LA PROCESIÓN

Antes de que Ester hubiera podido darse cuenta de lo que pasaba, y

considerar lo que podía hacerse en vista de este nuevo é inesperado

aspecto del asunto, se oyeron los sones de una música militar que se

acercaba por una de las calles contiguas, indicando la marcha de la

procesión de los magistrados y ciudadanos en dirección de la iglesia,

donde, de acuerdo con una antigua costumbre adoptada en los primeros

tiempos de la colonia, el Reverendo Señor Dimmesdale debía predicar el

sermón de la elección.

Pronto se dejó ver la cabeza de la procesión que, procediendo lenta y

majestuosamente, doblaba una esquina y se abría paso al través de la

muchedumbre que llenaba la plaza del mercado. Primeramente venía la

banda de música, compuesta de variedad de instrumentos, quizás

imperfectamente adaptados unos á otros, y tocados sin mucho arte; sin

embargo, se alcanzaba el gran objeto que la armonía de los tambores y

del clarín debe producir en la multitud; esto es, revestir de un aspecto

más heroico y elevado la escena que se desarrollaba ante la vista.

Perla, al principio, empezó á palmotear, pero luego, por un instante,

perdió la agitación febril que la había mantenido en un estado de

continua efervescencia toda la mañana: contempló silenciosamente lo que

pasaba, y parecía como si los sonidos de la música, arrebatando su

espíritu, la hicieran, á manera de ave acuátil, cernerse sobre aquellas

oleadas de armonía. Pero volvió á su antigua agitación al ver fulgurar á

los rayos del sol las armas y brillantes arreos de los soldados que

venían inmediatamente después de la banda de música, y formaban la

escolta de honor de la procesión. Este cuerpo militar,--que aun subsiste

como institución, y continúa su vieja existencia con antigua y honrosa

fama,--no se componía de hombres asalariados, sino de caballeros que,

animados de ardor marcial, deseaban establecer una especie de Colegio de

Armas donde, como en una Asociación de Caballeros Templarios, pudieran

aprender la ciencia de la guerra y las prácticas de la misma, hasta

donde lo permitieran sus ocupaciones pacíficas habituales. La alta

estimación en que se tenía á los militares en aquella época, podía verse

en el porte majestuoso de cada uno de los individuos que formaban la

compañía. Algunos, en realidad de verdad, por sus servicios en los

Países Bajos y en otros campos de batalla, habían conquistado

perfectamente el derecho de usar el nombre de soldado con toda la pompa

y prosopopeya del oficio. Toda aquella columna vestida con petos de

luciente acero y brillantes morriones coronados de penachos de plumas,

presentaba un golpe de vista cuyo esplendor ningún despliegue de tropas

modernas puede igualar.

