Imp. «Fantoches», Cardenal Cisneros, 47. Teléf. J. 923

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I

En Málaga no los guisan mal; en Vigo, todavia mejor; en Bilbao los he

comido en más de una ocasión primorosamente aliñados. Pero nada tienen

que ver estos ni otros que me han servido en los diferentes puntos donde

suelo hacer escala con los que guisa una señora Ramona en cierta tienda

de vinos y comidas llamada _El Cometa_, situada en el muelle de Gijón.

Por eso cuando esta inteligentísima mujer averigua que el _Urano_ ha

entrado en el puerto, ya está preparando sus cacerolas para recibirme.

Suelo ir solo por la noche, como un ser egoísta y voluptuoso que soy; me

ponen la mesa en un rincón de la trastienda, y allí, a mis anchas, gozo

placeres inefables y he pillado más de una indigestión.

Arribé el 9 de febrero, a las once de la mañana, y, como siempre, comí

poco, preparándome con saludable abstinencia para la solemnidad de la

noche. Dios no lo quiso. Poco antes de sonar la hora, un bárbaro

marinero, al trasladar un farol, lo rompió, cayó la mecha encendida

sobre una pipa de petróleo, se prendió fuego, acudimos a atajarlo, y con

no poco trabajo, arrojando al agua esa y otras pipas, lo conseguimos. Se

quemó la caseta del piloto, mucha jarcia y una parte de la obra muerta.

En fin, la avería nos tuvo afanosos y en pie casi toda la noche. Y este

fué el motivo de que no fuese a comer el plato de callos de la señora

Ramona, como tuve a bien comunicárselo por medio del grumete,

advirtiéndole al mismo tiempo que me aguardara sin falta aquella misma

noche.

Eran las diez, poco más o menos. Contento y sigiloso bajé la escala del

_Urano_, salté en el bote, y en cuatro paladas el marinero me hizo

atracar al muelle, que estaba solitario y obscuro. Apenas se distinguían

los cascos de los barcos y en ellos reinaba absoluto silencio. Sólo la

silueta de los carabineros de ronda o la de algún paseante melancólico

se destacaba borrosamente de las tinieblas. Pero aquella obscuridad, que

los escasos faroles no bastaba a disipar, se alegraba de pronto por la

ola de luz que salía de las dos puertas de _El Cometa_. Con el ansia de

una mariposa me dirigí a ellas. En la tienda sólo había tres o cuatro

parroquianos; los demás habían ido saliendo, unos espontáneamente, otros

por las intimaciones cada vez más perentorias de la señora Ramona, que

cerraba indefectiblemente a las diez y media.

Mi aparición fué saludada con una carcajada de esta mujer. Ignoro qué

raro y misterioso cosquilleo producía en sus nervios mi presencia; pero

puedo jurar que jamás me vió después de una ausencia más o menos larga

sin que su abdomen dejase de experimentar violentas sacudidas de risa,

que originaban ineludiblemente algunos golpes de tos, inflamaban sus

mejillas y las transportaban del rojo grana al violeta. De todos modos,

yo agradecía profundamente aquella carcajada y también los accesos de

tos, considerándolos como prenda de inalterable amistad y de que podía

contar en vida y en muerte con sus conocimientos culinarios. Era mi

deber en tales ocasiones doblar el espinazo, sacudir la cabeza y reir

estrepitosamente, hasta que la señá Ramona se sosegase. Y lo cumplí

religiosamente.

--¡Ay, qué bien me salieron ayer, D. Julián!

--Y hoy ¿por qué no?

--Porque ayer era ayer y hoy es hoy.

Ante esa razón invencible me puse serio y dejé escapar un suspiro. La

señá Ramona cayó de nuevo en un espasmo de risa, seguido del

correspondiente ataque de tos asmática. Una vez que logró salir de él,

terminó de lavar el vaso que tenía entre las manos y dijo a los tres o

cuatro marineros que charlaban en un rincón:

--¡Ea! despejar, que voy a echar la llave.

Uno de ellos se atrevió a responder:

--Aguárdese un momento, señá Ramona. Saldremos cuando ese señor.

La tabernera frunció el entrecejo y profirió con acento solemne:

--Este señor viene a comer un guisado de callos y ya tiene la mesa

preparada.

Entonces los parroquianos, sintiendo el peso de esta indicación y

comprendiendo la gravedad de las circunstancias, no vacilaron en ponerse

en pie, me contemplaron un instante con mezcla de respeto y admiración y

se retiraron dando las buenas noches.

--Pues sí, don Julián, sí--exclamó la señá Ramona, cuyo rostro se dilató

nuevamente--; los de ayer levantaban la lengua en vilo.

Mi fisonomía debió de expresar la más profunda desesperación.

