EL MINISTRO PERDIDO EN UN LABERINTO

ARTURO DIMMESDALE partió el primero, adelantándose á Ester y á Perla, y

ya á cierta distancia dirigió una mirada hacia atrás, como si esperara

descubrir tan sólo algunos rasgos débiles ó los contornos de la madre y

de la niña desvaneciéndose lentamente en la semiobscuridad de la selva.

Acontecimiento de tal importancia en su existencia, no podía concebir

que fuese real. Pero allí estaba Ester, vestida con su traje de pardo

color, de pie todavía junto al tronco del árbol que algún viento

tempestuoso derrumbó en tiempos inmemoriales, todo cubierto de musgo,

para que esos dos seres predestinados, con el alma abrumada de pesar,

pudieran sentarse allí juntos y encontrar una sola hora de descanso y

solaz. Y allí también estaba Perla, bailando alegremente á orillas del

arroyuelo, ahora que aquel extraño intruso se había ido, y la dejaba

ocupar su antiguo puesto al lado de su madre. No: el ministro no se

había quedado dormido, ni había soñado.

Para conseguir que desaparecieran de su mente la vaguedad y confusión de

sus impresiones, que le hacían experimentar una extraña inquietud, se

puso á recordar de una manera precisa y definida los planes y proyectos

que él y Ester habían bosquejado para su partida. Se había convenido

entre los dos que el Antiguo Mundo, con sus ciudades populosas, les

ofrecería mejor abrigo y mayor oportunidad, para pasar inadvertidos que

no las selvas mismas de la Nueva Inglaterra ó de toda la América, con

sus alternativas de una que otra choza de indios ó las pocas ciudades de

europeos, escasamente pobladas, esparcidas aquí y allí á lo largo de las

costas. Todo esto sin hablar de la mala salud del ministro, que no se

prestaba ciertamente á soportar los trabajos y privaciones de la vida de

los bosques, cuando sus dones naturales, su cultura y el

desenvolvimiento de todas sus facultades le adaptaban para vivir tan

sólo en medio de pueblos de adelantada civilización. Para que pudiesen

llevar á cabo lo que habían determinado, la casualidad les deparó que

hubiera en el puerto un buque, una de esas embarcaciones de dudoso

carácter, cosa muy común en aquellos tiempos, que sin ser realmente

piratas, recorrían sin embargo los mares con muy poco respeto á las

leyes de propiedad. Este buque había llegado recientemente del Mar de

las Antillas, y debía hacerse á la vela dentro de tres días con rumbo á

Brístol en Inglaterra. Ester, cuya vocación para hermana de la Caridad

la había puesto en contacto con el capitán y los tripulantes de la nave,

se ocuparía en conseguir el pasaje de dos individuos y una niña, con

todo el secreto que las circunstancias hacían más que necesario.

El ministro había preguntado á Ester, con no poco interés, la fecha

precisa en que el buque había de partir. Probablemente sería dentro de

cuatro días á contar de aquel en que estaban. "¡Feliz casualidad!"--se

dijo para sus adentros. Por qué razón el Reverendo Arturo Dimmesdale lo

consideró una feliz casualidad, vacilamos en revelarlo. Sin embargo,

para que el lector lo sepa todo, diremos que dentro de tres días tenía

que predicar el sermón de la elección; y como semejante acto formaba una

época honrosa en la vida de un eclesiástico de la Nueva Inglaterra, el

Sr. Dimmesdale no podía haber escogido una oportunidad más conveniente

para terminar su carrera profesional. "Á lo menos, dirán de mí,--pensó

este hombre ejemplar,--que no he dejado por desempeñar ningún deber

público, ni lo he desempeñado mal."--¡Triste es, indudablemente, ver que

una persona que podía hacer un examen tan profundo y minucioso de sí

mismo, se engañara á tal extremo! Ya hemos dicho, y aun nos quedan por

decir, cosas peores de él; pero ninguna tan lastimosamente débil;

ninguna que diera una prueba tan irrefragable de la sutil enfermedad que

había, desde tiempo atrás, minado la verdadera base de su carácter.

