Muy temprano, en la mañana del día en que el nuevo Gobernador había de
ser elegido por el pueblo, fueron Ester y Perla á la plaza del mercado,
que ya estaba llena de artesanos y otros plebeyos habitantes de la
ciudad en número considerable. Entre estos había muchos individuos de
aspecto rudo, cuyos vestidos, hechos de piel de ciervo, daban á conocer
que pertenecían á algunos de los establecimientos situados en las selvas
que rodeaban la pequeña metrópoli de la colonia.
En este día de fiesta, como en todas las demás ocasiones durante los
siete últimos años, llevaba Ester un traje de paño burdo de color gris,
que no tanto por su color como por cierta peculiaridad indescriptible de
su corte, daba por resultado relegar su persona á la obscuridad, como si
la hiciera desaparecer á las miradas de todos, mientras la letra
escarlata, por el contrario, la hacía surgir de esta especie de
crepúsculo ó penumbra, presentándola al mundo bajo el aspecto moral de
su propio brillo. Su rostro, por tanto tiempo familiar á las gentes de
la ciudad, dejaba ver la calma marmórea que estaban acostumbrados á
contemplar. Era una especie de máscara; ó mejor dicho, era la calma
congelada de las facciones de una mujer ya muerta, y esta triste
semejanza se debía á la circunstancia de que Ester estaba en realidad
muerta, en lo concerniente á poder reclamar alguna simpatía ó afecto, y
á que ella se había segregado por completo del mundo con el cual parecía
que aún se mezclaba.
Quizás en este día especial pudiera decirse que había en el rostro de
Ester una expresión no vista hasta entonces, aunque en realidad no tan
marcada que pudiese notarse fácilmente, á no ser por un observador
dotado de tales facultades de penetración que leyera, primero, lo que
pasaba en el corazón, y luego hubiese buscado un reflejo correspondiente
en el rostro y aspecto general de esa mujer. Semejante observador, ó más
bien adivino, podría haber pensado que, después de haber sostenido Ester
las miradas de la multitud durante siete largos y malhadados años
soportándolas como una necesidad, una penitencia, y una especie de
severa religión, ahora, por la última vez, las afrontaba libre y
voluntariamente para convertir también en una especie de triunfo lo que
había sido una prolongada agonía. "¡Mirad por última vez la letra
escarlata y á la que la lleva!"--parecía decirles la víctima del
pueblo.--"Esperad un poco y me veré libre de vosotros. Unas cuantas
horas, no más, y el misterioso y profundo océano recibirá en su seno, y
ocultará en él para siempre, el símbolo que habéis hecho brillar por
tanto tiempo en mi pecho!"
Ni sería incurrir en una inconsistencia demasiado grande, si
supusiéramos que Ester experimentaba cierto sentimiento de pesar en
aquellos instantes mismos en que estaba á punto de verse libre del
dolor, que puede decirse se había encarnado profundamente en su sér.
¿No habría quizás en ella un deseo irresistible de apurar por última
vez, y á grandes tragos, la copa del amargo absintio y acíbar que había
estado bebiendo durante casi todos los años de su juventud? El licor que
en lo sucesivo se llevaría á los labios, tendría que ser seguramente
rico, delicioso, vivificante y en pulido vaso de oro; ó de otro modo
produciría una languidez inevitable y tediosa, viniendo después de las
heces de amargura que hasta entonces había apurado á manera de cordial
de intensa potencia.
