Ester permaneció firme en su propósito de hacer que el Reverendo Sr.
Dimmesdale conociera el verdadero carácter del hombre que se había
apoderado de su confianza, fuesen cuales fuesen las consecuencias de su
revelación. Durante varios días, sin embargo, en vano buscó la
oportunidad de hablarle en uno de los paseos solitarios que el ministro
acostumbraba dar, todo meditabundo, á lo largo de la costa ó en las
colinas cubiertas de bosques del campo vecino. No habría habido sin duda
nada de escandaloso ni de particular, ni peligro alguno para la buena
reputación del ministro, si Ester le hubiera visitado en su propio
estudio donde tanto penitente, antes de ahora, había confesado culpas
quizás aun más graves que la que acusaba la letra escarlata. Pero sea
que ella temiese la intervención secreta ó pública de Rogerio
Chillingworth, ó que su conciencia le hiciera temer que se concibiese
una sospecha, que ningún otro habría imaginado, ó que tanto el ministro
como ella necesitaban de más amplitud de espacio para poder respirar con
toda libertad mientras hablasen juntos,--ó quizás todas estas razones
combinadas, lo cierto es que Ester nunca pensó en hablarle en otro
lugar sino á la faz del cielo, y de ningún modo entre cuatro paredes.
Al fin, una noche que asistía á un enfermo, supo que el Reverendo Sr.
Dimmesdale, á quien habían ido á buscar para que le ayudase á bien
morir, había partido á visitar al apóstol Eliot, allá en su residencia
entre sus indios convertidos, y que regresaría probablemente el día
siguiente al mediodía. Al acercarse la hora indicada, tomó de la mano á
Perla, su constante compañera, y partió en busca del Sr. Dimmesdale.
El camino no era más que un sendero que se perdía en el misterio de una
selva virgen, tan espesa que apenas podía entreverse el cielo al través
de las copas de los árboles. Ester la comparó á la soledad y laberinto
moral en que había estado ella vagando tanto tiempo. El día era frío y
obscuro: cubrían el firmamento espesas y cenicientas nubes ligeramente
movidas por la brisa, lo que permitía que de cuando en cuando se
vislumbrara un rayo de sol que jugueteaba en la estrecha senda. Esta
tenue y vacilante claridad se percibía siempre en la extremidad más
lejana, visible al través de la selva, y parece como que se desvanecía ó
se alejaba á medida que los solitarios viajeros avanzaban en su
dirección, dejando aun más sombríos los lugares en que brillaba, por lo
mismo que habían esperado hallarlos luminosos.
--Madre,--dijo Perla,--la luz del sol no te quiere. Corre y se oculta,
porque tiene miedo de algo que hay en tu pecho. Mira ahora: allí está
jugando, á una buena distancia de nosotros. Quédate aquí, y déjame
correr á mí para cogerla. Yo solamente soy una niña. No huirá de mí
porque aun no llevo nada sobre mi pecho.
--Y espero que nunca lo lleves, hija mía,--dijo Ester.
--Y ¿por qué no, madre?--preguntó Perla deteniéndose precisamente cuando
iba á emprender la carrera. ¿No vendrá eso por sí mismo cuando yo sea
una mujer grande?
--Corre, hija mía,--respondió la madre,--y atrapa el rayo del sol, pues
pronto se irá.
Perla emprendió la carrera á toda prisa y pronto se halló en medio de la
luz del sol, riendo, toda iluminada por su esplendor, y con los ojos
brillantes de alegría. Parecía como si el rayo solar se hubiera detenido
en torno de la solitaria niña regocijándose en jugar con ella, hasta que
la madre llegó bastante cerca para penetrar casi también en el círculo
mágico.
--Ahora se irá,--dijo Perla moviendo la cabeza.
--Mira,--dijo Ester sonriendo,--ahora yo puedo alargar la mano y atrapar
algo.
Pero al intentarlo, el rayo de sol desapareció; ó, á juzgar por la
brillantez con que irradiaba el rostro de Perla, su madre podía haberse
imaginado que la niña lo había absorbido, y lo devolvería luego
iluminando la senda por donde iban, cuando de nuevo penetrasen en los
parajes sombríos de la selva. Ninguno de los atributos de su tierna hija
le causaba á la madre tanta impresión como aquella vivacidad constante
de espíritu, reflejo quizás de la energía con que Ester había luchado
combatiendo sus íntimos dolores antes del nacimiento de Perla. Era
ciertamente un encanto dudoso, que comunicaba al carácter de la niña
cierto brillo metálico y duro. Necesitaba un dolor profundo para
humanizarse y hacerse capaz de sentir compasión. Pero Perla tenía tiempo
sobrado para ello.
