--Tú la amarás tiernamente,--repitió Ester mientras en unión de
Dimmesdale contemplaban á Perla.--¿No la encuentras bella? Y mira con
qué arte tan natural ha convertido en adorno esas flores tan sencillas.
Si hubiera recogido perlas, y diamantes, y rubíes en el bosque, no le
sentarían mejor. ¡Es una niña espléndida! Pero bien sé á qué frente se
parece la suya.
--¿Sabes tú, Ester,--dijo Arturo Dimmesdale con inquieta sonrisa,--que
esta querida niña, que va siempre dando saltitos á tu lado, me ha
producido más de una alarma? Me parecía... ¡oh Ester!... ¡qué
pensamiento es ese, y qué terrible la idea!... Me parecía que los rasgos
de mis facciones se reproducían en parte en su rostro, y que todo el
mundo podría reconocerlas. ¡Tal es su semejanza! ¡Pero más que todo es
tu imagen.
--No, no es así,--respondió la madre con una tierna sonrisa. Espera
algún tiempo, no mucho, y no necesitarás asustarte ante la idea de que
se vea de quién es hija. ¡Pero qué singularmente bella parece con esas
flores silvestres con que se ha adornado el cabello! Se diría que una de
las hadas que hemos dejado en nuestra querida Inglaterra la ha ataviado
para que nos salga al encuentro.
Con un sentimiento que jamás hasta entonces ninguno de los dos había
experimentado, contemplaban la lenta marcha de Perla. En ella era
visible el lazo que los unía. En estos siete años que habían
transcurrido, fué la niña para el mundo un jeroglífico viviente en que
se revelaba el secreto que ellos de tal modo trataron de ocultar: en
este símbolo estaba todo escrito, todo patente de un modo sencillo, á
haber existido un profeta ó un hábil mago capaces de interpretar sus
caracteres de fuego. Sea cual fuere el mal pasado, ¿cómo podrían dudar
que sus vidas terrenales y sus futuros destinos estaban entrelazados,
cuando veían ante sí tanto la unión material como la idea espiritual en
que ambos se confundían, y en que habían de morar juntos inmortalmente?
Pensamientos de esta naturaleza,--y quizás otros que no se confesaban ó
no describían,--revistieron á la niña de una especie de misteriosa
solemnidad á medida que se adelantaba.
--Que no vea nada extraño, nada apasionado, ni ansiedad alguna en tu
manera de recibirla y dirigirte á ella,--le dijo Ester al ministro en
voz baja.--Nuestra Perla es á veces como un duende fantástico y
caprichoso. Especialmente no puede tolerar las fuertes emociones, cuando
no comprende plenamente la causa ni el objeto de las mismas. Pero la
niña es capaz de afectos intensos. Me ama y te amará.
--Tú no tienes una idea,--dijo el ministro mirando de soslayo á
Ester,--de lo que temo esta entrevista, y al mismo tiempo cuánto la
anhelo. Pero la verdad es, como ya te he dicho, que no me gano
fácilmente la voluntad de los niños. No se me suben á las rodillas, no
me charlan al oído, no responden á mi sonrisa; sino que permanecen
alejados de mí y me miran de una manera extraña. Aun los recién nacidos
lloran fuertemente cuando los tomo en brazos. Sin embargo, Perla ha sido
cariñosa para conmigo dos veces en su vida. La primera vez... ¡bien
sabes cuando fué! La última, cuando la llevaste contigo á la casa del
severo y anciano Gobernador.
--Y cuando tú abogaste tan valerosamente en favor de ella y
mío,--respondió la madre.--Lo recuerdo perfectamente, y también deberá
recordarlo Perla. ¡No temas nada! Al principio podrá parecerte singular
y hasta huraña, pero pronto aprenderá á amarte.
Ya Perla había llegado á la orilla del arroyuelo, y allí se quedó
contemplando silenciosamente á Ester y al ministro, que permanecían
sentados juntos en el tronco musgoso del viejo árbol, esperando que
viniese. Precisamente donde la niña se había detenido, el arroyuelo
formaba un charco tan liso y tranquilo que reflejaba una imagen perfecta
de su cuerpecito, con toda la pintoresca brillantez de su belleza, que
realzaba su adorno de flores y hojas, si bien más espiritualizada y
delicada que en la realidad. Esta imagen, casi tan idéntica á lo que era
Perla, parecía comunicar algo de su cualidad intangible y flotante á la
niña misma. La manera en que Perla permanecía allí, mirándoles fijamente
al través de la semi-obscuridad de la selva, era realmente extraña;
iluminada ella, sin embargo, por un rayo de sol atraído allí por cierta
oculta simpatía. Ester misma se sentía de un modo vago y misterioso
como alejada de su hija; como si ésta, en su paseo solitario por la
selva, se hubiera apartado por completo de la esfera en que tanto ella
como su madre habitaban juntas, y estuviese ahora tratando de regresar,
aunque en vano, al perdido hogar.
Y en esta sensación había á la vez verdad y error: hija y madre se
sentían ahora mutuamente extrañas, pero por culpa de Ester, no de Perla.
