De este modo Rogerio Chillingworth,--viejo, deforme, y con un rostro que
se quedaba grabado en la memoria de los hombres más tiempo de lo que
hubieran querido,--se despidió de Ester y continuó su camino en la
tierra. Iba recogiendo aquí una hierba, arrancaba más allá una raíz, y
lo ponía todo en el cesto que llevaba al brazo. Su barba gris casi
tocaba el suelo cuando, inclinado, proseguía hacia adelante. Ester le
contempló un momento, con cierta extraña curiosidad, para ver si las
tiernas hierbas de la temprana primavera no se marchitarían bajo sus
pies, dejando un negro y seco rastro al través del alegre verdor que
cubría el suelo. Se preguntaba qué clase de hierbas serían esas que el
anciano recogía con tanto cuidado. ¿No le ofrecería la tierra, avivada
para el mal, en virtud del influjo de su maligna mirada, raíces y
hierbas venenosas de especies hasta ahora desconocidas que brotarían al
contacto de sus dedos? ¿Ó no bastaría ese mismo contacto para convertir
en algo deletéreo y mortífero los productos más saludables del seno de
la tierra? El sol, que con tanto esplendor brillaba donde quiera,
¿derramaba realmente sobre él sus rayos benéficos? ¿Ó acaso, como más
bien parecía, le rodeaba un círculo de fatídica sombra que se movía á
par de él donde quiera que dirigiera sus pasos? ¿Y á dónde iba ahora?
¿No se hundiría de repente en la tierra, dejando un lugar estéril y
calcinado que con el curso del tiempo se cubriría de mortífera yerba
mora, beleño, cicuta, apócimo, y toda otra clase de hierbas nocivas que
el clima produjese, creciendo allí con horrible abundancia? ¿Ó tal vez
extendería enormes alas de murciélago, y echando á volar en los
espacios, parecería tanto más feo cuanto más ascendiera hacia el cielo?
--Sea ó no un pecado,--dijo Ester con amargura y con la mirada fija en
el viejo médico,--¡odio á ese hombre!
Se reprendió á sí misma á causa de ese sentimiento, pero ni pudo
sobreponerse á él ni disminuir su intensidad. Para conseguirlo, pensó en
aquellos días, ya muy lejanos, en que Rogerio acostumbraba dejar su
cuarto de estudio á la caída de la tarde, y venía á sentarse junto á la
lumbre del hogar, á los rayos de luz de su sonrisa nupcial. Decía
entonces que necesitaba calentarse al resplandor de aquella sonrisa,
para que desapareciera de su corazón de erudito el frío producido por
tantas horas solitarias pasadas entre sus libros. Escenas semejantes le
parecieron en otro tiempo investidas de cierta felicidad; pero ahora,
contempladas al través de los acontecimientos posteriores, se habían
convertido en sus recuerdos más amargos. Se maravillaba de que hubiera
habido tales escenas; y sobre todo, de que se hubiera dejado inducir á
casarse con él. Consideraba eso el crimen mayor de que tuviera que
arrepentirse, así como haber correspondido á la fría presión de aquella
mano, y haber consentido que la sonrisa de sus labios y de sus ojos se
mezclara á las de aquel hombre. Y le parecía que el viejo médico, al
persuadirla, cuando su corazón inexperto nada sabía del mundo, al
persuadirla que se imaginase feliz á su lado, había cometido una ofensa
mayor que todo lo que á él se le hubiere hecho.
--¡Sí, le odio!--repitió Ester con más intenso rencor que antes.--¡Me ha
engañado! ¡Me hizo un mal mucho mayor que cuanto yo le he inferido!
¡Tiemble el hombre que consigue la mano de una mujer, si al mismo tiempo
no obtiene por completo todo el amor de su corazón! De lo contrario, le
acontecerá lo que á Rogerio Chillingworth, cuando un acento más poderoso
y elocuente que el suyo despierte las dormidas pasiones de la mujer;
entonces le echarán en cara hasta aquel apacible contento, aquella fría
imagen de la felicidad que se la hizo creer era la calurosa realidad.
Pero Ester hace tiempo que debía haberse desentendido de esta
injusticia. ¿Qué significaba? ¿Acaso los siete largos años de tortura
con la letra escarlata habían producido dolores indecibles sin que en su
alma hubiese penetrado el remordimiento?
Las emociones de aquellos breves instantes, en que estuvo contemplando
la figura contrahecha del viejo Rogerio, arrojaron una luz en el
espíritu de Ester, revelando muchas cosas de que, de otro modo, ella
misma no se habría dado cuenta.
