EL DÍA DE FIESTA EN LA NUEVA INGLATERRA

Muy temprano, en la mañana del día en que el nuevo Gobernador había de

ser elegido por el pueblo, fueron Ester y Perla á la plaza del mercado,

que ya estaba llena de artesanos y otros plebeyos habitantes de la

ciudad en número considerable. Entre estos había muchos individuos de

aspecto rudo, cuyos vestidos, hechos de piel de ciervo, daban á conocer

que pertenecían á algunos de los establecimientos situados en las selvas

que rodeaban la pequeña metrópoli de la colonia.

En este día de fiesta, como en todas las demás ocasiones durante los

siete últimos años, llevaba Ester un traje de paño burdo de color gris,

que no tanto por su color como por cierta peculiaridad indescriptible de

su corte, daba por resultado relegar su persona á la obscuridad, como si

la hiciera desaparecer á las miradas de todos, mientras la letra

escarlata, por el contrario, la hacía surgir de esta especie de

crepúsculo ó penumbra, presentándola al mundo bajo el aspecto moral de

su propio brillo. Su rostro, por tanto tiempo familiar á las gentes de

la ciudad, dejaba ver la calma marmórea que estaban acostumbrados á

contemplar. Era una especie de máscara; ó mejor dicho, era la calma

congelada de las facciones de una mujer ya muerta, y esta triste

semejanza se debía á la circunstancia de que Ester estaba en realidad

muerta, en lo concerniente á poder reclamar alguna simpatía ó afecto, y

á que ella se había segregado por completo del mundo con el cual parecía

que aún se mezclaba.

Quizás en este día especial pudiera decirse que había en el rostro de

Ester una expresión no vista hasta entonces, aunque en realidad no tan

marcada que pudiese notarse fácilmente, á no ser por un observador

dotado de tales facultades de penetración que leyera, primero, lo que

pasaba en el corazón, y luego hubiese buscado un reflejo correspondiente

en el rostro y aspecto general de esa mujer. Semejante observador, ó más

bien adivino, podría haber pensado que, después de haber sostenido Ester

las miradas de la multitud durante siete largos y malhadados años

soportándolas como una necesidad, una penitencia, y una especie de

severa religión, ahora, por la última vez, las afrontaba libre y

voluntariamente para convertir también en una especie de triunfo lo que

había sido una prolongada agonía. "¡Mirad por última vez la letra

escarlata y á la que la lleva!"--parecía decirles la víctima del

pueblo.--"Esperad un poco y me veré libre de vosotros. Unas cuantas

horas, no más, y el misterioso y profundo océano recibirá en su seno, y

ocultará en él para siempre, el símbolo que habéis hecho brillar por

tanto tiempo en mi pecho!"

Ni sería incurrir en una inconsistencia demasiado grande, si

supusiéramos que Ester experimentaba cierto sentimiento de pesar en

aquellos instantes mismos en que estaba á punto de verse libre del

dolor, que puede decirse se había encarnado profundamente en su sér.

¿No habría quizás en ella un deseo irresistible de apurar por última

vez, y á grandes tragos, la copa del amargo absintio y acíbar que había

estado bebiendo durante casi todos los años de su juventud? El licor que

en lo sucesivo se llevaría á los labios, tendría que ser seguramente

rico, delicioso, vivificante y en pulido vaso de oro; ó de otro modo

produciría una languidez inevitable y tediosa, viniendo después de las

heces de amargura que hasta entonces había apurado á manera de cordial

de intensa potencia.

