La elocuente voz que había arrebatado el alma de los oyentes,
haciéndoles agitarse como si se hallaran mecidos por las olas de
turbulento océano, cesó al fin de resonar. Hubo un momento de silencio,
profundo como el que tendría que reinar después de las palabras de un
oráculo. Luego hubo un murmullo, seguido de una especie de ruido
tumultuoso: se diría que los circunstantes, viéndose ya libres de la
influencia del encanto mágico que los había transportado á las esferas
en que se cernía el espíritu del orador, estaban volviendo de nuevo en
sí mismos, aunque todavía llenos de la admiración y respeto que aquel
les infundiera. Un momento después, la multitud empezó á salir por las
puertas de la iglesia; y como ahora todo había concluído, necesitaban
respirar una atmósfera más propia para la vida terrestre á que habían
descendido, que aquella á que el predicador los elevó con sus palabras
de fuego.
Una vez al aire libre, los oyentes expresaron su admiración de diversas
maneras: la calle y la plaza del mercado resonaron de extremo á extremo
con las alabanzas prodigadas al ministro, y los circunstantes no
hallaban reposo hasta haber referido cada cual á su vecino lo que
pensaba recordar ó saber mejor que él. Según el testimonio universal,
jamás hombre alguno había hablado con espíritu tan sabio, tan elevado y
santo como el ministro aquel día; ni jamás hubo labios mortales tan
evidentemente inspirados como los suyos. Podría decirse que esa
inspiración descendió sobre él y se apoderó de su sér, elevándole
constantemente sobre el discurso escrito que yacía ante sus ojos,
llenándole con ideas que habían de parecerle á él mismo tan maravillosas
como á su auditorio.
Según se colige de lo que hablaba la multitud, el asunto del sermón
había sido la relación entre la Divinidad y las sociedades humanas, con
referencia especial á la Nueva Inglaterra que ellos habían fundado en el
desierto; y á medida que se fué acercando al final de su discurso,
descendió sobre él un espíritu de profecía, que le obligaba á continuar
en su tema como acontecía con los antiguos profetas de Israel, con esta
diferencia, sin embargo, que mientras aquellos anunciaban la ruina y
desolación de su patria, Dimmesdale predecía un grande y glorioso
destino al pueblo allí congregado. Pero en todo su discurso había cierta
nota profunda, triste, dominante, que sólo podía interpretarse como el
sentimiento natural y melancólico de uno que pronto ha de abandonar este
mundo. Sí: su ministro, á quien tanto amaban, y que los amaba tanto á
todos ellos, que no podía partir hacia el cielo sin exhalar un suspiro
de dolor,--tenía el presentimiento de que una muerte prematura le
esperaba, y de que pronto los dejaría bañados en lágrimas. Esta idea de
su permanencia transitoria en la tierra, dió el último toque al efecto
que el predicador había producido; diríase que un ángel, en su paso por
el firmamento, había sacudido un instante sus luminosas alas sobre el
pueblo, produciendo al mismo tiempo sombra y esplendor, y derramando una
lluvia de verdades sobre el auditorio.
De este modo llegó para el Reverendo Sr. Dimmesdale,--como llega para la
mayoría de los hombres en sus varias esferas de acción, aunque con
frecuencia demasiado tarde,--una época de vida más brillante y llena de
triunfos que ninguna otra en el curso de su existencia, ó que jamás
pudiera esperar. En aquel momento se encontraba en la cúspide de la
altura á que los dones de la inteligencia, de la erudición, de la
oratoria, y de un nombre de intachable pureza, podían elevar á un
eclesiástico en los primeros tiempos de la Nueva Inglaterra, cuando ya
una carrera de esa clase era en sí misma un alto pedestal. Tal era la
posición que el ministro ocupaba, cuando inclinó la cabeza sobre el
borde del púlpito al terminar su discurso. Entre tanto, Ester Prynne
permanecía al pie del tablado de la picota con la letra escarlata
abrasando aún su corazón.
Oyéronse de nuevo los sones de la música y el paso mesurado de la
escolta militar que salía por la puerta de la iglesia. La procesión
debía dirigirse á la casa consistorial, donde un solemne banquete iba á
completar las ceremonias del día.
