Á pesar de lo lentamente que caminaba el ministro, había éste pasado
casi de largo, antes de que á Ester le hubiera sido posible hacerse oir
y atraer su atención. Al fin lo consiguió.
--¡Arturo Dimmesdale!--dijo al principio con voz apenas perceptible,
pero que fué creciendo en fuerza, aunque un tanto ronca,--¡Arturo
Dimmesdale!
--¿Quién me llama?--respondió el ministro.
Irguiéndose rápidamente, permaneció en esa posición, como un hombre
sorprendido en una actitud en que no quisiera haber sido visto.
Dirigiendo las miradas con ansiedad hacia el lugar de donde procedía la
voz, percibió vagamente bajo los árboles una forma vestida con traje tan
obscuro, y que se destacaba tan poco en medio de la penumbra que reinaba
entre el espeso follaje, que casi no daba paso á la luz del mediodía,
que apenas pudo distinguir si era una sombra ó una mujer.
Se adelantó un paso hacia ella y descubrió la letra escarlata.
--¡Ester! ¡Ester Prynne!--exclamó,--¿eres tú? ¿Estás viva?
--Sí,--respondió,--¡con la vida con que he vivido estos siete últimos
años! Y tú, Arturo Dimmesdale, ¿vives aún?
No debe causar sorpresa que se preguntaran mútuamente si estaban
realmente vivos, y que hasta dudasen de su propia existencia corporal.
De tan extraña manera se encontraron en el crepúsculo de aquella selva,
que parecía como si fuese la primer entrevista que tuvieran más allá del
sepulcro dos espíritus que habían estado íntimamente asociados en su
vida terrestre, pero que ahora se hallaban temblando, llenos de mutuo
temor, sin haberse familiarizado aún con su condición presente, ni
acostumbrado á la compañía de almas desprovistas de sus cuerpos. Cada
uno era un espíritu que contemplaba, lleno de asombro, al otro espíritu.
Igualmente experimentaban respecto de sí mismos una extraña sensación,
porque en aquel momento á cada cual se le representó, de una manera viva
é intensa, toda su íntima historia y toda la amarga experiencia de la
vida, como acontece tan solo en tales instantes en el curso de nuestra
existencia. El alma se contempla en el espejo de aquel fugitivo momento.
Con temor pues, y trémulamente, cual si lo hiciera impulsado por
necesidad ineludible, extendió Arturo Dimmesdale su mano, fría como la
muerte, y tocó la helada mano de Ester Prynne. Á pesar de lo frígido del
contacto de aquellas manos, se sintieron al fin habitantes de la misma
esfera, desapareciendo lo que había de extraño y misterioso en la
entrevista.
Sin hablar una sola palabra, sin que uno ni otro sirviera de guía á su
compañero, pero con silencioso y mutuo acuerdo, se deslizaron entre las
sombras del bosque de donde había salido Ester, y se sentaron en el
mismo tronco de árbol cubierto de musgo en que ella y Perla habían
estado sentadas antes. Cuando al fin pudieron hallar una voz con que
hablarse, emitieron al principio solo las observaciones y preguntas que
podrían haber hecho dos conocidos cualesquiera, acerca de lo sombrío del
cielo, del mal tiempo que amenazaba, y luego de la salud de cada uno.
Procedieron después, por decirlo así, paso á paso, y con muchos rodeos,
á tratar de los temas que más profundamente les interesaban y más á
pecho tenían. Separados tan largo tiempo por el destino y las
circunstancias, necesitaban algo ligero, casual, casi indiferente en que
ocuparse, antes de comenzar á dar salida á las ideas y pensamientos que
realmente llenaban sus almas.
Después de un rato, el ministro fijó los ojos en los de Ester.
--Ester, dijo, ¿has hallado la paz del alma?
Ella sonrió tristemente dirigiéndose una mirada al pecho.
--¿La has hallado tú?--le preguntó ella á su vez.
