Arturo Dimmesdale fijó los ojos en Ester con miradas en que la esperanza
y la alegría brillaban, seguramente, si bien mezcladas con cierto miedo
y una especie de horror, ante la intrepidez con que ella había expresado
lo que él vagamente indicó y no se atrevió á decir.
Pero Ester Prynne, con un espíritu lleno de innato valor y actividad, y
por largo tiempo no sólo segregada, sino desterrada de la sociedad, se
había acostumbrado á una libertad de especulación completamente extraña
á la manera de ser del eclesiástico. Sin guía ni regla de ninguna clase
había estado vagando en una especie de desierto espiritual; tan vasto,
tan intrincado, tan sombrío y selvático como aquel bosque en que estaban
ahora sosteniendo un diálogo que iba á decidir del destino de ambos. El
corazón y la inteligencia de Ester puede decirse que se hallaban en su
elemento en los lugares desiertos que ella recorría con tanta libertad
como los indios salvajes sus bosques. Durante años había contemplado las
instituciones humanas, y todo lo establecido por la religión ó las
leyes, desde un punto de vista que le era peculiar; criticándolo todo
con tan poca reverencia como la que experimentaría el indio de las
selvas por la toga judicial, la picota, el cadalso, ó la iglesia. Tanto
su destino como los acontecimientos de su vida habían tendido á hacer
libre su espíritu. La letra escarlata era su pasaporte para entrar en
regiones á que otras mujeres no osaban acercarse. La Vergüenza, la
Desesperación, la Soledad: tales habían sido sus maestras; rudas y
severas, pero que la habían hecho fuerte, aunque induciéndola al error.
El ministro, por el contrario, nunca había pasado por una experiencia
tal que le condujera á poner en tela de juicio las leyes generalmente
aceptadas; bien que en una sola ocasión hubiera quebrantado una de las
más sagradas. Pero esto había sido un pecado cometido por la pasión, no
las consecuencias de principios determinados, ni siquiera de un
propósito. Desde aquella malhadada época, había observado con mórbido
celo y minuciosidad, no sus acciones, porque éstas eran fáciles de
arreglar, sino cada emoción por leve que fuera, y hasta cada
pensamiento. Hallándose á la cabeza del sistema social, como lo estaba
el eclesiástico en aquella época, se encontraba por esa misma causa más
encadenado por sus reglas, sus principios y aun sus prevenciones
injustas. Como ministro del altar que era, el mecanismo del sistema de
la institución lo comprimía inevitablemente. Como hombre que había
cometido una falta una vez, pero que conservaba su conciencia viva y
penosamente sensible, merced al roce constante de una herida que no se
había cicatrizado, podía suponérsele más á salvo de pecar de nuevo que
si nunca hubiese delinquido.
Así nos parece observar que, en cuanto á Ester, los siete años de
ignominia y destierro social habían sido sólo una preparación para esta
hora. Pero, ¿y Arturo Dimmesdale? Si este hombre delinquiera de nuevo,
¿qué excusa podría presentarse para atenuar su crimen? Ninguna, á menos
que le valiera de algo decir que sus fuerzas estaban quebrantadas en
virtud de largos é intensos padecimientos; que su espíritu estaba
obscurecido y confuso por el remordimiento que lo corroía; que entre la
alternativa de huir como un criminal confeso ó permanecer siendo un
hipócrita, sería difícil hallar la decisión más justa; que está en la
naturaleza humana evitar el peligro de muerte é infamia y las sutiles
maquinaciones de un enemigo; y, finalmente, que este pobre peregrino,
débil, enfermo, infeliz, vió brillar inesperadamente, en su senda
desierta y sombría, un rayo de afecto humano y de simpatía, una nueva
vida, llena de sinceridad, en cambio de la triste y pesada vida de
expiación que estaba ahora llevando. Y dígase también la siguiente y
amarga verdad: la brecha que el delito ha abierto una vez en el alma
humana, jamás queda completamente cerrada mientras conservamos nuestra
condición mortal. Tiene que vigilarse y guardarse, para que el enemigo
no penetre de nuevo en la fortaleza, y escoja quizás otros medios de
entrar que los empleados antes. Pero siempre está allí el muro abierto,
y junto á él el enemigo artificioso que, con cautela y á hurtadillas,
trata de obtener de nuevo una victoria más completa.
La lucha, si hubo alguna, no es preciso describirla; baste decir que
Dimmesdale resolvió emprender la fuga, y no solo.
