Al cabo de muchos días, cuando el pueblo pudo coordinar sus ideas acerca
de la escena que acabamos de referir, hubo más de una versión de lo que
había ocurrido en el tablado de la picota.
La mayor parte de los espectadores aseguró haber visto impresa en la
carne del pecho del infeliz ministro una LETRA ESCARLATA, que era la
exacta reproducción de la que tenía Ester en el vestido. Respecto á su
origen se dieron varias explicaciones, todas las cuales fueron
simplemente conjeturas. Algunos afirmaban que el Reverendo Sr.
Dimmesdale, el mismo día en que Ester Prynne llevó por vez primera su
divisa ignominiosa, había comenzado una serie de penitencias, que
después continuó de diversos modos, imponiéndose él mismo una horrible
tortura corporal. Otros aseguraban que el estigma no se había producido
sino mucho tiempo después, cuando el viejo Rogerio Chillingworth, que
era un poderoso nigromántico, la hizo aparecer con sus artes mágicas y
venenosas drogas. Otros había,--y estos eran los más á propósito para
apreciar la sensibilidad exquisita del ministro y la maravillosa
influencia que ejercía su espíritu sobre su cuerpo,--que pensaban que el
terrible símbolo era el efecto del constante y roedor remordimiento que
se albergaba en lo más íntimo del corazón, manifestándose al fin el
inexorable juicio del Cielo por la presencia visible de la letra. El
lector puede escoger entre estas teorías la que más le agrade.
Es singular, sin embargo, que varios individuos, que fueron espectadores
de toda la escena, y sostenían no haber apartado un instante las miradas
del Reverendo Sr. Dimmesdale, negaran absolutamente que se hubiese visto
señal alguna en su pecho. Y á juzgar por lo que estas mismas personas
decían, las últimas palabras del moribundo no admitieron, ni aun
siquiera remotamente, que hubiera habido, de su parte, la más leve
relación con la culpa que obligó á Ester á llevar por tanto tiempo la
letra escarlata. Según estos testigos, dignos del mayor respeto y
consideración, el ministro, que tenía conciencia de que estaba moribundo
y también de que la reverencia de la multitud le colocaba ya entre el
número de los santos y de los ángeles, había deseado, exhalando el
último aliento en los brazos de la mujer caída, expresar ante la faz del
mundo cuán completamente vano era lo que se llama virtud y perfección
del hombre. Después de haberse acabado la vida con sus esfuerzos en pró
del bien espiritual de la humanidad, había convertido su manera de morir
en una especie de parábola viviente, con objeto de imprimir en la mente
de sus admiradores la poderosa y triste enseñanza de que, comparados con
la Infinita Pureza, todos somos igualmente pecadores; para enseñarles
también que el más inmaculado entre nosotros, sólo ha podido elevarse
sobre sus semejantes lo necesario para discernir con mayor claridad la
misericordia que nos contempla desde las alturas, y repudiar más
absolutamente el fantasma del mérito humano que dirige sus miradas hacia
arriba. Sin querer disputar la verdad de este aserto, se nos debe
permitir que consideremos esta versión de la historia del Sr.
Dimmesdale, tan sólo como un ejemplo de la tenaz fidelidad con que los
amigos de un hombre, y especialmente de un eclesiástico, defienden su
reputación, aun cuando pruebas tan claras como la luz del sol al
mediodía iluminando la letra escarlata, lo proclamen una criatura
terrenal, falsa y manchada con el pecado.
La autoridad que hemos seguido principalmente,--esto es, un manuscrito
de fecha muy antigua, redactado en vista del testimonio verbal de varias
personas, algunas de las cuales habían conocido á Ester Prynne, mientras
otras habían oído su historia de los labios de testigos
presenciales,--confirma plenamente la opinión adoptada en las páginas
que preceden. Entre muchas conclusiones morales que se pueden deducir de
la experiencia dolorosa del pobre ministro, y que se agolpan á nuestra
mente, escogemos esta:--"¡Sé sincero! ¡Sé sincero! ¡Sé sincero! Muestra
al mundo, sin ambajes, si no lo peor de tu naturaleza, por lo menos
algún rasgo del que se pueda inferir lo peor."
Nada hubo que llamara tanto la atención como el cambio que se operó casi
inmediatamente después de la muerte del Sr. Dimmesdale, en el aspecto y
modo de ser del anciano conocido bajo el nombre de Rogerio
Chillingworth. Todo su vigor y su energía, toda su fuerza vital é
intelectual, parecieron abandonarle de una vez, hasta el extremo de que
realmente se consumió, se arrugó, y hasta desapareció de la vista de
los mortales, como una hierba arrancada de raíz que se seca á los rayos
ardientes del sol. Este hombre infeliz había hecho de la prosecución y
ejercicio sistemático de la venganza el objeto primordial de su
existencia; y una vez obtenido el triunfo más completo, el principio
maléfico que le animaba no tuvo ya en que emplearse, y no habiendo
tampoco en la tierra ninguna obra diabólica que realizar, no le quedaba
á aquel mortal inhumano otra cosa que hacer, sino ir á donde su Amo le
proporcionase tarea suficiente, y le recompensase con el salario debido.