Perla estaba ataviada alegremente. Habría sido imposible adivinar que
esta brillante y luminosa aparición debía su existencia á aquella mujer
de sombrío traje; ó que la fantasía tan espléndida, y á la vez tan
delicada, que ideó el vestido de la niña, era la misma que llevase á
cabo la tarea, quizá más difícil, de dar al sencillo traje de Ester el
aspecto peculiar tan notable que tenía. De tal modo se adaptaba á
Perlita su vestido, que éste parecía la emanación ó el desarrollo
inevitable y la manifestación externa de su carácter, tan imposible de
separarse de ella, como al ala de una mariposa desprenderse de su
brillantez abigarrada, ó á los pétalos de una espléndida flor despojarse
de su radiante colorido. En este día extraordinario, había sin embargo
una cierta inquietud y agitación singular en todo el sér de la niña,
parecidas al brillo de los diamantes que fulguran y centellean al compás
de los latidos del pecho en que se ostentan. Los niños participan
siempre de las agitaciones de aquellas personas con quienes están en
íntima relación; experimentan siempre el malestar debido á cualquier
disgusto ó trastorno inminente, de cualquier clase que sea, en el hogar
doméstico; y por lo tanto Perla, que era entonces la joya del inquieto
corazón de la madre, revelaba en su misma vivacidad las emociones que
nadie podía descubrir en la impasibilidad marmórea de la frente de
Ester.
Esta efervescencia la hizo moverse como un ave, más bien que andar al
lado de su madre, prorrumpiendo continuamente en exclamaciones
inarticuladas, agudas, penetrantes. Cuando llegaron á la plaza del
mercado, se volvió aún más inquieta y febril al notar el bullicio y
movimiento que allí reinaban, pues por lo común aquel lugar tenía en
realidad el aspecto de un solitario prado frente á la iglesia de una
aldea, y no el del centro de los negocios de una población.
--¿Qué significa esto, madre?--gritó la niña.--¿Por qué han abandonado
todos hoy su trabajo? ¿Es un día de fiesta para todo el mundo? Mira, ahí
está el herrero. Se ha lavado su cara sucia y se ha puesto la ropa de
los domingos, y parece que quisiera estar contento y alegre, si hubiese
solamente quien le enseñase el modo de estarlo. Y aquí está el Sr.
Brackett, el viejo carcelero, que se sonríe conmigo y me saluda. ¿Por
qué lo hace, madre?
--Se acuerda cuando tú eras muy chiquita,--hija mía,--respondió Ester.
--Ese viejo horrible, negro y feo, no debe sonreirme ni saludarme,--dijo
Perla.--Que lo haga contigo, si quiere, porque estás vestida de color
obscuro y llevas la letra escarlata. Pero mira, madre, ¡cuántas gentes
extrañas, y entre ellos indios y también marineros! ¿Para qué han
venido todos esos hombres á la plaza del mercado?
--Están esperando que la procesión pase para verla,--dijo Ester,--porque
el Gobernador y los magistrados han de venir, y los ministros, y todas
las personas notables y buenas han de marchar con música y soldados á la
cabeza.
--¿Y estará allí el ministro?--preguntó Perla,--¿y extenderá las dos
manos hacia mí, como hizo cuando tú me llevaste á su lado desde el
arroyuelo?
--Sí estará,--respondió su madre,--pero no te saludará hoy, ni tampoco
debes tú saludarle.
--¡Qué hombre tan triste y tan raro es el ministro!--dijo la niña como
si hablara en parte á solas y consigo misma.--En medio de la noche nos
llama y estrecha tus manos y las mías, como cuando estuvimos juntas con
él sobre el tablado. Y en el bosque, donde solo los antiguos árboles
pueden oir á uno, y donde sólo un pedacito de cielo puede vernos, se
pone á hablar contigo sentado en un tronco de árbol. Y me besa la frente
de modo que el arroyuelo apenas puede borrar su beso. Pero aquí, á la
luz del sol, y en medio de todas estas gentes, no nos conoce, ni
nosotros debemos conocerle. ¡Sí, un hombre raro y triste con la mano
siempre sobre el corazón!
--No hables más, Perla,--le dijo su madre,--tú no entiendes de estas
cosas. No pienses ahora en el ministro, sino mira lo que pasa á tu
alrededor y verás cuán alegre parece hoy todo el mundo. Los niños han
venido de sus escuelas, y las personas crecidas han dejado sus tiendas,
sus talleres y los campos con el objeto de divertirse; porque hoy
empieza á regirlos un nuevo Gobernador.