Ningún hombre puede llevar por mucho tiempo, por decirlo así, dos

rostros: uno en público y otro frente á frente de su conciencia, sin que

al fin llegue á no saber cuál es el verdadero.

La agitación que experimentó el Sr. Dimmesdale al regresar de su

entrevista con Ester, le comunicó una energía física inusitada, y le

hizo caminar hacia la población con rápido paso. El sendero al través de

los bosques le pareció más bravío, más áspero con sus obstáculos

naturales, y menos hollado por pies humanos, que cuando lo recorrió en

sentido inverso. Pero saltaba sobre los lugares pantanosos, se

introducía por entre el frondoso ramaje, trepaba cuando encontraba

cuestas que subir, ó descendía á las hondonadas; en una palabra, venció

todas las dificultades que se le presentaron en el camino, con una

actividad infatigable que á él mismo le sorprendía. No pudo menos de

recordar cuán fatigosamente, y con cuántas paradas para recobrar

aliento, había recorrido ese mismo camino tan solo dos días antes. Á

medida que se acercaba á la ciudad fué creyendo que notaba un cambio en

los objetos que le eran más familiares, como si desde que salió de la

población no hubieran transcurrido solamente dos ó tres días, sino

muchos años.

Ciertamente que las calles presentaban el mismo aspecto que antes, según

las recordaba, y las casas tenían las mismas peculiaridades, con su

multitud de aleros y una veleta precisamente en el lugar en que su

memoria se lo indicaba. Sin embargo, la idea de cambio le acosaba á cada

instante, aconteciéndole igual fenómeno con las personas conocidas que

veía, y con todas las que le eran familiares en la pequeña población. No

las hallaba ahora ni más jóvenes ni más viejas; las barbas de los

ancianos no eran más blancas, ni el niño que andaba á gatas ayer podía

moverse hoy haciendo uso de sus pies: era imposible decir en qué

diferían de las personas á quienes había visto antes de partir; y sin

embargo, algo interno parecía sugerirle que se había efectuado un

cambio. Recibió una impresión de esta naturaleza, de la manera más

notable, al pasar junto á la iglesia que estaba á su cargo. El edificio

se le presentó con un aspecto á la vez tan extraño y tan familiar, que

el Sr. Dimmesdale estuvo vacilando entre estas dos ideas: ó que hasta

entonces lo había visto solamente en un sueño, ó que ahora estaba

simplemente soñando.

Este fenómeno, en las varias formas que iba tomando, no indicaba un

cambio externo, sino un cambio tan repentino é importante en el

espectador mismo, que el espacio de un solo día de intervalo había sido

para él equivalente al transcurso de varios años. La voluntad del

ministro y la de Ester, y el destino que sobre ellos pesaba, habían

operado esta transformación. Era la misma ciudad que antes; pero no era

el mismo ministro el que había regresado de la selva. Podría haber dicho

á los amigos que le saludaban: "No soy el hombre por quien me tomáis. Lo

he dejado allá en la selva, retirado en un oculto vallecillo, junto á un

tronco musgoso de árbol, no lejos de un melancólico arroyuelo. Id:

buscad á vuestro ministro, y ved si su cuerpo extenuado, sus mejillas

descarnadas, y su pálida frente surcada de arrugas por el dolor, no han

sido arrojados allí como vestido de que uno se deshace." Sin duda alguna

sus amigos habrían insistido, diciéndole: "Tú eres el mismo hombre";

pero el error hubiera estado de parte de sus amigos y no del ministro.

Antes de que el Sr. Dimmesdale llegara á su morada, su sér íntimo le dió

otras pruebas de que una revolución se había operado en su modo de

pensar y de sentir. Á la verdad, solo á una revolución de esa

naturaleza, completa y total, podían atribuirse los impulsos que

agitaban al infortunado ministro. Á cada paso se sentía movido del deseo

de hacer algo extraño, inusitado, violento ó perverso, con la convicción

de que sería á la vez involuntario é intencional y á despecho de sí

mismo, pero emanando de un sentimiento más profundo que el que se oponía

al impulso. Por ejemplo, se encontró con uno de los diáconos de su

iglesia, buen anciano que le saludó con el afecto paternal y el aire

patriarcal á que tenía derecho por sus años, sus virtudes y su posición,

y al mismo tiempo con el profundo respeto, casi veneración, que el

carácter público y privado del ministro reclamaban. Nunca se vió un

ejemplo más hermoso de cómo la majestad y sabiduría de los años pueden

hermanarse á la obediencia y respeto que una categoría social é

inteligencia inferiores deben á una persona superior en esas cualidades.