Pero queremos ser clementes con todos esos seres impalpables que por
tanto tiempo han sido nuestros conocidos, lo mismo con Rogerio
Chillingworth que con sus compañeros. Es asunto digno de investigarse
saber hasta qué punto el odio y el amor vienen á ser en realidad la
misma cosa. Cada uno de estos sentimientos, en su más completo
desarrollo, presupone un profundo é íntimo conocimiento del corazón
humano; también cada uno de estos sentimientos presupone que un
individuo depende de otro para la satisfacción de sus afectos y de su
vida espiritual; cada una de esas sensaciones deja en el desamparo y la
desolación al amante apasionado ó al aborrecedor no menos apasionado,
desde el momento en que desaparece el objeto del odio ó del amor. Por lo
tanto, considerados filosóficamente los dos sentimientos de que
hablamos, vienen á ser en su esencia uno mismo, excepto que el amor se
contempla á la luz de un esplendor celestial, y el odio al reflejo de
sombría y lúgubre llamarada. En el mundo espiritual, el anciano médico y
el joven ministro,--habiendo sido ambos víctimas mutuas,--quizás, hayan
encontrado toda la suma de su odio y antipatía terrenal transformada en
amor.
Pero dejando á un lado esta discusión, comunicaremos al lector algunas
noticias de otra naturaleza. Al fallecimiento del anciano Rogerio
Chillingworth (que aconteció al cabo de un año), se vió por su
testamento y última voluntad, del cual fueron albaceas el Gobernador
Bellingham y el Reverendo Sr. Wilson, que había legado una considerable
fortuna, tanto en la Nueva Inglaterra como en la madre patria, á
Perlita, la hija de Ester Prynne.
De consiguiente Perla, la niña duende, el vástago del demonio como
algunas personas aún persistían en considerarla, se convirtió en la
heredera más rica de su época en aquella parte del Nuevo Mundo; y
probablemente esta circunstancia produjo un cambio muy notable en la
estimación pública, y si la madre y la hija hubieran permanecido en la
población, la pequeña Perla, al llegar á la edad de poder casarse,
habría mezclado su sangre impetuosa con la del linaje de los más devotos
puritanos de la colonia. Pero no mucho tiempo después del fallecimiento
del médico, la portadora de la letra escarlata desapareció de la ciudad
y con ella Perla.
Durante muchos años, aunque de tarde en tarde solían llegar algunos
vagos rumores al través de los mares, no se recibieron sin embargo
noticias auténticas de la madre y de la hija. La historia de la letra
escarlata se convirtió en leyenda; la fascinación que ejercía se mantuvo
poderosa por mucho tiempo, y tanto el tablado fatídico como la cabaña
junto á la orilla del mar donde vivió Ester, continuaron siendo objeto
de cierto respetuoso temor. Varios niños que jugaban una tarde cerca de
la referida cabaña, vieron á una mujer alta, con traje de color obscuro,
acercarse á la puerta; ésta no se había abierto ni una sola vez en
muchos años; pero sea que la mujer la abriera, ó que la puerta cediese á
la presión de su mano, por hallarse la madera y el hierro en estado de
descomposición, ó sea que se deslizara como un fantasma al través de
cualquier obstáculo,--lo cierto es que aquella mujer entró en la
desierta y abandonada cabaña.
Se detuvo en el umbral, y dirigió una mirada en torno suyo,--porque tal
vez la idea de entrar sola, y después de tantos cambios, en aquella
morada en que también había padecido tanto, fué algo más triste y
horrible de lo que ella podía soportar. Pero su vacilación, aunque no
duró sino un instante, fué lo suficiente para dejar ver una letra
escarlata en su pecho.
Ester Prynne había, pues, regresado y tomado de nuevo la divisa de su
ignominia, ya largo tiempo dada al olvido. ¿Pero dónde estaba Perlita?
Si aún vivía, se hallaba indudablemente en todo el brillo y florescencia
de su primera juventud. Nadie sabía, ni se supo jamás á ciencia cierta,
si la niña duende había descendido á una tumba prematura, ó si su
naturaleza tumultuosa y exuberante se había calmado y suavizado,
haciéndola capaz de experimentar la apacible felicidad propia de una
mujer. Pero durante el resto de la vida de Ester, hubo indicios de que
la reclusa de la letra escarlata era objeto del amor é interés de algún
habitante de otras tierras. Se recibían cartas estampadas con un escudo
de armas desconocidas en la heráldica inglesa. En la cabaña consabida
había objetos y artículos de diversa clase, hasta de lujo, que nunca se
ocurrió á Ester usar, pero que solamente una persona rica podría haber
comprado, ó en los que podría haber pensado sólo el afecto hacia ella.