--No: no; solamente desesperación,--contestó el ministro.--¿Ni qué otra
cosa podía esperar, siendo lo que soy, y llevando una vida como la que
llevo? Si yo fuera ateo, si fuera un hombre desprovisto de conciencia,
un miserable con instintos groseros y brutales, ya habría hallado la paz
hace tiempo: mejor dicho, nunca la habría perdido. Pero tal como es el
alma mía, cualquiera que fuese la capacidad que originalmente pudiera
existir en mí para el bien, todos los dones de Dios, los más selectos y
escogidos, se han convertido en otros tantos motivos de tortura
espiritual. Ester, ¡yo soy inmensamente infeliz!
--El pueblo te reverencia,--dijo Ester,--y ciertamente producen mucho
bien entre el pueblo tus palabras. ¿No te proporciona esto consuelo?
--Más padecimientos, Ester, solo más padecimientos!--contestó Dimmesdale
con una amarga sonrisa.--En cuanto al bien que yo pueda aparentemente
hacer, no tengo fe en él. ¿Qué puede realizar un alma perdida como la
mía, en pro de la redención de otras almas? ¿Ni qué puede un alma
manchada hacer en beneficio de la purificación de otras almas? Y en
cuanto á la reverencia del pueblo, ¡ojalá que se convirtiera en odio y
desprecio! ¿Crees tú, Ester, que pueda servirme de consuelo tener que
subir á mi púlpito, y allí exponerme á las miradas de tantos que dirigen
á mí sus ojos, como si resplandeciera en mi rostro la luz del cielo? ¿Ó
tener que contemplar mi rebaño espiritual sediento de verdad y oyendo
mis palabras como si fueran vertidas por uno de los escogidos del
Eterno, y luego contemplarme yo á mí mismo para no ver sino la triste y
negra realidad que ellos idolatran? ¡Ah! me he reído con intensa
amargura y agonía de espíritu ante el contraste que existe entre lo que
parezco y lo que soy verdaderamente! ¡Y Satanás se ríe también!
--Tú eres injusto contigo mismo en esto,--dijo Ester con dulzura.--Tú te
has arrepentido profunda y amargamente. Tu falta ha quedado relegada á
una época que hace tiempo ha pasado para siempre. Tu vida presente no es
menos santa, en realidad de verdad, de lo que aparece á la vista de los
hombres. ¿No tiene por ventura fuerza alguna la penitencia á que han
puesto un sello y de que dan testimonio tus buenas obras? ¿Y por qué no
han de traer la paz á tu espíritu?
--¡No, Ester, no!--replicó el ministro.--No hay realidad en ello: es
frío, inanimado y no puede producirme bien alguno. Padecimientos, he
tenido muchos; penitencia, ninguna. De lo contrario, hace tiempo que
debería haberme despojado de este traje de aparente santidad, y
presentarme ante los hombres como me verán el día del Juicio Final.
¡Feliz tú, Ester, que llevas la letra escarlata al descubierto sobre el
pecho! ¡La mía me abrasa en secreto! Tú no sabes cuán gran alivio es,
después de un fraude de siete años, mirar unos ojos que me ven tal como
soy. Si tuviera yo un amigo,--ó aunque fuese mi peor enemigo,--al que,
cuando me siento enfermo con los elogios de todos los otros hombres,
pudiera abrir mi pecho diariamente para que me viese como al más vil de
los pecadores, creo que con eso recobraría nuevas fuerzas. Aun esa parte
de verdad, con ser tan poca, me salvaría.... Pero ahora, ¡todo es
mentira!--¡todo es vanidad!--¡todo es muerte!
Ester le dirigió una mirada, quiso hablar, pero vaciló. Sin embargo, al
dar el ministro rienda suelta á sus emociones largo tiempo reprimidas, y
con la vehemencia que lo hizo, sus palabras ofrecieron á Ester la
oportunidad de decir aquello para lo cual le había buscado. Venció sus
temores, y habló.