Perla estaba ataviada alegremente. Habría sido imposible adivinar que

esta brillante y luminosa aparición debía su existencia á aquella mujer

de sombrío traje; ó que la fantasía tan espléndida, y á la vez tan

delicada, que ideó el vestido de la niña, era la misma que llevase á

cabo la tarea, quizá más difícil, de dar al sencillo traje de Ester el

aspecto peculiar tan notable que tenía. De tal modo se adaptaba á

Perlita su vestido, que éste parecía la emanación ó el desarrollo

inevitable y la manifestación externa de su carácter, tan imposible de

separarse de ella, como al ala de una mariposa desprenderse de su

brillantez abigarrada, ó á los pétalos de una espléndida flor despojarse

de su radiante colorido. En este día extraordinario, había sin embargo

una cierta inquietud y agitación singular en todo el sér de la niña,

parecidas al brillo de los diamantes que fulguran y centellean al compás

de los latidos del pecho en que se ostentan. Los niños participan

siempre de las agitaciones de aquellas personas con quienes están en

íntima relación; experimentan siempre el malestar debido á cualquier

disgusto ó trastorno inminente, de cualquier clase que sea, en el hogar

doméstico; y por lo tanto Perla, que era entonces la joya del inquieto

corazón de la madre, revelaba en su misma vivacidad las emociones que

nadie podía descubrir en la impasibilidad marmórea de la frente de

Ester.

Esta efervescencia la hizo moverse como un ave, más bien que andar al

lado de su madre, prorrumpiendo continuamente en exclamaciones

inarticuladas, agudas, penetrantes. Cuando llegaron á la plaza del

mercado, se volvió aún más inquieta y febril al notar el bullicio y

movimiento que allí reinaban, pues por lo común aquel lugar tenía en

realidad el aspecto de un solitario prado frente á la iglesia de una

aldea, y no el del centro de los negocios de una población.

--¿Qué significa esto, madre?--gritó la niña.--¿Por qué han abandonado

todos hoy su trabajo? ¿Es un día de fiesta para todo el mundo? Mira, ahí

está el herrero. Se ha lavado su cara sucia y se ha puesto la ropa de

los domingos, y parece que quisiera estar contento y alegre, si hubiese

solamente quien le enseñase el modo de estarlo. Y aquí está el Sr.

Brackett, el viejo carcelero, que se sonríe conmigo y me saluda. ¿Por

qué lo hace, madre?

--Se acuerda cuando tú eras muy chiquita,--hija mía,--respondió Ester.

--Ese viejo horrible, negro y feo, no debe sonreirme ni saludarme,--dijo

Perla.--Que lo haga contigo, si quiere, porque estás vestida de color

obscuro y llevas la letra escarlata. Pero mira, madre, ¡cuántas gentes

extrañas, y entre ellos indios y también marineros! ¿Para qué han

venido todos esos hombres á la plaza del mercado?

--Están esperando que la procesión pase para verla,--dijo Ester,--porque

el Gobernador y los magistrados han de venir, y los ministros, y todas

las personas notables y buenas han de marchar con música y soldados á la

cabeza.

--¿Y estará allí el ministro?--preguntó Perla,--¿y extenderá las dos

manos hacia mí, como hizo cuando tú me llevaste á su lado desde el

arroyuelo?

--Sí estará,--respondió su madre,--pero no te saludará hoy, ni tampoco

debes tú saludarle.

--¡Qué hombre tan triste y tan raro es el ministro!--dijo la niña como

si hablara en parte á solas y consigo misma.--En medio de la noche nos

llama y estrecha tus manos y las mías, como cuando estuvimos juntas con

él sobre el tablado. Y en el bosque, donde solo los antiguos árboles

pueden oir á uno, y donde sólo un pedacito de cielo puede vernos, se

pone á hablar contigo sentado en un tronco de árbol. Y me besa la frente

de modo que el arroyuelo apenas puede borrar su beso. Pero aquí, á la

luz del sol, y en medio de todas estas gentes, no nos conoce, ni

nosotros debemos conocerle. ¡Sí, un hombre raro y triste con la mano

siempre sobre el corazón!

--No hables más, Perla,--le dijo su madre,--tú no entiendes de estas

cosas. No pienses ahora en el ministro, sino mira lo que pasa á tu

alrededor y verás cuán alegre parece hoy todo el mundo. Los niños han

venido de sus escuelas, y las personas crecidas han dejado sus tiendas,

sus talleres y los campos con el objeto de divertirse; porque hoy

empieza á regirlos un nuevo Gobernador.