Por lo tanto, de nuevo la comitiva de venerables y majestuosos padres de
la ciudad empezó á moverse en el espacio libre que dejaba el pueblo,
haciéndose respetuosamente á uno y otro lado, cuando el Gobernador y los
magistrados, los hombres ancianos y cuerdos, los santos ministros del
altar, y todo lo que era eminente y renombrado en la población,
avanzaban por en medio de los espectadores. Cuando llegaron á la plaza
del mercado, su presencia fué saludada con una aclamación general; que
si bien podía atribuirse al sentimiento de lealtad que en aquella época
experimentaba el pueblo hacia sus gobernantes, era también la explosión
irresistible del entusiasmo que en el alma de los oyentes había
despertado la elevada elocuencia que aun vibraba en sus oídos. Cada uno
sintió el impulso en sí mismo y casi instantáneamente este impulso se
hizo unánime. Dentro de la iglesia á duras penas pudo reprimirse; pero
debajo de la bóveda del cielo no fué posible contener su manifestación,
más grandiosa que los rugidos del huracán, del trueno ó del mar, en
aquella potente oleada de tantas voces reunidas en una gran voz por el
impulso universal que de muchos corazones forma uno solo. Jamás en el
suelo de la Nueva Inglaterra había resonado antes igual clamoreo. Jamás,
en el suelo de la Nueva Inglaterra, se había visto un hombre de tal modo
honrado por sus conciudadanos como lo era ahora el predicador.
¿Y qué era de él? ¿No se veían por ventura en el aire las partículas
brillantes de una aureola al rededor de su cabeza? Habiéndose vuelto tan
etéreo, habiendo sus admiradores hecho su apoteosis, ¿pisaban sus pies
el polvo de la tierra cuando iba marchando en la procesión?
Mientras las filas de los hombres de la milicia y de los magistrados
civiles avanzaban, todas las miradas se dirigían al lugar en que
marchaba el Sr. Dimmesdale. La aclamación se iba convirtiendo en
murmullo á medida que una parte de los espectadores tras otra lograba
divisarle. ¡Cuán pálido y débil parecía en medio de todo este triunfo
suyo! La energía,--ó, mejor dicho, la inspiración que lo sostuvo
mientras pronunciaba el sagrado mensaje que le comunicó su propia
fuerza, como venida del cielo,--ya le había abandonado después de haber
cumplido tan fielmente su misión. El color que antes parecía abrasar sus
mejillas, se había extinguido como llama que se apaga irremediablemente
entre los últimos rescoldos. La mortal palidez de su rostro era tal, que
apenas semejaba éste el de un hombre vivo; ni el que marchaba con pasos
tan vacilantes como si fuera á desplomarse á cada momento, sin hacerlo
sin embargo, apenas podía tampoco tomarse por un ser viviente.
Uno de sus hermanos eclesiásticos,--el venerable Juan
Wilson,--observando el estado en que se hallaba el Sr. Dimmesdale
después que pronunció su discurso, se adelantó apresuradamente para
ofrecerle su apoyo; pero el ministro, todo trémulo, aunque de una manera
decidida, alejó el brazo que le presentaba su anciano colega. Continuó
andando, si es que puede llamarse andar lo que más bien parecía el
esfuerzo vacilante de un niño á la vista de los brazos de su madre,
extendidos para animarle á que se adelante. Y ahora, casi
imperceptiblemente á pesar de la lentitud de sus últimos pasos, se
encontraba frente á frente de aquel tablado, cuyo recuerdo jamás se
borró de su memoria, de aquel tablado donde, muchos años antes, Ester
Prynne había tenido que soportar las miradas ignominiosas del mundo.
¡Allí estaba Ester teniendo de la mano á Perla! ¡Y allí estaba la letra
escarlata en su pecho! El ministro hizo aquí alto, aunque la música
continuaba tocando la majestuosa y animada marcha al compás de la cual
la procesión iba desfilando. ¡Adelante!--le decía la música,--¡adelante,
al banquete! Pero el ministro se quedó allí como si estuviera clavado.