Una vez que el médico hubo desaparecido, llamó á su hijita.
--¡Perla! ¡Perlita! ¿dónde estás?
Perla, cuya actividad de espíritu jamás flaqueaba, no había carecido de
distracciones mientras su madre hablaba con el anciano herbolario. Al
principio se divirtió contemplando su propia imagen en un charco de
agua; luego hizo pequeñas embarcaciones de corteza de abedul y las cargó
de conchas marítimas, zozobrando la mayor parte; después se empeñó en
tomar entre sus dedos la blanca espuma que dejaban las olas al
retirarse, y la esparcía al viento; percibiendo luego una bandada de
pajarillos ribereños, que revoloteaban á lo largo de la playa, la
traviesa niña se llenó de pequeños guijarros el delantal, y deslizándose
de roca en roca en persecución de estas avecillas, deplegó una destreza
notable en apedrearlas. Un pajarito de pardo color y pecho blanco fué
alcanzado por un guijarro, y se retiró revoloteando con el ala quebrada.
Pero entonces la niña cesó de jugar, porque le causó mucha pena haber
hecho daño á aquella criaturita tan caprichosa como la brisa del mar ó
como la misma Perla.
Su última ocupación fué reunir algas marinas de varias clases, haciendo
con ellas una especie de banda ó manto y un adorno para la cabeza, lo
que le daba el aspecto de una pequeña sirena. Perla había heredado de su
madre la facultad de idear trajes y adornos. Como último toque á su
vestido de sirena, tomó algunas algas y se las puso en el pecho
imitando, lo mejor que pudo, la letra A que brillaba en el seno de su
madre y cuya vista le era tan familiar, con la diferencia de que esta A
era verde y no escarlata. La niña inclinó la cabecita sobre el pecho y
contempló este ornato con extraño interés, como si la única cosa para
que hubiera sido enviada al mundo fuese para desentrañar su oculta
significación.
--¿Quisiera saber si mi madre me preguntará qué significa esto?--pensó
Perla.
Precisamente oyó entonces la voz de su madre, y corriendo con la misma
ligereza que revoloteaban los pajaritos ribereños, se presentó ante
Ester, bailando, riendo, y señalando con el dedo el adorno que se había
fijado en el pecho.
--Mi Perlita,--dijo la madre después de un momento de silencio,--la
letra verde y en tu seno infantil no tiene objeto. ¿Pero sabes tú, hija
mía, lo que significa la letra que tu madre tiene que llevar?
--Sí, madre,--dijo la niña,--es la A mayúscula. Tú me lo has enseñado en
la cartilla.
Ester la miró fijamente; pero aunque en los ojos negros de la niña había
la singular expresión que tantas veces notara en ellos, no pudo
descubrir si para Perla tenía realmente alguna significación aquel
símbolo, y experimentó una mórbida curiosidad de averiguarlo.
--¿Sabes acaso, hija mía, por qué tu madre lleva esta letra?
--Sí lo sé,--respondió Perla fijando su inteligente mirada en el rostro
de la madre,--por la misma causa que el ministro se lleva la mano al
corazón.
--¿Y cuál es esa causa?--preguntó Ester medio sonriéndose al principio
con la absurda respuesta de la niña, pero palideciendo un momento
después.--¿Qué tiene que ver la letra con ningún corazón, excepto el
mío?
--Nada, madre; he dicho todo lo que sé,--respondió Perla con mayor
seriedad de la que le era habitual.--Pregúntale á ese viejo con quien
has estado hablando. Tal vez él te lo pueda decir. Pero dime, mi
querida madre, ¿qué significa esa letra escarlata? ¿Y por qué la llevas
tú en el pecho? ¿Y por qué el ministro se lleva la mano al corazón?
Diciendo esto tomó la mano de su madre entre las dos suyas y fijó en su
rostro las miradas con una expresión grave y reposada, poco común en su
inquieto y caprichoso carácter. Se le ocurrió á Ester la idea de que tal
vez la niña estaba tratando realmente de identificarse con ella con
infantil confianza, haciendo lo que podía y del modo más inteligente que
le era dable, para establecer entre las dos un lazo más estrecho de
cariño. Perla se le mostraba bajo un aspecto que hasta entonces no había
visto. Aunque la madre amaba á su hija con la intensidad de un afecto
único, había tratado de conformarse con la idea de que no podía esperar
en cambio sino muy poco: un cariño pasajero, vago, con arranques de
pasión, petulante en sus mejores horas, que nos hiela con más frecuencia
que nos acaricia, que se muestra besando las mejillas con dudosa
ternura, ó jugando con el pelo, ó de otro modo semejante, para
desvanecerse el instante inmediato y continuar con sus juegos de
costumbre. Y esto era lo que pensaba una madre acerca de su hijita, pues
los extraños habrían visto tan solo unos cuantos rasgos poco amables,
haciéndolos aparecer aun más negros.