Mientras la niña se paseaba solitariamente, otro sér había sido admitido
en la esfera de los sentimientos de la madre, modificando de tal modo el
aspecto de las cosas, que Perla, al regresar de su paseo, no pudo hallar
su acostumbrado puesto y apenas reconoció á su madre.
--Una singular idea se ha apoderado de mí,--dijo el enfermizo
ministro.--Se me figura que este arroyuelo forma el límite entre dos
mundos, y que nunca más has de encontrar á tu Perla. ¿Ó acaso es ella
una especie de duende ó espíritu encantado á los que, como nos decían en
los cuentos de nuestra infancia, les está prohibido cruzar una corriente
de agua? Te ruego que te apresures, porque esta demora ya me ha puesto
los nervios en conmoción.
--Ven, querida niña,--dijo Ester animándola y extendiendo los brazos
hacia ella.--Ven: ¡qué lenta eres! ¿Cuándo, antes de ahora, te has
mostrado tan floja? Aquí está un amigo mío que también quiere ser tu
amigo. En adelante tendrás dos veces tanto amor como el que tu madre
sola puede darte. Salta sobre el arroyuelo y ven hacia nosotros. Tú
puedes saltar como un corzo.
Perla, sin responder de ningún modo á estas melosas expresiones,
permaneció al otro lado del arroyuelo, fijando los brillantes ojos ya
en su madre, ya en el ministro, ó incluyendo á veces á entrambos en la
misma mirada, como si quisiera descubrir y explicarse lo que había de
común entre los dos. Debido á inexplicable motivo, al sentir Arturo
Dimmesdale que las miradas de la niña se clavaban en él, se llevó la
mano al corazón con el gesto que le era tan habitual y que se había
convertido en acción involuntaria. Al fin, tomando cierto aspecto
singular de autoridad, Perla extendió la mano señalando con el dedo
índice evidentemente el pecho de su madre. Y debajo, en el cristal del
arroyuelo, se veía la imagen brillante y llena de flores de Perla,
señalando también con su dedito.
--Niña singular, ¿por qué no vienes donde estoy?--exclamó Ester.
Perla tenía extendido aun el dedo índice, y frunció el entrecejo, lo que
le comunicaba una significación más notable, atendidas las facciones
infantiles que tal aspecto tomaban. Como su madre continuaba llamándola,
lleno el rostro de inusitadas sonrisas, la niña golpeó la tierra con el
pie con gestos y miradas aun más imperiosos, que también reflejó el
arroyuelo, así como el dedo extendido y el gesto imperioso de la niña.
--Apresúrate, Perla, ó me incomodaré,--gritó Ester, quien, acostumbrada
á semejante modo de proceder de parte de su hija en otras ocasiones,
deseaba, como era natural, un comportamiento algo mejor en las
circunstancias actuales.--Salta el arroyuelo, traviesa niña, y corre
hacia aquí: de lo contrario yo iré á donde tú estás.
Pero Perla no hizo caso de las amenazas de su madre, como no lo había
hecho de sus palabras afectuosas, sino que rompió en un arrebato de
cólera, gesticulando violentamente y agitando su cuerpecito con las más
extravagantes contorsiones, acompañando esta explosión de ira de agudos
gritos que repercutió la selva por todas partes; de modo que á pesar de
lo sola que estaba en su infantil é incomprensible furor, parecía que
una oculta multitud la acompañaba y hasta la alentaba en sus acciones. Y
en el agua del arroyuelo se reflejó una vez más la colérica imagen de
Perla, coronada de flores, golpeando el suelo con el pie, gesticulando
violentamente y apuntando con el dedo índice al seno de Ester.
--Ya sé lo que quiere esta niña,--murmuró Ester al ministro, y
palideciendo, á pesar de un gran esfuerzo para ocultar su disgusto y su
mortificación, dijo:--los niños no permiten el más leve cambio en el
aspecto acostumbrado de las cosas que tienen diariamente á la vista.
Perla echa de menos algo que siempre me ha visto llevar.
--Si tienes algún medio de apaciguar á la niña,--le dijo el
ministro,--te ruego que lo hagas inmediatamente. Excepto el furor de una
vieja hechicera, como la Sra. Hibbins,--agregó tratando de
sonreir,--nada hay que me asuste tanto como un arrebato de cólera cual
éste en un niño. En la tierna belleza de Perla, así como en las arrugas
de la vieja hechicera, tiene ese arrebato algo de sobrenatural.
Apacíguala, si me amas.
Ester se dirigió de nuevo á Perla, con el rostro encendido, dando una
mirada de soslayo al ministro, y exhalando luego un hondo suspiro; y aun
antes de haber tenido tiempo de hablar, el color de sus mejillas se
convirtió en mortal palidez.
--Perla,--dijo con tristeza,--mira á tus pies.... Ahí... frente á tí...
al otro lado del arroyuelo.
La niña dirigió las miradas al punto indicado, y allí vió la letra
escarlata, tan cerca de la orilla de la corriente, que el bordado de oro
se reflejaba en el agua.
--Tráela aquí,--dijo Ester.
--Ven tú á buscarla,--respondió Perla.