El Gobernador Bellingham, que durante los últimos momentos había tenido
fijas en el ministro las ansiosas miradas, abandonando ahora su puesto
en la procesión, se adelantó para prestarle auxilio, creyendo, por el
aspecto del Sr. Dimmesdale, que de lo contrario caería al suelo. Pero en
la expresión de las miradas del ministro había algo que hizo retroceder
al magistrado, aunque no era hombre que fácilmente cediese á las vagas
intimaciones de otro. Entre tanto la multitud contemplaba todo aquello
con temor respetuoso y admiración. Este desmayo terrenal era, según
creían, sólo otra faz de la fuerza celestial del ministro; ni se hubiera
tenido por un milagro demasiado sorprendente contemplarle ascender en
los espacios, ante sus miradas, volviéndose cada vez más transparente y
más brillante, hasta verle por fin desvanecerse en la claridad de los
cielos.
El ministro se acercó al tablado y extendió los brazos.
--¡Ester!--dijo,--¡ven aquí! ¡Ven aquí también, Perlita!
La mirada que les dirigió fué lúgubre, pero había en ella á la vez que
cierta ternura, una extraña expresión de triunfo. La niña, con sus
movimientos parecidos á los de un ave, que eran una de sus cualidades
características, corrió hacia él y estrechó las rodillas del ministro
entre sus tiernos bracitos. Ester, como impelida por inevitable destino,
y contra toda su voluntad, se acercó también á Dimmesdale, pero se
detuvo antes de llegar. En este momento el viejo Rogerio Chillingworth
se abrió paso al través de la multitud, ó, tan sombría, maligna é
inquieta era su mirada, que acaso surgió de una región infernal para
impedir que su víctima realizara su propósito. Pero sea de ello lo que
se quiera, el anciano médico se adelantó rápidamente hacia el ministro y
le asió del brazo.
--¡Insensato, detente! ¿qué intentas hacer?--le dijo en voz baja.--¡Haz
seña á esa mujer de que se aleje! ¡Haz que se retire también esta niña!
Todo irá bien. ¡No manches tu buen nombre, ni mueras deshonrado!
¡Todavía puedo salvarte! ¿Quieres cubrir de ignominia tu sagrada
profesión?
--¡Ah! ¡tentador! Me parece que vienes demasiado tarde,--respondió el
ministro fijando las miradas en los ojos del médico, con temor, pero con
firmeza.--Tu poder no es el que antes era. Con la ayuda de Dios me
libraré ahora de tus garras.
Y extendió de nuevo la mano á la mujer de la letra escarlata.
--Ester Prynne,--gritó con penetrante vehemencia,--en el nombre de Aquel
tan terrible y tan misericordioso, que en este último momento me concede
la gracia de hacer lo que, con grave pecado y agonía infinita me he
abstenido de hacer hace siete años, ven aquí ahora y ayúdame con tus
fuerzas. Préstame tu auxilio, Ester, pero deja que lo guíe la voluntad
que Dios me ha concedido. Este perverso y agraviado anciano se opone á
ello con todo su poder, con todo su propio poder y el del enemigo malo.
¡Ven, Ester, ven! Ayúdame á subir ese tablado.
En la multitud reinaba la mayor confusión. Los hombres de categoría y
dignidad que se hallaban más inmediatos al ministro, se quedaron tan
sorprendidos y perplejos acerca de lo que significaba aquello que veían,
tan incapaces de comprender la explicación que más fácilmente se les
presentaba, ó imaginar alguna otra, que permanecieron mudos y tranquilos
espectadores del juicio que la Providencia parecía iba á pronunciar.
Veían al ministro, apoyado en el hombro de Ester y sostenido por el
brazo con que ésta le rodeaba, acercarse al tablado y subir sus gradas,
teniendo entre las manos las de aquella niñita nacida en el pecado. El
viejo Rogerio Chillingworth le seguía, como persona íntimamente
relacionada con el drama de culpa y de dolor en que todos ellos habían
sido actores, y por lo tanto con derecho bastante á hallarse presente en
la escena final.
--Si hubieras escudriñado toda la tierra,--dijo mirando con sombríos
ojos al ministro,--no habrías hallado un lugar tan secreto, ni tan alto,
ni tan bajo, donde hubieras podido librarte de mí,--como este cadalso en
que ahora estás.