--Si en todos estos siete años pasados--pensó--pudiera yo recordar un
solo momento de paz ó de esperanza, aún lo soportaría todo confiando en
la clemencia del Cielo; pero puesto que estoy irremediablemente
condenado, ¿por qué no gozar del solaz concedido al sentenciado antes de
su ejecución? Ó si este sendero, como Ester trata de persuadirme, es el
que conduce á una vida mejor, ¿por qué no seguirlo? Ni puedo vivir por
más tiempo sin la compañía de Ester, cuya fuerza para sostenerme es tan
vigorosa, así como lo es también su poder para calmar las angustias de
mi alma. ¡Oh Tú á quien no me atrevo á levantar las miradas!--¿me
perdonarás?
--Tú partirás,--dijo Ester con reposado acento al encontrar las miradas
de Dimmesdale.
Una vez tomada la decisión, el brillo de una extraña alegría esparció su
vacilante esplendor sobre el rostro inquieto del ministro. Fué el efecto
animador que experimenta un prisionero, que precisamente acaba de
librarse del calabozo de su propio corazón, al respirar la libre y
borrascosa atmósfera de una región selvática, sin leyes y sin freno de
ninguna especie. Su espíritu se elevó, como de un golpe, á alturas más
excelsas de las que le fué dado alcanzar durante todos los años que el
infortunio le había mantenido clavado en la tierra; y como era de un
temperamento en extremo religioso, en su actual animación había
inevitablemente algo espiritual.
--¿Siento de nuevo la alegría?--se preguntaba, sorprendido de sí
mismo.--Creía que el germen de todo contento había muerto en mí. ¡Oh
Ester, tú eres mi ángel bueno! Me parece que me arrojé, enfermo,
contaminado por la culpa, abatido por el dolor, sobre estas hojas de la
selva, y que me he levantado otro hombre completamente nuevo, y con
nuevas fuerzas para glorificar á Aquel que ha sido tan misericordioso.
Esta es ya una vida mejor. ¿Por qué no nos hemos encontrado antes?
--No miremos hacia atrás,--respondió Ester,--lo pasado es pasado: ¿para
qué detenernos ahora en él? ¡Mira! con este símbolo deshago todo lo
hecho y procedo como si nunca hubiera existido.
Y diciendo esto, desabrochó los corchetes que aseguraban la letra
escarlata, y arrancándola de su pecho la arrojó á una gran distancia
entre las hojas secas. El símbolo místico cayó en la misma orilla del
arroyuelo, y á poco más lo habría hecho en el agua que le hubiera
arrastrado en su melancólica corriente, agregando un nuevo dolor á la
historia que constantemente estaba refiriendo en sus murmullos. Pero
allí quedó la letra bordada brillando como una joya perdida que algún
malhadado viajero podría recoger, para verse después perseguido quizá
por extraños sueños de crimen, abatimiento del corazón é infortunio sin
igual.
Una vez arrojada la insignia fatal, dió Ester un largo y profundo
suspiro con el que su espíritu se libró de la vergüenza y angustia que
la habían oprimido. ¡Oh exquisito alivio! No había conocido su verdadero
peso hasta que se sintió libre de él. Movida de otro impulso, se quitó
la gorra que aprisionaba sus cabellos, que cayeron sobre sus espaldas,
ricos, negros, con una mezcla de luz y sombra en su abundancia,
comunicándole al rostro todo el encanto de una suave expresión.
Jugueteaba en los labios y brillaba en los ojos una tierna y radiante
sonrisa, que parecía tener su origen en su femenino corazón. Las
mejillas, tan pálidas hasta entonces, se veían animadas de rosado color.
Su sexo, su juventud, y toda la riqueza de su hermosura se diría que
habían surgido de nuevo de lo que se llama el pasado irrevocable, y se
agrupaban en torno de ella con su esperanza virginal y una felicidad
hasta entonces desconocida, y todo dentro del mágico círculo de esta
hora. Y como si la obscuridad y tristeza de la tierra y del firmamento
solo hubieran sido el reflejo de lo que pasaba en el corazón de estos
dos mortales, se desvanecieron también con su dolor. De pronto, como con
repentina sonrisa del cielo, el sol hizo una especie de irrupción en la
tenebrosa selva, derramando un torrente de esplendor, alegrando cada
hoja verde, convirtiendo las amarillentas en doradas, y brillando entre
los negruzcos troncos de los solemnes árboles. Los objetos, que hasta
entonces habían esparcido solamente sombras, eran ahora cuerpos
luminosos. El curso del arroyuelo podría trazarse, merced á su alegre
murmullo, hasta allá á lo lejos en el misterioso centro de aquella selva
que se había convertido en testigo de una alegría aún más misteriosa.