Y sin embargo, los hombres de eminencia en lo civil, que marchaban

inmediatamente en seguida de la escolta militar, eran aun más dignos de

la observación de una persona pensadora. Su aspecto exterior tenía

cierto sello de majestad que hacía parecer vulgar, y hasta absurdo á su

lado, el altivo continente del guerrero. Era aquel un siglo en que el

talento merecía menos estimación que ahora, reservándose ésta en mayor

grado para las cualidades sólidas que denotaban firmeza y dignidad de

carácter. El pueblo, por herencia, era respetuoso y deferente; y los

colonos ingleses que habían fijado sus moradas en estas ásperas costas,

dejando tras sí, rey, nobles, y toda la escala de la jerarquía social,

aunque con la idea de respeto y obediencia todavía muy arraigada en

ellos, la reservaban para las canas y las cabezas que los años hacían

venerables; para la integridad á toda prueba; para la sólida sabiduría y

amarga experiencia de la vida; en fin, para todas aquellas cualidades

que indican peso, madurez, y se comprenden bajo el calificativo general

de respetabilidad. Por lo tanto, aquellos primitivos hombres de Estado,

tales como Bradstreet, Endicott, Dudley, Bellingham y sus compañeros,

que fueron elevados al poder por la elección popular, no parece que

pertenecieron á esa clase de hombres que hoy se llaman brillantes, sino

que se distinguían como personas de madurez y de peso, más bien que de

inteligencias vivas y extraordinarias. Tenían fortaleza de ánimo y

confianza en sus propias fuerzas, y en tiempos difíciles ó peligrosos,

cuando se trataba del bienestar de la cosa pública, eran como muralla de

rocas contra los embates de las tempestuosas olas. Los rasgos de

carácter aquí indicados se manifestaban perfectamente en sus rostros

casi cuadrados y en el gran desarrollo físico de los nuevos magistrados

coloniales; y en lo que concierne á porte y autoridad natural, la madre

patria no se habría avergonzado de admitir á estos hombres en la Cámara

de los Pares ó en el Consejo del Soberano.

Después de los magistrados venía el joven y eminente eclesiástico cuyos

labios habían de pronunciar el discurso religioso en celebración del

acto solemne. En la época de que hablamos, la profesión que él ejercía

se prestaba mucho más que la política al despliegue de las facultades

intelectuales. Los que veían ahora al Sr. Dimmesdale, observaron que

jamás mostró tanta energía en su aspecto y hasta en su modo de andar,

como la que desplegaba en la procesión. Su pisada no era vacilante, como

en otras ocasiones, sino firme; no iba con el cuerpo casi doblado, ni se

llevaba como de costumbre la mano al corazón. Sin embargo, bien

considerado, su vigor no parecía corporal sino espiritual, como si se

debiera á favor especial de los ángeles; ó quizás era la animación

procedente de una inteligencia absorbida por serios y profundos

pensamientos; ó acaso su temperamento sensible se veía vigorizado por

los sonidos penetrantes de la música que, ascendiendo al cielo, le

arrastraban y hacían mover con inusitada vivacidad. Sin embargo, tal era

la abstracción de sus miradas, que podía pensarse que el Sr. Dimmesdale

ni aun siquiera oía la música. Allí estaba su cuerpo marchando adelante

con vigor no acostumbrado. ¿Pero dónde estaba su espíritu? Allá en las

profundidades de su sér, ocupado con actividad extraordinaria en

coordinar la legión de pensamientos majestuosos que pronto habían de

verter sus labios; y de consiguiente ni veía, ni oía, ni tenía idea de

nada de lo que le rodeaba; pero la parte espiritual se apoderó de

aquella débil fábrica y la arrastró consigo adelante, inconscientemente,

y convertida también en espíritu. Los hombres de inteligencia poco

común, que han llegado á adquirir cierta condición mórbida, poseen á

veces esta facultad de hacer un esfuerzo poderoso en el cual invierten

la fuerza vital de muchos días, para permanecer después como agotados

durante mucho tiempo.

Ester, con los ojos fijos en el ministro, se sentía dominada por tristes

ideas, sin saber por qué ni de qué provenían. Se había imaginado que una

mirada, siquiera rápida, tenía que cambiarse entre los dos. Recordaba la

obscura selva con su pradillo solitario, y el amor y la angustia de que

había sido testigo; y el tronco mohoso del árbol donde, sentados, asidos

de las manos, mezclaron sus tristes y apasionadas palabras al murmullo

melancólico del arroyuelo. ¡Cuán profundo conocimiento adquirieron

entonces de lo que eran en realidad uno y otro! ¿Y era éste el mismo

hombre? Apenas lo conocía ahora. ¿Era acaso él, ese hombre que pasaba

altivo al compás de la hermosa música, en compañía de los venerables y

majestuosos magistrados, él, tan inaccesible en su posición social, y

aún mucho más como ahora le veía allí, entregado á los poco simpáticos

pensamientos que le preocupaban? El corazón de Ester se entristeció á la

idea de que todo había sido una ilusión, y que por vívido que hubiera

sido su sueño, no podía existir un verdadero lazo de unión entre ella y

el ministro. Y había en Ester tal suma de sentimiento femenino, que

apenas podía perdonarle,--y menos que nunca ahora cuando casi se oían,

cada vez más próximas, las pisadas del Destino que se acercaba á toda

prisa,--no, no podía perdonarle que de tal modo le fuera dado abstraerse

del mundo que á los dos les era común, mientras ella, perdida en las

tinieblas, extendía las manos congeladas buscándole, sin poder hallarle.