Como Ester decía, era mucho el contento y alegría que brillaban en el
rostro de todos los presentes. En un día semejante, como sucedió después
durante la mayor parte de dos siglos, los puritanos se entregaban á todo
el regocijo y alborozo público que consideraban permisibles á la
fragilidad humana; disipando solo en el espacio de un día de fiesta,
aquella nube sombría en que siempre estaban envueltos, pero de manera
tal, que apenas si aparecían menos graves que otras comunidades en
tiempo de duelo general.
Pero tal vez exageramos el aspecto sombrío que indudablemente
caracterizaba la manera de ser de aquel tiempo. Las personas que se
hallaban en la plaza del mercado de Boston no eran todas herederas del
adusto y triste carácter puritano. Había allí individuos naturales de
Inglaterra, cuyos padres habían vivido en la época de la Reina Isabel,
cuando la vida social inglesa, considerada en conjunto, parece haber
sido tan magnífica, fastuosa y alegre como el mundo pueda haber
presenciado jamás. Si hubieran seguido su gusto hereditario, los colonos
de la Nueva Inglaterra habrían celebrado todos los acontecimientos de
interés público con hogueras, banquetes, procesiones cívicas, todo con
gran pompa y esplendor. Ni habría sido difícil combinar, en la
observación de las majestuosas ceremonias, el recreo alegre con la
solemnidad, como si el gran traje de gala que en tales fiestas reviste
una nación, estuviese adornado de una manera brillante á la vez que
grotesca. Algo parecido á esto había en el modo de celebrar el día que
daba comienzo al año político de la colonia. El vago reflejo de una
magnificencia que vivía en el recuerdo, una imitación pálida y débil de
lo que habían presenciado en el viejo Londres, no diremos de una
coronación real, sino de las fiestas con que se inaugura el Lord
Corregidor de aquella gran capital, podría trazarse en las costumbres
que observaban nuestros antepasados en la instalación anual de sus
magistrados. Los padres y fundadores de la República,--el hombre de
Estado, el sacerdote y el militar,--creían de su deber revestirse en
esta oportunidad de toda la pompa y aparato majestuoso que, de acuerdo
con las antiguas tradiciones, se consideraba el adminículo indispensable
de la eminencia pública ó social. Todos venían á formar parte de la
procesión que había de desfilar ante las miradas del pueblo, comunicando
de este modo cierta dignidad á la sencilla estructura de un gobierno tan
recientemente constituído.
En ocasiones semejantes se le permitía al pueblo, y hasta se le animaba,
á que se solazara y dejase sus diversos trabajos é industrias, á que en
todo tiempo parecía se aplicaba con la misma rigidez y severidad que á
sus austeras prácticas religiosas. Por de contado que aquí no podía
esperarse nada parecido á lo que se hubiera visto en las fiestas
populares de Inglaterra en tiempos de la Reina Isabel; ni rudas
representaciones teatrales; ni ministriles con sus arpas y baladas
legendarias; ni músicos ambulantes con un mono bailando al son de la
música; ni jugadores de mano y titiriteros con sus suertes y artificios
de hechicería; ni payasos y saltimbanquis tratando de alegrar la
multitud con sus chistes, quizás de varios siglos de antigüedad, pero
surtiendo siempre buen efecto, porque se dirigen á los sentimientos
universales dispuestos á la alegría y buen humor. Toda esta clase de
profesores de los diferentes ramos de diversión y entretenimiento habían
sido severamente suprimidos, no sólo por la rígida disciplina de la ley,
sino por la sanción general que es lo que constituye la vitalidad de las
leyes. Sin embargo, aún careciendo de todo esto, la honrada y buena cara
del pueblo sonreía, quizás con cierta dureza, pero también á quijada
batiente. Ni se diga por eso que faltaban juegos y recreos de la clase
que los colonos habían presenciado muchos años atrás, en las ferias
campestres de Inglaterra, en los que acaso tomaron parte, y consideraban
sería conveniente conservar en estas nuevas tierras; por ejemplo, se
veían luchas á brazo partido, de diferentes clases, aquí y allí en la
plaza del mercado; en una esquina había un combate amistoso al garrote;
y lo que más que todo llamaba la atención, en el tablado de la picota á
que ya se ha hecho referencia varias veces en estas páginas, dos
maestros de armas comenzaban á dar una muestra de sus habilidades con
broquel y espadón. Pero con gran chasco y disgusto de los espectadores,
este entretenimiento fué suspendido mediante la intervención del
alguacil de la ciudad, que no quería permitir que la majestad de la ley
se violase con semejante abuso de uno de sus lugares consagrados.