Se veían allí bagatelas, adornos, dijes, bellos presentes que indicaban
un recuerdo constante y que debieron de ser hechos por delicados dedos,
á impulsos de un tierno corazón. Una vez se vió á Ester bordando un
trajecito de niño de tierna edad, con tal profusión de oro, que casi
habría dado origen á un motín, si en las calles de Boston se hubiera
presentado un tierno infante con un vestido de tal jaez.
En fin, las comadres de aquel tiempo creían, y el administrador de
aduana Sr. Pue, que investigó el asunto un siglo más tarde, creía
igualmente,--y uno de sus recientes sucesores en el mismo empleo cree
también á puño cerrado, que Perla no solo vivía, sino que estaba casada,
era feliz, y se acordaba de su madre, y que con el mayor contento habría
tenido junto á sí y festejado en su hogar á aquella triste y solitaria
mujer.
Pero había para Ester Prynne una vida más real en la Nueva Inglaterra,
que no en la región desconocida donde se había establecido Perla. Su
culpa la cometió en la Nueva Inglaterra: aquí fué donde padeció; y aquí
donde tenía aún que hacer penitencia. Por lo tanto había regresado, y
volvió á llevar en el pecho, por efecto de su propia voluntad, pues ni
el más severo magistrado de aquel rígido período se lo hubiera impuesto,
el símbolo cuya sombría historia hemos referido, sin que después dejara
jamás de lucir en su seno. Pero con el transcurso de los años de
trabajos, de meditación y de obras de caridad que constituyeron la vida
de Ester, la letra escarlata cesó de ser un estigma que atraía la
malevolencia y el sarcasmo del mundo, y se convirtió en un emblema de
algo que producía tristeza, que se miraba con cierto asombro temeroso y
sin embargo con reverencia. Y como Ester Prynne no tenía sentimientos
egoístas, ni de ningún modo vivía pensando solo en su propio bienestar y
satisfacción personal, las gentes iban á confiarle todos sus dolores y
tribulaciones y le pedían consejo, como á persona que había pasado por
pruebas severísimas. Especialmente las mujeres, con la historia eterna
de almas heridas por afectos mal retribuidos, ó mal puestos, ó no bien
apreciados, ó en consecuencia de pasión errada ó culpable,--ó abrumadas
bajo el grave peso de un corazón inflexible, que de nadie fué solicitado
ni estimado,--estas mujeres eran las que especialmente iban á la cabaña
de Ester á consultarla, y preguntarle por qué se sentían tan
desgraciadas y cuál era el remedio para sus penas. Ester las consolaba y
aconsejaba lo mejor que podía, dándoles también la seguridad de su
creencia firmísima de que algún día, cuando el mundo se encuentre en
estado de recibirla, se revelará una nueva doctrina que establezca las
relaciones entre el hombre y la mujer sobre una base más sólida y más
segura de mutua felicidad. En la primera época de su vida Ester se había
imaginado, aunque en vano, que ella misma podría ser la profetisa
escogida por el destino para semejante obra; pero desde hace tiempo
había reconocido la imposibilidad de que la misión de dar á conocer una
verdad tan divina y misteriosa, se confiara á una mujer manchada con la
culpa, humillada con la vergüenza de esa culpa, ó abrumada con un dolor
de toda la vida. El ángel, y al mismo tiempo el apóstol de la futura
revelación, tiene que ser indudablemente una mujer, pero excelsa, pura y
bella; y además sabia y cuerda, no como resultado del sombrío pesar,
sino del suave calor de la alegría, demostrando cuán felices nos puede
hacer el santo amor, mediante el ejemplo de una vida dedicada á ese fin
con éxito completo.
Así decía Ester Prynne dirigiendo sus tristes miradas á la letra
escarlata. Y después de muchos, muchos años, se abrió una nueva tumba,
cerca de otra ya vieja y hundida, en el cementerio de la ciudad,
dejándose un espacio entre ellas, como si el polvo de los dos dormidos
no tuviera el derecho de mezclarse; pero una misma lápida sepulcral
servía para las dos tumbas. Al rededor se veían por todas partes
monumentos en que había esculpidos escudos de armas; y en esta sencilla
losa,--como el curioso investigador podrá aún discernirlo, aunque se
quede confuso acerca de su significado, se veía algo á semejanza de un
escudo de armas. Llevaba una divisa cuyos términos heráldicos podrían
servir de epígrafe y ser como el resumen de la leyenda á que damos fin:
sombría, y aclarada solo por un punto luminoso, á veces más tétrico que
la misma sombra:--
"EN CAMPO, SABLE, LA LETRA A, GULES."[18]