Perla, ó vió y respondió á los pensamientos íntimos de su madre, ó

sintió por sí misma también el alejamiento del ministro y creyó notar la

especie de barrera inaccesible que los separaba. Mientras pasaba la

procesión, la niña estuvo inquieta, moviéndose y balanceándose como un

ave á punto de emprender el vuelo; pero cuando todo hubo terminado, miró

á Ester en el rostro, y le dijo:

--Madre, ¿es ese el mismo ministro que me besó junto al arroyo?

--Calla ahora, mi querida Perla,--le contestó su madre en voz baja,--no

debemos hablar siempre en la plaza del mercado de lo que nos acontece en

la selva.

--No puedo estar segura de que sea él, ¡tan diferente me

parece!--continuó la niña;--de otro modo habría corrido hacia él y le

hubiera pedido que me besara ahora, delante de todo el mundo, como lo

hizo allá, bajo aquellos árboles sombríos. ¿Qué habría dicho el

ministro, madre? ¿Se habría llevado la mano al corazón, riñéndome y

ordenándome que me alejara?

--¿Qué otra cosa podría haber dicho, Perla,--respondió su madre,--sino

que no era esta la ocasión de besar á nadie, y que los besos no deben

darse en la plaza del mercado? Perfectamente hiciste, locuela, en no

hablarle.

Hubo otra persona que expresó igualmente sus ideas acerca del Sr.

Dimmesdale. Esta persona era la Sra. Hibbins, cuyas excentricidades, ó

mejor dicho, locura, la llevaban á hacer lo que pocos de la población se

hubieran atrevido á realizar, esto es: sostener una conversación,

delante del público, con la portadora de la letra escarlata. Vestida con

gran magnificencia, con un triple cuello alechugado, talle bordado, bata

de rico terciopelo y apoyada en un bastón de puño de oro, había salido á

ver la procesión cívica. Como esta anciana señora tenía la fama (que

después le costó la vida) de ser parte principal en todos los trabajos

de nigromancia que continuamente se estaban ejecutando, la multitud le

abrió paso franco y se apartó de ella, pareciendo temer el contacto de

sus vestidos, como si llevaran la peste oculta entre sus primorosos

pliegues. Vista en unión de Ester Prynne,--á pesar del sentimiento de

benevolencia con que muchos miraban á esta última,--el terror que de

suyo inspiraba la Sra. Hibbins se aumentó y dió lugar á un alejamiento

general de aquel sitio en que se encontraban las dos mujeres.

--¿Qué imaginación mortal podría concebirlo?--dijo la anciana en voz

baja, confidencialmente, á Ester.--¡Ese hombre religioso, ese santo en

la tierra como el pueblo lo creía, y como realmente lo parece! ¿Quién

que le vió ahora en la procesión podría pensar que no hace mucho que

salió de su estudio,--apostaría que murmurando algunas frases de la

Biblia en hebreo,--á dar una vuelta por la selva? ¡Ah! Nosotras, Ester

Prynne, sabemos lo que eso significa. Pero, en realidad de verdad, no

puedo resolverme á creer que ese sea el mismo hombre. He visto marchando

detrás de la música á más de un eclesiástico que ha bailado conmigo

cuando Alguien, que no quiero nombrar aquí, tocaba el violín, y que tal

vez sea un hechicero indio ó un brujo laponés que nos saluda y estrecha

las manos en otras ocasiones. Pero eso es una bicoca, para quien sabe lo

que es el mundo, ¿Pero este ministro? ¿Podrás decirme con seguridad,

Ester, si es el mismo hombre á quien encontraste en el sendero de la

selva?