Pero ahora se apoderó de Ester la idea de que Perla, con su notable
precocidad y perspicacia, había llegado ya á la edad en que podía
hacerse de ella una amiga y confiarle mucho de lo que causaba el dolor
de su corazón maternal, hasta donde fuera posible teniendo en cuenta la
consideración debida á la niña y al padre. En el pequeño caos del
carácter de Perla había sin duda en embrión un valor indomable, una
voluntad tenaz, un orgullo altivo que podía convertirse en respeto de sí
misma, y un desprecio por muchas cosas que, bien examinadas, se vería
que estaban contaminadas de falsedad. Se hallaba igualmente dotada de
afectos que, si bien poco tiernos, tenían todo el rico aroma de los
frutos aun no madurados. Con todas estas altas cualidades creía Ester
que esta niña se volvería una noble y excelente mujer, á menos que la
parte mala heredada de la madre fuese grande en demasía.
La tendencia inevitable de Perla á ocuparse en el enigma de la letra
escarlata, parecía una cualidad innata en la niña. Ester había pensado á
menudo que la Providencia, al dotar á Perla con esta marcada propensión,
lo hizo movida de una idea de justicia y de retribución; pero nunca,
hasta ahora, se le había ocurrido preguntarse si, enlazada á esta idea,
no habría también la de benevolencia y perdón. Si tratara á Perla
teniendo en ella fe y confianza, considerándola mensajero espiritual al
mismo tiempo que criatura terrestre, ¿no sería su destino suavizar y
finalmente desvanecer el dolor que había convertido el corazón de su
madre en una tumba? ¿No serviría también para ayudarla á vencer la
pasión, en un tiempo tan impetuosa, y aun hoy ni muerta ni dormida sino
sólo aprisionada en aquel sepulcro de su corazón?
Tales fueron algunos de los pensamientos que bulleron en la mente de
Ester, con tanta viveza como si en realidad algún sér misterioso se los
hubiera murmurado al oído. Y allí estaba Perla todo este tiempo
estrechando entre las manecitas suyas la mano de su madre, con las
miradas fijas en su rostro, mientras repetía una y otra vez las mismas
preguntas.
--¿Qué significa la letra, madre mía? y ¿por qué la llevas tú? y ¿por
qué se lleva el ministro la mano al corazón?
--¿Qué le diré?--se preguntó Ester á sí misma.--¡No! Si este ha de ser
el precio del afecto de mi hija, no puedo comprarlo á tal costo.
Después habló en voz alta.
--Tontuela,--le dijo,--¿qué preguntas son esas? Hay muchas cosas en este
mundo que una niña no debe preguntar. ¿Qué sé yo acerca del corazón del
ministro? Y en cuanto á la letra escarlata, la llevo por lo bonito que
lucen sus hilos de oro.
En todos los siete años ya transcurridos, jamás Ester había mostrado
falsedad alguna respecto al símbolo que ostentaba su pecho, excepto en
aquel momento, como si á pesar de su constante vigilancia hubiese
penetrado en su corazón una nueva enfermedad moral, ó alguna otra de
antigua fecha no hubiera sido expulsada por completo. En cuanto á Perla,
la seriedad de su rostro ya había desaparecido.
Pero la niña no se dió por vencida en el asunto de la letra escarlata; y
dos ó tres veces, mientras regresaban á su morada, y otras tantas
durante la cena, y cuando su madre la estaba acostando, y aun una vez
después que parecía estar ya durmiendo, Perla con cierta malignidad en
las miradas de sus negros ojos, continuó su pregunta:
--Madre, ¿qué significa la letra escarlata?
Y la mañana siguiente, la primera señal que dió la niña de estar
despierta fué levantar la cabecita de la almohada y hacer la otra
pregunta que de tan extraño modo había asociado á la letra escarlata:
--Madre, madre, ¿por qué tiene siempre el ministro la mano sobre el
corazón?
--Cállate, niña traviesa,--respondió la madre con una aspereza que nunca
había empleado hasta aquel momento.--No me mortifiques más, ó te
encerraré en un cuarto obscuro.