Como Ester decía, era mucho el contento y alegría que brillaban en el

rostro de todos los presentes. En un día semejante, como sucedió después

durante la mayor parte de dos siglos, los puritanos se entregaban á todo

el regocijo y alborozo público que consideraban permisibles á la

fragilidad humana; disipando solo en el espacio de un día de fiesta,

aquella nube sombría en que siempre estaban envueltos, pero de manera

tal, que apenas si aparecían menos graves que otras comunidades en

tiempo de duelo general.

Pero tal vez exageramos el aspecto sombrío que indudablemente

caracterizaba la manera de ser de aquel tiempo. Las personas que se

hallaban en la plaza del mercado de Boston no eran todas herederas del

adusto y triste carácter puritano. Había allí individuos naturales de

Inglaterra, cuyos padres habían vivido en la época de la Reina Isabel,

cuando la vida social inglesa, considerada en conjunto, parece haber

sido tan magnífica, fastuosa y alegre como el mundo pueda haber

presenciado jamás. Si hubieran seguido su gusto hereditario, los colonos

de la Nueva Inglaterra habrían celebrado todos los acontecimientos de

interés público con hogueras, banquetes, procesiones cívicas, todo con

gran pompa y esplendor. Ni habría sido difícil combinar, en la

observación de las majestuosas ceremonias, el recreo alegre con la

solemnidad, como si el gran traje de gala que en tales fiestas reviste

una nación, estuviese adornado de una manera brillante á la vez que

grotesca. Algo parecido á esto había en el modo de celebrar el día que

daba comienzo al año político de la colonia. El vago reflejo de una

magnificencia que vivía en el recuerdo, una imitación pálida y débil de

lo que habían presenciado en el viejo Londres, no diremos de una

coronación real, sino de las fiestas con que se inaugura el Lord

Corregidor de aquella gran capital, podría trazarse en las costumbres

que observaban nuestros antepasados en la instalación anual de sus

magistrados. Los padres y fundadores de la República,--el hombre de

Estado, el sacerdote y el militar,--creían de su deber revestirse en

esta oportunidad de toda la pompa y aparato majestuoso que, de acuerdo

con las antiguas tradiciones, se consideraba el adminículo indispensable

de la eminencia pública ó social. Todos venían á formar parte de la

procesión que había de desfilar ante las miradas del pueblo, comunicando

de este modo cierta dignidad á la sencilla estructura de un gobierno tan

recientemente constituído.

En ocasiones semejantes se le permitía al pueblo, y hasta se le animaba,

á que se solazara y dejase sus diversos trabajos é industrias, á que en

todo tiempo parecía se aplicaba con la misma rigidez y severidad que á

sus austeras prácticas religiosas. Por de contado que aquí no podía

esperarse nada parecido á lo que se hubiera visto en las fiestas

populares de Inglaterra en tiempos de la Reina Isabel; ni rudas

representaciones teatrales; ni ministriles con sus arpas y baladas

legendarias; ni músicos ambulantes con un mono bailando al son de la

música; ni jugadores de mano y titiriteros con sus suertes y artificios

de hechicería; ni payasos y saltimbanquis tratando de alegrar la

multitud con sus chistes, quizás de varios siglos de antigüedad, pero

surtiendo siempre buen efecto, porque se dirigen á los sentimientos

universales dispuestos á la alegría y buen humor. Toda esta clase de

profesores de los diferentes ramos de diversión y entretenimiento habían

sido severamente suprimidos, no sólo por la rígida disciplina de la ley,

sino por la sanción general que es lo que constituye la vitalidad de las

leyes. Sin embargo, aún careciendo de todo esto, la honrada y buena cara

del pueblo sonreía, quizás con cierta dureza, pero también á quijada

batiente. Ni se diga por eso que faltaban juegos y recreos de la clase

que los colonos habían presenciado muchos años atrás, en las ferias

campestres de Inglaterra, en los que acaso tomaron parte, y consideraban

sería conveniente conservar en estas nuevas tierras; por ejemplo, se

veían luchas á brazo partido, de diferentes clases, aquí y allí en la

plaza del mercado; en una esquina había un combate amistoso al garrote;

y lo que más que todo llamaba la atención, en el tablado de la picota á

que ya se ha hecho referencia varias veces en estas páginas, dos

maestros de armas comenzaban á dar una muestra de sus habilidades con

broquel y espadón. Pero con gran chasco y disgusto de los espectadores,

este entretenimiento fué suspendido mediante la intervención del

alguacil de la ciudad, que no quería permitir que la majestad de la ley

se violase con semejante abuso de uno de sus lugares consagrados.