--Señora, no sé de qué me estáis hablando,--respondió Ester, conociendo,

como conocía, que la dama Hibbins no tenía todos sus sentidos cabales,

pero sorprendida en extremo, y hasta amedrentada, al oir la seguridad

con que afirmaba las relaciones personales que existían entre tantos

individuos (entre ellos Ester misma) y el enemigo malo.--No me

corresponde á mí hablar con ligereza de un ministro tan piadoso y sabio

como el Reverendo Sr. Dimmesdale.

--¡Ja! ¡ja! ¡mujer!--exclamó la anciana señora alzando el dedo y

moviéndolo de un modo significativo.--¿Crees tú que después de haber ido

yo á la selva tantas veces, no me sería dado conocer á los que han

estado también allí? Sí; aunque no hubiera quedado en sus cabellos

ninguna hojita de las guirnaldas silvestres con que se adornaron la

cabeza mientras bailaban. Yo te conozco, Ester; pues veo la señal que te

distingue entre todas las demás. Todos podemos verla á la luz del sol;

pero en las tinieblas brilla como una llama rojiza. Tú la llevas á la

faz del mundo; de modo que no hay necesidad de preguntarte nada acerca

de este asunto. ¡Pero este ministro!... ¡Déjame decírtelo al oído!

Cuando el Hombre Negro ve á alguno de sus propios sirvientes, que tiene

la marca y el sello suyo, y que se muestra tan cauteloso en no querer

que se sepan los lazos que á él le ligan, como sucede con el Reverendo

Sr. Dimmesdale, entonces tiene un medio de arreglar las cosas de manera

que la marca se ostente á la luz del día y sea visible á los ojos de

todo el mundo. ¿Qué es lo que el ministro trata de ocultar con la mano

siempre sobre el corazón? ¡Ah! ¡Ester Prynne!

--¿Qué es lo que oculta, buena Sra. Hibbins?--preguntó con vehemencia

Perla.--¿Lo has visto?

--Nada, querida niña,--respondió la Sra. Hibbins haciendo una profunda

reverencia á Perla.--Tú misma lo verás algún día. Dicen, niña, que

desciendes del Príncipe del Aire. ¿Quieres venir conmigo una noche que

sea hermosa á visitar á tu padre? Entonces sabrás por qué el ministro se

lleva siempre la mano al corazón.

Y riendo tan estrepitosamente, que todos los que estaban en la plaza del

mercado pudieron oirla, la anciana hechicera se separó de Ester.

Mientras esto pasaba, se había hecho la plegaria preliminar en la

iglesia, y el Reverendo Sr. Dimmesdale había comenzado su discurso. Un

sentimiento irresistible mantenía á Ester cerca del templo. Como el

sagrado edificio estaba tan lleno que no podía dar cabida á ninguna

persona más, se situó junto al tablado de la picota, hallándose lo

bastante cerca de la iglesia para poder oir todo el sermón como si fuera

un murmullo vago, pero variado, lo mismo que el débil acento de la voz

peculiar del ministro.

