1.--Gran Marcha. 11.--Wals.
2.--Wals. 12.--Lanceros.
3.--Lanceros. 13.--Mazurka.
4.--Wals. 14.--Variedades.
5.--Lanceros. 15.--Polka.
6.--Polka. 16.--Lanceros.
7.--Variedades. 17.--Wals.
8.--Wals. 18.--Variedades.
9.--Lanceros. 19.--Shottisch.
10.--Mazurka. 20.--Galopa.
Por más que me devané los sesos, no pude comprender de qué baile se
trataba con el nombre de "Variedades," ó si se trataba de un recurso
para salir de compromisos, muy molesto á veces para las polluelas
bailadoras.
El piso del salon es tan parejo y bien cepillado, que parece una
plancha de bronce.
La concurrencia era realmente espléndida; dominaban las bellas
francesas, cubanas y criollas; el vestido blanco de linon ó de seda con
encajes y flores, era el favorecido por la eleccion de las hermosas,
y la cortísima fraccion que representaba á México, satisfacia con
largueza nuestro orgullo. En esa fraccion brillaban, por su hermosura
y exquisita elegancia, las gentiles hijas del Sr. Payró.
Ofrecian espectáculos deliciosos las tres naves, ya presentando en
inquietas ondas tocados, gasas y flores, ya desplegándose en alas en
los Lanceros, que es el baile más favorito, ya formando torbellinos en
esos walses alemanes, que son el vuelo, la embriaguez, el delirio y el
éxtasis.
Paralelo al salon del baile habia otro salon _restaurant_, con sus
mesas y su excelente servicio de fiambres, refrescos y licores, donde
podian refrigerarse al paso, y _por cuanto vos_, danzantes y gente
desocupada.
En los recesos de la orquesta, que era por cierto muy buena, paseaban
señoras y caballeros, y los viejos tomaban parte en esas fatigas, muy
conciliables con sus medios tranquilos de accion.
El Sr. Payró nos presentó á las personas más distinguidas de aquella
culta sociedad, y no satisfecho de sus atenciones, nos llevó á un
cuartito excusado muy bien abrigado, con muelles y cómodas poltronas,
una gran mesa en el centro y tabacos riquísimos para regalo de los
afortunados visitantes de aquel delicioso camarin de los viejos.
Por supuesto que tal retrete de la holganza y la charla realizó para
mí mi ideal: siempre he procurado en las diversiones en cuya direccion
he tenido parte, un algo para los viejos.... ¿Por qué no tributar
un homenaje á los inválidos del placer? ¿por qué no consagrar un
invernadero á los recuerdos, donde se abren de par en par los verjeles
á las ilusiones?
Allí pude notar esa pulcritud, ese desembarazo de buen tono, ese
sentimiento artístico, ese buen decir que con razon se ensalza cuando
se habla de la gente bien educada de Orleans.
En el salon esencialmente, y en la mujer de nuestra raza, veia ese rayo
furtivo de sentimiento que echaba ménos en las deidades olímpicas de
San Francisco.
¿De qué búcaro se habian escapado aquellas flores de embriagadores
perfumes? ¿Entre las ramas de qué manglares habian despedido sus
sentidos arrullos aquellas palomas? Yo no sabré decir; pero á primera
vista, no parece que Nueva-Orleans encierre tantos tesoros de belleza
y de elegancia; y cómo se siente á nuestra manera, y cómo el cútis de
piñon, y la tendida pestaña, y el ojo apasionado, y el negro y rizado
cabello, nos despierta reminiscencias de ternura: aquella sociedad, á
mí me pareció encantadora.
Volviendo al cuarto de los viejos, en él fuí presentado, y trabé
conocimiento con el Sr. general Bauregard, persona de renombre
histórico en la guerra del Sur, de claros talentos y de selecta y vasta
erudicion.
El general es de cuerpo mediano, delgado, pero enhiesto y elegante, de
encrespado cabello cano, frente abierta, y ojos, si no muy grandes, sí
muy inteligentes y penetrantes.
La conversacion recayó sobre varios asuntos, y cuando nos separamos fué
con el propósito de frecuentar nuestras entrevistas. A tan cumplido
caballero no podia dejar de consignar un recuerdo de cariño en estas
páginas.
Aunque el baile y la buena compañía en que nos encontrábamos tenia
muchos atractivos, y aunque Joaquin charlaba como un desesperado, con
cubanos entusiastas y con criollas lindas mozas, fué forzoso separarnos
á instancias mias, por tener la peor idea, idea injusta si se quiere,
de mi barrio y de mi calle de San Felipe.
Serian las doce y media de la noche cuando nos retiramos del baile,
hallándonos á la entrada de nuestro barrio lóbrego, mal alumbrado, con
tal cual transeunte de cachucha y calzado equívoco, haciéndose X en la
angosta banqueta.
Regresamos por la calle de _Daufin_ que se distingue en la oscuridad
por los farolillos encarnados que anuncian las tabernas, y las puertas
cerradas, con un boquete con su cruz de fierro, característico del
mercado de las _hijas de la noche_.
