Ester le dijo á Perla que corretease por la ribera del mar y jugara con
las conchas y las algas marinas, mientras ella hablaba un rato con el
hombre que estaba recogiendo hierbas á cierta distancia; por
consiguiente, la niña partió como un pájaro, y descalzándose los
piececitos empezó á recorrer la orilla húmeda del mar. Aquí y allá se
detenía junto á un charco de agua dejado por la marea, y se ponía á
mirarse en él como si fuera un espejo. Reflejábase en el charco la
imagen de la niñita con brillantes y negros rizos y la sonrisa de un
duendecillo, á la que Perla, no teniendo otra compañera con quien jugar,
invitaba á que la tomara de la mano y diese una carrera con ella. La
imagen repetía la misma señal como diciendo:--"Este es un lugar mejor:
ven aquí;"--y Perla, entrando en el agua hasta las rodillas, contemplaba
sus piececitos blancos en el fondo mientras, aun más profundamente, veía
una vaga sonrisa flotar en el agua agitada.
Entretanto la madre se había acercado al médico.
--Quisiera hablarte una palabra,--dijo Ester,--una palabra que á ambos
nos interesa.
--¡Hola! ¿Es la Sra. Ester la que desea hablar una palabra con el viejo
Rogerio Chillingworth?--respondió el médico, irguiéndose
lentamente.--Con todo mi corazón, continuó; vamos, señora, oigo
solamente buenas noticias vuestras en todas partes. Sin ir más lejos,
ayer por la tarde, un magistrado, hombre sabio y temeroso de Dios,
estaba discurriendo conmigo acerca de vuestros asuntos, Sra. Ester, y me
dijo que se había estado discutiendo en el Consejo si se podría quitar
de vuestro pecho, sin que padeciera la comunidad, esa letra escarlata
que ostentáis. Os juro por mi vida, Ester, que rogué encarecidamente al
digno magistrado que se hiciera eso sin pérdida de tiempo.
--No depende de la voluntad de los magistrados quitarme esta
insignia,--respondió tranquilamente Ester.--Si yo fuere digna de verme
libre de ella, ya se habría caído por sí misma, ó se habría transformado
en algo de una significación muy diferente.
--Llevadla, pues, si así os place,--replicó el médico.--Una mujer debe
seguir su propio capricho en lo que concierne al adorno de su persona.
La letra está bellamente bordada, y luce muy bien en vuestro pecho.
Mientras así hablaban, Ester había estado observando fijamente al
anciano médico, y se quedó sorprendida á la vez que espantada, al notar
el cambio que en él se había operado en los últimos siete años; no
porque hubiera envejecido, pues aunque eran visibles las huellas de la
edad, parecía retener aun su vigor y antigua viveza de espíritu; pero
aquel aspecto de hombre intelectual y estudioso, tranquilo y apacible,
que era lo que ella mejor recordaba, había desaparecido por completo,
reemplazándole una expresión ansiosa, escudriñadora, casi feroz, aunque
reservada. Parecía que su deseo y su propósito eran ocultar esa
expresión bajo una sonrisa, pero ésta le vendía, pues vagaba tan
irrisoriamente por su rostro, que el espectador podía, merced á ella,
discernir mejor la negrura de su alma. De vez en cuando brillaban sus
ojos con siniestro fulgor, como si el alma del anciano fuera presa de un
incendio, que se manifestara solo de tarde en tarde por una rápida
explosión de cólera y momentánea llamarada. Esto lo reprimía el médico
tan pronto como le era posible, y trataba entonces de parecer tan
tranquilo como si nada hubiera sucedido.
En una palabra, el viejo médico era un ejemplo de la extraordinaria
facultad que tiene el hombre de transformarse en un demonio, si quiere
por cierto tiempo desempeñar el oficio de éste. Transformación tal se
había operado en el médico, por haberse dedicado durante siete años al
constante análisis de un corazón lleno de agonía, hallando su placer en
esa tarea, y añadiendo, por decirlo así, combustible á las horribles
torturas que analizaba y en cuyo análisis hallaba tan intenso placer.
La letra escarlata abrasaba el seno de Ester Prynne. Aquí había otra
ruina de que ella era en parte responsable.
--¿Qué véis en mi rostro, que contempláis con tal gravedad de
expresión?--preguntó el médico.
--Algo que me haría llorar, si para ello hubiese en mí lágrimas bastante
acerbas,--respondió Ester;--pero no hablemos de eso. De aquel
infortunado hombre es de quien quisiera hablar.
