron dos
señoras, visita de confianza, y la conversación se animó, aclarándose la
atmósfera pesada que reinaba en el gabinete.
Cristina salió un momento para alguno de sus quehaceres domésticos, y
noté que dejaba olvidado el pañuelo sobre la silla. Entonces, con el
disimulo y la habilidad de un consumado ratero, me fuí acercando a ella,
me senté como por distracción, me apoderé, sin que nadie lo advirtiese,
de aquel precioso objeto y lo sepulté en mi bolsillo. Inmediatamente me
levanté y volví al lugar que ocupaba antes. Cristina apareció en seguida
y advertí que dirigía la vista a todos sitios en busca del pañuelo;
luego me clavó una mirada, y creo firmemente que adivinó en mi actitud
que yo lo guardaba. Entonces, no atreviéndose a preguntar por él en voz
alta, y, al mismo tiempo, no queriendo dar su brazo a torcer y pasar
porque me lo cedía, dijo, sordamente, buscando por los rincones de la
estancia.
--¿Dónde estará mi pañuelo?
Nadie más que yo podía advertirlo, porque todos estaban distraídos con
la conversación. Al cabo vi que se sentaba en la silla y tomaba de nuevo
su labor en silencio.
Iban a almorzar. Me marché a la fonda a hacer lo mismo, sin aceptar su
invitación. Tenía vehementes deseos de gozar a solas de mi preciosa
conquista: porque la consideré tal en mi loca presunción después de lo
que acababa de observar. Una vez en mi cuarto, y asegurándome bien de
que la puerta estaba cerrada y que nadie me espiaba por el agujero de la
llave, saqué el pañuelo del bolsillo y me entregué a una serie de
locuras que aún hoy recordándolas me hacen ruborizar. Aspiré su perfume
con embriaguez, lo besé infinitas veces, lo coloqué sobre mi corazón
jurando serle fiel eternamente, lo guardé junto con los retratos de mis
padres, lo saqué otra vez para besarlo y otra vez lo guardé. En fin,
llevé a cabo todos los desatinos imaginables, más propios en verdad de
un estudiantillo de retórica que del capitán de un vapor de tres mil
toneladas.
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