El órgano vocal del Sr. Dimmesdale era de suyo un rico tesoro, de modo

que el oyente, aunque no comprendiera nada del idioma en que el orador

hablaba, podía sin embargo sentirse arrastrado por el simple sonido y

cadencia de las palabras. Como toda otra música respiraban pasión y

vehemencia, y despertaban emociones ya tiernas, ya elevadas, en una

lengua que todos podían entender. Á pesar de lo indistinto de los

sonidos, Ester escuchaba con atención tal y con tan profunda simpatía,

que el sermón tuvo para ella una significación propia, completamente

personal, y sin relacionarse en manera alguna con las palabras; las

cuales, si las hubiera podido oir más claramente, sólo habrían sido un

medio materializado que hubiera obscurecido su sentido espiritual. Ya

oía las notas bajas á semejanza del viento que se calma como para

reposarse; ya se elevaba con los sonidos, como si ascendiera por

gradaciones progresivas, ora suaves, ya fuertes, hasta que el volumen de

la voz parecía envolverla en una atmósfera de respetuoso temor y solemne

grandeza. Y sin embargo, á pesar de lo imponente que á veces se volvía

aquella voz, tenía siempre algo esencialmente quejumbroso. Había en ella

una expresión de angustia, ya leve, ya aguda, el murmullo ó el grito,

como quiera concebírsele, de la humanidad sufriente, que brotaba de un

corazón que padecía é iba á herir la sensibilidad de los demás

corazones. Á veces lo único que se percibía era esta expresión

inarticulada de profundo sentimiento, á manera de un sollozo que se

oyera en medio de hondo silencio. Pero aún en los momentos en que la voz

del ministro adquiría más fuerza y vigor, ascendiendo de una manera

irresistible, con mayor amplitud y volumen, llenando la iglesia de tal

modo que parecía querer abrirse paso al través de las paredes y

difundirse en los espacios,--aún entonces, si el oyente prestaba

cuidadosa atención, con ese objeto determinado, podía descubrir también

el mismo grito de dolor. ¿Qué era eso? La queja de un corazón humano,

abrumado de penas, quizás culpable, que revelaba su secreto, cualquiera

que éste fuese, al gran corazón de la humanidad, pidiendo su simpatía ó

su perdón,--á cada momento--en cada acento--y nunca en vano. Esta nota

profunda y dominante, era lo que proporcionaba gran parte de su poder al

ministro.

Durante todo este tiempo Ester permaneció, como una estatua, clavada al

pie del tablado fatídico. Si la voz del ministro no la hubiese mantenido

allí, habría de todos modos habido un inevitable magnetismo en aquel

lugar, en que comenzó la primera hora de su vida de ignominia. Reinaba

en Ester la idea vaga, confusa, aunque pesaba gravemente en su espíritu,

de que toda la órbita de su vida, tanto antes como después de aquella

fecha, estaba relacionada con aquel sitio, como si fuera el punto que le

diera unidad á su existencia.

Perla, entretanto, se había apartado de su madre y estaba jugando como

mejor le parecía en la plaza del mercado, alegrando á aquella sombría

multitud con sus movimientos y vivacidad, á manera de un ave de

brillantes plumas que ilumina todo un árbol de follaje obscuro, saltando

de un lado á otro, medio visible y medio oculta entre la sombra de las

espesas hojas. Tenía movimientos ondulantes, á veces irregulares, que

indicaban la inquietud de su espíritu, mucho mayor en aquel día porque

reflejaba la de su madre. Donde quiera que Perla veía algo que excitara

su curiosidad, siempre alerta, allí se dirigía rápidamente, pudiendo

decirse que la niña tomaba plena posesión de lo que fuere, como si lo

considerase su propiedad. Los puritanos la miraban y si se sonreían; mas

no por eso se sentían menos inclinados á creer que la niña era el

vástago de un espíritu malo, á juzgar por el encanto indescriptible de

belleza y excentricidad que brillaba en todo su cuerpecito y se

manifestaba en su actividad. Se dirigió hacia el indio salvaje y le miró

fijamente al rostro, hasta que el indio tuvo conciencia de que se las

había con un sér más selvático que él mismo. De allí, con innata

audacia, pero siempre con característica reserva, corrió al medio de un

grupo de marineros de tostadas mejillas, aquellos salvajes del océano,

como los indios lo eran de la tierra, los que con sorpresa y admiración

contemplaron á Perla como si una espuma del mar hubiese tomado la forma

de una niñita, y estuviera dotada de un alma con esa fosforescencia de

las olas que se vé brillar de noche bajo la proa del buque que va

cortando las aguas.

Uno de estos marinos, el capitán seguramente, que había hablado con

Ester, se quedó tan prendado del aspecto de Perla, que intentó asirla

para besarla; pero viendo que eso era tan imposible como atrapar un

colibrí en el aire, tomó la cadena de oro que adornaba su sombrero, y se

la arrojó á la niñita. Perla inmediatamente se la puso al rededor del

cuello y de la cintura, con tal habilidad que, al verla, parecía que

formaba parte de ella y era difícil imaginarla sin ese adorno.

--¿Es tu madre aquella mujer que está allí con la letra escarlata?--dijo

el capitán.--¿Quieres llevarle un recado mío?