--Y ¿qué hay con él?--preguntó el médico con ansiedad, como si el tema
fuera muy de su agrado, y se alegrara de hallar una oportunidad de
discutirlo con la única persona con quien pudiera hacerlo.--Para decir
la verdad, mi Sra. Ester, precisamente mis pensamientos estaban ahora
ocupados en ese caballero: de consiguiente, hablad con toda libertad,
que os responderé.
--Cuando nos hablamos la última vez, dijo Ester, de esto hace unos siete
años, os complacísteis en arrancarme la promesa de que guardara el
secreto acerca de las relaciones que en otro tiempo existieron entre
nosotros. Como la vida y el buen nombre del ministro estaban en vuestras
manos, no me quedó otra cosa que hacer sino permanecer en silencio de
acuerdo con vuestro deseo. Sin embargo, no sin graves presentimientos,
me obligué á ello; porque hallándome desligada de toda obligación para
con los demás seres humanos, no lo estaba para con él; y algo había que
me murmuraba en los oídos que al empeñar mi palabra de que obedecería
vuestro mandato, le estaba haciendo traición. Desde entonces, nadie como
vos se halla tan cerca de él: seguís cada uno de sus pasos; estáis á su
lado, despierto ó dormido; escudriñáis sus pensamientos; mináis y
ulceráis su corazón; su vida está en vuestras garras; le estáis matando
con una muerte lenta, y todavía no os conoce, no sabe quién sois. Al
permitir yo esto, he procedido con falsedad respecto al único hombre con
quien tenía el deber de ser sincera.
--¿Qué otro camino os quedaba?--preguntó el médico.--Si yo hubiera
señalado á este hombre con el dedo, habría sido arrojado de su púlpito á
un calabozo--y de allí tal vez al cadalso.
--Habría sido preferible,--dijo Ester.
--¡Qué mal le he hecho á ese hombre?--preguntó de nuevo el médico.--Te
aseguro, Ester Prynne, que con los honorarios más crecidos y valiosos
que un monarca pudiera haber pagado á un facultativo, no se habría
conseguido todo el esmero y la atención que he consagrado á este infeliz
eclesiástico. Á no ser por mí, su vida se habría extinguido en medio de
tormentos y agonías en los dos primeros años que siguieron á la
perpetración de su crimen y el tuyo. Porque tú sabes, Ester, que su alma
carece de la fortaleza de la tuya para sobrellevar, como lo has hecho,
un peso semejante al de tu letra escarlata. ¡Oh! ¡yo podría revelar un
secreto digno de ser conocido! Pero basta sobre este punto. Lo que la
ciencia puede hacer, lo he hecho en su beneficio. Si aun respira y se
arrastra en este mundo, á mí solamente lo debe.
--Más le valiera haber muerto de una vez,--dijo Ester.
--Sí, mujer, tienes razón,--exclamó el viejo Rogerio haciendo brillar en
los ojos todo el fuego infernal de su corazón;--más le valiera haber
muerto de una vez. Jamás mortal alguno padeció lo que este hombre ha
padecido.... Y todo, todo, á la vista de su peor enemigo. Ha tenido una
vaga sospecha acerca de mí: ha sentido que algo se cernía siempre sobre
él á manera de una maldición; conocía instintivamente que la mano que
sondeaba su corazón no era mano amiga, y que había un ojo que le
observaba, buscando solamente la iniquidad, y la ha encontrado. ¡Pero no
sabía que esa mano y ese ojo fueran los míos! Con la superstición común
á su clase, se imaginaba entregado á un demonio para que le atormentara
con sueños espantosos, con pensamientos terribles, con el aguijón del
remordimiento, y con la creencia de que no será perdonado, todo como
anticipación de lo que le espera más allá de la tumba. Pero era la
sombra constante de mi presencia, la proximidad del hombre á quien más
vilmente había ofendido, y que vive tan solo merced á este veneno
perpetuo del más intenso deseo de venganza. ¡Sí; sí por cierto! No se
equivocaba, tenía un enemigo implacable junto á sí. Un mortal, dotado en
otro tiempo de sentimientos humanos, se ha convertido en un demonio para
su tormento especial.
El infortunado médico, al pronunciar estas palabras, alzó los brazos con
una mirada de horror, como si hubiera visto alguna forma espantosa, que
no podía reconocer y estuviese usurpando el lugar de su propia imagen en
un espejo. Era uno de esos raros momentos en que el aspecto moral de un
hombre se revela con toda fidelidad á los ojos de su alma. Probablemente
jamás se había visto á sí mismo como se veía ahora.
--¿No lo has torturado ya bastante?--le preguntó Ester notando la
expresión del rostro del anciano.--¿No te ha pagado todo con usura?
--¡No! ¡no! Ha aumentado su deuda,--respondió el médico, y á medida que
proseguía, su rostro fué perdiendo la expresión de fiereza, volviéndose
más y más sombrío.--¿Te acuerdas, Ester, cómo era yo hace nueve años?