Tal fué la simpatía de la Naturaleza con la felicidad de estos dos
espíritus. El amor, ya brote por vez primera, ó surja de cenizas casi
apagadas, siempre tiene que crear un rayo de sol que llena el corazón de
esplendores tales, que se esparcen en todo el mundo interior. Si la
selva hubiera conservado aun su triste obscuridad, habría parecido sin
embargo brillante á los ojos de Ester, y brillante igualmente á los de
Arturo Dimmesdale.
Ester le dirigió una mirada llena de la luz de una nueva alegría.
--Tienes que conocer á Perla,--le dijo,--¡nuestra Perlita! Tú la has
visto,--sí, yo lo sé,--pero la verás ahora con otros ojos. Es una niña
singular. Apenas la comprendo. Pero tú la amarás tiernamente, como yo, y
me aconsejarás acerca del modo de manejarla.
--¿Crees que la niña se alegrará de conocerme?--preguntó el ministro
visiblemente inquieto.--Siempre me he alejado de los niños, porque con
frecuencia demuestran cierta desconfianza, una especie de encogimiento
en entrar en relaciones familiares conmigo. ¡Yo he temido siempre á
Perla!
--Eso era triste,--respondió la madre,--pero ella te amará tiernamente y
tú la amarás también. No se encuentra muy lejos. Voy á llamarla. ¡Perla!
¡Perla!
--Desde aquí la veo,--observó el ministro.--Allí está, en medio de la
luz del sol, al otro lado del arroyuelo. ¿De modo que crees que la niña
me amará?
Ester sonrió y llamó de nuevo á Perla que estaba visible á cierta
distancia, como el ministro había dicho, y semejaba una brillante visión
iluminada por un rayo de sol que caía sobre ella al través de las ramas
de los árboles. El rayo se agitaba de un lado á otro, haciendo que la
niña pareciera más ó menos confusa, ya como una criatura humana, ora
como una especie de espíritu, á medida que el esplendor desaparecía y
retornaba. Oyó la voz de su madre, y se dirigió á ella cruzando
lentamente la selva.
Perla no había hallado largo ni fastidioso el tiempo, mientras su madre
y el ministro estuvieron hablando. La gran selva, que tan sombría y
severa se presentaba á los que allí traían la culpa y las angustias del
mundo, se convirtió en compañera de los juegos de esta solitaria niña.
Se diría que, para divertirla, había adoptado las maneras más
cautivadoras y halagüeñas: le ofreció bayas exquisitas de rojizo color,
que la niña recogió, deleitándose con su agreste sabor. Los pequeños
moradores de aquella soledad apenas se apartaban del camino de la niña.
Cierto es que una perdiz, seguida de diez perdigones, se adelantó hacia
ella con aire amenazador, pero pronto se arrepintió de su fiereza y se
volvió tranquila al lado de su tierna prole, como diciéndoles que no
tuvieran temor. Un pichón de paloma, que estaba solo en una rama baja,
permitió á Perla que se le acercase, y emitió un sonido que lo mismo
podía ser un saludo que un grito de alarma. Una ardilla, desde lo alto
del árbol en que tenía su morada, charlaba en són de cólera ó de
alegría, porque una ardilla es un animalito tan colérico y caprichoso
que es muy difícil saber si está iracundo ó de buen humor, y le arrojó
una nuez á la cabeza. Una zorra, á la que sobresaltó el ruido ligero de
los pasos de la niña sobre las hojas, miró con curiosidad á Perla como
dudando qué sería mejor, si alejarse de allí, ó continuar su siesta como
antes. Se dice que un lobo,--pero aquí ya la historia ha degenerado en
lo improbable,--se acercó á Perla, olfateó el vestido de la niña é
inclinó la feroz cabeza para que se la acariciara con su manecita. Sin
embargo, lo que parece ser la verdad es que la selva, y todas estas
silvestres criaturas á que daba sustento, reconocieron en aquella niña
un sér humano de una naturaleza tan libre como la de ellas mismas.
También la niña desplegaba aquí un carácter más suave y dulce que en las
calles herbosas de la población, ó en la morada de su madre. Las flores
parecían conocerla, y en un susurro le iban diciendo cuando cerca de
ellas pasaba: "Adórnate conmigo, linda niña, adórnate conmigo;"--y para
darles gusto, Perla cogió violetas, y anémonas, y columbinas, y algunos
ramos verdes, y se adornó los cabellos, y se rodeó la cintura,
convirtiéndose en una ninfa infantil, en una tierna dríada, ó en algo
que armonizaba con el antiguo bosque. De tal manera se había adornado
cuando oyó la voz de su madre y se dirigía á ella lentamente.
Lentamente, sí, porque había visto al ministro.