--Si el recado me agrada, lo haré,--dijo Perla.

--Entonces dile,--replicó el capitán,--que he hablado otra vez con el

viejo médico de rostro moreno, y que él se compromete á traer á su

amigo, el caballero que ella sabe, á bordo de mi buque. De consiguiente,

tu madre sólo tiene que pensar en ella y en tí. ¿Quieres decirle esto,

niña brujita?

--La Sra. Hibbins dice que mi padre es el Príncipe del Aire,--exclamó

Perla con una maligna sonrisa.--Si vuelves á llamarme bruja, se lo diré

á ella, y perseguirá tu buque con una tempestad.

Atrevesando la plaza del mercado regresó la niña junto á su madre y le

comunicó lo que el marino le había dicho. Ester, á pesar de su ánimo

fuerte, tranquilo, resuelto, y constante en la adversidad, estuvo á

punto de desmayarse al oir esta noticia precursora de inevitable

desastre, precisamente en los momentos en que parecía haberse abierto un

camino para que ella y el ministro pudieran salir del laberinto de dolor

y de angustias en que estaban perdidos.

Abrumado su espíritu y llena de terrible perplejidad con las noticias

que le comunicaba el capitán del buque, se vió además sujeta en aquellos

momentos á otra clase de prueba. Se hallaban allí presentes muchos

individuos de los lugares circunvecinos, que habían oído hablar con

frecuencia de la letra escarlata, y para quienes ésta se había

convertido en algo terrífico por los millares de historias falsas ó

exageradas que acerca de ella circulaban, pero que nunca la habían visto

con sus propios ojos; los cuales, después de haber agotado toda otra

clase de distracciones, se agolpaban en torno de Ester de una manera

rudamente indiscreta. Pero á pesar de lo poco escrupulosos que eran, no

podían llegar sino á unas cuantas varas de distancia de ella. Allí se

detenían, merced á la especie de fuerza repulsiva de la repugnancia que

les inspiraba el místico símbolo. Los marineros, observando la

aglomeración de los espectadores, y enterados de lo que significaba la

letra escarlata, vinieron con sus rostros ennegrecidos por el sol, y de

hombres de alma atravesada, á formar también parte del círculo que

rodeaba á Ester; y hasta los indios se vieron contagiados con la

curiosidad de los blancos, y deslizándose al través de la multitud,

fijaron sus ojos negros, á manera de serpiente, en el seno de la pobre

mujer, creyendo acaso que el portador de este brillante emblema bordado

tenía que ser persona de alta categoría entre los suyos. Finalmente, los

vecinos de la población, á pesar de que no experimentaban ya interés

alguno en este asunto, se dirigieron también á aquel sitio y

atormentaron á Ester, tal vez mucho más que todo el resto de los

circunstantes, con la fría é indiferente mirada que fijaban en la

insignia de su vergüenza. Ester vió y reconoció los mismos rostros de

aquel grupo de matronas que habían estado esperando su salida en la

puerta de la cárcel siete años antes; todas estaban allí, excepto la más

joven y la única compasiva entre ellas, cuya veste funeraria hizo

después de aquel acontecimiento. En aquella hora final, cuando creía que

pronto iba á arrojar para siempre la letra candente, se había ésta

convertido singularmente en centro de la mayor atención y curiosidad,

abrasándole el seno más dolorosamente que en ningún tiempo desde el

primer día que la llevó.

Mientras Ester permanecía dentro de aquel círculo mágico de ignominia

donde la crueldad de su sentencia parecía haberla fijado para siempre,

el admirable orador contemplaba desde su púlpito un auditorio subyugado

por el poder de su palabra hasta las fibras más íntimas de su múltiple

sér. ¡El santo ministro en la iglesia! ¡La mujer de la letra escarlata

en la plaza del mercado! ¿Qué imaginación podría hallarse tan falta de

reverencia que hubiera sospechado que ambos estaban marcados con el

mismo candente estigma?

La letra escarlata novela escrita en inglés · 第 52 / 59 题