Aun entonces me encontraba en el otoño de mis días, y no al principio
del otoño. Pero toda mi vida había consistido en años tranquilos de
estudio severo y de meditación, consagrados á aumentar mis
conocimientos, y también, fielmente, al progreso del bienestar del
género humano. Ninguna vida había sido tan pacífica é inocente como la
mía: pocas, tan ricas en beneficios conferidos. ¿No recuerdas lo que yo
era? Aunque frío en la apariencia, ¿no era yo un hombre que pensaba en
el bien de los demás, sin acordarse mucho de sí mismo; bondadoso,
sincero, justo, y constante en sus afectos, si bien éstos no muy
ardientes? ¿No era yo todo esto?
--Todo esto, y más,--dijo Ester.
--¿Y qué soy ahora?--preguntó el anciano, mirándola fijamente al rostro,
y dejando que toda la perversidad de su alma se retratase en la
fisonomía.--¿Qué soy yo ahora? Ya te he dicho lo que soy: un enemigo
implacable: un demonio en forma humana. ¿Quién me ha hecho así?
--Yo he sido,--exclamó Ester estremeciéndose.--Yo he sido, tanto ó más
que él. ¿Por qué no te has vengado en mí?
--Te he dejado entregada á la letra escarlata,--replicó Rogerio.--Si eso
no me ha vengado, no puedo hacer más.
Y puso un dedo en la letra, con una sonrisa.
--¡Te ha vengado!--replicó Ester.
--Es lo que creía,--dijo el médico.--Y ahora ¿qué es lo que quieres de
mí respecto á ese hombre?
--Tengo que revelarle el secreto,--respondió Ester con firmeza,--tiene
que ver y saber lo que realmente eres. No sé cuáles serán las
consecuencias. Pero esta deuda mía para con él, cuya ruina y tormento he
sido, tiene al fin que quedar satisfecha. En tus manos está la
destrucción ó la conservación de su buen nombre y estado social, y tal
vez hasta su vida. Ni puedo yo,--á quien la letra escarlata ha hecho
comprender el valor de la verdad, si bien haciéndola penetrar en el alma
como con un hierro candente,--no, ni puedo yo percibir la ventaja que él
reporte de vivir por más tiempo esa vida de miseria y de horror, para
rebajarme ante tí é implorarte compasión hacia tu víctima. No; haz con
él lo que quieras. No hay nada bueno que esperar para él--ni para mí--ni
para tí--ni aun siquiera para mi pequeña Perla. No hay sendero alguno
que nos saque de este triste y sombrío laberinto.
--Mujer, casi podría compadecerte,--dijo el médico á quien no fué
posible contener un movimiento de admiración, pues había una cierta
majestad en la desesperación con que Ester se expresó.--Había en tí
grandes cualidades; y si hubieras hallado en tus primeros años un amor
más adecuado que el mío, nada de esto habría acontecido. Te compadezco
por todo lo bueno que en tí se ha perdido.
--Y yo á tí,--contestó Ester,--por todo el odio que ha transformado en
un monstruo infernal á un hombre justo y sabio. ¿Quieres despojarte de
ese odio y volver de nuevo á ser una criatura humana? Si no por él, á lo
menos por tí. Perdona; y deja su ulterior castigo al Poder á quien
pertenece. Dije ahora poco que nada bueno podíamos esperar él, ni tú, ni
yo, que andamos vagando juntos en este sombrío laberinto de maldad,
tropezando á cada paso contra la culpa que hemos esparcido en nuestra
senda. No es así. Puede haber algo bueno para tí; sí, para tí solo,
porque tú eres el profundamente ofendido, y tienes el privilegio de
poder perdonar. ¿Quieres abandonar ese único privilegio? ¿Quieres
rechazar esa ventaja de incomparable valor?
--Basta, Ester, basta,--replicó el anciano médico con sombría
entereza.--No me está concedido perdonar. No hay en mí esa facultad de
que hablas. Mi antigua fe, olvidada hace tiempo, se apodera de nuevo de
mí y explica todo lo que hacemos y todo lo que padecemos. El primer paso
errado que diste, sembró el germen del mal; pero desde aquel momento ha
sido todo una fatal necesidad. Vosotros que de tal modo me habéis
ofendido, no sois culpables, excepto en una especie de ilusión; ni soy
yo el enemigo infernal que ha arrebatado al gran enemigo del género
humano su oficio. Es nuestro destino. Deja que se desenvuelva como
quiera. Continúa en tu sendero, y haz lo que te parezca con ese hombre.
Hizo una señal con la mano y siguió recogiendo hierbas y raíces.