Pues bien, durante una conversación de unos pocos momentos entre el

Reverendo Sr. Dimmesdale y este excelente y anciano diácono, solo merced

á la más cuidadosa circunspección y casi haciéndose violencia, evitó el

ministro proferir ciertas reflexiones heréticas que se le ocurrieron

sobre varios puntos religiosos. Temblaba y palidecía temiendo que sus

labios, á despecho de sí mismo, emitiesen algunos de los horribles

pensamientos que le cruzaban por la mente. Y sin embargo, aunque con el

corazón lleno de tal terror, no pudo menos de sonreirse al imaginar lo

estupefacto que se habría quedado el santo varón y patriarcal diácono

ante la impiedad de su ministro.

Referiremos otro incidente de igual naturaleza. Yendo á toda prisa por

la calle, el Reverendo Sr. Dimmesdale tropezó de manos á boca con uno de

los más antiguos miembros de su iglesia, una anciana señora, la más

piadosa y ejemplar que pueda darse: pobre, viuda, sola, y con el corazón

todo lleno de reminiscencias de su marido y de sus hijos, ya muertos,

así como de sus amigos fallecidos también hacía tiempo. Sin embargo,

todo esto, que de otro modo habría sido un dolor intenso, se había casi

convertido para esta alma piadosa en un goce solemne, gracias á los

consuelos religiosos y á las verdades de las Sagradas Escrituras, con

que puede decirse que se había nutrido continuamente por espacio de más

de treinta años. Desde que el Reverendo Sr. Dimmesdale la tomó á su

cargo, el principal consuelo terrenal de la buena señora consistía en

ver á su pastor espiritual, ya de propósito deliberado, ya por

casualidad, y sentir confortada el alma con una palabra que respirase

las verdades consoladoras del Evangelio, y que saliendo de aquellos

labios reverenciados, penetrase en su pobre pero atento oído. Mas en la

presente ocasión, al querer el Reverendo Sr. Dimmesdale abrir los

labios, no le fué posible recordar un solo texto de las Sagradas

Escrituras, y lo único que pudo decir fué algo breve, enérgico, que

según le pareció á él mismo entonces, venía á ser un argumento

irrefutable contra la inmortalidad del alma. La simple insinuación de

semejante idea habría hecho probablemente caer á tierra sin sentido á

esta anciana señora, como por efecto de una infusión de veneno

intensamente mortífero. Lo que el ministro dijo en realidad, no pudo

recordarlo nunca. Tal vez hubo en sus palabras una cierta obscuridad que

impidió á la buena viuda comprender exactamente la idea que Dimmesdale

quiso expresar, ó quizás ella las interpretó allá á su manera. Lo cierto

es, que cuando el ministro volvió la mirada hacia atrás, notó en el

rostro de la santa mujer una expresión de éxtasis y divina gratitud,

como si estuviera iluminado por los resplandores de la ciudad divina.