--¡Gracias sean dadas á Aquel que me ha traído aquí!--contestó el
ministro.
Temblaba sin embargo, y se volvió hacia Ester con una expresión de duda
y ansiedad en los ojos que fácilmente podía distinguirse, por estar
acompañada de una débil sonrisa en sus labios.
--¿No es esto mejor,--murmuró,--que lo que imaginamos en la selva?
--¡No sé! ¡No sé!--respondió ella rápidamente.--¿Mejor? Sí: ¡ojalá
pudiéramos morir aquí ambos, y Perlita con nosotros!
--Respecto á tí y á Perla, ¡sea lo que Dios ordene!--dijo el
ministro,--y Dios es misericordioso. Déjame hacer ahora lo que Él ha
puesto claramente de manifiesto ante mis ojos, porque yo me estoy
muriendo, Ester. Deja, pues, que me apresure á tomar sobre mi alma la
parte de vergüenza que me corresponde.
En parte sostenido por Ester, y teniendo de la mano á Perla, el
Reverendo Sr. Dimmesdale se volvió á los dignos y venerables
magistrados, á los sagrados ministros que eran sus hermanos en el Señor,
al pueblo cuya gran alma estaba completamente consternada, aunque llena
de simpatía dolorosa, como si supiera que un asunto vital y profundo,
que si repleto de culpa también lo estaba de angustia y de
arrepentimiento, se iba á poner ahora de manifiesto á la vista de todos.
El sol, que había pasado ya su meridiano, derramaba su luz sobre el
ministro y hacía destacar su figura perfectamente, como si se hubiera
desprendido de la tierra para confesar su delito ante el tribunal de la
Justicia Eterna.
--¡Pueblo de la Nueva Inglaterra!--exclamó con una voz que se elevó por
encima de todos los circunstantes, alta, solemne y majestuosa,--pero que
con todo era siempre algo trémula, y á veces semejaba un grito que
surgía luchando desde un abismo insondable de remordimiento y de
dolor,--vosotros, continuó, que me habéis amado,--vosotros, que me
habéis creído santo,--miradme aquí, mirad al más grande pecador del
mundo. ¡Al fin, al fin estoy de pie en el lugar en que debía haber
estado hace siete años: aquí, con esta mujer, cuyo brazo, más que la
poca fuerza con que me he arrastrado hasta aquí, me sostiene en este
terrible momento y me impide caer de bruces al suelo! ¡Ved ahí la letra
escarlata que Ester lleva! Todos os habéis estremecido á su vista. Donde
quiera que esta mujer ha ido, donde quiera que, bajo el peso de tanta
desgracia, hubiera podido tener la esperanza de hallar reposo,--esa
letra ha esparcido en torno suyo un triste fulgor que inspiraba espanto
y repugnancia. ¡Pero en medio de vosotros había un hombre, ante cuya
marca de infamia y de pecado jamás os habéis estremecido!
Al llegar á este punto, pareció que el ministro tenía que dejar en
silencio el resto de su secreto; pero luchó contra su debilidad
corporal, y aun mucho más contra la flaqueza de ánimo que se esforzaba
en subyugarle. Se desembarazó entonces de todo sostén corporal, y dió un
paso hacia adelante resueltamente, dejando detrás de sí á la mujer y á
la niña.
--¡Esa marca la tenía él!--continuó con una especie de fiero arrebato.
¡Tan determinado estaba á revelarlo todo!--¡El ojo de Dios la veía! ¡Los
ángeles estaban siempre señalándola! ¡El enemigo malo la conocía muy
bien y la estregaba constantemente con sus dedos candentes! Pero él la
ocultaba con astucia á la mirada de los hombres, y se movía entre
vosotros con rostro apesadumbrado, como el de un hombre muy puro en un
mundo tan pecador; y triste, porque echaba de menos sus compañeros
celestiales. Ahora, en los últimos momentos de su vida, se presenta ante
vosotros; os pide que contempléis de nuevo la letra escarlata de Ester;
y os dice que, con todo su horror misterioso, no es sino la pálida
sombra de la que él lleva en su propio pecho; y que aun esta marca roja
que tengo aquí, esta marca roja mía, es solo el reflejo de la que está
abrasando lo más íntimo de su corazón. ¿Hay aquí quién pueda poner en
duda el juicio de Dios sobre un pecador? ¡Mirad! ¡Contemplad un
testimonio terrible de ese juicio!