--Un amigo como el que ahora has deseado,--dijo,--con quien poder llorar
sobre tu falta, lo tienes en mí, la cómplice de esa falta. Vaciló de
nuevo, pero al fin pronunció con un gran esfuerzo estas palabras:--en
cuanto á un enemigo, largo tiempo lo has tenido, y has vivido con él,
bajo un mismo techo.
El ministro se puso en pie, buscando aire que respirar, y llevándose la
mano al corazón como si quisiera arrancárselo del pecho.
--¡Cómo! ¿Qué dices?--exclamó.--¡Un enemigo! ¡Y bajo mi mismo techo!
¿Qué quieres decir, Ester?
Ester Prynne comprendió ahora perfectamente el mal inmenso hecho á este
hombre desgraciado, y de que era ella responsable, al dejarle permanecer
por tantos años, más aun, por un solo momento, á la merced de un hombre
cuyo propósito y objeto no podían ser sino perversos. La sola proximidad
de este enemigo, bajo cualquiera máscara que quisiera ocultarse, era ya
suficiente para perturbar un alma tan delicadamente sensible como la de
Arturo Dimmesdale. Hubo cierto tiempo en que Ester no se dió bastante
cuenta de todo esto; ó quizás, en la profunda contemplación de su propia
desgracia, dejó que el ministro soportara lo que ella podría imaginarse
que era un destino más tolerable. Pero últimamente, desde la noche
aquella de su vigilia, sintió profunda compasión hacia él, pues podía
leer ahora con más acierto en su corazón. No dudaba que la continua
presencia de Rogerio Chillingworth,--infectando con la ponzoña de su
malignidad el aire que le rodeaba,--y su intervención autorizada, como
médico, en las dolencias físicas y espirituales del ministro, no dudaba,
no, que todas esas oportunidades las había aprovechado para fines
aviesos. Sí, esas oportunidades le habían permitido mantener la
conciencia de su paciente en un estado de irritación constante, no para
curarle por medio del dolor, sino para desorganizar y corromper su sér
espiritual. Su resultado en la tierra sería indudablemente la locura; y
más allá de esta vida, aquel eterno alejamiento de Dios y de la Verdad,
del que la locura es acaso el tipo terrestre.
¡Á tal estado de infortunio y miseria había ella traído al hombre que en
otro tiempo,--y, ¿por qué no decirlo?--que aun amaba apasionadamente!
Ester comprendió que el sacrificio del buen nombre del eclesiástico y
hasta la muerte misma, como se lo había dicho á Rogerio Chillingworth,
habrían sido infinitamente preferibles á la alternativa que ella se
había visto obligada á escoger. Y ahora, más bien que tener que confesar
este funesto error, hubiera querido arrojarse sobre las hojas de la
selva y morir allí á los pies de Arturo Dimmesdale.
--¡Oh Arturo!--exclamó Ester,--¡perdóname! En todas las cosas de este
mundo he tratado de ser sincera y atenerme á la verdad. La única virtud
á que podía haberme aferrado, y á la que me aferré fuertemente hasta la
última extremidad, ha sido la verdad; en todas las circunstancias lo
hice, excepto cuando se trató de tu bien, de tu vida, de tu reputación;
entonces consentí en el engaño. Pero una mentira nunca es buena, aun
cuando la muerte nos amenace, ¿No adivinas lo que voy á decir?... Ese
anciano,--ese médico,--ese á quien llaman Rogerio Chillingworth... ¡fué
mi marido!