--Ven, hija mía,--dijo Ester;--vamos á sentarnos en el bosque y á
descansar un rato.
--Yo no estoy cansada, madre,--replicó la niña; pero tú puedes sentarte
si quieres, y entretanto contarme un cuento.
--Un cuento, niña,--dijo Ester,--y ¿qué clase de cuento?
--¡Ah! algo acerca de la historia del Hombre Negro,--respondió asiéndola
del vestido y mirándola con expresión entre seria y maliciosa.--Díme
cómo recorre este bosque llevando bajo el brazo un libro grande, pesado,
con broches de hierro; y como este Hombre Negro y feo ofrece su libro y
una pluma de hierro á todos los que le encuentran aquí entre los
árboles, y como también todos tienen que escribir sus nombres con su
propia sangre. Y entonces les hace una señal en el pecho. ¿Has
encontrado alguna vez al Hombre Negro, madre?
--Y ¿quién te ha contado esta historia, Perla?--preguntó la madre
reconociendo una superstición muy común en aquella época.
--Aquella señora vieja que estaba sentada en un rincón junto á la
chimenea en la casa donde estuviste velando anoche,--dijo la niña. Ella
me creía dormida mientras estaba hablando de eso. Dijo que mil y mil
personas lo habían encontrado aquí, y habían escrito en su libro, y
tenían su marca en el pecho. Y una de las que lo han visto es esa mujer
de tan mal genio, la anciana Señora Hibbins. Y, madre, dijo también que
esa letra escarlata que tú tienes es la señal que te puso el Hombre
Negro, y que brilla como una llama roja cuando lo ves á media noche,
aquí, en este bosque obscuro. ¿Es verdad, eso, madre? ¿Y es verdad que
tú vas á verle de noche?
--¿Te has despertado alguna vez sin que me hayas visto junto á tí?--le
preguntó Ester.
--No lo recuerdo,--dijo la niña.--Si temes dejarme sola en nuestra
choza, debes llevarme contigo. Mucho me alegraría acompañarte. Pero,
madre, dime ahora, ¿existe semejante Hombre Negro? ¿Y lo has visto
alguna vez? ¿Y es ésta su señal?
--¿Quieres dejarme en paz, si te lo digo de una vez?--le preguntó su
madre.
--Sí, si me lo dices todo,--respondió Perla.
--Pues bien, una vez en mi vida encontré al Hombre Negro,--dijo la
madre.--Esta letra escarlata es su señal.
Conversando así, penetraron en el bosque lo bastante para ponerse á
cubierto de las miradas de algún transeunte casual, y se sentaron en el
tronco carcomido de un pino que en otros tiempos habría sido un árbol
gigantesco y ahora era tan solo una masa de musgo. El lugar en que se
sentaron era una pequeña hondonada, atravesada por un arroyuelo que se
deslizaba sobre un lecho de hojas de árboles. Las ramas caídas de estos
árboles interrumpían de trecho en trecho la corriente del arroyuelo, que
formaba pequeños remolinos aquí y allí, mientras en otras partes se
deslizaba á manera de un canal sobre un lecho de piedrecitas y arena.
Siguiendo con la vista el curso del agua se veía á veces en su
superficie el reflejo de la luz del sol, pero pronto se perdía en medio
del laberinto de árboles y matorrales que crecían á lo largo de sus
orillas: aquí y allí tropezaba con alguna gran roca cubierta de liquen.
Todos estos árboles y estas rocas de granito parecían destinados á hacer
un misterio del curso de este arroyuelo, temiendo quizás que su
incesante locuacidad revelase las historias de la antigua selva.
Constantemente, es verdad, mientras el arroyuelo continuaba deslizándose
hacia adelante, dejaba oir un suave, apacible y tranquilo murmurio,
aunque lleno de dulce melancolía, como el acento de un niño que pasara
los primeros años de su vida sin compañeros de su edad con quienes poder
jugar, y no supiese lo que fuera estar alegre, por vivir entre tristes
parientes y aun más tristes acontecimientos.