Con un movimiento convulsivo desgarró la banda eclesiástica que llevaba
en el pecho. ¡Todo quedó revelado! Pero sería irreverente describir
aquella revelación. Durante un momento las miradas de la multitud
horrorizada se concentraron en el lúgubre milagro, mientras el ministro
permanecía en pie con una expresión triunfante en el rostro, como la de
un hombre que en medio de una crisis del más agudo dolor ha conseguido
una victoria. Después cayó desplomado sobre el cadalso. Ester lo levantó
parcialmente y le hizo reclinar la cabeza sobre su seno. El viejo
Rogerio se arrodilló á su lado con aspecto sombrío, desconcertado, con
un rostro en el cual parecía haberse extinguido la vida.
--¡Has logrado escaparte de mí!--repetía con frecuencia.--¡Has logrado
escaparte de mí!
--¡Que Dios te perdone!--dijo el ministro.--¡Tú también has pecado
gravemente!
Apartó sus miradas moribundas del anciano, y las fijó en la mujer y la
niña.
--¡Mi pequeña Perla!--dijo débilmente, y una dulce y tierna sonrisa
iluminó su semblante, como el de un espíritu que va entrando en profundo
reposo; mejor dicho, ahora que el peso que abrumaba su alma había
desaparecido, parecía que deseaba jugar con la niña,--mi querida
Perlita, ¿me besarás ahora? ¡No lo querías hacer en la selva! Pero ahora
sí lo harás.
Perla le dió un beso en la boca. El encanto se deshizo. La gran escena
de dolor en que la errática niña tuvo su parte, había madurado de una
vez todos sus sentimientos y afectos; y las lágrimas que derramaba sobre
las mejillas de su padre, eran una prenda de que ella iría creciendo
entre la pena y la alegría, no para estar siempre en lucha contra el
mundo, sino para ser en él una verdadera mujer. También respecto de su
madre la misión de Perla, como mensajera de dolor, se había cumplido
plenamente.
--Ester,--dijo el ministro,--¡adiós!
--¿No nos volveremos á encontrar?--murmuró Ester inclinando la cabeza
junto á la del ministro.--¿No pasaremos juntos nuestra vida inmortal?
Sí, sí, con todo este dolor nos hemos rescatado mutuamente. Tú estás
mirando muy lejos, allá en la eternidad, con tus brillantes y moribundos
ojos. Díme, ¿qué es lo que ves?
--¡Silencio, Ester, silencio!--dijo el ministro con trémula
solemnidad.--La ley que quebrantamos,--la culpa tan terriblemente
revelada,--sean tus solos pensamientos. ¡Yo temo!... ¡temo!... Quizás
desde que olvidamos á nuestro Dios, desde que violamos el mutuo respeto
que debíamos á nuestras almas,--fué ya vano esperar el poder asociarnos
después de esta vida en una unión pura y sempiterna. Dios sólo lo sabe y
Él es misericordioso. Ha mostrado su compasión, más que nunca, en medio
de mis aflicciones, con darme esta candente tortura que llevaba en el
pecho; con enviarme á ese terrible y sombrío anciano, que mantenía
siempre esa tortura cada vez más viva; con traerme aquí, para acabar mi
vida con esta muerte de triunfante ignominia ante los ojos del pueblo.
Si alguno de estos tormentos me hubiera faltado, yo estaría perdido para
siempre! ¡Loado sea su nombre! ¡Hágase su voluntad! ¡Adiós!
Con la última palabra, el ministro exhaló también su último aliento. La
multitud, silenciosa hasta entonces, prorrumpió en un murmullo extraño y
profundo de temor y de sorpresa que no pudieron hallar otra expresión,
sino en ese murmullo que resonó tan gravemente después que aquella alma
hubo partido.