Aunque los colores del cuadro de la vida humana que se desplegaba en la
plaza del mercado fueran en lo general sombríos, no por eso dejaban de
estar animados con diversidad de matices. Había una cuadrilla de indios
con trajes de piel de ciervo curiosamente bordados, cinturones rojos y
amarillos, plumas en la cabeza, y armados con arco, flechas y lanzas de
punta de pedernal, que permanecían aparte, como separados de todo el
mundo, con rostros de inflexible gravedad, que ni aun la de los
puritanos podía superar. Pero á pesar de todo, no eran estos salvajes
pintados de colores, los que pudieran presentarse como tipo de lo más
violento ó licencioso de las gentes que allí estaban congregadas.
Semejante honor, si en ello le hay, podían reclamarlo con más fundamento
algunos de los marineros que formaban parte de la tripulación del buque
procedente del Mar Caribe, que también habían venido á tierra á
divertirse el día de la elección. Eran hombres que se habían echado el
alma á las espaldas, de rostros tostados por el sol y grandes y espesas
barbas; sus pantalones, cortos y anchos, estaban sostenidos por un
cinturón, que á veces cerraban placas ó hebillas de oro, y del cual
pendía siempre un gran cuchillo, y en algunos casos un sable. Por debajo
de las anchas alas de sus sombreros de paja, se veían brillar ojos que,
aun en momentos de alegría y buen humor, tenían una especie de ferocidad
instintiva. Sin temor ni escrúpulo de ninguna especie, violaban las
reglas de buen comportamiento á que se sometían todos los demás, fumando
á las mismas narices del alguacil de la población, aunque cada bocanada
de humo habría costado buena suma de reales, por vía de multa, á todo
otro vecino de la ciudad, y apurando sin ningún reparo tragos de vino ó
de aguardiente en frascos que sacaban de sus faltriqueras, y que
ofrecían liberalmente á la asombrada multitud que los rodeaba. Nada
caracteriza tanto la moralidad á medias de aquellos tiempos, que hoy
calificamos de rígidos, como la licencia que se permitía á los
marineros, no hablamos sólo de sus calaveradas cuando estaban en tierra,
sino aún mucho más tratándose de sus actos de violencia y rapiña cuando
se hallaban en su propio elemento. El marinero de aquella época correría
hoy el peligro de que se le acusara de pirata ante un tribunal. Por
ejemplo, poca duda podría abrigarse que los tripulantes del buque de que
hemos hablado, aunque no de lo peor de su género, habían sido culpables
de depredaciones contra el comercio español, de tal naturaleza, que
pondrían en riesgo sus vidas en un moderno tribunal de justicia.
Pero en aquellos antiguos tiempos el mar se alborotaba, se henchía y se
rizaba, según su capricho, ó estaba sujeto solamente á los vientos
tempestuosos, sin que apenas se hubiera intentado establecer código
alguno que regulase las acciones de los que lo surcaban. El bucanero
podía abandonar su profesión y convertirse, si así lo deseaba, en hombre
honrado y piadoso, dejando las olas y fijándose en tierra; y ni aun en
plena carrera de su existencia borrascosa se le consideraba como
individuo con quien no era decente tener tratos ni relación social,
aunque fuera casualmente. De consiguiente, los viejos puritanos con sus
capas negras y sombreros puntiagudos, no podían menos de sonreirse ante
la manera bulliciosa y ruda de comportarse de estos alegres marineros;
sin que excitara sorpresa, ni diese lugar á críticas, ver que una
persona tan respetable como el anciano Rogerio Chillingworth entrase en
la plaza del mercado en íntima y amistosa plática con el capitán del
buque de dudosa reputación.