Arturo Dimmesdale la miró un instante con toda aquella violenta pasión
que,--entrelazada de más de un modo á sus otras cualidades más elevadas,
puras y serenas,--era en realidad la parte á que dirigía sus ataques el
enemigo del género humano, y por medio de la cual trataba de ganar todo
el resto. Nunca hubo en su rostro una expresión de cólera tan sombría y
feroz como la que entonces vió Ester. Durante el breve espacio de tiempo
que duró, fué verdaderamente una horrible transformación. Pero el
carácter de Dimmesdale en tal manera se había debilitado por el
sufrimiento, que aun esos arranques de energía de un grado inferior no
podían durar sino un rápido momento. Se arrojó al suelo y sepultó el
rostro entre las manos.
--¡Debía haberlo conocido!--murmuró.--Sí: lo conocí, ¿No me reveló ese
secreto la voz íntima de mi corazón desde la primera vez que le ví, y
después cuantas veces le he visto desde entonces? ¿Por qué no lo
comprendí? ¡Oh Ester Prynne! ¡qué poco, qué poco conoces todo el horror
de esto! ¡Y la vergüenza!... ¡la vergüenza!... ¡la horrible fealdad de
exponer un corazón enfermo y culpado á las miradas del hombre que con
ello tanto había de regocijarse!... ¡Mujer, mujer, tú eres responsable
de esto!... ¡Yo no puedo perdonarte!
--Sí, sí; tú tienes que perdonarme,--exclamó Ester arrojándose junto á
él sobre las hojas del suelo.--¡Castígueme Dios, pero tú tienes que
perdonarme!
Y con un rápido y desesperado arranque de ternura le rodeó el cuello con
los brazos y le estrechó la cabeza contra su seno, sin cuidarse de si la
mejilla del ministro reposaba sobre la letra escarlata. Dimmesdale,
aunque en vano, intentó desasirse de los brazos que así le estrechaban.
Ester no quiso soltarle por temor de que fijase en ella una mirada
severa. El mundo entero la había rechazado, y durante siete largos años
había mirado con ceño á esta pobre mujer solitaria,--y ella lo había
sufrido todo, sin devolver siquiera al mundo una mirada de sus ojos
firmes, aunque tristes. El cielo también la había mirado con ceño, y
ella no había sucumbido sin embargo. Pero el ceño de este hombre pálido,
débil, pecador, á quien el pesar abatía de tal modo, era lo que Ester no
podía soportar y seguir viviendo.
--¿No me quieres perdonar? ¿No quieres perdonarme?--repetía una y otra
vez.--¡No me rechaces! ¿Me quieres perdonar?
--Sí, te perdono, Ester,--replicó el ministro al fin, con hondo acento
salido de un abismo de tristeza, pero sin cólera.--Te perdono ahora de
todo corazón. Así nos perdone Dios á entrambos. No somos los más negros
pecadores del mundo, Ester. ¡Hay uno que es aun peor que este
contaminado ministro del altar! La venganza de ese anciano ha sido más
negra que mi pecado. Á sangre fría ha violado la santidad de un corazón
humano. Ni tú ni yo, Ester, jamás lo hicimos.
--No: nunca, jamás,--respondió ella en voz baja. Lo que hicimos tenía en
sí mismo su consagración, y así lo comprendimos. Nos lo dijimos
mutuamente. ¿Lo has olvidado?
--Silencio, Ester, silencio,--dijo Arturo Dimmesdale alzándose del
suelo;--no: no lo he olvidado.
Se sentaron de nuevo uno al lado del otro sobre el musgoso tronco del
árbol caído, con las manos mutuamente entrelazadas. Hora más sombría que
ésta jamás les había traído la vida en el curso de los años: era el
punto á que sus sendas se habían ido aproximando por tanto tiempo,
obscureciéndose cada vez más y más á medida que avanzaban, y sin embargo
tenía todo aquello un encanto singular que les hacía detenerse un
instante, y otro, y después otro, y aun otro más. Tenebroso era el
bosque que les rodeaba, y las ramas de los árboles crujían agitadas por
ráfagas violentas, mientras un solemne y añoso árbol se quejaba
lastimosamente como si refiriese á otro árbol la triste historia de la
pareja que allí se había sentado, ó estuviera anunciando males futuros.