Estas casas son frecuentadas por la gente más soez; asesinos, ladrones,
bandidos italianos, la hez, la basca social.
Pero me es forzoso confesar, para descargo de mi conciencia, que no
obstante lo mucho y muy malo que he presenciado en ese género de
literatura, nada deja más atrás la hipérbole misma, que las diabólicas
apariciones de la calle de Daufin, por desgracia muy vecina de nuestra
casa.
Y no se concentran, ni se encierran, ni se alejan de las miradas sus
figuras de arpías, no; sino que las ostentan, las bailan, las cantan, y
llevan á su última exageracion el escándalo.
Se abre de repente una celosía, y ya aparece un verdadero cadáver con
moños y descotes sacrílegos.... ya tiende el brazo y os quiere atrapar
una negra, espanto del infierno mismo. Allí está radicada la lepra
hasta en los canes y los gatos.
Esa es la concurrencia femenina-nocturna, _de cierto género_, en la
calle de Daufin.
Alcalde y yo atravesábamos la calle, haciendo agradabilísimos
recuerdos del baile, cuando notamos extraordinariamente iluminada una
de esas casas de indigno tráfico, de que hemos hablado.
La acera en que se encuentra la casa era como de macizas tinieblas, y
de ella salia como en torrente, la luz vivísima en medio de un profundo
silencio....
Cuando estábamos á cierta distancia, Joaquin me hizo reparar en la luz;
yo creí que se trataba de una de esas repugnantes orgías, hijas de la
desenvoltura y de la rabia de gozar; creí que el silencio era uno de
esos paréntesis que abren el fastidio y el cansancio donde quiera que
se forza el placer; pero al tocar en el frente de aquella puerta, ni me
imaginaba siquiera lo que veian mis ojos.
Era una tarima de la altura de una silla; pero tan cubierta de
flores, que propiamente podria llamarse un delicioso lecho de flores,
porque tales eran su largo y su anchura. En medio del lecho estaba un
cadáver.... Era el cadáver de una niña que contaria á lo más once años;
pero de tan deslumbradora belleza, que en el rastro luminoso de las
extinguidas gracias, como que flotaba indecisa la augusta severidad de
la muerte.
Su cabeza se veia levantada y brillaba en el centro de una aureola de
oro; vestia túnica blanca y se tendia á su espalda un manto de seda
azul sembrado de estrellas.... como tenemos la costumbre de ver á
la Reina de los Angeles en su ideal personificado de la pureza y la
inocencia.
Bajo las tendidas pestañas de aquella niña, parecia abrigarse la luz
de la vida; la sonrisa no se habia atrevido á abandonar aquellos
labios; sus manos, descansando sobre su pecho, oprimian un ramo de
azucenas, como representando sin pretensiones y como espontánea, la
glorificacion de la inocencia.
La pompa, la majestad de aquel espectáculo era el silencio: él habia
convertido en templo sagrado aquel lugar de vicio y de horrores....
Las mujeres que acompañaban aquel cadáver, tenian una expresion
singular; la mujer y la madre se sobreponian, por una incomprensible
inconsecuencia del destino, á la arpía y á la ramera....
¡Pobre niña! decia yo conmovido en el fondo de mi alma: ¿qué
contrasentido, qué aberracion del destino te presenta este sitio como
embelleciendo á la muerte? ¿Por qué capricho de la fatalidad apareces
aquí donde "_no hay esperanza_" para la virtud, como intentona angélica
de victoriosa purificacion?
¿Al atravesar esta atmósfera tu sér purísimo te asfixió la corrupcion
del vicio y venció el ángel á la que llevaba sobre su frente la
candidatura terrible de la disolucion?
¿Es para tí la muerte una redencion? ¿es el remanso puro en que caen
las aguas de tus dias que debieron enturbiarse en el fango?
¿Abres aquí un paréntesis de santificacion, de inocencia, como un
recuerdo de amor divino, como una promesa de misericordia que se filtra
en esas cavernas de almas cerradas para siempre á la luz del cielo?
¿Quisiste dormirte al arrullo de los santos recuerdos de esas almas
ensordecidas á todo sentimiento de ternura?
Aquí eres una aparicion, una sorpresa; acaso entre esos bultos, entre
esas mujeres, está la madre que te veia resbalar en la perdicion y
pedia al cielo que te salvase.... ó acaso de sus garras y de los
cálculos de un tráfico sacrílego te arrebató el arcángel custodio de
tu inocencia, y le dejó, estrechando á su seno con tu cadáver, el
escarmiento de su depravacion......
De cuando en cuando, algunas de aquellas mujeres, extrañas á todo lo
delicado, torpes para las acciones circunspectas y cultas, se acercaban
á componer los cirios ó arreglar el vestido, á renovar el liquidambar
que suspiraba sus perfumes á un lado del lecho de flores.... pero con
tal cuidado, con tan leves pasos, con finura tanta, como si temiesen
despertar con su ruido á aquella niña confiada á sus cuidados.
No sé el tiempo que duró nuestra visita al cadáver.... Alcalde y yo
nos retiramos silenciosos.... y despues hemos recordado, siempre
conmovidos, el inesperado cuadro de la calle de Daufin.