Puede afirmarse que entre toda aquella multitud allí congregada no había
figura de aspecto tan vistoso y bizarro, á lo menos en lo que hace al
traje, como la de aquel capitán. Llevaba el vestido profusamente
cubierto de cintas, galón de oro en el sombrero que rodeaba una
cadenilla, también de oro, y adornado además con una pluma. Tenía espada
al cinto, y ostentaba en la frente una cuchillada que, merced á cierto
arreglo especial del cabello, parecía más deseoso de mostrar que de
esconder. Un ciudadano que no hubiera sido marino, apenas se habría
atrevido á llevar ese traje y mostrar esa cara, con tal desenfado y
arrogancia, sabiendo que se exponía á sufrir un severo interrogatorio
ante un magistrado, incurriendo probablemente en una crecida multa ó en
algunos cuantos días de cárcel: pero tratándose de un capitán de buque,
todo se consideraba perteneciente al oficio, así como las escamas son
parte de un pez.
Después de separarse del médico, el capitán del buque con destino á
Brístol empezó á pasearse lentamente por la plaza del mercado, hasta
que, acercándose por casualidad al sitio en que estaba Ester, pareció
reconocerla y no vaciló en dirigirle la palabra. Como acontecía por lo
común donde quiera que se hallaba Ester, en torno suyo se formaba un
corto espacio vacío, una especie de círculo mágico en el que, aunque el
pueblo se estuviera codeando y pisoteando á muy corta distancia, nadie
se aventuraba ni se sentía dispuesto á penetrar. Era un ejemplo vivo de
la soledad moral á que la letra escarlata condenaba á su portadora,
debido en parte á la reserva de Ester, y en parte al instintivo
alejamiento de sus conciudadanos, á pesar de que hacía ya tiempo que
habían dejado de mostrarse poco caritativos para con ella. Ahora, más
que nunca, le sirvió admirablemente, pues le proporcionó el modo de
hablar con el marino sin peligro de que los circunstantes se enteraran
de su conversación; y tal cambio se había operado en la reputación de
que gozaba Ester á los ojos del público, que la matrona más eminente de
la colonia en punto á rígida moralidad, no podría haberse permitido
aquella entrevista, sin dar margen al escándalo.
--De modo, señora,--dijo el capitán,--que debo ordenar á mi mayordomo
que prepare otro camarote, además de los que Vd. ha contratado. Lo que
es en este viaje no habrá temor de escorbuto ó tifus; porque con el
cirujano de abordo, y este otro médico, nuestro único peligro serán las
píldoras ó las drogas que nos administren, pues tengo en el buque una
buena provisión de medicinas que compré á un buque español.
--¿Qué está Vd. diciendo?--preguntó Ester con mayor alarma de la que
quisiera haber mostrado.--¿Tiene Vd. otro pasajero?
--¡Cómo! ¿No sabe Vd.,--exclamó el capitán del barco,--que el médico de
esta plaza,--Chillingworth como dice llamarse,--está dispuesto á
compartir mi cámara con Vd.? Sí, sí, Vd. debe saberlo, pues me ha dicho
que es uno de la compañía, y además íntimo amigo del caballero de quien
Vd. habló, de ese que corre peligro aquí en manos de estos viejos y
ásperos gobernantes puritanos.
--Sí, se conocen íntimamente,--replicó Ester con semblante sereno,
aunque toda llena de la más profunda consternación,--han vivido juntos
mucho tiempo.
Nada más pasó entre el marino y Ester. Pero en aquel mismo instante vió
ésta al viejo Rogerio de pie en el ángulo más remoto de la plaza del
mercado, sonriéndole; sonrisa que,--al través de aquel vasto espacio de
terreno, y en medio de tanta charla, alegría, bullicio y animación, y de
tanta diversidad de intereses y de sentimientos,--encerraba una
significación secreta y terrible.