--Y los de hoy, ¿no levantarán nada?--pregunté con acento afligido.

--Hoy... hoy... Usted lo verá.

Y alzó su mano carnosa de cierto modo propio para dejarme sumido en un

piélago de dudas.

Mientras daba los últimos toques a su obra, preparé adecuadamente el

estómago con ajenjo, meditando al mismo tiempo acerca de las últimas

graves palabras que acababa de oir.

¿Estarían o no tan sazonados, picantes y aromáticos como mi imaginación

me los representaba?

Pero cuando me senté a la mesa, cuando los vi delante y sentí en la

nariz su tibio aroma penetrante, un rayo de luz inundó mi cerebro

disipando el negro fantasma de la duda. Palpitó mi corazón con

inexplicable dulzura y comprendí que los dioses me tenían aún reservados

algunos instantes de dicha en este mundo.

La señá Ramona adivinó la emoción que embargaba mi alma y sonrió con

maternal benevolencia.

--¿Qué es eso, señá Ramona?--exclamé quedando inmóvil con el tenedor en

el aire--, ¿Ha oído usted?

--Sí, señor; un grito.

--Han dicho ¡socorro!

--En el muelle.

--¡Otro grito!

Solté el tenedor y me lancé a la puerta, seguido de la tabernera. Cuando

abrí sonaron en mis oídos lamentos desgarradores.

--¡Mi madre!... ¡Socorro!... ¡Por Dios!... ¡Se ahoga!

Bajé en dos saltos la rampa que me separaba del muelle y percibí la

figura de una mujer que, agitando los brazos convulsivamente, exhalaba

aquellos gritos lastimeros.

Comprendí lo que pasaba, y corriendo a ella pregunté:

--¿Quién ha caído?

--¡Mi madre!... ¡Sálvela usted!... ¡Sálvela usted!

--¿Dónde?

--Aquí.

Y me enseñó el estrecho espacio que quedaba entre un patache y el

muelle.

Aunque estrecho, para saltar al barco era demasiado ancho. Tuve ánimo,

no obstante, y me lancé, no a la cubierta, sino al aparejo, logrando

quedar asido de un cable. Me dejé caer después a la cubierta, y tomando

el primer cabo con que tropecé lo amarré apresuradamente a la obra

muerta y me deslicé por él hasta el agua. Felizmente la mujer aún no se

había sumergido, gracias a la ropa. Me acerqué a ella y le eché mano a

lo primero que hallé, que fué la cabeza, y se la arranqué. Esto es, me

quedé con una peluca en la mano. Volví a agarrarla, y esta vez lo hice

por un brazo. Tiré de ella hasta acercarla al casco del barco. Sólo

entonces se me ocurrió que era imposible salvarla sin auxilio de otra

persona. ¿Cómo subir a pulso por un cable teniendo ocupada una mano? Por

fortuna, a los gritos que la hija había dado y a los que yo di también

despertó la tripulación del patache, compuesta de cuatro marineros, y

nos izaron fácilmente. Tendieron luego unas tablas y pudimos

transportarla al muelle, y de allí a la botica más próxima, donde, al

fin, recobró el conocimiento.

Mientras el farmacéutico la atendía, su hija, pálida y silenciosa, se

inclinaba sobre ella con el rostro bañado en lágrimas. Era una joven de

buena estatura, delgada, blanca, el cabello negro y ondeado; el conjunto

de su persona, si no de suprema belleza, atractivo e interesante. Vestía

con elegancia, y su madre lo mismo, por lo que vine a entender que se

trataba de dos personas distinguidas de la población. Pero un curioso de

los que habían acudido a la botica me dijo al oído que eran dos señoras

forasteras, y que sólo hacía algunos días que se hallaban en Gijón.

Cuando me hube cerciorado de que no estaba muerta ni herida de

consideración, sintiendo que el frío del baño me penetraba y me hacía

temblar, di las buenas noches para retirarme.

La joven alzó la cabeza, se dirigió a mí vivamente y, apretándome las

manos con fuerza y clavando en los míos sus ojos húmedos, balbució con

emoción:

--¡Gracias, gracias, caballero! ¡Nunca olvidaré!...

Le di a entender que aquel servicio nada valía, que cualquiera hubiera

hecho otro tanto, porque en realidad así lo pensaba. El único sacrificio

real que había hecho era el del guisado de callos; pero esto no lo dije,

como es natural.

Cuando llegué al vapor y bajé a mi camarote me sentí tan mal que

barrunté un catarro fuerte, si no una pulmonía. Pero me di prontamente

una fricción enérgica con aguardiente de caña y me arropé tan bien en la

cama, que al día siguiente desperté como si tal cosa, sano y ágil y de

un humor excelente.

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La alegría del capitán Ribot · 第 16 / 35 题