Aun referiremos un tercer ejemplo. Después de separarse de la anciana

viuda, encontró á la más joven de sus feligreses. Era una tierna

doncella á quien el sermón predicado por el Reverendo Sr. Dimmesdale, el

día después de la noche pasada en vela en el tablado, había hecho trocar

los goces transitorios del mundo por la esperanza celestial que iría

ganando brillantez á medida que las sombras de la existencia se fueran

aumentando, y que finalmente convertiría las tinieblas postreras en

oleadas de luz gloriosa. Era tan pura y tan bella como un lirio que

hubiese florecido en el Paraíso. El ministro sabía perfectamente que su

imagen se hallaba venerada en el santuario inmaculado del corazón de la

doncella, que mezclaba su entusiasmo religioso con el dulce fuego del

amor, y comunicaba al amor toda la pureza de la religión. De seguro que

el enemigo del género humano había apartado aquel día á la joven

doncella del lado de su madre, para ponerla al paso de este hombre que

podemos llamar perdido y desesperanzado. Á medida que la joven se iba

acercando al ministro, el maligno espíritu le murmuró á éste en el oído

que condensara en la forma más breve, y vertiera en el tierno corazón de

la virgen, un germen de maldad que pronto produciría negras flores y

frutos aún más negros. Era tal la convicción de su influencia sobre esta

alma virginal, que de este modo á él se confiaba, que el ministro sabía

muy bien que le era dado marchitar todo este jardín de inocencia con una

sola mirada perversa, ó hacerle florecer en virtudes con una sola buena

palabra. De consiguiente, después de sostener consigo mismo una lucha

más fuerte que las que ya había sostenido, se cubrió el rostro con el

capote y apresuró el paso sin darse por entendido que la había visto,

dejando á la pobre muchacha que interpretase su rudeza como quisiera.

Ella escudriñó su conciencia, llena de pequeñas acciones inocentes, y la

infeliz se reprochó mil faltas imaginarias, y al día siguiente estuvo

desempeñando sus quehaceres domésticos toda cabizbaja y con ojos

llorosos.

Antes de que el ministro hubiera tenido tiempo de celebrar su victoria

sobre esta última tentación, experimentó otro impulso no ya ridículo,

sino casi horrible. Era,--nos avergonzamos de decirlo,--nada menos que

detenerse en la calle y enseñar algunas palabrotas muy malsonantes á un

grupo de niños puritanos, que apenas empezaban á hablar. Habiendo

resistido este impulso como completamente indigno del traje que vestía,

encontró á un marinero borracho de la tripulación del buque del Mar de

las Antillas de que hemos hablado; y esta vez, después de haber

rechazado tan valerosamente todas las otras perversas tentaciones, el

pobre Sr. Dimmesdale deseó, al fin, dar un apretón de manos á este

tunante alquitranado, y recrearse con algunos de esos chistes de mala

ley de que tal acopio tienen los marineros, sazonado todo con una

andanada de ternos y juramentos capaces de estremecer el cielo.

Detuviéronle no tanto sus buenos principios, como su pudor innato y las

decorosas costumbres adquiridas bajo su traje de eclesiástico.

--¿Qué es lo que me persigue y me tienta de esta manera?--se preguntó el

ministro á sí mismo, deteniéndose en la calle y golpeándose la

frente.--¿Estoy loco por ventura, ó me hallo completamente en poder del

enemigo malo? ¿Hice un pacto con él en la selva y lo firmé con mi propia

sangre? ¿Y me pide ahora que lo cumpla, sugiriéndome que lleve á cabo

todas las iniquidades que pueda concebir su perversa imaginación?

En los momentos en que el Reverendo Sr. Dimmesdale razonaba de este modo

consigo mismo, y se golpeaba la frente con la mano, se dice que la

anciana Sra. Hibbins, la dama reputada por hechicera, pasaba por allí,

vestida con rico traje de terciopelo, fantásticamente peinada, y con un

hermoso cuello de lechuguilla, todo lo cual le daba una apariencia de

persona de muchas campanillas. Como si la hechicera hubiese leído los

pensamientos del ministro, se detuvo ante él, fijó las miradas

astutamente en su rostro, sonrió con malicia, y,--aunque no muy dada á

hablar con gente de la iglesia,--tuvo con él el siguiente diálogo:

--De modo, Reverendo Señor, que habéis hecho una visita á la

selva,--observó la hechicera inclinando su gran peinado hacia el

ministro.--La próxima vez que vayáis, os ruego me lo aviséis en tiempo,

y me consideraré muy honrada en acompañaros. Sin querer exagerar mi

importancia, creo que una palabra mía servirá para proporcionar á

cualquier caballero extraño una excelente recepción de parte de aquel

potentado que sabéis.

--Os aseguro, señora,--respondió el ministro con respetuoso saludo, como

demandaba la alta jerarquía de la dama, y como su buena educación se lo

exigía,--os aseguro, bajo mi conciencia y honor, que estoy completamente

á obscuras acerca del sentido que entrañan vuestras palabras. No he ido

á la selva á buscar á ningún potentado; ni intento hacer allí una futura

visita con el fin de ganarme la protección y favor de semejante

personaje. Mi único objeto fué saludar á mi piadoso amigo el apóstol

Eliot, y regocijarme con él por las muchas preciosas almas que ha

arrancado á la idolatría.