Aunque los colores del cuadro de la vida humana que se desplegaba en la

plaza del mercado fueran en lo general sombríos, no por eso dejaban de

estar animados con diversidad de matices. Había una cuadrilla de indios

con trajes de piel de ciervo curiosamente bordados, cinturones rojos y

amarillos, plumas en la cabeza, y armados con arco, flechas y lanzas de

punta de pedernal, que permanecían aparte, como separados de todo el

mundo, con rostros de inflexible gravedad, que ni aun la de los

puritanos podía superar. Pero á pesar de todo, no eran estos salvajes

pintados de colores, los que pudieran presentarse como tipo de lo más

violento ó licencioso de las gentes que allí estaban congregadas.

Semejante honor, si en ello le hay, podían reclamarlo con más fundamento

algunos de los marineros que formaban parte de la tripulación del buque

procedente del Mar Caribe, que también habían venido á tierra á

divertirse el día de la elección. Eran hombres que se habían echado el

alma á las espaldas, de rostros tostados por el sol y grandes y espesas

barbas; sus pantalones, cortos y anchos, estaban sostenidos por un

cinturón, que á veces cerraban placas ó hebillas de oro, y del cual

pendía siempre un gran cuchillo, y en algunos casos un sable. Por debajo

de las anchas alas de sus sombreros de paja, se veían brillar ojos que,

aun en momentos de alegría y buen humor, tenían una especie de ferocidad

instintiva. Sin temor ni escrúpulo de ninguna especie, violaban las

reglas de buen comportamiento á que se sometían todos los demás, fumando

á las mismas narices del alguacil de la población, aunque cada bocanada

de humo habría costado buena suma de reales, por vía de multa, á todo

otro vecino de la ciudad, y apurando sin ningún reparo tragos de vino ó

de aguardiente en frascos que sacaban de sus faltriqueras, y que

ofrecían liberalmente á la asombrada multitud que los rodeaba. Nada

caracteriza tanto la moralidad á medias de aquellos tiempos, que hoy

calificamos de rígidos, como la licencia que se permitía á los

marineros, no hablamos sólo de sus calaveradas cuando estaban en tierra,

sino aún mucho más tratándose de sus actos de violencia y rapiña cuando

se hallaban en su propio elemento. El marinero de aquella época correría

hoy el peligro de que se le acusara de pirata ante un tribunal. Por

ejemplo, poca duda podría abrigarse que los tripulantes del buque de que

hemos hablado, aunque no de lo peor de su género, habían sido culpables

de depredaciones contra el comercio español, de tal naturaleza, que

pondrían en riesgo sus vidas en un moderno tribunal de justicia.

Pero en aquellos antiguos tiempos el mar se alborotaba, se henchía y se

rizaba, según su capricho, ó estaba sujeto solamente á los vientos

tempestuosos, sin que apenas se hubiera intentado establecer código

alguno que regulase las acciones de los que lo surcaban. El bucanero

podía abandonar su profesión y convertirse, si así lo deseaba, en hombre

honrado y piadoso, dejando las olas y fijándose en tierra; y ni aun en

plena carrera de su existencia borrascosa se le consideraba como

individuo con quien no era decente tener tratos ni relación social,

aunque fuera casualmente. De consiguiente, los viejos puritanos con sus

capas negras y sombreros puntiagudos, no podían menos de sonreirse ante

la manera bulliciosa y ruda de comportarse de estos alegres marineros;

sin que excitara sorpresa, ni diese lugar á críticas, ver que una

persona tan respetable como el anciano Rogerio Chillingworth entrase en

la plaza del mercado en íntima y amistosa plática con el capitán del

buque de dudosa reputación.