Y allí permanecieron aun más tiempo. ¡Cuán sombrío les parecía el
sendero que llevaba á la población, donde Ester Prynne cargaría de nuevo
con el peso de su ignominia y el ministro se revestiría con la máscara
de su buen nombre! Y así permanecieron un instante más. Ningún rayo de
luz, por dorado y brillante que fuera, había sido jamás tan precioso
como la obscuridad de esta selva tenebrosa. Aquí, vista solamente por
los ojos del ministro, la letra escarlata no ardía en el seno de la
mujer caída. Aquí, visto solamente por los ojos de Ester, el ministro
Dimmesdale, falso ante Dios y falso para con los hombres, podía ser
sincero un breve momento.
Dimmesdale se sobresaltó á la idea de un pensamiento que se le ocurrió
súbitamente.
--¡Ester!--exclamó--¡he aquí un nuevo horror! Rogerio Chillingworth
conoce tu propósito de revelarme su verdadero carácter. ¿Continuará
entonces guardando nuestro secreto? ¿Cuál será ahora la nueva faz que
tome su venganza?
--Hay en su naturaleza una extraña discreción,--replicó Ester
pensativamente,--nacida tal vez de sus ocultos manejos de venganza. Yo
no creo que publique el secreto, sino que busque otros medios de saciar
su sombría pasión.
--¿Y cómo podré yo vivir por más tiempo respirando el mismo aire que
respira este mi mortal enemigo?--exclamó Dimmesdale, todo trémulo, y
llevándose nerviosamente la mano al corazón,--lo que ya se había
convertido en él en acto involuntario.--Piensa por mí, Ester; tú eres
fuerte. Resuelve por mí.
--No debes habitar más tiempo bajo un mismo techo con ese hombre,--dijo
Ester lenta y resueltamente.--Tu corazón no debe permanecer por más
tiempo expuesto á la malignidad de sus miradas.
--Sería peor que la muerte,--replicó el ministro,--¿pero cómo evitarlo?
¿Qué elección me queda? ¿Me tenderé de nuevo sobre estas hojas secas,
donde me arrojé cuando me dijiste quien era? ¿Deberé hundirme aquí y
morir de una vez?
--¡Ah! ¡de qué infortunio eras presa!--dijo Ester con los ojos anegados
en llanto.--¿Quieres morir de pura debilidad de espíritu? No hay otra
causa.
--El juicio de Dios ha caído sobre mí,--dijo el eclesiástico cuya
conciencia estaba como herida de un rayo.--Es demasiado poderoso para
luchar contra él.
--¡El cielo tendrá piedad de tí!--exclamó Ester. ¡Ojalá tuvieras la
fuerza de aprovecharte de ella!
--Sé tú fuerte por mí,--respondió Dimmesdale. Aconséjame lo que debo
hacer.
--¿Es por ventura el mundo tan estrecho?--exclamó Ester fijando su
profunda mirada en los ojos del ministro, y ejerciendo instintivamente
un poder magnético sobre un espíritu tan aniquilado y sumiso que apenas
podía mantenerlo en pie.--¿Se reduce el universo á los límites de esa
población, que hace poco no era sino un desierto, tan solitario como
esta selva en que estamos? ¿Á dónde conduce ese sendero? De nuevo á la
población, dices. Sí: de ese lado, á ella conduce; pero del lado
opuesto, se interna más y más en la soledad de los bosques, hasta que á
algunas millas de aquí las hojas amarillas no dejan ya ver vestigio
alguno de la huella del hombre. ¡Allí eres libre! Una jornada tan breve
te llevará de un mundo, donde has sido tan intensamente desgraciado, á
otro en que aun pudieras ser feliz. ¿No hay acaso en toda esta selva sin
límites un lugar donde tu corazón pueda estar oculto á las miradas de
Rogerio Chillingworth?