--¡Ja! ¡ja! ¡ja!--exclamó la anciana bruja, inclinando siempre su alto

peinado hacia el ministro.--Bien, bien: no necesitamos hablar de esto

durante el día; pero á media noche, y en la selva, tendremos juntos otra

conversación.

La vieja hechicera continuó su camino con su acostumbrada majestad, pero

de cuando en cuando volvía hacia atrás las miradas y se sonreía,

exactamente como quien quisiera dar á entender que existía entre ella y

el ministro una secreta y misteriosa intimidad.

--¿Me habré vendido yo mismo,--se preguntó el ministro,--al maligno

espíritu á quien, si es verdad lo que se dice, esta vieja y amarillenta

bruja, vestida de terciopelo, ha escogido por su príncipe y señor?

¡Infeliz ministro! Había hecho un pacto muy parecido á ese de que

hablaba. Alucinado por un sueño de felicidad, había cedido,

deliberadamente, como nunca lo hizo antes, á la tentación de lo que

sabía que era un pecado mortal; y el veneno inficionador de ese pecado

se había difundido rápidamente en todo su sér moral; adormeciendo todos

sus buenos impulsos, y despertando en él todos los malos á vida

animadísima. El odio, el desprecio, la malignidad sin provocación

alguna, el deseo gratuito de ser perverso, de ridiculizar todo lo bueno

y santo, se despertaron en él para tentarle al mismo tiempo que le

llenaban de pavor. Y su encuentro con la vieja hechicera Hibbins, caso

de que hubiera acontecido realmente, sólo vino á mostrarle sus simpatías

y su compañerismo con mortales perversos y con el mundo de perversos

espíritus.

Ya para este tiempo había llegado á su morada, cerca del cementerio, y

subiendo apresuradamente las escaleras se refugió en su estudio. Mucho

se alegró el ministro de verse al fin en este asilo, sin haberse vendido

él mismo cometiendo una de esas extrañas y malignas excentricidades, á

que había estado continuamente expuesto, mientras atravesaba las calles

de la población. Entró en su cuarto, y dió una mirada alrededor

examinando los libros, las ventanas, la chimenea para el fuego, y los

tapices, experimentando la misma sensación de extrañeza que le había

acosado durante el trayecto desde la selva á la ciudad. En esta

habitación había estudiado y escrito; aquí había ayunado y pasado las

noches en vela, hasta quedar casi medio muerto de fatiga y debilidad;

aquí se había esforzado en orar; aquí había padecido mil y mil tormentos

y agonías. Allí estaba su Biblia, en el antiguo y rico hebreo, con

Moisés y los Profetas que le hablaban constantemente, y resonando en

toda ella la voz de Dios. Allí, sobre la mesa, con la pluma al lado,

había un sermón por terminar, con una frase incompleta tal como la dejó

cuando salió á hacer su visita dos días antes. Sabía que él era el

mismo, el ministro delgado de pálidas mejillas que había hecho y sufrido

todas estas cosas, y tenía ya muy adelantado su sermón de la elección.

Pero parecía como si estuviera aparte contemplando su antiguo sér con

cierta curiosidad desdeñosa, compasiva y semienvidiosa. Aquel antiguo

sér había desaparecido, y otro hombre había regresado de la selva: más

sabio, dotado de un conocimiento de ocultos misterios que la sencillez

del primero nunca pudo haber conseguido. ¡Amargo conocimiento por

cierto!

Mientras se hallaba ocupado en estas reflexiones, resonó un golpecito en

la puerta del estudio, y el ministro dijo: "Entrad"--no sin cierto temor

de que pudiera ser un espíritu maligno. ¡Y así fué! Era el anciano

Rogerio Chillingworth. El ministro se puso en pie, pálido y mudo, con

una mano en las Sagradas Escrituras y la otra sobre el pecho.