Puede afirmarse que entre toda aquella multitud allí congregada no había

figura de aspecto tan vistoso y bizarro, á lo menos en lo que hace al

traje, como la de aquel capitán. Llevaba el vestido profusamente

cubierto de cintas, galón de oro en el sombrero que rodeaba una

cadenilla, también de oro, y adornado además con una pluma. Tenía espada

al cinto, y ostentaba en la frente una cuchillada que, merced á cierto

arreglo especial del cabello, parecía más deseoso de mostrar que de

esconder. Un ciudadano que no hubiera sido marino, apenas se habría

atrevido á llevar ese traje y mostrar esa cara, con tal desenfado y

arrogancia, sabiendo que se exponía á sufrir un severo interrogatorio

ante un magistrado, incurriendo probablemente en una crecida multa ó en

algunos cuantos días de cárcel: pero tratándose de un capitán de buque,

todo se consideraba perteneciente al oficio, así como las escamas son

parte de un pez.

Después de separarse del médico, el capitán del buque con destino á

Brístol empezó á pasearse lentamente por la plaza del mercado, hasta

que, acercándose por casualidad al sitio en que estaba Ester, pareció

reconocerla y no vaciló en dirigirle la palabra. Como acontecía por lo

común donde quiera que se hallaba Ester, en torno suyo se formaba un

corto espacio vacío, una especie de círculo mágico en el que, aunque el

pueblo se estuviera codeando y pisoteando á muy corta distancia, nadie

se aventuraba ni se sentía dispuesto á penetrar. Era un ejemplo vivo de

la soledad moral á que la letra escarlata condenaba á su portadora,

debido en parte á la reserva de Ester, y en parte al instintivo

alejamiento de sus conciudadanos, á pesar de que hacía ya tiempo que

habían dejado de mostrarse poco caritativos para con ella. Ahora, más

que nunca, le sirvió admirablemente, pues le proporcionó el modo de

hablar con el marino sin peligro de que los circunstantes se enteraran

de su conversación; y tal cambio se había operado en la reputación de

que gozaba Ester á los ojos del público, que la matrona más eminente de

la colonia en punto á rígida moralidad, no podría haberse permitido

aquella entrevista, sin dar margen al escándalo.

--De modo, señora,--dijo el capitán,--que debo ordenar á mi mayordomo

que prepare otro camarote, además de los que Vd. ha contratado. Lo que

es en este viaje no habrá temor de escorbuto ó tifus; porque con el

cirujano de abordo, y este otro médico, nuestro único peligro serán las

píldoras ó las drogas que nos administren, pues tengo en el buque una

buena provisión de medicinas que compré á un buque español.

--¿Qué está Vd. diciendo?--preguntó Ester con mayor alarma de la que

quisiera haber mostrado.--¿Tiene Vd. otro pasajero?

--¡Cómo! ¿No sabe Vd.,--exclamó el capitán del barco,--que el médico de

esta plaza,--Chillingworth como dice llamarse,--está dispuesto á

compartir mi cámara con Vd.? Sí, sí, Vd. debe saberlo, pues me ha dicho

que es uno de la compañía, y además íntimo amigo del caballero de quien

Vd. habló, de ese que corre peligro aquí en manos de estos viejos y

ásperos gobernantes puritanos.

--Sí, se conocen íntimamente,--replicó Ester con semblante sereno,

aunque toda llena de la más profunda consternación,--han vivido juntos

mucho tiempo.

Nada más pasó entre el marino y Ester. Pero en aquel mismo instante vió

ésta al viejo Rogerio de pie en el ángulo más remoto de la plaza del

mercado, sonriéndole; sonrisa que,--al través de aquel vasto espacio de

terreno, y en medio de tanta charla, alegría, bullicio y animación, y de

tanta diversidad de intereses y de sentimientos,--encerraba una

significación secreta y terrible.

La letra escarlata novela escrita en inglés · 第 50 / 59 题