--Sí, Ester; pero solo debajo de las hojas caídas--replicó el ministro
con una triste sonrisa.
--Ahí está también el vasto sendero del mar,--continuó Ester:--él te
trajo aquí; si tú quieres, te llevará de nuevo á tu hogar. En nuestra
tierra nativa, ya en alguna remota aldea, ó en el vasto Londres,--ó
seguramente, en Alemania, en Francia, en Italia,--te hallarás lejos del
poder y conocimiento de ese hombre. ¿Y qué tienes tú que ver con todos
estos hombres de corazón de hierro ni con sus opiniones? Ellos han
mantenido en abyecta servidumbre, demasiado tiempo, lo que en tí hay de
mejor y de más noble.
--No puede ser,--respondió el ministro como si se le pidiese que
realizara con sueño.--No tengo las fuerzas para ir. Miserable y pecador
como soy, no me ha animado otra idea que la de arrastrar mi existencia
terrenal en la esfera en que la Providencia me ha colocado. Á pesar de
que mi alma está perdida, continuaré haciendo todavía lo que pueda en
beneficio de la salud de otras almas. No me atrevo á abandonar mi
puesto, por más que sea un centinela poco fiel, cuya recompensa segura
será la muerte y la deshonra cuando haya terminado su triste guardia.
--Estos siete años de infortunio y de desgracia te han abrumado con su
peso,--replicó Ester resuelta á infundirle ánimo con su propia
energía.--Pero tienes que dejar todo eso detrás de tí. No ha de retardar
tus pasos si escoges el sendero de la selva y quieres alejarte de la
población; ni debes echar su peso en la nave, si prefieres atravesar el
océano. Deja estos restos del naufragio y estas ruinas aquí, en el lugar
donde aconteció. Echa todo eso á un lado. Comiénzalo todo de nuevo. ¿Has
agotado por ventura todas las posibilidades de acción en el fracaso de
una sola prueba? De ningún modo. El futuro está aun lleno de otras
pruebas, y finalmente de buen éxito. ¡Hay aun felicidad de que
disfrutar! ¡Hay aun mucho bien que hacer! Cambia esta vida falsa que
llevas por una de sinceridad y de verdad. Si tu espíritu te inclina á
esa vocación, sé el maestro y el apóstol de la raza indígena, Ó,--pues
acaso se adapta más á tu naturaleza,--sé un sabio y un erudito entre los
más sabios y renombrados del mundo de las letras. Predica: escribe: sé
hombre de acción. Haz cualquier cosa, excepto echarte al suelo y dejarte
morir. Despójate de tu nombre de Arturo Dimmesdale, y créate uno nuevo,
un nombre excelso, tal como puedes llevarlo sin temor ni vergüenza. ¿Por
qué has de soportar un solo día más los tormentos que de tal modo han
devorado tu existencia,--que te han hecho débil para la voluntad y para
la acción,--y que hasta te privarán de las fuerzas para
arrepentirte?--Ánimo; arriba, y adelante.
--¡Oh Ester!--exclamó Arturo Dimmesdale cuyos ojos brillaron un momento,
para perder el fulgor inmediatamente, á influjos del entusiasmo de
aquella mujer,--¡oh Ester! estás hablando de emprender la carrera á un
hombre cuyas rodillas vacilan y tiemblan. ¡Yo tengo que morir aquí! No
tengo ya ni fuerzas, ni valor, ni energía para lanzarme á un mundo
extraño, inmenso, erizado de dificultades, y lanzarme solo.
Era esta la última expresión del abatimiento de un espíritu quebrantado.
Le faltaba la energía para aprovecharse de la fortuna más favorable que
parecía estar á su alcance.
Repitió la palabra.
--¡Solo, Ester!
--Tú no irás solo,--respondió Ester con profundo acento.
Y con esto, todo quedó dicho.