--¡Oh arroyuelo! ¡Oh loco y fastidioso arroyuelo!--exclamó Perla después
de prestar oído un rato á sus murmullos.--¿Por qué estás tan triste?
¡Cobra ánimo y no estés todo el tiempo suspirando y murmurando!
Pero el arroyuelo, en el curso de su existencia entre los árboles de la
selva, había pasado por una experiencia tan solemne que no podía menos
sino expresarla con el rumor de sus ondas, y parecía que no tenía otra
cosa que decir. Perla se asemejaba al arroyuelo, en cuanto á que la
corriente de su vida había brotado de una fuente también misteriosa, y
se había deslizado entre escenas harto sombrías. Pero, todo lo contrario
del arroyuelo, la niña bailaba, y se divertía y charlaba á medida que su
existencia transcurría.
--¿Qué dice este arroyuelo tan triste, madre?--preguntó la niña.
--Si tuvieras algún pesar que te abrumara, el arroyuelo te lo
diría,--respondió la madre,--así como me habla á mí del mío. Pero ahora,
Perla, oigo pasos en el camino y el ruido que forma el apartar las ramas
de los árboles; vete á jugar y déjame que hable un rato con el hombre
que viene allá á lo lejos.
--¿Es el Hombre Negro?--preguntó Perla.
--Vete á jugar,--repitió la madre,--pero no te internes mucho en el
bosque, y ten cuidado de venir en el instante que te llame.
--Sí, madre,--respondió Perla,--pero si fuere el Hombre Negro, ¿no
quieres permitirme que me quede un rato para mirarlo con su gran libro
bajo el brazo?
--Vete á jugar, tontuela,--dijo la madre impaciente,--no es el Hombre
Negro. Ahora puedes verlo por entre los árboles. Es el ministro.
--Sí, él es,--dijo la niña.--Y tiene la mano sobre el corazón, madre.
Eso es porque cuando el ministro escribió su nombre en el libro, el
Hombre Negro le puso la señal en el pecho. Y ¿por qué no la lleva como
tú fuera del pecho?
--Ve á jugar ahora, niña, y atorméntame después cuanto quieras,--exclamó
Ester.--Pero no te alejes mucho. Quédate donde puedas oir la charla del
arroyuelo.
La niña se alejó cantando á lo largo de la corriente del arroyuelo,
tratando de mezclar algunos acentos más alegres á la melancólica
cadencia de sus aguas. Pero el arroyuelo no quería ser consolado y
continuó, como antes, refiriendo su secreto ininteligible de algo muy
triste y misterioso que había sucedido, ó lamentándose proféticamente de
algo que iba á acontecer en la sombría floresta; pero Perla que tenía
harta sombra en su breve existencia, se alejó del arroyuelo gemidor, y
se puso á recoger violetas y anémonas y algunas florecillas color de
escarlata que encontró creciendo en los intersticios de una alta roca.
Cuando la niña hubo partido, Ester dió un par de pasos hacia el sendero
que atravesaba la selva, aunque permaneciendo todavía bajo la espesa
sombra de los árboles. Vió al ministro que avanzaba solitario apoyándose
en una rama que había cortado en el camino. Su aspecto era el de una
persona macilenta y débil, y se revelaba en todo su sér un abatimiento,
que nunca se había notado en él en tanto grado, ni en sus paseos por la
población, ni en ninguna otra oportunidad en que creyera que se le
pudiese observar. Aquí, en la intensa soledad de la selva, era
penosamente visible. En su modo de andar había una especie de cansancio,
como si no viera razón alguna para dar un paso más, ni experimentase el
deseo de hacerlo, sino que con sumo placer, si es que algo pudiera
causarle placer, habría preferido arrojarse al pie del árbol más cercano
y tenderse allí á descansar para siempre. Podrían cubrirle las hojas, y
el terreno elevarse gradualmente y formar un montecillo sobre su cuerpo,
sin importar nada que éste estuviera animado ó no por la vida. La muerte
era un objeto demasiado definido para que pudiese anhelarla ó desease
evitarla.
Para Ester, á juzgar por lo que ella podía ver, el Reverendo Arturo
Dimmesdale no presentaba síntoma ninguno visible de un padecimiento real
y profundo, excepto que, como Perla ya había notado, siempre se llevaba
la mano al corazón.