--¡Bienvenido, Reverendo Señor!--dijo el médico.--Y cómo habéis hallado

á ese santo varón, el apóstol Eliot? Pero me parece, mi querido señor,

que estáis pálido; como si el viaje al través de las selvas hubiera sido

muy penoso. ¿No necesitáis de mi auxilio para fortaleceros algo, cosa de

que podáis predicar el sermón de la elección?

--No, creo que no,--replicó el Reverendo Sr. Dimmesdale.--Mi viaje, y la

vista del santo apóstol, y el aire libre y puro que allí he respirado,

después de tan largo encierro en mi estudio, me han hecho mucho bien.

Creo que no tendré más necesidad de vuestras drogas, mi benévolo médico,

á pesar de lo buenas que son y de estar administradas por una mano

amiga.

Durante todo este tiempo el anciano Rogerio había estado contemplando al

ministro con la mirada grave y fija de un médico para con su paciente;

pero á pesar de estas apariencias, el ministro estaba casi convencido

de que Chillingworth sabia, ó por lo menos sospechaba, su entrevista con

Ester. El médico conocía, pues, que para su enfermo él no era ya un

amigo íntimo y leal, sino su más encarnizado enemigo; de consiguiente,

era natural que una parte de esos sentimientos tomara forma visible. Es

sin embargo singular el hecho de que á veces transcurra tanto tiempo

antes de que ciertos pensamientos se expresen por medio de palabras, y

así vemos con cuanta seguridad dos personas, que no desean tratar el

asunto que más á pecho tienen, se acercan hasta sus mismos límites y se

retiran sin tocarlo. Por esta razón, el ministro no temía que el médico

tratara de un modo claro y distinto la posición verdadera en que

mutuamente se encontraban uno y otro. Sin embargo, el anciano Rogerio,

con su manera tenebrosa de costumbre, se acercó considerablemente al

particular del secreto.

--¿No sería mejor, dijo, que os sirvierais esta noche de mi poca

habilidad? Realmente, mi querido señor, tenemos que esmerarnos y hacer

todo lo posible para que estéis fuerte y vigoroso el día del sermón de

la elección. El público espera grandes cosas de vos, temiendo que al

llegar otro año ya su pastor haya partido.

--Sí, á otro mundo,--replicó el ministro con piadosa

resignación.--Concédame el cielo que sea á un mundo mejor, porque, en

verdad, apenas creo que podré permanecer entre mis feligreses las

rápidas estaciones de otro año. Y en cuanto á vuestras medicinas, buen

señor, en el estado actual de mi cuerpo, no las necesito.

--Mucho me alegro de oírlo,--respondió el médico.--Pudiera ser que mis

remedios, administrados tanto tiempo en vano, empezaran ahora á surtir

efecto. Por feliz me tendría si así fuere, pues merecería la gratitud de

la Nueva Inglaterra, si pudiese efectuar tal cura.

--Os doy las gracias con todo mi corazón, vigilante amigo,--dijo el

Reverendo Sr. Dimmesdale con una solemne sonrisa.--Os doy las gracias, y

sólo podré pagar con mis oraciones vuestros buenos servicios.

--Las preces de un hombre bueno son la más valiosa recompensa,--contestó

el anciano médico al despedirse.--Son las monedas de oro corriente en la

Nueva Jerusalén, con el busto del Rey grabado en ellas.

Cuando estuvo solo, el ministro llamó á un sirviente de la casa y le

pidió algo de comer, lo que traído que fué, puede decirse que despachó

con voraz apetito; y arrojando á las llamas lo que ya tenía escrito de

su sermón, empezó acto continuo á escribir otro, con tal afluencia de

pensamientos y de emoción que se creyó verdaderamente inspirado,

admirándose sólo de que el cielo quisiera transmitir la grande y solemne

música de sus oráculos por un conducto tan indigno como él se

consideraba. Dejando, sin embargo, que ese misterio se resolviese por sí

mismo, ó permaneciera eternamente sin resolverse, continuó su labor con

empeño y entusiasmo. Y así se pasó la noche hasta que apareció la

mañana, arrojando un rayo dorado en el estudio, donde sorprendió al

ministro, pluma en mano, con innumerables páginas escritas y esparcidas

por donde quiera.

La letra escarlata novela escrita en inglés · 第 48 / 59 题