--¡Habráse visto jamás niña igual!--observó Ester aparte al
ministro.--¡Oh! Te tengo que decir mucho acerca de ella. Pero á la
verdad, en el asunto de este odioso símbolo, tiene razón. Debo sufrir
este tormento todavía algún tiempo, unos cuantos días más, hasta que
hayamos dejado esta región y la miremos como un país con que hemos
soñado. La selva no puede ocultarla. El océano recibirá la letra de mis
manos, y la tragará para siempre!
Diciendo esto se adelantó á la margen del arroyuelo, recogió la letra
escarlata y la fijó de nuevo en el pecho. Un momento antes, cuando Ester
habló de arrojarla al seno del océano, había en ella un sentimiento de
fundada esperanza; al recibir de nuevo este símbolo mortífero de la mano
del destino, experimentó la sensación de una sentencia irrevocable que
sobre ella pesaba. La había arrojado al espacio infinito,--había
respirado una hora el aire de la libertad,--y de nuevo estaba aquí la
letra escarlata con todo su suplicio, brillando en el lugar
acostumbrado. De la misma manera una mala acción se reviste siempre del
carácter de ineludible destino. Ester recogió inmediatamente las espesas
trenzas de sus cabellos y las ocultó bajo su gorra. Y como si hubiera
un maleficio en la triste letra, desapareció su hermosura y todo lo que
en ella había de femenino, á manera de rayo de sol que se desvanece, y
como si una sombra se hubiera extendido sobre todo su sér.
Efectuado el terrible cambio, extendió la mano á Perla.
--¿Conoces ahora á tu madre, niña?--le preguntó con acento de reproche,
aunque en un tono moderado. ¿Quieres atravesar el arroyo, y venir á
donde está tu madre, ahora que se ha puesto de nuevo su
ignominia,--ahora que está triste?
--Sí, ahora quiero,--respondió la niña atravesando el arroyuelo, y
estrechando á su madre contra su pecho. Ahora eres realmente mi madre, y
yo soy tu Perlita.
Y con una ternura que no era común en ella, atrajo hacia sí la cabeza de
su madre y la besó en la frente y en las mejillas. Pero entonces,--por
una especie de necesidad que siempre la impulsaba á mezclar en el
contento que proporcionaba una parte de dolor,--Perla besó también la
letra escarlata.
--Eso no es bueno,--dijo Ester,--cuando me has demostrado un poco de
amor, te mofas de mí.
--¿Por qué está sentado el ministro allí?--preguntó Perla.
--Te está esperando para saludarte,--replicó su madre.--Vé y pídele su
bendición. Él te ama, Perlita mía, y también ama á tu madre. ¿No lo
amarás tú igualmente? Vé: él desea acariciarte.
--¿Nos ama realmente?--dijo Perla mirando á su madre con expresión de
viva inteligencia.--¿Irá con nosotros, dándonos la mano, y entraremos
los tres juntos en la población?
--Ahora no, mi querida hija,--respondió Ester.--Pero dentro de algunos
días iremos juntos de la mano, y tendremos un hogar y una casa nuestra,
y te sentarás sobre sus rodillas, y te enseñará muchas cosas y te amará
muy tiernamente. Tú también lo amarás, ¿no es verdad?
--¿Y conservará siempre la mano sobre el corazón?
--¿Qué pregunta es esa, locuela?--exclamó la madre: ven y pídele su
bendición.
Pero sea que influyeran en ella los celos que parecen instintivos en
todos los niños mimados, en presencia de un rival peligroso, ó que fuese
un capricho de su naturaleza singular, Perla no quiso dar muestras de
afecto alguno á Arturo Dimmesdale. Solamente, y á la fuerza, la llevó su
madre hacia el ministro, y eso quedándose atrás y manifestando su mala
gana con raros visajes, de los cuales, desde su más tierna infancia,
poseía numerosa variedad, pudiendo transformar su móvil fisonomía de
diversas maneras, y siempre con una expresión más ó menos perversa. El
ministro,--penosamente desconcertado, pero con la esperanza de que un
beso podría ser una especie de talismán que le ganara la buena voluntad
de la niña,--se inclinó hacia ella y la besó en la frente.
Inmediatamente Perla logró desasirse de las manos de su madre, y
corriendo hacia el arroyuelo, se detuvo en la orilla y se lavó la frente
en sus aguas, hasta que creyó borrado completamente el beso recibido de
mala gana. Después permaneció á un lado contemplando en silencio á Ester
y al ministro, mientras éstos conversaban juntos y hacían los arreglos
sugeridos por su nueva posición y por los propósitos que pronto habían
de realizar.
Y ahora esta fatídica entrevista quedó terminada. Aquel lugar donde se
encontraban, permanecería abandonado en su soledad entre los sombríos y
antiguos árboles de la selva que, con sus numerosas lenguas, susurrarían
largamente lo que allí había pasado, sin que ningún mortal fuera por eso
más cuerdo. Y el melancólico arroyuelo agregaría esta nueva historia á
los misteriosos cuentos que ya conocía, y continuaría su antiguo
murmullo, no por cierto más alegre de lo que había sido durante siglos y
siglos.